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LA PERRICHOLI

Alonso Cueto  

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Fragmento

Esa mañana, al abrir los ojos, el señor Joseph Villegas vio una grieta atravesando la pared. La línea ya se estaba acercando al crucifijo y pronto podría hacerlo caer.

Se incorporó en la cama.

Su esposa Teresa estaba cerca.

—Buenos días.

—Buenos.

—¿En qué piensas?

—En nada.

—Pues hay mucho en qué pensar. La gente está toda revuelta afuera.

—No exageres.

—Hoy es la fecha —repitió Teresa.

—Ya sé, pero no es para tanto.

Joseph se puso de pie. Ella tenía razón y él lo sabía. Era un día crucial.

Llega el nuevo virrey. Ya viene, ya viene, ya se acerca. Vamos a recibirlo.

—Voy a ver qué ropa me pongo —dijo Joseph.

Mientras caminaba, se animó. La llegada del nuevo virrey podría ser un regalo del destino. Quizá pueda ayudarme a salir de aquí. Incluso a reparar esa grieta en la pared.

*

Joseph podía oír el sonido de una pregonera tras la puerta.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Tamales, tamales, tamales.

Solo algunas sílabas, los mismos sonidos de todos los días.

Sí, sí. Los mismos sonidos pero más fuertes, más rápidos, más largos. Todos los ruidos parecían estar al tanto de la noticia.

La habían repetido las vendedoras, los cocheros, las fruteras, los pregoneros, los curas, los soldados, los vecinos, los agricultores del valle. Los albañiles, los alarifes, las chicheras.

Después de una breve estadía en el puerto del Callao, el nuevo virrey, un representante señorial de la casa de los Borbones, iba a hacer su entrada a la capital del reino más ancho y largo del hemisferio sur.

Joseph se vistió, se echó agua en la cara, se sentó a la mesa. Había una taza de chocolate y un trozo de pan.

La voz de su mujer seguía resonando mientras desayunaban.

Dicen que en Santiago de Chile, al recibir la noticia de su traslado, este nuevo virrey, un noble de Cataluña llamado Manuel Amat y Junyent, ha dicho que lo llena de orgullo ocupar el cargo en una de las ciudades más importantes del mundo. «El virrey está muy feliz de venir aquí», había explicado la mañana anterior una vendedora de chicha que señalaba con el dedo hacia la tierra mientras instalaba su puesto en la plaza. Pero cómo será. Quién sabe, pues. Cómo será.

Desde que había empezado ese mes de octubre de 1761, los vecinos de la ciudad se habían preguntado por la fecha exacta de su arribo. Pero la tarde anterior el rumor había llegado a la plaza principal. Ya estaba en camino, ya había llegado a Virgen de la Legua. Ya llega, ya viene, queremos verlo, pues. Vamos todos.

—Dicen que este nuevo que llega es muy duro pero que es justo —dijo Joseph mientras se engullía una miga de pan.

—Quién sabe cómo será —dijo la condesa Villaseñor en el gran comedor de su casona.

—Lo que sí sé es que no viene con virreina. Así dicen —contestó su marido.

—¡No viene con virreina! ¿Pero por qué? ¡Qué le pasa a ese hombre!

—Nada. No se ha casado. O sea que la comitiva tendrá menos gente que las anteriores. Mejor así.

—Vendrá con ayudantes, funcionarios, sirvientes y sirvientas, cocineros y sus curas confesores. Uno o dos por lo menos. Con toda su comitiva, como cincuenta personas seguro, por lo menos, o más. Pero no con virreina.

—Y aquí la gente lo recibirá en la plaza con todos sus esclavos desplegados. Claro que sí, claro que sí.

Teresa puso otra taza de chocolate en la mesa.

—Dicen que todas las tiendas han vendido telas estos días.

—Todo para lucir bien. Solo quieren lucirse estos peruanos. Todos quieren lucirse para que los vea el virrey. El carnaval de siempre en Lima. Pobres diablos —dijo Joseph.

—Ay, no hables así.

—Pobres diablos. Bien vestidos pero pobres diablos igual. Y lo peor es que tengo que verlos. Y saludarlos.

*

«Dicen del nuevo virrey que en Chile es muy bien conside-
rado», dijo la condesa de Mogrovejo esa mañana junto a la plaza.

Estaba caminando junto a la condesa de Querejazu. «Es un hombre muy estricto y muy elegante. Tenemos suerte de que venga aquí, a Lima».

—¿Ya todos lo saben?

—Sí —dijo la condesa. Pero el primero en saberlo fue como siempre don Pedro Bravo del Ribero.

