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LA CAíDA DE VELASCO

Antonio Zapata  

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Fragmento

Este libro estudia el declive y la caída del gobierno del general Juan Velasco Alvarado: desde la enfermedad del presidente en el verano de 1973 hasta su derrocamiento en agosto de 1975. Es un texto de historia política y los acontecimientos que se privilegian guardan relación directa con esta esfera de la realidad. Pero la investigación no pretende presentar al velasquismo en su integridad dado que no incorpora la fase de su ascenso. Por otro lado, la motivación del estudio es participar del balance que merece el general Velasco en el cincuentenario del golpe del 3 de octubre de 1968.

La caída de un régimen es una coyuntura muy singular porque el declive contiene los elementos del conjunto: se desmorona lo conseguido durante el ascenso. Cuando llega la crisis, ha terminado la euforia inicial y el gobierno muestra sus desgarraduras. Ahí se halla la prueba de realidad. Al estudiar una caída se minimizan los fines, metas y discursos autojustificatorios, mientras que sobresalen los límites verdaderos, aquellos que el gobierno no pudo sobrepasar. El análisis se centra entonces en una pregunta principal: cómo gobernó Velasco durante su declive.

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Dos son las fuentes principales utilizadas en esta investigación. Por un lado, la recopilación de la prensa de la época realizada por Henry Pease y publicada por DESCO bajo el título Perú: cronología política1. En sus diez volúmenes, Pease ofrece al público la inmensa base de datos reunida por DESCO y que él utilizó para sus estudios sobre el velasquismo. En esta ONG se habían leído y sistematizado cuidadosamente —en una época anterior a la computadora— todas las noticias políticas aparecidas en la prensa, tanto de los diarios como de las revistas, y en ocasiones hasta de volantes y manifiestos. Además, la fuente es bastante plural y revela la postura de los diversos actores del espectro político.

Gracias al trabajo de Pease, una considerable parte de la investigación sobre Velasco se encuentra muy completa y al alcance de cualquier estudioso. En su lectura se puede seguir la agenda política de los siete años de la llamada primera fase del gobierno militar. Asimismo, aparece nítidamente la voluntad de los actores ante esa agenda, la lucha de posiciones y los resultados de los enfrentamientos abiertos. Todo historiador debe hacer este tipo de investigación, sea cual sea el tema de estudio, puesto que resulta fundamental conocer qué dice la prensa y cómo se expresa la sociedad a través de ella. Afortunadamente para la época de Velasco, Pease publicó su base de datos, gigantesca y sistemática, y permitió un avance sustancial para las investigaciones siguientes.

La segunda fuente principal es el borrador de las actas del consejo de ministros del gobierno militar de Velasco, que se encuentra en la biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Estos borradores son copias a mano hechas por quien fuera el segundo jefe del COAP y secretario del consejo de ministros, el general Arturo Valdés Palacio. Las actas originales se hallan en Palacio de Gobierno y en una oportunidad he podido verlas y cotejar una sesión escogida aleatoriamente. Mi apreciación es que se trata del mismo texto, una copia en borrador y la otra en el libro oficial. Estos borradores fueron conservados por el general Valdés Palacio en su domicilio hasta su fallecimiento, y luego pasaron a la biblioteca de la PUCP. Se trata de una joya documental porque es una mirada interior al órgano máximo del poder de la época.

Hasta ahora no se cuenta con estudios sobre las actas de los consejos de ministros de ningún gobierno. No obstante, en Palacio se pueden ubicar actas desde el primer gobierno de Manuel Prado en 1939 hasta el día de hoy. Se encuentran en la biblioteca del consejo de ministros, están bien encuadernadas y en perfecto estado de conservación. Cuando sea posible estudiarlas en profundidad cambiará significativamente la historia del Perú del siglo XX. Sin embargo, no están disponibles para la investigación y ningún historiador las ha podido analizar. Por fortuna, los borradores de las actas del consejo de ministros de Velasco se hallan en la biblioteca de la PUCP al alcance de los estudiosos.

