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LA DESAPARICIóN DE ANNIE THORNE

C.J. Tudor  

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Fragmento

Prólogo

Incluso antes de entrar en la casita, Gary sabe que algo no va bien.

Es el olor empalagoso que sale por la puerta abierta, las moscas que revolotean en el calor pegajoso del recibidor. Por si esto no fuera indicio suficiente de que algo horrible ha ocurrido en esa casa, horrible en el peor sentido posible, el silencio lo confirma.

Hay un elegante Fiat blanco aparcado en el camino de acceso, una bicicleta apoyada frente a la puerta principal y unas botas de goma tiradas justo al otro lado del umbral. El hogar de una familia. Incluso cuando el hogar de una familia está vacío, quedan en él ecos de vida. No es normal que se irradie una sensación opresiva y siniestra bajo un asfixiante manto de silencio, como en aquella casa.

Aun así, él grita de nuevo:

—Hola. ¿Hay alguien?

Cheryl alza la mano y da unos golpecitos enérgicos a la puerta abierta. Estaba cerrada cuando han llegado, pero no con llave. Otro detalle que da mala espina. Aunque Arnhill sea un pueblo pequeño, los vecinos siempre cierran con llave.

—¡Policía! —grita.

Nada. No se oye la menor pisada, crujido o susurro. Gary suspira al percatarse de que siente un temor supersticioso a entrar. No es por el rancio hedor a muerte. Hay algo más. Un instinto primario lo insta a dar media vuelta y marcharse de allí cuanto antes.

—¿Sargento? —Cheryl levanta la vista hacia él, arqueando una fina ceja en un gesto inquisitivo.

Él echa un vistazo a su acompañante, de metro sesenta de estatura y solo cuarenta y cinco kilos de peso. Con más de metro ochenta y casi ciento treinta kilos, Gary parece un Baloo, y Cheryl, a su lado, un delicado Bambi. Al menos en lo que al aspecto físico se refiere. En cuanto a la personalidad, basta con señalar que Gary llora cuando ve una película de Disney.

Ella asiente con una breve y sombría inclinación de la cabeza, y los dos pasan al interior.

Un fétido y penetrante olor a descomposición humana los abruma. Gary traga saliva e intenta respirar por la boca, mientras desea con toda el alma que hubiese sido algún otro —fuera quien fuera— quien hubiera acudido a esa llamada. Cheryl pone cara de asco y se tapa la nariz con la mano.

Esas pequeñas casas de campo tienen una distribución bastante típica: un recibidor pequeño, escaleras a la izquierda, el salón a la derecha y una cocina diminuta encajonada al fondo. Gary se encamina hacia el salón. Empuja la puerta para abrirla.

Gary ya ha visto cadáveres antes: un chaval joven atropellado por un conductor que se dio a la fuga, un adolescente destrozado por maquinaria agrícola. Fueron muertes horribles, sí. Innecesarias, sin lugar a dudas. Pero esto es horrible, piensa de nuevo. Más que horrible.

—Joder —musita Cheryl, y Gary piensa que él mismo no habría podido expresarlo mejor.

Todo el horror, concentrado en una única palabrota: «Joder».

En medio de la habitación se encuentra una mujer, repantigada en un gastado sofá de piel, de cara a un gran televisor de pantalla plana. El aparato tiene una rajadura en forma de telaraña en torno a la que docenas de moscardas gordas pululan perezosamente.

Las demás zumban alrededor de la mujer. «Alrededor del cuerpo», se corrige Gary para sus adentros. Ya no es una persona. Solo un cadáver. Un caso más. Hay que dominar esos nervios.

A pesar del abotargamiento causado por la descomposición, se nota que en vida ella debía de ser esbelta y de tez pálida, aunque ahora está cubierta de manchas y veteada de venas verdosas. Va bien vestida: camisa de cuadros, vaqueros ajustados y botas de piel. Resulta complicado determinar su edad, más que nada porque la parte superior de la cabeza ha desaparecido. Bueno, en realidad no es que haya desaparecido. Gary alcanza a ver trozos de ella pegados a la pared, la librería y los cojines.

No caben muchas dudas respecto a quién apretó el gatillo. La escopeta aún descansa sobre su regazo, sujeta por los dedos hinchados. Gary reconstruye a toda prisa en su mente lo ocurrido. Ella se mete el arma en la boca, dispara, la bala sale con un ligero desvío hacia la izquierda, donde se aprecian los mayores daños, lo que tiene sentido, pues empuña el arma con la mano derecha.

Gary es solo un sargento de uniforme que apenas trata con los forenses, pero ha visto muchos episodios de CSI.

El proceso de putrefacción seguramente ha sido muy rápido. En la pequeña casa de campo hace calor, un bochorno sofocante, incluso. En el exterior la temperatura ronda los veintitrés grados, las ventanas están cerradas y, aunque las cortinas están echadas, el termómetro debe de marcar más de treinta. Él ya nota el sudor que le resbala por la espalda y le humedece las axilas. Cheryl, que nunca pierde la calma, se enjuga la frente, visiblemente incómoda.

