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LA SEGUNDA AMANTE DEL REY

Alonso Cueto

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Fragmento

I

DOMINGO, 6 A.M.

Era una línea que se iniciaba en la sien, se ocultaba en una ceja, y reaparecía dura y profunda, al final de la mejilla. Lali la había visto antes, pero no con la fuerza que mostraba en ese instante en la cara de su marido, el señor Gustavo Rey.

Estaba a punto de amanecer, una neblina iluminaba la ventana. Los dos en el dormitorio.

Lali, sentada en la cama, con su piyama verde, el cuello erguido, los pies atentos en el piso. Él, recién llegado, húmedo, incierto, el terno iluminado por la corbata azul. Ella misma se la había escogido, unas horas antes, le quedaba muy bien.

Los ojos de Gustavo parecían cansados, pero tenían una luz tierna y desamparada que activaba el resto del cuerpo.

Lali se llevó una mano a la boca. No había duda.

Era el amor.

En realidad, el trazo del amor. El garabato que la ilusión siembra en las caras de los hombres, un diseño de ruinas precoces.

Estaba amaneciendo. La luz pálida se formaba en la ventana, como un mensaje que llegaba desde el reverso del tiempo. El silencio aclaraba los bordes de las sillas, definía las pelusas de la alfombra, fijaba el perfil de la estatua que la miraba desde el rincón.

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Ella, acostada ahora en el cojín, apoyada en el hombro, buscando las palabras que le dieran sentido a la quietud ominosa. Él, con las piernas inciertas, titubeando en el polvo que se alzaba.

—Tengo que decirte algo, Lali. Tengo que hablar contigo.

Después de las primeras frases, todo eso parecía tan predecible y banal, tengo que decirte algo, tengo que hablar contigo, y, sin embargo, esas eran las sílabas aterradoras que había previsto, mientras la luz fijaba sus posiciones en el aire. La pausa se iba prolongando. El silencio había surgido para insinuar la verdad. Era la advertencia que la vida cotidiana ya le había hecho en ese mismo dormitorio. Lali se quitó las sábanas de encima.

Gustavo avanzó hacia ella y se sentó al borde del colchón, una imagen que surgía del sueño, un pobre ángel que había aterrizado en ese piso, con las solapas arrugadas, una mano suplicante y sostenida que despedía una sombra. Casi se veía hermoso en ese instante.

Gustavo. Gustavo Rey. El señor Gustavo Rey.

Su marido o su esposo, había dos modos de decirlo. Había pasado de novio a esposo y de esposo a marido con los años. Su nombre se había ido deteriorando. Iba a quedarse allí. Un marido

Gustavo, el extraño con el que vivía, al que necesitaba, sin el cual no podía... Por un instante, le pareció que era otro.

Sí, era tan raro verlo así.

Gustavo y ella se habían casado veinticinco años antes, y, sin embargo, en ese momento, ese hombre era un forastero para el muchacho que había sido, el que ella conocía mejor que este, el que había aparecido entre el humo de una fiesta esa noche, cuando se habían visto por primera vez. Ahora, con las canas y las arrugas que lo envilecían, se inclinaba hacia ella, resquebrajado por el amor, suplicante y vago, protegido por esa sombra de un perfume ajeno.

—¿Qué pasa, Gustavo?

—Tenemos que hablar, Lali.

No se veía como en los casos anteriores, en esos instantes previos a la confesión, seco y alzado, con los ojos desafiantes, dispuesto a ejercer su oficio de empresario próspero, la versión del hombre exitoso y dueño de todas las situaciones, cuyo rango en la oficina y en la casa le permite unas infidelidades menores.

En esas ocasiones, cuando ella había descubierto alguna de sus aventuras, se había enfrentado a una estatua comprensiva. Él había terminado admitiendo las acusaciones, había liquidado a la fulana de turno, había vuelto a su vida de la casa, perdona, fue una tontería de mi parte, te prometo que no vuelvo a meterme con una huevona, ya nos olvidamos de eso mejor. Se había disculpado siempre, pero antes había cumplido con hacer notar su lugar en el mundo.

