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REGRESO A IRLANDA

Jojo Moyes  

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Fragmento

PRÓLOGO

Entonces, el arzobispo besará la mano derecha de la reina. Acto seguido el duque de Edimburgo ascenderá los escalones del trono y, habiéndose despojado de su corona, se postrará de rodillas ante Su Majestad, y colocando sus manos entre las de la reina pronunciará las palabras de homenaje:

Yo, Felipe, duque de Edimburgo,

soy desde este momento vuestro siervo en cuerpo y alma,

en veneración terrenal;

recibiréis de mí honestidad y fidelidad,

para vivir y morir contra toda clase de gentes.

Que Dios me ayude.

Y levantándose, tocará la corona de Su Majestad y le besará la mejilla izquierda.

De manera parecida, el duque de Gloucester y el duque de Kent rendirán respectivamente su homenaje.

Del procedimiento de la ceremonia de la coronación, 1953

Probablemente había sido una grosería, pensó Joy después, conocer a tu futuro esposo en el que de hecho era el gran día de la princesa Isabel. O de la reina Isabel II, como se la conocería a partir de entonces. Con todo, teniendo en cuenta la trascendencia de aquel acontecimiento, había resultado bastante difícil (cuando menos para Joy) compartir el grado de excitación que la ocasión requería.

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Aquel día llovía a mares. El puerto de Hong Kong estaba cubierto por un cielo húmedo y de un gris metálico, y mientras caminaba por el Peak con Stella, llevando una carpeta de partituras mojadas bajo el brazo, con las axilas pringosas como si se hubiera puesto grasa y la blusa pegada a la espalda como azúcar glasé, Joy había experimentado poco fervor monárquico al pensar en la fiesta que los Brougham Scott daban con motivo de la coronación.

Su madre, que estaba emocionadísima antes de salir de casa, se sentía tensa e insatisfecha, debido sobre todo a la presencia de su marido, que acababa de llegar de uno de sus viajes a China. Sus visitas parecían coincidir invariablemente con un rápido decaimiento en el ánimo de Alice, convirtiendo sus anhelos de una vida mejor en otra parte del mundo en algo mezquino y siniestro.

—No pensarás ponerte eso —le había dicho a Joy, frunciendo el ceño, y en su boca se había pintado un mohín escarlata de desaprobación.

Joy había vigilado la puerta. Estaba ansiosa por reunirse con Stella y evitar así tener que ir hasta la villa de los Brougham Scott con sus padres, a quienes había colado una mentirijilla diciendo que los anfitriones necesitaban las partituras a primera hora. Los trayectos con sus padres, inclusive a pie, la dejaban siempre con una sensación de mareo.

—Tienes un aspecto tan vulgar, cariño. Y te has puesto los zapatos de tacón. Serás más alta que nadie. —Aquel «cariño» era la manera en que Alice solía disfrazar su disgusto.

—Me quedaré sentada.

—No podrás estar así toda la noche.

—Bueno, doblaré las rodillas.

—Deberías ponerte un cinturón más ancho. Eso te hará parecer menos alta.

—Se me clavaría en las costillas.

—No sé por qué pones tantas pegas. Solo intento ayudar. No parece que quieras estar guapa.

—Oh, mamá, eso da igual. A nadie le va a importar. No creo que nadie vaya a fijarse en mí. Todos estarán pendientes de la princesa. —Déjame marchar de una vez, pensó Joy. Ya tendría bastante con aguantar el humor corrosivo de Alice durante toda la fiesta.

—Pues a mí sí me importa. La gente creerá que no he sabido educarte.

Lo que pensaba la gente era trascendental para Alice. Hong Kong es como una pecera, solía decir. Siempre había alguien mirándote, hablando de ti. Pues sí que deben de aburrirse, pensaba Joy. Pero no lo decía, sobre todo porque era verdad.

Por otra parte, estaba su padre, quien sin duda alguna bebería demasiado y besaría a todas las mujeres en la boca y no en la mejilla, y ellas volverían la cabeza nerviosas, no muy seguras de haberle incitado a hacerlo. Después, le gritaría a Alice que solo estaba echando una canita al aire. Qué esposa negaría a su marido un poco de diversión, después de pasar semanas enteras trabajando como un esclavo en China (y todos sabíamos lo que era vérselas con los «orientales»). Su padre no había vuelto a ser el mismo desde la invasión japonesa. Pero de eso no hablaban nunca.