—Pero tú ya sabes que el primero en saberlo es siempre don Pablo Vásquez de Velasco, conde de las Lagunas, el alcalde de la ciudad —dijo la condesa de Querejazu—. Y nosotros, por supuesto.

—Claro, los de siempre, dijo la condesa de Mogrovejo. Los Querejazu, los Carrillo de Albornoz, los de la Puente, los Jiménez de Lobatón. Pero nosotros también.

Las dos mujeres paseaban por la plaza, seguidas de sus esclavas. Escuchaban el murmullo crecer como una nube de sonidos. «El nuevo virrey», «dicen que Amat y Junyent», «viene de Chile». Era un murmullo sostenido entre los mercaderes, los tenderos, los vendedores en la plaza. Estaba secundado por los ruidos de carrozas, rebuznos y chicotazos de arreadores. Para entonces, un jinete se había adelantado con la noticia y todos se estaban revolviendo en grupos alrededor de palacio. Mírala a la condesa de Cartago. Es una arpía pero viste bien. Mírala. Y mira al conde, su marido. Diantres. Míralo, pues. Sedas de Lyon, calzas verdes, botines de cuero, sombreros negros. Seguramente el virrey los iba a notar apenas llegara. Mil veces diantres.

Ya durante la semana anterior a ese lunes algunos vecinos notables se habían vestido especialmente, con sus chalecos, sus botas y sus fajines, para salir a las calles «si se daba el caso de que lo pudieran ver o, mejor aún, de que él los viera a ellos», según se había escuchado. Las palabras flotaban por la plaza, fluían en la brisa de las esquinas, en medio de la dulzura del olor de las frutas, el humo con cenizas de alguna fogata, la pestilencia de las acequias, el sonido de las ruedas de madera sobre la calle empedrada y sobre la tierra, los gritos de tamales y de mangos y de telas.

¿Pero será como el conde de Superunda acaso? ¿Será como él? Porque el conde de Superunda es el mejor. Míralo nomás, dijo la condesa. El conde de Superunda, veterano del sitio de Gibraltar y de la reconquista de Orán. Mira nomás cómo lo puso Cristóbal Lozano en su cuadro. Reconstruyó toda Lima después del terremoto del 1746. Es un señor. Habrá que mirarlo a este nuevo, dijo la otra condesa. Mirándolo me doy cuenta de quién es. La decencia brilla donde esté.

Y el señor Joseph Villegas, sentado en su casa, frente a la segunda taza de chocolate que le había servido su esposa Teresa, sentía por algún motivo que también debía ver al nuevo virrey. Por curiosidad, por interés y por saber si le parecía que ese hombre iba a durar en el cargo. Y si podía hacer algo para que cambiara su maldita suerte.

Mi maldita suerte, carajo.

*

La neblina se había iluminado y un nuevo calor se elevaba al cielo desde las calles. Esa blancura delgada del cielo y esa grisura azulada del mar y el sol crispado y bendecido de un amarillo silencioso traían las buenas nuevas.

Nada pasa en balde, dijo el ilustre Pedro Bravo a su esposa Petronila y a sus hijos. Todo es obra de Dios. Pero veremos de qué lado está Dios ahora. Ya veremos lo que pasa aquí. No me gusta nada este Amat, ya te lo dije. ¿Y quién es?, le preguntó su hijo. ¿Y viene hoy? ¿Seguro?

Sí, hijo. Sí. El viernes nueve de octubre finalmente había llegado la confirmación del rumor.

Y hoy lunes doce de octubre de 1761, el virrey Amat y Junyent Planella Aymerich y Santa Pau, marqués de Castellbell, veterano de las guerras de sucesión de Polonia, de la batalla de Bitonto en el reino de Nápoles, del asedio de Gaeta, ese mismo Manuel Amat y Junyent que venía de la gobernación de Chile, militar y administrador, conocido por su disciplina, su autoridad y hasta su carácter sanguinario, nacido en marzo de 1707 en Vacarisas, Barcelona, ese hombre va a hacer su entrada a la capital del virreinato del Perú como su nuevo gobernante. Dicen que ha escogido para entrar a Lima la misma fecha en la que Cristóbal Colón desembarcó en la isla de Guanahaní, descubriendo América para los europeos. Porque era también el día de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Porque todo estaba preparado. Porque él iba a redescubrir el Perú, según decían todos, para el mundo.

Porque todos van a rendirle pleitesía.

Pero a mí este hombre no me gusta, dijo Bravo del Ribero. No me gusta. Ya lo saben ustedes. Veremos lo que pasa. Pero yo voy a hacer que pase algo.

