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NOTRE-DAME DE PARIS

Victor Hugo  

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Fragmento

Índice

Portada

Notre-Dame de París

Introducción

Cronología

Nota de la traductora

NOTRE-DAME DE PARÍS

«Hace unos años…»

Nota añadida a la edición definitiva (1832)

LIBRO PRIMERO

1. La Gran Sala

2. Pierre Gringoire

3. El cardenal

4. Maese Jacques Coppenole

5. Quasimodo

6. Esmeralda

LIBRO SEGUNDO

1. De Caribdis a Escila

2. La Plaza de Grève

3. Besos para golpes

4. Los inconvenientes de seguir a una mujer guapa de noche por las calles

5. Los contratiempos continúan

6. El cántaro roto

7. Una noche de bodas

LIBRO TERCERO

1. Notre-Dame

2. París a vista de pájaro

LIBRO CUARTO

1. Las buenas almas

2. Claude Frollo

3. «Immanis pecoris custos, immanior ipse»

Recibe antes que nadie historias como ésta

4. El perro y su amo

5. Continuación de Claude Frollo

6. Impopularidad

LIBRO QUINTO

1. «Abbas beati Martini»

2. Esto matará a eso

LIBRO SEXTO

1. Mirada imparcial a la antigua magistratura

2. El Agujero de las Ratas

3. Historia de una torta de maíz

4. Una lágrima por una gota de agua

5. Fin de la historia de la torta de maíz

LIBRO SÉPTIMO

1. Del peligro de confiar un secreto a una cabra

2. Un sacerdote y un filósofo son dos

3. Las campanas

4. 'ANÁΓΚH

5. Los dos hombres vestidos de negro

6. Efecto que pueden producir siete reniegos en plena calle

7. El monje errante

8. Utilidad de las ventanas que dan al río

LIBRO OCTAVO

1. El escudo transformado en hoja seca

2. Continuación del escudo transformado en hoja seca

3. Fin del escudo transformado en hoja seca

4. «Lasciate ogni speranza»

5. La madre

6. Tres corazones de hombre muy distintos

LIBRO NOVENO

1. Fiebre

2. Jorobado, tuerto y cojo

3. Sordo

4. Barro y cristal

5. La llave de la Puerta Roja

6. Continuación de la llave de la Puerta Roja

LIBRO DÉCIMO

1. Gringoire tiene varias buenas ideas seguidas en la calle Bernardins

2. Haceos truhán

3. ¡Viva la Pepa!

4. Un torpe amigo

5. El retiro donde reza sus horas Luis de Francia

6. Espadín callejero

7. ¡Llega Châteaupers!

LIBRO UNDÉCIMO

1. El zapatito

2. «La creatura bella bianco vestita» (Dante)

3. Boda de Phoebus

4. Boda de Quasimodo

Notas

Créditos

cover.jpg VICTOR HUGO

Notre-Damme de París

Introducción de

JAQUES SEEBACHER

Traducción de

TERESA CLAVEL

019

www.megustaleerebooks.com

Hace unos años, visitando o, para hablar con propiedad, escudriñando Notre-Dame, el autor de este libro encontró, en un oscuro rincón de una de sus torres, esta palabra grabada a mano en la pared:

'A N Á Γ Κ H*

Estaban aquellas mayúsculas griegas ennegrecidas por la vetustez y profundamente entalladas en la piedra, lo cual, unido a la presencia de ciertas marcas propias de la caligrafía gótica impresas en su forma y en su posición —como para revelar que era una mano de la Edad Media la que las había escrito— y, sobre todo, al sentido lúgubre y fatal que encerraban, impresionaron vivamente al autor.

Se preguntó a sí mismo e incluso trató de adivinar quién sería el alma en pena que no había querido abandonar este mundo sin dejar ese estigma de crimen o de desgracia en la frente de la vieja iglesia.

Más adelante enlucieron o rascaron (no sé muy bien cuál de las dos cosas) la pared, y la inscripción desapareció. Pues ese es el trato que se dispensa desde hace casi doscientos años a las maravillosas iglesias medievales. Las mutilaciones les vienen de todas partes, tanto de dentro como de fuera. El párroco las enluce, el arquitecto manda rascarlas, hasta que finalmente interviene el pueblo, que las derriba.

Así pues, salvo el frágil recuerdo que le dedica aquí el autor de este libro, actualmente ya no queda nada de la misteriosa palabra grabada en la oscura torre de Notre-Dame, nada del destino desconocido que tan melancólicamente resumía. El hombre que escribió aquella palabra en aquella pared desapareció hace varios siglos de entre los vivos, la palabra desapareció a su vez de la pared de la iglesia, la propia iglesia tal vez desaparezca muy pronto de la tierra.

Aquella palabra ha dado pie a este libro.

Febrero de 1831

NOTA AÑADIDA A LA EDICIÓN DEFINITIVA (1832)

Erróneamente se ha anunciado que esta edición iba a aparecer con varios capítulos nuevos. Habría que haber dicho inéditos, porque, si por nuevos entendemos recién hechos, los capítulos añadidos en esta edición no son nuevos. Fueron escritos al mismo tiempo que el resto de la obra, datan de la misma época y proceden del mismo pensamiento, siempre han formado parte del manuscrito de Notre-Dame de París. Más aún, el autor no comprendería que a una obra de este tipo se añadieran con posterioridad acontecimientos nuevos. No es algo que pueda hacerse a voluntad. Según él, una novela nace, de una forma en cierto modo necesaria, con todos sus capítulos; un drama nace con todas sus escenas. No crea usted que el número de partes de que se compone ese todo, ese misterioso microcosmos llamado drama o novela, es arbitrario. El injerto o la soldadura agarran mal en obras de esta naturaleza, que deben surgir de un tirón y permanecer tal cual. Una vez terminada, no cambie de parecer, no siga retocándola. Una vez que el libro está publicado, una vez que el sexo de la obra, viril o no, ha sido reconocido y proclamado, una vez que la criatura ha proferido el primer grito, ha nacido, ya está, es así, ni el padre ni la madre pueden hacer ya nada, pertenece al aire y al sol, déjela vivir o morir como es. ¿Su libro ha resultado fallido? Resignación. No añada capítulos a un libro fallido. ¿Está incompleto? Debería haberlo completado al concebirlo. ¿Su tronco es nudoso? No lo enderezará. ¿Su novela está tísica? ¿Su novela no es viable? No le insuflará el aliento que le falta. ¿Su drama ha nacido cojo? Hágame caso, no le ponga una pata de palo.

El autor concede, pues, un valor particular a que el público sepa que los capítulos añadidos no han sido escritos expresamente para esta reimpresión. Si no se publicaron en las precedentes ediciones del libro, fue por una razón muy sencilla. En la época en que Notre-Dame de París se imprimió por primera vez, la carpeta que contenía esos tres capítulos se extravió. Había que reescribirlos o prescindir de ellos. El autor consideró que, de esos capítulos, los únicos que tenían cierta importancia en razón de su extensión eran dos, de arte e historia, que no afectaban en nada al fondo del drama y de la novela, que el público no advertiría su desaparición y que él, el autor, sería el único que estaría en el secreto de esa laguna. Tomó la decisión de pasarla por alto. Además, puestos a decirlo todo, su pereza se impuso ante la perspectiva de reescribir tres capítulos perdidos. Le habría parecido menos costoso escribir otra novela.

Ahora, los capítulos han aparecido y aprovecha la primera oportunidad que se le presenta para ponerlos en su sitio.

He aquí, pues, su obra entera tal como la concibió, tal como la hizo, buena o mala, duradera o frágil, pero tal como la quiere.

Sin duda estos capítulos encontrados tendrán poco valor a ojos de las personas, por lo demás muy juiciosas, que solo han buscado en Notre-Dame de París el drama, la novela. Pero quizá haya otros lectores a los que no les ha parecido inútil estudiar el pensamiento estético y filosófico oculto en este libro, que han querido, leyendo Notre-Dame de París, entretenerse en buscar bajo la novela algo más que la propia novela y en comprender —discúlpensenos estas expresiones un poco ambiciosas— el sistema del historiador y el objetivo del artista a través de la creación del poeta.

Para estos últimos sobre todo, los capítulos añadidos en esta edición completarán Notre-Dame de París, suponiendo que Notre-Dame de París merezca ser completada.

El autor expresa y desarrolla en uno de estos capítulos, que versa sobre la decadencia actual de la arquitectura y sobre la muerte, a su entender hoy casi inevitable, de este arte-rey, una opinión desgraciadamente muy enraizada en él y muy meditada. Pero siente la necesidad de decir aquí que desea vivamente que algún día el futuro lo desmienta. Sabe que el arte, en todas sus manifestaciones, puede esperarlo todo de las nuevas generaciones, cuyo genio todavía en germen oímos brotar en nuestros talleres. La semilla está en el surco e indudablemente la cosecha será buena. Él solo teme, y en el segundo tomo de esta edición se verá por qué, que la savia sea retirada del viejo suelo de la arquitectura, la cual ha sido durante muchos siglos el mejor terreno del arte.

