Loading...

MISTER

E. L. James  

0


Fragmento

1

Sexo ocasional, sin ataduras… Se pueden decir muchas cosas a su favor. Sexo sin compromiso, ni expectativas, ni decepciones; solo tengo que acordarme de sus nombres. ¿Cómo se llamaba la de la última vez? ¿Jojo? ¿Jeanne? ¿Jody? Da igual. Era un polvo anónimo, de las que gritan como locas, tanto dentro como fuera del dormitorio. Me quedo tumbado en la cama mirando el reflejo de las ondulaciones del Támesis en el techo de la habitación, sin poder dormir. Demasiado inquieto para conciliar el sueño.

La de esta noche es Caroline. No encaja en la categoría de polvos anónimos; no encajará nunca. Pero ¿se puede saber en qué narices estaba pensando? Cierro los ojos e intento acallar la vocecilla que pone en duda la sensatez de acostarme con mi mejor amiga… otra vez. Ella sigue durmiendo a mi lado, su cuerpo esbelto bañado en la luz plateada de la luna de enero, sus largas piernas enredadas en las mías, la cabeza apoyada en mi pecho.

Esto está mal, muy mal. Me froto la cara, tratando de borrar el asco que me doy a mí mismo, y ella se remueve y se despereza, despertándose. Recorre con una uña de manicura perfecta el contorno de mi vientre y de mis músculos abdominales, y luego traza un círculo sobre mi ombligo. Intuyo su sonrisa somnolienta mientras desliza los dedos hacia mi vello púbico. Le atrapo la mano y me la llevo a los labios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¿No hemos hecho ya suficiente daño por esta noche, Caro? Le beso cada dedo para mitigar el escozor de mi rechazo. Estoy cansado y desanimado por la sensación de culpa, desagradable y persistente, que se ha instalado en la boca del estómago. Es Caroline, por el amor de Dios, mi mejor amiga y la mujer de mi hermano. La exmujer de mi hermano.

No. No es su exmujer: es su viuda.

Es una palabra triste y solitaria para una condición triste y solitaria.

—Oh, Maxim, por favor. Ayúdame a olvidar… —murmura, y me deposita un beso cálido y húmedo en el pecho.

Apartándose el pelo claro de la cara, levanta la vista y me mira a través de sus largas pestañas, con el brillo del dolor y la necesidad inundándole los ojos.

Tomo su preciosa cara en mis manos y niego con la cabeza.

—No deberíamos hacerlo.

—No lo digas… —Acerca los dedos a mis labios, acallándome—. Por favor. Lo necesito.

Lanzo un gemido. Voy a ir directo al infierno.

—Por favor… —me suplica.

Mierda, ya estoy en él.

Y como yo también estoy sufriendo, porque yo también echo de menos a mi hermano, y Caroline es mi conexión con él, busco sus labios con los míos y la empujo de espaldas hacia atrás.

Cuando me despierto, un radiante sol invernal inunda de luz la habitación y tengo que entrecerrar los ojos. Me vuelvo en la cama y siento un gran alivio al ver que Caroline se ha ido, dejando tras de sí un rastro persistente de remordimiento… y una nota en mi almohada:

Cena esta noche con papá y la Puercastra?

Por favor, ven.

Ellos también están destrozados.

TQ x

Mierda.

Esto no es lo que quiero. Cierro los ojos, dando gracias por estar a solas en mi propia cama y alegrándome, pese a nuestras actividades nocturnas, de que decidiéramos volver a Londres dos días después del entierro.

¿Cómo narices hemos dejado que esto se nos fuera de las manos?

«Solo una última copa», me había dicho ella, y yo la había mirado a sus enormes ojos azules, anegados de dolor y de pena, y supe de inmediato lo que quería. Era la misma expresión que había en sus ojos la noche que nos enteramos del accidente de Kit, primero, y luego de su muerte. Una mirada a la que no pude resistirme entonces. Habíamos estado a punto de caer muchísimas veces antes, pero esa noche me resigné a dejarme llevar por el destino, y, con irremediable fatalidad, me follé a la mujer de mi hermano.

Y ahora lo habíamos vuelto a hacer, con Kit de cuerpo presente hacía tan solo dos días.

Miro al techo con gesto hosco. Sin ninguna duda, soy un ser humano patético. Aunque, bien mirado, también lo es Caroline. Al menos ella tiene una excusa: está de luto, muerta de miedo ante lo que le deparará el futuro, y yo soy su mejor amigo. ¿A quién más iba a recurrir en un momento de necesidad como este? Simplemente, me había pasado de la raya con lo de «consolar» a una desconsolada viuda.

Arrugando la frente, hago una bola con el papel de su nota y la arrojo al suelo de madera, por donde se desliza rodando hasta detenerse debajo del sofá, abarrotado con mi ropa. Las sombras acuáticas flotan encima de mi cabeza, y es como si la luz y la oscuridad se burlaran de mí. Cierro los ojos para no verlas.

Kit era un buen hombre.

Kit. Mi querido Kit. El favorito de todos… hasta de Caroline; después de todo, al final lo eligió a él. De repente, me viene a la cabeza una vívida imagen del cuerpo destrozado y deshecho de Kit, bajo la sábana del depósito de cadáveres del hospital. Respiro profundamente, tratando de ahuyentar el recuerdo, mientras se me forma un nudo en la garganta. Se merecía algo mejor que Caro y yo… el inútil de su hermano. No se merecía esta… traición.

Mierda.

¿A quién quiero engañar?

Caroline y yo somos tal para cual. Ella me hizo un favor a mí, y yo le hice un favor a ella. Técnicamente, los dos somos adultos, libres, con capacidad para practicar sexo consentido. A ella le gusta. A mí me gusta, y es lo que se me da mejor, follarme a una mujer atractiva, dispuesta y entusiasta, de madrugada. Es como mejor me lo monto, y me permite montar a alguien… Follar me mantiene en forma, y, en el calor de la pasión, aprendo todo lo que necesito saber sobre una mujer: cómo hacerla sudar y si es de las que gritan o de las que lloran cuando se corren.