*

El día anterior, el domingo once de octubre de 1761, todos los vecinos notables habían ido a la misa de la catedral para que desde allí le llegara la noticia, si acaso, al buen virrey, de su presencia.

Joseph Villegas había ido también a la iglesia, pero no llegó a entrar. Solo había visto pasar a los vecinos que apenas lo miraban.

No sé qué pretensiones tienen, masculló.

Él sabía que la Lima que se preparaba para recibir al virrey Amat seguía siendo una gran urbe pero no tenía el esplendor de fines del siglo anterior. Ya no era la misma que en ١٦٨٢ había recibido con un lujo plateado, por decirlo así, al duque de la Palata. Ese día algunos comerciantes habían pavimentado las calles de la Merced y Mercaderes con adoquines de plata de hasta quince pulgadas gracias a un gasto de varios millones de escudos, para que el virrey viera la categoría de la ciudad a la que llegaba.

No. Ya no era esa Lima, se dijo Joseph Villegas. Ya no es la de antes. Después del terremoto no estaban las casas, ni las calesas ni las iglesias de aquellos días.

Y sin embargo Lima aún tenía pretensiones justificadas de grandeza, pensó. A pesar del terremoto y los miedos a los piratas y la delincuencia, los habitantes de Lima no habían renunciado a ser el centro de la moda, la gastronomía, y las construcciones de toda la región. Las provisiones de plata seguían llegando a raudales desde la mina de Potosí para ser embarcadas a España y la ciudad lucía algunos tesoros. La catedral se alzaba en la plaza principal, y las casas mostraban sus balcones y, en instantes privilegiados, sus zaguanes. Las mujeres salían a exhibir sus pulseras y sus telas. Los hombres las seguían mientras espiaban a las tapadas. Y sus carrozas, por Dios. La gente que se baja de esas carrozas en la plaza todos los días para dar un paseo piensa que está recorriendo su reino, se decía con frecuencia Joseph.

Esa era la mañana en la que podían demostrárselo a sí mismos, al virrey y al mundo.

*

Joseph abrió la puerta de su casa. Había empezado a clarear después de la neblina que algunos por allí llamaban camanchaca. Los indicios de un otoño apacible y por momentos iluminado ya se mostraban. Esto lo animó.

Salió a la calle. Vio pasar a los pescadores que volvían del río Rímac, con una provisión de camarones. Escuchó a alguien decir que el virrey no llegaría a Lima hasta más tarde.

Volvió a la puerta y vio pasar a unos hombres de trajes de yute. La gente de dinero llegaría a la plaza del otro lado. Tendría que dar una vuelta por Polvos Azules para que no lo vieran aparecer en el grupo que cruzaba del Rímac. Si la comitiva del virrey había partido temprano de Carmen de la Legua, era posible que tardara. Había tiempo de vestirse mejor. Entró a su cuarto.

La sensación de amargura no lo dejaba.

En realidad, la tenía desde mucho antes. En el terremoto de 1746, su casa no se había caído pero sí había quedado dañada. Debido a un acuerdo con el monasterio que era dueño del local, era él quien debía pagar los gastos.

Como si la tragedia de su casa no hubiera sido suficiente, unos años antes el señor Villegas había perdido a la persona más importante que había tenido y que tendría. Su adorada esposa María Michaela, que según siempre había creído llegó desde Inglaterra para conocerlo y amarlo, se había ido al otro mundo. La fortuna que alguna vez el señor Joseph tuvo en Panamá era en ese momento un vago recuerdo. A veces sentía la necesidad de volver a su natal Arequipa pero pronto la desechaba. Era en Lima donde tenía que recuperar su nombre.

En Lima.

Porque después de enviudar se había casado con una limeña, descendiente de nobles, la señora Teresa de Mendoza. Porque la amaba pero también le interesaba estar casado con alguien así. Y sin embargo hasta el momento su suerte seguía siendo la misma. Apenas vivía en esa casa modesta en el barrio del Rímac. Eso tendría que cambiar.

No podía seguir soportando tantas humillaciones. Vivir en esa casita con todos sus hijos. Vivir en ese barrio. Mirar a los ojos de su mujer, descendiente de nobles, y adivinar en ella los reproches, las preguntas, la recriminación. Mirar a sus hijos y preguntarse qué sería de ellos. Mirarse a sí mismo.

Por eso quería ir a verlo. Quizá con el nuevo virrey Amat, quizá con él podría hacer algo. Los odio a estos nobles tan atildados pero no puedo vivir sin ellos aquí, diantres.

Sí. No se podía vivir con nobles ni sin ellos. Pero la hipocresía y el halago no podían ser los únicos motores de la vida. No, no. Una vida prestada, dependiente, disfrazada, no era una vida. No iba a acercarse al virrey ni a los nobles ni a las autoridades. Mejor no. Por ahora era mejor esperar y mirarlos con los ojos ardiendo y la boca cerrada.

