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HIJA DE HUMO Y HUESO (HIJA DE HUMO Y HUESO 1)

Laini Taylor  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

1 Es imposible asustarte

2 Una especie de exhibición

3 Caraculo

4 La Cocina Envenenada

5 Otra Parte

6 El Ángel de la Extinción

7 Huellas de mano negras

8 Gavriels

9 Las puertas del diablo

10 La chica que va de acá para allá

11 Por favor

12 Algo totalmente distinto

13 El ladrón de tumbas

14 Mortífero pájaro del alma

15 La otra puerta

16 Caídos

17 Un mundo paralelo

18 No luches contra monstruos

19 No quién, sino qué

20 Historia real

21 La esperanza realiza su propia magia

Recibe antes que nadie historias como ésta

22 Un trozo de caramelo hueco

23 Paciencia infinita

24 Volar es fácil

25 Paz imposible

26 Una ligera inquietud

27 De presa a predador

28 Actitud de plegaria

29 Como un rayo de luz dirigido al sol

30 Tú

31 Tranquilizador

32 Al mismo tiempo, lugar y persona

33 Absurdo

34 ¿Qué es un día?

35 El idioma de los ángeles

36 Hacer algo más que matar

37 Perdido en un sueño

38 Infame

39 La sangre de los antepasados

40 Casi como magia

41 Álef

42 Dolor y sal e inmensidad

43 Un chasquido

44 Completa

45 Madrigal

46 Instantáneo

47 Evanescencia

48 Pura

49 Dientes

50 Azucarada

51 La Serpenteante

52 Locura

53 El amor es un elemento

54 Planeado

55 Hijos de la tristeza

56 La invención de la vida

57 Resucitada

58 Victoria y venganza

59 Un mundo nuevo

60 Si lo encuentras, por favor, devuélvelo

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Grupo Santillana

Para Jane, por todo un nuevo mundo de posibilidades

Érase una vez un ángel y un
demonio que se enamoraron.

Image

Pero su historia no tuvo
un final feliz.

1
 ES IMPOSIBLE ASUSTARTE

De camino a la escuela, sobre los adoquines acolchados por la nieve, Karou no tuvo ningún mal presagio respecto a lo que le depararía el día. Parecía un lunes cualquiera, inocente excepto por su propia esencia de lunes, sin mencionar que era de enero. Hacía frío y aún no había amanecido —en el apogeo del invierno, el sol no salía hasta las ocho—, pero el ambiente era agradable. La incesante nevada y lo temprano de la hora otorgaban a Praga un aspecto fantasmal, como de ferrotipo, toda plateada y cubierta de bruma.

Por la calle que flanqueaba el río, los tranvías y los autobuses circulaban con el estruendo típico del siglo XXI; sin embargo, en las calles más tranquilas, la paz invernal evocaba otra época. La nieve, los adoquines, la luz espectral, las propias pisadas de Karou y el humo de su taza de café, estaba sola y abstraída en pensamientos mundanos: la escuela, tareas pendientes. Y cuando algún sentimiento doloroso se inmiscuía en sus pensamientos, desechaba la amargura con resolución, dispuesta a superarlo.

Sostenía la taza de café con una mano y con la otra mantenía cerrado el abrigo. De su hombro colgaba un portafolio de dibujo y sobre su pelo —largo, suelto y de color azul eléctrico— se había formado un encaje de copos de nieve.

Era un día cualquiera.

Pero algo ocurrió.

Un gruñido, unas pisadas atropelladas y alguien que la agarraba por detrás, sujetándola con fuerza contra un robusto pecho masculino, a la vez que unas manos le arrancaban la bufanda y unos dientes —dientes— rozaban su cuello.

La estaba mordiendo.

Su atacante la estaba mordiendo.

Con fastidio, trató de zafarse de él sin derramar el café, pero no pudo evitar que parte se vertiera sobre la nieve sucia.

—Por Dios, Kaz, quítate de encima —dijo bruscamente, volviéndose hacia su ex novio.

La tenue luz de la farola iluminaba el bello rostro del muchacho. Estúpida belleza, pensó Karou, y lo apartó de un empujón. Estúpida cara.

—¿Cómo supiste que era yo? —preguntó él.

—Siempre eres tú. Y nunca funciona.

Kazimir se ganaba la vida ocultándose detrás de cualquier cosa para aparecer después por sorpresa, y le frustraba no provocar en Karou ni el más mínimo sobresalto.

—Es imposible asustarte —se quejó haciendo el mohín que creía irresistible.