Caroline es de las que lloran.

Caroline acaba de perder a su marido.

Mierda.

Y yo he perdido a mi hermano mayor, el único faro que ha guiado mi vida en los últimos años.

Mierda.

Al cerrar los ojos, veo una vez más el rostro céreo del cadáver de Kit, y su pérdida abre un vacío insondable en mi interior.

Una pérdida irreparable.

¿Por qué narices tenía que conducir su motocicleta en una noche tan desapacible, con la calzada cubierta de hielo? No logro entenderlo. Kit es —era— el sensato de la familia, el pilar más sólido al que agarrarse, la rectitud en persona. De los dos, era Kit el que confería honor a nuestro apellido, el que mantenía su reputación y el que siempre se comportaba de forma responsable. Tenía un trabajo en la City y llevaba las riendas del próspero negocio familiar, además. No tomaba decisiones precipitadas, no conducía como un loco. Él era el hermano sensato. Siempre el primero en dar la cara, sin rehuir nunca ninguna responsabilidad. No era el desastre pródigo con patas que soy yo. No, yo soy la otra cara de la moneda de Kit. Mi especialidad es ser la oveja negra de la familia. Nadie espera nunca nada de mí, yo mismo me aseguro de que así sea. Siempre.

Me incorporo en la cama, de mal humor bajo la áspera luz de la mañana. Es hora de bajar al gimnasio de la planta baja. Correr, follar y practicar esgrima, todo eso me mantiene en forma.

Con la música dance martilleándome en los oídos y el sudor resbalándome por la espalda, aspiro aire para llenarme los pulmones. El sonido rítmico de mis pasos sobre la cinta de correr me despeja la cabeza mientras me concentro en llevar mi cuerpo hasta el límite. Normalmente, cuando estoy corriendo, tengo la mente del todo centrada en mi objetivo y agradezco sentir algo al menos, aunque solo sea el dolor en los pulmones y en las piernas. Hoy no quiero sentir nada, no después de esta asquerosa semana de mierda. Lo único que quiero sentir es el dolor físico del esfuerzo y la resistencia. No el dolor de la pérdida.

Corre. Respira. Corre. Respira.

No pienses en Kit. No pienses en Caroline.

Corre. Corre. Corre.

Mientras paso a la fase de enfriamiento y la cinta va reduciendo la velocidad, cubro el último tramo de mi carrera de ocho kilómetros, dejando que mis pensamientos febriles vuelvan a apoderarse de mi mente. Por primera vez en mucho tiempo, tengo muchas cosas que hacer.

Antes de la muerte de Kit, mis días transcurrían recuperándome de los excesos de la noche anterior y planificando la juerga de la siguiente. Y eso era todo, básicamente. Esa era mi vida. No me gusta entrar en detalles sobre lo vacía que es mi existencia, pero en el fondo sé que soy un perfecto inútil. Desde que cumplí los veintiuno, disfruto de un generoso fondo fiduciario, lo que implica que no he tenido que trabajar en serio ni un solo día de mi vida. A diferencia de mi hermano mayor. Él trabajó muy duro, aunque también es cierto que no tuvo otro remedio.

Sin embargo, hoy será distinto. Soy el albacea del testamento de Kit, lo cual es una especie de broma. Elegirme a mí, precisamente a mí, fue su última broma, pero, ahora que está enterrado en el panteón familiar, hay que leer el testamento y… bueno, ejecutar sus últimas voluntades.

Y Kit murió sin dejar herederos.

Siento un escalofrío cuando la cinta se detiene. No quiero pensar en las implicaciones. No estoy preparado.

Recojo mi iPhone, me pongo una toalla alrededor del cuello y regreso corriendo a mi apartamento, en la sexta planta.

Me quito la ropa, la dejo en el dormitorio y entro en el baño integrado en la habitación. Bajo el chorro de agua de la ducha, me lavo el pelo y pienso en cómo manejar la situación con Caroline. Nos conocemos desde hace muchos años, cuando íbamos juntos a la escuela. Reconocimos el uno en el otro un alma gemela, y eso nos unió, dos adolescentes de trece años hijos de padres separados. Yo era el chico nuevo y ella me acogió bajo su ala. Nos hicimos inseparables. Es y siempre será mi primer amor, mi primer polvo… mi desastroso primer polvo. Y años después eligió a mi hermano, y no a mí. Sin embargo, a pesar de eso, conseguimos seguir siendo buenos amigos y no tener ningún contacto físico… hasta la muerte de Kit.

Mierda. Esto tiene que acabar. Ni quiero ni necesito esta clase de complicaciones. Mientras me afeito, unos ojos verdes y solemnes me fulminan con la mirada. No lo jodas todo con Caroline. Es una de las pocas amigas que tienes. Es tu mejor amiga. Habla con ella. Haz que entre en razón. Sabe que sois incompatibles. Asiento con la cabeza ante mi reflejo, más decidido todavía respecto a lo que tengo que hacer, y me limpio la espuma de la cara. Arrojo la toalla al suelo y entro en el vestidor. De allí saco mis vaqueros negros, que están enterrados en una pila en uno de los estantes, y siento alivio al ver colgada una camisa blanca bien planchada y una americana negra recién salida de la tintorería. Hoy tengo un almuerzo con los abogados de la familia. Me calzo las botas y me pongo un abrigo para protegerme del frío de la calle.

Mierda, es lunes.

Acabo de acordarme de que la señora de la limpieza, la buena de Krystyna, mi asistenta polaca, tiene que venir luego a limpiar. Saco la cartera y dejo algo de dinero en efectivo encima de la consola del vestíbulo, activo la alarma y salgo. Cierro la puerta con llave, paso de largo por delante del ascensor y tomo las escaleras.