Todo a su alrededor se hizo un silencio. Era como si alguien estuviera esperando con él.

*

En ese instante, la carroza que llevaba al virrey ya había partido de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de la Legua, cerca de Lima. Dentro, ataviado con su uniforme azul de ribetes de oro, atravesado de su banda roja y custodiado por su peluca de ondas cuidadosas, el virrey Amat se balanceaba con las piedras del camino.

Apenas sentía los golpes. El asiento era para él lo suficientemente ancho para acomodar su felicidad y su necesidad de gloria.

Porque el virrey Amat sabía que no debía engañarse con los árboles y el cielo claro que veía desde la ventana. Porque debía hacer caso más bien a los saltos en el camino. Porque seguramente esos golpes eran una premonición. Porque sabía que no llegaba a una tierra fácil de gobernar. Había oído muchas historias de las revueltas en Lima.

Porque también se sentía muy feliz. Al igual que su antecesor, venía de ser gobernador de la Audiencia de Chile. Ser virrey del Perú era una promoción para ambos, en realidad uno de los puestos más codiciados por un funcionario de la administración española. Porque aquí voy a ser recordado, se dijo mientras se acomodaba en el asiento. Aquí voy a pasar a la historia.

Cerró los ojos. Estaba tan excitado que sintió un sopor. Se imaginó en el trono del palacio. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que le faltaba poco.

*

En la sala de su casa, Joseph Villegas sacó la guitarra, entonó una canción en voz baja y luego fue a su cuarto. Se puso la casaca negra, las calzas verdes y las botas de montar. Se acomodó el sombrero negro de alas laterales y dudó entre ponerse o no la espada que llevaba guardada para algunos casos, de los que había habido muy pocos en los últimos años. Pensó que podían acusarlo de fingir ser un oficial y desistió. De pronto, vio en el espejo una pequeña sombra.

Era su hija Micaela, de trece años. La que prolonga la vida de mi amada fantasma, la hija que sigue su camino junto a mí.

—Micaela, ¿qué haces acá? Vete a tu cuarto.

Pero es mi culpa que sea tan inquieta, se dijo Joseph. Yo le he hecho creer que puede ser quien quiera.

Menuda, de ojos vivos, nariz pequeña y labios largos y vehementes, la niña seguía ahí.

—Así no, papá.

—Qué dices, hija.

—Así no puedes ver al virrey, pues.

—Pero…

—Tienes que ir más elegante, papá. Ponte la espada, ponte también la medalla que tienes allí. Así no puedes ir.

La voz firme y ligera, el tono agudo, las facciones definidas.

Joseph recordaba muy bien la cara de Micaela el día en el que habían tenido que abandonar la finca que compraron al monasterio de Santa Clara. Por qué nos vamos, papá. Por qué tenemos que irnos. Había ocurrido tres años antes. Era la casa en la que ella había nacido, la calle Puno. Nunca volverían allí. Nos vamos porque no tenemos dinero, hija. Porque no podemos estar aquí. Esa es la verdad, qué te voy a decir.

Ella tenía diez años y no le había contestado nada. No tenían dinero. Pero desde esa niña triste y sensible que se había resignado a mudarse a esta que lo llenaba de exigencias y recomendaciones había pasado un tiempo. El espíritu de la Micaela anterior había llegado a ella. Era su adorado fantasma que le hablaba.

—Micaela, ¿qué haces aquí? Anda con tu madre. Me estoy probando este traje.

—No me digas así. Yo sé que vas a salir para hacerte notar con el virrey. A mí no me engañas.

—¿Pero cómo sabes eso?

—Porque te veo. Me han dicho que el virrey llega hoy día. Ya crucé el río y escuché todo. La gente está muy revuelta en las calles. Anoche el virrey durmió en Carmen de la Legua. Ya debe estar cerca.

Joseph la miró.

—No debías salir sola a ver lo que anda pasando por la calle, Micaela. No sé cómo te has escapado de tu cuarto.

Micaela sonrió. Joseph volteó otra vez al espejo.

—¿Quieres que me vaya, de verdad?

Joseph se miró.

—¿Te parece que debo ponerme algo más? ¿Cómo me veo, hija?

Micaela salió del cuarto y regresó con una medalla y una casaca azul de ribetes dorados. Sacó el hilo y la aguja, ayudó a enderezar algunos ribetes y después de varias puntadas se encontró con que su padre podía llevar una casaca bastante aceptable. Con la aguja hizo un hueco en la tela gruesa, le ensartó un hilo y luego engarzó un broche de plata. Se alejó a mirarlo. En ese momento, el broche lucía como una medalla. Le dio la casaca a su padre.

