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LA TRAMPA

John Grisham  

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Fragmento

1

Las reglas de la Liga Juvenil de New Haven estipulaban que cada chico debía jugar al menos diez minutos en cada partido. Sin embargo, se hacían excepciones con los jugadores que habían hecho enfadar a sus entrenadores saltándose los entrenamientos o infringiendo alguna otra norma. En tales casos, el entrenador estaba facultado para redactar un informe antes del partido y comunicar al árbitro que fulano o mengano no jugarían mucho o nada por culpa de tal o cual infracción. De todas maneras, la liga no lo veía con buenos ojos ya que, según ella, no se trataba tanto de competir como de pasarlo bien.

Cuando solo faltaban cuatro minutos para el final del encuentro, el entrenador Kyle echó un vistazo al banquillo e hizo un gesto de asentimiento a un enfurruñado muchacho llamado Marquis y le preguntó:

—¿Quieres jugar?

Sin contestar, Marquis fue hasta la mesa de los árbitros y esperó el toque de silbato. Sus infracciones eran numerosas: saltarse los entrenamientos, faltar a clase, sacar malas notas, extraviar el uniforme, usar un lenguaje inapropiado… Lo cierto era que, después de diez semanas y quince partidos, Marquis había infringido todas las normas que su entrenador había establecido. Hacía tiempo que este se había dado cuenta de que cualquier nueva norma que impusiera sería violada por su estrella, y por esa razón había reducido la lista y luchado contra la tentación de añadir más. Pero no había dado resultado. Su intento de controlar a diez chavales de los suburbios sin aplicar mano dura había dejado a los Red Knights en el último lugar de la liga de invierno para menores de doce años.

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Marquis solo tenía once, pero cuando salía a la cancha era claramente el mejor. Prefería lanzar y marcar antes que pasar y defender, y a los dos minutos ya había sorteado a jugadores mucho más corpulentos y marcado seis puntos. Su promedio era de catorce y, si se le permitía jugar más de medio partido, probablemente podía alcanzar los treinta. En su joven opinión, no necesitaba entrenar.

Pero, a pesar de su solitaria exhibición, el partido estaba perdido. Kyle McAvoy se sentó en el banco, observando el juego y esperando a que pasaran los minutos. Un encuentro más y la temporada habría finalizado. Y con ella su tarea de entrenador de baloncesto. En dos años había ganado una docena de partidos y perdido el doble. También se había preguntado muchas veces a quién, en su sano juicio, podía gustarle la labor de entrenar, fuera cual fuese el nivel. Se había dicho mil veces que lo hacía por los chavales. Chavales sin padres, chavales de hogares desestructurados, chavales que necesitaban una influencia masculina que fuera positiva. Y seguía creyéndolo; pero, tras dos años haciendo de niñera, discutiendo con los padres cuando estos se molestaban en acudir, enfrentándose con otros entrenadores que tampoco estaban por encima del reproche e intentando hacer caso omiso de unos árbitros adolescentes que no sabían distinguir un bloqueo de una carga, ya estaba harto. Daba por cumplido su servicio a la comunidad, al menos en aquella ciudad.

Observó el desarrollo del juego y esperó, gritando de vez en cuando porque eso era lo que se suponía que hacían los entrenadores. Miró el desierto gimnasio a su alrededor, el viejo edificio de ladrillo del centro de New Haven que llevaba cincuenta años siendo la sede de la liga. Apenas había un puñado de padres repartidos en las gradas, aguardando el bocinazo final. Marquis volvió a marcar, pero nadie aplaudió. Los Red Knights perdían por doce y solo faltaban dos minutos.

En el extremo más alejado de la cancha, justo bajo el viejo marcador, un hombre cruzó la puerta y se quedó apoyado contra las gradas plegables. Destacaba porque era blanco; no había ningún jugador blanco en los dos equipos. También llamaba la atención porque llevaba un traje azul marino o negro, camisa blanca y corbata color burdeos, todo ello bajo una gabardina que proclamaba la presencia de un agente de la ley de algún tipo, o de un policía.

El entrenador Kyle lo vio justo cuando el hombre entró. Se dijo que ese hombre estaba fuera de lugar; seguramente se trataba de un detective o de alguien de narcóticos que iba tras la pista de un traficante. No sería la primera vez que se produjera un arresto en el gimnasio.

Apoyado en las gradas plegables, el hombre observó larga y suspicazmente el banquillo de los Red Knights hasta que sus ojos se detuvieron en Kyle, que le sostuvo la mirada hasta un segundo antes de que se sintiera incómodo. Marquis falló un lanzamiento desde media distancia, y Kyle se levantó con los brazos extendidos, como si con ese gesto preguntara «por qué», pero el chaval hizo caso omiso mientras se retiraba para defender. Una estúpida falta detuvo el reloj y alargó aún más la agonía. Mientras contemplaba los tres tiros libres, Kyle echó un vistazo por encima del hombro y vio que el policía, el agente o lo que fuera tenía los ojos clavados no en la acción, sino en el entrenador.

