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LOS DIVINOS

Laura Restrepo Casablanca

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Fragmento

1. Muñeco (alias Kent, Kento, Mi-lindo, Dolly-boy, Chucky)

—Los monicongos son dos y el más chiquitico se parece a vos —me despierta el Muñeco con un telefonazo a las tres o cuatro de la madrugada. Dice sólo eso, y cuelga.

El sobresalto me deja sentado en la cama con el corazón a mil. La voz del Muñeco, juguetona y entrapada en alcohol, cae como rayo a estas recónditas horas y me arranca del sueño, partiendo en dos mi noche hasta este instante plácida. Yo, que estaba tan bien, atravesando suavemente las planicies de mi ser profundo, ahora hechas trizas por culpa del Dolly-boy, a quien también llamamos Muñeco. Sus palabras provienen muy de afuera y se cuelan con patanería en el silencio de mi cuarto, enturbiando la quietud de aquí adentro. Y ahí quedo yo, en blanco, con los sueños espantados y sin manera de recuperarlos, y con el retintín de su voz en el tímpano: los monicongos son dos, son tres, son cuatro, son cinco.

Qué plaga, este Muñeco. Qué manera de joder. Si se le antoja alargar la parranda, o despilfarrar mariachis en murgas y serenatas, o romperse la trompa con la canalla, allá él. Su bendito problema. Que haga lo que le dé la gana. ¿No puede acaso respetar el descanso ajeno?

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Yo acá, en el refugio de mi cama, y él al otro lado de la señal, dándose su baño de abismo. Andará de travesía noctámbula. Detrás de su voz me llegan ruidos oscuros, ráfagas de viento, presencias borrosas. Puta la gracia que me hace. Jodido Muñeco, por qué no escoge otro marranito de confianza, ¿no se atreve a despertar al Duque? Ni se diga a Tarabeo. Si acaso al Píldora, y desde luego a mí. Está demente el Muñeco, y su vaina va en aumento.

Desde la protección de mi cuarto puedo verlo como si estuviera viéndolo, a ese man lo conozco de memoria, hasta soy capaz de imitarle el caminado, lujuriante y sinuoso como el de Elvis Presley. Me sé su refulgencia y su trompita burlona o besucona. Me sé el taconeo con el que va marcando un agitado ritmo interno. La pelvis arrojada hacia delante, el culito apretado, la suficiencia con que alardea de su absoluta ignorancia. Su actitud toda: me la tengo bien calada. Lo que no puedo plagiar, por más que intente, es la energía que emana de su persona.

Aunque no lo vea, puedo verlo en este instante: va con la camisa abierta en la madrugada gélida, regalado él y repartiendo chumbimba, dando y tomando papaya y expuesto a la noche bogotana, que puede llegar a ser sórdida. Tierra de nadie en los espasmos de la madrugada. Ya se sabe que allá afuera guerra es guerra: el que prefiera vivir mejor se tapa con sus cobijas y le pide a su mamita un vaso de leche tibia, mientras en las calles zumban alarmas y pandillas sicariales, perros rabiosos y porteros armados. Y rompiendo la negrura: algún grito escalofriante y sirenas de ambulancia. Bienvenido a la noche de los asesinos en la urbe de la puñalada.

¿Pero él? Nooooo. El Muñeco ni se entera. Él se les vuela a los guardaespaldas y se va por ahí, de intrépido a la intemperie, exponiendo el pellejo y amenazando. Desafiando malevos y robachicos como si fuera chistoso, el Muñeco pasado de tragos y retando los límites; desparramándose por las esquinas, humillando indigentes, pellizcando nalgas y pateando muros. Vaya plan, a estas benditas horas.

Suena su timbrazo y quedo de infarto, los monicongos son dos, y a mí qué carajo me importa. Pero en el fondo sí: desde muy niño me acechan esos monachos escurridizos y amorfos, que se dejan sentir, pero se ocultan a la vista.