Al fin y al cabo, era el Rey. El señor Gustavo Rey. Lo decían sus amigos. Lo decían los periodistas. Había fundado la gran empresa de seguros El Ángel, y además tenía acciones en el banco, y había comprado esa casa para amoblarla con su arrogancia, la casa decorada con esas lámparas de pantallas altas, alfombras persas y sillones de espaldares grandes, con fotos de sus padres y sus hermanas y sus hijos pequeños en un yate, alzando la mano a su lado. El mismo señor Gustavo Rey que se había comprado el primer Audi de cien mil dólares equipado con un sistema de sonido estereofónico, en Lima. El carro que manejaba a todas las fiestas para mostrarlo a sus amigos. Gustavo, que aparecía de pie, mirando a la cámara con una sonrisa indiferente, la habitual sonrisa sesgada, a medio hacer, de su inobjetable espacio privado, alzando una copa brillante en el centro de esa luz donde el resto del mundo se perdía.

Había sido muchos otros, pero para Lali nunca había dejado de ser ese hombre. Lo había visto lavarse los dientes en piyama, pero también salir al trabajo con un terno reluciente. La gente la conocía como Lali de Rey. No podía ser alguien distinto. Ser la señora Rey tenía muchas ventajas. Si Gustavo la dejaba… sonaba algo irreal. No podía dejarla. Para ella, sería como renunciar a sí misma, a su imagen, a su nombre. Sobre todo, su nombre.

Era mejor ser su esposa engañada con ventajas que una divorciada sola y digna. La esposa que le permitía algunos recodos ocasionales que él ocupaba con alguna fulana nueva.

Las veces anteriores, cada vez que ella había sorprendido alguna conversación de amor, y él le había confesado una aventura, todo había terminado en un viaje a Miami o a Nueva York. Una vez allí, ella había hecho que él le comprara toda la ropa que pudiera encontrar. Cada noche habían ido al cine o al teatro y a cenar en los mejores sitios. Con todo gusto, mi reina. Ya vamos a olvidarnos, mi reina.

Pero ella sabía que iba a llegar un momento como este, cuando la cara de él apareciera transformada por la humedad de una melancolía perversa. Esa noche, había aparecido una sombra de otra mujer, por el momento más dulce y astuta, alguien que había enviado a través de él los aromas de un perfume desconocido. Un cuerpo extraño se había alojado en el suyo. Era como el polvo de las alas de una mariposa que iba avanzando por la geografía accidentada de este cuarto. La otra mujer ya había explorado, debajo de sus picos de certezas, las cadenas profundas de nostalgias y dudas de su marido. Había aprendido a volar en esa región. Y ahora su perfume estaba allí, sobre la cama. Por primera vez, Gustavo se había encogido frente a ella al decirle la verdad.

—Esta vez es distinto, Lali —había agregado—. No lo puedo ocultar.

Lali reparó en su saco, que brillaba con las manchas de llovizna. Gustavo se movió y el pelo se le derramó por la frente. Parecía estar aterido de amor o más bien de esa confusión extraña que los hombres llaman amor, eso que se siente por primera vez cuando un mechón inesperado y triste les cae por el costado de la piel. El pelo en su cara era el primer síntoma de una condición generalizada.

Lali se incorporó y se sentó en la cama, apoyada en la pared, el cuello erguido, los pies apretados en el piso.

Hubo un largo silencio. Lo más importante era dejarlo terminar, dejarlo a merced de lo que acababa de decir. Ella esperaba algún anuncio o promesa nueva, pero los labios de Gustavo apenas se movían, siempre a punto de articular alguna palabra. Su boca se había secado y tenía un color blanquecino.

—Mira, este momento es muy difícil para mí —repitió, volteando el rostro.

Se quedó en silencio, con sus enormes ojos de gato.

“Es algo muy importante, ya creo que sabes a qué me refiero”, agregó con un susurro.

—Te escucho.

Felizmente, la voz había salido tal como ella la había planeado, un golpe de dulzura en el silencio.

Lali le sonrió. Había esperado con paciencia ese momento. Era como los terremotos que vienen a ejercer los derechos de la tierra cada cierto tiempo, y luego desaparecen hasta que se cumpla un nuevo plazo. Pero había que prepararse y acostumbrarse a ellos.

Todo parecía muy claro. Nadie la había educado para esto. Como no necesitaba de ningún trabajo para vivir, como había tenido tiempo de medir las consecuencias de ese episodio, había previsto su respuesta. Pero esperaba la frase definitiva. Era necesaria para que él pudiera escucharse a sí mismo y que esa frase lo siguiera.

