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MADRUGADA

Gustavo Rodríguez

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Fragmento

Trinidad Ríos se había preparado todo el día para hacer esa llamada, pero su pulgar se mantenía quieto, como un soldado gordo que teme salir de su trinchera.

Por la ventana, el cielo de Lima ya mostraba su noche de invierno. Era la misma penumbra pálida con la que Trinidad se había levantado doce horas antes, con el número tenaz en la cabeza; la opacidad de una ciudad bajo nubes que jamás se precipitan, donde a quinientos metros la luz explota en una película de Disney mientras en el suelo se desarrolla una película escandinava. En ese momento preciso, arrullada por la refrigeradora de su cocina, Trinidad se debatía en la intersección misma del claroscuro, y era adivinarse en ese punto medio lo que la tenía estática: el nudo entre la esperanza que tira de la soga por su lado y el miedo que tira del otro.

Encontrar el número en internet le había sido fácil, tan sencillo como encontrar consonantes en esta misma frase. Lo que por el contrario seguía siendo una tarea titánica era ordenar sus emociones ante el diagnóstico de los médicos. Una sola palabra en los análisis había bastado para ocasionar el derrumbe de un descomunal circuito de fichas en su interior, pero de esto será mejor hablar más adelante. Por ahora, habrá que conformarse con la imagen de su mano quieta y esos dígitos en la pantalla. Un teléfono chino, nueve números arábigos y piel peruana. ¿A qué le temía Trinidad Ríos?

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Al rechazo, por supuesto.

Se dice que el primer deseo de una persona es ser deseada y, probablemente, esta mujer que había nacido en la selva y que ahora se manejaba a sus anchas en Lima había presentido, en sus primeros años, que su existencia no había sido una feliz programación. Pero nos estamos alejando del teléfono y, además, ¿por qué tendría que ser esta una historia con pretensiones?

Que prosiga la acción, entonces.

O la inacción, en este caso.

El foco ahorrador de la cocina, con la ayuda del resplandor de la pantalla, hacía perfectamente visible para Trinidad la cicatriz de su mano. Recordaba muy bien, por lo nefasta, la madrugada en que se había hecho esa herida. Vivía entonces en Madre de Dios —¿quince?, ¿dieciséis años atrás?— y la tempestad amazónica la había despertado en su colchón de paja. Por el mosquitero del ventanuco vio el resplandor de un relámpago, como si todas las luciérnagas de la selva se hubieran unido para formarlo y, cuando le echó una mirada a la cama de su madre, la vio vacía. Se preguntó qué hora sería, pero los intervalos entre los relámpagos mostraban un cielo encapotado y era difícil hacer el cálculo. Sin embargo, Trinidad siempre había sido lista y quizá más a esa edad: aguzó el oído para tratar de escuchar algún pájaro madrugador y no demoró en captar el canto de un ayaymamá que provenía del bosque. El sonido lastimero le puso los pelos de punta y, el presagio, los pies en la calle. El pueblo —si se le podía llamar así a ese entrevero logístico alrededor de unas pequeñas operaciones mineras— estaba a oscuras, porque los generadores de electricidad solían apagarse antes de la medianoche. Solo los prostibares con afluencia, como aquel donde trabajaba su madre, solían mantenerlos encendidos un rato más. Trinidad caminó guiándose por el asfalto de la carretera, esa hebra larga que por entonces había que defender de la selva a machetazos. En su cabeza bullían las posibles explicaciones a la tardanza de su madre y solo se concentraba en las más amables. Se imaginó, por ejemplo, que el cumpleaños de algún minero había llevado a mucha más gente que de costumbre al local y hasta fabuló en su cabeza el diálogo que iba a tener.

—¿Qué haces aquí?

—En un rato va a ser hora de caminar al colegio, y como no llegabas…

Cuando llegó a El Suri, la cabaña también estaba absorbida por la penumbra. La tempestad ya se había mudado al este, pero ella igual la sintió en el pecho.