Hasta hacía poco, ella habría sucumbido a aquel gesto. Se habría alzado de puntillas para rozar con la lengua su labio inferior fruncido, de forma suave y lánguida, antes de tomarlo entre los dientes, juguetear con él y abandonarse a un beso que la derretiría como miel al sol.

Pero aquellos días habían terminado.

—Tal vez simplemente no des miedo —sugirió Karou, y retomó su camino.

Kaz la alcanzó y empezó a caminar a su lado, con las manos en los bolsillos.

—Sí doy miedo. ¿El gruñido? ¿El mordisco? A cualquier persona normal le habría dado un infarto. Menos a ti, que parece que no tienes sangre en las venas —al notar que le ignoraba, añadió—: Josef y yo hemos ideado una nueva visita por la ciudad. Recorrido vampírico por el casco antiguo. Los turistas se volverán locos.

Seguro que sí, pensó Karou. Los turistas pagaban bastante por las «visitas fantasmagóricas» de Kaz, que consistían en recorrer el laberinto de callejones de Praga en la más absoluta oscuridad, deteniéndose en supuestos escenarios de asesinatos donde, ocultos tras las puertas, los esperaban «fantasmas» que aparecían de repente y les arrancaban gritos aterrorizados. Ella misma había interpretado en varias ocasiones a un fantasma, con una cabeza ensangrentada en la mano y gimiendo mientras los alaridos de los turistas se transformaban en risas. Había sido divertido.

La relación con Kas había sido divertida. Pero ya no.

—Buena suerte —le deseó con voz inexpresiva y mirando hacia delante.

—Podrías formar parte del reparto —continuó Kaz.

—No.

—Serías una vampiresa sexy.

—No.

—Seducirías a los hombres…

—No.

—Y podrías ponerte tu capa…

Karou se puso tensa.

Dulcemente, Kaz trató de sonsacarla:

—Todavía la tienes, ¿verdad, cariño? Esa prenda de seda negra sobre tu piel blanca es lo más hermoso que he visto jamás.

—Cállate —murmuró Karou entre dientes, y se detuvo súbitamente en el centro de la plaza Maltese. Dios mío, pensó. Lo estúpida que había sido al enamorarse de aquel atractivo actorzuelo, al disfrazarse para él, al regalarle recuerdos como aquel. Increíblemente estúpida.

Solitariamente estúpida.

Kaz alzó la mano para retirarle un copo de nieve de las pestañas. Ella gruñó:

—Como me toques, te tiro el café a la cara.

Él retiró la mano.

—Tranquila, fierecilla. ¿Cuándo dejarás de pelear conmigo? Te dije que lo sentía.

—Pues siéntelo, pero en otra parte.

Hablaban en checo, ella con un acento adquirido tan perfecto como el nativo de él.

Kaz suspiró, irritado porque Karou se negaba aún a admitir sus disculpas. Eso no aparecía en su guión.

—Vamos —dijo tratando de convencerla. Su voz era al mismo tiempo áspera y suave, una mezcla entre lija y terciopelo propia de un cantante de blues—. Tú y yo estamos destinados a estar juntos.

Destinados. Karou esperaba sinceramente que si su «destino» se encontraba ligado a alguien, no fuera a Kaz. Lo miró, el atractivo Kazimir, cuya sonrisa solía actuar sobre ella como una llamada, atrayéndola a su lado. Aquel lugar donde todo parecía maravilloso, como si allí los colores y las sensaciones adquirieran intensidad. Aquellos brazos que, como había descubierto, eran un destino popular, al que acudían otras chicas cuando ella no estaba.

—Ofrécele a Svetla el papel de vampiresa —dijo—. Se lo sabe de memoria.

Kaz pareció dolido.

—No quiero a Svetla. Te quiero a ti.

—Lo siento, pero yo no soy una opción.

—No digas eso —respondió él tratando de cogerle la mano.

Karou retrocedió, empujada por una punzada de dolor que surgía a pesar de sus esfuerzos por mantenerse distante. No vale la pena, se aseguró a sí misma. Ni lo más mínimo.

—¿Te das cuenta de que me estás acosando?

—Yo no te estoy acosando. Da la casualidad de que voy en esta misma dirección.

—Claro —refunfuñó Karou.