Sin embargo, en los jóvenes artistas hay actualmente tanta vida, energía y, por decirlo de algún modo, predestinación que, a día de hoy, en nuestras escuelas de arquitectura en particular, los profesores, que son detestables, forman, no solo de manera involuntaria sino incluso totalmente a su pesar, a unos alumnos excelentes; justo al revés que aquel alfarero del que habla Horacio, que ideaba ánforas y producía pucheros. Currit rota, urceus exit.*

En cualquier caso, cualquiera que sea el futuro de la arquitectura, resuelvan como resuelvan un día nuestros jóvenes arquitectos la cuestión de su arte, en espera de los monumentos nuevos, conservemos los antiguos. Inspiremos a la nación, si ello es posible, el amor por la arquitectura nacional. Ese es, el autor lo declara, uno de los objetivos principales de este libro; ese es uno de los objetivos principales de su vida.

Quizá Notre-Dame de París haya abierto realmente algunas perspectivas sobre el arte de la Edad Media, sobre ese arte maravilloso hasta el momento desconocido por unos y, lo que es todavía peor, mal apreciado por otros. Pero el autor se encuentra muy lejos de considerar finalizada la tarea que se ha impuesto de forma voluntaria. Ya ha abogado en más de una ocasión en favor de la causa de nuestra vieja arquitectura, ya ha denunciado en voz alta muchas profanaciones, muchas demoliciones, muchas irreverencias. Y seguirá haciéndolo. Se ha comprometido a abordar con frecuencia este tema y lo abordará. Defenderá tan incansablemente nuestros edificios históricos como encarnizadamente los atacan los iconoclastas de nuestras escuelas y academias. Pues es desolador ver en qué manos ha caído la arquitectura medieval y cómo tratan los amasadores de yeso del presente la ruina de este gran arte. Llega a ser una vergüenza para nosotros, hombres inteligentes que los vemos actuar y nos limitamos a abuchearlos. Y no nos referimos aquí solo a lo que sucede en provincias, sino a lo que se hace en París, en nuestra puerta, bajo nuestras ventanas, en la gran ciudad, en la ciudad letrada, en la capital de la prensa, de la palabra, del pensamiento. No podemos resistirnos a la necesidad de señalar, para terminar esta nota, algunos de esos actos de vandalismo que a diario se proyectan, se debaten, se inician, se continúan y se llevan a término tranquilamente ante nuestros ojos, ante los ojos del público artista de París y ante la crítica, a la que tamaña audacia desconcierta. Acaban de demoler el arzobispado, edificio de un gusto lamentable, por lo que el mal no es grande; pero, junto con el arzobispado, han demolido el obispado, raro vestigio del siglo XIV que el arquitecto encargado de la demolición no ha sabido distinguir del resto. Ha arrancado trigo y cizaña a un tiempo, como si fueran lo mismo. Se habla de arrasar la admirable capilla de Vincennes para hacer con las piedras no sé qué fortificación, cuya necesidad ni siquiera Daumesnil había sentido. Mientras invierten elevadas sumas en reparar y restaurar el palacio Borbón, ese caserón, dejan que los vientos del equinoccio destrocen las magníficas vidrieras de la Santa Capilla. Desde hace unos días hay un andamio en la torre de Saint-Jacques-de-la-Boucherie y en cualquier momento el pico se pondrá a trabajar. Han encontrado un albañil para construir una casita blanca entre las venerables torres del Palacio de Justicia. Han encontrado otro para castrar Saint-Germain-des-Prés, la abadía feudal de tres campanarios. Encontrarán otro, no lo duden, para derribar Saint-Germain-l’Auxerrois. Todos esos albañiles se creen arquitectos, son pagados por la Prefectura o los Menus Plaisirs, y van vestidos de verde. Todo el daño que el mal gusto puede hacer al buen gusto, ellos lo hacen. En el momento de escribir estas líneas, uno de ellos —¡deplorable espectáculo!— es el responsable de las Tullerías, uno de ellos señala a cuchillo en plena cara a Philibert Delorme, y ciertamente no es uno de los menores escándalos de nuestro tiempo ver con qué desvergüenza la amazacotada arquitectura de ese señor se superpone a una de las más delicadas fachadas renacentistas.

París, 20 de octubre de 1832

NOTRE-DAME DE PARÍS

LIBRO PRIMERO

1

LA GRAN SALA

Hace hoy trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los parisienses se despertaron oyendo todas las campanas lanzadas al vuelo en el triple recinto de la Cité, de la Universidad y de la Villa.

No es, sin embargo, el 6 de enero de 1482 un día del que la historia haya guardado recuerdo. Nada destacable sucedió para que se pusieran en movimiento de buena mañana las campanas y los burgueses de París. No se trataba ni de un ataque de picardos o de borgoñones, ni de un relicario sacado en procesión, ni de una revuelta de estudiantes en la viña de Laas, ni de la entrada del «llamado nuestro muy temido señor el rey», ni siquiera de una buena ejecución de ladrones y ladronas en la justicia* de París. No era tampoco la llegada inesperada, tan frecuente en el siglo XV, de alguna embajada engalanada y empenachada. Hacía apenas dos días que la última cabalgata de esa clase, la de los embajadores flamencos encargados de concertar la boda entre el delfín y Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, cosa que había fastidiado sobremanera al cardenal de Borbón, el cual, para complacer al rey, había tenido que poner buena cara a todo ese tropel de burgomaestres flamencos y obsequiarlos, en su palacete de Borbón, con una «muy bella moralidad, sotía* y farsa», mientras una intensa lluvia empapaba en su puerta sus magníficos tapices.

Lo que el 6 de enero «ponía en efervescencia a todo el pueblo de París», como dice Jehan de Troyes, era la doble celebración, reunida desde tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.

Ese día tenía que haber hoguera en la Grève, plantación de mayo en la capilla de Braque y misterio en el Palacio de Justicia. El anuncio había sido hecho el día anterior en los cruces, a toque de corneta, por los hombres del preboste luciendo casacas de camelote violeta con una gran cruz blanca en el pecho.

Así pues, la multitud de burgueses y burguesas afluía de todas partes desde buena mañana, dejando cerrados casas y comercios, hacia uno de los lugares mencionados. Cada uno había optado por una cosa, bien la hoguera, bien el mayo, o bien el misterio. Preciso es decir, en elogio del tradicional sentido común de los curiosos de París, que la mayor parte de esa multitud se dirigía hacia la hoguera, muy apropiada para la estación, o hacia el misterio, que debía ser representado en la Gran Sala del palacio, bien cubierta y cerrada, y que los curiosos coincidían en dejar al pobre mayo mal florido tiritar completamente solo bajo el cielo de enero en el cementerio de la capilla de Braque.

El pueblo acudía sobre todo a las avenidas del Palacio de Justicia, porque sabía que los embajadores flamencos, llegados dos días antes, se proponían asistir a la representación del misterio y a la elección del papa de los locos, la cual debía hacerse asimismo en la Gran Sala.

No era cosa fácil entrar ese día en dicha sala, pese a tener fama en aquel entonces de ser el mayor recinto cubierto de todo el mundo. (Cierto es que Sauval aún no había medido la Gran Sala del castillo de Montargis.) La plaza del palacio, abarrotada de gente, ofrecía a los curiosos asomados a las ventanas el aspecto de un mar al que cinco o seis calles, a la manera de ríos llegando a su desembocadura, vertían a cada instante raudales de cabezas. Las ondas de esa multitud, incrementadas sin cesar, chocaban contra las esquinas de las casas que sobresalían en diferentes puntos, como promontorios, en la cuenca irregular de la plaza. En el centro de la alta fachada gótica1 del palacio, la gran escalera, subida y bajada sin descanso por una doble corriente que, tras haberse interrumpido bajo el rellano intermedio, se desparramaba en anchas olas por sus dos pendientes laterales, la gran escalera, digo, chorreaba incesantemente sobre la plaza como una cascada en un lago. Los gritos, las risas y las pisadas de aquellos miles de pies producían un inmenso ruido y un inmenso clamor. De cuando en cuando, el ruido y el clamor aumentaban, la corriente que empujaba a toda esa multitud hacia la gran escalera retrocedía, se agitaba, se arremolinaba. La causa era un empellón de un arquero, o el caballo de un alguacil del prebostazgo que coceaba para restablecer el orden; admirable tradición que el prebostazgo legó a la condestablía, la condestablía a la mariscalía, y la mariscalía a nuestra gendarmería de París.

En las puertas, en las ventanas, en las claraboyas y en los tejados pululaban miles de rostros burgueses, tranquilos y honrados, que miraban el palacio y miraban la turba sin pedir nada más; pues en París muchas personas se conforman con el espectáculo de los espectadores, y una muralla tras la cual sucede algo ya es, para nosotros, una cosa muy curiosa.

Si pudiera sernos dado a los hombres de 1830 mezclarnos en la imaginación con estos parisienses del siglo XV y entrar con ellos, tironeados, codeados, derribados, en esa inmensa sala del palacio, tan estrecha el 6 de enero de 1482, el espectáculo no carecería ni de interés ni de encanto, y solo tendríamos a nuestro alrededor cosas tan viejas que nos parecerían totalmente nuevas.

Si el lector accede a ello, intentaremos imaginar la impresión que habría experimentado cruzando con nosotros el umbral de aquella Gran Sala, en medio de aquella turba vestida con corpiño, casaca y cotardía.

