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SIDI

Arturo Pérez-Reverte  

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Fragmento

I

Desde lo alto de la loma, haciendo visera con una mano en el borde del yelmo, el jinete cansado miró a lo lejos. El sol, vertical a esa hora, parecía hacer ondular el aire en la distancia, espesándolo hasta darle una consistencia casi física. La pequeña mancha parda de San Hernán se distinguía en medio de la llanura calcinada y pajiza, y de ella se alzaba al cielo una columna de humo. No procedía ésta de sus muros fortificados, sino de algo situado muy cerca, seguramente el granero o el establo del monasterio.

Quizá los frailes estén luchando todavía, pensó el jinete.

Tiró de la rienda para que el caballo volviese grupas y descendió por la falda de la ladera. Los frailes de San Hernán, meditaba mientras atendía en dónde ponía el animal las patas, eran gente dura, hecha a pelear. No habrían sobrevivido de otro modo junto al único pozo de buena agua de la zona, en el camino habitual de las algaras moras que cruzaban el río desde el sur en busca de botín, ganado, esclavos y mujeres.

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Ganen o pierdan, concluyó el jinete, cuando lleguemos todo habrá terminado.

La hueste aguardaba desmontada para no fatigar a los caballos, al pie de la loma: ocho mulas con la impedimenta y cuarenta y dos hombres a caballo revestidos de hierro y cuero, sujetas las lanzas al estribo derecho y la silla, con el polvo de la cabalgada rebozando a hombres y animales; adherido a los rostros barbudos cubiertos de sudor hasta el punto de que sólo los ojos enrojecidos y las bocas penetraban las impávidas máscaras grises.

—Media legua —dijo el jinete.

Sin necesidad de que diera la orden, silenciosos por costumbre, todos subieron a las sillas, afirmándose en los estribos mientras acomodaban los miembros fatigados. Formaban una fila sin demasiado orden y llevaban los escudos colgados a la espalda. Arrimó espuelas el jinete, tomando la cabeza, y la hueste se puso en marcha siguiéndole la huella con rumor de cascos de caballos, crujidos de cuero en las sillas de montar y sonido de acero al rozar las armas en las cotas de malla.

El sol había descendido un poco cuando llegaron a San Hernán.

Se acercó la columna despacio, con el andar oscilante de sus monturas. Crepitaba aún el último fuego en el granero quemado, entre maderas que humeaban. Veinte pasos más allá, los muros de piedra y adobe del monasterio estaban intactos. Lo primero que habían visto los jinetes al aproximarse, sin que nadie hiciera comentarios pero sin que el detalle escapara a ninguno, era que la cruz seguía en lo alto del pequeño campanario. Cuando los moros se hacían con algo, era lo primero que tiraban abajo.

Aun así, el último tramo lo había hecho la gente desplegada en son de batalla, observando el paisaje con ojos inexpresivos y vacíos, pero atentos; escudo al brazo y lanza cruzada en el arzón, por si un enemigo oculto buscaba madrugar. Hombre prevenido, advertía el viejo dicho, medio combatido.

Que no vieras moros no significaba que ellos no te vieran a ti.

La puerta estaba en el lado norte del muro. Al aproximarse hallaron a los frailes esperándolos, sucios de tierra y tizne sus hábitos de estameña. Eran una docena y algunos aún empuñaban rodelas y espadas. Uno de ellos, joven, bermejo de pelo, sostenía una ballesta y llevaba tres saetas metidas en el cíngulo.

Se adelantó el abad. Barba luenga de hebras grises, ojos fatigados. Su cráneo calvo y tostado le ahorraba la tonsura. Miraba desabrido al jefe de los jinetes.

—A buenas horas —dijo con sequedad.

Encogió el otro los hombros bajo la cota de malla, sin responder. Contemplaba dos cuerpos cubiertos con mantas, puestos a la sombra que empezaba a ensancharse al pie del muro.

—Son de los nuestros —dijo el abad—. El hermano Pedro y el hermano Martín. Los sorprendieron en el huerto y no tuvieron tiempo de refugiarse dentro.

—¿Algún moro?

—Allí.