Tocó la puerta una, dos, tres veces. Su mente estaba electrificada como la atmósfera y en su caudal de pensamientos llegó a surgir, quizá como ejercicio de evasión, un curioso diálogo entre esa madera y sus nudillos, un intercambio de quejas y disculpas por la violencia de aquel llamado. De pronto, le pareció oír pasos. Lo eran, en efecto, porque al cabo se asomó el guardián del prostibar. Era un mestizo enjuto, de pelo trinchudo y ojos achinados. Llevaba una lámpara de kerosene que acentuaba sus pómulos y hundía sus órbitas, extrayéndole la calavera.

—Vengo a ver a mi mamá —cantó ella, con el acento de esas tierras.

—¿Tu mamá? —arrastraba el hombre las palabras, apestando a guarapo—. Ya se habrá ido, ¿no?

Su dentadura estaba picada, como un crucigrama incompleto.

—¿Puedo ver? —retrucó Trinidad, desconfiando de su borrachera.

El guardián accedió de mala gana y Trinidad entró, olvidando las precauciones que debía tener al estar a solas con un hombre en un lupanar.

—Pásame tu lámpara— le dijo la chiquilla.

La luz iluminó sus pies sobre el piso de tierra. Tuvo que esquivar botellas de cerveza y alguno que otro vaso roto entre las sillas toscas. Un olor a fermento y a lejía se empozaba hasta en los vidrios vacíos y era posible que los murciélagos todavía escucharan los ecos de la cumbia que había rebotado en las paredes.

La primera idea que tuvo Trinidad fue avanzar hasta los cuartuchos dispuestos detrás del salón, para ver si allí dormía su madre. Pero no fue necesario.

—¿Qué pasa? —se alarmó el guardián al oír su grito.

La lámpara se lo explicó todo.

En el suelo, junto al mesón alto que fungía de barra, el guardia vio tumbado el cuerpo de Carolina, la fichadora, es decir, la encargada de servir los tragos y de vigilar que las putas multiplicaran los pedidos. Una hembra tan rica como inalcanzable para un estropajo como él.

—¿Estás segura de que no respira? —le dijo a la chiquilla.

Trinidad la cacheteaba, le golpeaba el pecho, le soplaba aire en la boca, como alguna vez le habían enseñado en su escuelita alejada, pero no la reanimaba.

—¡¿Tú no viste nada?! —chilló Trinidad, en lágrimas.

El borracho sacudió la cabeza, debatiéndose entre el dolor que notaba en la chiquilla y una idea que le acababa de endurecer los testículos.

Luego se sentó en el suelo, junto al cuerpo.

—Busca ayuda, que yo la cuido —susurró el guardián, mientras le daba al cadáver una palmadita en la cadera.

—¡No la toques! —le espetó ella.

—No le voy a hacer daño, solo voy a ser cariñoso —confesó, con una mueca que pretendía ser divertida.

La chiquilla no le respondió con palabras.

Se le abalanzó como un otorongo rabioso y el borracho, sorprendido, solo atinó a levantar las piernas para rechazarla. Trinidad salió despedida de espaldas y su mano derecha aterrizó en un vaso roto.

—¡Concha tu madre!

—Tú eliges… —balbuceó rencoroso el guardián, poniéndose de pie— o tú vivita, o tu mamá muertita…

La chiquilla tuvo entonces la epifanía más clara que la había visitado hasta entonces: la única persona capaz de defenderla en ese pueblo de mierda ya no existía.

—¡Púdrete, hijo de puta! —gritó, antes de salir a la carretera.

Su mano sangró esa noche, pero no tanto como lloraron sus ojos. Y hoy, tantos años después, la carne estaba bien zurcida, pero no su entereza.

Miraba y miraba el teléfono, preguntándose si debía apretar el botón.

Hasta que, por fin, lo hizo.