El valor principal de estas actas es que permiten acercarse al proceso de toma de decisiones. Sabíamos qué ocurrió, pero no conocíamos cómo ocurrió. Las actas facilitan este tipo de información. Es la voz de la institución rectora del Estado en vista de que en época de Velasco casi no funcionó la Junta Militar de Gobierno. Las decisiones se tomaban mayormente en el consejo de ministros y solo en ocasiones se procesaban en otros espacios. En un ámbito dictatorial donde no existía ni parlamento ni elecciones de ningún tipo, todo el poder estaba concentrado en este espacio que era el consejo de ministros; integrado además, exclusivamente, por militares.

La presente investigación ha consistido en leer de manera ordenada y en paralelo ambas fuentes: descubrir la noticia en el periódico y el debate previo en el gabinete. Asimismo, se ha analizado la literatura secundaria, los estudios sobre el velasquismo. Este libro es fruto del cruce de ambos procesos: el analítico y el conceptual.

La impresionante literatura de los años setenta y ochenta2 sobre el fenómeno político que representaban los militares latinoamericanos izquierdistas revela el notorio interés que tenía este tema entre los estudiosos de aquella época. Pero luego el Perú ingresó en un período distinto y se vio en Velasco a un apestado. Muchas personas han llegado a creer que el país perdió treinta años a causa de su gobierno. Por ello, durante largo tiempo permaneció olvidado y casi no se registran nuevos estudios en la década de los noventa y los primeros quince años de este siglo. Sin embargo, últimamente ha ido cambiando esta percepción y se ha dado curso a una revaloración de la figura y del gobierno de Velasco. El cincuentenario del 3 de octubre de 1968 facilita esta recuperación de su obra y del interés científico por ella3.

La bibliografía secundaria la fui conociendo y apreciando a través de varios cursos sobre el velasquismo que he dictado en los últimos años en la PUCP. De manera que mi primer agradecimiento es a la universidad que me ha permitido enseñar e investigar en un ambiente de completa libertad. El vicerrectorado de investigaciones de la PUCP financió la primera mirada que le di a los borradores de las actas del consejo de ministros. Posteriormente, he seguido con mis alumnos(as) y les agradezco sus monografías y las discusiones que hemos tenido en clases sobre esta problemática. Por su parte, Cristóbal Aljovín y Natalia González han leído el primer borrador de este trabajo y le hicieron críticas sustanciales que, espero, hayan servido para mejorar la versión que se presenta actualmente al público.

En este punto, creo necesario expresar mis reconocimientos al Instituto de Estudios Peruanos por haber organizado hace un par de años, y en colaboración con otras instituciones, un seminario de debate en torno a las nuevas miradas sobre el régimen velasquista que resultó un espacio de reflexión muy fructífero acerca de diversos aspectos relativos al gobierno y a sus políticas. De forma particular, agradezco a Alberto Gálvez Olaechea, Edmundo Murrugarra, Rolando Rojas y Mari Burneo por sus ideas y aportes presentados y discutidos en el evento, muy valiosos para la realización de este trabajo. Durante varios años he trabajado con Gabriela Rodríguez, quien ha sido bastante más que una asistenta de investigación porque ha compartido el análisis y los debates conceptuales. A ella, asimismo, le debo mucho, y su incorporación como colaboradora del texto es lo menos que se merece. Por último, agradezco a la editorial y a Jerónimo Pimentel por confiar nuevamente en este género tan depresivo, la historia de lo peor que tiene el Perú: la política.

CAPÍTULO 1
Los militares y sus partidarios

La primera fase del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas inició con el golpe que derrocó a Fernando Belaunde Terry el 3 de octubre de 1968 y llegó a su fin con otro golpe, aunque en esta ocasión sería el número dos del régimen, el general Francisco Morales Bermúdez, quien lo presidiera. Durante estos siete años, la cúpula de gobierno estuvo integrada exclusivamente por militares, sin que ningún civil llegara a ocupar un cargo oficial en las altas esferas del poder. Por otro lado, las restricciones a la actividad pública que afectaron especialmente a los partidos redujeron de forma severa el espacio de actuación política en el país. En consecuencia, la institución de las Fuerzas Armadas quedó como protagonista de este escenario político limitado y es por ello que llegó a concentrar los conflictos y las contradicciones propios de la vida política, como se verá a lo largo de este capítulo.

