Loading...

STRANGER THINGS: A OSCURAS EN LA CIUDAD

Adam Christopher  

0


Fragmento

26 de diciembre de 1984

Cabaña de Hopper Hawkins, Indiana

Jim Hopper trató de reprimir la sonrisa que sentía expandirse por su cara, de pie frente al fregadero, con los brazos sumergidos en agua caliente y jabonosa, viendo por la ventana de la cocina cómo caía la nieve en enormes copos del tamaño de puños.

La Navidad no era una época buena para él, no desde... bueno, desde hacía mucho tiempo. Desde Sara. Hopper lo sabía, lo aceptaba, y durante los seis años —casi siete, ya— que llevaba de vuelta en Hawkins, se había resignado a la creciente sensación de tristeza y añoranza que iba ganando cada vez más fuerza a medida que se acercaban las fiestas.

¿Se había resignado? No, no era eso, no del todo. En realidad, recibía con gusto la sensación, se dejaba abrumar por ella, porque era... fácil. Cómodo.

Y, por raro que sonara, seguro.

Sin embargo, al mismo tiempo, se odiaba a sí mismo por ello, por rendirse, por permitir que la semilla del desespero creciera en su mente todos los años, sin excepción, hasta germinar del todo. Y su odio solo serviría para sumirlo más en la tiniebla, y el ciclo entero se repetía una y otra y otra vez.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero eso se había acabado. Ya no más.

Ese año, no.

En realidad, era el primer año en que las cosas eran distintas. Su vida había cambiado, y ese cambio le había permitido ver lo hondo que había caído, en qué se había convertido.

Y todo, gracias a ella. A Jane, su hija adoptiva. Legalmente, oficialmente, su familia.

Jane Hopper.

Once.

Ce.

Hopper notó que la sonrisa crecía de nuevo, tirando con insistencia de las comisuras de su boca. Esa vez no intentó contenerla.

Por supuesto, tener a Ce en casa no significaba que debiera olvidar el pasado, ni mucho menos. Pero sí que tenía nuevas responsabilidades. De nuevo, tenía una hija a la que criar. Y eso implicaba pasar página. Su pasado no había desaparecido, pero por fin podía ponerlo a dormir al fondo de su mente.

Fuera, la nieve siguió cayendo, cubriendo los troncos de los árboles que rodeaban la cabaña con más de medio metro de una suave manta blanca. La radio había asegurado que no era una tormenta y que no había alertas meteorológicas, pero el boletín que Hopper había oído a primera hora de la tarde empezaba a parecerle demasiado optimista. Había anticipado una nevada copiosa por todo el condado, pero en ese momento Hopper se preguntó si habría caído toda en las pocas hectáreas que rodeaban la vieja cabaña de su abuelo. El boletín meteorológico había advertido a los oyentes que, si tenían que viajar... en fin, mejor que no lo hicieran. Quédense en casa. Manténganse calentitos. Termínense el ponche de huevo.

A Hopper le parecía muy buena opción.

A Ce, en cambio...

—El agua está fría.

Hopper espabiló de sopetón y encontró a Ce a su lado, junto al fregadero. La miró y encontró en el rostro de la niña una expresión intensa, interesada, preocupada de que Hopper llevara tanto tiempo fregando los platos que el agua se le había enfriado. Entonces miró sus propias manos, que sacó de la menguante espuma. Las yemas de los dedos parecían uvas pasas y la pila de platos del banquete de sobras de Navidad no se había reducido mucho.

—¿Va todo bien?

Hopper volvió a mirar a Ce. Tenía los ojos muy abiertos, expectantes. Hopper notó que aquella sonrisa volvía a crecer. Mierda, no podía evitarlo.

—Sí, todo va bien —respondió. Extendió el brazo para revolverle su mata de rizos oscuros, pero Ce se apartó con una mueca al sentir el contacto de la mano cubierta de espuma. Hopper se echó a reír, retiró el brazo y cogió el trapo de la repisa. Se secó las manos y señaló con la cabeza hacia la sala de estar—. ¿Has podido hablar con Mike?

Ce suspiró, quizá pasándose un poco de dramatismo en opinión de Hopper, pero... al fin y al cabo, para ella todo seguía siendo nuevo y a menudo, por lo que parecía, desafiante. La miró mientras ella regresaba al sofá, cogía el aparatoso rectángulo que era su nuevo walkie-talkie y se lo tendía, como si de algún modo Hopper pudiera invocar a sus amigos en el éter.

Se quedaron mirándose y, tras unos momentos, Ce meneó impaciente el walkie-talkie.

—¿Qué quieres que haga yo? —preguntó Hopper, echándose el trapo de cocina al hombro—. ¿No funciona? —Cogió el aparato y le dio la vuelta—. No puede ser que se haya quedado sin pilas tan pronto.

—Funciona —dijo Ce—. Pero no hay nadie. —Suspiró de nuevo y sus hombros se hundieron.

—Ah, claro, es verdad —dijo Hopper, recordando que Mike, Dustin, Lucas y Will estaban todos fuera visitando a familiares ese día. La pandilla al completo estaba fuera de alcance del nuevo walkie-talkie de Ce.

