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MI PRIMER AMOR (LOVE ARMY 1)

Elsa M. R.  

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Fragmento

Prólogo

El primer día del nuevo curso había amanecido gris, frío y triste. «Un tiempo muy apropiado», pensó Aerin mientras corría para llegar puntual a clase. Había calculado mal el rato que tenía para arreglarse y se había pasado diez minutos delineando ligeramente sus ojos con un color marrón. Miró al cielo una última vez antes de tropezarse con los escalones de piedra de la entrada del instituto. Las nubes oscuras se agolpaban sobre ella, amenazando con descargar toda el agua que habían acumulado.

Ni siquiera saludó a los conserjes. Los ignoró completamente y echó a correr en cuanto los perdió de vista, para ahorrarse escuchar un irritante «¡No se puede correr por los pasillos!». Aerin se paró frente a un enorme tablero de corcho en el que, sujetas con chinchetas, estaban colgadas unas cuantas listas impresas en papel blanco.

Buscó con la mirada su nombre entre las casillas de las listas. Por suerte, era fácil de encontrar. Era la única Im Aerin de Seúl y, probablemente, de todo Corea. La única chica que llegaba tarde a clase por querer lucir un maquillaje perfecto y duradero; la única capaz de llevar unas llamativas zapatillas de un color chillón que no entraban dentro del código de vestimenta; la única que soñaba despierta viendo a través de la ventana cómo empezaba a chispear fuera.

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—2-B, 2-B, 2-B —canturreó en voz baja.

Subió las escaleras de dos en dos y adelantó a un chico que ni siquiera se entretuvo en mirar.

El día era demasiado frío para ser principios de septiembre. La brisa fresca se colaba por la fina chaqueta de punto del uniforme de Yoongi, y este estuvo a punto de protestar cuando una chica de melena castaña pasó a su lado levantando una corriente de aire. Odiaba el frío, y más aún cuando se encontraba en un instituto que no conocía y en el que no quería estar.

Terminó de subir las escaleras, cansado. Vio a la chica de antes, la que le había adelantado. Miraba por los ventanucos de las puertas de todas las aulas, poniéndose ligeramente de puntillas. Le llamó la atención su calzado de color rosa neón. ¿Qué clase de persona se presentaba en clase con unas zapatillas de un color tan horroroso?

Yoongi se dedicó a mirar los letreros de todas las clases: 1-A, 1-B, 1-C, 2-A... y, al final del pasillo, donde la chica se paró en seco, la 2-B. Yoongi ni siquiera se molestó en sacar las manos de los bolsillos de su chaqueta; simplemente se quedó al lado de la chica y esperó a que ella llamara a la puerta. No vio la necesidad de mover al menos tres músculos para alzar la mano, cerrar un puño y tocar con los nudillos la madera de la puerta cuando había alguien que podía hacerlo por él. Se limitó a esperar a que la chica llamara, pero ella lo miró.

—¿Qué? —preguntó, molesta.

Yoongi tampoco vio la necesidad de responder a una pregunta compuesta por una sola palabra, así que miró con insistencia la puerta, como diciendo: «Llama de una puñetera vez, llego tarde».

La chica resopló. El sonido de sus nudillos resonó por el pasillo en el que únicamente se hallaban ellos dos y acto seguido la joven abrió la puerta corredera. Inclinó el cuerpo ligeramente para disculparse y Yoongi la imitó con desgana.

—Siento llegar tarde.

La chica de pelo castaño esperó a que la mujer subida a una tarima de madera le diera permiso para acceder al aula, pero Yoongi entró sin más. Se sentó en un sitio libre que había al lado de una de las ventanas, detrás de otra chica de gafas. Oyó cómo la mujer —que supuso que sería su tutora— carraspeaba para llamar su atención. La ignoró.

—¿Eres Min Yoongi? —escuchó que decía.

Asintió sin más.

—¿Y tú? —le preguntó la profesora a ella.

—Ah, eh... Im Aerin.

—Qué nombres más curiosos. ¿Sois extranjeros? —preguntó la mujer en un intento por parecer simpática y jovial.

Aerin visualizó el único sitio libre que había, al lado de ese tal Yoongi, el chico de cabello negro y brillante que también había llegado tarde. Las pocas personas que conocía ya estaban sentadas junto a otros compañeros, así que no le quedó más remedio que acercarse algo titubeante. Después de cruzar con él una mirada contrariada, se sentó en la mesa de al lado, resignada.

Si iba a ser su compañero, lo mejor sería relajar el ambiente. Aerin era un desastre a la hora de hacer amigos, pero no se lo pensó dos veces antes de hablar con su característica ironía.

—Oye... Eres extranjero, ¿no? ¿Eres chino?

A Yoongi le gustó su sarcasmo, así que tuvo que contener una sonrisa.

—No, soy de África Central.

1

Empezaba a chispear fuera. Las hojas de los árboles todavía no habían adquirido los característicos tonos amarillentos y anaranjados del otoño, pero el frío y la brisa eran indudablemente otoñales. Miré cómo las finas gotas de agua caían del cielo encapotado. Suspiré y estiré los brazos sobre la madera fría del pupitre.

Me gustaría haberme sentado al lado de la ventana y poder ver la calle más de cerca y así poder soñar con irme de allí cuanto antes, pero el chico del pasillo se me había adelantado.