También estaban los Brougham Scott. Y los Marchant. Y los Dickinson. Y los Alleyne. Y todos los demás matrimonios de parecido estatus social que residían más abajo del Peak, pero no de Robinson Road (en aquella época, la zona media era para los empleados), y que se veían en todas las fiestas del club de críquet de Hong Kong, coincidían en las carreras de Happy Valley, compartían los sampanes que hacían el trayecto por las islas entre trago y trago de jerez, y se quejaban de las dificultades para conseguir leche, de los mosquitos, del precio de las casas y de la pasmosa tosquedad de la servidumbre china. Y hablaban de Inglaterra, de lo mucho que la añoraban, de los visitantes que llegaban de allí, de lo aburridas que eran sus vidas, de lo «monótona» que les parecía Inglaterra a pesar de que la guerra había terminado hacía una eternidad. Pero sobre todo hablaban de ellos mismos; los militares empleando un idioma especial plagado de chistes privados y de humor cuartelero, los comerciantes desacreditando los logros de sus rivales, sus mujeres agrupándose una y otra vez en incesantes combinaciones, tan aburridas como venenosas.

Y lo peor, estaba William, omnipresente en cualquier reunión social, con su barbilla huidiza y su pelo rubio, tan frágil y delgado como su voz aguda y afónica, apoyándole sus manos húmedas en la espalda para empujarla hacia sitios adonde ella no quería ir. Mientras ella hacía ver, educadamente, que prestaba atención, podía verle la coronilla y adivinar en qué punto se iba a quedar calvo al cabo de unas semanas.

—¿Tú crees que está nerviosa? —preguntó Stella. Se había recogido el pelo, brillante como el barniz húmedo, en un vistoso moño. No tenía ni un solo cabello extraviado en el aire pegajoso, a diferencia del de Joy, que a los pocos minutos de haber sido peinado pugnaba caóticamente por desbandarse. Bei-Lin, su amah, la reprendía cuando Joy se sujetaba el pelo, como si aquello respondiera a una deliberada negligencia por su parte.

—¿Quién?

—La princesa. Yo lo estaría. Imagínate, toda esa gente pendiente de ti.

Las últimas semanas, Stella, que ahora estaba suntuosa con su falda roja, blusa blanca y cárdigan azul pensados para la ocasión, había hecho gala de lo que Joy consideraba un insano interés por la princesa Isabel, especulando sobre las joyas que usaría, su vestido, el peso de la corona, incluso sobre la posibilidad de que su marido tuviera celos de su título real, habida cuenta que él no podía ser rey. Joy empezaba a advertir en Stella un sentido de la identificación muy poco humilde.

—No todos la estarán mirando. Habrá mucha gente como tú y yo, que solo estarán escuchando la radio. —Se apartaron para dejar pasar un coche, mirando brevemente en su interior para ver si conocían a alguien.

—Pero la princesa podría equivocarse cuando diga lo que tiene que decir. A mí me pasaría. Seguro que me pondría a tartamudear.

Joy lo dudaba, pues Stella era un modelo en todo lo referente a la etiqueta femenina. A diferencia de Joy, tenía la estatura adecuada para una señorita y siempre llevaba vestidos elegantes que su modisto de Tsim Sha Tsui le confeccionaba siguiendo la última moda de París. Nunca se tropezaba al andar, ni se ponía de mal humor en presencia de otros, ni se le trababa la lengua hablando con la interminable fila de oficiales a quienes les ordenaban asistir a «recepciones» al objeto de que no se preocuparan por la inminente guerra de Corea. Joy pensaba a menudo que la imagen pública de Stella podría haber quedado ligeramente maltrecha si se hubiera descubierto su habilidad para decir todo el alfabeto a golpes de eructo.

—¿Tú crees que tendremos que quedarnos hasta el final?

—¿De la ceremonia? —Joy suspiró, dando un puntapié a una piedra—. Seguro que durará horas, y todos se achisparán un poco y se pondrán a hablar entre ellos. Y mi madre empezará a coquetear con Duncan Alleyne y le dirá que William Farquharson es pariente político de los Jardine y que es el partido ideal para una chica de mi posición.

—Pues más que un buen partido, yo diría que es enano. —Stella también tenía agudeza verbal.

—Me he puesto los tacones altos a propósito.

—Oh, vamos, Joy. ¿No es excitante tener una nueva reina?

Joy se encogió de hombros.

—¿Por qué tendría que parecérmelo? Ni siquiera vivimos en el mismo sitio.

