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LA AVENTURA URBANA DE AMéRICA LATINA (RECORRIDOS 3)

Germán Mejía Pavony  

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Fragmento

PROEMIO

«Porque una “ciudad” es un valor

espiritual, una fisonomía colectiva,

un carácter persistente y creador». 

Ciudades con alma, José Enrique Rodó

Cien años después de haber alcanzado la independencia de España, las repúblicas que emergieron de las cenizas de dicho conflicto se dispusieron a celebrar el futuro. Había transcurrido un siglo signado por las disputas internas. Unas lo hicieron más temprano, apenas terminado el primer decenio del nuevo siglo XX, pues su autonomismo se manifestó apenas conocida en América la caída de la Junta Suprema Central Gubernativa y se transformó rápidamente, no sólo en proclamas de independencia, sino en arreglos constitucionales que dieron forma a nuevos Estados. Otras lo hicieron más tarde, a principios de la tercera década del siglo XX, pues el camino a la república liberal fue arduo. Es necesario advertir, sin embargo, que lo que se conmemoró como fiesta nacional a partir de 1909 sucedió realmente a escala provincial 100 años antes.

En efecto, los Estados nacionales en Hispanoamérica son producto del modo como las provincias, y en ellas las ciudades y pueblos que ordenaban su territorio, perdieron su capacidad de dar forma a arreglos políticos autónomos. Una nueva entidad, el Estado nacional, se impuso como fórmula de solución a lo que las élites de finales del siglo XIX juzgaron barbarie social y atraso económico, secuela nefasta, según ellos, de los caudillismos provinciales que cobraron forma aun antes de que se disipara el humo de las batallas contra el imperio español. Los abanderados del Estado central lograron legitimar ante los demás que ese modelo de orden sociopolítico fue el que realmente buscaron los padres fundadores, pues contenía en sus entrañas el orden como fundamento del progreso, la única posibilidad de futuro. Por ello, las estatuas de los padres fundadores fueron encumbradas en pedestales, que señoreaban en los ostentosos jardines y avenidas que adornaron las que ya eran ciudades capitales antes de que el siglo XIX terminara. Estos monumentos se convirtieron en homenajes al siglo XX, en ofrendas a un porvenir que auguraban espléndido y venturoso. Aunque no había sido erradicado desde sus raíces el mal que, según dichas élites, aquejaba a la América hispana —la rusticidad heredada de los oscuros siglos coloniales—, estaban dadas las condiciones para que la herencia española no fuera dominante en estas nuevas sociedades.

Ello no ocurrió así, lo sabemos. Algunas mentes lúcidas en América Latina anunciaron, al despuntar el siglo XX, que ese porvenir seguiría siendo desconocido, pues lo amenazaban grandes enemigos, como el materialismo enraizado en el capitalismo o en el socialismo científico, ante los cuales las élites se mostraron fascinadas y temerosas. Pero si bien algunos llamaron a cimentar el progreso en un americanismo basado en la razón de los más aptos intelectualmente, fueron los autócratas liberales y unas burguesías que ya se hacían nacionales los que finalmente dieron fin al tránsito de las iniciales ciudades-república a las repúblicas de ciudades. Este proceso había comenzado decenios atrás y ya era una realidad dominante en toda América Latina cuando las celebraciones de la independencia se convirtieron en memoria de las fundaciones.

Ahora bien, era difícil imaginar, en los inicios del siglo XX, que el éxito de las repúblicas de ciudades —con sus flamantes capitales convertidas en núcleos de complejas redes de comunicación y circulación de personas y mercancías, dominadas por burguesías adoradoras del progreso material y empeñadas en edificar y habitar urbes imperiales— convertiría dichas repúblicas en Estados encadenados a ciudades metamorfoseadas en megalópolis, unas pocas por cierto. Éstas anunciaron de nuevo un futuro no menos promisorio del que soñaron las élites 100 años atrás. Pero este porvenir de las ciudades estuvo igualmente signado por la incertidumbre: la que provocaron los estragos de la Revolución Industrial en la naturaleza, al convertirla en un simple recurso, y en las sociedades, ya que quedaron atrapadas en un ensueño urbano que, irónicamente, se erigió en su única posibilidad de futuro. Uno distinto, otro más.