Para un estudiante de Derecho de veinticinco años, sin antecedentes penales ni inclinaciones o costumbres de dudosa legalidad, la presencia y atención de un individuo que a todas luces parecía trabajar al servicio de la ley y el orden no tendría que haber sido motivo de preocupación alguna. Sin embargo, para Kyle McAvoy, las cosas eran distintas. Los policías de la calle o las patrullas de carretera no le quitaban el sueño porque, más que pensar, reaccionaban automáticamente. No obstante, los hombres de traje gris, los investigadores entrenados para husmear y descubrir todo tipo de secretos, todavía lo inquietaban.

Faltaban treinta segundos para que acabara el partido, pero Marquis se enzarzó en una discusión con el árbitro. Dos semanas antes había sido expulsado por enviar a la mierda a un árbitro. Kyle gritó desde el banquillo a su jugador estrella que nunca escuchaba y volvió a echar una rápida ojeada para ver si el agente n.º 1 estaba acompañado por el agente n.º 2; pero no, no lo estaba.

Otra estúpida falta, y Kyle gritó al árbitro que la dejara pasar. Luego, se sentó y se pasó el dedo por el sudoroso cuello. Era principios de febrero, y en el gimnasio, como siempre, hacía bastante frío.

Así que, ¿por qué estaba sudando?

El policía, el agente o lo que fuera no se había movido del sitio. La verdad era que parecía disfrutar observándolo.

La decrépita bocina sonó por fin, dando el partido por misericordiosamente acabado. Uno de los equipos lo celebró con entusiasmo y el otro no. Luego se alinearon para el obligado apretón de manos y las felicitaciones de rigor que, para aquellos chavales que apenas tenían doce años, carecían de sentido tanto como para los jugadores universitarios. Mientras felicitaba al entrenador contrario, Kyle miró hacia el fondo del gimnasio. El hombre blanco había desaparecido.

Se preguntó qué problemas lo esperaban fuera. Estaba claro que se trataba solo de paranoia, pero hacía tanto tiempo que la paranoia se había instalado en su vida que en esos momentos simplemente cargaba con ella y seguía adelante como si tal cosa.

Los Red Knights se reunieron en el vestuario de visitantes, un angosto espacio situado bajo la vieja y hundida grada permanente del equipo local. Allí, el entrenador Kyle dijo a sus jugadores las palabras de siempre: «Ha sido un buen intento», «Estáis mejorando algunos aspectos», «A ver si el próximo sábado acabamos mejor». Los chicos se cambiaban de ropa y apenas prestaron atención. Estaban hartos del baloncesto porque estaban hartos de perder y, naturalmente, la culpa la tenía el entrenador, que era demasiado joven, demasiado blanco y demasiado pijo.

Los pocos padres que habían asistido al encuentro esperaban a la puerta del vestuario; el momento de tensión que se producía cuando el equipo salía era uno de los aspectos que Kyle más odiaba de su labor para la comunidad. Le llovían las críticas de siempre sobre tácticas de juego. Además, Marquis tenía un tío de veintidós años que había sido un jugador de las ligas estatales y disfrutaba fastidiando a Kyle por el injusto trato que este dispensaba «al mejor jugador de la liga».

En el vestidor había otra puerta que daba a un estrecho y oscuro pasillo, situado bajo las gradas, que a su vez conducía a una puerta que desembocaba en un callejón. Kyle no era el primer entrenador que había descubierto aquella ruta de escape y esa noche quería evitar no solo a los familiares de los jugadores y sus quejas, sino también al agente, al policía o lo que fuera. Se despidió rápidamente de sus chicos y, mientras estos iban saliendo del vestuario, él se escabulló por detrás. En cuestión de segundos se halló fuera, en el callejón, y echó a andar lo más rápidamente que pudo por la helada acera. La nieve, aplastada por pisadas, estaba dura y resbaladiza. La temperatura había caído por debajo de cero. Eran las ocho y media de la tarde de un miércoles y tenía previsto dirigirse a la revista de la facultad de Derecho de Yale, donde trabajaría por lo menos hasta pasada la medianoche.

Pero no iba a llegar.

El agente se encontraba apoyado contra el parachoques de un jeep Cherokee aparcado en la acera. El vehículo estaba a nombre de un tal John McAvoy, de York, Pensilvania; pero, durante los últimos seis años había sido el fiel compañero de Kyle, su hijo y verdadero propietario.

A pesar de que de repente sintió los pies como ladrillos y que las piernas le temblaban, Kyle se las arregló para caminar con naturalidad. «No solo me han encontrado —se dijo mientras intentaba pensar con claridad—, sino que han hecho bien su trabajo y han localizado mi coche. De todas maneras, no les habrá costado demasiado. No he hecho nada malo, no he hecho nada malo», se repitió.

—Un partido difícil, ¿verdad, entrenador? —dijo el agente, cuando Kyle se aproximaba y se hallaba a pocos metros de distancia.

Kyle se detuvo y contempló al joven corpulento de mejillas rosadas y cabello pelirrojo cortado a cepillo que lo había estado observando en el gimnasio.

—¿En qué puedo ayudarlo? —le preguntó, y al instante vio al n.º 2 salir de entre las sombras. Siempre iban en parejas.

—Eso es precisamente lo que puede hacer: ayudar —respondió el n.º 1, metiéndose la mano en el bolsillo y sacando una placa de identificación—. Me llamo Bob Plant. FBI.

—Un verdadero placer —respondió Kyle, que no pudo evitar dar un respingo mientras notaba que la sangre huía de su cerebro.