—Porque ella es nuestra reina. ¡Y casi tiene la misma edad que nosotras! ¡Imagínate! Y es la mejor fiesta que se celebra desde hace siglos. Estará todo el mundo.

—Pero si son los de siempre. No tiene ninguna gracia ir a una fiesta cuando te encuentras una y otra vez a la misma gente.

—Oh, Joy, veo que te has propuesto ser infeliz. Conocerás a montones de personas nuevas solo con que te propongas hablar con ellas.

—Pero yo no tengo nada que decir. Solo les interesan las compras y la ropa, y quién es infiel a quién.

—Oh, discúlpanos —le dijo secamente Stella—. ¿Y qué más?

—No me refiero a ti. Ya sabes lo que quiero decir. La vida es algo más que eso. ¿No te gustaría ir a América? ¿O a Inglaterra? ¿Viajar por todo el mundo?

—Yo ya he estado en montones de sitios. —El padre de Stella era comandante de marina—. La verdad, yo creo que en todas partes la gente se interesa por las mismas cosas. Cuando estuvimos en Singapur íbamos de fiesta en fiesta. Hasta mamá se aburría —prosiguió Stella—. Y no creas que siempre te encuentras a la misma gente. Hay oficiales. Hoy los habrá a montones. Y estoy segura de que no los conoces a todos.

Había, en efecto, muchos oficiales. La amplia terraza del palacete de los Brougham Scott, desde la que se dominaba el puerto de Hong Kong las raras ocasiones en que la niebla se despejaba, era un mar de uniformes blancos. Dentro de la casa, bajo ventiladores que ronroneaban como enormes hélices, el personal chino —vestido también con casaca blanca— se movía silencioso entre los invitados, ofreciendo cócteles con hielo en bandejas de plata. Un murmullo de voces crecía y decrecía entre la música, que a su vez parecía amortiguada por el opresivo y húmedo calor. Los estandartes con la bandera inglesa, en cada esquina del techo, colgaban como ropa puesta a secar y apenas se movían pese a la brisa artificial.

Pálida y exquisita, y aparentemente igual de flácida, Elvine Brougham Scott estaba reclinada en una chaise longue tapizada de damasco en el rincón de la sala con piso de mármol, rodeada, como era habitual, por una cuadrilla de atentos oficiales. Llevaba un vestido de seda color ciruela con un escote generoso y una falda larga que caía en abundantes pliegues alrededor de sus piernas largas y pálidas. (Ella no tenía marcas de sudor debajo de los brazos, como pudo apreciar Joy, que pegó los suyos a los costados.) Se había quitado ya uno de los zapatos —ribeteados de armiño falso—, dejando ver sus uñas pintadas de escarlata. Joy sabía lo que diría su madre cuando la viera, tragándose su propia frustración por no tener la clase de Barbara Stanwyck para llevarlas pintadas así. El máximo toque de vampiresa que se permitía Alice —no porque no tuviera ganas— era pintarse los labios de escarlata.

Joy y Stella dejaron las partituras y saludaron con un gesto de cabeza, sabiendo que la señora Brougham Scott no querría ser interrumpida.

—¿Cómo oiremos la ceremonia? —dijo Stella, nerviosa, buscando el aparato de radio con la mirada—. ¿Cómo sabrán cuándo ha empezado?

—No te preocupes, querida, todavía faltan horas —dijo Duncan Alleyne, haciendo una venia al pasar, mientras consultaba su reloj—. No olvides que en la patria llevan ocho horas de retraso. —Duncan siempre hablaba como el héroe de la RAF en una película de guerra. A las chicas les parecía cómico, pero Alice, para disgusto de Joy, parecía pensar que eso la convertía a ella en Celia Johnson.

—¿Sabes que ella tiene que aceptar «los vivificantes oráculos de Dios»? —dijo Stella con embeleso.

—¿Qué?

—La princesa Isabel. En la ceremonia. Tiene que aceptar los «vivificantes oráculos de Dios». No tengo ni idea de qué puede ser eso. Ah, y la acompañan cuatro caballeros de la Orden de la Jarretera. ¿Tú crees que realmente se ocuparán de sus reales ligas? Al fin y al cabo, tiene una dama de los Albornoces. Me lo dijo Betty Warner.

Joy observó la mirada arrobada de su amiga. ¿Por qué no se sentía ella también extasiada por el evento? ¿Por qué temía tanto la velada que estaba a punto de empezar?