Apenas faltaban unos portales para llegar a su escuela. El Liceo de Arte de Bohemia era una institución privada que se encontraba en un palacio barroco de muros rosados. Durante la ocupación nazi, dos jóvenes nacionalistas checos habían degollado en aquel edificio a un comandante de la Gestapo y garabateado con su sangre la palabra libertad. Un acto de rebeldía efímero y valiente antes de ser capturados y empalados en los remates de la puerta del patio. Ahora los estudiantes se arremolinaban en torno a aquella misma puerta, fumando o esperando a sus compañeros. Pero Kaz no era un estudiante —tenía veinte años, era mayor que Karou—, y ella no recordaba haberlo visto jamás fuera de la cama antes del mediodía.

—¿Cómo estás levantado a estas horas?

—Tengo un nuevo trabajo —respondió él—. Empiezo temprano.

—¿Vas a hacer rutas vampíricas matutinas?

—No. Es otra cosa. Una especie de… exhibición —en su cara se dibujó una sonrisa. Se estaba deleitando. Quería que le preguntara cuál era ese nuevo trabajo. Pero Karou no estaba dispuesta a satisfacerlo.

—Diviértete —dijo con perfecto desinterés, y comenzó a alejarse.

—¿No quieres saber de qué se trata? —gritó Kaz. Seguía sonriendo, podía notarlo en su voz.

—No me interesa —respondió Karou, y franqueó la puerta.

* * *

Sin embargo, debería haberlo preguntado.

2
 UNA ESPECIE DE EXHIBICIÓN

Los lunes, los miércoles y los viernes, la primera clase de Karou era dibujo al natural. Cuando entró en el estudio, su amiga Zuzana ya estaba allí y había colocado dos caballetes frente a la tarima del modelo. Karou descolgó la carpeta de su hombro, se quitó el abrigo y la bufanda y anunció:

—Fui acosada.

Su amiga arqueó una ceja con la maestría que poseía para ese tipo de gestos, y que tanta envidia provocaba en Karou. Ella no lograba mover las suyas de forma independiente, lo que restaba intensidad a sus expresiones de desconfianza y desdén.

Zuzana transmitía ambos sentimientos a la perfección, pero en este caso se trataba de un movimiento más sutil, de mera curiosidad.

—No me digas que el zopenco ha tratado de asustarte otra vez.

—Está pasando por una fase vampírica. Me mordió el cuello.

—Vaya con los actores —refunfuñó Zuzana—. Lo que deberías hacer es defenderte de ese fracasado con un Taser. Para que aprenda a no ir por ahí saltando encima de la gente.

—No tengo una pistola de esas —Karou no añadió que tampoco la necesitaba; era perfectamente capaz de defenderse sin electricidad. Había recibido una educación muy especial.

—Pues consigue una. De verdad. El mal comportamiento debe ser castigado. Y además, sería divertido. ¿No crees? Siempre he querido disparar una. ¡Zas! —Zuzana se agitó como si sufriera convulsiones.

Karou sacudió la cabeza.

—De eso nada, pequeña salvaje, no creo que fuera divertido. Eres terrible.

—Yo no soy terrible. Kaz sí. Dime que no tengo que recordártelo —Zuzana clavó la mirada en Karou—. Prométeme que no estás ni siquiera considerando perdonarlo.

—Te lo prometo —afirmó Karou—. Solo intento que él lo crea.

Kaz no concebía que una chica decidiera renunciar a sus encantos. Y ella no había hecho más que reforzar su vanidad durante los meses que había durado su relación, mirándolo con ojos soñadores, entregándole… ¿todo? Karou pensaba que sus actuales intentos de cortejo eran mero fruto del orgullo, para demostrarse a sí mismo que podía conseguir lo que quisiera. Que las decisiones las tomaba él.

Quizá Zuzana tenía razón. Tal vez debería electrocutarlo.

—Cuaderno de bocetos —ordenó Zuzana extendiendo la mano como el cirujano que solicita un bisturí.

La mejor amiga de Karou era tan autoritaria como menuda: solo superaba el metro y medio cuando se calzaba sus botas de plataforma. Karou medía 1.70, aunque parecía más alta, igual que las bailarinas, con sus delicados cuellos y extremidades esbeltas. Su complexión se asemejaba mucho a la de una bailarina, pero no así su estilo. Pocas bailarinas llevan el pelo azul brillante o una constelación de tatuajes por el cuerpo, y Karou lucía ambos.

Al sacar el cuaderno de bocetos y entregárselo a su amiga, los únicos tatuajes que quedaron a la vista fueron los de sus muñecas; una sola palabra, a modo de brazalete, en cada una: historia y real.