Caminó unos pasos precediendo al jinete, que lo siguió con la rienda floja, apretando las piernas contra los flancos del caballo para guiarlo. Junto al lado oriental del muro había tres cuerpos tirados entre las jaras secas. El jefe de la hueste los contempló desde la silla: vestían aljubas pardas, y a uno el turbante se le había desliado hasta descubrir un gran tajo parduzco que le hendía la frente. Otro estaba boca abajo, sin herida visible. Al tercero, caído de costado, le asomaba del pecho un virote de ballesta y tenía los ojos entreabiertos y vidriosos. El sol empezaba a hincharlos y ennegrecerlos a todos. La sangre estaba casi coagulada, y sobre los cuerpos hacía zumzumzumzum un enloquecido enjambre de moscas.

—Intentaron dar el asalto por esta parte —dijo el abad—. Creyeron que sería fácil porque aquí el muro es más bajo.

—¿Cuántos eran?

—Una aceifa de treinta, o tal vez fueran más. Atacaron al amanecer, con la primera luz, cuando los dos hermanos salían al huerto... Querían cogerlos vivos y meterse dentro, pero los nuestros gritaban para alertarnos. Así que los mataron y estuvieron toda la mañana dándonos guerra, intentando entrar.

—¿Cuándo se fueron?

—Hace rato —el abad miró a la hueste, que aguardaba a unos pasos conversando con los frailes—. Quizá los vieron llegar, o tal vez no. El caso es que se fueron.

Se pasó el jinete una mano por la barba. Reflexionaba observando las huellas de los fugitivos, que se alejaban hacia poniente: caballos herrados, y eran muchos. El abad lo miró desde abajo, inquisitivo, entornados los ojos por el sol.

—¿Van a perseguirlos?

—Claro.

—Pues les llevan delantera.

—No hay prisa. Estas cosas se hacen despacio. Y mi gente está cansada.

La expresión del fraile se había suavizado un poco.

—Podemos darles agua y algo de vino... No hemos horneado pan, aunque queda algo de hace tres días. También tocino y cecina.

—Bastará con eso.

Regresaron con los otros, caminando el abad junto al estribo del jinete. Éste hizo un gesto con la cabeza al que había quedado al frente de la tropa: un tipo rubiasco, ancho de hombros y cintura, que llevaba una deshilachada gonela gris sobre la cota, y que a su vez dio la orden de desmontar. Los jinetes bajaron de sus cabalgaduras para estirar los miembros doloridos, sacudiéndose el polvo y quitándose los yelmos, casi todos forrados de tela y, aun así, ardientes por el sol.

—¿De dónde vienen? —quiso saber el abad.

El jefe de la hueste también había puesto pie a tierra. Pasó las riendas delante de la cabeza del caballo y le palmeó el cuello con suavidad. Después se quitó el yelmo. Aunque la capucha de la cota de malla le colgaba detrás, entre los hombros, bajo la cofia de paño burdo su cabello rapado estaba húmedo de sudor.

—Nos pagaron para que persiguiéramos a la partida mora. Y en eso estamos.

—¿Sólo son vuestras mercedes?

—Tengo más gente y bagajes en Agorbe. Pero de los moros nos encargamos nosotros.

El abad señaló hacia poniente.

—Hay varios lugares nuevos en esa dirección. Temo por los colonos.

El jefe de la hueste miró hacia donde indicaba el fraile. Luego se quitó la cofia, se enjugó la frente con ella y volvió a encogerse de hombros.

—Pues rece vuestra paternidad por ellos, señor abad. Que no les irá mal.

—¿Y vuestras mercedes?

—Cada cosa a su tiempo.

Lo miraba el otro con atención, el aire valorativo.

—Todavía no me habéis dicho el nombre, señor caballero.

—Ruy Díaz.

Parpadeó el fraile, sorprendido. O más bien impresionado.

—¿De Vivar?

—De Vivar.

Al caer la noche acamparon más a poniente, al abrigo de unas cortaduras que permitían encender fuegos sin ser vistos de lejos.

Los hombres desensillaron los caballos, aflojaron los arreos y se tumbaron sobre sus ruanas a comer y beber algo de vino aguado. Lo hicieron casi todos en silencio, pues estaban demasiado cansados para conversar. Dejaron las patas de los animales trabadas y las armas a mano. Dos jinetes con cuernos de guerra colgados del cuello hacían guardia circular en torno al pequeño campamento. A ratos se oía el sonido de los cascos de sus caballos mientras las sombras montadas pasaban despacio en la noche, bajo las estrellas.