Las tendencias en las Fuerzas Armadas

El 23 de febrero de 1973, un escueto comunicado oficial daba cuenta de la grave crisis de salud del general Juan Velasco Alvarado. Se informaba que el presidente había sido sometido a una operación por presentar un «trastorno vascular (aneurisma abdominal)»4. Algunos días después, el 9 de marzo, el Hospital Militar emitía un boletín médico en el que informaba de una segunda intervención para amputar la pierna derecha, «inmediatamente encima de la rodilla»5. Así, de modo súbito, el general Velasco quedó disminuido físicamente y estuvo recluido en el hospital algunas semanas. Luego hizo una vida bastante encerrada, moviéndose casi exclusivamente entre su casa y su oficina de Palacio. Su enfermedad desató la tormenta que estaba incubándose por esos días.

No era la primera vez que le detectaban estos problemas físicos. De hecho, según su legajo militar, al ascender a general de división le fue practicado un examen médico integral que reveló los dos problemas que lo llevarían a la tumba: la complicación de las arterias y un cáncer al estómago6. Por ello, Velasco habría estado arrastrando una enfermedad a lo largo de su gobierno y no puede descartarse que parte del apuro de la revolución peruana tuviera relación con la salud deteriorada de su conductor, quien quiso completar su obra antes de ser vencido por la enfermedad. Sin embargo, esta lo tumbó al comenzar su quinto año de gobierno7.

La crisis de salud del presidente fue sorpresiva y nadie la había anticipado. Los días anteriores había trabajado normalmente e incluso su esposa, la Sra. Consuelo Gonzales de Velasco, se hallaba en el exterior y tuvo que regresar apresuradamente esa misma noche. Aún más, carecía de un médico de cabecera encargado de estos males que, como mencionamos, lo acompañaban desde hacía cierto tiempo. Estuvo a cargo de la operación el doctor Mario Molina, un especialista que trabajaba en el Hospital del Empleado y no había tratado hasta ese momento al presidente. Molina fue convocado de urgencia y operó sin haber tenido ocasión de estudiar los antecedentes médicos del paciente8.

Asimismo, esta crisis de salud de Velasco tomó desprevenido al consejo de ministros. No había plan de contingencia y los jefes militares estuvieron muy nerviosos agolpados en los pasillos del Hospital Militar. Las noticias cambiaban cada hora y las deliberaciones iban y venían. En forma paralela, los rumores, llamados «bolas» entre nosotros, se extendieron por todo el país. Era el tema del verano del 73. Velasco había caído enfermo y se decía que era el preludio de su debacle. Pocos días después, el primer ministro, el general Edgardo Mercado Jarrín, tuvo que desmentir los rumores sobre la inminencia del desplazamiento del general Velasco por sus camaradas de armas9.

La siguiente sesión del gabinete abordó el punto y lo circunscribió a la legalización de los documentos oficiales. En efecto, la firma del presidente resultaba indispensable para toda resolución suprema y, más aún, en el caso de una dictadura militar, para los Decretos Leyes, indispensables para la marcha del Estado. En la primera sesión, algunos ministros propusieron una solución simple: que las decisiones administrativas pasaran a ser firmadas por el primer ministro y que las legislativas se postergasen. Pero no fue aceptada, el gabinete tenía dudas y prefirió esperar, sin restarle ningún atributo al presidente. El general Mercado lució extremadamente dubitativo10.

Al día siguiente se desarrolló el mitin aprista por el día de la fraternidad que, como todos los años, celebraba el onomástico del líder y fundador Víctor Raúl Haya de la Torre. La concurrencia a la avenida Alfonso Ugarte fue superior a la registrada en años anteriores. Todos los diarios de oposición al gobierno le dieron especial cobertura y celebraron la concurrencia. Por su parte, Carlos Roca representó a la juventud aprista e inició el rol de oradores. Aún no había aparecido Alan García, quien se hallaba en Europa, y Roca era el representante de la nueva generación. También subió a la tribuna Luis Alberto Sánchez, quien recordó la historia del partido para afirmar que los apristas habían superado otras dictaduras y también lo harían con Velasco. Finalmente, Haya hizo un discurso tibio; según manifestó posteriormente, no podía atacar a un moribundo.