—Me he enamorado de una chica, Lali. Es la verdad. Me he enamorado, no puedo negarlo. Así que voy a dejarte. Es lo mejor. Es algo que tengo que aceptar. Y además… no voy a decirte que lo siento porque no serviría de nada.

Eran exactamente las palabras que ella había imaginado. Sonidos patéticos, sentimentales, casi divertidos. Pero precisos. Estaban allí. Esa extraña contorsión de líneas y arrugas que le había deformado la boca, le doblaba el cuerpo, tomaba la forma de una frase cursi que dejaba un rastro negro.

—Bueno, no te preocupes —le dijo ella—. Es algo que tenemos que afrontar juntos. Pero te entiendo. Te entiendo, de verdad.

Te entiendo. La frase era deliberadamente vaga. ¿Qué había querido decir? No lo sabía, pero decir eso le parecía lo mejor.

Lali sintió un temblor en todo el cuerpo. Se quedó inmóvil.

De pronto, le pareció estar frente a un hombre viejo y algo enfermo. Las manos rendidas en la silla, los ojos opacos y caídos. Ella debía cuidarlo. O hacerlo a un lado. Casi lo despreciaba en ese momento. Debía tomar precauciones.

Lo vio dudar, mover los labios, pasarse una mano por la cabeza. Gustavo de veras pensaba que iba a hacerle mucho daño con lo que le iba a decir.

No tuvo que esperar mucho tiempo.

—Esta vez es en serio, Lali. No es lo que crees. No es lo de otras veces. Me parece que… bueno, creo que ya me entiendes. Lo he pensado mucho y creo que no hay otra solución. Pero me imagino que ya te has dado cuenta de que nosotros, en realidad, no vamos a ningún lado como pareja, no vamos a ningún lado. Somos unos extraños. Apenas podemos hablar. Tenemos que separarnos.

—Pero yo siempre la paso bien contigo. El otro día cuando hicimos el amor… gocé mucho, como siempre.

—No sé, no sé. Pero esta vez es definitivo, Lali. Mira. Voy a encargar a Oscar que empiece los trámites de divorcio. Te pido que entiendas. Puedo darte la mitad de todo sin problema. Vas a estar tranquila, no te preocupes.

Lali volteó hacia la ventana. Ya podían verse las buganvilias con su luz morada rociando las paredes. Una niebla clara iba dulcificando la alfombra. Se oyó el canto metódico del cuculí.

En la mesa frente al espejo estaban el peine, las cremas y los ganchos de pelo. Lali tuvo ganas de arreglarse y mirarse en el espejo. Debía embellecerse para dar la conversación por concluida y salir a la calle a hacer su vida de siempre, buscar una respuesta que la hiciera asimilar todo esto. Otra situación.

Sentada, los pies desamparados en el piso, atenta hasta el borde de la lucidez y la ternura, había organizado el cuerpo para mostrar su doloroso asombro.

Gustavo se incorporó, se quedó en silencio. Iba a decir algo más. Abrió la boca, pero apenas pudo emitir un sonido. Ella se dio cuenta de que debía ayudarlo.

—¿Has estado con ella hasta esta hora? ¿Han estado haciendo el amor toda la noche, hasta ahorita? Ya, pues. Dime.

—Por favor, Lali. De verdad que esto es en serio.

Ella se mordió los labios. Había sido un error suyo. Estaba a tiempo de repararlo.

—Claro. Yo sé que es en serio. No te preocupes por mí.

Él la observaba con los ojos enrojecidos.

—Voy a irme de la casa ahora —dijo mirándola de frente—. No podemos seguir así.

Ella sonrió, bajó la cabeza, se pasó las manos por la cara. Él la observaba.

—¿Qué fue lo que hizo que te enamoraras de ella, Gustavo?

Sabía que la respuesta era obvia, pero que debía cumplir con los protocolos.

La cara de su marido se contrajo. Miró hacia un costado. Las piernas empezaron a moverse, luego se detuvieron. Lali notó que un zapato estaba lleno de rasguños.

—No sé cómo ha pasado, pero estoy enamorado de verdad. Ni yo mismo lo creo.

Ella se tranquilizó, se quedó en silencio. Él estaba asintiendo lentamente con la cabeza. Pero estoy enamorado. Para qué te lo voy a negar. ¿Eso era todo?