De esta manera, la historia de América Latina en estos últimos 200 años está atravesada por la dinámica de sus ciudades. Igualmente lo estuvo durante los tres siglos anteriores. Por ello, América Latina nació a la república desde sus cabildos, aquellos que controlaban los criollos. No podía ser de otra manera. El territorio de los nacientes Estados fue así el de sus ciudades. A la postre resultó evidente que, si ello fue viable para los reinos hispanos, no lo fue ya para los espacios que requería el capitalismo decimonónico, situación que prefiguró el reformismo borbónico de fines del siglo XVIII. Los Estados nacionales requirieron configuraciones territoriales adecuadas a nuevas realidades, las que les marcaron su propio tamaño y el del territorio necesario para acrecentar el capital de las pujantes burguesías latinoamericanas del último tercio del siglo XIX. Hoy resulta evidente que todo sistema social configura el espacio que precisa de manera que pueda consolidarse y reproducirse, garantizando así su perpetuación en el tiempo. En este sentido, las élites criollas que lideraron la primera transición apenas pudieron sobrevivir ante el embate de nuevos actores que entendieron, rápidamente, que su posibilidad de futuro estaba, de una parte, en el control de las redes territoriales que podían dar lugar a una centralización real del Estado y, de otra, en la imposición de un proyecto civilizador que homogeneizara a todos los habitantes bajo los dictados de lo que ellos entendieron como nación. Una segunda transición tomó así forma, y fue precisamente ésta la que dio lugar a un continente de capitales, cada una de ellas convertida en centro del poder, de la producción, de las ideas, en fin, de la cultura.

Los Estados nacionales se reflejaron en sus ciudades capitales, convertidas por ello en «orgullo», esto es, en razón de identidad. No todos podían estar satisfechos con esta nueva realidad, pues reducía sus propios poderes locales a las magnitudes de lo subsidiario, pero no podían por ello renunciar fácilmente a las luces de la capital y combatir con éxito sus poderes. Sin embargo, es igualmente cierto que dicha ciudad central no podía subsistir por sí misma. La red de ciudades secundarias y terciarias, hasta llegar a los centenares de poblados que convirtieron la geografía nacional en espacio de dominio, por contener ellos precisamente las instituciones que requería ese Estado para perpetuarse en el tiempo, se convirtió así en la condición, bajo el disfraz de nación, de las repúblicas latinoamericanas.

La centralidad que se desprendió de dicha concentración del dominio dio lugar a que las dinámicas sociales que generaban movimientos de población en el territorio adquirieran ahora una dirección preferente: de las aldeas y poblados, que por cientos se distribuían en el territorio nacional, hacia los núcleos urbanos regionales y, a través de ellos, hacia la gran ciudad. Es cierto que en algunos países de la región estos movimientos migratorios se dieron en muchas ocasiones directamente hacia la capital del Estado o en dirección a la frontera agrícola, que fue desplegada hasta los confines de las fronteras internacionales, pero arrasando las pocas poblaciones nativas y bosques que habían sobrevivido a la depredación de los siglos anteriores.

A medida que la centralidad del Estado cobraba forma, la ciudad capital se consolidó y dio forma a todo el conjunto nacional; sin embargo, los demás centros urbanos regionales se erigieron igualmente en efectivos polos de lo que las élites entendieron desde el comienzo como progreso. De esta manera, los asuntos relacionados con la salud de los habitantes se hicieron objeto de gobierno, al igual que la vivienda, la educación, la circulación, el descanso, la comunicación, el abasto y la venta de alimentos y mercancías. Todo ello requirió de nuevas instituciones —y éstas de renovados edificios—, que fueron producto y, a la vez, impulsaron un increíble crecimiento del sector terciario. Éste abarrotó los centros urbanos de profesionales, burócratas, comerciantes, pequeños y medianos productores, en fin, una cada vez más amplia y variada clase media, que se convirtió así en el corazón de las ciudades.

Ya era evidente a finales del siglo XIX que el orden urbano hispano-colonial no era el adecuado para dar salida a las nuevas dinámicas sociales. El abandono de la «plaza» por parte de las élites tomó muchas décadas en hacerse definitivo pero, cuando este proceso terminó, la ciudad ya era otra. Estos movimientos en el interior de la urbe pueden entenderse como índice de lo que ocurrió en las ciudades latinoamericanas durante la primera mitad del siglo XX. Las fuerzas urbanas centrípetas —que hicieron que el crecimiento que se acumuló durante siglos no significara que la ciudad americana de origen español cambiara— ahora enfrentaron recias fuerzas centrífugas, que hicieron del cambio una función del crecimiento urbano. Esto fue producto de dinámicas tales como las demográficas, gracias a los avances de la medicina, pero también a las inmigraciones. Igualmente, fue factor de cambio la transformación de la propiedad del suelo en promisorio negocio, dada la demanda de nuevos lugares para habitar y la oferta de urbanizaciones y edificios apropiados para ello. No menos importante fue la segregación social, que se espacializó como pretendida solución a las tensiones urbanas a que dio lugar la imposición de modos de vida diferenciados por los niveles de ingresos monetarios, nueva fórmula para ubicar a los seres humanos en la escala social que va de la extrema pobreza a la extrema riqueza. A lo anterior se sumó la tra

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