La chica recuperó el aparato y trasteó con los controles, encendiendo y apagando una y otra vez el interruptor de volumen, provocando que emanaran breves ráfagas de estática con cada giro.

—Ten cuidado —advirtió Hopper—. Te han hecho un regalo muy bueno.

Entonces torció el gesto al darse cuenta de que el regalo que le había hecho él, nada menos que el Tragabolas (un juego para niños mucho más pequeños que Ce, como Hopper había comprendido con el impacto de un mazazo cuando ella le quitó el envoltorio el día anterior), quedaba a la altura del betún comparado con el walkie-talkie que los chicos le habían comprado juntando dinero.

Por lo visto, tenía muy oxidado el asunto de la paternidad. Había comprado el juego casi sin pensar, porque a Sara le encantaba, y...

Y Ce no era Sara.

Pero Ce no se dio cuenta del malestar de Hopper, concentrada como estaba en el aparato. Él volvió al fregadero, abrió el grifo del agua caliente y se puso a remover el agua de la pileta con una mano.

—Y ayer os lo pasasteis muy bien, ¿verdad? —Miró hacia atrás—. ¿Verdad?

Ce asintió y dejó de hacer chasquear el walkie-talkie.

—Pues eso —dijo Hopper—. Y mañana habrán vuelto todos a casa. De hecho —añadió, cerrando el grifo—, seguro que los encuentras con ese cacharro a última hora de la tarde.

Rellenado el fregadero, Hopper reemprendió su ataque a los platos. Oyó que, a su espalda, Ce volvía a la cocina. Bajó la mirada cuando la niña apareció de nuevo a su lado.

—Oye —dijo mientras cogía un plato del montón y lo sumergía—, sé que te aburres, pero el aburrimiento es bueno, créeme.

Ce frunció el ceño.

—¿El aburrimiento es bueno?

Hopper pensó un momento y confió en llevar la dirección correcta con aquel consejo paterno improvisado.

—Claro que sí. Porque cuando te aburres, es que estás a salvo. Y cuando te aburres, se te ocurren ideas. Y las ideas son buenas. Nunca sobran las ideas.

—Las ideas son buenas —dijo Ce.

No era una pregunta, sino una afirmación. Hopper volvió a mirarla. Casi podía ver los engranajes girando en su mente.

—Exacto —respondió—. Y las ideas llevan a preguntas. Las preguntas también son buenas.

Hopper miró por la ventana, ocultando a su hija la expresión preocupada que había invadido su rostro. «¿Las preguntas también son buenas?» Pero ¿de qué narices estaba hablando? No estaba seguro de si había tomado demasiado ponche del que había sobrado o tal vez demasiado poco.

Ce se escabulló fuera de la cocina y, al momento, Hopper oyó el chasquido del televisor. Volvió la cabeza y vio que Ce se había sentado en el sofá, sin posibilidad de llegar a la tele con la mano, pero aun así los canales cambiaban en rápida sucesión y la pantalla pasaba de un patrón de estática multicolor a otro.

—Sí, es por el tiempo. Lo siento, pero creo que la tele tardará bastante en volver a funcionar bien. Eh, ¿te apetece otra partida al Tragabolas?

La única respuesta a la pregunta de Hopper fue el silencio. Volvió la cabeza otra vez y vio que Ce se había girado hacia él en el sofá y lo miraba con una cara que solo podía describirse como... adusta.

Hopper soltó una carcajada.

—Era solo una sugerencia. También puedes leer algún libro.

Hopper terminó de lavar los platos y tiró del tapón del fregadero. Mientras el agua sucia se iba por el desagüe, se secó las manos y volvió a mirar hacia la ventana de la cocina. En el reflejo, Hopper vio el sofá y la tele todavía encendida, pero ni rastro de Ce.

«Bien», pensó. No podía hacer nada con el clima, pero quizá no fuese tan terrible que estuvieran encerrados en la cabaña. Los últimos días navideños habían sido muy ajetreados, Ce pasando el rato con sus amigos y Hopper aprovechando la oportunidad para visitar a Joyce. Parecía estar sobrellevándolo todo bien, y había agradecido la compañía de Hopper. Jonathan también.

Dio media vuelta y fue hacia la mesa roja cuadrada que había contra la pared en el otro lado de la encimera, donde estaba abierta la caja del Tragabolas. Preguntándose distraído si sería posible jugar contra uno mismo, sacó una silla mientras Ce reaparecía por la puerta de su dormitorio. Lo miró con una expresión tan seria que Hopper se quedó petrificado, con una mano todavía en el respaldo de la silla.

—Esto... ¿Va todo bien?

Ce inclinó la cabeza a un lado, como un perro que escucha un sonido fuera del rango auditivo humano, sin apartar la mirada de Hopper.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—¿Por qué eres policía?

Hopper parpadeó y dejó escapar un profundo suspiro. La pregunta parecía salida de la nada.

«¿Adónde quiere llegar con esto?»

—Bueno —dijo, pasándose una mano aún mojada por el pelo—, sí que es una pregunta interesante.