Para empezar, zumbido en los oídos y deslumbramiento en los ojos. Sobre nuestras cabezas, una doble bóveda ojival revestida de esculturas de madera, pintada de azul con flores de lis doradas; bajo nuestros pies, un pavimento de mármol alternativamente blanco y negro. A unos pasos de nosotros, un enorme pilar, y después otro, y otro más; en total siete pilares a lo largo de la sala, sosteniendo en el centro de su anchura los arranques de la doble bóveda. Alrededor de los cuatro primeros pilares, tiendas deslumbrantes de cristal y oropeles; alrededor de los tres últimos, bancos de madera de roble, gastados y pulidos por las calzas de los litigantes y las togas de los procuradores. En torno a la sala, a lo largo de la alta muralla, entre las puertas, entre las ventanas, entre los pilares, la interminable hilera de estatuas de todos los reyes de Francia desde Faramundo; los reyes holgazanes, con los brazos caídos y la mirada gacha; los reyes valerosos y batalladores, con la cabeza y las manos intrépidamente alzadas hacia el cielo. Además, en las largas ventanas ojivales, vidrieras multicolores; en las amplias salidas de la sala, magníficas puertas finamente talladas; y el conjunto, bóvedas, pilares, muros, chambranas, artesonados, puertas y estatuas, recubierto de arriba abajo de una espléndida iluminación azul y dorada que, un poco apagada ya en la época en que nosotros la vemos, había desaparecido casi por completo bajo el polvo y las telarañas en el año de gracia de 1549, en que Du Breul todavía la admiraba por tradición.

Representémonos ahora esa inmensa sala oblonga, iluminada por la claridad grisácea de un día de enero, invadida por una multitud abigarrada y bulliciosa que deambula siguiendo las paredes y da vueltas alrededor de los siete pilares, y tendremos ya una idea confusa del conjunto del cuadro, cuyos curiosos detalles vamos a tratar de describir con más precisión.

Es indudable que, si Ravaillac no hubiera asesinado a Enrique IV, no habría habido pruebas del proceso de Ravaillac depositadas en el archivo del Palacio de Justicia; tampoco cómplices interesados en hacer desaparecer dichas pruebas; por lo tanto, tampoco incendiarios obligados, a falta de un medio mejor, a quemar el archivo para quemar las pruebas, y a quemar el Palacio de Justicia para quemar el archivo; por consiguiente, para acabar, tampoco incendio de 1618. El viejo palacio seguiría en pie con su vieja Gran Sala y yo podría decir al lector: Vaya a verla; y quedaríamos dispensados ambos de hacer, en mi caso, y de leer, en el suyo, una descripción como la presente. Lo que demuestra esta nueva verdad: que los grandes acontecimientos tienen consecuencias incalculables.

Es cierto que hay muchas posibilidades, en primer lugar, de que Ravaillac no hubiera tenido cómplices, y en segundo lugar, de que sus cómplices, si por casualidad los hubiera tenido, no hubiesen tenido nada que ver con el incendio de 1618. Existen otras dos explicaciones plausibles. La primera, la gran estrella en llamas, de un pie de ancho y un codo de alto, que, como todo el mundo sabe, cayó del cielo sobre el palacio el 7 de marzo después de medianoche. La segunda, la cuarteta de Théophile:

Fue ciertamente un triste juego

cuando en París doña Justicia,

por comer demasiadas especias,

al palacio prendió fuego.*

Se piense lo que se piense de esta triple explicación política, física o poética del incendio del Palacio de Justicia en 1618, el hecho desgraciadamente indiscutible es el incendio. Queda muy poco hoy día —gracias a esa catástrofe y gracias, sobre todo, a las diversas restauraciones sucesivas que acabaron con lo que esta había dejado— de esa primera residencia de los reyes de Francia, de ese palacio hermano mayor del Louvre, tan viejo ya en tiempos de Felipe el Hermoso que buscaban en él vestigios de los magníficos edificios construidos por el rey Roberto y descritos por Helgaldus. Casi todo ha desaparecido. ¿Qué ha sido de la habitación de la cancillería donde san Luis «consumó su matrimonio»? ¿Y del jardín donde administraba justicia, «vestido con una túnica de camelote, una almilla de tiritaña sin mangas y un manto por encima de cendal negro, tumbado sobre alfombras, con Joinville»? ¿Dónde está la habitación del emperador Segismundo? ¿Y la de Carlos IV? ¿Y la de Juan sin Tierra? ¿Dónde está la escalera en la que Carlos VI promulgó su edicto de gracia? ¿Y la losa donde Marcel degolló, en presencia del delfín, a Roberto de Clermont y al mariscal de Champagne? ¿Y el portillo donde fueron rasgadas las bulas del antipapa Benedicto y por donde se marcharon los que las habían llevado, con capa pluvial y mitra a modo de escarnio, tras haberse retractado públicamente por todo París? ¿Y la Gran Sala, con su dorado, su azul, sus ojivas, sus estatuas, sus pilares, su inmensa bóveda totalmente acribillada de esculturas? ¿Y la habitación dorada? ¿Y el león de piedra que estaba en la puerta, de rodillas, con la cabeza bajada y el rabo entre las piernas, como los leones del trono de Salomón, en la actitud humillada que corresponde a la fuerza ante la justicia? ¿Y las magníficas puertas? ¿Y las magníficas vidrieras? ¿Y los herrajes cincelados que desanimaban a Biscornette? ¿Y los delicados trabajos de ebanistería de Du Hancy…? ¿Qué ha hecho el tiempo, qué han hecho los hombres de esas maravillas? ¿Qué nos han dado a cambio de todo eso, a cambio de toda esa historia gala, a cambio de todo ese arte gótico? Las pesadas cimbras rebajadas del señor de Brosse, ese torpe arquitecto del pórtico de Saint-Gervais, en lo tocante al arte; y en cuanto a la historia, tenemos los recuerdos locuaces del gran pilar, en el que todavía resuenan los chismorreos de los Patrus.

No es gran cosa… Volvamos a la verdadera Gran Sala del verdadero viejo palacio.

Los dos extremos de ese gigantesco paralelogramo estaban ocupados, el uno por la famosa mesa de mármol, tan larga, tan ancha y tan gruesa que jamás se vio, según dicen los viejos libros de becerro en un estilo que habría abierto el apetito a Gargantúa, «semejante loncha de mármol en el mundo»; el otro, por la capilla donde Luis XI había encargado que lo esculpieran de rodillas ante la Virgen y adonde había mandado trasladar, sin preocuparse de dejar dos nichos vacíos en la hilera de estatuas reales, las estatuas de Carlomagno y de san Luis, dos santos que él suponía que gozaban de gran crédito en el cielo como reyes de Francia. Dicha capilla, todavía nueva, construida apenas seis años antes, lo estaba con ese gusto exquisito por la arquitectura delicada, por la escultura maravillosa, por el fino y profundo cincelado que marca en nuestro país el fin de la época gótica y se perpetúa hasta aproximadamente mediados del siglo XVI en los caprichos mágicos del Renacimiento. El pequeño rosetón calado que coronaba el pórtico era, en particular, una obra maestra de sutileza y gracia; parecía una estrella de encaje.

En el centro de la sala, frente a la gran puerta, habían erigido, para los enviados flamencos y demás personajes importantes invitados a la representación del misterio, un estrado tapizado en brocado de oro, adosado a la pared, y en el que habían practicado una entrada privada aprovechando una ventana del pasillo de la habitación dorada.

Sobre la mesa de mármol es donde, según la tradición, debía ser representado el misterio. Y para tal fin había sido dispuesta por la mañana. Su rico tablero de mármol, muy rayado por los tacones de la curia, sostenía una estructura de madera bastante alta cuya superficie superior, accesible a las miradas de toda la sala, debía servir de escenario y cuyo interior, oculto por unos tapices, debía hacer las veces de vestuario para los personajes de la obra. Una escalera de mano, ingenuamente colocada por fuera, debía establecer la comunicación entre el escenario y el vestuario, y prestar sus empinados peldaños tanto para las entradas como para las salidas. No había personaje, peripecia o golpe de efecto, por improvisado que fuera, que no obligara a utilizar esa escalera. ¡Inocente y venerable infancia del arte y de la tramoya!

Cuatro alguaciles del baile del palacio, guardianes forzosos de todas las diversiones del pueblo tanto los días de fiesta como los días de ejecución, permanecían de pie en las cuatro esquinas de la mesa de mármol.

Hasta que no sonara la última campanada de las doce de la mañana en el gran reloj del palacio, la obra no debía empezar. Era indudablemente muy tarde para una representación teatral, pero había sido preciso acomodarse a la hora de llegada de los embajadores.