Era un chico de una altura similar a la mía, de cabello negro azabache y flequillo desigual, como si se lo hubiera cortado con unas tijeras de cocina, y tenía un aire desgarbado al mismo tiempo que misterioso. Me dio la impresión de que podía ser un tipo que ocultaba un montón de cosas, a cuál peor, pero también parecía un chico de lo más normal. Tanto que, si no hubiera llegado tarde y no me hubiera sentado a su lado seguramente habría creído que era un alumno de otro curso. El instituto era enorme, y a pesar de haber estudiado allí toda la secundaria, aún había rostros que no conocía. En definitiva, mi compañero de pupitre parecía uno más, del montón, de los corrientes. Lo único llamativo era su nombre: Yoongi. Nunca lo había oído.

Durante la primera mitad de la mañana solo había cruzado un par de palabras conmigo. Me quedó bastante claro que era un chico callado; si lo pensaba fríamente, no era tan malo. Sería un compañero de pupitre discreto y no se convertiría en una distracción. Mi único plan en el último año de bachillerato era graduarme con las mejores notas, la primera de la lista. Quizá era algo egoísta, pero allí no estábamos para ayudarnos. El poder graduarnos se había convertido en una competición desde que aquellas irritantes listas colgadas de la pared cambiaban cada semana dependiendo de los resultados... Así que estar con un chico callado iba a ser una ventaja. O al menos eso supuse.

Él había sacado su teléfono móvil durante la hora de la comida y prácticamente se había incrustado los auriculares en el oído. Poco faltaba para que acabara taladrándose el cerebro. Desconectó de todo lo que pasaba a su alrededor, se hundió en la silla, dejó el teléfono sobre la mesa y se hizo el muerto. Bueno, realmente se quedó dormido. Pero era casi lo mismo; no reaccionó a ningún ruido, ni siquiera cuando los alumnos entraron en la clase como si fueran una puñetera manada de elefantes y movieron las sillas, los pupitres..., todo. De hecho, estaba segura de que nuestros vecinos comunistas del Norte sintieron un terremoto de seis grados en la escala Richter.

Conocía a las chicas que se sentaban delante de nosotros: Park Haneul, una tipa con gafas, bajita y rechoncha, con un apellido que tenía el treinta por ciento de la población, y Park Soyoung, otra tipa con el mismo apellido y fama de ser una de las más guapas de todo el barrio. No tenía nada en contra de los apellidos comunes... Dependiendo de quién los llevara, claro.

Llevaba días rezando —y eso que nunca había sido religiosa— para no volverme a cruzar con ellas. Aunque en el instituto siempre se había intentado evitar cualquier actitud relacionada con el acoso escolar, ellas llevaban el título de acosadoras colgado en la espalda. Durante los primeros años de secundaria me hicieron la vida imposible hasta que, harta de lloriquear por todas las esquinas, decidí hacer acopio de toda mi valentía y les planté cara. Yo era más alta que ellas, así que en cuanto me enfrenté a la situación en vez de salir huyendo, fueron ellas quienes retrocedieron.

Haneul giró su cuerpo contorsionándose como si fuera un maldito búho. Estuve a punto de gritar cuando vi la cantidad de máscara de pestañas que llevaba. «¡Emergencia! ¡Que alguien me traiga un bote de desmaquillador y si hace falta un litro de ácido sulfúrico! ¡Estamos ante un maquillaje desastroso!»

Sabía que no tenía intención de hablar conmigo. Sabía perfectamente que se dirigía al chico que estaba a mi lado, a ese tal Yoongi.

La pobre Haneul no parecía haber captado la idea de que, cuando una persona se pone los auriculares y escucha música a un volumen que no es nada sano, es mejor no hablarle. Yo también me giré un poco para ver la reacción del pelinegro al tiempo que Soyoung, la otra chica, se daba la vuelta enseñando sus dientes blancos y alineados en una sonrisa igual de falsa que las Nike de su amiga.

La de gafas tamborileó con los dedos en la mesa de Min. Él no abrió los ojos hasta que la tipa se atrevió —¡¿qué clase de persona hace eso?!— a quitarle de cuajo los auriculares.

—¡Hola! —lo saludó, como si no supiera que acababa de cometer un crimen contra las personas que escuchábamos música en clase y no queríamos saber nada del resto.

Vi cómo el chico abría los ojos despacio. Su mirada, sombría, fulminó a la estúpida de Haneul. Enrolló el cable de los auriculares despacio, sin dejar de dirigirle una mirada asesina, los dejó sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué quieres?

Me sorprendía que alguien como él, delgado y enclenque, hablara con una voz tan ronca y grave. Era normal si estaba en el último año de instituto y tenía casi dieciocho años como yo. A las dos idiotas de enfrente debió de pasarles lo mismo. Se miraron entre ellas, atónitas, y se interesaron mucho más por el chico misterioso que tenían sentado en el pupitre de atrás. Yo me limité a abrir mi mochila y a sacar una bolsa de patatas fritas picantes. Me encantaban las peleas —siempre y cuando yo no estuviera involucrada—, así que no había nada mejor que comer patatas mientras presenciaba una discusión.

—Solo queríamos saludarte. ¿Eres nuevo? —preguntó Soyoung, sin borrar su sonrisa. En un intento por parecer inocente, apoyó los codos sobre mi mesa y enmarcó su rostro con las manos.

—¿Acaso me has visto por aquí otros años?