Mientras era anunciado a grandes ecos, Danny de los Ríos había observado a un gordo en guayabera celeste que comía arroz con pollo y lo designó como su objetivo personal. El gordo además era calvo, aunque lo trataba de compensar con unos rulos grasientos que le caían por los costados, y se llevaba el tenedor a la boca con la parsimonia bovina de los viejos borrachos. Su pecho ya mostraba algunos granos de arroz enredados entre los vellos como consecuencia de su mala puntería. Antes de empuñar el micrófono, Danny de los Ríos le dedicó otra ojeada y comprobó que esa montaña acodada en la mesa sería una presa difícil. Aquello, sin embargo, lo entusiasmó.

De eso dio fe su veterano corazón, que empezó a bombear sangre como si lo activaran cien remeros vikingos.

Antes de lanzar su rugido, Danny de los Ríos carraspeó un poco. Un poquito.

—¡Larga vida al rocanrooooll… roooll… rooll!

Su voz rebotó entre las paredes y las calaminas oscurecidas del restaurante campestre y caló en las tres parejas sudorosas que aún seguían en la pista luego de haber bailado con frenesí El baile del perrito de Wilfrido Vargas.

Danny no se amilanó y levantó el puño derecho. Tal era la señal para que el encargado soltara la pista de sonido. De esta forma se desataron el bombo, las tarolas y el saxofón, y nuestro cantante dejó salir el inglés que había memorizado fonéticamente para que Who can it be now? de Men at Work reviviera en la atmósfera de Lima, esa metrópoli pujante donde las canciones del siglo veinte tienen mejor suerte que las casas de aquel siglo.

La garganta de Danny lijaba de algún modo la versión que los australianos habían hecho famosa y el satén resultante hizo que un par de secretarias, una más pintarrajeada que la otra, se le quedaran mirando. El cantante no les sonrió. No todavía. Media docena de empleados se sumaron a la pista de baile y recordaron, embrutecidos por el alcohol, esos pasos aprendidos en fiestas quinceañeras largamente idas mientras que algunos jóvenes, amantes del reggaetón, los miraban con sorna.

Danny de los Ríos se dio cuenta y supo alentar a los mayores: lanzó unos «Yeah!» fuera de libreto y se puso a imitar el baile del más canoso —el jefe de Contabilidad—, lo cual fomentó el aplauso de algunas mesas.

El gordo calvo en guayabera celeste, en tanto, seguía derramando arroces como si la mesa fuera una novia.

El solo de saxo de Men at Work se vio desplazado por otro soplido de la misma década: Walking on sunshine de Katrina and The Waves, y esos vientos frenéticos aceleraron la máquina. Danny de los Ríos empezó a dar saltos en el sitio y palmadas sobre su cabeza. Otra tanda de bocas sonrió, un trío de compañeras de Administración salieron a bailar sin esperar pareja y el barman del mostrador empezó a servir los chilcanos bamboleando la cabeza.

Mientras cantaba con la voz tersa, el corazón de Danny se acercaba a su cúspide aeróbica, pero su organismo lo manejaba bien. No en vano ejercitaba cada día las lejanas enseñanzas de Margarita Correa, la carnosa soprano de provincia que, envuelta en túnicas blancas, le recomendara los ejercicios para que su diafragma se volviera el de un titán olímpico, lo que le permitía agitarse y cantar sin perder coloratura.

Por supuesto, a ella también se la había cepillado.

Ahora Danny compartía miradas con sus compañeros y ellos correspondían, contagiados por su energía. La corista y voz femenina principal hacía un coqueto giro con la pandereta mientras que el percusionista, baquetas en mano, asumía que era su batería y no otra la que amplificaban los parlantes. El tecladista era más cauto con su entusiasmo, pero no era por mala gente, sino por tímido. Este día cumplía su centésimo escenario con el gran Danny de los Ríos, leyenda viva del norte y del oriente peruanos, y hasta hoy se decía que prefería morir como pianista arrinconado antes que salir en público con esas botas con flequillos y esa capa plagada de lentejuelas que a Danny le servía para camuflar el abdomen.