Ahora bien, toda aquella multitud aguardaba desde primera hora de la mañana. Un buen número de aquellos honrados curiosos tiritaban desde el alba ante la gran escalinata del palacio; algunos incluso afirmaban haber pasado la noche atravesados delante de la gran puerta para estar seguros de entrar los primeros. La muchedumbre se incrementaba por momentos y, como el agua que sobrepasa su nivel, empezaba a elevarse a lo largo de las paredes, a crecer alrededor de los pilares, a desbordarse en los entablamentos, en las cornisas, en los antepechos de las ventanas, en todos los salientes de la arquitectura, en todos los relieves de la escultura. Así pues, la incomodidad, la impaciencia, el aburrimiento, la libertad de un día de cinismo y de locura, los altercados que estallaban a cada paso por un codazo o un pisotón y el cansancio de una larga espera daban ya, mucho antes de la hora a la que los embajadores debían llegar, un toque agrio y amargo al clamor de ese pueblo encerrado, encajonado, apretujado, oprimido, asfixiado. Solo se oían quejas e imprecaciones contra los flamencos, el preboste de los comerciantes, el cardenal de Borbón, el baile del palacio, Margarita de Austria, los alguaciles de vara, el frío, el calor, el mal tiempo, el obispo de París, el papa de los locos, los pilares, las estatuas, esta puerta cerrada, aquella ventana abierta; todo ello para gran diversión de las pandillas de estudiantes y de lacayos diseminados entre la masa, que sumaban a todo ese descontento sus pullas y sus picardías, y avivaban a alfilerazos, por decirlo de algún modo, el mal humor general.

Había, entre otros, un grupo de esos alegres demonios que, tras haber roto los cristales de una ventana, se había sentado audazmente en el entablamento y desde allí dirigía sus miradas y sus chanzas ora al interior, ora al exterior, ora al gentío de la sala, ora al gentío de la plaza. Por sus gestos de parodia, por sus carcajadas, por las palabras burlonas que intercambiaban de una punta a otra de la sala con sus compañeros, resultaba fácil deducir que aquellos jóvenes clérigos* no compartían el aburrimiento y el cansancio del resto de los asistentes y que sabían extraer muy bien de lo que tenían ante los ojos, para su diversión personal, un espectáculo que les permitía aguardar pacientemente el otro.

—¡Por mi honor, sois vos, Joannes Frollo de Molendino! —dijo gritando uno de ellos a una suerte de diablillo rubio, de agraciado y pícaro rostro, agarrado a los acantos de un capitel—. Hacen bien en llamaros Jehan del Molino, pues vuestros dos brazos y vuestras dos piernas parecen cuatro aspas movidas por el viento. ¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

—¡Por la misericordia del diablo! Más de cuatro horas ya —contestó Joannes Frollo—, y espero que me sean descontadas de mi tiempo de purgatorio. He oído a los ocho sochantres del rey de Sicilia entonar el primer versículo de la misa cantada de siete en la Santa Capilla.

—¡Magníficos sochantres! —repuso el otro—. ¡Y tienen la voz todavía más aguda que la punta de sus bonetes! Antes de instituir una misa por san Juan, el rey debería haberse informado de si a san Juan le gusta el latín salmodiado con acento provenzal.

—¡Lo ha hecho para emplear a esos malditos sochantres del rey de Sicilia! —gritó con acritud una anciana entre el gentío agolpado bajo la ventana—. ¡Ya me diréis…! ¡Mil libras parisienses por una misa! ¡Y de los impuestos del pescado de mar de la lonja de París, por si fuera poco!

—¡Haya paz, vieja, haya paz! —replicó, al lado de la pescadera, un personaje gordo y muy serio tapándose la nariz—. Había que instituir una misa. ¿O acaso queríais que el rey volviera a caer enfermo?

—¡Así se habla, señor Gilles Lecornu,* maestro peletero-manguitero de las prendas del rey! —dijo el estudiante menudo encaramado al capitel.

Una carcajada de todos los estudiantes acogió el malhadado apellido del pobre peletero-manguitero de las prendas del rey.

—¡Lecornu! ¡Gilles Lecornu! —decían unos.

—Cornutus et hirsutus —precisaba otro.

—Pues claro que sí —añadió el diablillo del capitel—. ¿De qué se ríe toda esa gente? ¡Honorable Gilles Lecornu, hermano de maese Jehan Lecornu, preboste de la Casa Real, hijo de maese Mahiet Lecornu, primer portero del bosque de Vincennes, todos burgueses de París y, de padre a hijo, todos casados!

La algazara aumentó. El orondo peletero-manguitero, sin rechistar, se esforzaba en sustraerse a las miradas que le lanzaban desde todas partes, pero sudaba y resoplaba en vano. Como una cuña que se clava en la madera, los esfuerzos que hacía solo servían para encajar más firmemente en los hombros de sus vecinos su ancha cara apoplética, colorada de despecho y de ira.

Finalmente, uno de estos, gordo, bajo y venerable como él, salió en su defensa:

—¡Qué desfachatez! ¡Hablarle así unos estudiantes a un burgués! En mis tiempos los habrían fustigado con un haz de leña, antes de encenderlo para quemarlos.

Toda la pandilla rompió a reír.

—¡Hola, hola…! ¿Quién canta por ahí? ¿Quién es ese pájaro de mal agüero?

—¡Toma, si yo lo conozco! —dijo uno—. Es maese Andry Musnier.

—¡Ah, sí, es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad! —dijo otro.

—En esa casa todo está multiplicado por cuatro —dijo un tercero—. Las cuatro naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros…

—Pues entonces —intervino de nuevo Jehan Frollo— hay que abroncarlo a cuatro voces.

—Musnier, te quemaremos los libros.

—Musnier, apalearemos a tus lacayos.

—Musnier, incordiaremos a tu mujer.

—La oronda doña Oudarde.

—Que es tan fresca y alegre como si fuera viuda.

—¡Que el diablo se os lleve! —masculló maese Andry Musnier.

—¡Maese Andry —dijo Jehan, todavía colgado del capitel—, cállate o me dejo caer encima de tu cabeza!

Maese Andry levantó los ojos, pareció calcular durante un instante la altura del pilar y el peso del bribón, multiplicó mentalmente ese peso por el cuadrado de la velocidad, y se calló.

Jehan, dueño y señor del campo de batalla, añadió en tono triunfal:

—¡Lo haría sin dudarlo, aunque sea hermano de un arcediano!

—¡Menudas piezas, los señores de la Universidad! ¡Mira que no haber hecho respetar nuestros privilegios en un día como este! Hay mayo y hoguera en la Villa, misterio, papa de los locos y embajadores flamencos en la Cité, ¡y en la Universidad, nada!

—¡Pues no será porque la plaza Maubert no es suficientemente grande! —dijo uno de los clérigos instalados en el alféizar de la ventana.

—¡Abajo el rector, los electores y los procuradores! —gritó Joannes.

—Habrá que encender una hoguera esta noche en el Champ Gaillard con los libros de maese Andry —prosiguió otro.

—¡Y con los pupitres de los escribientes! —dijo su vecino.

—¡Y con las varas de los bedeles!

—¡Y con las escupideras de los decanos!

—¡Y con las mesas de los procuradores!

—¡Y con las arcas de los electores!

—¡Y con los escabeles del rector!

—¡Abajo! —repitió el pequeño Jehan a modo de fabordón—. ¡Abajo maese Andry, los bedeles y los escribas, los teólogos, los médicos y los decretistas, los procuradores, los electores y el rector!

—Esto es el fin del mundo —murmuró maese Andry tapándose los oídos.

—¡Hablando del rector! ¡Ahí está, pasando por la plaza! —gritó uno de los de la ventana.

Todo el mundo se volvió hacia la plaza.

—¿Es de verdad nuestro venerable rector maese Thibaut? —preguntó Jehan Frollo del Molino, el cual, al haberse agarrado a un pilar del interior, no podía ver lo que pasaba fuera.

—Sí, sí —respondieron todos los demás—, es él, con toda seguridad es él, maese Thibaut, el rector.

Era, efectivamente, el rector con todos los dignatarios de la Universidad, que iban en procesión al encuentro de la embajada y en ese momento cruzaban la plaza del palacio. Los estudiantes, apiñados en la ventana, los saludaron al pasar con sarcasmos y aplausos irónicos. El rector, que encabezaba la comitiva, recibió la primera andanada. Fue violenta.

—¡Buenos días, señor rector! ¡Hola, hola! ¡Buenos días, hombre!

—¿Cómo es que está aquí ese viejo jugador? ¿Ha dejado acaso los dados?

—¡Cómo trota en su mula! El animal no tiene las orejas tan largas como él.

—¡Hola, hola! ¡Buenos días, señor rector Thibaut! Tybalde aleator.* ¡Viejo imbécil! ¡Viejo jugador!

—¡Dios os guarde! ¿Sacasteis muchos seis dobles anoche?

—¡Mirad qué cara! ¡Además de vieja, plomiza, ojerosa y castigada por el amor al juego y a los dados!

—¿Adónde vais, Thibaut, Tybalde ad dados,** dando la espalda a la Universidad y trotando hacia la Villa?

—Seguro que va a buscar casa a la calle Thibautodé*** —dijo Jehan del Molino.

Toda la pandilla repitió la rechifla con voz atronadora y aplaudiendo frenéticamente.

—Vais a buscar casa a la calle Thibautodé, ¿verdad, señor rector, jugador endemoniado?

Después les tocó el turno a los otros dignatarios.

—¡Abajo los bedeles! ¡Abajo los maceros!

—¡Eh, Robin Poussepain!, ¿quién es aquel de allí?

—Es Gilbert de Suilly, Gilbertus de Soliaco, el canciller del colegio de Autun.

—Ah, pues toma mi zapato y tíraselo a la cara. Tú estás mejor situado que yo.

—Saturnalitias mittimus ecce nuces.*

—¡Abajo los seis teólogos con sus sobrepellices blancas!