—Has dicho que las preguntas son buenas.

—Esto... Sí que lo he dicho, sí. Y lo son.

—¿Entonces?

Hopper soltó una risita y apoyó los codos en el respaldo de la silla.

—Claro. O sea, es una buena pregunta, lo que pasa es que no creo que la respuesta sea sencilla.

—No sé cosas sobre ti —dijo Ce—. Tú sí que las sabes sobre mí.

Hopper asintió.

—Es... Pues mira, sí que es verdad.

Dio la vuelta a la silla y se sentó a la mesa. Ce sacó la silla de enfrente, también se sentó y se inclinó hacia delante apoyando los codos.

Hopper pensó un momento.

—No estoy seguro de que de verdad quisiera hacerme policía —dijo—. Es solo que, en su momento, me pareció una buena idea.

—¿Por qué?

—Ah, bueno. —Hopper calló. Irguió un poco la espalda y se frotó la barbilla sin afeitar con una mano—. En fin, no sabía muy bien qué hacer con mi vida. Acababa de volver de... —Calló de nuevo.

«No, no, eso todavía no. Ese tema tendrá que salir en otro momento.»

Quitó importancia al asunto moviendo una mano en el aire.

—Quería hacer algo. Cambiar algo. Ayudar a la gente, supongo. Y tenía algunas habilidades y experiencia que pensaba que podían ser útiles. Así que me hice poli.

—¿Y?

Hopper frunció el ceño.

—¿Y qué?

—¿Cambiaste algo?

—Bueno...

—¿Ayudaste a la gente?

—Oye, a ti te ayudé, ¿no?

Ce sonrió.

—¿Dónde estabas?

—¿Qué?

—Has dicho que acababas de volver de algún sitio.

Hopper negó con la cabeza.

—No creo que estés preparada todavía para esa historia.

De pronto sintió una leve presión en el pecho, una pequeña oleada de adrenalina que, combinada con los restos del ponche, le provocaron un ápice de náusea.

En esa ocasión fue Ce quien negó con la cabeza.

—Las preguntas son buenas —repitió.

Tenía razón, por supuesto. Hopper la había cobijado, ayudado, protegido. Habían superado juntos cosas que la gente no podía ni imaginar, luego habían pasado a ser familia legal... y, aun así, Hopper comprendió que seguía siendo tan misterioso para ella como Ce lo había sido para él aquella noche en casa de Joyce, después de que la encontrara con los chicos en el vertedero de chatarra.

Ce bajó la barbilla y lo miró con la cabeza ladeada, dejando claro con el gesto que estaba exigiendo una respuesta.

—Escucha, enana, hay cosas que no estás preparada para oír y cosas que yo no estoy preparado para contarte.

La frente de Ce se arrugó de concentración. Hopper se descubrió observándola fascinado, preguntándose adónde la llevarían sus pensamientos a continuación.

—¿Vietnam? —preguntó ella, vocalizando la palabra como si nunca la hubiera pronunciado en voz alta.

Hopper levantó una ceja.

—¿Vietnam? ¿Dónde has oído tú eso?

Ce meneó la cabeza.

—Lo he leído.

—¿Cómo que lo has leído?

—En una caja. Bajo el suelo.

—Bajo el... —Hopper se echó a reír—. ¿Has estado explorando?

Ce asintió.

—Vale, pues sí, tienes razón. Había vuelto desde Vietnam. Es otro país que está muy lejos de aquí.

Ce se subió a la mesa.

—Pero... —Hopper se detuvo—. En realidad, no, no es buena idea.

—¿El qué?

—Hablarte de Vietnam.

—¿Por qué no?

Hopper suspiró. Esa sí que era una buena pregunta.

Pero ¿cuál era la respuesta?

Lo cierto, comprendió Hopper, era que no quería hablar de Vietnam, no porque fuese un trauma ni un demonio personal para él, sino porque era agua pasada. Pero, sobre todo, porque le daba la sensación de que formaba parte de la vida de otra persona. Aunque no se había parado de verdad a darle vueltas como era debido, era consciente de la forma en que había compartimentado su pasado en su propia mente. En resumen, sí, Vietnam había sido una época difícil y Hopper había vuelto cambiado, como casi todo el mundo, por supuesto, pero lo que ocurría era que no resultaba relevante, ya no. Esa persona no era él, ya no.

Porque con el tiempo había llegado a aceptar que, en realidad, su vida solo tenía dos partes.

Antes de Sara. Después de Sara.

Y, en realidad, lo demás no importaba demasiado. Ni siquiera Vietnam.

El problema era que no estaba muy seguro de cómo iba a explicarle eso a Ce.

—Pues... —dijo Hopper con una sonrisa—. Porque Vietnam fue hace mucho tiempo. Y cuando digo mucho, es mucho, mucho. Y yo ya no soy esa persona. —Se encorvó sobre la mesa, apoyando los codos—. Mira, de verdad que lo siento. Se nota que tienes curiosidad por el tema. Y entiendo que quieras saber más cosas sobre mí. Soy tu...

