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NO QUIERO SALIR DE CASA

DANIEL TITINGER

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Fragmento

El hombre que no estaba

Lima - Trujillo - Lima.

Lima - Dakhla - Sahara - Rabat - Ica - Lima.

Lima - Costa norte del Perú - Lima.

Lima - Caracas - Puerto España - Paramaribo - Lima.

Lima - Cusco - Toqtopata - Lima.

Lima - Pacasmayo - San Pedro de Lloc - Lima.

Lima - Santiago de Chile - Vicuña - Pisco Elqui - Pisco - Lima.

Ciudades, pueblos y regiones que se mencionan antes del título de cada una de estas crónicas formando una ruta invisible, un rastro a seguir, una pista. Pero es una pista falsa. Porque son ciudades y pueblos y regiones cuya ubicación importa poco, ya que lo único que importa es lo que esa cartografía circular viene a decir: que, por más lejos que se vaya, todo empieza y termina en Lima. Que, para Daniel Titinger, autor de las crónicas reunidas en este libro, todo —por elección o por fatalidad— empieza y termina en Lima.

Si solo se atendiera a ese movimiento pendular que proponen los textos, y a la masiva carga de desplazamientos que fue necesaria para construirlos, podría pensarse que este es un libro de crónicas de viajes. Y lo es. Solo que no de viajes al mundo que está allá afuera —o no solo—, sino al intenso y extenso mundo interior de quien lo escribió.

Recibe antes que nadie historias como ésta

* * *

Once crónicas reunidas: la crónica de una bebida (peruana), la historia de una Miss Mundo (peruana), la historia de un niño predicador (peruano), la historia de un escritor maldito (peruano), la historia de un hombre (peruano) que asegura haber viajado a Ganímedes. Los temas que recorren este libro: la comida y la bebida (de Perú), los disparates y las iniquidades (cometidos por peruanos), el enfrentamiento (entre Chile y Perú), la religión, las creencias y las costumbres (de los peruanos). En apariencia, el común denominador de No quiero salir de casa (Crónicas de viaje. Y otros viajes) es Perú: un intento por entender su idiosincrasia, su singularidad, su ADN. Pero Daniel Titinger escribe sobre su país como quien ya lo ha entendido y prefiere olvidar que lo entendió. Como un apátrida. Como un hombre que está sin estar.

* * *

Lima - Pacasmayo - San Pedro de Lloc - Lima.

Lima - Santiago de Chile - Vicuña - Pisco Elqui - Pisco - Lima.

Lima - Trujillo - Lima.

Empieza en Lima. Termina en Lima.

Un movimiento en el que importan, sobre todo, los extremos: el sitio del que se parte, el sitio al que se llega: ese estado de la mente que, para Daniel Titinger, se llama Lima. (Y que es, de paso, la ciudad en la que nació, vive, escribe).

* * *

Estas no son necesariamente historias mínimas, ni marginales, ni freaks, aunque se incluyan historias mínimas y marginales y freaks —entre muchas otras—, pero todas encuentran su foco en una teoría aglutinadora, un mar de fondo que las empapa de una lógica implacable que Titinger se encarga de condensar en frases que funcionan como microensayos precisos, portadores de la fuerza de la genialidad porque están construidos con la materia prima modesta y exquisita del sentido común: «Hay niños predicadores en todo el mundo y la historia de Nezareth Casti Rey también es fascinante por ser igual a otras», escribe en La parábola del niño predicador. «Maju, Maju, Maju. Todos la adoraban. Ella lloraba. Se frotaba los ojos con los dedos. Moretones de rímel. La azucarada comprobación de que Miss Mundo siempre llora: nunca puede disimular la alegría de no ser tan humana como tú», escribe en Miss Mundo ya no es de este mundo.

Titinger parte de una foto fija —una teoría—, la clava contra una pared y, a través de un paciente trabajo de reporteo, despelleja esa foto capa tras capa hasta dejarla en los huesos. Y luego vuelve a montarla. A su manera.

Algunas de las historias abordan temas que han sido tratados una y otra vez por la prensa, pero él va más hondo de lo que nadie haya ido, ata cabos aparentemente inconexos, busca donde nadie buscó, pone su cámara donde a nadie se le hubiera ocurrido ponerla, y así transforma la noticia de unos camellos muertos en un relato detectivesco en el que hay acusaciones cruzadas y sospechas horribles acerca de lo que pudo haberlos matado (el alimento incorrecto, la desidia, un veneno, una venganza política), o convierte un viaje a un país de América del Sur, Surinam, en algo de un exotismo tan extremo como el que podría encontrarse en Irian Jaya.

Es un pescador paciente (para escribir estas crónicas no solo ha tenido que desplazarse por pueblos, ciudades y países, sino esperar meses y años hasta dar con el testimonio adecuado, el desenlace perfecto) y un observador experto de detalles que podrían parecer superfluos: un maestro del uso del material remanente, de las sobras del reporteo —diálogos casuales, gestos inadvertidos— que revelan mucho más que los datos que suelen asumirse como centrales: las «declaraciones», los «testimonios» armados para la prensa. Los diálogos que cualquier periodista con menos oído y menos ojo descartaría por intrascendentes son dispuestos por Titinger, párrafo tras párrafo, como un reguero de nitroglicerina que estalla ante la menor agitación, una carga tóxica que se derrama e infecta con mejores luces —y mejores sombras— a los hombres y mujeres que pueblan estos textos. Así, es capaz de notar —y de escribir— cómo la calidez de manual de una Miss Mundo se hace trizas cual yeso viejo ante una pregunta incómoda (y barrer de un plumazo cualquier rasgo de posible espontaneidad en la muchacha), o de capturar el momento sintomático y determinante en el que un niño predicador ríe pérfido ante la muerte de un gato atropellado por su propio padre: «Nezareth Casti Rey, que ha crecido demasiado, dejará de ser por fin y para siempre el niño predicador. Se relajará en su asiento, pondrá la Biblia a un lado y entonces se reirá solo, muerto de risa como si acabara de recordar un buen chiste.

