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NO SOY TU CHOLO

Marco Avilés  

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Fragmento

Prólogo

Un amigo mexicano me preguntó de qué trata este libro. Le intrigaba el título. Íbamos en mi automóvil por la carretera 4, camino a una clínica, en Maine. Roberto es uno de los tantos granjeros inmigrantes en este sector del imperio que necesitan intérpretes para comunicarse con sus doctores. Tiene sesenta años, canas bien peinadas hacia atrás, mocasines de caballero antiguo y lleva la camisa adentro del pantalón. Parece un profesional jubilado y no alguien que pasa seis días a la semana barriendo caca de gallinas en una fábrica de huevos. El séptimo día, cuando debería descansar, va de médico en médico tratándose las secuelas físicas de ese trabajo.

El libro contiene historias sobre cómo nos tratan a los cholos en el Perú —le conté—; también sobre cómo los cholos nos tratamos entre nosotros. Roberto volvió la cabeza y me miró como si le hubiera dicho una mentira.

—Usted no es un cholo —dijo con rotundidad.

Él nació y vivió en Ciudad Juárez, ese mundo de frontera tomado por narcos y sicarios, de donde había escapado hacía una década, amenazado de muerte. Jamás ha subido a un avión. Nunca ha viajado al sur. ¿Qué sabía un mexicano como él sobre los cholos peruanos como yo? Enseguida me lo explicó. En su tierra, se llama cholos a cierto tipo de gánsteres jóvenes mal vestidos con pantalones anchos y collares llamativos.

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—No soy ese tipo de cholo —le dije

—Ah, pues, ya decía yo.

—Allá, en mi país, nos llaman cholos a los mestizos, a los que tenemos de blanco e indígena, a los que bajamos desde las montañas a la ciudad.

La carretera 4 es un pasadizo de asfalto entre gasolineras, malls y fast foods. Un peruano y un mexicano hablando de gánsteres e indígenas, en aquel paisaje, parecía el inicio de una película de Robert Rodríguez. Solo faltaba que un gringo asomase con una metralleta por la ventana de su camioneta 4×4 para acribillarnos. La realidad es más amable que la imaginación.

—Me va a disculpar —dijo Roberto cambiando de tema con la elegancia de un hombre sencillo—. Prefiero hablar de gallinas.

Pasé muchos días pensando en esa breve charla lingüística. Cholo tiene significados distintos en México y en el Perú, pero un espíritu común los hermana. Cholo es un insulto. Una herramienta para segregar. ¿Dónde nació esa palabra? ¿En qué región del continente se choleó primero? Los eruditos dicen que cholo viene del náhuatl, la antigua lengua de los aztecas. Significaba «perro, sirviente, esclavo». Los conquistadores españoles la llevaron consigo al Perú, donde les sirvió como un arma contra los vencidos. La historiadora María Rostworowski, que se consideraba una chola polaca, afirmaba que cholo vino de cholu, un término de la lengua moche que quería decir joven, muchachito. Los españoles lo recogieron al recorrer las costas del Imperio incaico y la emplearon contra sus conquistados. La siguiente teoría es un sacrilegio personal. Si la palabra existía desde mucho antes, ¿es posible que los incas hubieran choleado primero?

Cholo es un término tan antiguo como las momias y las fortalezas prehispánicas. Pero, a diferencia de las naciones extintas y sus ruinas, las palabras son seres más duraderos. Se heredan. Pasan de generación en generación y le dan forma a lo que somos. Medio milenio después de la Conquista, los peruanos de hoy hemos construido nuestro país alrededor de esa palabra. El Perú es el amor-odio entre blancos y cholos. Las palabras fruto de esta relación las decimos o nos las dicen a diario: cholo de mierda, serrano, indio, mezclado, marrón, chuncho, alpaca, sucio, color puerta. El verbo cholear es un aporte peruano al diccionario, y nos ayuda a entender quiénes somos y qué papel jugamos dentro de nuestra sociedad racista y virreinal. Si puedes cholear, tienes poder. Si te cholean, estás jodido.

¿Qué debemos hacer con esa palabra? ¿Enterrarla? ¿Ignorarla? ¿Domesticarla? ¿Quitarle el diablo que lleva dentro? Este libro no contiene respuestas definitivas, solo observaciones y testimonios personales de mi propio hartazgo. Estoy harto de cholear, de que me choleen, de los que cholean, de los que nos dejamos cholear, y de los que, teniendo poder, no hacen nada para detener esta tragicomedia. Estoy harto de los padres que cholean delante de sus hijos, de los niños que fusilan a los cholos en la escuela, de los maestros que lo permiten, de los chicos blancos que se creen más que los cholos porque los criaron diciéndoles que las cosas, en el Perú, son y seguirán siendo así. Se equivocan. Estoy harto de ver el noticiero para comprobar una vez más que los que narran y opinan y analizan el Perú son blancos, mientras que los que matan o roban o invaden o lo pierden todo son los pobres cholos de siempre. Estoy harto de las revistas de sociales y de su manera tan vulgar de cholear eliminando a los cholos de las fotografías. Estoy harto de la publicidad y de sus modelos rubios como ángeles medievales, y de que un indígena no pueda entrar a un centro comercial sin convertirse en noticia, ya sea porque le impidieron la entrada o porque se la permitieron. Estoy harto de pensar que Quispe Mamani o Lloque Chafloque jamás serán directores de aquel diario ni ministros de Economía ni esposas o esposos de Bentín García-Miró o de Aljovín Olaechea. ¿Te imaginas a un niño apellidado Graña Chuquillaqta o Chichipe Hochschild o, sin ir tan lejos, Avilés Huamanripa? Estoy harto de saber que este tabú (ese asco o miedo o sospecha o vergüenza) está en nuestros corazones. Y más harto todavía de que saberlo no solucione nada.

Tomará tiempo y mucha inteligencia vencer a este demonio del pasado. ¿Deberíamos tener una política de Estado para exorcizarnos, para encarar nuestro racismo, para enfrentar este tabú? ¿Podemos aspirar a ser un gran país cuando las mayorías somos tratadas como sirvientes por el gran delito de nuestra piel y nuestro origen? ¿Con qué estrategias esperamos encarar los dilemas del siglo XXI si seguimos siendo la misma sociedad virreinal obsesionada en separar a los blancos de los cholos? Que se ocupen de esto los políticos durante los próximos quinientos años.

Este libro tiene otra urgencia, contiene otro mensaje. Es una invitación a mirarnos en el espejo. No pierdas el tiempo ocultándote o recriminándote. Soy cholo, mestizo, mezclado. Las palabras no te hieren si aprendes a ponerlas de tu lado. Úsalas tú antes que los otros. Soy indio, quechua, serrano. Vengo de las montañas y voy de regreso a ellas. Decirlo me ha dado energía. Ahora tengo los puños en alto.

No soy tu cholo.

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