Una vez fuera, en las calles de Chelsea Embankment, el aire es fresco y limpio, empañado únicamente por las vaharadas de mi aliento helado. Miro al otro lado del Támesis, sombrío y gris, hacia la Pagoda de la Paz de la orilla opuesta. Eso es lo que quiero, un poco de paz, pero puede que falte aún mucho para eso. Espero obtener respuestas a algunas preguntas en el almuerzo. Levanto el brazo y paro un taxi; le digo al chófer que me lleve a Mayfair.

Situado en medio del esplendor de los edificios de estilo georgiano de Brook Street, el bufete de abogados Pavel, Marmont y Hoffman se encarga de todos los asuntos legales de nuestra familia desde 1775.

—Hora de comportarse como un hombre hecho y derecho —murmuro para mis adentros mientras empujo la recargada puerta de madera.

—Buenos días, señor. —La joven recepcionista me sonríe y su piel trigueña se tiñe de rubor al sonrojarse.

Es guapa, aunque de forma discreta. En circunstancias normales, conseguiría su número al cabo de cinco minutos de conversación, pero no estoy aquí para eso.

—Tengo una cita con el señor Rajah.

—¿Y usted es?

—Maxim Trevelyan.

Examina la pantalla del ordenador, sacude la cabeza y frunce el ceño.

—Por favor, siéntese.

Señala dos sofás de cuero marrón situados en el vestíbulo de paredes revestidas de madera y me acomodo en el que me queda más cerca; abro un ejemplar de la edición de esa mañana del Financial Times. La recepcionista habla por teléfono con cierta urgencia mientras hojeo la primera plana del periódico, sin asimilar nada de lo que leo. Cuando levanto la vista, el propio Rajah viene a saludarme, atravesando las puertas dobles con la mano extendida.

Me levanto.

—Lord Trevethick, le doy mi más sentido pésame por su pérdida —dice Rajah mientras nos estrechamos la mano.

—Llámeme solo Trevethick, por favor —contesto—. Todavía tengo que acostumbrarme al título de mi hermano.

Que ahora es mi título.

—Por supuesto. —Rajah asiente con educada deferencia, cosa que me resulta irritante—. ¿Me acompaña, por favor? Vamos a almorzar en el comedor de los socios, y debo decir que disponemos de una de las bodegas más selectas de Londres.

Observo, hipnotizado, las llamas que arden en la chimenea de mi club, en Mayfair.

Conde de Trevethick.

Ese soy yo. Ahora.

Es inconcebible. Es desolador.

Cuánto envidiaba el título y la posición de mi hermano en la familia cuando era más joven… Kit había sido el favorito desde que nació, sobre todo para mi madre, pero lo cierto es que era el heredero, el primogénito, y no el segundo hijo. Conocido como el vizconde Porthtowan desde su nacimiento, Kit se había convertido en el duodécimo conde de Trevethick a la edad de veinte años, tras la repentina muerte de nuestro padre. A mis veintiocho años, yo soy el afortunado número trece, y, aunque he codiciado desde siempre el título y todo lo que conlleva, ahora que es mío tengo la sensación de estar invadiendo el terreno de mi hermano.

Anoche te follaste a su condesa. Eso es algo más que invadir su terreno.

Tomo un sorbo del Glenrothes que estoy bebiendo y levanto mi vaso.

—Por los fantasmas —murmuro el brindis tradicional escocés, y sonrío ante la ironía. El Glenrothes era el whisky favorito de mi padre y el de mi hermano, y a partir de ahora este vintage de 1992 será mío.

No sé muy bien en qué momento hice las paces con lo que había heredado mi hermano y con el propio Kit, pero sucedió en algún momento de finales de mi adolescencia. Él ostentaba el título nobiliario y se había quedado con la chica, y yo no tenía más remedio que aceptarlo. Pero ahora todo es mío. Absolutamente todo.

Hasta su mujer. Bueno, al menos anoche.

Pero lo más irónico es que Kit no le ha dejado nada a Caroline en su testamento.

Nada.

Eso era lo que ella se temía.

¿Cómo es posible que Kit fuera tan descuidado? Había redactado un nuevo testamento cuatro meses antes, pero no había dejado nada estipulado para ella. Solo llevaban casados dos años…

¿En qué estaba pensando?

Naturalmente, puede que Caroline impugne el testamento, ¿y quién podría culparla?

Me froto la cara.

¿Qué voy a hacer?

Me vibra el teléfono.

DÓNDE ESTÁS?

Es un mensaje de Caroline.

Apago el teléfono y pido otra copa. No quiero verla esta noche. Necesito perderme en otro cuerpo. En alguien nuevo. En alguien anónimo, sin consecuencias, y creo que esnifaré alguna raya también. Saco el teléfono y abro Tinder.

—Maxim, tu apartamento es increíble.

Mira hacia las aguas turbias del Támesis, que relumbra con la luz de la Pagoda de la Paz. Recojo su chaqueta y la cuelgo sobre el respaldo del sofá.

—¿Te apetece una copa o quieres algo más fuerte? —le ofrezco.

No vamos a quedarnos en la sala de estar mucho tiempo. De inmediato se pasa la melena de color negro azabache por encima del hombro. Me mira fijamente con sus ojos de color avellana, perfilados con lápiz kohl.

Humedeciéndose los labios pintados, arquea una ceja y pregunta:

—¿Algo más fuerte? —Habla con tono sugerente—. ¿Qué vas a beber tú?

Vaya… No ha captado la indirecta, así que nada de coca entonces, pero va muy por delante de mí. Me acerco a ella de manera que tiene que levantar la cabeza para mirarme. Tengo mucho cuidado de no tocarla.