Se detuvo. Ce enarcó una ceja y bajó de nuevo la barbilla, esperando el final de la frase.

Hopper suspiró feliz.

—Ahora soy tu padre. Y sí, hay mucho que no sabes de mí. Vietnam incluido. Un día te lo contaré, cuando seas mayor.

Ce frunció el ceño. Hopper levantó una mano para bloquear la réplica que sabía que llegaría.

—En esto, vas a tener que confiar en mí —dijo Hopper—. Algún día estarás preparada, y yo también. Pero, de momento, tendremos que dejar estar eso, ¿vale, enana?

Ce hizo un mohín, pero, por fin, asintió.

—Vale, bien —dijo Hopper—. Mira, sé que estás aburrida y que tienes preguntas. Eso es bueno. A lo mejor encontramos otra cosa de la que hablar, ¿de acuerdo? Déjame que ponga una cafetera.

Hopper se levantó, fue a la cocina y empezó a manipular la cafetera, una reliquia que había encontrado en un armario y que, sorprendentemente, parecía funcionar bien. Mientras empezaba a llenar el depósito de agua, oyó un fuerte golpe detrás de él.

Ce estaba de pie junto a la mesa roja, sacudiéndose el polvo de las manos contra los pantalones vaqueros. Encima de la mesa había un gran archivador. En su cara lateral había escritas dos palabras:

NUEVA YORK

Hopper llevaba años sin ver esa caja, pero sabía lo que contenía. Volvió a la mesa, tiró del archivador hacia él y entonces miró a Ce.

—¿Sabes? No estoy seguro de...

—Has dicho que encontremos otra cosa —dijo Ce. Señaló la caja—. Otra cosa.

Hopper supo por la mirada en sus ojos, por el tono de su voz, que esta vez no iba a echarse atrás.

«Vale. Nueva York, Nueva York.» Hopper se sentó a la mesa y miró el archivador. Por lo menos, era algo un poco más reciente.

¿Estaría Ce preparada para eso?

Y puestos a preguntar, ¿lo estaba él?

Mientras Ce se sentaba enfrente de él, Hopper abrió la tapa. Dentro había un revoltijo de ficheros y documentos, coronados por una gruesa carpeta de papel manila cerrada con dos gomas elásticas rojas.

«Ah, sí.»

Acercó la mano y, sin sacar del todo la carpeta, retiró las gomas y la abrió. Al hacerlo reveló una gran fotografía en blanco y negro, el retrato de un cadáver tendido en una cama, con la camisa blanca teñida de negro por la sangre.

Hopper cerró primero la carpeta, luego el archivador y apoyó la espalda en la silla. Miró a Ce.

—Esto no es buena idea.

—Nueva York.

—Mira, Ce...

Entonces la tapa del archivador se abrió sola. Hopper parpadeó y miró a Ce. La niña tenía el semblante firme, intransigente, decidido.

Hopper hizo rodar el cuello.

—Vale, muy bien. Si quieres Nueva York, tendrás Nueva York.

Se acercó aún más el archivador, pero en esa ocasión dejó de lado la carpeta de papel manila y sacó lo que había debajo. Era una tarjeta blanca y grande sellada dentro de una bolsa de plástico, grapada por una esquina a un folio donde estaban registradas sus características.

Hopper miró un momento la tarjeta, que estaba en blanco, y luego la giró y dio la vuelta al folio para que quedara detrás. En el dorso de la tarjeta había un solo símbolo, al parecer pintado a mano con una espesa tinta negra. Una estrella hueca de cinco puntas.

—¿Qué es eso?

Hopper alzó la mirada. Ce se había levantado y estaba inclinada sobre el archivador para poder ver. Hopper apartó la caja y sostuvo la tarjeta en alto.

—Es solo una tarjeta de un juego estúpido —dijo, riendo. Pero la risa murió en su garganta y volvió a mirar el símbolo—. En realidad, es un juego que creo que se te daría bastante bien.

Ce volvió a sentarse. Miró a Hopper y, cuando él la miró a ella, vio una luz en sus ojos.

—¿Un juego?

—Ya llegaremos a eso —aseguró Hopper.

Volvió a dejar la tarjeta delante de él y luego levantó el archivador y lo dejó en el suelo junto a su silla. Todavía sin hacer caso a la carpeta de encima, sacó otro montón de documentos. El de arriba era una carta de reconocimiento del «Jefe de Inspectores, policía de Nueva York».

Hopper leyó la fecha de la parte superior: «Miércoles, 20 de julio, 1977».

Respiró hondo y alzó la mirada hacia Ce.

—Antes de ser jefe de policía de Hawkins, estuve como inspector en Nueva York. Trabajaba en el departamento de homicidios.

Once vocalizó en silencio la palabra, desconocida para ella.

—Ah, claro —dijo Hopper—. «Homicidio» significa «asesinato».

Ce puso los ojos como platos. Hopper suspiró preguntándose si de verdad acababa de abrir la caja de Pandora.

—Bueno, el caso es que en el verano de 1977 ocurrió algo muy extraño...

