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LA MANCHA HUMANA

Philip Roth  

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Fragmento

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Todo el mundo sabe

Corría el verano de 1998 cuando mi vecino Coleman Silk, quien, antes de retirarse dos años atrás, fue profesor de lenguas clásicas en la cercana Universidad de Athena durante veintitantos años y, a lo largo de dieciséis de ellos, actuó también como decano de la facultad, me dijo confidencialmente que, a los setenta y un años de edad, tenía relaciones sexuales con una mujer de la limpieza que contaba treinta y cuatro y trabajaba en la universidad. Dos veces a la semana la mujer limpiaba también la oficina de correos rural, una pequeña cabaña de grises tablas de chilla que evocaba el refugio de una familia okie, como se conoce a los trabajadores agrícolas migratorios, procedente de la región seca del sudoeste, allá por los años treinta y que, solitaria y con aspecto de abandono frente a la gasolinera y la única tienda del pueblo, exhibe la bandera norteamericana en el cruce de las dos carreteras que constituye el centro comercial de esta localidad en la ladera de una montaña.

Un día, a última hora, minutos antes del cierre, cuando fue en busca del correo, Coleman vio por primera vez a la mujer, alta, delgada y angulosa, el cabello rubio grisáceo recogido en una cola de caballo y los rasgos bien marcados y severos que suele asociarse a las amas de casa, dominadas por la Iglesia y muy trabajadoras que sufrieron las duras condiciones de vida en los comienzos de Nueva Inglaterra, severas mujeres de colonos aprisionadas por la moralidad imperante y sumisas a ella. Se llamaba Faunia Farley y, por mucho que hubiera sufrido, lo mantenía oculto tras una de esas caras huesudas e inexpresivas que, por otro lado, no esconden nada y revelan una soledad inmensa. Faunia ocupaba un cuarto en una granja lechera donde ayudaba al ordeño, a fin de pagar el alquiler. Había estudiado dos cursos de Enseñanza Media Superior.

El verano en que Coleman me hizo esa confidencia sobre Faunia Farley y el secreto de los dos fue, apropiadamente, el verano en que salió a la luz el secreto de Bill Clinton, con todos sus humillantes detalles, cada detalle natural, la naturalidad, al igual que la humillación, exudados por la causticidad de los datos concretos. No habíamos vivido una temporada semejante desde la época en que alguien tropezó con la nueva Miss América desnuda en un viejo número de Penthouse, unas fotos en las que posaba con elegancia, de rodillas o tendida boca arriba, y que obligaron a la avergonzada joven a devolver la corona y seguir su camino, que era el de convertirse en una famosa estrella pop. El verano del noventa y ocho en Nueva Inglaterra fue exquisito, cálido y brillante, y en cuanto a la liga de béisbol, el verano del mítico combate entre un dios blanco y un dios moreno del béisbol, mientras que de un extremo al otro de Norteamérica se desataba una orgía de religiosidad y de pureza, cuando al terrorismo, que había sustituido al comunismo como la amenaza predominante para la seguridad del país, le sucedió la mamada y un presidente de edad mediana, viril y de aspecto juvenil, y una empleada de veintiún años, temeraria y prendada de él, se comportaron en el Despacho Oval como dos adolescentes en un aparcamiento e hicieron que reviviera la pasión general más antigua de Estados Unidos, e históricamente tal vez su placer más traicionero y subversivo: el éxtasis de la mojigatería. En el Congreso, en la prensa y en las cadenas de televisión, los pelmazos virtuosos que actúan para impresionar al público, locos por culpabilizar, deplorar y castigar, estaban en todas partes moralizando a más no poder: todos ellos con un frenesí calculado de lo que Hawthorne (quien, en la década de 1860, vivió a pocos kilómetros de donde yo habito) identificó en el incipiente país de antaño como «el espíritu persecutorio»; todos ellos ansiosos por llevar a cabo los severos rituales de la purificación que eliminarían la turgencia de la división ejecutiva, allanando así el camino para que la hijita de diez años del senador Lieberman pudiera ver de nuevo la televisión en compañía de su azorado papá. No, si no habéis vivido en 1998, no sabéis lo que es la gazmoñería. William F. Buckley, que colabora simultáneamente en una serie de periódicos conservadores, escribió: «Cuando Abelardo lo hizo, era posible impedir que volviera a suceder», dando a entender que la fechoría del presidente, lo que Buckley denominó en otro lugar «la carnalidad incontinente» de Clinton, no se remediaba como era debido con algo tan incruento como un proceso de incapacitación, sino más bien mediante el castigo que, en el siglo XII, impusieron al canónigo Abelardo los cómplices, que blandían cuchillos, del colega eclesiástico de Abelardo, el canónigo Fulbert, porque aquel había seducido a la sobrina de este, la virgen Eloísa, casándose en secreto con ella. Al contrario que la fatwa de Jomeini que condenaba a muerte a Salman Rushdie, el nostálgico anhelo de Buckley de castigar por medio de la castración no comportaba ningún incentivo económico para cualquier posible perpetrador. Sin embargo, lo impulsaba un espíritu tan riguroso como el del ayatolá, y en nombre de unos ideales no menos exaltados.