—¿Esos son los teólogos? Creí que eran las seis ocas blancas que Santa Genoveva donó a la ciudad por el feudo de Roogny.

—¡Abajo los médicos!

—¡Abajo las disputaciones ordinarias y generales!

—¡Toma mi birrete, canciller de Santa Genoveva! ¡Cometiste un atropello conmigo…! ¡Sí, es verdad! Le dio mi puesto en la nación de Normandía al pequeño Ascanio Falzaspada, de la provincia de Bourges, puesto que es italiano.

—¡Es una injusticia! —gritaron todos los estudiantes—. ¡Abajo el canciller de Santa Genoveva!

—¡Anda, maese Joachim de Ladehors! ¡Anda, Louis Dahuille! ¡Anda, Lambert Hoctement!

—¡Que el diablo se lleve al procurador de la nación alemana!

—¡Y a los capellanes de la Santa Capilla con sus mucetas grises! Cum tunicis grisis!

—Seu de pellibus grisis fourratis!**

—¡Hola, hola! ¡Vaya con los maestros en artes! ¡Bonitas capas negras! ¡Bonitas capas rojas!

—¡Bonita cola lleva el rector!

—Parece un dux veneciano yendo a sus esponsales con el mar.

—¡Mira, Jehan! ¡Los canónigos de Santa Genoveva!

—¡Al diablo las canonjías!

—¡El abad Claude Choart! ¡El doctor Claude Choart! ¿Buscáis quizá a Marie la Giffarde?

—Está en la calle Glatigny.

—Haciendo la cama del rey de los ribaldos.

—Paga sus cuatro denarios. Quatuor denarios.

—Aut unum bombum.*

—¿Queréis que os haga un pago oloroso?

—¡Compañeros! Maese Simon Sanguin, el elector de Picardía, con su mujer a la grupa.

—Post equitem sedet atra cura.**

—¡Adelante, maese Simon!

—¡Buenos días, señor elector!

—¡Buenas noches, señora electora!

—¡Dichosos ellos, que pueden ver todo eso! —decía suspirando Joannes de Molendino, todavía agarrado al follaje del capitel.

Entre tanto, el librero jurado de la Universidad, maese Andry Musnier, le decía al oído al peletero-manguitero de las prendas del rey, maese Gilles Lecornu:

—Os lo aseguro, esto es el fin del mundo. Jamás se han visto semejantes excesos entre los estudiantes. La culpa la tienen los malditos inventos del siglo, que dan al traste con todo. Las artillerías, las serpentinas, las bombardas y, sobre todo, la impresión, esa otra peste de Alemania. ¡Ni manuscritos ni libros se hacen ya! La impresión mata a la librería. El fin del mundo se acerca.

—Yo me doy cuenta por los progresos de las telas de terciopelo —dijo el comerciante manguitero.

En ese momento dieron las doce.

—¡Ah…! —exclamó la multitud al unísono.

Los estudiantes se callaron. Acto seguido se produjo un gran revuelo, un movimiento de miles de pies y de cabezas, una gran detonación general de toses y de pañuelos. Todos se acomodaron, se situaron convenientemente, se auparon, se agruparon. Siguió un profundo silencio; todos los cuellos permanecieron estirados, todas las bocas abiertas, todas las miradas vueltas hacia la mesa de mármol. Nadie apareció. Los cuatro alguaciles del baile continuaban allí, tiesos e inmóviles como cuatro estatuas pintadas. Todos los ojos se volvieron hacia el estrado reservado a los enviados flamencos. La puerta permanecía cerrada y el estrado vacío. Aquella multitud esperaba desde muy temprano tres cosas: las doce, la embajada de Flandes y el misterio. Lo único que había llegado a la hora eran las doce.

Dada la ocasión, aquello pasaba de castaño oscuro.

Esperaron uno, dos, tres, cinco minutos, un cuarto de hora; nadie llegaba. El estrado continuaba desierto; el escenario, mudo. Sin embargo, a la impaciencia había sucedido la cólera. Circulaban palabras irritadas, aunque todavía en voz baja, es cierto. Se oía un murmullo sordo:

—¡El misterio! ¡El misterio!

Las cabezas bullían. Una tempestad, que por el momento solo rugía, flotaba en la superficie de aquella multitud. Fue Jehan del Molino quien produjo el primer chispazo:

—¡El misterio! ¡Y al diablo con los flamencos! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, enroscándose como una serpiente al capitel.

La gente rompió a aplaudir.

—¡El misterio! —repitieron todos—. ¡Y al diablo con Flandes!

—Queremos el misterio inmediatamente —prosiguió el estudiante—. Si no, soy partidario de que colguemos al baile del Palacio a guisa de comedia y de moralidad.

—¡Así se habla! —gritó el pueblo—. Empecemos por colgar a sus alguaciles.

Siguió una gran aclamación. Los cuatro pobres diablos empezaban a palidecer y a mirarse unos a otros. La muchedumbre se precipitaba hacia ellos, y ya veían la frágil balaustrada de madera que los separaba de esta inclinarse y ceder bajo la presión.

El momento era crítico.

—¡Sin piedad! ¡Sin piedad! —gritaban de todas partes.

En ese instante, el tapiz del vestuario que describimos antes se levantó para dar paso a un personaje cuya sola visión detuvo súbitamente a la multitud y trocó como por ensalmo su cólera en curiosidad.

—¡Silencio! ¡Silencio! —gritaron de todas partes.

El personaje, muy intranquilo y temblando de pies a cabeza, avanzó hasta el borde de la mesa de mármol haciendo sin parar reverencias que, conforme se acercaba, cada vez se asemejaban más a genuflexiones.

No obstante, poco a poco la calma se había restablecido. Solo se oía el ligero murmullo que siempre se eleva del silencio de la multitud.

—Señores burgueses y señoras burguesas —dijo el personaje—, vamos a tener el honor de declamar y representar ante su eminencia el cardenal una bellísima moralidad que lleva por título El buen juicio de la Virgen María. Yo hago de Júpiter. Su eminencia acompaña en este momento a la muy honorable embajada del duque de Austria, la cual se encuentra retenida escuchando el discurso del señor rector de la Universidad en la puerta Baudets. En cuanto el eminentísimo cardenal haya llegado, empezaremos.

Con toda certeza se precisaba nada menos que la intervención de Júpiter para salvar a los cuatro desdichados alguaciles del baile del palacio. Si tuviéramos la dicha de haber inventado esta muy verídica historia, y por consiguiente de ser responsables de ella ante Nuestra Señora la Crítica, no se podría invocar en este momento contra nosotros el precepto clásico: Nec deus intersit.* Por lo demás, el traje de Júpiter era muy bonito y había contribuido no poco a calmar al gentío atrayendo toda su atención. Júpiter vestía una brigantina cubierta de terciopelo negro con clavos dorados, iba tocado con un bicoquete guarnecido de botones de plata dorada, y, de no ser por el maquillaje y la espesa barba que cubrían cada cual una mitad de su cara, de no ser por el rollo de cartón dorado, cuajado de pedrería y cargado de tiras de oropel, que llevaba en la mano y que una mirada experta identificaba fácilmente como el rayo, de no ser por sus pies de color carne y adornados con cintas al estilo griego, habría podido aguantar la comparación, dada la severidad de su atuendo, con un arquero bretón del cuerpo de guardia del señor de Berry.

2

PIERRE GRINGOIRE

Sin embargo, mientras hablaba, la satisfacción y la admiración unánimemente suscitadas por su traje iban desvaneciéndose, y cuando llegó a aquella malhadada conclusión: «En cuanto el eminentísimo cardenal haya llegado, empezaremos», su voz se perdió en una tormenta de abucheos.

—¡Empezad ya! ¡El misterio! ¡Queremos el misterio ya! —gritaba el pueblo.

Y por encima de todas las voces se oía la de Johannes de Molendino, que traspasaba el griterío como el pífano en una cencerrada de Niza.

—¡Empezad inmediatamente! —chillaba el estudiante.

—¡Abajo Júpiter y el cardenal de Borbón! —vociferaban Robin Poussepain y los otros letrados encaramados en la ventana.

—¡Que empiece inmediatamente la moralidad! —repetía la muchedumbre—. ¡Ya! ¡En el acto! ¡El saco y la cuerda para los cómicos y el cardenal!

El pobre Júpiter, azorado, amedrentado, pálido bajo el maquillaje, dejó caer el rayo, se quitó el bicoquete, y con él en la mano balbucía, saludando y temblando:

—Su eminencia… los embajadores… Margarita de Flandes…

No sabía qué decir. En el fondo, tenía miedo de que lo colgaran.

De que lo colgara el populacho por esperar, o de que lo colgara el cardenal por no haber esperado; en los dos lados veía un abismo, es decir, una horca.

Afortunadamente, alguien fue a sacarlo del apuro y a asumir la responsabilidad.

Un individuo que permanecía de pie en el lado de acá de la balaustrada, en el espacio dejado libre alrededor de la mesa de mármol, y en quien hasta ese momento nadie había reparado, tan completamente protegida de todo campo visual quedaba su larga y delgada figura por el diámetro del pilar en el que estaba apoyado, ese individuo, decimos, alto, enjuto, muy pálido, rubio, joven todavía, si bien con arrugas ya en la frente y en las mejillas, de ojos brillantes y boca sonriente, vestido de sarga negra, raída y lustrosa a fuerza de vieja, se acercó a la mesa de mármol e hizo una seña al pobre increpado. Pero este, aturdido, no lo veía.