El n.º 2 entró en escena. Era mucho más delgado y unos diez años mayor, con canas en las sienes. También él se metió la mano en el bolsillo y mostró su placa con la naturalidad que produce la práctica.

—Nelson Ginyard. FBI —se presentó.

Bob y Nelson. Los dos irlandeses, los dos del nordeste.

—¿Alguien más? —preguntó Kyle.

—No. ¿Tiene un minuto para que hablemos?

—La verdad es que no.

—Puede que le interese hacerlo —dijo Ginyard—. Podría resultarle muy productivo.

—Permítame que lo dude.

—Si se marcha, lo seguiremos —dijo Plant, enderezándose y acercándose un paso—, y no creo que quiera vernos rondándole por el campus, ¿verdad?

—¿Me están amenazando? —quiso saber Kyle. La sudoración había vuelto a empezar, esta vez en las axilas. A pesar del frío glacial, notó que gruesas gotas le caían por las costillas.

—Todavía no —contestó Plant con una sonrisa burlona.

—Mire, vayamos a tomar un café —propuso Ginyard—. A la vuelta de la esquina hay un sitio donde hacen bocadillos. Allí estaremos mucho más calientes.

—¿Voy a necesitar un abogado?

—No.

—Eso es lo que siempre dicen ustedes. Mi padre es abogado, y yo crecí entre libros de leyes, de manera que conozco sus trucos.

—No hay ningún truco, Kyle. Se lo aseguro —dijo Ginyard, que logró parecer sincero—. Denos diez minutos. Le prometo que no lo lamentará.

—¿De qué se trata?

—Diez minutos. Es todo lo que le pedimos.

—Denme una pista o, de lo contrario, la respuesta será un «no».

Bob y Nelson cruzaron una mirada y ambos se encogieron de hombros, como si dijeran: «¿Por qué no? Se lo tendremos que decir tarde o temprano». Ginyard se dio la vuelta y observó la calle antes de decir:

—Universidad de Duquesne. Hace cinco años. Unos chavales de una hermandad borrachos y una chica.

La mente y el cuerpo de Kyle reaccionaron de modo distinto. El cuerpo lo admitió con un hundimiento de los hombros, un respingo y un apreciable temblor de las piernas. Pero su mente se rebeló al instante.

—¡Eso no es más que un montón de mierda! —exclamó y lanzó un escupitajo a la acera—. ¡Ya me conozco la historia! ¡No ocurrió nada, y ustedes lo saben!

Se produjo un largo silencio mientras Ginyard seguía observando la calle, y Plant vigilaba todos los movimientos de su hombre. La mente de Kyle funcionaba a toda velocidad. ¿Por qué intervenía el FBI en un presunto delito estatal? En segundo de derecho penal habían estudiado las nuevas leyes referentes a los interrogatorios del FBI. En esos momentos se consideraba delito mentir a un agente en una situación como aquella. ¿Sería mejor callar o llamar a su padre? No, no llamaría a su padre en ninguna circunstancia.

Ginyard se volvió, se acercó y apretó la mandíbula igual que un mal actor, intentando que su tono sonara amenazador.

—Vayamos al grano, señor McAvoy, porque me estoy congelando. Hay una acusación contra usted en Pittsburg, ¿de acuerdo? Por violación. Si quiere hacerse el listo, el primero de su clase de Derecho, y correr en busca de un abogado o llamar a su viejo, entonces mañana tendremos aquí la acusación contra usted y toda la vida que ha llevado hasta ahora y la que planeaba llevar se habrá ido a la mierda para siempre. Sin embargo, si nos concede diez minutos de su valiosísimo tiempo, ahora mismo, en el sitio de los bocadillos a la vuelta de la esquina, entonces esa acusación quedará en suspenso, por no decir que completamente olvidada.

—Podrá librarse del asunto —dijo Plant desde el lado—. Sin que se sepa una palabra.

—¿Y por qué debería creer todo esto? —logró preguntar Kyle, con la boca seca.

—Diez minutos.

—¿Tiene una grabadora?

—Desde luego.

—La quiero encima de la mesa, ¿vale? Quiero que quede grabada toda la conversación porque no me fío un pelo de ustedes.

—Me parece bien.

Hundieron las manos en los bolsillos de sus idénticas gabardinas y se alejaron a grandes zancadas. Kyle abrió el jeep y entró. Puso el motor en marcha, conectó la calefacción a máxima potencia y pensó en marcharse a toda prisa de allí.

2

Buster’s Deli era un establecimiento largo y estrecho, con reservados de vinilo rojo a lo largo de la pared derecha. A la izquierda estaba la barra; y detrás de esta, la parrilla. Al fondo había un par de máquinas del millón. En las paredes colgaban en ordenado desorden todo tipo de recuerdos y objetos relacionados con Yale. Kyle había comido allí unas cuantas veces durante su primer año en la facultad; de eso hacía muchos meses.

Los dos últimos reservados estaban debidamente ocupados por el gobierno federal. Sin embargo, en la última mesa había una tercera e idéntica gabardina charlando con Plant y Ginyard, esperando. Cuando Kyle se acercó despacio, el agente lo miró y le ofreció la sonrisa burlona de rigor antes de sentarse en el siguiente reservado. El n.º 4 estaba allí, tomando café lentamente. Plant y Ginyard habían pedido unos sándwiches con patatas fritas y pepinillos, aunque estaban intactos. La mesa estaba llena de comida y tazas de café. Plant se puso en pie y pasó al otro lado, de modo que él y su compañero pudieran mirar cara a cara a su víctima. Seguían con las gabardinas puestas. Kyle se sentó en el reservado.