1

La fiesta de cumpleaños

4 DE JULIO DE 1977

Brooklyn, Nueva York

El pasillo era blanco. Paredes, suelo, techo. Todo, sin excepción. Blanco sobre blanco sobre blanco, un estilo que a Hopper solo lograba despertarle un leve mareo. Oftalmia de la nieve en pleno centro de la ciudad. Qué cosas.

La casa entera era blanca, de arriba abajo, todas las habitaciones, todos los pisos. Por fuera era la típica edificación de arenisca de Brooklyn. Por dentro, una exposición de arte. Hopper tenía su copa de vino aferrada por el balón, temeroso de derramar siquiera una gotita.

Pensó que solo los ricos podían vivir en una casa como aquella, porque solo ellos podrían permitirse pagar al ejército de limpiadores que debían de hacer falta para mantenerla como estaba. Ricos que se creían Andy Warhol. Ricos que eran amigos de Andy Warhol, o al menos conocían a su decorador.

Y, además, tenían hijos. Dos críos, gemelos, que en esos momentos celebraban su fiesta de cumpleaños conjunta en la enorme cocina que había al fondo de la casa, cocina que daba a un frondoso jardín rodeado de paredes altas, un oasis imposible oculto en los espacios entre adosados y dotado de un verdor que, de algún modo, resistía al abrasador calor veraniego que estaba convirtiendo el resto de Nueva York en un desierto baldío. El ruido de la fiesta resonaba por el austero pasillo en el que Hopper había buscado refugio, al menos durante un rato, con su bebida mal elegida.

La alzó para escrutar su contenido. Vino tinto en un cumpleaños infantil.

Sí, los Palmer eran esa clase de gente.

Hopper suspiró y dio un sorbo. Aquella no era la forma en que había planeado pasar el Cuatro de Julio, pero sabía que no debía criticar la decisión. Los treinta niños, casi la clase entera de Sara en la escuela primaria, estaban divirtiéndose muchísimo, entretenidos por profesionales que los Palmer habían contratado para la ocasión y alimentados, aguados y, sobre todo, azucarados por un equipo de restauradores que seguramente cobrarían más por aquella fiesta que Hopper por el trabajo de un mes entero.

Y no solo había entretenimiento para los niños, sino también para los adultos. En algún lugar, pasillo blanco abajo, al otro lado de una de las muchas puertas blancas, todos los padres salvo Hopper estaban congregados en torno a un espectáculo organizado solo para ellos. Algún tipo de número de magia, había dicho alguien. Diane había intentado convencer a Hopper de que se apuntara a verlo, y hasta había probado a arrastrarlo tirándole del brazo, pero... ¿un número de magia?

No, Hopper estaba bien donde estaba. Solo. En el pasillo del blanco infinito. Con su copa de vino.

Llegó una oleada de risas desde la cocina, que se estrelló contra otra carcajada casi simultánea salida del otro extremo del pasillo. Hopper miró hacia un lado y hacia el otro, dudando hacia qué actuación dirigirse. Entonces meneó la cabeza, se regañó a sí mismo por ser un aguafiestas y fue en dirección a los padres. Al abrir la puerta del final del pasillo, casi esperaba encontrar una sala blanca y un piano de cola blanco en el centro, con John Lennon a las teclas y Yoko Ono tumbada encima.

Lo que encontró fue otro salón, de los varios que contenía la casa de arenisca, quizá un poco menos prístino que los demás porque, al menos, el blanco de las paredes estaba interrumpido por el cálido marrón de unas librerías ornamentadas y probablemente antiguas.

Hopper cerró la puerta después de entrar y saludó con un educado gesto de cabeza a los otros padres, que estaban de pie cerca. Hopper reparó en que se trataba sobre todo de los hombres, mientras que las madres y las tías de los niños estaban sentadas a una gran mesa circular que ocupaba casi todo el salón, con la atención fija en la mujer que ocupaba la «cabecera» de la mesa, en el lado opuesto a la puerta. Era una mujer joven que llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo rojo estampado y, delante de ella, en la mesa, había nada menos que una condenada bola de cristal.

Hopper tensó la mandíbula, pero resistió el impulso de mirar su reloj de pulsera. Se sentía incómodo y fuera de lugar, ya que, por lo visto, era el único hombre presente que no había aprovechado la invitación a un cumpleaños infantil para ponerse elegante. Casi todos los demás padres iban vestidos con americanas de solapa ancha en distintos tonos arcillosos y corbatas a juego.

«Ah, sí, el conjunto chaqueta-corbata Modelo T. Puede ser del color que quieras, mientras sea marrón.»

De pronto, Hopper no se sintió tan mal en su camisa roja a cuadros y sus vaqueros. Por lo menos, iba cómodo. Con el calor que hacía, el poliéster no era muy buena decisión, como parecían haber descubierto varios hombres a su alrededor, dadas las caras rojas y las pátinas de sudor que lucían algunos.