—Ponte esto. De verdad, te digo. Vas a estar mejor así, papá.

El señor Villegas se puso la casaca. La niña tenía razón. Parecía un hombre más apuesto. Incluso podría haber pertenecido a un grupo de oficiales con ese aspecto.

Salió a la puerta. Para entonces, había un gentío. Seguramente la comitiva se estaba acercando.

—¿Vas a llevarme?

Micaela lo miraba con unos ojos enormes y brillantes.

—No. Ya basta de aventuras.

—Pero si tú vas. ¿Por qué no puedo ir yo?

—Eres una niña.

—La niña que te ayudó a vestirte, papá.

Joseph miró por la ventana.

—Bueno, si quieres vamos. Pero no sé qué vas a hacer allí.

—No sé tampoco, pero quiero ir. Es el nuevo virrey. Y habrá que mirar cómo luce. Tiene cincuenta y cuatro años, nada más.

El señor Villegas la observó.

—Sí, y tú eres una niña muy curiosa. Qué tanto sabes.

Se abotonó la casaca que le había llevado su hija.

—¿Está mejor así?

—Mucho mejor. Vamos.

—¿Quieres ir a la plaza conmigo?

—Claro que sí.

Joseph miró hacia el corredor.

—Bueno, si quieres vamos. Pero avísale a tu mamá.

—No es necesario. Yo voy contigo. Voy a ponerme una capa yo también.

Micaela volvió con una capa roja. Lo observaba con una sonrisa.

—Ya estoy.

Él le dio la mano.

*

El señor Villegas por entonces ya tenía cinco hijos de su primer matrimonio con María Michaela de Godard. Unos años antes había estado en Panamá como el capitán Villegas, donde compró varios esclavos a Mister Swanson que representaba el gobierno de Gran Bretaña. Había sido una época de oro.

Al llegar a Lima, se mudó a una casa con huerta y frutales detrás del convento de San Francisco de Paula. Pagó una buena suma de alquiler, mil seiscientos pesos. Esa casa tan grande y bella fue el lugar donde su amada María Michaela había muerto por complicaciones de un nuevo parto con el sexto de sus hijos. Ocurrió en 1739 pero él no la podía olvidar. La encontraba en su hija. Habían pasado veintidós años y allí estaba su hija.

Sin el ángel de su esposa, Joseph Villegas perdió el interés por el trabajo y se dejó llevar por la gravedad de la inercia. Era una rendición. Obedecía a todo lo que pasaba a su alrededor. Después de seis años de viudez, se había casado otra vez en 1745. Su nueva esposa era la que había tenido más cerca, María Teresa Hurtado de Mendoza de Lima. Los padres de la señorita Mendoza, descendientes de nobles y virreyes, se opusieron al matrimonio pues se enteraron de que él tocaba la guitarra y era hijo bastardo, dos señales de indignidad que los limeños iban a comentar siempre. Pero María Teresa, de carácter imperial y tozuda en el amor, había insistido en la boda.

Y sí, se habían casado en enero de 1745 y en la Iglesia del Sagrario.

Micaela era la primera hija de Joseph y María Teresa. A María Teresa le había preocupado que Joseph le pusiera el nombre de la difunta esposa. Pero no se lo había mencionado, no vaya a ser que me diga algo. No podía olvidar el día más feliz de todos, el del nacimiento de su primera hija con María Teresa. Micaela Villegas y Mendoza había nacido el veintiocho de setiembre de 1748 y tres meses después fue bautizada en la misma Iglesia del Sagrario.

Habían pasado dieciséis años desde su boda. Ahora debía preocuparse por Micaela, pero también por su segundo hijo José Félix, por María Josefa, por José Antonio, por José Humberto, por María Lugarda, los otros hijos que tenía con la señora Mendoza, y por los cinco hijos del matrimonio anterior. Debía ocuparse de un regimiento familiar y ya no tenía el dinero de antes. Tampoco la casa de antes. Ni la juventud de antes. No tenía el ánimo, ni la energía ni las esperanzas de antes. Debía ser un modelo para ellos pero había perdido su trabajo, su capital, casi su dignidad. Tuvo que abandonar su casa con huerta y frutales, y pasarse a la casona de la calle Puno, donde debía pagar ciento cincuenta y dos pesos al monasterio de Santa Clara. Era una casa grande pero casi en ruinas, cerca del monasterio de la Purísima Concepción y el Hospital de la Caridad. La casa nunca se había recuperado del terremoto de 1746. Diablos. Diablos. Mil veces diablos.