El Muñeco, mi amigo, mi casi hermano: anda por allá, de solitario en territorio comanche, obedeciendo vaya a saber qué pulsión o qué deseo. Cada vez más así, más retorcidas sus apetencias y más apremiante su afán por satisfacerlas. Demoledor, el balancín de su mece-mece: del placer a la desolación, ida y vuelta y otra vez ida.

Hombre de loco apetito, la pérdida del gusto lleva al Muñeco a buscar pasiones cada vez más sápidas. Que luego no se diga que no lo sabíamos.

Un talegado de aire, mi Dolly-boy. Una bolsa vacía que él pretende llenar con lujos y gustos y gastos.

Buscando qué, me pregunto. Qué vaina con el Muñeco. Qué mierda rastreará a estas horas en las vísceras de la ciudad hambrienta.

Los monicongos son dos y el más chiquitico se parece a vos. Sólo eso dice. Y cuelga.

Al menos su llamada me deja saber que sigue con vida, aunque quién sabe dónde, en qué antro o puticlub, desnucadero o fight club criollo, y en medio de qué calaña de hembritas o tinieblos. Pero vivo al fin y al cabo, y algo es algo. Por el momento la francachela no lo ha matado.

Los monicongos son dos. La frase no dice nada, pero perturba. Suena a rima infantil, y eso acentúa la desazón que me causa. Se lo pregunté el otro día a Malicia. Quise ponerla al tanto del sonsonete de las madrugadas. No hizo falta, ella ya lo conocía. ¿Acaso el Muñeco la llama también, se toma esas confianzas? Me aguijonean los celos.

—Quiénes serán los monicongos esos —le dije a Malicia.

Ella tiene sus teorías. Para todo las tiene, y para esto también.

—Son los heraldos de nuestra desgracia —dijo.

Ella habla así, esta Malicia se cree bruja, y no le falta fundamento. Sabe predecir vainas, o será más bien que las precipita con sus palabras.

—Se está cocinando algo espeso —me advierte, afeando con una mueca su bonita cara morena.

Luego me consuela pasándome la mano por el pelo sin que yo me espante, cosa rara en mí, que le tengo fobia al contacto.

Por allá y más allá, en todo caso lejos, el Muñeco busca, escarba, rebusca, va detrás de algo. El Muñeco no se calma. Esa avidez suya por encanallarse, o por no encallarse, debe ser necesidad de desaparecer. Ser otro, abrirse, sacudirse, convertirse por fin en sí mismo. Se ahoga y necesita salir a flote.

Que se ahogue de una vez y que deje la jodencia.

Allá va el Muñeco en picada y sólo él sabe a dónde, o a lo mejor ni él mismo. Como diría Tournier, mi maestro: un hilo invisible guía sus pasos hacia un desenlace misterioso.

Otras veces estira su rumba dos o tres días con sus noches y de él no volvemos a saber, ni siquiera en el timbrazo de los monicongos. Cuando ya lo sospechamos cadáver, o deshaciéndose en sangre en Urgencias, ahí reaparece el Muñeco a media mañana por la cancha de los sábados, como si nada, resplandeciente como un recién resucitado y de bandana japonesa en la frente, su melenucha todavía adolescente aunque ya despoblada en las sienes, y sin camisa, claro: el Muñeco exhibe su bronceado en spray y su six pack ejemplar, y nos cae al partidito de fútbol los sábados por la mañana, bañado y perfumado y repartiendo besos y patadas.

Dribla como un ángel el Muñeco, masacra al adversario evitando la tarjeta roja, le da comba al balón y lo lanza girando en una parábola excelente. Y cada dos por tres comete infracción, porque cuando se emberrionda el Muñeco es un patán y monta trifulca y se pone cansón, aunque el partidito sea apenas amistoso, entre excompañeros del Liceo Quevedo que venimos a jugar en la cancha de nuestro viejo colegio, ahora y siempre como desde hace años.