El recién llegado dio un paso más:

—¡Júpiter! —dijo—. ¡Mi querido Júpiter!

El otro no oía nada.

Finalmente, el hombre alto y rubio, perdiendo la paciencia, le gritó casi delante de las narices:

—¡Michel Giborne!

—¿Quién me llama? —preguntó Júpiter, como si despertara sobresaltado.

—Yo —respondió el personaje vestido de negro.

—¡Ah! —dijo Júpiter.

—Comenzad de inmediato —indicó el otro—. Complaced al pueblo. Yo me encargaré de calmar al baile, y él calmará al cardenal.

Júpiter respiró aliviado.

—¡Señores burgueses! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones a la multitud que continuaba abucheándole—. ¡Vamos a comenzar de inmediato!

—Evoe, Juppiter! Plaudite, cives!* —exclamaron los estudiantes.

—¡Viva! ¡Viva! —gritó el pueblo.

Hubo un batir de palmas atronador, y las aclamaciones aún hacían temblar la sala después de que Júpiter hubiera desaparecido bajo el tapiz.

Sin embargo, el personaje desconocido que tan mágicamente había trocado «la tempestad en bonanza», como dice nuestro querido amigo Corneille, había regresado con modestia a la penumbra del pilar, y sin duda allí habría permanecido, invisible, inmóvil y mudo como antes, si no lo hubieran sacado dos muchachas que, situadas entre la primera fila de espectadores, habían asistido a su breve coloquio con Michel Giborne-Júpiter.

—Magistrado… —dijo una de ellas, haciéndole señas para que se acercara.

—Callad, querida Liénarde —dijo su compañera, una joven guapa, lozana y perfectamente endomingada—. No es un clérigo, sino un laico; luego no hay que llamarle magistrado, sino micer.

—Micer… —dijo Liénarde.

El desconocido se acercó a la balaustrada.

—¿Qué queréis de mí, señoritas? —preguntó con solicitud.

—¡Oh, nada! —dijo Liénarde muy turbada—. Es mi amiga Gisquette la Gencienne quien desea hablar con vos.

—¡No, no! —repuso Gisquette, ruborizándose—. Es que Liénarde os ha llamado magistrado y yo le he indicado que debía decir micer.

Las dos jóvenes bajaban la vista. El otro, que estaba deseando entablar conversación, las miraba sonriendo.

—Entonces, ¿no tenéis nada que decirme, señoritas?

—¡Oh, nada en absoluto! —respondió Gisquette.

—Nada —confirmó Liénarde.

El joven alto y rubio dio un paso atrás para retirarse, pero las dos curiosas no querían soltar la presa.

—Micer —se apresuró a decir Gisquette, con el ímpetu de una esclusa que se abre o de una mujer que toma una decisión—, ¿conocéis a ese soldado que va a interpretar el papel de la Virgen en el misterio?

—¿Queréis decir el papel de Júpiter? —preguntó el desconocido.

—¡Sí, claro! —contestó Liénarde—. ¡Será tonta…! ¿Conocéis, entonces, a Júpiter?

—¿A Michel Giborne? Sí, señora —respondió el desconocido.

—¡Lleva una barba soberbia! —dijo Liénarde.

—¿Será bonito lo que van a decir ahí arriba? —preguntó tímidamente Gisquette.

—Muy bonito —respondió el desconocido sin la menor vacilación.

—¿Qué será? —preguntó Liénarde.

—El buen juicio de la Virgen. Una moralidad, señora.

—¡Ah!, eso cambia la cosa —dijo Liénarde.

Siguió un breve silencio que el desconocido rompió:

—Es una moralidad completamente nueva, que aún no se ha representado.

—¿No es entonces la misma que dieron hace dos años —preguntó Gisquette—, el día de la llegada del señor legado, en la que intervenían tres muchachas que hacían de…?

—De sirenas —dijo Liénarde.

—Y que iban completamente desnudas —añadió el joven.

Liénarde bajó púdicamente los ojos. Gisquette la miró e hizo lo mismo.

—Era muy agradable a la vista —prosiguió el joven, sonriendo—. Lo de hoy es una moralidad escrita especialmente para la doncella de Flandes.

—¿Cantarán pastorelas? —preguntó Gisquette.

—¡Ni pensarlo! —respondió el desconocido—. ¡En una moralidad! No hay que confundir los géneros. Si fuera una sotía, entonces sí.

—Lástima —repuso Gisquette—. Aquel día había en la fuente del Ponceau hombres y mujeres salvajes que luchaban y adoptaban diferentes posturas cantando breves motetes y pastorelas.

—Lo apropiado para un legado —dijo en un tono bastante seco el desconocido— no lo es para una princesa.

—Y junto a ellos —intervino Liénarde—, rivalizaban varios instrumentos de sonido grave que ofrecían grandes melodías.

—Y para refrescar a los que pasaban —continuó Gisquette—, de la fuente manaban por tres bocas distintas vino, leche e hipocrás, de los que bebía quien quería.

—Y un poco más abajo del Ponceau —prosiguió Liénarde—, en la Trinidad, había una pasión con personajes que no hablaban.

—¡Sí, la recuerdo! —dijo Gisquette—. Dios en la cruz, y los dos ladrones a derecha e izquierda.

Llegadas a este punto, las jóvenes charlatanas, excitadas al recordar la entrada del legado, se pusieron a hablar a la vez.

—Y antes, en la Porte-aux-Peintres, había otras personas lujosamente vestidas.

—¡Y en la fuente Saint-Innocent, aquel cazador que perseguía a una cierva con gran estruendo de perros y trompas de caza!

—¡Y en el matadero de París, aquellos cadalsos que representaban la Bastilla de Dieppe!

—Y cuando pasó el legado, se abalanzaron y les cortaron el cuello a todos los ingleses, ¿verdad, Gisquette?

—¡Y junto a la puerta del Châtelet había personajes muy distinguidos!

—¡Y en el Pont-au-Change, que estaba todo tapizado por encima!

—Y cuando pasó el legado, soltaron sobre el puente más de doscientas docenas de toda clase de pájaros. Era precioso, ¿verdad, Liénarde?

—Hoy será más bonito —intervino finalmente su interlocutor, que parecía escucharlas con impaciencia.

—¿Nos prometéis que este misterio va a ser bonito? —dijo Gisquette.

—¡Por supuesto! —respondió él, antes de añadir con cierta ampulosidad—: Señoritas, yo soy su autor.

—¿De verdad? —dijeron las jóvenes, pasmadas.

—De verdad —respondió el poeta pavoneándose ligeramente—. Es decir, los autores somos dos: Jean Marchand, que ha serrado las tablas y construido la estructura del escenario y todo el entablado, y yo, que he escrito la obra. Me llamo Pierre Gringoire.

El autor del Cid no habría dicho con más orgullo: «Pierre Corneille».

Nuestros lectores habrán podido advertir que ya debía de haber transcurrido cierto tiempo desde el momento en que Júpiter se había metido bajo el tapiz hasta el instante en que el autor de la nueva moralidad había revelado de forma tan súbita su identidad, ante la ingenua admiración de Gisquette y Liénarde. Y, cosa extraordinaria, toda esa multitud, unos minutos antes tan tumultuosa, esperaba ahora con indulgencia, confiando en la palabra del comediante; lo que demuestra esa verdad eterna y verificada a diario en nuestros teatros, según la cual la mejor manera de hacer esperar pacientemente al público es asegurarle que la función va a empezar de inmediato.

Pese a ello, el estudiante Joannes no se dormía.

—¡Hola, hola! —exclamó de repente, en medio de la apacible espera que había sucedido al alboroto—. ¡Júpiter, señora Virgen, cómicos del demonio! ¿Os burláis acaso? ¡La obra! ¡La obra! Empezad de una vez, o seremos nosotros los que empezaremos de nuevo.

No hizo falta más.

Una música de instrumentos graves y agudos empezó a sonar en el interior del tinglado, el tapiz se levantó, cuatro personajes abigarrados y maquillados salieron a la luz del día, subieron la empinada escalera del escenario y, cuando llegaron a la plataforma, se colocaron en fila ante el público, al que saludaron haciendo grandes reverencias. Entonces la sinfonía se interrumpió. Comenzaba el misterio.

Los cuatro personajes, tras haber recibido ampliamente en aplausos el pago por sus reverencias, iniciaron, en medio de un silencio religioso, un prólogo del que gustosamente dispensamos al lector. Por lo demás, tal como todavía sucede en nuestros días, el público estaba mucho más pendiente de los trajes que llevaban que del papel que recitaban, y en verdad era de justicia. Los cuatro iban vestidos con túnicas mitad amarillas y mitad blancas, que solo se diferenciaban por la naturaleza de la tela: la primera era de brocado de oro y plata; la segunda, de seda; la tercera, de lana, y la cuarta, de lienzo. El primer personaje llevaba en la mano derecha una espada; el segundo, dos llaves doradas; el tercero, una balanza, y el cuarto, una laya. Y para ayudar a las inteligencias perezosas que no hubieran visto claro a través de la transparencia de esos atributos, se podía leer en grandes letras negras bordadas, en la parte inferior de la túnica de brocado, ME LLAMO NOBLEZA; en la parte inferior de la túnica de seda, ME LLAMO CLERO; en la parte inferior de la túnica de lana, ME LLAMO MERCANCÍA, y en la parte inferior de la túnica de lienzo, ME LLAMO TRABAJO. El sexo de las dos alegorías masculinas estaba claramente indicado para todo espectador juicioso por las túnicas más cortas y por el birrete que llevaban en la cabeza, mientras que las dos alegorías femeninas, cuyos ropajes eran más largos, iban tocadas con una caperuza.