Se acercó el segundo de la hueste: Minaya, lo llamaban, y Alvar Fáñez tenía por nombre. Su silueta maciza, acuclillada junto a Ruy Díaz, se recortaba en el resplandor de la hoguera más próxima. La cruz de una daga le relucía al cinto. Olía a sudor, metal y cuero, como todos. Tenía las facciones picadas de viruela y cicatrices de aceros: una de esas caras que necesitaban un yelmo y una cota de malla para parecer completas.

—¿Cuál es el plan?

—No hay plan, de momento.

Se miraron tranquilos, sin despegar los labios. Agachado Minaya, recostado en la silla y las alforjas el jefe de la tropa. Inmóviles y conociéndose. Las llamas rojizas danzaban luces y sombras en sus caras barbudas.

—Esa aceifa va a hacer mucho daño, mientras tanto —dijo al fin Minaya.

—Las prisas también matan —objetó Ruy Díaz.

Dudó un momento el otro.

—Es cierto —dijo.

Mordía Ruy Díaz un trozo de carne seca, masticando para ablandarla. Le ofreció a su segundo, que negó con la cabeza.

—Dice el fraile que hay cuatro lugares nuevos de aquí a la sierra —dijo éste.

Miraron hacia los hombres tumbados en torno a los fuegos. El fraile estaba allí, con una manta por encima. Era el pelirrojo que había disparado la ballesta durante la defensa de San Hernán. El abad le permitía acompañar a la hueste, pues era joven y conocía el territorio. Iba a irles bien como ayuda espiritual. Los había seguido a lomos de una mula, con la ballesta colgada del arzón.

—¿Con mujeres y niños?

Encogió los hombros Minaya.

—Algunos habrá.

—Mala cosa.

—Sí, por vida de. Muy mala.

Calculaba Ruy Díaz en su cabeza jornadas, caminos e incidencias posibles y probables. El ajedrez a jugar sobre un tablero de terrenos yermos, agua escasa y colinas rocosas, calor diurno y frío en la noche. Desde una semana atrás, según noticias, la partida moruna corría el campo entre el río que llamaban Guadamiel y la sierra del Judío: una extensa tierra de nadie, frontera entre la Castilla cristiana y los reinos musulmanes, donde alguna gente pobre y desesperada —colonos cristianos que huían de la miseria, familias mozárabes fugadas del sur, aventureros de diversa índole— se asentaba con pequeñas granjas para roturar la tierra y criar algún ganado con una mano en los aperos de labranza y otra en la espada, durmiendo con un ojo abierto y viviendo, mientras seguía viva, con el recelo en el alma y el Jesucristo en la boca.

—Los burgueses de Agorbe nos pagaron para cazar a esos moros —comentó Minaya.

—Y los cazaremos. Pero no pienso reventar a hombres ni caballos. Seis leguas por jornada... Seis o siete con prisas, como mucho.

—Cuanto más tardemos en dar con la aceifa, peor será.

—¿Para quién?

—Para los colonos.

—Míralo por la parte buena. Cuanto más tardemos, más cargados de botín y más lentos irán... Mujeres, esclavos y ganado.

Sonrió el segundo. Se volvió a escupir hacia el fuego y tornó a sonreír.

—Por vida de. Ése es tu plan, entonces.

—Más o menos.

—Engordar al cerdo antes de matarlo.

—Algo así. Y quedarnos luego con el embutido, el jamón y el mondongo.

Minaya le dirigió una ojeada al fraile.

—Mejor no hablarle de eso al bermejo. No para de preguntar por qué no picamos espuelas.

—Pues dile la verdad, o parte. Que estas cosas se hacen despacio para no agotar a la tropa y no caer en una emboscada. Lo otro puedes ahorrárselo.

Relinchó un caballo fuera de la cortadura, se oyó rodar de piedras y los dos hombres miraron en esa dirección, medio incorporados, de pronto tensos. Pero en seguida llegó la voz tranquilizadora de un centinela. Su montura había tropezado en la oscuridad.

—Apenas hemos hablado desde que salimos de Burgos —dijo Minaya.

—Hemos hablado de muchas cosas.

—No de todas.