Hopper ocultó su sonrisa con la copa de vino mientras se la terminaba y desvió su atención hacia la escena que se desarrollaba en el centro del salón, donde Diane estaba sentada con las otras mujeres —la mayoría vestidas con largos y vaporosos vestidos de algodón que parecían mucho más transpirables que la elección masculina—, inclinada hacia delante para escuchar mientras la pitonisa miraba la bola de cristal y fingía ver el futuro de... ¿esa era Cindy, la madre de Tom?

A Hopper le costaba acordarse de todo el mundo. De pronto, le apeteció otra copa de vino.

La pitonisa siguió con su perorata. Era más joven de lo que Hopper habría esperado, aunque tampoco estaba muy seguro de la franja de edad adecuada para las pitonisas. ¿No se suponía que eran mujeres mayores? Tampoco era que importara mucho: aquello era una farsa, nada más.

Hopper se propuso relajarse, disfrutar del espectáculo y dejar de ser tan capullo.

Una salva de aplausos lo sacó de golpe de su ensoñación. Miró a su alrededor y vio que las mujeres de la mesa estaban cambiándose de sitio para que la siguiente sujeto quedara delante de la pitonisa.

Era Diane. Se rio de algo que había dicho su compañera de al lado y miró hacia atrás. Los ojos se le iluminaron al ver a Hopper y le hizo un gesto para que se acercara.

Tras una mirada avergonzada a los otros padres, Hopper avanzó hasta quedar detrás de la silla de Diane. Su esposa le tendió la mano y, cuando Hopper la apretó, ella alzó la mirada hacia él con una sonrisa.

Hopper se la devolvió.

—Oye, ¿por qué me miras a mí? Madame Mística va a adivinarte a ti el futuro.

La pitonisa dejó escapar una risita al oírlo. Se apartó un poco el pañuelo de la frente y miró a Hopper.

—Pasado, presente, futuro... ¡Todas las sendas, todos los caminos están abiertos a mí!

Movió las manos por encima de la bola de cristal.

Diane sonrió de oreja a oreja, respiró hondo, irguió la espalda en la silla y cerró los ojos. Soltó el aire despacio por la nariz.

—Muy bien —dijo—. Dame caña.

Las presentes vitorearon y la pitonisa, intentando contener su propia risa, hizo rodar el cuello y clavó la mirada en la bola de cristal, con las manos extendidas sobre la mesa a ambos lados de ella.

La mujer no habló. Hopper vio cómo su mirada se centraba y su ceño se fruncía al aparentar concentración. Llegaron murmullos del fondo de la sala cuando algunos hombres perdieron el interés.

Y entonces...

—Eh... ¡Oh!

La pitonisa se apartó de sopetón de la bola. Hopper puso la mano en el hombro de su esposa y sintió que ella apoyaba la suya encima.

La pitonisa cerró los ojos y sus rasgos se crisparon como si le doliera algo. Hopper notó que Diane le apretaba más la mano y empezó a sentirse algo inquieto. Aquello era un teatrillo y no había nada real, pero en el salón había cambiado algo; la atmósfera de diversión desenfadada se estaba evaporando de repente.

Hopper carraspeó.

La pitonisa abrió los ojos y ladeó la cabeza mientras miraba la bola de cristal.

—Veo... veo... —Negó con la cabeza, cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza—. Hay... oscuridad. Una nube... No, es como una oleada que se extiende y recubre... lo recubre todo.

Diane se removió en su silla y alzó la mirada hacia Hopper.

—Luz... Hay... —La pitonisa hizo una mueca, como si acabara de morder un limón—. Hay... No, no es luz, es una... ausencia. Un vacío. Oscuridad, una nube, como una oleada que llega y recubre... recubre...

La pitonisa dio un respingo. Diane saltó, asustada, a la vez que la mitad de los presentes en la sala.

Hopper meneó la cabeza.

—Oiga, si esto es algún tipo de broma...

La pitonisa volvió a negar con la cabeza, una vez, y otra, y otra.

—Una oscuridad. No hay nada más que oscuridad, una gran nube, negra como sierpe...

—Creo que ya es suficiente —dijo Hopper.

—La oscuridad se aproxima. Una noche sin fin. Un día sin alba. El día de...

—¡He dicho que ya es suficiente!

Hopper dio un manotazo en la mesa. La pitonisa abrió los ojos de golpe y se llenó los pulmones de aire. Parpadeó varias veces mientras miraba los rostros del salón, con expresión de sorpresa, como si acabase de despertar de un sueño profundo.

Entonces todo el mundo empezó a hablar a la vez. Las mujeres empezaron a levantarse de sus asientos, deprisa, repentinamente avergonzadas de haber participado en aquel juego, mientras sus maridos murmuraban entre sí al fondo de la estancia. Diane se puso de pie. Hopper le rodeó los hombros con un brazo.

—¿Estás bien?

Diane asintió, frotándose la frente.

—Sí, bien. —Se volvió y le dedicó una tenue sonrisa.

Hopper se encaró de nuevo hacia la pitonisa.

—Mire, no sé cómo se supone que funciona esto, pero estamos en el cumpleaños de unos niños, por el amor de Dios. Si quiere asustar a la gente, a lo mejor debería esperar a Halloween.