Dicharachero y afectuoso ese Muñeco, eso sí, pero también matón, patotero, putañero, atrabiliario, llevado de sus furietas. Pero cariñoso, valga la verdad, buena gente a ratos y amoroso él, o como se dice: tan querido ese Muñeco.

La queridura siempre ha sido lo suyo, un chino muy querido ese Muñeco. ¿De dónde eso de chino, si no es alguien de la China? Chino es un pelao, y un pelao no es un calvo sino un niño, un muchacho o alguien que no creció, o no adultó, alguien tan inmaduro como nosotros, los cinco Tutti Frutti: inseparables, refulgentes, inmortales.

El quinteto Tutti Frutti: nuestra hermandad. La tenemos desde que somos compañeros de escuela y eternamente pelaos, chinos todavía pese a los años, ya superando la treintena y enfilando rapidito hacia lentos y blandos.

El tiempo pasa y no pasa y aquí nos tienes y nos tendrás, cada sábado en predios del viejo Liceo. Parqueados afuera, el Mercedes del Píldora, el BMW del Duque y el Audi de Tarabeo: automóviles costosos y de perruna fidelidad, que esperan la salida de sus dueños.

Falta en la cancha el Muñeco, que luego baja trotando desde su torre en el cerro, incomparable mirador sobre la ciudad toda. Y también llegaré yo, que no tengo carro ni tengo torre y me vengo a pie, porque vivo cerca. Ya una pizca panzones nosotros, los magníficos cinco. Una barriguita apenas; tanto no se nota bajo la camiseta holgada.

Nosotros los Tutti Fruttis ya en este primer asomo de la decadencia, todos menos el Muñeco, que se deja venir descamisado y luciendo intacto el tórax escultórico y el cuerpazo atlético, igualito a cuando era jefe de la banda de guerra en sus días de gloria en el Liceo. Ése era él: bello, camorrero y deportista excelso, como todos los varones de su familia por tres generaciones. No muy alto de estatura, apenas de los medianos en la fila del patio, pero sí macizo, un roble ese Muñeco, y carismático y maltratador —los pequeñajos le tenían pánico y se apartaban a su paso— y sobre todo dador de abrazos.

Y aquí una cuña en mi favor, una conquista en mi desarrollo espiritual: los famosos abrazos del Muñeco. Yo, que rehúyo el contacto porque no resisto que me toquen, tuve que ir aprendiendo a aceptar sus abrazos como señal de su aprecio salvaje.

Con Malicia es distinto, su cercanía no me irrita, más bien al contrario, será porque con ella el reto no es físico, al fin de cuentas ella es la novia del Duque y el Duque es mi amigo, por más señas socio fundador de los Tutti Fruttis: chapeau por eso, maestro. Cualquier cruce o empalme con su Malicia me queda más que prohibido, pecado mortal y supervedado, no se traiciona a un amigo, no le morboseas a la novia ni te acuestas con ella a sus espaldas. Ni tampoco ante sus ojos, está claro, aunque la aclaración sobra; sólo quiero decir que ni te lo sueñes: Malicia es bien ajeno.

Te abraza el Muñeco por puro cariño, viene y te chanta un pico en la jeta y te estruja como un oso entre la tenaza de sus brazos musculudos, para que quede bien claro cuánto te quiere y cuánta fuerza tiene, aunque luego por quitarte la pelota te pulverice el calcañal de un patadón. Y enseguida te diga, perdón, chino, es que soy torpe, fue sin querer, pelao. Y desde luego tú lo perdonas, aunque sepas que fue muy a propósito porque el Muñeco es un atravesado, y no es cierto que haya sido por torpeza, porque torpe no es, pero quién no se hace el loco ante su matonería si al mismo tiempo es tan amoroso, qué querido ese Muñeco, el más querido de todos.