Hubo otro silencio mientras Ruy Díaz terminaba de comerse la cecina. Su segundo seguía mirándolo a la luz de la hoguera, y ésta parecía acentuar los picados de viruela en la piel curtida.

—Te han seguido al destierro. Lo de quienes somos tus parientes es normal, pues la familia es la familia. Pero a los otros les debes reconocimiento. Han pasado catorce días y no les has dicho nada —hizo un ademán vago, señalando los bultos tumbados en torno a los fuegos—. Creo que esperan unas palabras sobre el asunto.

—¿Qué clase de palabras?

—No sé. Una arenga. Algo.

Ruy Díaz se hurgaba entre los dientes.

—Sabían a lo que venían, al seguirme.

—Pero nadie los obligó. Vinieron por tu nombre y tu reputación. No lo olvides.

—No lo olvido.

Envolvió el jefe de la hueste los restos de comida en un trapo y los metió en las alforjas.

—¿Y tú, Minaya?... ¿Por qué viniste tú?

—Me aburría en Burgos —emitió el otro una risa corta y seca—. Desde que éramos críos, sé que contigo no se aburre uno nunca.

Tras un momento callado y como pensativo, el segundo rió de nuevo. Más fuerte esta vez. Más prolongado.

—¿De qué te ríes ahora, Minaya?

—De la cara de Alfonso en Santa Gadea. Cuando, todo solemne, subiste los tres peldaños del altar, apoyaste la mano en el pomo de la espada y le dijiste que jurara... ¿Lo recuerdas?

—Pues claro. No lo he olvidado, y él tampoco.

—Todos aquellos infanzones, caballeros y apellidos ilustres, la flor y nata de León y Castilla, murmurando. Pero por lo bajo, claro. Y el único que se atrevió a decirlo en voz alta fuiste tú.

Cogió Ruy Díaz una rama seca del suelo y la arrojó al fuego.

—Bien caro me costó, como ves.

—No podías evitarlo, ¿verdad?

—¿El qué?

—Sacarle los colores a un rey. Por vida de. Siempre fuiste un testarudo arrogante.

—Vete a dormir, anda. Mañana la jornada será larga.

Se incorporó Minaya, frotándose los riñones. Luego bostezó como si fueran a desencajársele las mandíbulas.

—Buenas noches, Ruy. Que Dios te guarde.

—Buenas noches.

Rezó Ruy Díaz en silencio, moviendo apenas los labios: un paternóster y un avemaría, por no descuidar ni a la Madre ni al Hijo. En aquella clase de vida y en tales parajes, convenía dormir con las cosas en orden y el alma presta. Después de persignarse comprobó que espada y daga estaban cerca de sus manos, se cubrió el torso con la ruana, acomodó mejor la cabeza y se quedó inmóvil mirando las estrellas. Los fuegos languidecían y la mesnada roncaba a pierna suelta. Relinchó otro caballo. Sobre el campamento, en la bóveda negra del cielo, millares de astros luminosos giraban muy despacio en torno a la estrella maestra; y Orión, el cazador, ya mostraba su aljaba en los bordes sombríos de la cortadura.

Sacarle los colores a un rey, había dicho Minaya. Y por eso estaban allí.

No era difícil recordar, pensó Ruy Díaz, y menos esa noche, bajo aquel cielo que también cubría el monasterio de San Pedro de Cardeña, donde a dos semanas de marcha, y cada día más lejos, su mujer y sus hijas quedaban confiadas al amparo de los frailes, con dinero para mantenerlas sólo durante medio año.

No era difícil recordar, siguió pensando, junto a los cuerpos dormidos de los hombres que lo habían seguido en el destierro. Unos, como mencionaba el segundo de la hueste, obligados de honor por ser familia: su sobrino Félez Gormaz y el otro sobrino, el tartamudo Pedro Bermúdez, alférez encargado de la bandera. También los dos Álvaros eran parientes lejanos. El resto de mesnaderos era gente de criazón vinculada al señorío de Vivar, amigos estrechos como Diego Ordóñez o aventureros de soldada que se le habían sumado para ganarse el pan, por ganas de botín o por admiración a Ruy Díaz; confiados en que éste, sin reino cristiano al que acogerse, haría buena algara en tierra de moros.

Cuarenta y dos hombres allí, los mejores, y cincuenta y cinco en Agorbe bajo el mando de otros dos amigos de confianza, Martín Antolínez y Yénego Téllez, protegiendo los escasos bagajes. Eso era todo.