—Muy bien —dijo Lali—. Muy bien entonces. Es bueno saber lo que está pasando. Ya te veía actuar muy raro. Más bien te agradezco que seas franco conmigo.

La cara de él se iluminó. Era obvio que él había estado esperando otra reacción y que se sentía aliviado.

—¿Eso nomás tienes que decir?

Lali dobló las manos, luego las estiró como queriendo expulsar algo.

—Bueno, no puedo negar que me has destrozado el corazón, Gustavo. De verdad —dijo tocándose el pecho. Luego alzó la mano—. Pero ahora también pienso que lo que me dices es muy lindo para ti. Te felicito. ¿Sientes que la quieres de verdad?

—Es algo muy especial, de verdad —vaciló él.

—Estoy segura. Bueno, ¿quién es ella? No es una de esas chicas estúpidas con las que te gastas tu sueldo, supongo.

—Por favor. No quiero tus burlas.

Ella lo cogió de la mejilla.

—No creas que me estoy burlando. Una pasión me parece muy respetable. Pero por lo menos tengo derecho a saber quién es, ¿no te parece?

Gustavo se mordió los labios. Tenía una lámina de tensión en la piel.

—No te lo quiero ocultar. Es una persona muy linda. Además, tiene mucho mérito. Es Jocelyne, de la oficina.

Gustavo sonrió.

—Qué lindo. Te enamoraste de una chica de la oficina. Qué bonito.

Lali se mordió la lengua.

—Ya te dije que no quiero tus burlas.

—No. Nada de burlas. Me parece lindo que estés enamorado, de veras.

Gustavo se puso de pie. Los pantalones le colgaban, formando bolsas. El maletín se había quedado junto a la puerta. Su voz había recuperado un tono neutro.

—Quiero que sepas que voy a cuidar de ti. Vas a tener todo lo que necesitas —dijo con voz cuidadosa.

—¿Cuidarme?

—Vas a tener todo lo que necesites. No tienes nada de qué preocuparte. Pero voy a irme de la casa ahora. Voy a hacer mi maleta. Es lo mejor para los dos, ¿sabes?

Lali lo observaba. Había algo de suplicante en la mirada de Gustavo.

—Bueno. Si eso es lo que quieres… —sonrió—. ¿Ya sabes dónde vas a vivir?

—Bueno, ahora me voy a un hotel —dijo Gustavo—. Luego ya veré. En unos días parto de viaje, ya sabes. Voy a Miami.

Lali adivinó los preparativos. En ese momento él acababa de estar con ella, le habría dicho ahora mismo voy a hablar con mi esposa, ya vas a ver, la habría besado, se habrían besado un largo rato en el hotel. Esa chica lo habría visto partir. Seguramente, sabía que iba a volver allí esa misma mañana. Ya tenía una habitación reservada.

—Pero mañana vengo a la casa temprano —agregó Gustavo—. Vamos al banco aquí en la esquina. Vamos a abrir una cuenta nueva, que va a estar solo a tu nombre. Para que puedas tener acceso a las cuentas en Estados Unidos también.

—No te preocupes de la plata. No me interesa por ahora.

—Quiero que estés bien.

—Voy a estar bien. Yo puedo cuidarme sola.

—Por favor.

—En todo caso, ese es un asunto que hablaremos luego. Pero déjame decirte. Te veo tan ilusionado. Hasta me parece que eres otro. Qué lindo verte así. Así estabas cuando nos casamos. Así eras.

Gustavo esbozó una sonrisa. Tenía los dientes marrones y rectos.

—Bueno. Gracias, Lali.

—No tienes por qué. Hace tiempo que me lo digo a mí misma. Ojalá que encuentre una mujer para él. O una chica, supongo. Porque esta debe ser muy joven, ¿no? Además, yo ya sé hace años que no me amas. Yo sí te amo a ti, pero tú a mí, hace mucho… hace mucho que no me amas ni un poquito. ¿No es verdad? Pero no pierdo la esperanza, Gustavo.

Gustavo la observaba. Tenía dificultad para hablar.

—No digas eso. Siempre tendremos nuestra vida juntos. Y nuestros hijos.

—Sí, claro.

Hubo un largo silencio, marcado por el canto de un cuculí en el árbol.

Lali había abrazado los cojines, con los brazos a ambos lados.

—Si quieres puedes quedarte —dijo.

Gustavo esbozó una sonrisa larga y triste.