La iluminación era escasa y decrépita, de modo que el rincón del fondo estaba oscuro. El estruendo de las máquinas del millón se mezclaba con el ruido del partido que emitían en el canal deportivo de la ESPN y que se veía en la pantalla plana de la barra.

—¿Hacen falta cuatro? —preguntó Kyle, señalando con la cabeza a los otros dos agentes sentados en el reservado a su espalda.

—Esos son solo los que usted puede ver —contestó Ginyard.

—¿Le apetece un sándwich? —dijo Plant.

—No.

Una hora antes se moría de hambre; pero, en esos momentos, sus sistemas digestivo, excretor y nervioso se encontraban al borde del colapso mientras intentaba respirar normalmente y aparentar que lo conseguía. Sacó un bolígrafo barato y una tarjeta y, con toda la calma que fue capaz de reunir, dijo:

—Me gustaría que me enseñaran esas placas otra vez.

Las respuestas que obtuvo fueron idénticas: primero incredulidad; luego ofensa y después un gesto de «qué más da» mientras rebuscaban en sus bolsillos y sacaban sus más preciadas posesiones. Las dejaron en la mesa, y Kyle cogió primero la de Ginyard. Anotó el nombre completo —Nelson Edward Ginyard— y el número de identificación cogiendo el bolígrafo con fuerza, igual que un alumno aplicado. La mano le temblaba, pero no creyó que nadie lo notara. Frotó el emblema de latón con cuidado, sin saber exactamente qué estaba buscando, pero tomándose todo su tiempo.

—¿Podría ver algún documento de identificación con fotografía? —pidió.

—Pero ¿qué demonios…?

—El documento, por favor.

—No.

—No pienso hablar hasta que haya acabado con los preliminares. Simplemente enséñeme su carnet de conducir. Yo le enseñaré el mío.

—Ya tenemos copia.

—Me da igual. El documento.

Ginyard puso los ojos en blanco mientras metía la mano en su bolsillo trasero. Sacó una cartera estropeada y mostró un permiso de conducir de Connecticut donde aparecía una siniestra foto del portador. Kyle la examinó y apuntó la fecha de nacimiento y los datos del permiso.

—Es peor que una foto de pasaporte —comentó.

—¿No quiere ver también una de mi mujer y mis hijos? —preguntó Ginyard, sacando una instantánea en color y lanzándola a la mesa.

—No, gracias. ¿De qué oficina son ustedes?

—De Hartford —contestó Ginyard y, señalando el otro reservado, añadió—: y ellos de Pittsburg.

A continuación, Kyle examinó la placa de Plant y su carnet de conducir. Cuando hubo acabado, sacó el móvil y empezó a teclear.

—¿Qué está usted haciendo? —preguntó Ginyard.

—Voy a comprobar sus identidades en internet.

—¿Cree usted que nos va a encontrar en alguna bonita página web del FBI? —preguntó Plant con un destello de furia. A ninguno de los dos parecía hacerles gracia, pero ninguno de ellos aparentaba preocupación.

—Sé en qué página buscar —dijo Kyle, introduciendo la dirección de un directorio federal poco conocido.

—No nos encontrará —le advirtió Ginyard.

—Esto llevará un minuto. ¿Dónde está la grabadora?

Plant sacó una grabadora digital del tamaño y forma de un cepillo de dientes eléctrico y la conectó.

—Por favor, digan la fecha, la hora y el lugar —ordenó Kyle con una seguridad en sí mismo que lo sorprendió incluso a él—. Y por favor, declaren que el interrogatorio todavía no ha empezado y que no se han hecho declaraciones previas.

—¡Sí, señor! —exclamó Plant—. ¡Me encantan los estudiantes de Derecho!

—Ve usted demasiada televisión —declaró Ginyard.

—Adelante.

Plant colocó la grabadora en el centro de la mesa, entre un sándwich de atún y otro de pastrami, acercó un poco los labios y dijo lo que le habían dicho. Kyle estaba mirando el móvil, y cuando la página web apareció, introdujo el nombre de Nelson Edward Ginyard. Pasaron unos segundos, y nadie se sorprendió cuando se obtuvo confirmación de que existía un agente Ginyard en la oficina del FBI en Hartford.

—¿Quiere verlo? —preguntó Kyle, mostrándole la pequeña pantalla.

—Felicidades —replicó Ginyard—. ¿Ya está satisfecho?

—No. La verdad es que preferiría no tener que estar aquí.

—Puede marcharse cuando quiera —comentó Plant.

—Ustedes me pidieron diez minutos —dijo Kyle, mirando el reloj.

Los dos agentes se inclinaron hacia delante al mismo tiempo. Con cuatro codos en fila, el reservado pareció haber encogido de repente.

—¿Recuerda usted a un tipo llamado Bennie Wright que era investigador jefe de Delitos Sexuales en el departamento de Policía de Pittsburg?

El que había hablado era Ginyard, pero los dos miraban atentamente a Kyle, observando con atención todos sus tics nerviosos.