Punto para el chico de mi izquierda. Abrí la bolsa de patatas fritas y me metí la primera en la boca mientras reprimía una sonrisa.

—Ay, y... ¿conoces el instituto? Podemos enseñártelo, ¿verdad, Soyoung? —La de gafas le dio un codazo a su amiga, que asintió con convicción.

—¡Sí! En la planta de arriba, donde está la biblioteca, hay un museo.

—¿Tengo cara de que me importe?

2-0 y segunda patata frita. Si seguía así, iba a acabarme la bolsa en menos de lo que cantaba un gallo. Soyoung tomó la palabra e insistió:

—También podemos enseñarte la cafetería. ¡Y en el museo hay una cabra con dos cabezas!

—¿Para qué quiero ver una cabra con dos cabezas si ya os tengo a vosotras en clase? —soltó, alzando las cejas.

Ninguna de las dos pareció pillarlo. Se rieron, así que aproveché para dirigirme al chico.

—El sarcasmo no es lo suyo.

Esperé a que Min dijera algo o al menos que me siguiera el rollo, pero volvió a coger su teléfono móvil y me ignoró completamente. «Bien, está claro que no me va a dirigir la palabra.» Ni siquiera suspiré. Seguí comiendo patatas, alternando miradas entre el fondo de la bolsa y el reloj de pared que colgaba sobre la pizarra, esperando a que pasara el tiempo del descanso de la hora de la comida. Cuanto antes empezaran las clases, antes acabarían. Justo cuando terminé las patatas fritas, Haneul volvió a girarse, aprovechando que Min estaba distraído y con los auriculares puestos de nuevo, y se dirigió a mí.

—Qué suerte tienes... ¿Me cambias el sitio?

—¿Por qué debería cambiártelo?

—Quiero hablar con el chico nuevo.

Señalé al susodicho con la cabeza.

—Ahí lo tienes. No hace falta estar sentada a su lado para mantener una conversación con él.

—Ya, bueno, pero prefiero estar sentada a su lado.

Siempre había dado mi brazo a torcer y ellas estuvieron a punto de dislocarme el hombro; me habían manejado como habían querido durante años y me había prometido a mí misma que eso no iba a volver a ocurrir. Me encogí de hombros.

—Haber llegado más tarde.

—Vamos, Im —me dijo, haciendo un puchero y batiendo sus pestañas llenas de máscara. Parecían las patas de una tarántula con tanto grumo—. ¿Qué más te da sentarte al lado de Soyoung? ¡Os lleváis bien!

—Ya, bueno, el término «bien» es muy ambiguo.

Haneul estaba empezando a cabrearse conmigo. Nos conocíamos desde primaria; habíamos sido amigas, pero acabamos siendo simples compañeras que chocaban bastante. Siempre que hablaba con ella, se giraba indignada y se ponía a criticarme a mis espaldas, intentando dejarme por los suelos. Ya no me importaba lo que dijera de mí, sabía que eran mentiras. Además, la opinión del resto no me importaba lo más mínimo. Podrían llamarme de todo, podrían decir que era una persona malísima y hasta que me había acostado con medio instituto, pero yo seguiría viva y haciendo las cosas que me gustaban.

—Vale, vale. ¿Sabes qué? No pienso aguantarte este curso —me soltó, señalándome acusadoramente con el índice.

—Ni yo a ti.

De reojo, vi cómo Min reprimía una risilla mordiéndose el labio inferior. Algo me dijo que no estaba escuchando música, sino prestándonos atención a nosotras. No le culpé, yo también era de ese tipo de personas que se inmiscuían en las conversaciones ajenas.

—Im, no me importaría hacerte la vida imposible.

—Por si no te ha quedado suficientemente claro, me da igual lo que piensas y lo que digas de mí. No sería la primera vez que vas por ahí diciendo a los que consideras tus amigos que soy una mala zorra.

Bufó.

—Tu maquillaje es un asco.

Solté una carcajada sarcástica, sonora, que asustó a la mitad de la clase.

—¡Qué graciosa eres, Haneul! ¡Festival del humor! ¿Quieres que te cuente otro chiste? —Ella me miró expectante.

—Tu vida.

Lo dijo Min. Me giré hacia él con una sonrisa que no fui capaz de contener. Me reí. ¡Fue como si me hubiera leído el pensamiento!

—Además —continuó— deberías dejar de ver vídeos de gatitos en internet y buscar algún tutorial de maquillaje. Lo necesitas.

Haneul se dio por vencida. Y aplastada, quizá. Abrió la boca, ofendida, frunció el ceño y se dio la vuelta para comenzar a protestar por lo bajini. Era la primera vez que alguien salía en mi defensa, que alguien utilizaba el mismo sarcasmo que yo. Estaba alucinando. Lo primero que pensé fue que aquel tal Min Yoongi debía ser mi amigo, no solo mi compañero de pupitre. El único problema es que yo no tenía el don de la palabra, ni el de la oratoria, ni el de hacer amigos. Mi capacidad de relacionarme desapareció de golpe en cuanto entré en el instituto y mis pocas amigas me abandonaron por otras más guais que no se preocupaban tanto como yo por los estudios o por los grupos de idols... Así que supuse que hacerme amiga de Yoongi iba a ser complicado. Además de sarcástico, parecía frío y callado. Distante. Tuve la sensación de que no quería estar allí, y de que no le gustaban mucho las personas y las clases con casi treinta alumnos.