Fue el verano en que la náusea retornó a Estados Unidos, en que la broma no cesaba, como tampoco la especulación, la teorización y la hipérbole, en que la obligación moral de explicar a los hijos cómo es la vida de los adultos quedó abolida y se prefirió mantener en ellos todas las ilusiones que se hacen sobre la vida adulta, en que la insignificancia de la gente fue aplastante, en que hubo algún demonio suelto en el país y, en ambos lados, la gente se preguntaba: «¿Por qué nos hemos vuelto tan locos?», en que hombres y mujeres por igual, al despertar por la mañana, descubrían que por la noche, durante el sueño que los transportaba más allá de la envidia o el odio, habían soñado con el descaro de Bill Clinton. Yo mismo soñé con una pancarta gigantesca, dadaísta, como una envoltura de Christo desde un extremo al otro de la Casa Blanca, con la inscripción AQUÍ VIVE UN SER HUMANO. Fue el verano en que, por enésima vez, la confusión, el pandemónium y el lío se revelaron más sutiles que la ideología de tal y la moralidad de cual. Fue el verano en que el pene de un presidente estuvo en la mente de todo el mundo, y la vida, con toda su desvergonzada impureza, confundió una vez más a Norteamérica.

Algún que otro sábado, Coleman Silk me llamaba por teléfono al lado de la montaña en que resido y me invitaba a ir a su casa, después de cenar, para escuchar música, jugar al gin rummy por un centavo el punto o pasar un par de horas en su sala de estar, tomando coñac y ayudándole a superar la que siempre era para él la peor noche de la semana. En el verano de 1998 llevaba casi dos años viviendo allí en solitario, en la grande y vieja casa de tablas de chilla donde había criado cuatro hijos con Iris, su mujer, solitario desde que ella sufrió una apoplejía que le produjo la muerte fulminante, en una época en la que él se enfrentaba a la universidad por una acusación de racismo que habían presentado dos de sus alumnos.

Por entonces Coleman había pasado en Athena la mayor parte de su vida académica. Era un hombre seductor, sociable, de ingenio agudo, con algo de guerrero y de hombre de ciudad que sabe aplicar su astucia al medio rural, en absoluto el prototípico profesor pedantesco de latín y griego (como lo demuestra el Club de Conversación Latina y Griega que creó, heréticamente, cuando era un joven docente). Su venerable curso general de literatura griega antigua traducida, conocido por DHM (siglas de «dioses, héroes y mitos»), gozaba de popularidad entre los estudiantes precisamente por lo que había de directo, franco, enérgico y nada académico en la conducta del profesor.

—¿Sabéis cómo empieza la literatura europea? —preguntaba, tras haber pasado lista el primer día de clase—. Con una riña. Toda la literatura europea surge de una pelea. —Y entonces tomaba su ejemplar de la Ilíada y leía a la clase las primeras frases—: «Canta, diosa, del Peleida Aquiles la aciaga cólera... desde que una querella hubo de desunir a Agamenón, rey de los hombres, y al divino Aquiles». ¿Y por qué se pelean esos dos violentos y poderosos personajes? Es algo tan básico como un altercado en un bar. Se pelean por una mujer, una muchacha, en realidad. Una chica robada a su padre, raptada durante una guerra. Ahora bien, Agamenón prefiere mucho más a esta muchacha que a Clitemnestra, su esposa. «Clitemnestra no está tan bien como ella —dice—, ni por su rostro ni por su figura.» Esto expresa con suficiente franqueza por qué no quiere devolverla, ¿verdad? Cuando Aquiles exige a Agamenón que devuelva la muchacha a su padre, a fin de aplacar a Apolo, el dios que está violentamente airado por las circunstancias que rodean al rapto, Agamenón se niega: solo accederá si Aquiles le da su cautiva a cambio. De este modo vuelve a inflamar la cólera de Aquiles. Excitable Aquiles: el más irascible de los hombres violentos y explosivos que cualquier escritor haya tenido jamás el placer de retratar; sobre todo en lo que respecta a su prestigio y su apetito, la máquina de matar más hipersensible en la historia de la guerra. El famoso Aquiles, ofendido y enemistado por el menosprecio de que es objeto su honor. El grande y heroico Aquiles, que, mediante la fuerza de su furor al ser insultado (el insulto de no lograr que le entreguen a la muchacha), se aísla, se coloca en una posición desafiante al margen de la misma sociedad de la que es glorioso protector y que tiene una enorme necesidad de él. Una pelea, pues, una brutal pelea por una joven, por su cuerpo juvenil y las delicias de la rapacidad sexual: ahí, para bien o para mal, en esta ofensa contra el derecho fálico, la dignidad fálica, de un enérgico príncipe guerrero, es donde comienza la gran literatura imaginativa de Europa, y ese es el motivo de que, cerca de tres mil años después, hoy vayamos a empezar por ahí...