—No tengo sed, Heather. —Hablo en voz baja, satisfecho de haber recordado su nombre. Ella traga saliva y separa los labios.

—Yo tampoco —susurra, y su sonrisa provocativa le ilumina los ojos.

—¿Qué quieres?

La observo mientras desplaza la mirada a mi boca. Es una invitación. Me detengo un momento, solo para asegurarme de estar interpretando sus señales correctamente, y luego me agacho y la beso. Un roce fugaz: labios contra labios, y luego nada.

—Creo que ya sabes lo que quiero.

Levanta la mano para enterrar los dedos en mi pelo y me atrae de nuevo hacia su boca cálida y dispuesta. Sabe a brandy, con un débil rastro de tabaco. El sabor me perturba un momento. No recuerdo haberla visto fumar en el club. La atraigo con más fuerza hacia mí, apoyando una mano en su cintura mientras recorro con la otra sus voluptuosas curvas. Tiene la cintura pequeña y los pechos firmes y grandes, que aprieta con provocación contra mi cuerpo. Me pregunto si sabrán tan bien como sientan al tacto. Deslizo la mano por su espalda y la beso con más fuerza, explorando su ávida boca.

—¿Qué es lo que quieres? —murmuro en sus labios.

—A ti —responde con voz entrecortada y urgente.

Está cachonda. Pero mucho. Empieza a desabrocharme la camisa. Me quedo inmóvil mientras me la desliza por los hombros y la deja caer al suelo.

¿Me la tiro aquí o en la cama? Al final, gana la comodidad y la agarro de la mano.

—Acompáñame.

Tiro de ella con suavidad y me sigue, atravesando la sala de estar y bajando por el pasillo, hacia el interior del dormitorio.

La habitación está limpia y ordenada, como suponía.

Dios bendiga a Krystyna.

Enciendo las luces de la mesilla de noche y la guío hacia la cama.

—Date la vuelta. —Heather hace lo que le digo, pero se tambalea un poco encima de sus tacones—. Con cuidado. —La sujeto por los hombros y la atraigo con fuerza hacia mí, luego le inclino la cabeza para verle los ojos. Tiene la mirada fija en mis labios, con expresión intensa, pero entonces levanta la vista. Los ojos brillantes. La mirada nítida y centrada. Está perfectamente sobria. Le beso el cuello, saboreando su piel suave y fragante con la lengua—. Creo que es hora de meternos en la cama.

Le bajo la cremallera del corto vestido rojo y se lo deslizo por los hombros, deteniéndome cuando dejo al descubierto unos pechos ocultos por un sujetador rojo. Paso el pulgar por la superficie del tejido de encaje. Ella lanza un gemido y arquea la espalda, empujando los pechos contra mis manos.

Oh, sí…

Hundo los pulgares bajo la delicada tela y le acaricio los pezones, cada vez más erectos, mientras ella palpa con las manos buscando el botón de mi bragueta.

—Tenemos toda la noche —murmuro, y la suelto antes de dar un paso atrás, de manera que su vestido se desliza por su cuerpo hasta caer deshecho en el suelo, a sus pies.

Un tanga rojo revela su culo esbelto.

—Date la vuelta. Quiero verte.

Heather se echa el pelo por encima de los hombros al volverse y me lanza una mirada abrasadora, entornando las pestañas. Tiene unos pechos absolutamente magníficos.

Sonrío. Ella sonríe.

Esto va a ser divertido.

Extiende los brazos, agarra la cintura de mis vaqueros y tira de ella con fuerza, de manera que sus maravillosas tetas vuelven a hincárseme en el pecho.

—Bésame —masculla con voz ronca, impregnada de urgencia y deseo.

Se recorre con la lengua los dientes de la mandíbula superior y mi cuerpo responde al estímulo, se me endurece la entrepierna.

—Estaré encantado de complacerla, señora.

Le sujeto la cabeza, hundiendo los dedos en su pelo sedoso, y la beso, con más ferocidad esta vez. Responde agarrándome mechones enteros de pelo mientras se funden nuestras lenguas. Se detiene y me mira con un brillo procaz en los ojos, como si me estuviera viendo por fin y le gustase lo que ve. Acto seguido, vuelve a abalanzar sus labios sobre los míos con furia.

Dios, está ansiosa de verdad…

Encuentra el botón superior de mis vaqueros con dedos ágiles y tira de él. Riéndome, la agarro de las manos y la empujo con suavidad de manera que ambos acabamos tumbados sobre la cama.

Heather. Se llama Heather y duerme profundamente a mi lado. Miro el reloj de la mesilla de noche; son las 5.15 de la mañana. Tiene un buen polvo, de eso no hay duda, pero ahora quiero que se largue. ¿Cuánto tiempo voy a tener que estar aquí oyendo el suave sonido de su respiración? A lo mejor debería haber ido a su apartamento en vez de venir aquí, así podría irme ya. Pero mi casa estaba más cerca… y los dos nos moríamos de ganas. Con la mirada fija en el techo, repaso todos los detalles de nuestra noche juntos, tratando de recordar qué es lo que sé de ella, si es que sé algo. Trabaja en televisión —o «en la tele», como ella la llama— y tiene que levantarse temprano para ir a trabajar, lo que significa que tendrá que irse pronto, ¿verdad? Vive en Putney. Está muy buena. Y dispuesta. Sí, muy dispuesta. Le gusta hacerlo de frente, no hace ruido cuando se corre y tiene mucho talento con la boca: sabe exactamente cómo revivir a un hombre exhausto. Vuelvo a empalmarme solo de recordarlo y me planteo despertarla para repetir de nuevo. Tiene la melena negra desparramada sobre la almohada y una expresión serena en el rostro mientras duerme. Hago caso omiso de la punzada de envidia que me provoca su serenidad y me pregunto, en caso de que llegara a conocerla un poco mejor, si conseguiría sentir esa misma paz yo también.