A continuación, la sesión de gabinete del 13 de marzo evidenció el creciente nerviosismo de los ministros ante la enfermedad del mandatario. Constataron que la prensa de oposición sugería maliciosamente que algunos ministros eran muy cercanos a Velasco y otros estaban alejados, al grado que nunca lo visitaban. Se fastidiaron con esa información y pidieron que se organizara un sistema que les permitiese ir juntos al hospital para mostrar una férrea unidad.

Ahí se hallaba un tema mayor: la unidad de la Fuerza Armada. Siempre había sido un asunto capital y el gobierno la había considerado el soporte de su labor. Pero desde la enfermedad del presidente aumentó la ansiedad por la unidad interna. Esa zozobra revela que, por debajo, los uniformados estaban divididos en tendencias que iban a luchar por la sucesión y el poder.

La sesión del gabinete del 13 de marzo contempló también la cuestión del mitin convocado por el diario Expreso para solidarizarse con el presidente enfermo. Algunos ministros no estaban convencidos. Se preguntaron si afectaría la salud de Velasco; otros manifestaron inquietud por el tema político. Según algunos ministros, Expreso respondía a la línea de la CGTP y, por el contrario, el gobierno estaba interesado en posicionar a su propia central de trabajadores, la CTRP, que para ello se había constituido. Intervino el general Fernández Maldonado, discrepando sin decirlo abiertamente, para exigir la mayor unidad y apoyo popular posible. Luego, Mercado resolvió. Aprobó el mitin y estableció que se respetaría la convocatoria efectuada por Expreso, aunque esta estaría abierta para cualquier organización que quisiera sumarse. El gobierno apoyaría la manifestación.

El 16 de marzo se realizó con gran éxito esta marcha. Fueron veinte las organizaciones convocantes: todas las centrales sindicales, excepto la aprista, varios partidos políticos pro gobiernistas, como la Democracia Cristiana (DC) y el Partido Comunista (PCP). También fue notoria la presencia de una delegación cubana presidida por el embajador Núñez Jiménez. Según declaró posteriormente el líder de la derecha militar, el almirante Luis Vargas Caballero, era insólito que un embajador extranjero participara en actos que guardaban relación con la política interna11.

La marcha fue enorme: salió de la Plaza 2 de Mayo, recorrió Alfonso Ugarte y luego la avenida Brasil. Cuando la cabeza de la manifestación llegó al hospital, mucha gente no había salido aún de la plaza. Estuve presente y recuerdo la sincera emoción popular ante la enfermedad de Velasco. La gente lo quería y el público estaba conmovido. Por su parte, la Sra. Consuelo pronunció el discurso de agradecimiento en nombre de la familia y el premier tomó la palabra por el gobierno. En todo momento, Mercado resaltó el trabajo en equipo. No quería evidenciar ni asomo de discrepancia.

Por su parte, el gobierno militar había encontrado bastante apoyo entre sectores progresistas y de izquierda, que habían visto realizadas sus demandas principales de nacionalización del petróleo y reforma agraria. Es cierto que muchos izquierdistas nunca habían imaginado que los militares las llevarían a cabo y tampoco hubiera sido su manera de hacerlas. Pero estaban hechas y ello suscitó bastante apoyo de parte de la izquierda. Así, se había formado una izquierda civil partidaria del régimen que actuaría apoyando a la izquierda militar liderada por los generales Leonidas Rodríguez y Jorge Fernández Maldonado.

Sin embargo, en la izquierda civil el apoyo a Velasco no era unánime. Los sectores juveniles eran bastante más críticos que los de la generación anterior, en general proclives al régimen militar. Para aquel entonces, ya se había formado una corriente denominada nueva izquierda, surgida luego de la revolución cubana y que se situó claramente contra el gobierno militar. Esta corriente crítica estuvo muy dividida pero todos sus integrantes compartían una profunda desconfianza en el gobierno. No obstante, para el grupo que, desde la izquierda, se jugó por Velasco, la figura del presidente resultaba fundamental. Este sector tenía claro que Velasco era la fuerza principal detrás de las medidas progresistas y con este mitin querían mostrar su fuerza. El otro sector se limitó a mirar esta manifestación desde fuera. Las contradicciones en el seno de la izquierda fueron tan marcadas que la lucha entre estas dos alas marcó el período final de Velasco.