—¿Cómo dices?

—No necesitas irte de la casa. Por lo menos no ahorita. Ahora puedes quedarte, sin problema. No te vayas todavía.

Ella le puso las manos en el pecho.

—Pero es lo mejor…

Ella sonreía. Le quitó las manos de encima.

—Bueno, como quieras, no te voy a molestar con eso. Pero está muy húmedo afuera. Abrígate bien. Te puede dar algo.

—No te preocupes.

—Solo te pido una cosa. No le digamos nada a Elena ni a Alejandro. Están a punto de dar exámenes y ya sabes que los estudios allá son muy difíciles. Déjalos tranquilos. Ya les diremos en Navidad.

Él asintió. Lali logró componer el rostro y le sonrió.

—Bueno, gracias —dijo él.

—No te preocupes.

Un ruido de sirenas pasó por la ventana. Había alguna ambulancia en dirección a alguna casa de un tipo que agonizaba.

Lali se puso de pie.

—Muy bien. Solo te pido una cosa más.

—¿Qué?

—Espérate hasta un par de meses para hablarme de divorcio o de cualquier cosa así. Luego hacemos lo que quieras.

—¿Por qué?

—No sé. Necesito asimilar la noticia. Y me tengo que acostumbrar a ya no verte. Además, tenemos la boda de mi sobrina, acuérdate. A eso no podemos faltar. ¿O tienes una cita con ella ese día?

Gustavo se quedó en silencio, mirando hacia un costado. Lali adivinó que no le sería difícil ponerle un pretexto a su querida para no verla.

—Tengo que irme a Miami el sábado, por cuestiones de chamba.

—¿Vas con ella?

—No. Ella se queda. Tiene que estudiar.

Lali se sentó. Estiró las piernas. Terminó con una voz lenta y precisa.

—Bueno, el matrimonio es el jueves. Pero quédate aquí ahora. Está muy húmedo afuera. Duerme aquí en el sofá si quieres. Creo que apenas has descansado. Descansa un ratito y después, si quieres, ya te vas.

Él se alejó. Estaba tocando la manija.

—Ya me voy. Es lo mejor. Además, me duele la cabeza. No sé qué me ha pasado.

Lali se levantó, entró al baño y salió con una pastilla y un vaso de agua.

—Sí, te ves muy mal. Esto te va a ayudar para el dolor de cabeza. —Después de una pausa, agregó—: Hasta que consigas un lugar más permanente no tienes que irte a un hotel, Gustavo. Esta es tu casa.

Gustavo tomó la pastilla.

—Me voy, Lali. No puedo quedarme. Mi avión sale en realidad la noche del sábado, o sea el domingo, en una semana. Igual, si quieres, podemos ir a la boda. Pero será lo último.

—Muy bien, no te preocupes. Descansa ahora —dijo ella, mientras se echaba.

Se cubrió. Lo vio salir del cuarto. Seguramente, había quedado en volver pronto donde la chica.

Lali se enterró bajo las sábanas. El aire se llenaba de polvo a esa hora. Algunos filamentos gravitaban en torno al silencio de los objetos.

Dobló la cabeza en la almohada. Se cubrió.

Allí estaba mejor, en la total oscuridad, donde nada podía interrumpirla. Esperaba no oír el ruido de la puerta de la calle.

Mejor una pastilla para quedarse dormida mientras amanecía. Mejor quedarse así mientras el mundo avanzaba y ella se apretaba a la tela, pensando en lo que iba a hacer.

Una sombra pálida iba cayendo desde la ventana, sobre los muebles, y se detuvo en el borde de la cama, como una maldición del mundo de afuera.