—No.

—¿No lo conoció hace cinco años, durante la investigación?

—No recuerdo haber conocido a ningún Bennie Wright. Podría ser, pero ese nombre no me suena. Al fin y al cabo, han pasado cinco años desde que no ocurrió ese suceso que nunca se produjo.

Los dos agentes meditaron la respuesta sin dejar de mirar fijamente a Kyle. Este tenía la impresión de que ambos querían decirle que estaba mintiendo.

En vez de eso, Ginyard dijo:

—Bueno, pues resulta que el detective Wright está en la ciudad y que le gustaría verlo a usted dentro de una hora.

—¿Otra reunión?

—Si no le importa… No será mucho rato, y es muy probable que pueda librarse de la acusación.

—¿Acusación de qué, exactamente?

—De violación.

—No hubo ninguna violación. Esa fue la conclusión a la que llegó la policía de Pittsburg, hace cinco años.

—Bueno, según parece, la chica ha vuelto —dijo Ginyard—. Ha rehecho su vida, se ha sometido a terapia intensiva y, lo mejor de todo, ahora se ha buscado una buena abogada.

Puesto que Ginyard no dijo más, no parecía que hubiera necesidad de responder. Kyle no pudo evitar encogerse un poco más. Miró la barra y los taburetes vacíos, echó un vistazo al televisor. Era un partido universitario, y las gradas estaban llenas de vociferantes estudiantes. Se preguntó qué hacía sentado donde se hallaba sentado.

«Sigue hablando —se dijo—, pero no les digas nada.»

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Desde luego.

—Si la acusación se ha formalizado, ¿cómo se va a detener? ¿Por qué estamos hablando?

—Por orden del tribunal, está sometida a condición —explicó Ginyard—. Según el detective Wright, el fiscal tiene un trato que ofrecerle, una propuesta que en realidad viene del abogado de la víctima y que le permitirá a usted salir de este lío. Si sigue el juego, la acusación contra usted nunca verá la luz.

—Sigo sin entenderlo. Quizá debería llamar a mi padre.

—Eso es cosa suya; pero si es usted inteligente, esperará a haber hablado con el detective Wright.

—Ustedes no me han leído mis derechos.

—Esto no es un interrogatorio —intervino Plant—, y tampoco es una investigación —añadió cogiendo una grasienta patata frita del plato.

—Entonces, ¿qué demonios es?

—Una reunión.

Ginyard carraspeó, se recostó en el asiento y prosiguió:

—Se trata de un delito estatal, Kyle. Todos lo sabemos. Normalmente no intervendríamos, pero puesto que usted está en Connecticut, y la acusación se formula en Pensilvania, los chicos de Pittsburg nos han pedido que les echemos una mano para concertar la próxima entrevista. Después de eso, les dejaremos campo libre.

—Sigo sin entenderlo.

—Vamos, una mente de abogado brillante como la suya… Seguro que no es tan tonto.

Se produjo una larga pausa mientras los tres sopesaban el siguiente movimiento. Plant devoró una segunda patata frita sin apartar los ojos de Kyle. Ginyard tomó un sorbo de café, torció el gesto por lo mal que sabía y siguió mirando. No había nadie jugando en las máquinas del millón. El establecimiento estaba desierto salvo por los cuatro agentes del FBI, el camarero —absorto en el partido— y Kyle.

Al fin, este se apoyó en los codos, se acercó a la grabadora y dijo en voz alta y clara:

—No hubo violación, no hubo delito. No hice nada malo.

—Estupendo, ¿por qué no habla con Wright?

—¿Y dónde está?

—A las diez en punto estará en el Holliday Inn de Saw Mill Road. Habitación 222.

—Es una mala idea. Creo que necesito un abogado.

—Puede que sí, puede que no —contestó Ginyard, acercándose, de modo que sus cabezas quedaron muy juntas—. Mire, sé que no se fía de nosotros, pero le ruego que me crea cuando le digo que debería usted hablar con Wright antes de decidir nada. Siempre puede llamar a un abogado o a su padre, aunque sea medianoche. O mañana. Si ahora se lo toma a la tremenda el resultado podría ser desastroso.

—Me marcho. Esta conversación ha terminado. Desconecte la grabadora.

Ninguno de los dos agentes hizo el menor gesto de apagarla, de modo que Kyle la miró un momento hasta que se acercó y dijo claramente:

—Soy Kyle McAvoy. Son las nueve menos diez de la noche y no tengo nada más que decir, de modo que me marcho de Buster’s Deli ahora mismo.

A continuación, se deslizó por el banco para salir; estaba a punto de levantarse cuando Plant le espetó:

—Tiene el vídeo.

Una coz en la entrepierna hubiera dolido menos. Kyle se aferró al vinilo rojo del asiento y creyó desmayarse. Lentamente se sentó de nuevo. Tenía la lengua y los labios secos, y el agua no le sirvió de gran cosa.

El vídeo. Uno de los miembros de la hermandad, uno de los borrachos de la fiesta, supuestamente había grabado algo con un móvil. Supuestamente había imágenes de una chica desnuda en un sofá, demasiado bebida para moverse mientras tres o cuatro hermanos Beta la contemplaban, también desnudos o camino de estarlo. Kyle recordaba vagamente la escena, pero nunca había visto la grabación. Según la leyenda de los Beta, había sido destruida. Los polis de Pittsburg la habían buscado sin encontrarla. Había desaparecido y había quedado sumida en el olvido y en el secreto de la hermandad Beta.