Joder, no me vengas con esas… Que se vaya de una vez.

«Tienes problemas con las relaciones de pareja.» La voz incordiante de Caroline reverbera en mi cabeza.

Caroline. Mierda.

Tres mensajes insistentes y varias llamadas perdidas de Caroline me han cabreado. Mis vaqueros están tirados de cualquier manera en el suelo. Saco mi móvil del bolsillo trasero. Miro hacia el cuerpo dormido que hay a mi lado —no, no se ha movido— y leo los mensajes de Caroline.

DÓNDE ESTÁS??

LLÁMAME!!

llora.jpg

Pero ¿qué narices le pasa?

Ya sabe lo que hay; hace mucho tiempo que me conoce. Un revolcón no va a cambiar lo que siento por ella. La quiero, claro que sí… pero a mi manera, como a una amiga, a una buena amiga.

Arrugo la frente. No la he llamado. No quiero hacerlo. No sé qué decir.

Eres un cobarde. Es el murmullo de la voz de mi conciencia. Tengo que solucionar esto. Encima de mi cabeza, los reflejos del Támesis se estremecen y cabecean, tranquilamente, con libertad. Burlándose de mí. Recordándome lo que he perdido.

Libertad.

Y lo que tengo ahora.

Responsabilidad.

Mierda.

Una oleada de culpa se apodera de mí. Es una sensación desconocida y desagradable: Kit me lo ha dejado todo a mí. Absolutamente todo. Y Caroline no ha heredado nada de nada. Es la mujer de mi hermano. Y hemos follado. Con razón me siento culpable… Y en el fondo sé que ella también se siente culpable; por eso se fue de madrugada sin despertarme, sin decirme adiós siquiera. Ojalá la mujer que tengo ahora mismo a mi lado hiciera lo mismo.

Escribo un mensaje a Caro rápidamente.

Hoy estoy ocupado. Estás bien?

Son las cinco de la mañana. Caroline estará dormida, así que voy sobre seguro. Ya lidiaré con ella luego, más tarde… o mañana.

Heather se remueve en la cama y abre los ojos con un batir de pestañas.

—Hola. —Me sonríe con timidez. Le devuelvo la sonrisa, pero entonces la suya se desvanece—. Tengo que irme —dice.

—¿Ya? —digo, lleno de esperanza—. No tienes por qué irte. —Consigo parecer sincero.

—Sí, tengo que irme ya. Tengo que trabajar, y me parece que mi vestido rojo no es lo más adecuado para la oficina. —Se incorpora y agarra el cubrecama de seda para tapar sus curvas—. Ha estado… muy bien, Maxim. Si te doy mi número, ¿me llamarás? Preferiría hablar por teléfono en vez de mandarnos mensajes por Tinder.

—Claro que sí —miento descaradamente.

Atraigo su cara hacia la mía y la beso con ternura. Sonríe con aire avergonzado. Se levanta, se envuelve el cubrecama alrededor del cuerpo y empieza a recoger su ropa del suelo.

—¿Te pido un taxi? —pregunto.

—Puedo llamar a un Uber.

—Ya lo hago yo.

—Ah, gracias. Voy a Putney.

Me da su dirección, me levanto, me pongo los vaqueros que estaban en el suelo y, cogiendo mi teléfono, salgo del dormitorio para dejarle un poco de intimidad. Es extraño cómo se comportan algunas mujeres la mañana después; son tímidas y calladas. Ya no es la sirena lujuriosa y ardiente de la noche anterior.

Pido el taxi y espero, mirando las aguas negras del Támesis. Cuando Heather aparece al fin, me da un trozo de papel.

—Ten, mi número.

—Gracias. —Lo deslizo en el bolsillo trasero de mis pantalones—. Tu coche llegará en cinco minutos.

Parece cohibida e incómoda, su timidez poscoital se ha apoderado por completo de ella. Mientras surge un silencio entre nosotros, examina la habitación, mirando a todas partes menos a mí.

—Es un piso precioso. Muy espacioso —comenta, y deduzco que nos hemos pasado a la conversación trivial para llenar el incómodo silencio. Se fija en mi guitarra y el piano—. ¿Tocas el piano? —Se acerca al piano de media cola.

—Sí.

—Por eso eres tan bueno con las manos —dice y, acto seguido, frunce el ceño, como dándose cuenta de que acaba de hablar en voz alta, y sus mejillas se tiñen de un delicioso rubor rosado.

—¿Y tú? ¿Tocas algún instrumento? —pregunto, haciendo caso omiso de su comentario.

—No… No fui más allá del segundo año de flauta. —El alivio le suaviza las facciones de la cara, probablemente porque he ignorado su comentario sobre mis manos—. ¿Y eso de ahí? —Señala mis mesas de mezclas y el iMac que hay encima de un escritorio en la esquina de la habitación.

—Soy DJ.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pincho un par de veces al mes en un club en Hoxton.

—De ahí todos los vinilos. —Mira a la pared de estantes que alberga mi colección de discos.

Asiento con la cabeza.

—¿Y las fotografías? —Señala con la mano los paisajes en blanco y negro en láminas de gran tamaño que cuelgan en la sala de estar.

—Sí, y a veces también me pongo al otro lado de la cámara.

Parece confusa.

—Como modelo. Para revistas y publicaciones ilustradas, principalmente.

—Ah, eso tiene sentido. Es evidente que tienes talento para muchas cosas. —Sonríe, sintiéndose un poco más segura de sí misma. Debería. Es una diosa.

—Aprendiz de todo… —contesto con una mueca de amargura, y su sonrisa desaparece, reemplazada por una expresión confusa.

—¿Te pasa algo? —pregunta.

¿Que si me pasa algo? ¿De qué narices está hablando?

—No. Nada. —Me vibra el teléfono: es un mensaje que anuncia que ha llegado su coche—. Te llamaré —digo mientras cojo su chaqueta y se la aguanto para ayudarla a ponérsela.