Estaba dispuesta a chocar los cinco con él cuando el profesor de historia apareció por la puerta. Era un hombre mayor a punto de jubilarse. Había sido mi profesor años anteriores y sabía que era un tipo estricto —de hecho, nos obligó a levantarnos y a presentarnos uno a uno— al que no le gustaba que sus alumnos hablaran entre ellos. Por eso no le dije nada a Min y guardé silencio.

—Tu turno, chico.

—Me llamo Min Yoongi. No tengo ningún antepasado chino y soy coreano —lo decía por su apellido—. Tengo diecisiete años. Mi libro preferido es el diccionario de gramática y en un futuro me gustaría ser billonario.

—Tu turno. —El hombre me señaló después para que me levantara de la silla.

Carraspeé para aclararme la garganta. Alisé la tela de mi falda y me sequé en ella el sudor frío de mis manos, me retiré un mechón de pelo de la cara y miré a toda la clase a través del cristal de mis gafas.

—Soy Im Aerin —me presenté. Teníamos que decir nuestra edad, nuestro libro preferido y qué aspirábamos a ser en un futuro—. Tengo diecisiete años, mi libro preferido es uno que ninguno de vosotros ha leído y lo único que quiero en el futuro es ser más feliz.

Me senté. No recibí ningún aplauso, pero en mi cabeza imaginé que la gente se levantaba con los brazos en alto y me vitoreaba. Siempre había tenido una imaginación vívida gracias a la cantidad de películas que había visto desde pequeña. Satisfecha con mi presentación, me acomodé en la silla de madera y dejé de prestar atención al resto.

Al bajar la mirada hacia la hoja en blanco de mi cuaderno vi un trozo de papel arrancado de algún lugar en el que, escrito rápidamente a mano, ponía:

Me caes bien.

Alcancé el lápiz de mi estuche plateado, pulsé con insistencia el botoncito para que saliera la mina y respondí:

 

¿No eras de África Central?

Deslicé la nota sobre la mesa lo más discretamente que pude, para que el ojo avizor del profesor Choi no viera el diminuto trozo de papel.

Min leyó la nota. Vi cómo sus labios rosados se curvaban en una ligera sonrisa, casi inexistente.

Solo intento pasar desapercibido. Espero que el resto no se dé cuenta de que soy negro.

2

El irritante timbre que daba por finalizada la jornada lectiva sonó un par de veces. Era un sonido metálico, irritante, muy distinto al ding-dong de mi anterior instituto. Este parecía más bien un pato ronco.

Llovía y hacía frío. Era mi primer día de clase en un instituto de una ciudad desconocida, tres veces más grande que la mía. Estaba hasta los cojones de las estúpidas que se habían sentado delante de mí y además no tenía paraguas. Traté de calmarme, tampoco era para tanto. No pasaba nada si llegaba al apartamento con una pulmonía y treinta y nueve grados de fiebre. Miré el lado bueno: así no tendría que ir a clase. Pero, si la lluvia me calaba, pasaría más frío del que ya tenía. Y odiaba el frío.

Miré hacia los lados.

El resto de los alumnos salía del instituto con sus respectivos amigos y amigas. La verdad es que no me daban envidia, a pesar de que pudiera parecerlo por cómo los miraba. Lo único que necesitaba era un paraguas, pero tenía un grave problema: no conocía a nadie allí. Y no tenía ninguna intención de acercarme a alguno de esos tipos o tipas. Parecían tan falsos... tan iguales. No sé. Tenía la sensación de que estaban allí por obligación, por querer trabajar en una jodida oficina durante el resto de su vida dado que no aspiraban a más. Resoplé. Miré hacia mi derecha.

Vi a una de las repelentes que se sentaba delante de mi pupitre. Se llamaba Park So... So-algo. Presumía de piernas torneadas y blanquecinas, de cuerpo atlético, de melena sedosa y de pestañas largas, pero no tenía demasiada personalidad. Durante toda la mañana y parte de la tarde se había limitado a reírse de todo lo que yo decía intentando sin éxito caerme bien. Lo único que conseguía era parecerme todavía más infantil y estúpida. Tenía pinta de ser una de esas tías a las que se les puede lavar el cerebro con dos palabras bonitas. Decidí acercarme a ella despacio, aprovechando que estaba ocupada abriendo su paraguas.

—Eh, hola —saludé.

¿Estaba mal aprovecharse de alguien? Sí, pero no me sentía culpable. La tal So-algo era alguien con la personalidad de una ameba y no me importaba demasiado su bienestar.

—Hola —respondió, echando su cabello negro hacia atrás con un movimiento rápido de cabeza y sonriendo como si quisiera encandilarme.

Le devolví la sonrisa.

—No he traído paraguas y...

—¡Toma, toma, toma! ¡Te dejo el mío!

Me tendió el paraguas negro con una ligera reverencia. Me sorprendí. Acepté el paraguas, algo incrédulo. Había sido relativamente fácil. De hecho, esperaba que ella me dijera algo de caminar a su lado hasta que llegara a su casa o algo así, pero simplemente me dio su paraguas como si fuera un asunto de vida o muerte. Volví a sonreír —o a intentarlo—. Seguro que So-algo creyó que le había sonreído a ella cuando en realidad solo lo hice porque conseguiría volver a casa sin mojarme.