De otro lado, durante los días anteriores se produjo una pequeña batalla en el seno del gobierno. A raíz de la discusión sobre la firma del presidente para los actos gubernamentales, se evidenció un serio malentendido. El 12 de marzo fue publicado un comunicado de la Junta Revolucionaria, integrada por los comandantes generales de las tres instancias armadas, donde se autorizaba al primer ministro a firmar todos los documentos legislativos y administrativos que requería el gobierno12. Pero, dos días después, apareció en el diario oficial El Peruano el Decreto Ley que refrendaba lo informado por la Junta Revolucionaria. Solo que había un cambio clave. El decreto transfería el poder de firma solo hasta fin de marzo, mientras que el comunicado original de la Junta Militar dejaba indefinida la fecha13.

Una interpretación de estos hechos sostiene que Velasco había recelado de la transferencia de su poder y la había recortado en el último minuto, poniéndole fecha inmediata de término. Los diarios de oposición lo entendieron de esa manera y dieron curso a la novedad: había pleito a muerte en las alturas bajo el manto de la unidad de la FF. AA. Hoy, la mayor parte de protagonistas opinan que esta fue una polémica muy menor. Por ejemplo, el general Javier Tantaleán sostiene que no hubo ánimo de hacer una trastada y que el error de los integrantes de la Junta de Gobierno fue no haber procesado una reunión de gabinete. Según él, la discrepancia habría sido magnificada y, por el contrario, el ánimo colectivo era de unidad alrededor de Velasco14.

No obstante, el gobierno estaba entrando a una confrontación institucional que se precipitó durante los meses de recuperación física del presidente. Al pronunciar un discurso de bienvenida a Mercado como primer ministro, el comandante general de la Marina, el almirante Luis Vargas Caballero, se pronunció a favor de la pertenencia del Perú a la tradición occidental y cristiana. Esas declaraciones aparentemente inocuas provocaron un largo debate político. En su entrevista con María del Pilar Tello, Vargas Caballero define esta tradición como la defensa del sistema democrático, de la propiedad privada y de la libertad de expresión. Con ello, el almirante establecía los principios de la derecha militar, un grupo que ha de luchar por el retorno al sistema electoral y la vigencia irrestricta de la sacrosanta propiedad privada.

El diario Expreso le contestó al ministro de Marina y sostuvo que su alusión a la tradición occidental expresaba su adhesión personal al sistema capitalista que, efectivamente, imperaba en Occidente, y que era recusado por la revolución velasquista. Asimismo, Expreso señaló que el rumbo de la revolución peruana era opuesto al sistema capitalista y que ahí se hallaba la clave de la situación política. En toda revolución se vivía una tensión entre quienes querían avanzar hacia la igualdad social y los que buscaban retroceder al antiguo régimen de privilegios. Como sabemos, este diario había sido expropiado en 1970 y entregado a sus trabajadores, entre quienes predominaban sectores de izquierda proclives al gobierno militar. En respaldo de esa postura, Expreso ofreció una larga batalla de ideas y políticas en defensa de la izquierda comprometida con el régimen.

En una siguiente declaración ante los medios, Vargas Caballero insistió en su idea de la pertenencia del Perú a la tradición occidental y cristiana, y avanzó un paso al sostener que el gobierno militar no era una etapa hacia otro sistema social; por ello, la revolución peruana no terminaría en el socialismo. Desde entonces, el almirante Vargas Caballero fue un ídolo de los diarios de oposición que levantaron sus declaraciones sin cesar. Fue convertido en figura mediática y némesis de Velasco.

Así, la Marina encabezó una nueva tendencia a la derecha en el seno del gobierno militar. Esta tendencia existió desde el comienzo en el seno del Ejército, pero había sido arrinconada por Velasco y los progresistas durante los años anteriores. Sin embargo, al enfermar Velasco, la derecha militar sacó cabeza y su liderazgo fue asumido por la Marina. Con ello, había comenzado un prolongado conflicto institucional al interior de las FF. AA., que opuso a la Marina contra Velasco.