Pero la casa gozaba de una bendición entre sus paredes. Allí habían nacido Micaela y también sus hermanos. La última de las hijas del señor Villegas, María Lugarda, acababa de nacer en junio de 1761. En ese momento, María Teresa, su esposa, la estaba cuidando. Su hijo mayor Joseph ya tenía treinta años.

Los problemas para el señor Villegas no tenían fin. Sí, pero el verdadero problema, se dijo, es que estos nobles desgraciados de Lima no van a aceptarme nunca, maldición. Por más que había postulado tantas veces a algunos puestos en la Audiencia de Lima, siempre había perdido. Y siempre por esos rancios, edulcorados condes y marqueses, cubiertos de pelucas y de talcos que lo suprimían con un parpadeo. Había llegado a la humillación de tocar la guitarra en la calle para ellos. Cantaba algo, y ellos pasaban sin voltear ni siquiera para ofrecerle un peso. Condes, caballeros y marqueses de la bella ciudad de Lima.

Tres años antes, en 1758, la familia había tenido que volver a mudarse a esa casa en el barrio del Rímac. El señor Villegas había vivido allí con poco dinero. Tenía sesenta años. Dicen que mi suerte en los últimos tiempos es por alguna maldición vinculada con mi origen. Así lo decían en voz baja los vecinos.

Su mayor alegría en esos años había sido su hija Micaela, la heredera de su amor por la otra. Desde que Micaela había nacido, él le había cantado, la había sacado a pasear por la plaza. Ella lo miraba todo con unos ojos inmensos. Muy pronto Joseph le consiguió un tutor. Micaela aprendió a leer de inmediato. A veces él le recitaba algunos poemas y la pequeña Micaela sonreía y repetía con él. Algún día ella sería una gran mujer. Por ahora era una niña muy atrevida.

*

La señora María Teresa salió.

—¿Dónde van?

—A ver llegar al virrey.

—La calle está llena de gente. Es mucho barullo. No es el lugar de una niña, Micaela.

—Vamos a verlo, mamá —le dijo Micaela—. Yo quiero verlo llegar. Ya acabo de cumplir trece años, mamá. Yo puedo ir.

La señora María Teresa dudó.

—Tiene razón, Teresa. Va a ir conmigo —dijo Joseph.

—Bueno, como quieran. Pero después no me acusen a mí de su mala educación. Las niñas tienen que tener más recato y esta Micaela no tiene ninguno.

—Bueno, bueno.

—Y ahora me voy que el bebe necesita mi cuidado. No puedo criar a tantos hijos, pardiez.

*

En ese momento Joseph pensó que quizá sería bueno que la gente lo viera como un buen padre, de la mano de su hija. Además sería un estímulo para la pequeña Mica que viera llegar a Su Excelencia Amat y Junyent. Era la primera vez que podría ver llegar a un virrey y, en las siguientes ocasiones, siempre recordaría esta.

Micaela no había seguido ninguna de las consignas de educación de las niñas de la época. Había aprendido a regañadientes un poco de bordado, algo de lavado, un poquito de cocina y nada más. «Mejor es que no lea mucho», les dijo su tío Francisco, que tenía un cargo en la Audiencia de Lima. «Mejor que no le enseñen a leer, no vaya a ser que aprenda sobre el pecado y toda esa cosa del demonio».

Pero la niña había memorizado poemas de Lope de Vega («Corría un manso arroyuelo, entre dos valles al alba», «De una virgen hermosa celos tiene el sol porque vio en sus brazos otro sol mayor») y su padre le había enseñado a tocar la guitarra y el arpa. A veces bailaba por su cuenta, además de ir a sus clases.

—Bueno, Mica —le dijo—. Tú ya sabes mucho de muchas cosas. Pero es la primera vez que vas a ver esto.

Caminaban por la calle de polvo y tierra. Micaela lo había cogido de la mano para no perderse en la marea de gente. Ya se había formado una multitud camino a la plaza. Joseph pensó que sería difícil ver al virrey en ese tumulto.

Se detuvo. También podría aprovechar los siguientes días, en la plaza principal, en las corridas de toros, los fuegos artificiales y juegos de caballos. En esas ocasiones especiales ponían los adoquines de plata sobre las piedras y la tierra apisonada. Quizá podría verlo allí.

Pero por qué esperar. Tenía que intentarlo ahora.

—Vamos, papá —le dijo Micaela.