No resultaba difícil, desde luego, recordar al rey de Castilla y León rojo de cólera, puesta la diestra sobre los Evangelios, obligado a jurar que nada había tenido que ver en el asesinato de su hermano Sancho. A confirmar ante un crucifijo que era nuevo rey por limpio y recto designio de Dios, no por mano asesina interpuesta. El sexto Alfonso había llegado a Burgos esperando vítores, y los tuvo del pueblo bajo alborozado; pero también se topó con una fila de notables castellanos que, como quien no busca la cosa, cortándole el paso al palacio, lo condujo a la iglesia y al juramento.

Una emboscada, diría luego Alfonso a sus íntimos. Con sus sonrisas hipócritas y sus maneras cortesanas, con sus mantos de solemnidad, esos estirados burgaleses le habían tendido una emboscada. El único que no sonreía era Ruy Díaz, el infanzón de Vivar que había sido alférez de su difunto hermano. Estaba allí de pie ante él, espada al cinto, descubierta la cabeza, respetuoso pero mortal, grave y seco como un palo. Y una vez que lo tuvieron ante el altar, le apretó las cuerdas. De todos ellos, fue el único que se atrevió a hacer el trabajo sucio:

«¿Juráis no tener parte en el crimen contra vuestro hermano?»

«Sí, juro.»

«Si decís verdad, que Dios os lo premie. Y si perjuráis, que os lo demande. Y como al rey don Sancho, también os maten a traición villanos, no caballeros.»

«Mucho me aprietas, Ruy Díaz.»

«Es que el lance es apretado.»

Tras lo cual, corrido el rostro, encarnado como la grana, con rápido andar, apartando a los burgaleses mientras reclamaba en torno a sus caballeros leoneses, asturianos y gallegos, el sexto Alfonso salió de la iglesia.

«¡Paso al rey!», gritaba Ruy Díaz, solo en el presbiterio.

Medio año más tarde estaba decretado su destierro.

II

Salieron al rayar el alba, siluetas fantasmales de hombres y monturas en la primera claridad gris, cada una con su lanza, cabalgando con rapidez para aprovechar que el calor no se asentaba hasta avanzada la mañana. Y sobre esa hora alcanzaron el primero de los llamados lugares nuevos que jalonaban el camino. Era una granja pequeña de muros pardos que, según el fraile de San Hernán, habitaban dos familias venidas de Asturias.

La columna de jinetes se detuvo a la distancia de un tiro de flecha. No salía humo de la chimenea. Todo parecía desierto y no ladraban perros, pese a la cercanía de los caballos. Avanzaron dos exploradores guarnecidos de cuero, con armas ligeras, mientras Ruy Díaz observaba los cuervos que sobrevolaban el lugar. Al bajar la vista encontró la mirada de Minaya y supo que su segundo estaba pensando lo mismo que él.

Todo paisaje tenía cuatro o cinco significados distintos, pero ellos no veían más que uno. Y eso no les gustaba.

Se puso de pie en los estribos para ver mejor. Los dos jinetes habían llegado a la granja. Uno de ellos, tras desmontar espada en mano y entregar las riendas a su compañero, cruzó el umbral mientras aquél miraba en torno desde la silla. Al rato salió el que había entrado en la granja y Ruy Díaz los vio acercarse uno al otro. Parecieron conversar un momento. Después, el que estaba montado alzó la espada con la empuñadura hacia arriba, sujetándola por la hoja. Nada hostil a la vista, significaba eso.

Ruy Díaz se volvió hacia la hueste y, sin necesidad alguna, arrimando espuelas entre chasquidos de lengua y golpecitos de rienda, todos se dirigieron despacio a la granja.

Desmontó ante la puerta. El explorador que estaba a caballo tenía el rostro grave, y el que había entrado en el recinto mostraba demudado el color, con restos de vómito fresco en la barba. Se llamaba Galín Barbués y era un aragonés joven, tranquilo y fiable, de los que no se alteraban con facilidad. Estirpe almogávar. Se les había unido en el puente del Arlanzón, sabedor del destierro de Ruy Díaz, dejando atrás algún incidente en su tierra del que no le apetecía conversar. Y no era el único. Hombres con asuntos oscuros a la espalda había varios en la tropa.