—Y otra cosa que ni te imaginas. Lleva el pecho untado de aceite sagrado. Su real pecho. Ojalá estuviéramos allí y pudiéramos ver al arzobispo ponerle la mano encima.

—Hola, Joy. Cielos, pareces... pareces... Bueno, se te ve un poco acalorada. ¿Habéis venido andando? —Era William, que se sonrojaba de pura timidez, con la mano extendida flácidamente en un poco entusiasta intento de saludo—. Lo siento. No quería... Quiero decir, yo he venido andando también. Estoy empapado de sudor. Mucho más que tú. Mira.

Joy alcanzó un vaso alto con algo rosado en su interior y echó un trago. La princesa Isabel no era la única que hoy daba su vida por el país.

Llegada la hora de la coronación, los vasos con líquido rosado habían circulado generosamente. Joy, que solía deshidratarse con el clima húmedo, había notado que aquellos cócteles le entraban muy bien. No sabían a alcohol, y su madre había estado pendiente de otras cosas —debatiéndose entre la sonrisa postiza de Duncan Alleyne y la rabia que le daba que su marido pareciese estar disfrutando—, de modo que le sorprendió bastante cuando la cara de la princesa, pegada a la parte alta de la pared del comedor, empezó a multiplicarse y dio la impresión de que sonreía de complicidad ante los intentos de Joy de caminar en línea recta.

Con el paso de las horas, el ruido de la fiesta había ido en aumento, lo mismo que el número de invitados que llenaban ahora la amplísima planta baja del edificio y cuyas voces sonaban fuertes y bien templadas gracias a la copiosa provisión de bebidas. Joy había ido encerrándose cada vez más en sí misma a medida que avanzaba la fiesta, pues carecía de la habilidad para hablar de las cosas que la ocasión parecía requerir. Por lo visto, Joy era especialista en deshacerse de las personas, no en cautivarlas. Finalmente, se había zafado de William diciéndole que estaba segura de que el señor Amery quería hablar con él de negocios. Stella se había perdido de vista, engullida por un corro de oficiales de marina. Rachel y Jeannie, las otras dos chicas de su edad, estaban sentadas en un rincón con sus pretendientes, los gemelos Brylcreemed. Liberada del oprobio —incluso de la atención— de sus iguales, Joy había hecho buenas migas con los cócteles rosados.

Viendo que su vaso volvía a estar casi vacío, levantó los ojos en busca de un camarero. Parecían haberse esfumado todos, o tal vez le costaba distinguirlos del resto de la gente. Tendrían que haber llevado chaquetas con la Union Jack, se dijo, riendo para sí. O unas coronas pequeñas.

Oyó como en sueños un gong y la voz aflautada del señor Brougham Scott convocando a todo el mundo frente al aparato de radio. Joy se apoyó brevemente en una columna y esperó a que las personas que tenía delante se movieran. De esa forma podría salir un poco a la terraza y aspirar la brisa. Pero por el momento los cuerpos se agitaban y se fundían entre sí, formando un muro impenetrable.

—Dios mío —murmuró—. Necesito aire.

Creyó haber dicho esas palabras solo en su cabeza, pero de pronto una mano la tomó del brazo, diciendo:

—Entonces, vayamos afuera.

Para su sorpresa, Joy tuvo que alzar la vista. (Raramente tenía que hacerlo; era más alta que casi todos los chinos, y que la mayoría de varones presentes en la fiesta.) Distinguió apenas dos caras serias y alargadas, flotando encima de dos cuellos blancos almidonados. Un oficial de marina. O quizá dos. No estaba muy segura. El caso es que uno de ellos la estaba conduciendo del brazo hacia el balcón, sorteando a los invitados.

—¿Quiere usted sentarse? Procure respirar hondo. Le traeré un vaso de agua. —La hizo sentar en una butaca de mimbre y se alejó.

Joy tragó el aire a bocanadas. Estaba anocheciendo y la niebla había descendido sobre el Peak, ocultando la casa al resto de la isla de Hong Kong. Los únicos indicios de que no estaba en una nube eran los lejanos bocinazos de las barcazas que surcaban el agua más abajo, el susurro de los banianos y un tenue efluvio de ajo y jengibre en el aire inmóvil.

Fue aquel olor el que precipitó las cosas.

—Oh, Dios —musitó Joy—, oh, no...

Volvió la cabeza y notó con alivio que los últimos invitados estaban entrando en la sala de la radio; luego se inclinó sobre el balcón y vomitó larga y ruidosamente.