El presidente se reincorporó a sus funciones al comenzar abril de 1973. Presidió su primer consejo de ministros y, al finalizar, como era habitual, se encontró con los periodistas para una rueda de prensa. En ella resaltó la unidad de la FF. AA. y pasó por alto los signos de discrepancia. Empero, su debilidad era evidente. La sesión del gabinete fue muy breve. Velasco solo agradeció el apoyo y luego se retiró, subrayando al despedirse que le dejaran los decretos y las resoluciones para leerlos y firmarlos. Es decir, dejó claro que sus prerrogativas estaban intactas15.

Pocas semanas después, en abril de 1973, el general Leonidas Rodríguez viajó a Cuba y al pie del avión inició una polémica con el diario El Comercio. Sostuvo que la prensa contrarrevolucionaria estaba destinada a desaparecer, por acción del mismo pueblo y no necesariamente del gobierno. Refiriéndose a una serie de artículos de El Comercio contra la propiedad social, que en esos días estaba en debate antes de ser promulgada, Rodríguez sostuvo que este periódico debía ser la primera empresa de propiedad social, para demostrar que este tipo de empresa era buena y peruana16.

A continuación, en La Habana, el general Rodríguez respondió a un discurso de homenaje que Fidel Castro hizo a la revolución peruana, y dijo que el Perú era un país libre, soberano y revolucionario, tanto como Cuba. Inmediatamente, El Comercio contradijo al ministro señalando que Cuba no era ni libre ni soberana, sino todo lo contrario: estaba gobernada por una férrea dictadura y vivía sometida a la Unión Soviética. Por ello, para El Comercio, Cuba era un modelo a evitar y de ninguna manera a emular. Este cruce de espadas solo sirvió para posicionar a la izquierda militar, que a lo largo del período fue la bestia negra de los diarios de derecha.

Otra contradicción que afrontaron los militares en esos días guardaba relación con los colegios católicos y la educación privada. Este tema, nuevamente, dividiría a los ministros en tendencias opuestas. Las asociaciones de colegios católicos veían con aprensión la reforma educativa, que había sido promulgada el año 1972. Consideraban que la nueva ley de educación restaba autonomía a los propietarios de colegios y dificultaba la operación económica con una serie de trabas. Muchos colegios católicos tradicionales pensaban que el gobierno los quería quebrar. Por ello, creían que el objetivo final de la reforma militar era liquidar la educación privada y estatizar completamente la educación peruana.

De ese modo, las asociaciones de colegios católicos se opusieron a las pretensiones del gobierno en materia educativa. La Iglesia Católica tuvo una actitud dispar frente a Velasco y no lo apoyó al 100 %, como corrientemente se piensa. Algunos sacerdotes estuvieron de acuerdo y muchos otros discreparon. Entre ellos, los hubo situados en la izquierda, como el movimiento sacerdotal ONIS, pero la mayoría del clero católico siguió siendo tradicional y se manifestó con firmeza a través de estas asociaciones que defendieron la educación privada. Este conflicto alimentó a la derecha militar a lo largo de todo este período.

En medio de esta coyuntura apareció una tercera tendencia en el seno del gobierno militar. Se trató del grupo que se formó en torno al general Javier Tantaleán y que algunos han llamado «La Misión». En declaraciones posteriores, el general Tantaleán rechazó rotundamente haber conformado un grupo dentro de la FF. AA. Y, con mayor énfasis, repudió el nombre «La Misión»17. Otros militares de la época confirman que no hubo un grupo con ese nombre. Por ejemplo, es la opinión del mismo Leonidas Rodríguez18. Pero leyendo con cuidado los testimonios se descubre que Tantaleán y su círculo formaron una corriente independiente, con ideas propias y en oposición a las otras dos tendencias19. Es más, como veremos, logró atraer al mismo Velasco, quien los apreciaba con simpatía. Por su parte, el nombre «La Misión» sí parece una invención de los medios de aquellos días y fue popularizado por el periodista Guillermo Thorndike en su conocido libro sobre la socialización de la prensa, No, mi general20.