—No, no me llamarás. Pero no te preocupes. Así es Tinder. Lo he pasado bien.

—Yo también. —No pienso contradecirla.

La sigo hasta la puerta principal.

—¿Quieres que te acompañe hasta abajo?

—No, gracias. Ya soy mayorcita. Adiós, Maxim. Ha sido un placer conocerte.

—Lo mismo digo… Heather.

—Buen trabajo. —Sonríe de oreja a oreja, complacida de que haya recordado su nombre, y es imposible no devolverle la sonrisa—. Así está mejor —dice—. Espero que encuentres lo que buscas.

Estira el cuerpo y me da un beso casto en la mejilla. Se vuelve y se aleja sobre sus tacones hacia el ascensor. Arrugo la frente mientras la veo marcharse, observando el movimiento de su estupendo culo bajo el vestido rojo.

¿Espera que encuentre lo que busco? ¿Qué narices significa eso?

Tengo todo esto. Acabo de estar contigo. Mañana estaré con otra. ¿Qué más necesito?

Por alguna extraña razón, sus palabras me molestan, pero me olvido de ellas y me vuelvo a la cama, aliviado de que se haya ido. Mientras me quito los vaqueros y me deslizo entre las sábanas, sus desafiantes palabras de despedida retumban en mi cerebro.

«Espero que encuentres lo que buscas.»

¿De dónde coño ha sacado eso?

Acabo de heredar una finca impresionante en Cornualles, otra propiedad en Oxfordshire, otra en Northumberland y una pequeña parte de Londres, pero ¿a qué precio?

La cara inerte y pálida vuelve a materializarse en mi imaginación.

Mierda.

Ahora hay tanta gente que depende de mí… Mucha, demasiada gente: los arrendatarios de los campos, los trabajadores de las fincas, el personal de servicio en cuatro casas, los promotores de Mayfair…

Maldita sea.

Joder, maldito seas, Kit. Maldito seas por morirte, mierda.

Cierro los ojos para contener unas lágrimas que no llego a derramar, y con las palabras de despedida de Heather retumbando en mi cabeza me quedo dormido.

2

Alessia entierra las manos todo lo que puede en los bolsillos del viejo anorak de Michal en un vano intento por mantener los dedos calientes. Envuelta en la bufanda, avanza bajo la helada llovizna invernal hacia el edificio de apartamentos de Chelsea Embankment. Es miércoles, el segundo día que va a trabajar a ese lugar sin Krystyna, de vuelta al gigantesco apartamento del piano.

A pesar del tiempo espantoso, se siente satisfecha de haber logrado superar el viaje en un tren atestado de personas sin la ansiedad habitual que eso le genera. Está empezando a comprender que Londres es así. Hay demasiada gente, demasiado ruido y demasiado tráfico. No obstante, lo peor de todo es que nadie se dirige la palabra salvo para disculparse tras un empujón o para pedir que avance hasta el final del vagón. Todo el mundo se esconde detrás de periódicos gratuitos, escucha música a través de sus auriculares o está concentrado en el móvil o en un libro electrónico, evitando todo contacto visual.

Esa mañana, Alessia había tenido la suerte de encontrar asiento en el tren, pero la mujer que iba a su lado se había pasado gran parte del viaje hablando a gritos por el móvil mientras explicaba su cita fallida de la noche anterior. Alessia no le había prestado atención y había continuado leyendo el periódico gratuito para mejorar su inglés, pero habría preferido escuchar música por unos auriculares y no los chillidos escandalosos de esa mujer. Cuando terminó el diario, cerró los ojos y soñó despierta con montañas majestuosas salpicadas de nieve y pastos donde el aire estaba colmado de la fragancia del tomillo y del zumbido de las abejas. Añora su hogar. Añora la paz y el silencio. Añora a su madre y añora el piano.

Flexiona los dedos en los bolsillos al recordar la pieza con que calentaba; oye las notas en su cabeza, altas y claras, y las ve de un color encendido. ¿Cuánto hace que no toca? Su emoción aumenta al pensar en el piano que le espera en el apartamento.

Cruza la entrada del viejo edificio en dirección al ascensor, apenas capaz de contener su entusiasmo, y sube al último piso. Los lunes, miércoles y viernes, ese lugar maravilloso, con sus habitaciones aireadas y espaciosas, sus suelos de madera oscura y el piano de media cola, es todo suyo durante unas pocas horas. Abre la puerta con idea de apagar la alarma, pero, para su sorpresa, el tono de aviso no se dispara. Tal vez se haya estropeado o no la han conectado. O… No. Horrorizada, comprende que el dueño debe de estar en casa. Se detiene en medio del amplio recibidor, flanqueado por fotografías de paisajes en blanco y negro, y aguza el oído tratando de advertir alguna señal de vida. No oye nada.

Mirë.

No. «Bien.» Inglés. Piensa en inglés. Quien sea que viva aquí ha debido de irse a trabajar y ha olvidado conectar la alarma. No lo conoce, pero sabe que tiene un buen trabajo porque el apartamento es gigantesco. ¿Cómo si no podría permitírselo? Suspira. Puede que sea rico, pero es un verdadero cerdo. Es la tercera vez que va a ese apartamento, dos acompañada de Krystyna, y en todas las ocasiones anteriores la casa estaba hecha un desastre y tardaban horas en dejarla limpia y ordenada.

