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SEDUCCION DE MARCO ANTONIO, LA

Margaret George  

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Fragmento

Contenido

EL CUARTO ROLLO

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EL QUINTO ROLLO

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EL SEXTO ROLLO

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EL CUARTO ROLLO

33

Volví a nacer en medio de unos terribles tormentos en el pequeño y maloliente camarote del barco que se balanceaba surcando los mares. Permanecía débil y mareada en la cama, que brincaba sin permitirme descansar ni de noche ni de día. Pero no me importaba; era imposible que alguien pudiera sentirse más desdichado de lo que yo me sentía, cualquiera que fuera el lugar donde estuviera o cualesquiera que fueran las cosas que me rodeaban. Pensaba que hubiera podido permanecer tendida eternamente en aquel miserable lecho, encerrada en una oscura tumba. Estaba muerta, tan muerta como César.

No comía. No despertaba... o a lo mejor es que no dormía. Y no pensaba. Por encima de todo, no pensaba. Pero los sueños... Oh, cuántos sueños se arremolinaban a mi alrededor. Veía constantemente a César, lo veía primero vivo y fuerte, después lo veía envuelto en llamas en el catafalco. Gritaba y murmuraba, y Carmiana se acercaba a mí, cogía mis manos y trataba de consolarme. Yo apartaba el rostro, volvía a cerrar los ojos y me sentía arrastrada de nuevo por los demonios de mis sueños.

No me había derrumbado en Roma. Había conseguido superar aquellos días que ahora me parecían una pesadilla mucho mayor que las verdaderas pesadillas que me atormentaban. Pero apenas los recordaba. Después del funeral, todo me parecía borroso. Me fui sin más. Me fui en cuanto pude, pero sin huir corriendo desde el Foro hasta el barco que me esperaba. Sólo cuando estuve sana y salva a bordo y vi cómo se alejaba la costa de la península Itálica a lo lejos, me fui al camarote, me tendí en la cama y me morí.

Carmiana permanecía sentada a mi lado, soportando aquel terrible camarote día tras día, leyéndome y tratando de despertar mi interés por cualquier cosa que no tuviera que ver con el absorbente mundo de mis sueños. Ella y los cocineros procuraban prepararme platos apetitosos dentro de lo que cabía... estofado de pescado fresco recién pescado, lentejas y guisantes hervidos, pastelillos de miel. Pero todo me parecía repugnante y me producía náuseas. Sacaba la cabeza fuera de la cama y vomitaba, aunque no hubiera probado los platos.

—Te vas a consumir —me decía Carmiana en tono de reproche, tomándome una muñeca y rodeándomela con su mano—. ¿Esto es realmente un brazo? Sé que Tolomeo VIII y otros antepasados tuyos eran obesos pero ¿es necesario que tú hagas penitencia de esta manera y que te conviertas en un esqueleto? —Apelaba a mi orgullo—. ¿Y si César pudiera verte ahora?

Pero todo era inútil. A veces sentía la presencia de César, me parecía que me observaba y sabía que él —que sufría la debilidad del mal caduco— hubiera comprendido mi estado de ánimo y se hubiera mostrado tolerante conmigo. Otras veces me parecía que se había desvanecido por completo y que me había dejado mucho más desnuda y abandonada en el universo que si jamás me hubiera estrechado contra su pecho. No me importaba cuál fuera mi aspecto. Él había muerto y jamás me volvería a contemplar.

Los días iban pasando, y como yo no estaba muerta sino viva, y como la vida —si eso es la vida— al final no tiene más remedio que moverse, poco a poco me sentí renacer y salí de la ingrávida y eterna oscuridad que me tenía presa.

La luz era demasiado fuerte en la cubierta y me escocían los ojos. Los vientos me azotaban demasiado la piel, y los azules del mar y del cielo eran excesivamente brillantes y dolorosos. Tenía que protegerme los ojos y entornarlos para poder soportar la contemplación del horizonte, donde ambos azules se juntaban. No se podía ver nada más, no había tierra ni nubes.

—¿Dónde estamos? —le pregunté a Carmiana el primer día en que me apoyé en ella para salir a la cubierta.

Mi voz sonaba débil y trémula.

—En el mar, a medio camino de casa.

—Ah.

Durante la travesía de ida había seguido con impaciencia nuestro rumbo, ansiando que los vientos hincharan las velas y nos condujeran a nuestro destino a la mayor brevedad posible. Ahora no tenía ni idea del tiempo que llevábamos en el mar ni de cuándo llegaríamos, pero tampoco me importaba.

—Llevamos casi treinta días lejos de Roma —me dijo Carmiana, tratando de despertar en mí alguna chispa de interés y de noción del tiempo.

Treinta días. Eso significaba que César llevaba muerto casi cuarenta y cinco. Ése era el único significado de las fechas para mí: ¿Había ocurrido antes o después de la muerte de César?

—Ya estamos a principios de mayo —me dijo dulcemente Carmiana, tratando de orientarme.