Cuando se volvió a sentar, jadeando con el pelo pegado a las sienes, y abrió los ojos, vio delante de ella al oficial de marina, que le ofrecía un vaso de agua helada. Joy no pudo hablar. Se lo quedó mirando muda de horror y luego sepultó la cara, muerta de vergüenza, en el vaso. Y sintiéndose de improviso desagradablemente sobria, rezó para que, cuando alzara los ojos, el hombre ya no estuviera allí.

—¿Quiere usted un pañuelo?

Joy siguió cabizbaja, mirando la puntera de sus zapatos demasiado altos. Tenía algo innombrable metido en la garganta, algo que se negaba a ser engullido pese a sus repetidos intentos por tragar.

—Tome. Cójalo.

—Váyase, por favor.

—¿Cómo?

—Digo que se vaya, por favor. —Dios santo, si no terminaba pronto, su madre saldría a buscarla y entonces sí que se armaría una buena. Ya se imaginaba las acusaciones: 1) no se la podía llevar a ninguna parte; 2) su conducta era vergonzosa, o ¿por qué no aprendía un poco más de Stella?; 3) ¿qué pensaría la gente?

—Se lo ruego. Márchese.

Joy era consciente de su grosería, pero el horror a ser descubierta en aquel estado, así como a verse obligada a mantener una conversación cortés teniendo posiblemente la blusa —¡y la cara!— manchada de Dios sabía qué, le parecía un buen atenuante.

Se produjo una larga pausa. Del comedor llegaban, de forma intermitente, grandes exclamaciones.

—No creo que... Creo que será mejor que alguien le haga compañía un rato. —No era una voz juvenil ni áspera, como la de tantos oficiales, pero tampoco el basso profundo que se adquiere con el ejercicio del mando. Probablemente era solo un oficial.

¿Por qué no se va?, pensó Joy.

Pero el hombre no se movía de sitio. Se fijó en que su inmaculado pantalón tenía una salpicadura de algo naranja en la pernera izquierda.

—Me encuentro mucho mejor, gracias. Y la verdad, preferiría que me dejara usted sola. Creo que volveré a casa. —Su madre se subiría por las paredes. Pero podría decirle que se había encontrado mal. No era del todo mentira. El único que sabía la verdad era aquel oficial que tenía delante.

—Permítame que la acompañe —dijo él.

Se produjo otro estrépito dentro de la casa, unas risas agudas, un tanto histéricas. Sonó un disco de jazz, que enmudeció tan repentinamente como había empezado.

—Coja usted mi mano —dijo el oficial—. La ayudaré a levantarse.

—¿Es que no puede dejarme en paz? —Ahora sonó más áspera, incluso a sus propios oídos. Hubo un breve silencio, y al cabo, tras una pausa interminable, Joy oyó sus propios pasos en la terraza mientras él volvía lentamente adentro.

Superada la vergüenza a fuerza de desesperación, Joy se levantó, echó un largo trago de agua fría y se encaminó hacia la casa a paso vivo, aunque un poco tambaleante. Con un poco de suerte podría comunicar su marcha al servicio y huir sin darles tiempo a reaccionar. Pero al pasar frente al salón, los invitados estaban empezando a salir. Stella, llorosa y con los ojos entrecerrados de pura desilusión, fue una de las primeras.

—Oh, Joy, no te lo vas a creer.

—¿Qué? —dijo Joy, preguntándose cómo podría desembarazarse de ella.

—Esa maldita radio. Mira que estropearse precisamente hoy. Es increíble que solo haya un aparato en toda la casa. Todo el mundo tiene más de una radio.

—No te acalores, querida Stella —dijo Duncan Alleyne, atusándose el bigote con una mano mientras reposaba la otra en el hombro de Stella más de lo necesario para su pretendido interés paternal—. Enseguida mandarán a un criado a casa de los Marchant para que traiga otra radio. No te perderás nada.

—Pero nos perderemos todo el comienzo. Y no podremos oírlo otra vez. Seguramente no habrá más coronaciones mientras nosotros vivamos. Oh, qué mala suerte la mía. —Stella estaba llorando, ajena a los demás invitados, para algunos de los cuales la sagrada ceremonia era tan solo una enojosa interrupción de una fiesta por todo lo alto.

—He de irme, Stella —susurró Joy—. Lo siento de veras. No me encuentro bien.

—¡No puedes hacer eso! Al menos quédate hasta que llegue la radio.