El día gris se cuela por la claraboya que hay al final del vestíbulo, así que Alessia pulsa el interruptor y la araña del techo se enciende con un estallido de luz que inunda el recibidor. Se quita la bufanda de lana y la cuelga con el anorak en el armario que hay junto a la puerta de la entrada. Después de quitarse las botas y los calcetines mojados, saca de la bolsa de plástico las viejas zapatillas de deporte que le ha dado Magda y se las pone, agradecida de que estén secas, a ver si los pies helados entran en calor. La camiseta y el jersey fino apenas hacen nada contra el frío. Se frota los brazos enérgicamente para devolverlos a la vida mientras cruza la cocina en dirección al cuarto de la colada. Con desgana, deja encima de la encimera la bolsa de la compra, saca la bata de nailon heredada de Krystyna y se la pone, aunque no es de su talla; luego se coloca un pañuelo azul claro en la cabeza para tratar de mantener bajo control su gruesa trenza. Saca la caja de los productos de limpieza de debajo del fregadero, coge la cesta de la ropa sucia de encima de la lavadora y se encamina sin más al dormitorio. Si se da prisa, tal vez acabe de limpiar el apartamento antes de hora y así tendrá el piano un ratito para ella sola.

Abre la puerta, pero se detiene en seco en el umbral de la habitación.

Está aquí.

¡El hombre!

Duerme profundamente, boca abajo, desparramado y desnudo sobre la enorme cama. Alessia lo contempla paralizada, horrorizada y fascinada a un mismo tiempo, con los pies clavados al suelo de madera. Ocupa todo lo largo de la cama, enredado en el edredón, pero desnudo… Muy desnudo. Está vuelto hacia ella, pero el pelo castaño y revuelto le tapa la cara. Tiene un brazo debajo de la almohada en la que apoya la cabeza; el otro, extendido hacia Alessia. Hombros anchos, musculosos y un tatuaje elaborado, medio oculto por la ropa de cama, le adorna los bíceps. El bronceado de la espalda se disipa allí donde las caderas desembocan en unos hoyuelos y un trasero blanco y firme.

Trasero.

¡Está desnudo!

Lakuriq!

Zot!

Las largas y musculosas piernas desaparecen debajo de un revoltijo de nórdico gris y cubrecama plateado de seda, aunque un pie asoma por el borde del colchón. Se mueve; los músculos de la espalda se ondulan; un leve pestañeo deja ver unos ojos desenfocados, aunque de un verde radiante. Alessia contiene la respiración, convencida de que se enfadará con ella por haberlo despertado. Sus miradas se cruzan, pero él cambia de postura, gira la cara hacia el otro lado, se acomoda y vuelve a dormirse. Aliviada, Alessia exhala un profundo suspiro.

Shyqyr Zotit!

Ruborizada y muerta de vergüenza, sale del dormitorio de puntillas y atraviesa el largo pasillo como una exhalación hasta el salón, donde deja la caja de los productos de limpieza en el suelo y empieza a recoger la ropa desperdigada.

¿Está aquí? ¿Cómo es posible que siga en la cama? ¿A estas horas?

Seguro que llega tarde al trabajo.

Mira el piano de reojo con la sensación de que acaban de estafarla. Por fin iba a tocarlo. El lunes le había faltado el valor, y desea hacerlo con todas sus fuerzas. ¡Habría sido la primera vez! Oye Preludio n.º 2 en do menor de Bach en su cabeza. Los dedos interpretan las notas con rabia, mientras la melodía resuena en su interior en colores rojos, amarillos y naranjas vivos, un acompañamiento perfecto para su resentimiento. La pieza alcanza el clímax y empieza a decrecer hacia un final, al tiempo que Alessia arroja a la cesta de la ropa sucia una camiseta tirada de cualquier manera.

¿Por qué tiene que estar aquí?

Sabe que la decepción que siente es irracional. Es su casa, pero centrarse en la desilusión la distrae de pensar en él. Es el primer hombre desnudo que ha visto en su vida, un hombre desnudo con ojos de un verde intenso, con ojos del color de las aguas tranquilas y profundas del Drin en un día de verano. Frunce el ceño, no desea recordar su hogar. Él la ha mirado directamente. Gracias a Dios ha vuelto a dormirse. Regresa de puntillas hasta la puerta entornada del dormitorio con la cesta de la ropa sucia bajo el brazo y se detiene frente a ella para ver si aún duerme. Oye correr el agua de la ducha.

¡Está despierto!

Se plantea irse del apartamento, pero descarta la idea. Necesita el trabajo y, si se fuese, puede que la despidiese.

Abre la puerta con cautela y presta atención al murmullo sordo que procede del cuarto de baño del dormitorio. Con el corazón desbocado, se cuela en la habitación para recoger la ropa que hay desperdigada por el suelo y luego regresa a toda prisa a la seguridad del cuarto de la colada, preguntándose por qué tiene el pulso tan acelerado.

Respira hondo, tratando de calmarse. Le ha sorprendido encontrárselo durmiendo en el apartamento. Sí. Eso es. Nada más. No tiene nada que ver con el hecho de haberlo visto desnudo. No tiene nada que ver con un rostro atractivo, una nariz recta, unos labios carnosos, esas espaldas anchas… Esos brazos musculosos. Nada. La ha pillado desprevenida. No esperaba toparse con el dueño del apartamento, y verlo así le resulta perturbador.

Sí. Es atractivo.

Todo él. El pelo, las manos, las piernas, el trasero…

Muy atractivo. Y la ha mirado directamente con esos ojos verdes tan claros.

Un recuerdo más oscuro aflora a la superficie. Un recuerdo de su hogar: unos ojos azul cielo de mirada endurecida por la rabia, mientras la ira se descargaba sobre ella.

No. ¡No pienses en él!

Entierra la cara entre las manos y se frota la frente.

No. No. No.

Huyó. Ahora está aquí. En Londres. A salvo. Jamás volverá a verlo.

Se arrodilla para meter la ropa sucia de la cesta en la lavadora, como le ha enseñado a hacerlo Krystyna. Repasa los bolsillos de los vaqueros negros y saca la calderilla y el preservativo de rigor que parece llevar en todos los pantalones. Encuentra un papelito en el bolsillo trasero con un número de teléfono y el nombre de Heather anotado al lado. Lo desliza junto con la calderilla y el preservativo en el bolsillo de la bata, mete una de las cápsulas de detergente en el tambor de la lavadora y la pone en funcionamiento.