—¿Malo? —le preguntó Ruy Díaz.

—Peor.

Caminaron juntos hasta la entrada. La granja era una construcción parecida a los otros lugares nuevos de la frontera del Duero: un muro de adobe circundaba el establo y el edificio principal, fortificado con muros gruesos y saeteras en vez de ventanas. En el patio había cenizas de una fogata y restos de un buey, cabeza, patas y algunas vísceras, sacrificado allí para asar su carne. Tres o cuatro cuervos que picoteaban los despojos revolotearon cuando Ruy Díaz y el explorador entraron en el patio, para ir a posarse algo más lejos, sobre los dos cuerpos humanos crucificados en la puerta del establo.

—Dos viejos —dijo Barbués con calma—. Demasiado mayores para venderlos como esclavos... Inútiles para todo lo demás.

Asentía Ruy Díaz sin decir nada, mirando los cuerpos clavados en las estacas. De lejos parecían muñecos rellenos de paja como los que se vendían para los niños en el mercado. De cerca eran dos ancianos canos y flacos, y a uno le colgaban las tripas. Antes de ponerlos allí les habían cortado las orejas y la nariz: los tajos y vísceras estaban negros de moscas.

Señaló Barbués los despojos del buey.

—Un poco de diversión mientras los moros cenaban —se pasó una mano por la barba, limpiándose los últimos restos de vómito—. Sus gritos como música.

Miraba Ruy Díaz en torno, inquisitivo.

—¿Fue toda la diversión?

—No toda.

Siguió al explorador hasta la casa. El portón estaba roto, y el sol proyectaba desde el exterior un rectángulo luminoso en el suelo. La luz alcanzaba la mitad inferior del cuerpo desnudo de una mujer: las piernas abiertas e inmóviles, muy pálidas, el vello oscuro.

—No hay sangre —dijo Ruy Díaz.

—La estrangularon.

—Quizá se resistió demasiado.

—Puede ser.

Salieron. Minaya y el fraile de pelo bermejo estaban en el patio, mirando a los crucificados. El fraile musitaba unos latines rematados por doble señal de la cruz con la mano alzada. Después se persignó, y volvió a hacerlo cuando vio salir a los dos hombres de la casa. Su rostro joven, moteado de pecas, estaba desencajado por el horror.

—¿Quién vivía aquí? —le preguntó Ruy Díaz.

—Dos familias... Vinieron hace año y medio.

—¿Cuántos eran?

Echó cuentas el fraile.

—Sumando abuelos, padres e hijos, me parece que nueve personas... —señaló a los crucificados—. Por tanto, han cautivado a siete.

—A seis.

Se quedó el otro boquiabierto, tardando en comprender. Al fin miró la casa y se estremeció.

—Oh, Dios mío.

—Sí.

Corrió el fraile hacia allí y regresó al momento, blanco como el pergamino. Caminaba tambaleándose, y todos pensaron que iba a caerse. Pero respiró hondo y los miró uno a uno. Era joven, pero no le faltaba entereza. Fraile, colono o guerrero, la frontera del Duero templaba a cualquiera que sobreviviese algún tiempo allí.

—Es una de las madres —dijo—. No sé cómo se llamaba.

Se quedó callado un momento. Le temblaban las manos.

—Los moros se han llevado a dos hombres hechos, y también a una mujer, una muchacha y dos niños.

—También algún ganado —dijo Minaya, indicando el establo vacío y las huellas en el suelo.

Asintió el fraile.

—Tenían tres o cuatro cabras y alguna oveja —señaló los restos del buey—. Eran pobres y labraban con ese único animal.

Buscaron algo para cubrir a la mujer y encontraron un saco de arpillera que le echaron por encima. Después salieron del recinto. La tropa aguardaba a pie y disciplinada, teniendo los caballos por la rienda. Cuando Ruy Díaz y los otros estuvieron fuera de la granja, casi todos se acercaron a mirar.

—Que dos hombres casados amortajen a la mujer —les ordenó—. Y luego enterrad a los tres. Rápido, porque nos vamos.

Se quedó observando el rastro en la dirección por la que se había ido la aceifa mora: estiércol, pisadas de caballos, ganado y gente a pie. Las huellas eran numerosas y las boñigas no estaban demasiado secas. Se agachó y deshizo una entre los dedos, para olerla.