—Pasaré mañana a buscarte. —Y viendo que sus padres estaban entre el grupo que rodeaba la radio estropeada, Joy aprovechó para ir hacia la puerta. Saludó con la cabeza al chico que le abría y salió al húmedo aire de la noche, sin otra compañía que el zumbido de los mosquitos y un ligerísimo presentimiento relacionado con el hombre a quien había desairado.

Los expatriados de Hong Kong estaban acostumbrados a vivir bien, salían casi cada noche a cenar y a tomar copas, de modo que no era extraño que muy de mañana se vieran tan pocas caras europeas por la calle. Pero Joy, que se había despertado con la cabeza muy despejada pese a los cócteles, se encontró en una situación de franca minoría.

Parecía que todo el Peak estuviera sufriendo las consecuencias de una resaca. Mientras parejas de chinos, hombres y mujeres, pasaban de largo cargados con cestas o arrastrando carretillas de basura, no había un solo europeo a la vista. Frente a las casas blanqueadas, apartadas de la carretera, colgaban ristras de banderitas de colores con un aire de disculpa y en las ventanas se abarquillaban las fotos de la princesa, como si estuvieran también exhaustas de los excesos de la víspera.

Caminando de puntillas por el piso de teca del apartamento, Joy y Bei-Lin se comunicaban mediante susurros: no querían despertar a Alice y Graham, cuyas febriles discusiones se habían prolongado hasta bien entrada la madrugada. Joy había decidido que lo mejor era ir hasta los Nuevos Territorios[1] para poder montar un rato a caballo. Ese día todo el mundo tendría jaqueca; y el calor era más sofocante que nunca, lo cual empeoraría los efectos de la resaca y haría que la gente se pasase el día sumida en un sopor malhumorado, sin atreverse a abandonar el diván bajo la brisa de los ventiladores. No era un día para estar en la ciudad. El problema al que se enfrentaba Joy era que, por una vez, no había nadie que pudiera sacarla de Hong Kong.

Había ido andando a casa de Stella sobre las diez, pero las cortinas estaban echadas y no había querido llamar. Su padre, que normalmente se prestaba a acompañarla, no se levantaría hasta las doce. No había otra persona a la que pudiera acudir sin sentirse incómoda. Sentada en una silla de mimbre junto a la ventana, Joy acarició la idea de tomar el tranvía hasta el centro y luego subir al primer tren, pero nunca lo había hecho sola y Bei-Lin no quería acompañarla, consciente de que la señora se enfadaría mucho si al despertar descubría que la sirvienta se había ido «de excursión».

—Vaya, Dios salve a la maldita reina —dijo Joy por lo bajo, cuando Bei-Lin se alejaba.

No era la primera vez que Joy sentía ganas de rebelarse contra las restricciones, tanto geográficas como físicas, que la vida le imponía. Cuando vivía con su madre en Australia, poco después de que los japoneses invadieran Hong Kong y las mujeres y los niños abandonaran la colonia, Joy había disfrutado de libertades insólitas. Se habían hospedado en casa de Marcelle, la hermana de Alice, y las puertas de aquella residencia, situada en primera línea de la playa, parecían perpetuamente abiertas para que Joy pudiera salir a pasear y un gran número de vecinos —relajados y alegres, comparados con los de Hong Kong— pudiera entrar en la casa.

Alice también se había sentido más relajada; el calor seco le sentaba bien, así como el hecho de que todo el mundo hablara su idioma y los hombres altos y bronceados coquetearan con toda su desvergüenza. En Australia, los modales de Alice habían llegado al colmo del refinamiento, su guardarropa resultaba insuperable, y su aspecto era el que ella siempre había querido tener: chic, cosmopolita y con un toque exótico por aquello del exilio. Además, Marcelle era más joven que ella y se mostraba muy deferente en cuestiones relacionadas con el gusto y la elegancia. Ese concepto tan elevado de la buena voluntad había permitido que Alice se sintiera mucho menos «fastidiada» por Joy de lo habitual; incluso la dejaba salir a la playa o de compras sin apenas poner reparos, no como en Hong Kong, donde no dejaba de censurar el aspecto y los modales de Joy, y se preocupaba constantemente por el peligro que entrañaba permitir que una joven saliese sola en un país no civilizado.

—Detesto mi vida —dijo Joy en voz alta, expresando libremente sus pensamientos, que quedaron flotando en el aire como nubarrones.