A continuación saca la ropa de la secadora y se dispone a planchar. Ese día empezará con la plancha y permanecerá en el cuarto de la colada hasta que él se vaya.

¿Y si no se va?

¿Y por qué se esconde de él? Es su jefe. Tal vez debería presentarse. Conoce al resto de las personas para las que trabaja y ninguna le ha dado problemas, salvo la señora Kingsbury, que la persigue mientras critica su forma de limpiar. Suspira. Lo cierto es que todas son mujeres excepto él, y recela de los hombres.

—¡Adiós, Krystyna!

La inesperada despedida la sobresalta, apartándola de sus pensamientos así como del cuello de la camisa que está planchando.

La puerta del apartamento se cierra con un golpe sordo y todo queda en silencio. Se ha ido, está sola. Hunde los codos sobre la tabla de planchar, aliviada.

¿Krystyna? ¿No sabe que está sustituyéndola? Agatha, la amiga de Magda, lo organizó todo. ¿Agatha no le ha comunicado que ha habido un cambio de personal? Esa noche preguntará si el dueño del apartamento ha sido informado. Tras acabar la siguiente camisa y colgarla en una percha, va a mirar la consola de la entrada y ve que ha dejado el dinero. Eso debe de significar que no va a volver.

Su día mejora de inmediato y corre de vuelta al cuarto de la colada con ánimo renovado, coge la pila de ropa recién planchada y las camisas y se dirige al dormitorio.

El dormitorio principal es la única habitación de la casa que no está pintada de blanco; las paredes son grises, y los muebles, de madera oscura. Un enorme espejo de marco dorado cuelga sobre la cama de madera más grande que Alessia haya visto jamás. Y en la pared de enfrente hay dos fotografías de gran tamaño en blanco y negro de dos mujeres desnudas de espalda a la cámara. Alessia se da la vuelta y echa un vistazo al dormitorio.

Es un completo desastre. Se apresura a colgar las camisas en el vestidor —un armario mayor que su propio dormitorio— y coloca la ropa doblada en un estante, aunque aquello continúa siendo un caos. Lleva así desde que empezó a trabajar con Krystyna la semana anterior. Esta siempre lo pasaba por alto, pero, aunque Alessia siente la tentación de sacar toda la ropa y doblarla, es una gran tarea, y si quiere tocar luego el piano, en esos momentos no dispone de tiempo para ocuparse de eso.

Se concentra en el dormitorio; descorre las cortinas y contempla el Támesis desde los amplios ventanales que van del suelo al techo. Ha dejado de llover, pero el día sigue siendo gris. A diferencia de su hogar, la calle, el río, los árboles del parque de la otra orilla, todo está bañado de un gris apagado.

No. Ese es ahora su hogar. Hace caso omiso de la tristeza que la inunda como una marea y deja lo que ha sacado de los bolsillos en un plato de la mesilla de noche.

Lo último que le queda por hacer en esa habitación es vaciar la papelera. Intenta no mirar los preservativos usados mientras vuelca el contenido en una bolsa de basura. La primera vez le resultó impactante, y comprueba que la situación no ha cambiado. ¿Cómo puede utilizar tantos un solo hombre?

¡Puf!

Alessia avanza por el resto del apartamento limpiando, quitando el polvo y pasando el paño, pero evitando la única habitación en la que no le está permitido entrar.

Por un momento se pregunta qué habrá detrás de la puerta cerrada, pero ni siquiera hace el intento de abrirla. Krystyna le dejó muy claro que estaba prohibido entrar en esa habitación.

Cuando termina de fregar los suelos, aún le sobra media hora. Guarda la caja de los productos de limpieza en el cuarto de la colada y traslada la ropa de la lavadora a la secadora. Se quita la bata, se desanuda el pañuelo azul y se lo mete en el bolsillo trasero de los vaqueros.

Coge la bolsa de basura negra y la deja junto a la puerta del apartamento. La tirará, cuando se vaya, en los contenedores que hay dispuestos en el callejón que corre junto al edificio. Impaciente, abre la puerta del apartamento y echa un vistazo al vestíbulo. No hay señales del dueño del piso. Puede hacerlo. Le faltó valor la primera vez que estuvo limpiando allí sola. Temía que él volviese en cualquier momento, pero, dado que ese día se ha despedido al irse, decide asumir el riesgo.

Corre por el pasillo hasta el salón y se sienta al piano, donde hace una pausa para saborear el momento. Negro y reluciente, la impresionante araña que cuelga encima lo baña de luz. Los dedos de Alessia acarician el logo de la lira dorada y las palabras que lo rubrican:

STEINWAY & SONS

En el atril, hay un lápiz y la misma composición a medio terminar que lleva allí desde el primer día que Alessia fue al apartamento con Krystyna. Las notas suenan en su cabeza mientras estudia las páginas, un lamento triste, desolado y lleno de melancolía, irresuelto e inacabado en tonalidades azul y gris claro. Intenta relacionar la melodía profunda y reflexiva con el hombre desnudo, indolente aunque hermoso, que ha visto esa mañana. Puede que sea compositor. Echa un vistazo al escritorio antiguo arrinconado en uno de los extremos de la amplia sala y sepultado bajo un ordenador, un sintetizador y lo que podría ser una mesa de mezclas. Sí, todo indica que pertenecen a un compositor. Y luego está la pared de discos antiguos a los que tiene que quitar el polvo; no cabe duda de que es un ávido coleccionista de música.

Aparta esos pensamientos a un lado mientras contempla las teclas. ¿Cuánto hace que no toca? ¿Semanas? ¿Meses? Una aguda y repent ...