Al menos, solo por un momento, el corazón del tecladista se igualó con el de Danny de los Ríos: en cuatro segundos la batería marcaría el cambio de canción. En tres. En dos. Danny pensó si debía hacerlo ahora. No, mejor no. Aguzó entonces la mirada para fijarse en quién reconocería primero la canción: fue una joven de vestido floreado que lanzó un gritito y a la que le dedicó la sonrisa más franca de esa noche. Danny, decidido, cogió el micrófono desde su cable y empezó a girarlo como las aspas de un helicóptero mientras que una masa ya compacta emitía un rumor parecido a la alegría.

Es que nadie que se considere cuerdo puede sustraerse a Footloose de Kenny Loggins después de un par de tragos.

En ese instante, una veintena de varones eran Kevin Bacon y casi todas las chicas daban unos pasos ochenteros azuzados por la voz del cantante. Y fue inmediatamente después de cantar a su manera «I’ll tear up this toooown!!!» cuando Danny se dijo ¡ahora! y liberó su melena teñida de rubio, regalándole al público cinco segundos de locura capilar. La cantidad de pelos ya no era la misma, pero los resultados fueron fabulosamente parecidos a los de sus primeros años. Nunca fallaba. Para cuando Danny estalló con el coro —Nao gordacat luz, futluz, kid of de sandey shus— ya los borrachos deliraban y hasta las chicas sobrias desatendían a sus parejas para contemplar el despliegue salvaje del cantante y esos ojos enloquecidos que flotaban en aquel rostro pálido de barbilla hendida, pues la distancia que hay entre la burla y la admiración es la misma que media entre la locura y el genio.

El segmento de canciones viejas duró veinte minutos y fue cerrado con una lluvia de papelitos que tenían el logotipo de la empresa que los congregaba. Mientras Danny de los Ríos levantaba el puño, la D de su sortija lanzó un destello que alumbró su grito:

—¡¡Graciaaaas City Expreeeessss… preeessss… preesss!!

Ahora solo restaba apurarse. El grupo tenía que cruzar media Lima para llegar a tiempo a un casino en San Miguel. Por fortuna, esa noche la selección peruana de fútbol jugaba un partido clasificatorio y las calles estarían menos densas.

Cuando los parlantes se pusieron a emitir música grabada, Danny aún sentía los voltios de su adrenalina. Gastó una parte de ella al tomarse fotos con algunos oficinistas que se acercaban ávidos de un souvenir, de unos gramos de su energía. Sus compañeros guardaban sus instrumentos con el cuidado de quien acuesta a un bebé, pero él se dedicaba a hacer sus estudiadas muecas grotescas —los ojos salidos con la lengua afuera, o el dedo cordial erecto junto a sus colmillos— y le preguntaba a sus fans ocasionales qué canción les había gustado más.

De pronto, la corista le pasó la voz.

—Tienes una llamada perdida…

Danny tomó el teléfono y vio el número en la pantalla. No lo conocía. ¿Y si era la llamada que tanto esperaba? Por fortuna el teléfono volvió a timbrar.

—¿Aló? —gritó, carraspeando.

—¿Hablo con Danny? —preguntó una mujer.

—Él habla —volvió a gritar.

Se hizo un silencio.

—No sé cómo tomarás esto, pero…

—¿Sí? ¡Habla más alto!

—Soy tu hija y necesito verte.

Cuando alguien se entera de que tiene una hija adulta, lo esperable es que el personaje sienta el impacto de la novedad como un relámpago o que adopte el cinismo de quien escucha una broma. Pero Danny de los Ríos estaba lejos de ser previsible.

—¡Hijita! —exclamó entusiasmado—. ¿Es verdad? ¿No me bromeas?

Del otro lado sonó un suspiro de alivio. Y luego, unas palabras que a Danny le parecieron quebradas por el llanto.

Ya camino al casino, en la camioneta destartalada que había alquilado el grupo, Danny tuvo tiempo de procesar la llamada que había recibido.