Cuando le contrataron, Coleman era uno de los pocos judíos pertenecientes a la facultad de Athena, y tal vez uno de los primeros judíos a los que se permitió enseñar en un departamento de lenguas clásicas en cualquier lugar de Estados Unidos. Pocos años antes, el único judío había sido E. I. Lonoff, el escritor de relatos breves casi olvidado a quien, cuando yo mismo era un aprendiz que acababa de publicar, que tenía problemas y buscaba ansiosamente el espaldarazo de un maestro, efectué una memorable visita. Durante los años ochenta y parte de los noventa, Coleman fue también el primer y único judío que actuó en Athena como decano de la facultad. Entonces, en 1995, tras retirarse como decano a fin de completar su carrera en el aula, volvió a dar dos de sus cursos bajo la tutela del programa combinado de lenguas y literatura que había absorbido al Departamento de Clásicas y que estaba dirigido por la profesora Delphine Roux. En calidad de decano, y con el pleno apoyo de un nuevo y ambicioso presidente, Coleman se había hecho cargo de una universidad anticuada, apartada y soñolienta y, no sin hacer uso de una fuerza arrolladora, había puesto fin al estado de cosas en el que el centro docente era una posesión de terratenientes, estimulando de una manera agresiva a la gente inútil entre la vieja guardia de la facultad a pedir la jubilación anticipada, reclutando jóvenes y ambiciosos profesores auxiliares y revolucionando los planes de estudios. Podemos tener la certeza casi absoluta de que, si se hubiera retirado sin incidentes, a su debido tiempo, no habría faltado el volumen de artículos laudatorios redactados por sus colegas, se habría instituido el Ciclo de Conferencias Coleman Silk, así como una cátedra de estudios clásicos que habría llevado su nombre, y tal vez, dada la importancia que él había tenido en la rehabilitación del centro en el siglo XX, tras su muerte el Edificio de Humanidades o incluso el Edificio Norte, que era el lugar más destacado de la universidad, habría sido bautizado de nuevo con su nombre. Ya haría largo tiempo que, en el pequeño mundo académico donde había vivido la mayor parte de su vida, habrían cesado las inquinas hacia él, las controversias e incluso los temores, y en cambio habría sido glorificado para siempre.

Hacia la mitad de su segundo semestre como profesor permanente, Coleman pronunció el par de palabras fatídicas que le harían cortar voluntariamente todos sus vínculos con la universidad, las dos palabras fatídicas entre los muchos millones que había pronunciado en sus años de enseñanza y administración en Athena, y la palabra que, tal como Coleman entendía las cosas, causó la muerte de su esposa. Catorce eran los alumnos de la clase, y Coleman había pasado lista al comienzo de las primeras lecciones, a fin de aprenderse sus nombres. Puesto que en la quinta semana del semestre aún había dos nombres a los que nadie respondía, a la sexta semana Coleman preguntó al inicio de la clase:

—¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?

Al cabo de unas horas se sorprendió al ser llamado por su sucesor, el nuevo decano de la facultad, para comunicarle la acusación de racismo efectuada contra él por uno de los dos alumnos que no asistían a clase, el cual resultó ser de raza negra y, pese a estar ausente, se había enterado enseguida de la expresión con la que el profesor había planteado públicamente el problema de su ausencia.

—Me refería a su carácter posiblemente vaporoso —le dijo Coleman al decano—. ¿No le parece a usted evidente? Esos dos alumnos no han asistido a una sola clase, y lo único que sabía de ellos era que no estaban presentes. Utilicé la expresión corriente «hacerse humo» en el sentido de desaparecer, desvanecerse, y si añadí lo de «negro», fue sin ninguna intención, quizá porque

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