Caminé hacia la salida, abrí el paraguas y protesté al notar el frío colarse por los agujerillos de la chaqueta de punto azul del uniforme. Enseguida oí el sonido de las gotas de agua rebotando contra el paraguas. Me lo tomé como el pistoletazo de salida para comenzar a andar hacia la verja del instituto e irme de allí cuanto antes.

No me resultó demasiado complicado recordar el camino de vuelta al apartamento, aunque, en el fondo, tenía miedo de perderme en una ciudad tan grande como aquella. Me imaginé a mí mismo dando vueltas por Seúl y acabando, de repente, en una de las playas de Busan. O, peor, en China.

Saqué los auriculares del bolsillo de mi pantalón, conecté la clavija al teléfono y deslicé el dedo por la pantalla del móvil en busca de alguna canción en concreto. Al final no me decidí por ninguna, así que puse el modo aleatorio y dejé que las canciones sonaran sin orden.

Debería haber cogido el metro. Seúl era mucho más grande que Daegu y, por tanto, las distancias eran más largas. Y además llovía.

No había muchas personas por la calle, pero sí muchos coches. Me sorprendió la cantidad de automóviles que se podían ver por las calles en un día otoñal de lluvia. Era como si estuviera lloviendo ácido y la gente se apresurase a ir de un lado a otro en coche para que las gotas no empaparan su pobre piel. ¡Viva la polución!

También me di cuenta de que los semáforos tardaban más en ponerse en verde para los peatones. Resoplé. Estaba quedándome helado y empezaba a hartarme de esperar a que los coches dejaran de circular. Estuve a punto de lanzarme a la calle a pesar del riesgo que corría de ser atropellado. Puntos buenos de sufrir un atropello: no tendría que ir a clase y estaría cómodamente tumbado en la cama de un hospital. Sonaba tan fácil como estúpido...

Vi de reojo una figura a mi lado. Más bien, vi una mancha rosa chillón a mis pies. Reconocí aquellas zapatillas casi al instante. Como para no reconocerlas. Eran terriblemente llamativas. Poco a poco, me atreví a mirar a la chica que estaba esperando a mi lado. Había venido por el otro lado de la calle, así que supuse que había tomado un camino distinto al mío. Era la chica que había llegado tarde, la sarcástica que se sentaba a mi lado. Se llamaba Aerin. Su nombre se grabó en mi cabeza nada más escucharlo de su boca; era original y... llamativo. Poco común. Era la única que tenía un apellido diferente al resto de la clase. Había, al menos, diez personas que se apellidaban Park, unos cuantos Lee, otros tantos se apellidaban Kim. Y luego estaba ella, que se llamaba Im Aerin. Ella llegaba a parecer hasta más alta que yo, llevaba unas gafas de montura redonda y solo se peinaba el flequillo. El resto de su media melena parecía la mismísima selva. También parecía ser la única que sabía maquillarse de todo el maldito curso.

Llevaba los auriculares puestos y caminaba resguardándose bajo un paraguas.

—Hola —me saludó, sin más.

—Hola —respondí.

No dijo nada más. El semáforo se puso en verde y ella me tomó la delantera. Poco más y echaba a correr. No me quedó más remedio que ir detrás de ella casi pisándole los talones. Iba en la misma dirección que yo. Volví a tener que pararme frente a un paso de peatones y volví a coincidir a su lado. Nos miramos, pero no nos dijimos nada.

Para qué negarlo. No veía la necesidad de malgastar saliva en una conversación a pesar de que ella había resultado ser la única capaz de hablar conmigo sin que me dieran ganas de pegarle un puñetazo en la boca. Dejó de mirarme cuando el semáforo cambió a verde, pero no caminó como la última vez.

—¿Vas hacia allá? —me preguntó. Señaló con desgana hacia delante. Asentí—. Ah, entonces... te acompaño.

Cruzamos el paso de peatones juntos y caminamos por el resto de la avenida, manteniendo las distancias. De todas formas, no quería que se acercara mucho a mí. Más aún cuando estornudó y estuvo a punto de lanzar el paraguas hacia el infinito.

—¡Oh, odio la lluvia! —protestó—. Será una de las primeras veces que ves llover, ¿no? En África Central no puede llover mucho.

Me reí.

—¿Todavía sigues con eso?

—Me ha hecho gracia. —Ella también rio, algo avergonzada—. Normalmente la gente no hace chistes de ese tipo y su humor no es demasiado compatible con el mío...

Alcé las cejas momentáneamente. Era bastante directa. Recordé lo que le había dicho a la otra tía de gafas en clase, eso de que no le importaba su opinión. Me dejó a cuadros. Era la primera vez que conocía a alguien así, alguien que no tenía filtros y que llevaba un calzado tan horrible. Siempre habían dicho que los coreanos teníamos dos caras, una amable y otra no tanto. La mayoría de mis compatriotas tenían fama de dar cuchilladas por la espalda, pero ella no parecía ser una de esas personas. Aerin me miró un segundo. Me di cuenta de que apenas se atrevía a mirarme. Las pocas veces que se dirigió a mí durante las clases ni siquiera me miró. También me di cuenta de que, cuando mantenía contacto visual con alguna de sus compañeras, no las miraba a los ojos. Las miraba al entrecejo o a la nariz, nunca a los ojos. Lo supe porque yo también utilizaba ese truco de vez en cuando.

—¿Qué escuchas?