Plant y Ginyard volvían a mirarlo fijamente, codo con codo.

—¿Qué vídeo? —logró articular Kyle, pero su voz sonaba tan débil y tan poco convincente que ni él mismo se la creyó.

—El que ustedes, chicos, ocultaron a la policía —dijo Plant con rostro inexpresivo—. El vídeo que lo sitúa a usted en la escena del delito. El vídeo que le arruinará la vida y lo encerrará entre rejas durante más de veinte años.

¡Oh, ese vídeo!

—No sé de qué están hablando —contestó Kyle antes de beber más agua. Una arcada le atenazó el estómago y pensó que iba a vomitar.

—Yo creo que sí lo sabe —declaró Ginyard.

—¿Han visto ustedes esa grabación? —preguntó Kyle.

Los dos federales asintieron.

—Entonces saben que yo no toqué a esa chica.

—Puede que sí, y puede que no —dijo Ginyard—. Usted era un accesorio.

Kyle cerró los ojos y se masajeó las sienes para no vomitar. Aquella chica era una loca desmadrada que pasaba más tiempo en la casa de los Beta que en su dormitorio. Era una groupie, una pirada de las fiestas con abundante dinero de papá. Los miembros de la hermandad Beta se la habían pasado unos a otros y, cuando ella gritó «¡violación!», se callaron como muertos y se convirtieron en un muro impenetrable que negó cualquier autoría y proclamó su inocencia. La policía acabó por rendirse cuando se dio cuenta de que la chica era incapaz de dar detalles fiables. No se presentaron cargos, y por suerte ella acabó marchándose de Duquesne y desapareciendo. El increíble milagro de tan feo episodio fue que no se difundió y que no arruinó la vida de nadie más.

—La acusación lo cita a usted y a otros tres —dijo Ginyard.

—No hubo ninguna violación —insistió Kyle, sin dejar de masajearse las sienes—. Si hubo sexo, le aseguro que fue con el consentimiento de la chica.

—No pudo haber tal consentimiento si estaba desmayada —aclaró Ginyard.

—No estamos aquí para discutir, Kyle —intervino Plant—. Para eso están los abogados. Estamos aquí para llegar a un acuerdo. Si usted se decide a colaborar, todo esto quedará olvidado, al menos su participación en el asunto.

—¿Qué clase de trato?

—El detective Wright se lo explicará.

Kyle se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en el respaldo del banco. Sentía deseos de suplicar, de rogar, de explicar que aquello no era justo, que estaba a punto de graduarse y pasar el examen del Colegio de Abogados para iniciar una brillante carrera profesional. Ante él se abría un futuro lleno de promesas, y tras él dejaba un pasado intachable. Bueno, casi.

Pero ellos ya sabían todo eso, ¿no? Miró la grabadora y decidió no darles nada de nada.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo—. Allí estaré.

Ginyard se acercó aún más.

—Tiene una hora por delante. Si hace una llamada telefónica, lo sabremos. Si trata de huir, lo seguiremos. ¿Lo ha entendido? No haga tonterías, Kyle. Está tomando la decisión correcta, se lo aseguro. Siga así, y la pesadilla acabará.

—No le creo.

—Ya lo verá.

Kyle los dejó con sus bocadillos fríos y el café malo. Subió a su jeep y condujo hasta su apartamento, a tres manzanas de distancia del campus. Rebuscó en el armario del baño de su compañero de habitación y encontró un Valium. Luego, cerró la puerta de su dormitorio, apagó la luz y se tumbó en el suelo.

3

Se trataba de un Holliday Inn antiguo, construido en los años sesenta, cuando los moteles y las cadenas de comida rápida competían por ver quién construía más a lo largo de las carreteras y las vías principales. Kyle había pasado por delante un montón de veces y nunca lo había visto. Estaba flanqueado por un comercio de electrodomésticos usados y un restaurante especializado en tortitas.

Cuando aparcó el jeep junto a una furgoneta con matrícula de Indiana, el aparcamiento estaba oscuro y medio vacío. Apagó las luces, pero dejó el motor encendido y la calefacción en marcha. Nevaba ligeramente. ¿Por qué no podía estar cayendo la nevada del siglo? ¿Por qué no se producía un terremoto o una inundación, cualquier cosa que interrumpiera aquella espantosa situación? ¿Por qué demonios estaba haciendo lo que aquellos hombres le decían?

Por el vídeo.