Habría hecho falta asimismo muy mala voluntad para no comprender, a través de la poesía del prólogo, que Trabajo estaba casado con Mercancía y Clero con Nobleza, y que las dos felices parejas poseían en común un delfín de oro, que según afirmaban no adjudicarían sino a la más bella. Iban por el mundo, pues, en busca de esa belleza, y tras haber rechazado sucesivamente a la reina de Golconda, a la princesa de Trebisonda, a la hija del Gran Kan de Tartaria, etcétera, etcétera, Trabajo y Clero, Nobleza y Mercancía habían ido a descansar sobre la mesa de mármol del Palacio de Justicia, y ante la honrada audiencia recitaban tantas sentencias y máximas como podían prodigarse entonces en la Facultad de Artes en los exámenes, sofismas, disputas, figuras y actos en los que los maestros recibían sus bonetes de licenciado.

Todo aquello era, efectivamente, muy bonito.

Sin embargo, en aquella multitud sobre la que las cuatro alegorías vertían a cuál más y mejor oleadas de metáforas, no había un oído más atento, un corazón más palpitante, un ojo más penetrante, un cuello más estirado que el ojo, el oído, el cuello y el corazón del autor, del poeta, del buen Pierre Gringoire, que unos momentos antes no había podido resistirse a la satisfacción de decir su nombre a dos guapas muchachas. Había regresado a unos pasos de ellas, detrás de su pilar, y allí escuchaba, miraba, saboreaba. Los amables aplausos que habían acogido el comienzo de su prólogo resonaban todavía en sus entrañas, y se hallaba totalmente absorto en esa especie de contemplación extática con la que un autor ve salir una a una sus ideas de la boca del actor, entre el silencio de una vasta audiencia. ¡Digno Pierre Gringoire!

Nos pesa decirlo, pero este primer éxtasis no tardó en verse enturbiado. Apenas se había acercado Gringoire a los labios esa embriagadora copa de alegría y de triunfo cuando una gota de amargura la estropeó.

Un mendigo andrajoso que, perdido como estaba en medio del gentío, no podía hacer su recaudación, y que seguramente no había encontrado suficiente indemnización en los bolsillos de sus vecinos, había tenido la ocurrencia de encaramarse a algún lugar bien visible para atraer así las miradas y las limosnas. Había trepado, pues, durante los primeros versos del prólogo, apoyándose en los pilares del estrado reservado, hasta la cornisa que bordeaba la balaustrada en su parte inferior, y allí se había sentado, demandando la atención y la piedad de la multitud con sus harapos y una horrible llaga abierta en su brazo derecho. Por lo demás, no profería una sola palabra.

El silencio que guardaba dejaba avanzar el prólogo sin obstáculos, y ningún desorden apreciable se habría producido si la mala fortuna no hubiera querido que el estudiante Joannes divisara, desde lo alto de su pilar, al mendigo y sus gesticulaciones. Una risa incontenible se apoderó del jocoso muchacho, quien, sin importarle interrumpir el espectáculo y turbar el recogimiento general, exclamó alegremente:

—¡Mirad a ese enclenque que pide limosna!

Quienquiera que haya arrojado una piedra a una charca llena de ranas o haya disparado un tiro contra una bandada de pájaros puede hacerse una idea del efecto que produjeron aquellas palabras incongruentes en medio del silencio general. Gringoire se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El prólogo quedó interrumpido y todas las cabezas se volvieron de golpe hacia el mendigo, el cual, lejos de desconcertarse, vio en ese incidente una ocasión propicia para obtener una buena cosecha y se puso a decir con expresión doliente, entornando los ojos:

—¡Una caridad, por lo que más queráis!

—¡Por mi honor! —prosiguió Joannes—. ¡Pero si es Clopin Trouillefou! ¡Hola, hola! ¡Eh, amigo!, ¿acaso te molestaba la herida en la pierna y por eso te la has pasado al brazo?

Y mientras esto decía, lanzaba con la destreza de un mono una blanca en el mugriento sombrero que el mendigo tendía con su brazo herido. El mendigo recibió sin inmutarse la limosna y el sarcasmo, y continuó en un tono lastimero:

—¡Una caridad, por lo que más queráis!

Este episodio había distraído considerablemente a la audiencia, y un buen número de espectadores, con Robin Poussepain y todos los clérigos a la cabeza, aplaudía alegremente a ese dúo extravagante que acababan de improvisar, en medio del prólogo, el estudiante con su voz chillona y el mendigo con su imperturbable salmodia.

Gringoire estaba muy disgustado. Una vez repuesto de su estupor inicial, se desgañitaba ordenando a los cuatro personajes que estaban en el escenario, sin dignarse siquiera dirigir una mirada de desdén a los dos causantes de la interrupción:

—¡Continuad! ¡Qué diablos! ¡Continuad!

En ese momento notó que alguien le tiraba del borde del sobretodo; se volvió, no de muy buen talante, y tuvo que esforzarse bastante para lograr sonreír. Había que hacerlo, sin embargo. Era el bonito brazo de Gisquette la Gencienne, quien, pasándolo a través de la balaustrada, solicitaba de este modo su atención.

—Señor —dijo la joven—, ¿van a continuar?

—¡Por supuesto! —respondió Gringoire, bastante ofendido por la pregunta.

—En tal caso, micer, ¿tendríais la amabilidad de explicarme…?

—¿Lo que van a decir? —la interrumpió Gringoire—. ¡Pues escuchad!

—No —dijo Gisquette—, lo que han dicho hasta ahora.

Gringoire, como un hombre a quien le tocan una herida en carne viva, dio un respingo.

—¡Maldita niña tontaina y obtusa! —masculló entre dientes.

A partir de ese momento, Gisquette perdió todo interés para él.

Sin embargo, los actores habían obedecido sus órdenes, y el público, al ver que se ponían de nuevo a hablar, se había puesto de nuevo a escuchar, no sin haberse perdido infinidad de perlas en la suerte de soldadura que se llevó a cabo entre las dos partes de la obra tan bruscamente cortada. Amarga reflexión que Gringoire hacía en voz baja. Con todo, la tranquilidad se había restablecido poco a poco, el estudiante callaba, el mendigo contaba unas monedas que había en su sombrero y la obra había salido a flote.

Se trataba, en realidad, de una obra muy bella, de la que nos parece que todavía hoy se podría muy bien sacar partido haciendo algunos arreglos. La exposición, un poco larga y un poco vacía, es decir, conforme a las reglas establecidas, era sencilla, y Gringoire, en el cándido santuario de su fuero interno, admiraba su claridad. Como todo el mundo imaginará, los cuatro personajes alegóricos estaban un poco cansados después de haber recorrido medio mundo sin encontrar la manera de deshacerse convenientemente de su delfín de oro. Con este pretexto, elogio del maravilloso pez con mil delicadas alusiones al joven prometido de Margarita de Flandes, a la sazón tristemente recluido en Amboise y sin sospechar en absoluto que Trabajo y Clero, Nobleza y Mercancía acababan de dar la vuelta al mundo por él. El mencionado delfín, pues, era joven, era apuesto, era fuerte y, sobre todo (¡magnífico origen de todas las virtudes reales!), era hijo del león de Francia. Declaro que esta atrevida metáfora es admirable y que la historia natural del teatro, en un día de alegoría y de epitalamio real, no se asusta en modo alguno por un delfín hijo de un león. Precisamente esas raras y pindáricas mezcolanzas son una prueba de entusiasmo. No obstante, para dar también voz a la crítica, añadiremos que el poeta podría haber desarrollado esta bella idea en menos de doscientos versos. Cierto es que, por disposición del señor preboste, el misterio debía durar desde las doce del mediodía hasta las cuatro de la tarde, y que algo hay que decir. Por lo demás, el público escuchaba pacientemente.

De pronto, en plena discusión entre la señorita Mercancía y doña Nobleza, en el momento en que maese Trabajo pronunciaba este verso mirífico:

¡Jamás vi en los bosques fiera más triunfal!

la puerta reservada del estrado, tan inoportunamente cerrada hasta entonces, se abrió más inoportunamente todavía, y la sonora voz del ujier anunció con brusquedad:

—Su eminencia el cardenal de Borbón.

3

EL CARDENAL

¡Pobre Gringoire! El estruendo de todos los dobles petardos de la noche de San Juan, la descarga de veinte arcabuces, la detonación de aquel famoso serpentín de la torre de Billy que el domingo 29 de septiembre de 1465, durante el sitio de París, mató a siete borgoñones a un tiempo o la explosión de toda la pólvora almacenada en la puerta del Temple le habrían desgarrado con menos rudeza los oídos, en aquel momento solemne y dramático, que esas pocas palabras salidas de la boca de un ujier: «Su eminencia el cardenal de Borbón».