La pitonisa miró a Hopper, con el rostro todavía inexpresivo y los ojos entornados como si le costara mucho esfuerzo entender lo que decía. A su alrededor, los demás padres iban desfilando poco a poco hacia el pasillo. Hopper se volvió para seguirlos.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Diane.

Hopper miró en su dirección, pero su esposa no estaba dirigiéndose a él. Se lo había preguntado a la pitonisa, que estaba frotándose las sienes.

—Eh... sí. Escuchen —dijo ella—, lamento lo ocurrido. De verdad que lo siento. No sé lo que me ha dado.

—Ya, seguro que no —dijo Hopper.

Tiró del hombro de Diane para apartarla de la mesa y llevarla hacia la puerta. Justo antes de abandonar el salón, miró atrás. La mujer que habían dejado sentada a la mesa de pronto parecía incluso más joven que antes, y el gran pañuelo rojo y la bola de cristal de repente se veían ridículos.

—Voy a hablar de esto con Susan y Bill —aseguró Hopper.

—Jim, déjalo estar —pidió Diane, negando con la cabeza.

Hopper frunció el ceño, exhaló con fuerza por la nariz y salió de la estancia. En el momento en que pisó el pasillo, notó remitir su ira al ver que Sara corría hacia ellos junto a los demás niños, con una bolsa de papel blanca con rayas rojas aferrada en una mano y, en la otra, una caja de cartón marrón con agujeros cuadrados a un lado y la tapa doblada para formar un asa resistente, que la niña tenía tan aferrada que se le habían puesto los nudillos blancos.

—Eh, enana, ¿qué llevas ahí? —preguntó Hopper mientras se arrodillaba para coger en brazos a su hija de seis años.

—¡Tarta de cumpleaños! ¡Y una piedra mascota! Nos han dado una a cada uno. Esta se llama Molly.

—Vale —dijo Hopper muy despacio, inclinando con los dedos la caja que contenía la piedra mascota mientras Sara la sostenía en alto para enseñársela—. ¿Crees que Molly querrá tarta de cumpleaños?

—No seas bobo, papi. Molly solo bebe limonada.

—Claro, cómo no.

Hopper miró a Diane con la boca hecha una O de sorpresa y las cejas enarcadas.

—¡Oye, entonces nos tocará más tarta a nosotros!

Diane se echó a reír y le tiró del codo.

—Venga, vámonos —dijo, y se volvió para seguir a los demás padres y niños en dirección a la puerta principal.

Esperándolos en el vestíbulo había dos animadores del grupo de los niños, ambos disfrazados de Tío Sam con motivo del día de la Independencia. Estaban repartiendo a los niños que pasaban banderitas estadounidenses con astas cortas, en la punta de las cuales había atada una pequeña bolsa de papel de caramelos. Sara dio la caja de la piedra mascota a su padre para poder coger la bolsa con la mano libre.

—¿Qué se dice, Sara? —preguntó Diane.

—¡Gracias, don Payaso!

Los tres bajaron juntos los peldaños que llevaban a la acera mientras los demás invitados desaparecían en el interior de la flota de coches que había ocupado casi todo el espacio disponible en la calle.

Pero los Hopper podían ir andando. Su casa no quedaba lejos y, al cabo de unos pocos pasos por la calle, Hopper notó que Sara le tiraba de la mano. La soltó, encantado de permitir que la niña quemara algo de su exceso de energía mientras se dirigían a su propia casa, que estaba solo a unas manzanas de distancia.

Diane entrelazó el brazo con el de su marido y le apoyó la cabeza en el hombro mientras caminaban despacio.

—Una gran fiesta —dijo.

—Sí, estupenda —replicó Hopper—. Me he pasado todo el rato aterrorizado por si manchaba de vino tinto alguna cosa que no podría pagar ni en mil años, y luego una profetisa del fin del mundo nos ha predicho un apocalipsis inminente. —Levantó la caja—. Ah, y tenemos un inesperado nuevo miembro en la familia. Sí que ha sido una gran fiesta, sí. Qué ganas tengo de que llegue la del año que viene.

Diane se echó a reír, se apartó de Hopper y le dio un puñetazo juguetón en el hombro en que había estado apoyada.

—Venga, hombre, no ha estado tan mal. Es solo que Lisa se ha puesto... —Dejó la frase en el aire, moviendo las manos mientras buscaba una explicación.

—¿Lisa?

—Lisa Sargeson, la pitonisa. En realidad es madre de un niño, y hace magia como una especie de segundo empleo.

—¿La adivinación es magia?

—Bueno, no ha sido solo adivinación. También ha hecho algunos trucos de escapismo bastante buenos con candados y cadenas. Janice McGann se ha presentado voluntaria y casi le da un infarto cuando Lisa le ha dicho que no tenía la llave.

Hopper sonrió al oírlo.

—¿Y qué ha pasado con lo de la adivinación? ¿Qué es, que Lisa Sargeson ha perdido la chaveta?

Diane se encogió de hombros.

—Se le habrá ido el santo al cielo.

Hopper dio un suave silbido.

—Pues menudo santo.

—Y menuda fiesta.