—¿Señora? —Era Bei-Lin, que estaba en el umbral—. Un caballero ha venido a visitarla.

—¿No querrá ver a mi madre?

—No, señora. Ha preguntado por usted. —Bei-Lin sonrió.

—Hazle pasar.

Joy se arregló el pelo y se levantó. Lo último que deseaba era tener compañía.

Se abrió la puerta y apareció un hombre al que no había visto nunca. Vestía una camisa blanca de manga corta y un pantalón color crema. Era pelirrojo y tenía un rostro patricio y alargado, y unos ojos azul claro. Era alto, además, y se encorvó innecesariamente, tal vez por la fuerza de la costumbre, al franquear la puerta. De la marina, pensó ella. Siempre se agachaban al pasar por una puerta.

—Señorita Leonard. —Sostenía un sombrero de paja con ambas manos.

Joy le miró sin comprender nada. No se le ocurría cómo podía haber averiguado su nombre.

—Me llamo Edward Ballantyne. Lamento la intromisión. Solo quiero... Venía a ver cómo se encontraba.

Joy le miró con atención y de pronto se ruborizó al reconocerle. Solo había visto una vez aquella cara, y además doble. Se llevó una mano a la boca involuntariamente.

—Me tomé la libertad de preguntar a su amiga su nombre y dirección. Solo quería asegurarme de que hubiera llegado a casa sana y salva. Me sentí un poco culpable por haberla dejado marchar sola.

—Oh, no —dijo Joy, mirándose resueltamente los pies—. No fue nada. Es usted muy amable —añadió un segundo después, consciente de su rudeza.

Se quedaron allí un rato, hasta que Joy comprendió que él no pensaba irse así como así. Se sentía tan incómoda que la piel le empezó a escocer. Nunca había pasado tanta vergüenza como la noche anterior, y ahora le volvía a ocurrir, como un sabor que repitiese. ¿Por qué no la dejaba a solas con su humillación? Bei-Lin se paseaba nerviosa en el umbral, pero Joy decidió ignorarla: no pensaba ofrecerle una copa a aquel hombre.

—En realidad —dijo él—, estaba pensando si le gustaría ir a dar una vuelta. O jugar a tenis. Nuestro comandante tiene permiso especial para utilizar las pistas de Causeway Bay.

—No, gracias.

—¿Puedo pedirle entonces que me muestre la ciudad? Es la primera vez que piso Hong Kong.

—Lo siento mucho, pero me disponía a salir —dijo Joy, que todavía no se atrevía a mirarle a la cara.

Hubo una pausa larga. Él la estaba observando, sin duda alguna. Joy podía notarlo.

—¿Algún sitio bonito?

—¿Qué? —Joy sintió que el corazón le latía con fuerza. ¿Es que no pensaba marcharse nunca?

—Dice usted que se disponía a salir. Me preguntaba... Quiero decir, ¿adónde va?

—A montar a caballo.

—¿A montar? —Ella levantó la vista al notar un cambio en su tono de voz—. ¿Hay caballos aquí?

—Aquí no —respondió Joy—. Quiero decir en la isla. En los Nuevos Territorios. Un amigo de mi padre tiene allí una caballeriza.

—¿Tendría algún inconveniente en que fuese con usted? En casa suelo montar bastante. No sabe cuánto lo echo de menos. Figúrese, hace nueve meses que no veo un caballo.

Lo dijo con la tristeza con que muchos militares hablaban de sus familias. El rostro se le había iluminado, como pudo comprobar ella, y sus rasgos más bien severos parecían haberse suavizado de repente. Tuvo que admitir que era guapísimo, con un toque de hombre adulto.

Pero la había visto devolver en el balcón.

—Tengo un coche. Puedo llevarla, si quiere. O ir detrás de usted, si eso le parece más... conveniente.

Joy sabía que su madre se iba a horrorizar cuando Bei-Lin le dijera que la señorita se había marchado en coche con un desconocido, pero las consecuencias no serían mucho peores que si se quedaba en casa, porque Alice la tomaría con ella para resarcirse de la resaca. Y había algo delicioso en la idea de pasear por las calles tranquilas con aquel alto y pecoso desconocido que, en vez de hacerla sentir incómoda y torpe de palabra, como la mayoría de los oficiales, se limitó a hablar de él, de los caballos que montaba en Irlanda (curiosamente, no tenía acento irlandés), de lo agreste de la región donde vivía y, por contraste, del claustrofóbico aburrimiento de estar confinado en un barco, atrapado siempre en el mismo y diminuto mundo de a bordo, con las mismas personas, durante meses seguidos.