Mi rey el Muñeco con su doble cara: por un lado, es Kent con todos sus encantos, y por el otro, Chucky el tenebroso. Pero acaso quién no, nadie es perfecto. Tan superficial nuestro Muñeco como su propia imagen en el espejo. Y dado al culto de su persona, como todos nosotros, que hemos hecho de eso una religión monoteísta.

De guayos, viejos jeans recortados a medio muslo y sin camiseta: tenemos ante los ojos al Muñeco. El Muñeco light, liviano y hecho de luz, sin misterio ni trasfondo, tan opuesto al que tal vez anoche me despertó de un fonazo, y que ahora aparece sonriente y recién levantado, bañado y perfumado, y a cada abrazo me impregna de Eau Sauvage de Dior, y a cada empellón me deja rengo. Un Muñeco solar, la otra cara del nocturno.

Marinado en alcohol, humo de maracachafa y colilla de Marlboro, deslumbra a la noche bogotana nuestro Muñeco, alias Dolly-boy: el más desvelado y atrabiliario.

Los monicongos son dos, y el más chiquitico se parece a vos. En ese estribillo hay un dejo nostálgico, huérfano, que aterra y a la vez conmueve. Creo poder defenderme de los monicongos cuando suscitan pavor, pero me rindo ante ellos cuando vienen melancólicos.

De un tiempo para acá, ¿cómo eran las escapadas zurumbáticas del Muñeco, sus roces con gente peligrosa? Sospecho que ya ninguno de nosotros lo sabía. Hasta hace un año o dos, Tarabeo lo acompañaba de fufurufas y le hacía cuarto, lo sé porque ellos mismos lo pregonaban. ¿Qué iban a buscar entre las mujeres de pago? Ellos dos, los Divinos, que podían conquistar a la que quisieran sin necesidad de mover un dedo. Ellos, a quienes tantas bellezas se les entregaban gratis. Qué coños —y nunca mejor dicho— iban a buscar entre las putas, eso es algo que sólo los dos sabían: qué placeres en la degradación, qué regusto en el arroyo.

—A las furcias les pagas para que se dejen hacer durito —decía el Muñeco, vanagloriándose.

¿Qué tan duro sería ese durito del que se preciaba? Mejor ni preguntar. Allá él con sus lances de Colombian psycho. Ya ni Tarabeo se prestaba para acompañarlo. ¿O acaso sí? Vaya uno a saber cómo son las cosas con Tarabeo.

En el fondo el Muñeco es pan comido: un tipo difícil pero predecible. Las sorpresas con que pueda fulminarnos no serán nada radicalmente nuevo, nada del todo ajeno a él mismo, más bien una compactación de su ser anterior. O sea: el idéntico Muñeco de siempre, igualito, pero elevado a la enésima potencia.

El enigma no es tanto el Muñeco, en últimas adivinable en sus ascensos y desbarrancadas. A ese yo me lo conozco, o eso creo. El misterio está más bien en Tarabeo, sibilino amigo, con más aristas que un poliedro y más alfabetos de los que puedo descifrar. Tarabeo, alias Dino-Rex, o Táraz. Él es quien posee la clave del éxito. Auténtico artista del engaño, maestro del disfraz y el disimulo, Táraz me embarulla a partir de la propia señalización de su cara: incompatibilidad entre su sonrisa invitadora y la tensión de su mandíbula de pitbull. ¿A cuál de los dos creerle?

Aunque en el fondo nunca sabemos nada. Yo creía que Muñeco, siempre en plan social y compulsión amiguera, era incapaz de aislarse porque debía aburrirse soberanamente en la soledad de su cabecita hueca, insustancial como un globo de helio.

Error de percepción el mío.

Sí que tiene Muñeco su propia y profunda psique, y es pavorosa.