En sus sueños Lali vio el traje en el que había conocido a Gustavo Rey, la noche de la fiesta, veinticinco años antes, cuando él apareció junto a la piscina, como si hubiera surgido de las aguas, en el jardín de la Mona Gasco. Sí. Esa noche, él tan sonriente y ancho, apabullando el espacio a su alrededor, con su saco de gamuza verde, su camisa de barras azules, sus zapatos lustrosos sobre el pasto iluminado. Allí, con el pelo castaño, ladeando el cuerpo, parecía tan Johnny Depp, junto a la piscina, que era el mar donde navegaban sus barcos. Lo recordaba como un pirata en una mesa recién salido de las ondas, un cuchillo entre los dientes, para tomarla por asalto y recorrer con ella los mares. Esa primera vez lo veía así, un aventurero elegante y decidido, que algún día iba a llevarla con él, mirándola con sus ojos diseñados en ese azul de acero. Solo te faltaban la cinta y el parche, Gustavo. Por entonces, era el año noventa, la ciudad estaba agujereada por las bombas de terroristas, pero ellos seguían celebrando, y acababan de estrenar “Eduardo, manos de tijera” y Gustavo, más Johnny Depp que nunca, con sus pelos revueltos y su mirada triste y húmeda de misterio. Ella, que ya había tomado un poco, se lo dijo al final de la noche. Igualito a Johnny Depp. ¿Dónde has dejado tus tijeras, hijo? Él le sonrió, felizmente. En los grupos alrededor había al menos una mujer que lo miraba en ese instante.

Ese instante en el que sus ojos la habían traspasado, junto al buffet de carnes y ensaladas, y panes brillosos de grasa, y mozos de manos apuradas, trayendo bandejas con champán, copas altas con inscripciones de escudos, flores rojas en las mesas y parlantes vibrando con música de Santana. Oye, cómo va. Era un modo de decirlo.

Habían pasado tantos años desde esa noche en que lo había conocido, y la imagen seguía allí. En ese momento, ella estaba hablando con su hermana, de espaldas a él. Gustavo se apartó de una mesa de amigos ruidosos y avanzaba con los trancos largos de un gato salvaje. Ella lo vio de reojo, su piel bajo el sol de su casa de playa, con el vaso helado en la mano. De pronto se dio cuenta de que había dejado ese vaso en una mesa y aceptaba otro, el que le ofrecía ese chico, con una sonrisa hecha de todo su dinero y su aplomo y su hechizo del instante.

Un poco después, esa misma noche, Gustavo iba a saludar al padre de Lali, don Luis Reaño, abogado de saco estricto y boca vencida por el agotamiento de las sonrisas forzadas, su padre que había salido de Magdalena para estudiar Derecho con mucho esfuerzo de su familia, en la Universidad Católica. Su padre, que en ese momento estaba tan feliz de que el señor Gustavo Rey, hijo de don Gonzalo, se acercara a saludarlos y de paso conocer a su encantadora hija.

—Ay, perdona la broma sobre Johnny Depp. Soy Laura— le dijo ella.

—No te preocupes. Soy Gustavo —le contestó su futuro marido, con un beso en la mejilla—. Y no tengo nada de Johnny Depp, por favor.

Lali vestía un chaleco morado, con una blusa blanca, falda roja y zapatos negros de taco. Su pelo estirado hacia atrás resaltaba unas facciones afiladas y certeras, sobre las que brillaban sus ojos. En ese momento hubiera deseado haberse puesto una ropa más llamativa, pero sabía que tenía que gestionar su atuendo como pudiera para la ocasión.

Ese era el hombre con el que debía casarse.

Se acercó otra vez.

Gustavo le dijo que la noche estaba muy animada y que había pasado un día de mucho trabajo en la oficina. Era abogado, especialista en seguros, había heredado la fortuna de su padre. Estaba cansado, pero le iba muy bien con su cartera de clientes, le sonrió. Había estado tan cansado ese día… incluso había pensado no ir a esa reunión. Pero se sentía tan pero tan feliz de estar allí. De verdad se lo decía. Muy feliz. Porque hoy te he conocido.

Lali no le contestó. Sonreía con la sonrisa más triste de la que era capaz, miraba a otro lado, recordaba muy bien ese momento, muda y emocionada.

Había algo tan misterioso en ese Gustavo Rey. Algo triste en el fondo de su seguridad y desparpajo. Era un muchacho especial.

Un poco más tarde, él se levantó de la mesa de amigos con dos vasos llenos en la mano. Le hizo una seña. Iban a conversar un poco más allá, en una mesa vacía junto a la piscina, donde nadie los molestara.

Hasta entonces Lali había estado con muchachos del tipo de Papo y Lucho, chicos que hablaban con sonidos guturales, manejaban autos desvencijados, y aparecían tristes y sonrientes en su puerta.

Estaba harta de gente así. Gustavo era distinto. Era fuerte, se vestía con telas y cueros brillantes, y ella veía sus dedos tan seguros aferrados a su copa.

Le había bastado un instante.