Joy no había oído hablar a ningún hombre de aquella forma, sin las interminables observaciones escuetas propias de los oficiales que ella conocía. Edward charlaba con franqueza y diafanidad. Hablaba como si se hubiera visto privado de lenguaje durante mucho tiempo, y las frases le salían a borbotones, como si se estuviera ahogando, e intercaladas de grandes y sonoras carcajadas. De vez en cuando se interrumpía para mirarla, como avergonzado de su falta de contención, y se quedaba callado hasta que le venía otra idea a la cabeza.

Joy también se rió, primero tímidamente, liberada poco a poco de su propio yo gracias a aquel extraño, y para cuando llegaron a la caballeriza, estaba radiante de alegría como nunca antes lo había estado. Tras una ausencia de cuarenta minutos, Alice no habría podido reconocer a su propia hija. De hecho, Joy tampoco se reconocía a sí misma, mirando de reojo a su acompañante, desviando la mirada cuando él se sentía observado, comportándose en general... como Stella.

El señor Foghill dijo que le dejaría montar. Así lo había esperado Joy en secreto, y después de que Edward estuviera un rato con él, hablando en tono reverente de los grandes cazadores a los que había conocido, y coincidiendo en la superioridad de los purasangre irlandeses sobre los ingleses, el viudo había perdido su inicial rigidez e incluso le había recomendado su propio caballo, un imponente castaño joven que sabía corcovear. Había pedido a Edward que diera un par de vueltas al picadero a fin de comprobar la colocación de la silla, pero lo que vio sin duda le dejó satisfecho, porque momentos después salían despacio carretera arriba hacia el campo abierto.

A esas alturas, Joy no sabía lo que le estaba pasando. Le resultaba imposible dejar de sonreír, y sin embargo se esforzaba por escuchar cuanto él le decía pese a la extraña forma en que le latía la sangre en los oídos. Daba gracias por poder sujetar las riendas y mirar el largo pescuezo del caballo que montaba, subiendo y bajando al compás del trote, porque era incapaz de concentrarse en ninguna otra cosa. Se sentía a la vez distante de cuanto la rodeaba y perfectamente consciente de todos los detalles. Como de las manos de él. Y de sus pecas. Y de cómo se le formaban dos pequeñas arrugas en la mandíbula cuando sonreía. Ni siquiera reparaba en los mosquitos que se lanzaban a su cuello y se quedaban atrapados bajo el cabello recogido, cebándose en la tierna piel de su nuca.

Lo mejor de todo era que Edward resultó ser un jinete experto: iba relajado en la silla, moviendo suavemente las manos atrás y adelante de modo que las riendas no lastimaran la boca del caballo, y de vez en cuando le acariciaba el lomo o espantaba alguna mosca. Joy había visitado anteriormente la caballeriza con un hombre que le gustaba, un banquero tímido amigo de su padre, y su débil enamoramiento se había disipado como el humo al verle montado a caballo, incapaz de disimular su miedo cuando el animal se puso a un trote lento. A William no quería ni tenerlo cerca. Nada mejor que ver un hombre a caballo para dejar de pensar en él. Pero, hasta ahora, Joy no había reparado en el inmenso atractivo de un hombre que sabía montar bien.

—¿Ha estado en Escocia? —dijo Edward.

—¿Qué?

—Estos mosquitos. Son una lata —dijo, dándose un bofetón en la nuca—. Te pican por todas partes.

Joy se ruborizó y bajó la vista. Cabalgaron.

El cielo empezaba a encapotarse, y a esas alturas Joy ya no sabía si era la humedad del aire o el sudor lo que le empapaba la ropa y hacía que las briznas de hierba se le pegaran a la piel. Aquella atmósfera parecía embotarlo todo, apagando el sonido de los cascos de los caballos como si los llevaran envueltos en tela, cubriendo a ambos jinetes con un tibio manto mojado. Arriba, con Lion Mountain como telón de fondo, hasta los buitres parecían flotar en el aire como gotas negras de humedad, como si el movimiento mismo exigiera demasiado esfuerzo, mientras las hojas que rozaban las botas de Joy dejaban un rastro de agua pese a que no llovía.

Si él notó la confusión que dominaba sus pensamientos, o que se ruborizaba repetidas veces y le costaba hablar, o que su caballo se aprovechaba d ...