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LA VIDA JUEGA CONMIGO

David Grossman  

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Fragmento

Rafael tenía quince años cuando su madre murió y lo liberó de sus sufrimientos de enferma. La lluvia caía sobre los miembros del kibutz que se arremolinaban bajo los paraguas en el pequeño cementerio. Tuvya, el padre de Rafael, lloraba amargamente. Llevaba años cuidando a su mujer con verdadera entrega, y ahora parecía perdido, desamparado. Rafael, en pantalón corto, algo apartado del resto, se cubría la cabeza con la capucha hasta por debajo de los ojos para que nadie se diera cuenta de que no lloraba. Cavilaba: «Ahora que está muerta podrá ver todo lo que he pensado de ella».

Eso fue en el invierno de 1962. Al cabo de un año, su padre conoció a Vera Novak, que había venido a Israel procedente de Yugoslavia, y empezaron a vivir juntos como pareja. Vera había llegado con su única hija, Nina, una chica de diecisiete años, alta, de pelo claro, y cuya alargada cara, pálida y hermosísima, carecía prácticamente de expresión.

Los chicos de la clase de Rafael llamaban a Nina «la Esfinge». Se colocaban a hurtadillas detrás de ella e imitaban su manera de andar, con la mirada perdida y abrazándose el cuerpo. En una ocasión Nina sorprendió a dos de ellos imitándola, y simple y llanamente les partió la cara. Una paliza como aquella no se había visto nunca en el kibutz. Costaba creer la fuerza y la brutalidad que encerraban unas piernas y unos brazos tan finos. Y empezaron a correr rumores. Decían que mientras su madre había sido presa política en un gulag, Nina, que entonces no era más que una niña, había vivido en la calle. Y cuando pronunciaban «calle», lanzaban una mirada llena de intenciones. Decían que había pertenecido, en Belgrado, a una banda de malhechores adolescentes que secuestraba a niños para pedir rescates. Decían. A la gente le gusta hablar.

Ni el asunto de la paliza ni otras cuestiones y habladurías pudieron disipar la bruma en la que Rafael vivía tras la muerte de su madre. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, se tomaba un potente somnífero que cogía del botiquín de su madre. Así que ni siquiera veía a Nina cuando se la cruzaba por el kibutz.

Pero una noche, aproximadamente medio año después de la muerte de su madre, cuando tomó el atajo que atravesaba la plantación de aguacates en dirección al gimnasio, se encontró con que Nina venía de frente. La vio acercarse con la cabeza gacha y abrazándose el cuerpo, como si la envolviera un frío intenso. Rafael se detuvo, repentinamente muy tenso, sin saber el motivo. Nina, ensimismada como iba, no lo vio. Él observó su movimiento. Un movimiento pausado, contenido. La frente despejada, luminosa, y un sencillo y ligero vestido azul que le revoloteaba a medio muslo.

Había que verle la cara a Rafael al contarlo...

No fue hasta que ella estuvo ya muy cerca de Rafael cuando este se dio cuenta de que lloraba, en silencio, un llanto sofocado, y entonces también ella lo vio y se detuvo, como una gata con el lomo arqueado. Sus miradas se enredaron una fracción de segundo, y puede añadirse con pena: ya sin remedio. «El cielo, la tierra y los árboles —me dijo Rafael—; no sé..., noté como si la naturaleza desfalleciera.»

Nina fue la primera en reponerse. Soltó un furioso resoplido y se alejó precipitadamente. Rafael todavía alcanzó a verle la cara, que al instante quedó de nuevo desprovista de toda expresión, y sintió que algo lo empujaba a seguirla. Alzó la mano en dirección a ella...

Puedo verlo como si yo misma hubiera estado allí, así, de pie y con la mano tendida.

Y lleva así, con la mano tendida, cuarenta y cinco años.

Pero entonces, en la plantación, sin pensarlo, y antes de ponerse a dudar y liarse consigo mismo, salió corriendo tras ella para decirle lo que había comprendido al verla. Que había vuelto a despertar a la vida, me contó. Le pedí que me lo explicara. Estaba confuso, murmuró algo acerca de todo lo que se le había ido adormeciendo durante los años de la enfermedad de su madre y todavía más después de que ella muriera. Mientras que ahora, de repente, todo le parecía apremiante y crucial, y también comentó que no tuvo la más mínima duda de que ella le correspondería al instante.

Nina oyó los pasos de él siguiéndola, se detuvo, se dio la vuelta y lo examinó con una mirada lenta. «¿Qué pasa?», le ladró a la cara. Él dio un paso atrás, estremecido por su belleza y puede que también por su grosería, pero sobre todo, sospecho yo, por la mezcla de belleza y grosería. Incluso hoy le pasa: siente debilidad por las mujeres que tienen un poco, una pizca, de agresividad masculina y hasta de descaro, como el toque de una especia, Rafael, Rafi...