Ella caminaba un paso delante. En la calle vieron al maestro de capilla de la catedral de Lima, don José de Orejón y Aparicio. «Míralo, Micaela. Es el autor del gran villancico Ah del gozo, Ah de la métrica armonía, en la que la Virgen María aparece como la gran maestra. Allí está Orejón y Aparicio, el gran violinista, como uno más». «Qué cara tiene, ¿no?», dijo Micaela. «Es el gran compositor peruano», dijo don Joseph.

El maestro lo saludó con el brazo en alto y siguió su camino. También vio a la hija ilegítima de Pedro Peralta y Barnuevo, tan parecida a su padre. Él recordaba bien a Pedro Peralta y Barnuevo que era matemático, físico, poeta y panegirista del virreinato, a quien todavía le parecía ver con sus trajes azules de chupas blancas y en las ceremonias en San Marcos, con su ropa negra hasta el cuello de encaje. Eso no había impedido que la Inquisición lo acusara y censurara por su obra La pasión y triunfo de Nuestro Señor Jesucristo, en 1738. Al señor Villegas no le gustaba la Inquisición, no le gustaba el virreinato, no le gustaba la gente que censuraba a otra. No amaba el mundo en el que vivía. Quería verlo saltar. Quería que se diera vuelta. Y sin embargo he salido a recibir al virrey aunque quizá por eso, para conocer el mundo, entrar en él y hacerlo estallar desde dentro. En realidad, hubiera preferido que no hubiera llegado un virrey. Pero quería verlo. No es necesario entender lo que estaba buscando. Entrar a ese mundo para triunfar en él y luego cambiarlo para siempre, quizá era algo así.

Esa misma noche volvería a su casa y tocaría su guitarra y cantaría y daría unos pasos de baile. Y entonces, así, cantando, haciendo música, por un instante al menos, su vida volvería a ser un poco aceptable.

*

A unos kilómetros de allí los caballos iban ganando velocidad, alterados por las piedras del camino. `Los pensamientos de Manuel Amat se desbordaban.

Quién soy, qué va a pasar, qué voy a hacer. El rey me ha enviado a este gran reino. Montañas, valles, el Océano Pacífico, la plata, el azogue, las plazas, las casonas, los balcones. Un territorio inmenso, lleno de conflictos, el territorio más importante de esta parte del mundo. Y el rey sabe que es tan difícil gobernar un territorio como este, con tantas culturas, tantas lenguas, tantas diferencias geográficas. Un país tan tenso y rico y tan dramático. Pero don Carlos, el rey de España, me ha elegido a mí. Por qué. Por qué. Por lo que soy, por lo que puedo ser. Voy a estar sentado en el trono, voy a tener a los nobles pidiendo audiencia, voy a caminar por las calles de esa ciudad antigua de Lima, la gente va a verme y va a inclinarse, voy a pasar revista a la guardia, voy a crear una guardia nueva, voy a ver los jardines, plazas, alamedas que he creado, voy a verme en uniforme, voy a estar allí.

Allí, en el centro de todo.

Voy a estar allí porque el rey me eligió.

Sentado en la carroza, mientras las piedras lo hacían moverse de arriba abajo, su ánimo se mantenía firme. Se lo había prometido al conde de Superunda cuando lo había encontrado en el Callao. Vuestra Merced ha hecho mucho para reconstruir esta ciudad. Pero yo he llegado a poner orden en esa tierra. Sí. Orden. El orden que necesitaba un gobierno para funcionar, por Dios.

Manuel Amat y Junyent se acordaba con un estremecimiento de placer de las veces que había mandado a ejecutar a los prisioneros: ladrones, asesinos, rebeldes, miserables, todos ejecutados. Todos los que lo merecían en la Gobernación de Chile. «Y voy a tener que hacerlo ahora también en la capital del Perú». Desde allí, su autoridad y su fama serían mucho más fuertes.

Y claro que recordaba que ese placer era parte de su vida. Había matado a tantos infieles en las guerras del África como jefe del regimiento de los Dragones de Sagunto. También a muchos enemigos en la batalla de Bitonto, en 1734, cuando luchó en el bando del conde de Montemar frente a esos descastados de las tropas austriacas de Visconti y Traun. Y durante el asedio de Gaeta. No por gusto era mariscal de campo. Muerte a los enemigos, a los infieles, a los bastardos, a todos los sucios del mundo.

Eso es lo que iba a hacer ahora.

Él en el centro de todo. Allí.

Eso es lo que voy a hacer yo, Manuel Amat y Junyent. En Lima.

Sabía que en su momento más glorioso el virreinato a donde llegaba había ocupado todo el territorio desde Panamá hasta el sur de la región de Chile. Solo en 1739 se había escindido al formarse el virreinato de Nueva Granada. Pero en ese mes de octubre de 1761, cuando él estaba llegando a Lima, seguía siendo el centro de un gran imperio.