—Uf, qué fuerte —se dijo, enrollándose la bufanda.

Pero nada como haber visto al borracho de la guayabera vencer a la gravedad para mover sus pies de flan cuando cantó el popurrí de los Bee Gees.

La cocina donde almorzaban era oscura, como el resto del departamento. A esa hora doña Blanca de Ríos ya tenía listo el asado con puré y Ronald, el menor, colocaba los platos soltando de tanto en tanto alguna broma. La simbiosis que habían logrado era curiosa y beneficiosa para la familia Ríos: mientras la pequeña viuda reinaba en aquella casa que se negaba a abandonar, el hijo soltero y atolondrado se ahorraba alquileres y se mantenía pendiente de su madre calva.

—Mamá, ya vas a quemar la olla.

—Cara de olla tienes.

—¿Apago la hornilla o te apago a ti, mamacita linda?

Cuando sonó la llave en la puerta, Ronald Ríos notó el fulgor en la mirada de su madre. Se trataba de Germancito, siempre puntual los miércoles a la una y treinta.

Doña Blanca se movió despacio hacia la puerta para recibir su saludo y luego se apartó para que sus dos hijos menores se dieran un beso. Germán Ríos sintió en la cabeza acicalada el cosquilleo del fenomenal pelo gris de su hermano. Su pulcra mano coronada con un Breitling palmeó la desgastada casaca de cuero mientras la mano callosa del baterista punk hizo lo propio en el saco aterciopelado del asesor de prensa.

—¿Y el loco? —indagó Germán, luego de colgar el saco en su silla—. ¿No almuerza?

—Anoche llegó tarde —informó doña Blanca, mientras se acomodaba algunos pelitos que la calvicie le había perdonado.

Aunque en apariencia las mesas redondas no tienen cabecera, las familias siempre se las arreglan para marcar en ellas sus jerarquías. Desde que don Alejandro Ríos había fallecido, era Germán quien ocupaba su puesto, de espaldas a la pared de mayólicas, con una vista general de la cocina.

—Me acabo de dar cuenta de que esta mesa debe tener cuarentaiún años, mínimo —comentó Germán.

—Claro, desde Trujillo —asintió Ronald.

—¿Tanto ya? —le respondió su madre, mientras le servía a Germán con lentitud.

—Es más —puntualizó Germán, acomodándose las gafas Burberry—, recuerdo lo primero que comí aquí: una gelatina naranja.

—Yo recuerdo que aquí me comí a la Raquel antes de que la botaran.

—¡Ay, Ronny! —protestó su mamá.

En efecto, la mesa enchapada en fórmica con estampados a gogó era el mueble más antiguo de aquel departamento escondido al fondo de un edificio en el distrito limeño de Lince. El resto del mobiliario, de caoba sólida, había sido adquirido en las épocas de bonanza de la familia en Trujillo, al norte del país, después de que don Alejandro pusiera de moda una farmacia y antes de que él mismo la trajera a pique. La familia volvió a Lima para huir de las deudas y vivió en casas alquiladas de las que tarde o temprano eran desalojados hasta que, muchos años después, cuando a Germancito ya le iba bien, él decidió comprar ese departamento para que sus padres no volvieran a pasar la vergüenza de ver sus pertenencias en la calle.

Cada tantos miércoles doña Blanca de Ríos recordaba en esa mesa las tres razones por las que había elegido el departamento 103. En primer lugar, le gustaba que estuviera en planta baja para no tener que subir escaleras, decisión que fue previsora de la artrosis. En segundo lugar, tenía una cocina amplia para ejercer el don suyo de sacarle sabor a las ollas y, de paso, podía albergar a la dichosa mesa para que sirviera de comedor de diario. Por último, su ubicación hacía posible que el departamento tuviera un patio, del que emanaba la luz para la sala, y un poco para el comedor y algunos cuartos.