—Hay otro lugar nuevo en esa dirección —comentó el fraile—. Seguramente lo han alcanzado ya, si mandan una avanzadilla con caballos, o llegarán mañana, si van con los prisioneros y el botín al mismo paso.

—¿Hay donde abrevar?

—Nada hasta allí, me parece. Pero la granja tiene un pozo de buena agua.

Se incorporó Ruy Díaz.

—¿Quién vive en ella?

—Una familia pequeña: padre viudo y dos hijos mozos. La madre murió de fiebres.

El jefe de la hueste alzó los ojos del rastro. En la reverberación del sol cada vez más alto, la sierra del Judío se perfilaba a lo lejos con distintos tonos de ocre. Antes de llegar a esas montañas, a cuatro o cinco leguas de la granja en la que estaban, la llanura se quebraba en una cadena de estribaciones de mediana altura.

Minaya fue a situarse a su lado. Tenía los pulgares colgados en el cinto donde le pendía la espada, y también contemplaba la sierra lejana.

—Ya deben de saber que les vamos detrás —dijo.

—O imaginarlo.

—Sí. Seguramente tienen batidores que van y vienen, ligeros de arreos y con buenos caballos, para averiguar qué se les cuece cerca... ¿Recelas alguna emboscada?

—No creo. Ésos van a lo suyo —Ruy Díaz hizo un vago movimiento con el mentón, indicando las colinas—. Y en todo caso, no antes de que lleguemos allí. En terreno llano no tienen nada que hacer.

—¿Cuándo calculas que les daremos alcance?

—No sé... Dos días, tal vez. Tres, como mucho.

—Un par de granjas más, quieres decir.

Ruy Díaz no respondió a eso. Se quedaron callados, observando el paisaje. A su espalda oían el sonido de la gente cavando tres tumbas con herramientas encontradas en la casa.

Al fin, Minaya movió la cabeza.

—Estás pensando por dónde van a volverse a su tierra, ¿verdad?

El rostro impasible de Ruy Díaz se mantuvo inmóvil. Entornaba los párpados ante el resplandor del sol, sin apartar los ojos de las colinas.

—Sí. En eso estoy pensando.

Aquel día y el siguiente se movieron con más rapidez, sin detenerse más que para dar descanso y cebada a los caballos. El crepúsculo de la segunda jornada los recortó en el último resplandor de poniente, visible todavía el disco rojo del sol: una línea de jinetes a contraluz en un cielo de nubes rosadas y bajas, acompañados por el tintineo de las armas y el sonido de las calabazas de agua casi vacías, que colgadas en los arzones entrechocaban como calaveras huecas.

Aprovechando la luna y orientados por la estrella maestra, cabalgaron así hasta muy entrada la noche, descansaron un poco y ensillaron antes del alba, cuya claridad los encontró de nuevo en marcha. Con la primera luz ya era posible buscar el rastro de la aceifa, y lo hallaron en una cañada, en dirección norte.

Vieron la columna de humo a media mañana —no soplaba nada de viento, por lo que se alzaba gris y vertical en el horizonte—, pero no llegaron hasta la tarde, cuando el sol empezaba a declinar. Para entonces, de la granja no quedaban sino tizones humeantes. Ni entre sus restos ni en los alrededores hallaron a nadie, muerto o vivo. Quizá hubiera alguien en el pozo, pero era imposible comprobarlo porque éste estaba cegado. Habían metido dentro tierra y piedras, destruyendo el brocal.

—Eso significa que no van a volver por el mismo camino —resumió Minaya.

Ruy Díaz, pie a tierra, miraba hacia el norte. Tenía el yelmo colgado del arzón de la silla y el almófar, la capucha de cota de malla, echado atrás, sobre los hombros. A causa del sudor, el polvo de la cabalgada se le pegaba como una costra a la cara, agrietándose en torno a los ojos y la boca. Su barba parecía estopa gris. Minaya y el fraile de pelo rojo estaban a su lado, con la misma apariencia.

—Podemos aguantar una jornada más sin agua —comentó Minaya—. Después habrá que desviarse para buscarla.

Miraba el jefe de la hueste hacia el norte, en dirección a las estribaciones ya próximas de la sierra.

—Ellos la tienen delante ...