No es que Pierre Gringoire temiese al cardenal o lo despreciara. No tenía ni la cobardía ni la audacia que ello habría requerido. Gringoire, verdadero ecléctico, como se diría hoy, era uno de esos espíritus elevados y firmes, moderados y serenos, que saben mantenerse siempre en el término medio, stare in dimidio rerum, y que están cargados de razón y de liberal filosofía sin restar importancia a los cardenales. Valiosa y jamás extinguida especie de filósofos a los que la prudencia, cual una nueva Ariadna, parece haber dado un ovillo de hilo que ellos van devanando desde los orígenes del mundo a través del laberinto de las cosas humanas. Los hay en todas las épocas, siempre iguales, es decir, siempre en consonancia con cada época. Y sin contar a nuestro Pierre Gringoire, que los representaría en el siglo XV si lográramos revestirlo de la ilustración que merece, es ciertamente su espíritu el que animaba al padre Du Breul cuando escribía en el siglo XVI estas palabras, sublimes en su candor y dignas de todos los siglos: «Soy parisiense de nación y parrhesiano de habla, puesto que parrhesia significa en griego libertad de hablar, de la cual he hecho uso incluso con los cardenales, tío y hermano de monseñor el príncipe de Conty, siempre con respeto hacia su grandeza y sin ofender a nadie de su séquito, que es mucho».

No había, pues, ni odio al cardenal ni desdén hacia su presencia en la impresión desagradable que esta le causó a Pierre Gringoire. Muy al contrario, nuestro poeta tenía demasiado sentido común y una ropilla demasiado raída para no conceder un valor especial al hecho de que las numerosas alusiones de su prólogo, y en particular la glorificación del delfín hijo del león de Francia, penetraran en unos eminentísimos oídos. Mas no es el interés lo que prima en la noble naturaleza de los poetas. Suponiendo que la entidad del poeta esté representada por el número diez, es indudable que un químico, analizándola y farmacopolizándola, como dice Rabelais, vería que se halla compuesta de una parte de interés y nueve partes de amor propio. Ahora bien, en el momento en que la puerta se había abierto para dejar paso al cardenal, las nueve partes de amor propio de Gringoire, infladas y dilatadas por el soplo de la admiración popular, se hallaban en un estado de crecimiento prodigioso, bajo el cual desaparecía como ahogada esa imperceptible molécula de interés que distinguíamos hace un instante en la constitución de los poetas; ingrediente precioso, por lo demás, lastre de realismo y de humanidad sin el cual no podrían tener los pies en la tierra. Gringoire disfrutaba sintiendo, viendo, palpando, por decirlo así, una asamblea entera —de tunantes, es cierto, ¡pero qué importaba eso!—, estupefacta, petrificada y como asfixiada ante las inconmensurables parrafadas que surgían sin cesar de todas las partes de su epitalamio. Él mismo, puedo asegurarlo, compartía la aprobación general y, contrariamente a La Fontaine, quien, en la representación de su comedia El florentino, preguntaba: «¿Quién es el patán que ha compuesto esta rapsodia?», Gringoire habría preguntado gustosamente a su vecino: «¿De quién es esta obra maestra?». Ahora puede juzgar el lector el efecto que produjo en él la brusca e intempestiva aparición del cardenal.

Lo que podía temer que ocurriera, ocurrió con creces. La entrada de su eminencia alborotó al auditorio. Todas las cabezas se volvieron hacia el estrado y a partir de ese momento no hubo manera de entenderse:

—¡El cardenal! ¡El cardenal! —repetían todas las bocas, lo que hizo que el malhadado prólogo quedara interrumpido por segunda vez.

El cardenal se detuvo un momento al borde del estrado. Mientras recorría el público con una mirada bastante indiferente, el tumulto iba en aumento. Todos querían verlo mejor. Había una verdadera lucha para ver quién conseguiría meter la cabeza entre los hombros de los de delante.

Se trataba de un personaje relevante y verlo constituía un espectáculo preferible a cualquier otra comedia. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde de Lyon, primado de las Galias, estaba emparentado a la vez con Luis XI a través de su hermano Pedro, señor de Beaujeu, que se había casado con la hija mayor del rey, y con Carlos el Temerario a través de su madre, Inés de Borgoña. Pero el rasgo dominante, el rasgo característico y distintivo del carácter del primado de las Galias era su espíritu de cortesano y su devoción al poder. Cabe imaginar los innumerables apuros que le había causado este doble parentesco y todos los escollos temporales que su barca espiritual había tenido que sortear para no estrellarse ni contra Luis ni contra Carlos, ese Caribdis y ese Escila que habían devorado al duque de Nemours y al condestable de Saint-Pol. Gracias al cielo, había llevado a cabo bastante bien la travesía y llegado a Roma sin tropiezos. Pero, aunque ya hubiera tomado puerto, o precisamente por estar en él, nunca recordaba sin inquietud las diversas vicisitudes de su vida política, alarmada y laboriosa durante largos años. Por ello acostumbraba a decir que el año 1476 había sido para él «negro y blanco», refiriéndose a que había perdido en ese mismo año a su madre, la duquesa del Borbonés, y a su primo el duque de Borgoña, y que un duelo lo había consolado del otro.

Por lo demás, era un buen hombre. Llevaba una agradable vida de cardenal, se deleitaba encantado con los vinos reales de Challuau, no odiaba a Richarde la Garmoise y a Thomasse la Saillarde, prefería dar limosna a las guapas jovencitas que a las mujeres viejas, y por todas esas razones resultaba muy simpático a la plebe de París. No se desplazaba si no era rodeado de una pequeña corte de obispos y abates de alto linaje, galantes, licenciosos y dispuestos a divertirse si lo requería la ocasión; y más de una vez las honradas beatas de Saint-Germain d’Auxerre, al pasar, caída ya la noche, bajo las ventanas iluminadas de la residencia de Borbón, se habían escandalizado al oír las mismas voces que durante el día les habían cantado las vísperas salmodiar entre un tintineo de copas el proverbio báquico de Benedicto XII, aquel papa que había añadido una tercera corona a la tiara: Bibamus papaliter.*

Esa popularidad, adquirida con toda justicia, fue sin duda lo que, al hacer su entrada, lo preservó de recibir una mala acogida por parte de la multitud, tan descontenta poco antes y muy poco dispuesta a respetar a un cardenal el mismo día en que iba a elegir a un papa. Pero los parisienses son poco rencorosos, y además, forzando las cosas para que empezara la representación, los buenos burgueses se habían impuesto al cardenal, y ese triunfo les bastaba. Por otra parte, el cardenal de Borbón era un hombre apuesto y tenía unas preciosas vestiduras de color rojo que llevaba con mucha elegancia; es decir, que contaba con el favor de todas las mujeres y, por consiguiente, de la mejor mitad de la audiencia. Ciertamente sería una injusticia y un rasgo de mal gusto abuchear a un cardenal por haberse hecho esperar, cuando es un hombre apuesto y lleva con elegancia sus vestiduras de color rojo.

Así pues, entró, saludó a la asistencia con esa sonrisa hereditaria que los grandes reservan al pueblo y se dirigió a paso lento hacia su sillón de terciopelo escarlata con cara de estar pensando en otra cosa. Su cortejo de obispos y de abates —lo que hoy llamaríamos su estado mayor— irrumpió tras él en el estrado, no sin que aumentara el tumulto y la curiosidad entre el público. Rivalizaban en señalarlos, en nombrarlos, en decir que conocían al menos a uno: este, al obispo de Marsella, Alaudet, si la memoria no me falla; aquel, al primicerio de Saint-Denis; aquel otro, a Robert de Lespinasse, abate de Saint-Germain-des-Prés, hermano libertino de una amante de Luis XI; todo ello con infinidad de errores y cacofonías. En cuanto a los estudiantes, blasfemaban. Era su día, su fiesta de los locos, su saturnal, la orgía anual de la curia y de la escuela. No había exceso que no estuviera permitido ese día y que incluso se considerase sagrado. Además, había alegres comadres entre el gentío, como Simone Quatrelivres, Agnès la Gadine y Robine Piédebou. ¿No era lo mínimo poder blasfemar tranquilamente y renegar un poco del nombre de Dios en un día tan hermoso, tan bien acompañados de eclesiásticos y de muchachas de vida alegre? No se privaban de ello, pues; y, en medio de la algarabía, lo que salía de todas aquellas lenguas desatadas, lenguas de clérigos y de estudiantes contenidas el resto del año por miedo al hierro candente de san Luis, era un espantoso guirigay de blasfemias y enormidades. ¡Pobre san Luis! ¡Cómo se mofaban de él en su propio palacio de justicia! Cada uno la había emprendido, de entre los recién llegados al estrado, con una sotana negra, o gris, o blanca, o morada. Joannes Frollo de Molendino, en su calidad de hermano de un arcediano, había arremetido audazmente contra la roja y cantaba a voz en cuello, clavando los ojos con todo descaro en el cardenal: Cappa repleta mero.*

Todos estos detalles, que describimos aquí sin ambages para edificación del lector, quedaban tan cubiertos por el bullicio general que se perdían en él antes de llegar al estrado res ...