—¿Papá?

—Dime, Nezareth.

—Matamos al gato, ¿no?».

Una ironía suave sobrevuela su escritura, pero está exenta de sarcasmo, funciona como lente de aumento y jamás empaña la mirada de un autor que parece dispuesto a dejarse el pellejo para entender la condición humana. Esa mirada feroz, y al mismo tiempo herida, es la que le permite traficar, sobre el final de un texto sobre Sixto Paz Wells, un hombre que asegura haber estado en Ganímedes, toda la pena del mundo allí donde lo previsible hubiera sido una carcajada de hiena. Ocurre así: Titinger entrevista a Rose Marie, hermana de Sixto. Ella lo recibe agonizando de un mal cáncer. Titinger escribe: «Es una tarde de junio del 2004, y Rose Marie Paz se está muriendo de cáncer. “Me queda poco tiempo”, hace un cálculo rápido desde una cama desvencijada, en una de las habitaciones de la antigua casa de Barranco. La neblina del invierno limeño es tan densa que apenas deja ver el mar desde el malecón. El de hoy es un cielo muy triste. La vida de esta hermana menor, al menos en los últimos meses, también lo es.

—Me muero, y ningún amigo de Ganímedes de Sixto puede hacer nada —dice ella con fatídico buen humor».

Más de un mes después de haberla visto, Titinger recibe un mail en el que Sixto Paz Wells le avisa que Rose Marie ha muerto. Y —acompasado, respetuoso, con un estilo que se reconocería en medio de la noche más cerrada y aún bajo la niebla— usa ese dato de la realidad, ese regalo amargo, para cerrar su crónica: «Sucedió el día anterior. Feriado. La gente normalmente escapa de Lima en los feriados. Hacía frío, y las grandes palmeras del malecón de Barranco seguro que se inclinaban en sentido del viento. Qué interesa: Rose Marie Paz solo podía ver desde su ventana la cáscara del edificio que construían al frente, que incluso le tapaba el cielo que tanto conocía. Ella contó el inicio de la insólita historia de la familia Paz, y ahora su hermano contaba el final de la suya. El hombre que dice haber viajado a Ganímedes cree que el ser humano es como un actor de teatro, y que la muerte es solo el final de la obra. Rose Marie Paz había muerto, pero él no está triste. Dice que un extraterrestre le aseguró a inicio de los años setenta que cuando nuestros cuerpos se deterioran, ellos nos facilitan otros. Está escrito». Y lo que queda reverberando en ese final no es la risa torcida y burlona que podría generar un hombre que asegura haber estado en Ganímedes, sino el gemido de alguien que nos recuerda que nada se inventó, aún, para curar la pérdida y la muerte.

* * *

«Mañana es la batalla de Tocto y puede haber un muerto», empieza la crónica titulada Una batalla en el fin del mundo.

«Pisco es un perro. Un perro peruano en el Perú: perdonen la tristeza», empieza la crónica titulada La guerra fría del Pacífico.

«Miss Mundo no puede ser normal», empieza la crónica titulada Miss Mundo ya no es de este mundo.

«Color orina y sabor a chicle», empieza la crónica titulada El imperio de la Inca.

«Surinam es un país. Es lo primero que digo cuando me preguntan qué cosa es Surinam», empieza la crónica titulada Un gol para ser holandeses.

Algunos de esos principios están grabados a fuego en el lomo multiforme de la crónica latinoamericana contemporánea y son de lo mejor que ha dado el género. Pero eso no sería un mérito si lo que siguiera a esos principios no fuera tan bueno. Titinger arranca diciendo: «Mañana es la batalla de Tocto y puede haber un muerto», pero continúa así: «Me han dicho que en 2001, en esta lucha campal al sur del Cusco, murió un combatiente, que el año pasado algunos luchadores perdieron los ojos y que hace dos años una bala perforó el corazón de un caballo color almendra. “No se usan armas de fuego —intentaron explicarme—, no sé qué pasó allí”.

—¿Te vas a la lucha de Tocto? Uy, allí se matan como animales —advierte una mujer.

Es una mañana luminosa y helada en el distrito cusqueño de Quehue, a unas siete horas de Tocto, a pie. Hay nubes obesas y lampiñas nadando en un cielo color cielo, y piedras empinadas y montañas verdes que son, o parecen ahora, pirámides deformes. La altura es perversa si vienes de un lugar con vista al mar y caminar siete horas a cuatro mil metros de altura significa sobrevivir. Pero esa incertidumbre recién será mañana; y mañana puede haber un muerto».

Escritas en una primera persona discreta —que no se impone por sobre lo que cuenta, que no es presuntuosa, que no sentencia—, estas crónicas son el triunfo de la veta Buster Keaton de Titinger que, testigo tragicómico de la gran tragicomedia humana, es un narrador de gesto ...