Mayo. El año anterior, por aquellas fechas, César aún estaba lejos de Roma. Había combatido la que iba a ser su última batalla, la de Munda en Hispania... Y casi exactamente un año después había caído víctima de los puñales de los asesinos. El año anterior, por aquellas fechas, yo le estaba esperando en Roma.

Pero él había tardado mucho tiempo en regresar a Roma. Antes se había ido a su finca de Lavico para redactar su testamento, el testamento en el que nombraba heredero suyo a Octavio y no mencionaba para nada a Cesarión.

Al recordarlo sentí una punzada de emoción, como la punta de un helecho que rompe la tierra tras el sueño invernal. Era pálida y endeble, pero estaba viva y ya empezaba a desenroscarse.

Era una mezcla de dolor, pesar y furia. Le hubiera costado tan poco nombrar hijo suyo a Cesarión... aunque no le hubiera legado nada, y aunque les hubiera recordado a sus albaceas que, según el derecho romano, el niño no podía heredar nada. Lo que su hijo necesitaba era el nombre de César, el reconocimiento paterno, no sus bienes. Ahora sus enemigos podrían afirmar por siempre jamás que Cesarión no era su hijo, pues el dictador no lo había mencionado en su testamento. Los testigos que le habían visto en Roma cogerlo en brazos y reconocerlo como hijo suyo se olvidarían de todo, se harían viejos y morirían, en tanto que el documento histórico del testamento seguiría existiendo.

«Oh, César —exclamé para mis adentros—, ¿por qué nos dejaste antes de abandonarnos?»

Recordé la alegría que sentí cuando regresó sin que yo supiera lo que había estado haciendo en Lavico. Se había mostrado muy sensato y racional la vez que me explicó todas las razones por las que no podía reconocer oficialmente a Cesarión, pero una sola palabra en el testamento... ¡unas cuantas palabras no le hubieran costado nada, y en cambio a nosotros su ausencia nos costaría muy cara!

Débil y temblorosa, regresé al camarote. Por aquel día, ya bastaba de luz diurna.

 

 

Mi mente se fue animando y empezó a sentirse inquieta mucho antes que mi cuerpo. No quería verse obligada a regresar al mundo de los sueños, al mundo de las pesadillas, y necesitaba alimentarse con cosas más sustanciosas: me preguntaba qué habría ocurrido en Roma desde que yo me había ido, me preguntaba qué noticias se habrían recibido en Alejandría. A lo mejor ni siquiera se habían enterado de lo que había sucedido en los Idus de marzo.

Cuando yo embarqué, los mensajeros se encontraban todavía de camino por tierra para comunicarle la noticia a Octavio. Nadie sabía lo que éste iba a hacer, aunque en realidad, ¿qué podía hacer? Era todavía un estudiante en Apolonia y los cargos de César no eran hereditarios. Los abogados se encargarían de la herencia. Su regreso a Roma hubiera sido absurdo. Allí no había ningún lugar para él. Era demasiado joven para ocupar un puesto en el Senado y carecía de dotes militares, por lo que no se podría poner al frente de las tropas. Pobre Octavio, pensé. Su futuro político era muy negro.

Pero por lo menos sería rico. César le había dejado una fortuna. Hay destinos mucho peores que el de ser un acaudalado ciudadano particular. Pero yo sabía que el muchacho quería a César y lloraría su muerte.

¿Y Antonio? ¿Qué había ocurrido con Antonio? Estaba tratando de ocupar el lugar de César y de asumir el mando del Estado, consolidarlo y desalojar a los asesinos del elevado lugar que ocupaban para poder vengarse de ellos. Pero ¿qué había ocurrido en realidad?

«¿Y eso a ti qué te importa? —me dije—. En Roma ya no tienes nada que hacer. Todo aquello murió para ti al morir César. Si Cesarión hubiera sido mencionado en el testamento, todavía formaríamos parte de aquel mundo. Pero no lo fue, y no formamos parte de él. Se acabó el Senado, se acabó Cicerón y se acabó el Foro, Antonio y Octavio. Todo ha terminado para siempre.»

Experimenté una inmensa sensación de alivio al pensarlo. No quería volver a poner los pies nunca más en la ciudad que había traicionado y asesinado a César, a pesar de lo mucho que él la amaba.

 

 

Aquella noche, mientras me preparaba para acostarme en aquella cama ya tan familiar, lancé un suspiro cuando Carmiana me cubrió con la colcha y abrió la ventanita para que entrara un poco el aire.

—Estoy cansada de esta enfermedad que ni siquiera sé lo que es —dije.

Me seguía ofreciendo exquisitos platos de comida para tentar mi apetito, aunque yo los rechazaba día tras día con gran dolor de mi corazón. Estaba muy delgada y el espejo me mostraba un rostro de pómulos más pronunciados que nunca, y una piel extrañamente rosada y translúcida.

—¿Que no sabes lo que es? —me replicó—. Creo que las dos sabemos muy bien lo que es, señora.

Me la quedé mirando. ¿Qué quería decir? ¿Acaso era algo que los demás veían y yo ignoraba? ¿Lepra tal vez? ¿Una ofuscación de las facultades que estaba clara para todo el mundo menos para la víctima?

—¿Quieres decir que sufro una determinada

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