Esa misma noche, después de una breve charla al costado del jardín, Gustavo le dijo:

—Vamos al cine mañana. ¿Qué dices? Te recojo, como a las ocho.

Y esa mañana de veinticinco años después, casi dentro de la almohada, cuando él le había dicho que se había enamorado de alguna chica, Lali oyó otra vez las palabras que los habían unido por primera vez. Y esa misma noche, después del cine, vamos a comer algo. Y una semana después, me atraes mucho. Oye, hace tiempo que sabía de ti por unos amigos. Y luego de un mes, ven de viaje conmigo. A dónde vamos. Hay unas islas en las Bahamas donde no va nadie. Solo nosotros. Hay una que se llama Ábaco. Vamos allí. Bahamas. Son ciento veinte islas. Un collar de perlas, dicen. Allí vamos a fundar nuestro imperio. Eres tan linda, mi amor. Luego los besos y los hoteles y los paseos en vela por el mar de las Bahamas, una noche de tormenta con Gustavo, solos en el hotel de Ábaco, la piel dura y el sexo encrespado, furioso y tierno de Gustavo, ella siempre había sentido que iba ganando territorio en ese chico, y en su gran familia. El padre había sido el primero en decirle qué gusto que estés con Gustavo, hijita.

Un año después, todo parecía haber tomado su lugar. ¿Quieres casarte conmigo? ¿De verdad? Contigo me iría al cielo, mi amor. En realidad, estoy en el cielo cuando me hablas. Ella había sabido decirle la verdad.

Lali escuchaba su voz de entonces. Esos sonidos iban a continuar con ella. Solo que ahora toda esa historia estaba en peligro.

Pero iba a hacer algo por evitarlo.

Vio la puerta por la que Gustavo acababa de salir de la casa. Tomó otra pastilla. Ya se despertaría para pensar con calma.

DOMINGO, 9:39 A.M

Sintió el silencio que se agolpaba encima de ella. No había nadie en la casa.

Miró por la ventana. La pared verde que daba a la avenida El Golf apenas se movía. Un carro pasó a toda velocidad.

De pronto todo quedó vacío otra vez. Una calle desolada. Unas banderas y unos hoyos en el campo de golf. Un árbol. Vio de pronto la pista en la que ella había crecido, no tan lejos de allí, llena de huecos y baches, y algunos montones de basura.

Se duchó, se vistió y se arregló frente al espejo. Tomaría un café rápido. El sabor caliente, aguas negras iluminadas, y después el mundo. Primero iría a ver a su madre.

Subió al auto, se vio los dedos blanqueados, apretó el acelerador. Se estaciono frente a la casa de columnas. Llegó al cuarto en el que estaba siempre con su túnica gris, los ojos cerrados, la nariz conectada al tanque de oxígeno.

—Malas noticias, mamá. Resulta que Gustavo ha vuelto a enamorarse. Y esta vez en serio. —Luego de una pausa, agregó—: Pero no te preocupes que ya pensé en lo que voy a hacer.

II

LUNES, 8:14 A.M.

Esa mañana Sonia Gómez, detective profesional, natural de Cajamarca, treinta y dos años y madre de un niño de cinco (se lo recordaba todos los días en la ducha, sonriendo), subió las escaleras a toda velocidad. Sabía que su prisa no se debía a las dos tazas de café que ya se había tomado a esa hora, sino al asunto de siempre.

Abrió la puerta de la oficina. La chapa se acomodaba cada vez con más dificultad a su llave y desde hace tiempo quería decirle al Mocho que la cambiara. Durante la madrugada, el polvo se había apoderado del cuarto, integrándose a la neblina en la ventana, haciendo su recorrido lento y grave entre los objetos.

Sonia pasó un trapo sobre la mesa, calentó el agua y se sentó a revisar las páginas policiales. Cada vez había más crímenes en la ciudad, lo que era malo para todos pero una buena señal para su negocio. Era cuestión de protegerse mientras esperaba que algún cliente llegara a su puerta. A veces, el trabajo de detective consistía en colocar un aviso en el periódico, estar lista en una oficina a las ocho y esperar que sonara el teléfono con un pedido urgente. No siempre ocurría, pero había que esperarlo.

Esa mañana se había puesto el atuendo con el que recibía a sus clientes. Un saco gris, una blusa blanca y pantalones grises ceñidos, con zapatos negros. Había decidido dejar que el pelo le ...