—Música.

—¡Oh, gracias, señor Obvio! —exclamó, cargada de ironía—. ¡Yo también escucho música! Es una gran coincidencia, ¿no crees que deberíamos casarnos?

Hice una mueca, resoplé aparentando estar molesto y negué con la cabeza.

—Dios, no. No me gustan este tipo de relaciones, ¿no crees que vas muy rápido? ¿Dónde está mi anillo? ¿Y mis flores?

—Qué materialista. Las relaciones no deberían asentarse en el valor de las cosas que uno regala al otro, sino en el amor que se siente —soltó con una actitud completamente distinta, como si el tema le importase muchísimo—. ¿Qué simboliza un anillo? Realmente nada. No.

Observé a Aerin como si fuera un bicho raro. No era mi intención, pero siempre que miraba a alguien tenía pinta de estar cabreado. No podía evitarlo. Era mi cara de siempre. Y no tenía planeado gastarme un riñón para que me quitaran medio párpado. Ella se calló al instante, se retiró algunos mechones de pelo de la cara con un movimiento seco y brusco del cuello y mantuvo la cabeza bien alta. Chasqueé la lengua. Pensé que sabría callarse cuando veía que era necesario, pero no pareció captar que yo estaba escuchando a Jay Z y que me importaba una mierda lo que estaba diciendo. Sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta y vi cómo subía el volumen. Tenía curiosidad por saber qué tipo de música escuchaba. Aun así, no le pregunté. Por sus zapatillas rosas, su maquillaje discreto pero brillante y por sus gafas enormes y redondas, supuse que escuchaba algún grupo prefabricado de idols.

Me paré en seco antes de seguir por una pasarela elevada que cruzaba las vías del tren.

—Yo me voy por aquí —le dije.

—Vale. Hasta mañana —me contestó. Se despidió de mí con la mano y se dio la vuelta, pero se giró antes de echar a andar—. ¡Eh! —me llamó—. ¿En serio no vas a decirme qué estás escuchando? ¿Te avergüenza escuchar a Girls’ Generation o algo así...? —preguntó, juguetona.

—Pues sí. Me has descubierto.

—¿En serio...?

—Gee, gee, gee, gee, baby... —canturreé. Le di la espalda a Aerin y anduve por la pasarela elevada hasta cruzarla.

Caminar por allí era como pasar de una ciudad a otra. O como viajar a otro jodido tiempo. No era la primera vez que dejaba atrás los edificios altos de nueva construcción para adentrarme en un barrio que, literalmente, estaba anclado en el siglo pasado. Casas bajas, edificios de apartamentos casi destartalados y calles estrechísimas, todo lo contrario de aquellas enormes avenidas.

El precio de la vivienda en Seúl era sinónimo de vender tus órganos. No, aún peor. Era estar endeudado de por vida. Los ricos iban en sus cochazos mientras el resto se conformaba con ir en metro y vivir en apartamentos de veinte metros cuadrados —y hasta menos—. Obviamente yo era de los del resto.

Un chaval de diecisiete años no podía haber ahorrado mucho para alquilar un piso decente en Seúl, así que tuve que conformarme con un apartamento viejo que estaba en un edificio a punto de caerse. Tenía que subir y bajar todos los días hasta un tercer piso para llegar a lo que supuse que sería mi hogar. No echaba de menos mi casa. Aquel apartamento mugroso a medio derrumbarse era mejor que aquella casa de locos.

Nada más abrir la puerta, me quité la mochila y la lancé sin ganas a la cama. Cayó al suelo. Me quité los zapatos con un quejido y arrastré los pies. Como hice con la mochila, yo también me lancé al colchón.

En el fondo era duro estar lejos de casa, sin un puto duro e intentando cumplir tu sueño sin tener que dejar de lado las obligaciones. Era un coñazo, pero al menos el primer día de instituto no había sido tan malo. Había conocido a Aerin.

Era simpática.

3

Si había una cosa que no me gustaba de los jueves era que tenía matemáticas a primera hora de la mañana. Las matemáticas y yo nunca nos habíamos llevado bien, y menos aún si tenía que aguantar a una profesora con voz chillona hablándonos de álgebra a las ocho de la mañana de un puñetero jueves. A pesar de todo, aquel día de la semana también tenía su lado bueno. En primer lugar, que fuera jueves significaba que el fin de semana estaba a la vuelta de la esquina, lo cual quería decir que pronto podría encerrarme en mi habitación a disfrutar de algún k-drama; y, en segundo lugar, pero no menos importante, los jueves había oferta de pan de plátano en la cafetería. Y el pan de plátano era lo mejor del mundo. El pan de plátano era lo que me alentaba a seguir estudiando matemáticas —bueno, quizá no, pero casi.

Golpeé sin querer a Yoongi con el codo mientras copiaba como loca los resultados escritos en la pizarra antes de que la profesora los borrara. Me resultó extraño que nuestros codos chocaran porque ambos éramos diestros y nunca —al menos en las dos semanas que llevábamos de clase— nos habíamos molestado al escribir. Me giré hacia él con el ceño ligeramente fruncido y ahogué una risilla al ver cómo estaba desplomado en la mesa, como si no pasara nada, durmiendo como un maldito lirón. Supe que no estaba muerto al ver cómo su espalda subía y bajaba al compás de su respiración tranquila.