—Ya lo creo, ya. O sea, estaba allí la clase entera de Sara con todos sus padres, pero te juro que la gente que había trabajado nos superaba en número. ¿Y eso de montar un espectáculo para los adultos, también? Venga, no me digas que Susan y Bill no estaban fardando.

—Bueno —dijo Diane—, yo me lo he pasado bien, aunque tú no.

—Eh, yo no he dicho eso.

—Ni falta que hacía. He visto cómo estabas.

—Ya te he dicho que tenía miedo de mancharlo todo.

—Que sí, que sí.

—¡Que sí!

—James Hopper —dijo Diane, entrelazando de nuevo el brazo con su marido—, estabas tenso todo el rato. Tienes que aprender a relajarte.

Hopper abrió la boca para responder, pero la cerró al momento. Se limitó a encogerse de hombros y descubrió que se negaban a volver abajo.

—Es que...

—¿Es que qué?

—No sé, esa casa. Esa gente. Vale, los Palmer son una familia maja, pero... no son como nosotros. No son como los otros padres. O sea, no han dado la fiesta en su casa de los Hamptons porque sabían que nadie podría permitirse ni siquiera la gasolina que necesitarían para llegar.

—Eso no es verdad —replicó Diane con una sonrisita.

—Ya, vale —dijo Hopper, logrando por fin que sus hombros se relajaran—. Puede que no. Pero en serio, ¿esa casa? Venga ya, la gente normal no vive así. Y si tienen tanto dinero, ¿por qué llevan a los gemelos a la escuela pública?

—Oye, ese colegio está muy bien. Yo no daría clases allí, ni mucho menos dejaría ir a Sara, si no lo estuviera.

—Lo sé, lo sé —dijo Hopper—. Pero tiene que haber docenas de escuelas privadas caras a las que podrían enviar a sus hijos. En fin, ¿tú no lo harías, si pudieras permitírtelo? El colegio de Sara estará bien, pero venga, estamos hablando del sistema educativo público de Nueva York.

—Y si no creyera que el sistema público de Nueva York funciona, desde luego no estaría dedicándole sangre, sudor y lágrimas, ¿no crees? —Diane se detuvo para mirar a Hopper—. No eres el único que intenta cambiar las cosas, Jim. Yo no vine a esta ciudad solo para animarte desde la grada. A veces deberías recordarlo.

Hopper asintió y volvió a llevar a su esposa a su lado mientras reanudaban el paso. Era cierto que Nueva York tenía problemas, pero también que el colegio de Sara era bueno. Hopper sabía la suerte que había tenido Diane de que la destinaran allí, dada la situación actual de la educación en la ciudad. Diane le había hablado de otras escuelas en las que, según había oído, a veces los profesores ni se presentaban en clase, o los niños de doce años se pasaban botellas de vino mientras el profesor se quedaba sentado a su mesa, reacio a intervenir, sabiendo que cualquier intento de ejercer su autoridad caería en saco roto, si no derivaba en violencia. Y sí, eran ejemplos extremos, pero había veces en que la ciudad entera daba la sensación de ser un ejemplo extremo. Al borde de la bancarrota, con los servicios públicos tan desmoronados como las infraestructuras.

Bienvenido a la ciudad de Nueva York en 1977.

No era que Hopper lamentara la decisión que habían tomado de mudarse allí. Ni muchísimo menos. Para él, había sido la decisión más acertada en el momento. Al volver de Vietnam, retomar la vida en Hawkins, Indiana, había sido como entrar en una especie de universo paralelo. Había entregado su sangre, su sudor y, según le parecía a veces, parte de su cordura para participar en una guerra que no daba la impresión de tener fin, que se libraba por motivos que no alcanzaba a comprender, mientras los pueblos pequeños de Estados Unidos parecían haber entrado en un bucle temporal, sin cambiar ni un ápice durante el tiempo que Hopper estuvo fuera.

Hopper se preguntó si algún día cambiarían de verdad, si podían hacerlo siquiera.

La desazón había hecho presa en él, y no había intentado ocultarlo. La llegada de Diane en el año 69 había sido una distracción más que bienvenida. El romance que floreció al poco tiempo entre ellos vino seguido del nacimiento de su hija, Sara, en el 71. Y eso había ayudado.

Al menos, por un tiempo. Pero Hawkins, Indiana, seguía siendo Hawkins, Indiana. La dicha doméstica no podía durar para siempre. Hopper necesitaba... algo más. Algo más grande.

Algún lugar más grande.

Algún lugar como Nueva York.

A decir verdad, le había costado un poco convencer a Diane y, de vez en cuando, Hopper aún sentía una punzada de remordimiento. Por mucho que Diane lo apoyara y quisiera que Hopper hiciese lo que sentía que necesitaba hacer, mudarse de Hawkins a Nueva York era un movimiento importante, en todos los sentidos. Hawkins era pequeño y soporífero, pero allí habían creado un hogar, una familia. Era seguro y era cómodo. Y, a medida que los recuerdos de Vietnam remitían cada vez más rápido, era... fácil.

Quizá ahí estuviese el probl ...