Era en ese rectángulo abierto al cielo donde doña Blanca ejercía su segunda pasión, la jardinería en macetas de barro, y era en ese mismo patio, en una covacha destinada a ser depósito, donde el mayor de los tres hijos dormía cuando le salían trabajos en Lima.

—Cuenta, ¿estuviste anoche en la juramentación de los ministros?

—Sí, mamá.

—¿Algún chisme?

—Nada, lo de siempre.

—La ministra Araoz es bieeeen guapa, ¿no?

—Uy, está de campeonato —intervino Ronald, lamiendo su cuchillo.

—Sí, ayer conversamos un rato.

—¿Y por qué no la asesoras a ella también? —preguntó doña Blanca.

—No sé… alguien tendría que preguntarle.

—Como decía mi amigo Jumento —terció Ronald—, «tiene unas piernas que van bien con mis hombros…»

Las carcajadas de los hermanos llegaron hasta el patio y se sumaron al aroma del almuerzo. Al escucharlas, Daniel decidió levantarse del camastro y unirse. Se sujetó con una liga la melena rala, se calzó las sandalias de plástico y abandonó el cuartucho que había empapelado de pared a pared con mujeres desnudas, salvo en su cabecera, donde había colgado un Corazón de Jesús.

Antes de entrar a la cocina tomó un desvío para echarse algo de agua en la cara.

—¡Loquillo! —se levantó Germán para saludarlo.

—Germanito…

—Se te enfría —le recriminó doña Blanca.

—Has chambeado hasta tarde —comentó Germán.

—Sí… la cosa se ha reactivado algo.

Mientras Daniel se servía de la olla, doña Blanca encontró la oportunidad de comentar que el pesado del ingeniero había vuelto a cobrarle la cuota de agua del edificio.

—¡Qué carijo ese hombre! ¡Ya le dije que le iba a cumplir! —exclamó, haciendo unas señas a espaldas de su hijo mayor.

Los hermanos menores entendieron que era una indirecta para que Daniel se pusiera al día en la cuota que aportaba por quedarse allí. Al ver a su hermano de espaldas, avejentado y lento en sus ademanes, Germán sintió algo de compasión.

En momentos así lo comparaba con los primeros recuerdos que guardaba de él: un joven guapo y atlético, carita de marfil, por el que suspiraban las chicas de su barrio norteño.

—Te veo cansado, Danito —le dijo.

—Me fastidian las rodillas.

—Ya te dije que uses rodillera —bromeó Ronald—. Así se mama mejor.

—Creo que anoche me aloqué más de la cuenta —suspiró Daniel.

—Hablando de locas… —recordó doña Blanca—, hoy te llamó temprano Zoila.

—Uy, te jodiste —celebró Ronald, agitando los helechos de su pelo.

Daniel sonrió un poco, resignado, y Germán lo acompañó en el gesto. Una de las cosas que más disfrutaba de ir a almorzar a Lince eran las anécdotas de su hermano con Zoila.

—¿Estaba molesta? —se preocupó Daniel.

—No… solo quería saber a qué hora habías llegado.

—Uy, ¿ya ves? —prosiguió Ronald.

—Le dije que iba a ir a su casa después de trabajar, pero terminé cansado… y queda lejos…

—No te pongas triste, mi hermano, que por cien luquitas mis patas y yo le mandamos la moto —lo palmeó Ronald.

Daniel sonrió un poco más, mientras se llevaba puré a la boca. Sus ojos pardos, algo adormilados, se animaron tenuemente.

—No estoy triste, es que anoche pasó algo.

—Germancito, no estás comiendo nada…

—Ahora acabo, mamá.

—¿Qué te pasó? —indagó Ronald.

Daniel sonrió con franqueza, como si hubiera acabado de hacer una travesura, y las miradas de los demás se posaron en la suya, expectantes.

—Resulta que tengo otra hija.

—¿Qué cosa? —exclamó doña Blanca.

—A quién te has brincado, ya vuelta —palmoteó Ronald.

—No, no… tiene veintinueve… treinta años.

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