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MONSTER HIGH. DIARIO

Lisi Harrison  

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Fragmento

Índice Portadilla Índice Dedicatoria Prólogo Capítulo 1. Nuevos en el vecindario Capítulo 2. Coser y cantar Capítulo 3. Chico guapo Capítulo 4. Piel de menta Capítulo 5. El artista seductor Capítulo 6. Nada es lo que parece Capítulo 7. Zona libre de amigos Capítulo 8. Saltan chispas Capítulo 9. Labios explosivos Capítulo 10. Cortocircuito Capítulo 11. Los ojos en el trofeo, sobre todo con Romeo Capítulo 12. RIP Capítulo 13. Capítulo perdido Capítulo 14. Un, dos, tres, el escondite inglés Capítulo 15. Amores que asustan Capítulo 16. Beso desastroso Capítulo 17. ¿Boicot? No, gracias Capítulo 18. Temperatura máxima Capítulo 19. Tocata y fuga Capítulo 20. Pasarlo de miedo Capítulo 21. Perder la cabeza Capítulo 22. Monster High Capítulo 23. Cunde el pánico Capítulo 24. Chantaje y extorsión Capítulo 25. En estado de shock Capítulo 26. Golpe de calor Capítulo 27. Recarga a tope Notas Agradecimientos Biografía Créditos Grupo Santillana

Para Richard Abate, amigo fiel, representante
excepcional, compañero mascador de chicle e incansable generador de ideas. Millones de gracias.

F. U. P. M.

Prólogo

Las tupidas pestañas de Frankie Stein se separaron con un aleteo. Una potente luz blanquecina centelleaba ante sus ojos mientras se esforzaba por enfocar la mirada, pero los párpados le pesaban demasiado como para terminar de abrirlos. La estancia se oscureció.

—La corteza cerebral se ha cargado —anunció un hombre cuya voz profunda denotaba una mezcla de agotamiento y satisfacción.

—¿Puede oírnos? —preguntó una mujer.

—Puede oírnos, vernos, entendernos e identificar más de cuatrocientos objetos —repuso él, exultante—. Si seguimos introduciendo información en su cerebro, dentro de dos semanas tendrá la inteligencia y las aptitudes físicas de una típica quinceañera —hizo una pausa—. De acuerdo, puede que un poco más lista de lo normal. Pero tendrá quince años.

—Ay, Viktor, es el momento más feliz de mi vida —la mujer ahogó un sollozo—. Es perfecta.

—Lo sé —él también ahogó un sollozo—. La niñita perfecta de papá.

Uno detrás del otro, besaron a Frankie en la frente. Él olía a productos químicos; ella, a flores frescas. Juntos, despedían un aroma a ternura.

Frankie trató de abrir los ojos de nuevo. Esta vez, apenas pudo parpadear.

—¡Ha pestañeado! —exclamó la mujer—. ¡Intenta mirarnos! Frankie, soy Viveka, soy mamá. ¿Puedes verme?

—No, no puede —respondió Viktor.

El cuerpo de Frankie se tensó al escuchar aquellas palabras. ¿Cómo era posible que alguien diferente determinara de qué era ella capaz? Carecía de sentido.

—¿Por qué no? —preguntó su madre, al parecer por las dos.

—La batería está a punto de agotarse. Necesita una recarga.

—¡Pues recárgala!

«¡Sí, recárgame! ¡Recárgame! ¡Recárgame!».

Más que nada, Frankie deseaba contemplar aquellos cuatrocientos objetos. Quería examinar los rostros de sus padres mientras éstos los iban describiendo con sus voces amables. Deseaba cobrar vida y explorar el mundo al que acababa de nacer. Pero no podía moverse.

—No puedo recargarla hasta que los tornillos acaben de fijarse —explicó su padre.

Viveka empezó a llorar; sus débiles sollozos ya no eran de alegría.

—Tranquila, cariño —musitó Viktor—. Unas cuantas horas más y se habrá estabilizado por completo.

—No es por eso —Viveka inspiró con fuerza.

—Entonces, ¿por qué?

—Es tan hermosa, con tanto potencial y… —sollozó otra vez—. Me parte el corazón que tenga que vivir…, ya sabes…, como nosotros.

—¿Y qué tiene de malo? —replicó él. Aunque algo en su voz daba a entender que conocía la respuesta.

Viveka soltó una risita.

—Estás de broma, ¿no?

—Viv, las cosas no van a seguir así eternamente —declaró Viktor—. Los tiempos cambiarán. Ya lo verás.

—¿Cómo? ¿Quién va a cambiarlos?

—No lo sé. Alguien lo hará… por fin.

—Bueno, pues confío en que sigamos estando aquí para verlo —repuso ella con un suspiro.

—Estaremos —le aseguró Viktor—. Nosotros, los Stein, solemos vivir muchos años.

Viveka se rió con suavidad.

Frankie se moría de ganas de saber qué tenía que cambiar de aquellos «tiempos». Pero formular la pregunta resultaba impensable, ya que su batería se había agotado casi por completo. Con un

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