Me pregunté cómo podía ser tan despreocupado, justo lo contrario que yo. Yo miraba de reojo al resto de mis compañeros para ver si ellos también escribían o si yo era la única que no entendía nada, miraba por la ventana para asegurarme de que no llovía o sucedía alguna catástrofe, atendía a la profesora todo lo que mis capacidades cognitivas me permitían... Estaba pendiente de todo, de cada detalle, como si fuera necesario que yo tuviera el control total de aquella situación por muy cotidiana que fuera... y él, ahí, dormido. No le importaba lo que pensaran sus compañeros y tampoco la bronca de la profesora. En aquel momento me pareció envidiable que tuviera esa capacidad de que todo le resbalaba, pero también temí que la abominable profesora de matemáticas le gritara. No quería que mis tímpanos sufrieran más de lo que ya estaban sufriendo.

Miré hacia la profesora antes de darle un suave toquecito a Yoongi en el brazo y susurrarle:

—Oye, despierta antes de que esta loca pegue un grito y...

—¡Min! —chilló la profesora. Efectivamente, mis tímpanos se resintieron. Me encogí sobre mí misma, sorprendida.

Automáticamente, todo el mundo se volvió hacia mi compañero de pupitre. Hice una mueca. Vaya...

Yoongi no reaccionó los primeros segundos. A lo mejor no estaba acostumbrado a que le llamaran por su apellido o a que una loca matemática con el pelo revuelto le gritara para despertarle. La mujer bajó de la tarima de madera que se encontraba al frente de la clase, junto a la pizarra, y caminó con largas zancadas hasta la mesa de Yoongi. Me quedé lo más quieta posible, recta y tensa, esperando un nuevo chillido atronador que podría romper perfectamente el cristal de mis gafas.

Disimuladamente, pegué otro codazo al chico. Yoongi alzó la cabeza un poco, con cara de fastidio, pero al ver a la profesora delante de sus narices, se encogió y reprimió un bostezo. Sus ojos oscuros y pequeños brillaban por culpa del sueño, y su flequillo negro se había quedado completamente despeinado.

—¿Cree usted que puede dormir en mis clases, Min?

—Mmm... Sí —respondió con sequedad mientras se frotaba los ojos.

En mi interior, me di un golpe con la palma de la mano en la frente. «¡Estúpido!» Si había descubierto algo en las clases con aquella infernal profesora, era que estaba completamente prohibido contestarle de esa manera. Había que asentir, aparentar estar avergonzado y arrepentido, agachar la cabeza y, sobre todo, no llevarle la contraria. Pero Yoongi era nuevo y al parecer no le enseñaban aquellas cosas en la escuela en la que había estado anteriormente.

—¿Y también cree que tiene la libertad de contestarme de esa manera?

—¿Es una pregunta retórica o...? —Alzó las cejas, expectante—. Estamos en una democracia, así que soy libre. Tengo libertad y puedo hacer...

Di otro golpe a Yoongi. Aquella vez en el muslo, por debajo de la mesa. Se llevó enseguida las manos a la zona dolorida, pero no soltó ningún alarido. Me miró y yo le devolví una mirada que decía: «Cállate de una vez si no quieres quedarte en la calle, gilipollas».

Yo siempre había sido obediente, y más aún en el instituto. Nunca había movido ni un dedo cuando tenía un profesor delante por miedo a que me cayera un castigo, así que lo de Yoongi me pareció, en parte, un acto de valentía, aunque intentar ser tan revolucionario le iba a salir caro.

—Bien, señorito Min. —La profesora se inclinó hacia delante—. Le pasaré esta actitud chulesca por alto si me hace un trabajito extra. Pásese por la sala de profesores esta tarde, sin falta.

Yoongi asintió sin mucha convicción. Escuché algunos cuchicheos sobre él, pero no capté nada importante. Alguna risilla, nada más. Ambos, tanto el pelinegro como yo, guardamos silencio lo que quedaba de clase. Empujé la montura jaspeada de mis gafas con el nudillo del índice hacia atrás y me dispuse a copiar los nuevos ejercicios de la pizarra. Necesitaba una buena nota, y para ello tenía que aplicarme. Me quedé observando las x e y escritas en la pizarra con el lápiz en la mano, absorta, perdida.

Al bajar la mirada a mi cuaderno, vi algo escrito en la esquina inferior derecha de la hoja en blanco.

Yoongi resultó ser un chico poco hablador, pero tenía sus propios recursos. Para evitar tener que articular palabra, escribía en la mesa o algún papel. También era un método infalible para que los cotillas no se enteraran de qué hablábamos. Vivíamos cerca y teníamos que compartir pupitre durante casi medio día, así que decidí volver a casa con él y hacerme su amiga. La cuestión es que me estaba costando bastante porque, además de ser nefasta socializando, Haneul y Soyoung —conocidas también como Zorra Uno y Zorra Dos, respectivamente— intentaban acercarse a Yoongi y llevárselo a cualquier lado. Más bien arrastrarle. El chico nuevo y misterioso no encajaba con los amigos de esas dos, pero aun así iba con ellas. Supuse que no debía molestarme, ¿no? Yoongi podía ir con quien quisiera.

¿A qué clase de «trabajito» se refiere?, había escrito.

Querrá que le quites las telarañas, respondí, deslizando el cuaderno hacia él.

Quiero decir, las de la sala de profesores. Ahí hay todo tipo de bichos. Desde arañas hasta profesores babosos de filosofía, añadí rápidamente.