—Joder. Vaya desastre —comenta, en un tono cansino poco habitual en ella.

Contempla el cuerpo en el sofá, sacudiendo la cabeza, antes de desplazar la vista por el resto de la habitación, con los labios fruncidos y la expresión lúgubre. Gary sabe qué está pensando. «Bonita casa. Bonito coche. Bonita ropa. Pero nunca se sabe. Uno nunca sabe lo que sucede en realidad de puertas adentro.»

Aparte del sofá de piel, los únicos muebles son una vieja estantería de roble macizo, una mesita de centro y el televisor. Él mira el aparato de nuevo, preguntándose cómo se habría agrietado la pantalla y por qué las moscas parecen tan interesadas en andar por ella. Avanza unos pasos, haciendo crujir los cristales rotos bajo sus pies, y se agacha.

Al examinar el televisor más de cerca, descubre la razón. El vidrio resquebrajado está recubierto por una costra oscura. Una parte de la sangre ha resbalado por la pantalla hasta el suelo, donde él advierte que ha estado a punto de pisar un charco pegajoso que se ha extendido sobre las tablas del suelo.

Cheryl se acerca hasta detenerse a su lado.

—¿Qué es eso? ¿Sangre?

Gary piensa en la bicicleta. En las botas de goma. En el silencio.

—Tenemos que echar un vistazo al resto de la casa —dice.

Ella posa en él los angustiados ojos y asiente.

Las escaleras, empinadas y chirriantes, están manchadas de más regueros de sangre oscura. En lo alto, un estrecho rellano comunica entre sí dos dormitorios y un baño diminuto. Allí el calor es más intenso, si cabe, y el olor, aún más repugnante. Gary le indica por señas a Cheryl que vaya a echar una ojeada al baño. Por un momento, cree que ella le discutirá su orden. Resulta evidente que el hedor procede de uno de los dormitorios, pero, por una vez, ella le deja interpretar el papel de oficial superior y cruza el rellano con cautela.

Él se vuelve hacia la puerta del primer dormitorio y, notando un sabor amargo y metálico en la boca, la abre despacio y con cuidado.

Es la habitación de una mujer. Limpia, ordenada y vacía. Un armario en un rincón, una cómoda junto a la ventana, una cama grande cubierta con un edredón color crema inmaculado. Sobre la mesilla de noche, una lámpara y una foto solitaria en un marco liso de madera. Se acerca y la coge. Un muchacho de diez u once años, menudo y enjuto, con una sonrisa que deja al descubierto unos dientes prominentes, y una mata de pelo rubia y despeinada. «Ay, Dios —reza Gary casi sin darse cuenta—. Por favor, Dios, no.»

Con el corazón en un puño, sale de nuevo al pasillo, donde encuentra a Cheryl pálida y tensa.

—El baño está vacío —dice ella, y Gary sabe que los dos están pensando lo mismo.

Solo queda una habitación. Falta una sola puerta para revelar el primer premio. Él espanta una mosca con un manotazo rabioso. Siente la necesidad de respirar hondo para tranquilizarse, pero aquel olor lo ahoga. En vez de ello, extiende la mano hacia el pomo y abre la puerta de un empujón.

Aunque Cheryl es demasiado dura para vomitar, él la oye reprimir una arcada. Su propio estómago da un vuelco, pero él consigue dominar las ganas de devolver.

Se equivocaba al pensar que la situación era chunga. En realidad es una auténtica pesadilla.

El chico yace en la cama, vestido con una camiseta que le viene grande, un pantalón corto ancho y calcetines blancos de deporte. Los elásticos se le clavan en la carne hinchada de las piernas.

Gary no puede evitar fijarse en aquellos calcetines de color blanco impecable. Un blanco radiante. Como recién lavados. Igual que en un anuncio de detergente. O tal vez solo lo parecen porque todo lo demás es rojo. Rojo oscuro. Manchas en la camiseta de talla extragrande, salpicaduras por todas las almohadas y las sábanas. Y allí donde debería estar el rostro del muchacho, solo un gran amasijo blando y rojo, sin facciones reconocibles, plagado de inquietos cuerpos negros, moscas y escarabajos que entran y salen retorciéndose de la carne destrozada.

Lo asalta una imagen fugaz de la pantalla agrietada del televisor y el charco de sangre en el suelo, y de pronto lo ve: la cabeza del chico, golpeada una y otra vez contra el aparato, y luego aporreada contra el suelo hasta dejarlo irreconocible, sin cara.

Y tal vez de eso se trataba, piensa mientras alza la vista hacia otra cosa también roja: unas marcas encarnadas más llamativas, imposibles de pasar por alto. Grandes letras garabateadas en la pared, encima del cuerpo del chico:

NO ES MI HIJO

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No regreses nunca. Es lo que siempre dice la gente. Las cosas habrán cambiado. No serán como las recuerda

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