Los Tutti Frutti éramos como guppys, donde iba uno, íbamos todos, y lo que hacía uno, lo hacíamos todos. Nada de secretos entre nosotros. Y sin embargo el Muñeco aparecía a veces con el ojo en compota o la cumbamba magullada, porque se había enredado en broncas fuera del colegio y con gente de la calle, de la que se toma en serio lo de romperse la cara. No nos echaba de menos ese Muñeco a la hora de exhibirse ante aquellos extraños, en camiseta esqueleto y jeans de tubo ultraestrecho, tan apretados que había que embutírselos con ayuda de bolsas de polietileno; pantalones pegaditos que te iban marcando el paquete, como a los toreros.

Muñeco podía llegar tarde a clase, a las diez y media, o incluso a las once, y hacer su aparición desparpajadamente y escondiendo algún guardado que lo hacía más importante, como si durante la noche se hubiera engrandecido y ganado en edad. Llegaba tarde no más porque sí, porque se había quedado dormido o más bien lo contrario, porque de noche no había vuelto a casa. Aun así, llegaba fresco y despercudido de sueño, mientras nosotros no terminábamos de despertar. En vez de quitarle méritos, sus exabruptos lo endiosaban.

No daba explicaciones. No respondía si le preguntábamos. O mentía: eso le gustaba. Nos engañaba o nos ignoraba, y sobre todo a los profesores. Había empezado a montar una vida en paralelo, aunque sólo después fuimos atando cabos.

Fiestero en exceso, camorrista y celoso enfermizo, tres atributos que lo envainan con frecuencia; él por sí solo engancha más trifulca que todo el resto de nosotros juntos. Nos vienen con el chisme de sus deudas y escándalos y nosotros minimizamos, será apenas un pleito de tragos, decimos, o enredos con hembra ajena, o rumba descarrilada. Una vez lo sacaron a palo de la casa de una de sus novias, porque orinó en unas macetas con palmas enanas que adornaban el comedor. Nosotros le celebrábamos todo, aunque ya no tanto, cada vez menos.

En Muñeco el desmadre es carisma, leyenda negra que los demás le envidiamos, al menos en el pasado. No demasiado negra, tampoco: mito chic de hijo de mami y adulto-niño echado a perder.

—Qué pereza los mierderos del Muñeco —nos quejamos.

¿Le pega duro a la droga? Cada vez más, aunque nada excepcional; es lo común entre ejecutivos de nueva generación. A Muñeco se le vuela la piedra y tiene accesos de cólera: así funciona su manera malcriada de ser un patán. No puede soportar que le lleven la contraria: se sulfura y sobreactúa una pataleta.

¿Beodo? Desde luego, pero eso no es su exclusividad. Las borracheras escandalosas eran bien vistas desde nuestros tiempos de Liceo, y hasta requisito para no pasar por freak. Todos éramos pichones de alcohólicos, aunque lo de Muñeco fuera más radical.

Coincidíamos en un código básico y lo asumíamos con devoción: culto al trago, prepotencia con las hembras, alevosía con la mamá, desprecio por los débiles y relaciones mierdosas con la vida en general.

A veces Dolly-boy se nos presenta de pupila giratoria y desenroscada. Y otras con lengua trabada, farfullar de incoherencias, una sed espantosa, apetito bloqueado, movimientos eléctricos, cinética acelerada. Impaciencia y avidez, como si no hubiera mañana. Síntomas de cuidado.

Malicia es drástica en su juicio.

—¿No las ves? Arriba, nubole pecorine —señala, porque vivió en Roma y sabe italiano—, nubes como ovejas. Mal signo.

—Pero si son simpáticas, esas ovejitas en el cielo…

—A mí personalmente no me gustan. Más bien vamos por pandeyucas a Panfino, a esta hora los sacan calientes. Yo invito.

En la historia de los Tutti Frutti, las fufurufas y las mujeres prepago aparecieron temprano.