A lo largo de la última hora había pensado en llamar a su padre, pero semejante conversación habría durado demasiado. John McAvoy le proporcionaría el mejor consejo legal, y lo haría deprisa, pero los antecedentes de la historia eran demasiado complicados. Había pensado en llamar al profesor Bart Mallory, su tutor, su amigo, su brillante maestro de Derecho Penal, un antiguo juez que sabría exactamente lo que había que hacer en una circunstancia como aquella; pero, una vez más, había demasiadas explicaciones que dar y muy poco tiempo para hacerlo. Había pensado en llamar a sus dos antiguos colegas de la hermandad Beta de Duquesne, pero ¿para qué? Cualquier consejo que pudieran ofrecerle sería tan descabellado como las estrategias que se le pasaban en ese momento por la cabeza. No tenía sentido arruinarles la vida. Llevado por el horror del momento había pensado en distintas formas de desaparecer: una rápida escapada al aeropuerto; una visita clandestina a la estación de autobuses más próxima; un salto desde lo alto de un puente…

Pero lo estaban observando, ¿verdad? Y seguramente también lo estaban escuchando, de modo que alguien compartiría sus llamadas telefónicas. De lo que estaba seguro era de que, en esos momentos, lo estaban vigilando. Puede que en la furgoneta de Indiana hubiera un par de matones con micrófonos y gafas de visión nocturna, pasándolo en grande mientras se gastaban el dinero de los contribuyentes espiándolo.

No podía asegurar que el Valium le estuviera haciendo efecto.

Cuando el reloj digital del salpicadero marcó las 9.58, apagó el motor, se apeó y echó a andar por la nieve dejando un claro rastro de huellas a cada paso. ¿Sería aquel su último momento de libertad? Había leído innumerables casos de gente implicada en algún delito que se había presentado voluntariamente en comisaría para responder a unas preguntas y que, de repente, se había encontrado ante una acusación formal, esposada y entre rejas. Arrollada por el sistema.

Las puertas de cristal se cerraron con estrépito tras él, y Kyle se detuvo un segundo en el desierto vestíbulo con la impresión de haber oído el portazo de los barrotes de una celda. Veía cosas, oía cosas, imaginaba cosas. Parecía que el Valium le había hecho el efecto contrario; tenía los nervios a flor de piel. Saludó al decrépito recepcionista que había en el mostrador, pero no recibió respuesta audible. Mientras subía en el mohoso ascensor hasta el segundo piso, se preguntó qué clase de loco entraría voluntariamente en la habitación de un motel llena de policías y agentes de la ley empeñados en acusarle de algo que nunca había ocurrido. ¿Por qué estaba haciendo algo así?

Por el vídeo.

Nunca lo había visto, y tampoco sabía de nadie que lo hubiera hecho. En el hermético mundo de los Beta corrían todo tipo de rumores, desmentidos y amenazas, pero nadie sabía si el «asunto de Elaine» había sido grabado de verdad. La certeza de que así era y el hecho de que la prueba material que lo demostraba se hallara en esos momentos en manos de la policía de Pittsburg le hizo considerar de nuevo la alternativa del puente.

«Espera un momento —se dijo—, no has hecho nada malo. No tocaste a esa chica. Al menos no esa noche.»

Nadie la había tocado. Al menos esa era la versión a prueba de bomba y requetejurada que circulaba entre los miembros de Beta. Pero ¿y si ese vídeo demostraba lo contrario? No lo sabría hasta que lo viera.

El desagradable olor a pintura fresca le golpeó cuando salió al pasillo del segundo piso. Se detuvo ante la habitación 222 y miró el reloj para asegurarse de que no llegaba ni un minuto antes de lo previsto. Llamó tres veces con los nudillos y enseguida oyó pasos y voces apagadas. Alguien corrió la cadena de seguridad y abrió la puerta bruscamente. El agente Ginyard apareció en el umbral.

—Me alegro de que se haya decidido a venir —dijo.

Kyle entró, dejando su viejo mundo detrás. El nuevo le pareció repentinamente aterrador.

Ginyard se había quitado la chaqueta y sobre la camisa, blanca, llevaba un arnés del que asomaba una enorme pistola negra. El agente Plant y los otros dos que había visto en Buster también se habían quitado la chaqueta para que el joven Kyle pudiera apreciar la variedad de su arsenal: automáticas Beretta de 9 mm con idénticas pistoleras y arneses negros de piel. Tipos armados hasta los dientes y todos con la misma expresión de desagrado, como si estuvieran encantados ante la posibilidad de pegarle un tiro a un violador.

—Buena decisión —dijo Plant.

Sin embargo, en la confusión del momento, Kyle se dijo que haber acudido era en realidad una pésima decisión.

La habitación 222 había sido convertida en una improvisada oficina: habían corrido la cama de matrimonio a un rincón; y las cortinas estaban cerradas. Encima de dos mesas plegables había todo tipo de indicios de que se trabajaba a conciencia: carpetas, sobres, libretas de notas y tres ordenadores portátiles conectados. En el más cercano, Kyle vio brevemente una foto suya sacada del anuario del instituto, el Central York, clase de 2001. Pinchadas en la pared de detrás de los ordenadores, se veían varias fotos de dieciocho por trece de tres de sus antiguos cofrades de Beta. En la pared del fondo había una de Elaine Keenan.

La habitación daba a otra contigua, y la puerta que las separaba estaba abierta. El agente n.º 5, misma pistola, mismo arnés, entró y fulminó a Kyle con la mirada.

«Cinco agentes, dos habitaciones y toneladas de papel, ¿para qué?, ¿para cazarme?», se preguntó Kyle mientras la cabeza le daba vueltas al ver en acción el poder de su gobierno.

—¿Le importa vaciarse los bolsillos? —le dijo Ginyard, tendiéndole una caja de cartón.

—¿Por qué?

—Por favor.

—¿Creen que voy armado? ¿De verdad piensan que voy a sacar un cuchillo y a lanzarme contra alguno de ustedes?