Se repitió su nombre. Yo, Felipe Manuel Cayetano de Amat y de Junyent Planella y Vergós Castellbell Bonafilla Desbosch y Erill.

No era un hombre joven pero se sentía lleno de energía. Se vio a sí mismo. Su saco azul oscuro, sus ribetes dorados, sus calzas blancas, la cinta que le cruzaba el pecho, la mirada serena que la peluca resaltaba. Tenía la pinta de un rey.

Pero era mérito suyo. Porque había nacido como un apéndice de su dinastía, una pieza postergada en el linaje de la familia. Porque era el sexto hijo, el cuarto y último hombre de una familia de ocho hermanos. Casi todos eran militares, porque ya sabemos, se dijo en voz baja, ya sabemos que los hijos segundos pueden escoger entre el rojo y el negro, que ser militares o sacerdotes era lo que correspondía a los que no eran primogénitos. Casi todas sus hermanas eran monjas.

No puedo estar con mi familia pero tengo que reconocer que me han servido de algo. Somos todos nobles. Sí. Y ahora estoy en Lima, lejos de Madrid pero cerca del corazón del rey, que se preocupa por todo lo que voy a hacer aquí. Soy el virrey, por Dios. El virrey del Perú, que lo sepan todos.

*

Mientras se acercaba a la ciudad capital se fue dando cuenta de las voces y el tumulto y el polvo de afuera. Había más gente alrededor de la carroza. No podían verlo pero él debía poner un aire digno, la nariz alzada, la peluca compuesta, la mano en el bastón. Después de todo estoy sentado allí frente a mis sobrinos, pensó, los hijos de mi hermano, que han venido a ayudarme.

El corazón galopaba con los sonidos de los caballos. Eran los tambores que anunciaban su futuro.

De pronto, la vio. Allí estaba.

Lima, Lima, bajo la protección del palio. Las torres, el río, los bosques, las iglesias.

La Ciudad de los Reyes.

Francisco Pizarro le había puesto ese nombre porque la decisión de fundarla, el seis de enero de 1535, coincidió con la fecha de la bajada de los Reyes Magos. Tenía las tres coronas en el escudo, por supuesto. Y allí estaban I y K. Ioana y Karolus. Juana y su hijo Carlos. Y las águilas negras de los Reyes Católicos, joder. Y la punta de la estrella tocando las coronas.

Lima. Bosques frondosos, campos de amancaes, el río Rímac lleno de peces y de camarones, y el gran Cerro San Cristóbal que había servido de protección contra los primeros ataques de indios.

Estaba cada vez más cerca a las murallas que había construido el duque de la Palata. Se acercaba al Arco Triunfal diseñado especialmente para recibir a las nuevas autoridades. Allí estaba la gente, al borde del camino. Mujeres con racimos de plátanos y de mangos, ristras de maíz amarillo y morado, mulas con cargamentos de maracuyá, de piña, toda esa gente alzando sus brazos, el color cobrizo que ya conocía, y los ojos ansiosos y desconfiados, el silencio amable y sospechoso. Más allá, llegando a la plaza, aparecían esos hombres con sombrero y camisas de hilo, algunos con esas sandalias que se llamaban ojotas. Niños de mirada resignada, con pantalones de yute. Luego, más cerca, señores de negro, con pechos altos, ojos húmedos y curiosos.

Y por fin, cerca del centro, el esplendor.

Damas con trajes rojos, mantillas, sortijas en todos los dedos y collares de perlas. Otras con velos en el rostro, mantos y encajes de varios colores. Alcanzó a divisar una piedra pequeña negra y roja, que ya conocía: el huairuro, portador de la dicha, augurio de la suerte, heraldo de la vida sosegada.

Todo era un estruendo de voces, de manos, de polvo, de caballos y mulas. Lo más duro era el estruendo de las miradas. No debía voltear, no debía voltear. Debía mirar hacia adelante, como todo buen rey. El discreto placer de sentirse mirado, un honor que no podía arrogarse. Estaba dentro de un círculo de miradas. Pensó que todos los hombres y mujeres hacen un círculo que busca un objeto fijo. Quieren detenerse en un punto seguro del mundo. Él debía hacer una esfera a su alrededor y ser el centro con sus actos, su aspecto y sus palabras.

En el Arco Triunfal, ya dentro de la ciudad, Manuel se bajó. Sabía lo que debía hacer y obedeció todos los reglamentos que lo impulsaban. Alzar la mano, hacer el saludo, decir esas frases. Juro solemnemente respetar y defender, y todo lo que seguía.

Fue en ese momento, abriéndose paso en el pol ...