Aunque a mí las putas nunca me atrajeron. No eran gente, así lo veían ellos, y a lo mejor también yo. No merecían consideración. No voy a mentir, a estas alturas para qué andar inventando: desde niños aprendimos que había mujeres decentes, las hermanas de los demás, por ejemplo, las de tu propia familia, las niñas que conocías en fiestas, bazares y proms. A ésas las tratabas de una manera, o como se decía: con respeto. Y había otras mujeres que eran para irrespetar. Unas que podías comprar o manosear sin consecuencias, darles órdenes y pordebajeo. Ni siquiera les preguntabas el nombre, y si te lo decían, enseguida lo olvidabas.

En casa de Tarabeo había una sirvienta flaquita que se llamaba Aminca, y hasta yo me retorcía al ver cómo la trataban él y sus hermanos; una vaina medio sádica, la amenazaban con las raquetas de tenis cuando no les obedecía en el acto. Sólo que eso tampoco se salía demasiado de los parámetros.

A partir de la preadolescencia se volvieron impepinables las visitas semanales a El Edén, que no era cualquier asquerosita cervecería de cuarta, sino casi un spa, o una clínica de garaje, todo muy aseado y aséptico, con chicas como enfermeras, de uniforme blanco. Digamos que alguien desinformado habría podido entrar allí a que le curaran una herida o le pusieran una inyección, aunque para ser equipo médico, ellas se forraban demasiado, exhibiendo voluptuosidades. Oloroso el ambiente a body lotion y a desodorante ambiental, luz supertenue con dimmer, cortinitas discretas y camillas con sábanas limpias donde te hacían masaje por unos pesos.

Una vez fui a El Edén, lo confieso. Una sola vez. Y esa única vez por presión de Tarabeo, que ganaba puntos en el establecimiento cada que introducía a un cliente nuevo, y captaba tanto novato que él personalmente disfrutaba gratis del servicio completo.

Ya desde entonces Tarabeo me resultaba enigmático. Era el único de nosotros que tenía novia fija, una chiquita del Santa María Goretti, la más deseada de todas. Le decían Minichí y tenía un pigmento violeta en el epitelio del iris como el que no he conocido en nadie más. O sea, ojos de color sobrenatural. También rubiecita ella, y cheerleader, una preciosidad de criatura: la joya de la corona.

Aunque hubiera podido escoger a cualquiera, esta Minichí se quedó con Tarabeo, que iba a visitarla en la puerta de su casa llevándole una chocolatina o una postal comprada en droguería, pero eso sí, echándose antes su pasadita por El Edén, para no llegar donde ella con hambre.

Durante el tiempo de noviazgo de ese par, la Minichí sufrió detrimentos que todos detectamos. Perdió año en el colegio y los inverosímiles ojos violetas se nublaron en gris.

Mi debut en El Edén no fue venturoso.

—¿Aceite o talco? —me preguntan apenas entrando, y una enfermeraza jovencita y bastantona, en realidad espléndida, me ayuda a quitarme la ropa.

—¿Qué cosa? —pregunto, paniqueado.

—Qué te gustaría, mi amor, ¿te aplico aceite o talco?

En medio de mi desconcierto, una mano conocida descorre la cortinita y detrás aparece desde su camilla el Píldora, empeloto y brillante y todo embadurnado, adobado en aceite, como un lechón listo para meter al horno. Se ve tremendo, el gordis, y yo estoy temblando.

—Mejor aceite, mano —me aconseja el Píldora con cara de connaisseur—, diga que aceite, Hobbo, el talco no es tan bueno, créame, yo ya hice la experiencia.

El Edén: anuncian masajes, pero venden pajazos.

La enfermera guapa me asigna la camilla contigua al Píldora, me invita a encaramarme y se me viene encima con el frascado de aceite aromático. Pero la detengo a tiempo.

—¡Sin eso! —creo que le grito, porque retrocede.

—¡Epa! No es para tanto… —ella trata de tranquilizarme y logra lo contrario.

—Fresco, hermano, relájese y verá —la voz del Pildo me llega a través de la cortina que nos separa.