El agente n.º 5 encontró gracioso el comentario y rompió el hielo con una carcajada. Kyle sacó el llavero, lo hizo tintinear ante las narices de Ginyard y volvió a guardárselo.

—¿Le importa que lo registre? —dijo Plant, acercándose.

—Claro que no —contestó Kyle, alzando los brazos—. Los estudiantes de Yale solemos ir armados hasta los dientes.

Plant lo cacheó rápidamente y desapareció en la otra habitación.

—El detective Wright está al otro lado del pasillo —explicó Ginyard.

Una habitación más.

Kyle lo siguió al anodino pasillo y esperó mientras el agente llamaba a la puerta de la habitación 225. Cuando esta se abrió, Kyle entró solo.

Bennie Wright no exhibía armas de ningún tipo. Le estrechó la mano mientras decía rápidamente:

—Soy el detective Wright, del departamento de Policía de Pittsburg.

«Un verdadero placer —pensó Kyle—. ¿Puede decirme qué estoy haciendo aquí?»

Wright tendría unos cuarenta y tantos años, era bajo, pulcro y calvo, salvo por unos mechones negros que llevaba peinados hacia atrás, por encima de las orejas. Sus ojos también eran negros y estaban parcialmente ocultos tras unas gafas de lectura que llevaba apoyadas en la punta de la nariz. Cerró la puerta tras Kyle, le indicó un sitio y le dijo:

—¿Por qué no se sienta?

—¿Qué quiere de mí? —preguntó Kyle, sin moverse de donde estaba.

Wright pasó junto a la cama y se detuvo detrás de otra mesa plegable donde había un par de sillas metálicas baratas situadas frente a frente.

—Charlemos un poco, Kyle —le dijo en tono amable, y este se dio cuenta de que aquel hombre hablaba con un cierto acento. Era evidente que el inglés no era su lengua materna, aunque de esta tampoco había rastro alguno y a Kyle le pareció raro. Un policía de Pittsburg llamado Bennie Wright no debía tener acento.

En un rincón había instalada una pequeña cámara de vídeo de la que salían unos cables que se enchufaban en un portátil con pantalla de doce pulgadas.

—Por favor —insistió Wright, señalando la silla vacía frente a él y tomando asiento en la otra.

—Quiero que todo esto quede grabado —dijo Kyle.

Wright echó un vistazo por encima del hombro a la cámara.

—No hay problema —contestó.

Kyle se acercó a la mesa lentamente y se sentó. Wright se estaba arremangando la camisa. La corbata ya la tenía aflojada.

A la derecha de Kyle estaba el portátil con la pantalla en negro; a su izquierda, una gruesa carpeta sin abrir y, en medio, una libreta de notas, de hojas blancas, con un bolígrafo encima, esperando.

—Conecte la cámara —pidió Kyle.

Wright apretó una tecla del ordenador, y en la pantalla apareció el rostro de Kyle. Se vio a sí mismo, pero en su rostro solo pudo leer miedo.

Wright abrió eficientemente la carpeta y sacó los documentos pertinentes, como si el joven Kyle estuviera allí para solicitar una simple tarjeta de crédito de estudiante. Cuando encontró las hojas que buscaba, las colocó en el centro y dijo:

—Primero tenemos que darle a conocer sus derechos.

—No —repuso Kyle—. Primero tenemos que ver su placa e identificación.

Aquello molestó al detective, pero solo unos segundos. Sin decir palabra, sacó una cartera marrón de su bolsillo trasero, la abrió y le mostró el contenido.

—Hace más de veinte años que la tengo —dijo.

Kyle examinó la placa de bronce, que realmente mostraba señales del paso del tiempo: Benjamin J. Wright, departamento de Policía de Pittsburg, número 6658.

—¿Y qué me dice de su carnet de conducir?

Wright cerró la cartera, abrió otro compartimiento, buscó entre varias tarjetas y le entregó un permiso de Pensilvania.

—¿Satisfecho? —preguntó.

Kyle se lo devolvió.

—¿Qué pinta el FBI en esta historia? —quiso saber.

—¿Podemos acabar primero con lo de sus derechos? —preguntó Wright, reordenando los papeles.

—Desde luego. Sé lo que son.

—Estoy seguro de que sí. Al fin y al cabo, es usted uno de los mejores estudiantes de una de las más prestigiosas facultades de Derecho del país. Un joven muy listo. —Kyle estaba leyendo mientras Wright hablaba—. Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada contra usted ante un tribunal. Tiene derecho a un abogado y si no puede costearse uno, el estado se lo proporcionará. ¿Alguna pregunta?

—No. —Kyle firmó los dos impresos y se los devolvió a Wright.

—¿Qué pinta el FBI en esta historia? —repitió.

—Créame, Kyle, el FBI es el último de sus problemas. —Las manos del detective eran velludas, tranquilas, y tenía los dedos entrelazados encima de la libreta de notas—. Mire, tenemos mucho que tratar, y el tiempo corre. ¿Ha jugado alguna vez al fútbol americano?

—Sí.

—Bien, entonces digamos que esta mesa es el campo. No es que sea un gran ejemplo, pero servirá. Usted está aquí y esta es la línea de gol. —Con su mano izquierda trazó una línea ...