Puaj, escribió Yoongi, con cara de asco.

Creí que se refería a las telarañas hasta que leí:

Odio a los profesores de filosofía. Me dan repelús.

Oculté como pude una risilla; me tapé la boca con la mano y fingí que no había leído nada cuando la profesora me llamó por mi nombre y apellidos.

—Im Aerin, salga a la pizarra. Veamos si sus fallos son igual de graciosos que el chiste que le ha contado Min, ¿eh?

Resoplé resignada, cogí el libro de matemáticas, lo doblé para poder sujetarlo mejor y me levanté. Odiaba salir a la pizarra, pero no me quedaba otro remedio que hacer los ejercicios bajo la mirada de los estúpidos que se hacían llamar «compañeros de clase» —a excepción de Yoongi; él, de momento, se salvaba del calificativo—. Tenía la esperanza de que no fuera como el resto. Tuve la sensación, desde un primer momento, de que ese chico tenía un aura distinta además de un acento que, definitivamente, no era de Seúl. Sonaba al acento del sudeste, pero había miles de ciudades y pueblos ahí. Tendría que preguntarle.

Solo di un par de pasos cuando me dirigía a la pizarra. Al tercero tropecé con algo y tiré de una forma ridícula y estrepitosa el libro al suelo para evitar caerme. Suspiré aliviada. Al menos no me había dado de bruces contra el suelo, uno de mis grandes miedos. Cada vez que tenía que salir a la pizarra o hacer cualquier cosa que conllevara estar delante de mis compañeros, me ponía nerviosa. Me sentía expuesta a sus miradas envenenadas.

Me volví rápidamente para ver con qué había tropezado y vi cómo Haneul, escondiendo una risita tras sus manos pequeñas y rechonchas, retiraba el pie del pasillo que había entre las mesas.

No tuve las agallas para decirle algo. Recogí el libro del suelo, acuclillándome para no enseñar los pantalones de deporte que siempre llevaba bajo la falda del uniforme, y miré con rabia a Haneul.

—Uy, te has tropezado. Menos mal que no te has caído al suelo...

Le dediqué una sonrisa falsa.

4

El instituto a la hora del recreo de los jueves era un jodido caos. No me gustaba que hubiera tanta gente a mi alrededor, y mucho menos si estaban pelándose por conseguir un bollito con sabor a plátano que estaba a mitad de precio porque iba a caducar en breve. Mi compañera de pupitre fue la primera en irse nada más oír el timbre que anunciaba el descanso. Salió corriendo hacia el pasillo.

Haneul, la repelente con gafas que se sentaba delante de mí en todas las malditas asignaturas, se tomó la libertad de colocarse a mi lado y de hablarme cuando tenía los auriculares y la música a tope para amortiguar los chillidos y el ruido de la gente. Ella sonreía y hablaba y hablaba, sin pausas. ¿No se ahogaba? Resoplé. Me quité un único auricular.

—Oye, no te estoy escuchando ni tengo la más mínima intención de hacerlo —le dije antes de colocar nuevamente el auricular en mi oreja.

Ella hizo un puchero, intentando parecer mona cuando en realidad debía de estar cabreadísima. Haneul me caía mucho peor que su amiga So-algo. Al menos ella no insistía demasiado en arrastrarme a todos los sitios. Ya había planeado la muerte de Haneul tres veces en lo que llevábamos de curso. Y solo habían pasado quince días.

Con todo el desparpajo del mundo, Haneul retiró las cosas de Aerin de su mesa, apartándolas con sus manos rechonchas, y dejó que algunos lapiceros y bolígrafos cayeran al suelo. Puso encima su libro de matemáticas y me dio un golpecito en el brazo para que le hiciera caso. Estaba desesperadísima por captar mi atención... ¿Qué tenía yo de especial? ¿Que era el jodido nuevo? Desvié la vista, miré por la ventana y subí todavía más el volumen de mi música. Iba a quedarme sordo, pero eso tenía un punto a su favor: no iba a tener que aguantar los monólogos de Haneul ni las broncas de los profesores nunca más.

Me quitó el auricular más cercano a ella.

—Joder, ¿ni siquiera pillas las directas? —bufé. Le arrebaté los cascos de las manos, cabreado. La tipa se creía la reina y señora de la clase. Se sentaba en las mesas de los demás, pisaba las cosas del resto si llegaban a caerse al suelo, se aprovechaba de la gente y copiaba sus deberes... En resumidas cuentas, era una maleducada. No tenía una palabra mejor con la que calificarla.

—Solo quiero que me ayudes con los deberes de mates... Se te dan bien, ¿no?

Tuve un debate interno por unas milésimas de segundo. Caer bien o quedar como un jodido borde. Encajar con el resto y ser uno de ellos o no hacerlo.

—¿Y qué? No pienso dejarte algo que me ha costado media vida. Aprende a hacerlos tú solita.

—Ay, venga ya. ¡Qué borde!

Ignoré sus súplicas. Ni siquiera la miré, pero sabía que se estaba cabreando conmigo. Me daba igual. Por mí como si explotaba del cabreo.

Vi de reojo cómo Aerin volvía dando brinquitos al aula. Llevaba entre el brazo y el torso, como si fueran bebés, unos cuantos paquetes de plástico transparente con panecillos dentro. Con la otra mano su ...