Sé que me estoy jugando el todo por el todo. Si me quedo, seré uno, si me paro y me largo, seré otro y lo lamentaré forever. Me estoy feriando incluso el carné del Tutti Frutti, cómo irá a ser la burla de mis conmilitones, me van a odiar, me van a empujar al suicidio. O tal vez sólo me gane sus risotadas y su complicidad.

—Pasa a veces, chino —me dirán—, fiasco de principiante, no desanimarse, al próximo intento se le para, ya verá.

Reconozco que mi masajista es una morenaza suculenta: se da media vuelta y le veo unas curvas forradotas. Otra media vuelta: vuelca el escote hacia mí y lo que asoma me maravilla.

Me debato entre el horror y el deseo.

El placer o el sacrificio. Gozar o morir.

Tal vez si me dejo llevar… Si bajo la guardia y me doy al destino sin tanto remilgo… Tal vez.

Mi cuerpo reacciona positivamente y está a punto de ceder, pero en mi cabeza se desata una paranoia fuera de control. Me encojo, me enrosco, me protejo los huevos con ambas manos y me asalta, como en test Rorschach, una terrible secuencia de imágenes: una sala de cuidados intensivos, unos tipos castrando a un potro, un cuchillo abriendo en canal, una amputación de brazo. Soy un hereje y van a quemarme, soy un guerrillero y van a torturarme.

Me bajo de un brinco de la camilla de los masajes como si fuera mesa de operaciones, rescato mi ropa, me la pongo como puedo y me lanzo a la puerta, donde alguien me ataja.

—Si no paga, no sale —me advierten.

—Por qué voy a pagar, no debo nada, si ella al fin no me hizo nada —trato de justificarme.

—Su problema —me dicen—, apoquine, sardino.

Saco del bolsillo unos billetes arrugados, los entrego sin contarlos y ya voy huyendo calle abajo cuando veo que me persigue la morenaza vestida de enfermera. Ayúdame, le rezo a mi mamá, soy yo, tu hijo, acuérdate. Acelero el paso, pero la enfermerota corre tras de mí y ya casi me alcanza.

—¡Oiga, sardino! —me grita desde atrás—. Se le quedaron las medias.

Bajo la vista hacia mis pies, y en efecto. A su vez mis pies miran hacia mí, mendicantes. En el afán del escape, los he metido directo al calzado obviando los calcetines, mismos que la chica de El Edén trae en la punta de los dedos como con pinzas, como si llevara por la cola un par de ratones muertos.

—Tranquilo, sardino, pasa mucho la primera vez —dice ella, compasiva—, vuelva mañana, pelao, así vamos entrando en confianza.

Nunca volví.

No resisto que me toquen, desde chiquito me pasa. Odiaba que las amigas de mamá me estamparan un beso y me marcaran con su colorete rojo; esa boca ajena era una amenaza. Ni siquiera me gustaba que me besara mi propia mamá, o tal vez era ella la que no quería besarme. Qué fue primero, vaya a saber.

Sigo teniéndole no sé qué fobia al contacto. Todo es mejor de lejitos, tú allá y yo acá, y aire de por medio. Casi autista por ese lado, lo admito. Bailar es todo un reto, tremendo desafío, qué me dicen de ese tormento, alguien adherido a tu cuerpo en el mece-mece y el contoneo. Aunque en ese campo sí he tenido que ceder, porque no hay Tutti Frutti que no sea rey del mambo. Me hubieran ninguneado si no me hiciera el teso, ocultara mis manías y saltara a la pista a intentar desempeño.

En aquel desdorado episodio de El Edén, el Píldora, cliente contiguo, fue testigo de mi deshonra. Hubiera podido delatarme ante los otros, y no quiso hacerlo. Rasgo a tener en cuenta.

No es que yo sea virgen, hasta allá no llego. Tampoco que sea adicto a la actividad de catre, que sólo se me impone de vez en cuando. Y si pasa, cuando pasa, que sea a mi manera y según mi estilo: rapidito y al grano, sin e ...