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XIMENA DE DOS CAMINOS

Laura Riesco  

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Fragmento

Laura Riesco y la magia espeluznante de la pluma

Por Giovanna Pollarolo

Ximena tiene cinco años, algo más, algo menos. La conocemos en el momento en que se dispone a leer, sola, el primer tomo de la enciclopedia que le suele leer su padre. Se sienta sobre un cojín, en el comedor, una mañana cualquiera en la cómoda casa del barrio donde viven los empleados de alto nivel que trabajan en la empresa minera, allá, en La Oroya. Arrullada por el canturreo de la madre que cose en el dormitorio, por los olores del guiso que cocina el Ama Grande —quien también canturrea, desafinada—, Ximena finge leer reconociendo algunas letras, fascinada por el sonido de las palabras que aparecen y, aunque no las descifra aún, las ha aprendido de memoria: «aorta», «alfabeto árabe», «aguamanil». Ximena piensa en las palabras, en esos signos que aún no comprende y que los mayores leen «con rapidez y sin pausas» (p. 20), pero con entonaciones y ritmos distintos, en las historias que le cuentan. Y entonces suena la llave de la puerta de la sala y es su padre que llega con un regalo para la pequeña Ximena: son tres enormes juguetes de peluche; americanos, «por eso están bien hechos», sentencia la madre. Llamarán la atención de los niños del pueblo, de las vendedoras del mercado, de los amigos que visitan a los padres. Y desencadenarán la historia que nosotros, lectores, hemos empezado a leer en este primer capítulo titulado «Los juguetes». A este le siguen seis más; solo en apariencia independientes por cuanto, aun cuando no se precise que los acontecimientos de cada capítulo guarden un orden cronológico, ni se establezca explícitamente la conexión entre uno y otro como ocurre en las tramas de la novela decimonónica, cada capítulo —episodio, o viñeta, como algunos estudiosos han preferido nombrar— se relaciona con el que lo antecede y luego con el que lo continúa, aun cuando no se visibilicen ni se evidencien los hilos que sutilmente los van «amarrando». Seremos nosotros, lectores, lectoras, quienes deberemos «atar cabos», relacionar la información, «llenar huecos» y construir la historia.

Escrita con una maestría que sorprendió cuando fue publicada en 1994, pasados ya más de veinticinco años, Ximena de dos caminos sigue sorprendiendo a viejos y nuevos lectores por su originalidad, sutileza y complejidad. Bajo una aparente sencillez, Laura Riesco propone, a través de sus Ximenas, que participemos activamente —que escribamos, o coescribamos— en la construcción de la historia que Ximena adulta intenta explorar desde los ojos, la mirada, las percepciones de la niña que fue. Y que escribe como si siguiera siendo esa niña, identificándose a un punto tal con la que fue, que parece olvidar, y nos hace olvidar a sus lectores, que quien narra es ella, la Ximena ya adulta devenida en escritora.

Para arribar a este «descubrimiento», invito a lectores y lectoras a transitar por los siete capítulos —viñetas, episodios— que componen esta magistral novela de Laura Riesco: «Los juguetes», «La ahijada», «Los primos», «Alcinoe II o las tejedoras», «La costa», «La feria» y «La despedida». En cada uno de estos, percibiremos con Ximena niña, desde la voz de la adulta a quien aún no conocemos, los muchos caminos que se le revelan desde diversas condiciones, identidades, jerarquías que trascienden las dicotomías: sierra y costa / español y quechua / hombre y mujer / privilegiado y marginal / convencional y rebelde / blanco e indígena / oralidad y escritura / tradiciones andinas y cultura occidental.

Ximena de dos caminos también sorprendió por la inmediata y entusiasta recepción que obtuvo no solo de la crítica periodística, sino de estudiosos y académicos especializados. Diferentes lecturas transitan por los caminos de Ximena sin que se estorben o contradigan; por el contrario, dan cuenta de su riqueza, de su condición de «clásico», que entiendo acá en su uso más difundido: aquello que no envejece, aquello cuya vigencia se mantiene más allá de las circunstancias y del contexto de su creación. La novela se ha analizado desde su relación con el indigenismo, los conflictos sociales, la injusticia e inequidad de la fragmentada y diversa sociedad peruana. También, y mayoritariamente, desde su inscripción en el género de la «novela de aprendizaje», aunque haya quienes sostengan que no puede hablarse de este género cuando la protagonista es una mujer, pues la «esencia» de este tipo de novela es que el héroe sea un varón. Quienes han abordado el estudio desde esta discusión tienen en Ximena una protagonista de tal complejidad que les ofrecerá incontables lecturas a partir de su mundo interior, sus percepciones como hija de un costeño de ciudad y una serrana que proviene de una hacienda en Cerro de Pasco y desde su condición de sujeto femenino. Pero tal vez la aproximación que engloba todas estas lecturas es aquella que ve en Ximena de dos caminos una novela sobre el aprendizaje de la escritura. La estudiosa Jannine Montauban ha visto cómo, a lo largo de la novela, «Ximena conoce diversas mujeres que representan modelos alternativos de escritura (o metáforas de escritura) considerados femeninos: cartas, tejidos, diarios, fotografías»1. Y en efecto, cada personaje con quien Ximena interactúa, constituye, explica Montauban, «un recorrido a través de las formas convencionales de escritura tradicionalmente asociadas con la mujer: el aprendizaje llevado a cabo por la protagonista le permite entender la escritura como fabulación (Ama Grande), como inmolación y enajenamiento (Casilda), como castigo mítico (la tejedora), y como representación y desvío (Alejandra)». Impulsada por sus modelos, Ximena fabulará, inventará historias, «mentirá», pondrá a prueba el poder de la palabra, de sus palabras, para dominar, manipular y hasta pretender salvarse de la violencia que vive el día del levantamiento minero cuando, en el capítulo final, ocurre el desdoblamiento y la revelación, el diálogo entre la niña que intenta, con la dificultad del aprendiz, escribir una carta a su Ama Grande, que representa su origen, la oralidad, el mito, y la Ximena adulta que necesita visitarlo, aprehenderlo. Ximena de dos caminos narra el viaje de exploración al pasado de una escritora que precisa recordar un episodio fundacional y necesario para su actividad creadora. Tras un largo peregrinaje por los vericuetos de la memoria, la Ximena adulta interpelará a la Ximena niña y juntas deberán decidir, elegir, qué camino seguir para empezar a vivir una vida libre de culpas en un mundo adulto, organizado y armónico.

Aun sabiendo que ese lugar, esa Itaca, no existe, ambas saben que con la escritura, las palabras, los relatos escritos y orales, la imaginación y los sueños es posible construir un camino para llegar a ese destino incierto y poco o nada promisor. Por eso, nos dice el poeta, no apresures nunca el viaje: «Mejor que dure muchos años», porque lo que importa es que «el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias».

El viaje que Ximena emprende por los caminos de la escritura, que ansía y a la vez teme, la conducirá —lo sabe la niña que escribe la carta y la adulta que necesita recordar— por el dolor, las viejas culpas y las heridas nunca curadas; pero también será un viaje hacia la revelación y el conocimiento. La palabra es mágica: sana, transforma, libera… y también es espeluznante.

Tal

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