Nina puso los brazos en jarras; afloró en ella la dura chica callejera, la fiera salvaje. Las aletas de la nariz se le ensancharon, lo olisqueaba; Rafael vio las pulsaciones de una vena azulada en su cuello y de repente le dolieron los labios, así me lo contó, que le ardían de sed.

«Vale, entendido —pensé—, no tienes por qué entrar en detalles.»

A Nina todavía le brillaban las lágrimas en las mejillas, pero tenía los ojos fríos, casi de serpiente. «Vete a casa, niño», le dijo, pero él negó con la cabeza, no, no, y ella entonces acercó muy despacio su frente a la de él, la acercaba y la alejaba, como si buscara el punto exacto, él cerró los ojos, ella lo embistió y él salió volando de espaldas y cayó en el alcorque de un aguacate.

«De la variedad Ettinger», se cuidó de detallar, no fuera a olvidárseme, Dios nos libre, que cada detalle de la escena es importante, porque así es como se construyen los mitos.

Quedó tendido en el alcorque, conmocionado; se palpó el chichón que empezaba a hinchársele en la frente y se puso en pie completamente aturdido. Desde la muerte de su madre, Rafael no había tocado a nadie ni nadie lo había tocado a él, excepto los chicos con los que se había peleado. Pero aquello era algo diferente, lo notaba. Por fin había llegado esa chica para abrirle la cabeza y librarlo de la tortura. Cegado por el dolor, quiso gritarle lo que se le había ocurrido antes, en el momento en que la vio, y por eso se sorprendió al ver lo vanas y groseras que eran las palabras que le salían por la boca. «Palabras de amigotes —me dijo—. “Que te follen”, y cosas parecidas», muy diferentes de su pensamiento tan puro y correcto, «aunque durante una fracción de segundo vi en su cara que a pesar de tanta grosería había conectado conmigo».

Puede que así fuera como sucedió, qué sé yo. Por qué no concederle el beneficio de la duda y creerle cuando dice que esa chica nacida en Yugoslavia y que durante varios años sí que fue —como se supo más tarde— una niña abandonada, sin padre ni madre, que una chica como esa, a pesar de los datos de su primera biografía, o quizá precisamente por eso, fue capaz de asomarse en un momento de compasión al interior de un chico de un kibutz de Israel, un muchacho retraído, así es como yo me lo imagino con dieciséis años, un chico solitario lleno de secretos, de cálculos retorcidos pero de grandes gestos de los que nadie en el mundo sabía nada. Un chico triste y torturado pero guapo, que había llegado a este mundo para llorar.

Rafael, mi padre.

Existe una conocida película, en este momento no me acuerdo cómo se titula (y ahora no quiero perder ni un segundo en Google), en la que el protagonista regresa al pasado para arreglar alguna cosa de su vida, o evitar una guerra mundial, o algo así. Qué no daría yo por poder volver al pasado y evitar que estos dos se conocieran.

Durante los días y las noches que vinieron a continuación se torturaba por aquel momento tan maravilloso que había echado a perder. Dejó de tomar los somníferos de su madre para poder sentir el amor sin amodorramiento. La buscó por todo el kibutz, pero no la encontró. Por aquella época casi no hablaba con nadie y por eso no sabía que Nina se había ido del barrio de los solteros, en el que vivía con su madre, y se había hecho con un cuartucho en una barraca medio derruida de las de la época de los padres fundadores. La barraca era como una especie de vagón con pequeñas habitaciones, y se encontraba detrás de las plantaciones, en una zona a la que el kibutz, con su proverbial delicadeza, llamaba «el barrio de los leprosos». Lo formaban una pequeña comunidad de hombres y de mujeres, la mayoría voluntarios extranjeros que se habían quedado allí anclados, incapaces de encontrar su lugar en el mundo y de aportarle nada, y con los que el kibutz no sabía muy bien qué hacer.

Pero la idea nacida en él de que Nina había ido a su encuentro en la plantación no había perdido nada de su entusiasmo, y cada día que pasaba se le enredaba más alrededor del alma: «Si Nina quisiera acostarse conmigo aunque solo fuera una vez —pensaba muy seriamente—, entonces su rostro volvería a tener expresión».

Me habló de ese pensamiento suyo durante una conversación que rodamos hace una eternidad, cuando él tenía treinta y siete años. Esa fue mi película de debutante, y esta mañana, veinticuatro años después del rodaje, hemos decidido, Rafael y yo, en un compulsivo arrebato de nostalgia, sentarnos a verla. En ese punto de la película se le ve tosiendo hasta casi ahogarse, rascarse la desaliñada barba, soltar y volver a ajustar la correa de cuero de su reloj y, sobre todo, no levantar la mirada hacia la joven entrevistadora, hacia mí.

—Oye, pues tenías muchísima seguridad en ti mismo a los dieciséis años —se me oye decir en la película con u

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