A diferencia de la derecha y de los progresistas, el grupo alrededor de Tantaleán no se había formado en los primeros días del régimen. Solo se constituyó al final del gobierno, cuando la sucesión de Velasco se puso a la orden del día. Es un grupo que apareció luego de la enfermedad del presidente y que surgió como desprendimiento del grupo progresista de izquierda militar. Pero, no obstante su tardía llegada, el círculo de Tantaleán elaboró una propuesta independiente. Ella era autoritaria puesto que no eran partidarios del retorno a la constitucionalidad democrática, como proponía la derecha militar. En esos días, Tantaleán declaró a la prensa que el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada terminaría cuando las organizaciones sociales de base se consolidaran y pudieran recibir el poder del Estado. Hasta entonces, los militares continuarían ejerciendo el poder. Su idea era fusionar Estado, Ejército y Sociedad21.

Asimismo, este grupo era partidario del control vertical del movimiento popular, a través de organizaciones puestas en marcha por el mismo gobierno. Como era una época de elevada conflictividad social, la pregunta sobre cómo controlar a los sindicatos y las huelgas era una clave del posicionamiento político. Ante ello, «La Misión» fue organicista y postuló un control bien regimentado. Lo suyo fue la consabida fórmula de dádiva y mano dura.

Los progresistas, por el contrario, creían en un modelo de propiedad social masiva, que hiciera a las cooperativas y asociaciones de productores los dueños de la riqueza y del poder. La izquierda militar filosóficamente era humanista y poseía sólidos vínculos con la tradición católica progresista. De acuerdo a Leonidas Rodríguez, la orientación ideológica fundamental era el nacionalismo, que implicaba antiimperialismo y soberanía económica. A partir de ahí, el general Rodríguez establece los principios de justicia y libertad como bases de la nueva sociedad que anhelaba el gobierno de Velasco. Su reflexión concluye puntualizando la voluntad de cambio: el convencimiento de lo retrógrado e injusto de la sociedad oligárquica y la disposición a dejarla atrás, implantando un nuevo orden humanista, socialista y nacionalista. De este modo, la izquierda militar tenía claras sus metas e ideas fundamentales sobre el país. Las tres tendencias compartían un elevado grado de conciencia sobre sus propuestas y carecían de mecanismos para resolver sus diferencias que no fueran las normas castrenses.

Por último, puede reconocerse a un grupo de militares que, habiendo apoyado las principales reformas, no participó de las posiciones más extremas que germinaron en el seno del gabinete. Podría considerarse a esta facción como los militares de centro, sin compromiso con las tendencias. Por lógica, este grupo era amorfo e institucionalista, y su verdadera meta fue rescatar al militar profesional del desgaste de la política. Entre las figuras destacadas del centro institucionalista se cuenta a los generales Edgardo Mercado Jarrín y Francisco Morales Bermúdez, quienes serían claves en la resolución de la crisis de sucesión.

Durante el gobierno militar, los ascensos y pases al retiro se concretaban a finales de cada año y en ocasiones modificaban sustancialmente la composición del consejo de ministros. Así fue en 1974 cuando los generales Javier Tantaleán y Leonidas Rodríguez accedieron a generales de división. A partir de entonces, sus charreteras tuvieron el peso suficiente como para pretender liderar a su institución. Ambos generales tomaron decisiones diferentes porque Tantaleán siguió en el gabinete, mientras que Leonidas Rodríguez volvió a su institución y asumió el comando de la región Lima, probablemente la más poderosa del Ejército. De esta manera, el general Rodríguez adoptó el mismo camino que había seguido anteriormente el general Morales Bermúdez, retirarse del consejo de ministros para retomar mando de tropa. Esa decisión fue crucial a la hora del desenlace.

Asimismo, ascendió a general de brigada el entonces coronel Cisneros Vizquerra, quien tuvo una carrera política de primera fila en los dos gobiernos posteriores22. Por su lado, en el caso de la Marina de Guerra, cabe destacar el ascenso a vicealmirantes de Guillermo Faura y Luis Arce Larco, quienes tuvieron un papel protagónico en la crisis política de ese año y que se van a oponer a su institución apoyando a Velasco. Podría suponerse que el presidente empujó sus ascensos.

Al ascender a general de división, Leonidas Rodríguez dejó SINAMOS y en su lugar fue nombrado el general de brigada Rudecindo Zavaleta, quien se alejó ostensiblemente de las posiciones de su antecesor. Por el contr ...