Cuando Zuzana tomó el cuaderno, otros dos estudiantes, Pavel y Dina, se acercaron rápidamente para escudriñar por encima de su hombro. Los cuadernos de Karou eran objeto de culto en la escuela, y diariamente pasaban de mano en mano para ser admirados. Este, el número 92 de una serie que abarcaba toda su vida, estaba sujeto con ligas y, tan pronto como Zuzana las retiró, se abrió de golpe. Las páginas estaban tan cubiertas de yeso y pintura que las tapas apenas podían contenerlas. En aquel abanico de hojas surgieron los personajes habituales de Karou, profundamente extraños y representados con maestría.

Allí estaba Issa, serpiente de cintura para abajo y mujer de cintura para arriba, con los pechos turgentes y desnudos de las tallas del Kama Sutra, la capucha y los colmillos de una cobra y un rostro bondadoso.

Twiga, con cuello de jirafa y encorvado con su lupa de joyero incrustada en su ojo entrecerrado.

Yasri, con pico de loro, ojos humanos y una cascada de rizos anaranjados que escapaban del pañuelo que le cubría la cabeza. Esta vez aparecía con una bandeja de fruta y una jarra de vino.

Y por supuesto, Brimstone, la estrella de sus dibujos. Lo había representado con Kishmish posado en uno de sus enormes cuernos de carnero. En las historias fantásticas que Karou relataba en sus cuadernos, Brimstone comerciaba con deseos. En ocasiones, lo apodaba el «Traficante de Deseos», en otras, simplemente el «Gruñón».

Karou dibujaba aquellas criaturas desde que era pequeña, y sus amigos solían hablar de ellas como si fueran reales.

—¿Qué ha hecho Brimstone este fin de semana? —preguntó Zuzana.

—Lo habitual —respondió Karou—. Comprar dientes a asesinos. Ayer un somalí muy desagradable le llevó dientes de cocodrilo del Nilo, pero el muy idiota trató de robar a Brimstone y estuvo a punto de morir estrangulado por su collar de serpiente. Tiene suerte de seguir vivo.

Zuzana encontró la escena ilustrada en las últimas páginas dibujadas del cuaderno: el somalí, con los ojos desencajados y una delgadísima serpiente comprimiéndole la garganta como la soga de un garrote. Karou le había explicado que para entrar en la tienda de Brimstone, los humanos debían acceder a colocarse una de las serpientes de Issa en torno al cuello. De aquel modo, resultaba sencillo interrumpir cualquier maniobra sospechosa (por estrangulación, que no siempre era mortal, o, en caso necesario, con una mordedura en la garganta, que sí lo era).

—Estás loca como una cabra, ¿cómo te inventas todo esto? —preguntó Zuzana con asombro y fascinación.

—¿Quién ha dicho que lo invento? No dejo de repetirte que es real.

—Ya, y tu pelo crece con ese color de forma natural, ¿no?

—Claro que sí —afirmó Karou pasando un largo mechón azulado entre sus dedos.

—Ya, lo que tú digas.

Karou se encogió de hombros y recogió su cabellera en un enmarañado moño, que se sujetó a la nuca con un pincel. Su pelo crecía realmente de aquel color, tan azul como el ultramarino recién salido del tubo de pintura, pero lo afirmaba con un toque de ironía, como si fuera algo absurdo. Con el paso del tiempo, había descubierto que bastaba una sonrisa lánguida para que su sinceridad pasara desapercibida. Resultaba más sencillo que recordar un montón de mentiras, así que quedó integrado en su forma de ser: Karou, la chica con sonrisa irónica e imaginación desbordante.

En realidad, todas aquellas locuras no nacían de su imaginación, sino de su propia vida —el pelo azul, Brimstone y todo lo demás—.

Zuzana alargó el cuaderno a Pavel y comenzó a pasar las hojas de su enorme bloc de dibujo en busca de una hoja en blanco.

—¿Quién posará hoy?

—Seguramente Wiktor —respondió Karou—. Hace bastante que no lo tenemos de modelo.

—Lo sé. Y espero que se haya muerto.

—¡Zuzana!

—¿Qué? Es un vejestorio. Sería lo mismo dibujar un esqueleto que a ese decrépito saco de huesos.

Disponían de unos doce modelos, masculinos, femeninos y de edades y complexiones diversas, que se turnaban a lo largo del curso. Abarcaban desde la corpulenta señora Svobodnik, cuyas carnes se asemejaban más a un paisaje que a una figura, hasta la frágil Eliska, con su cintura de avispa, la preferida por los chicos de la clase. El viejo Wiktor era el que menos agradaba a Zuzana, que afirmaba tener pesadillas cada vez que debía dibujarlo.

—Parece una momia sin vendas —se estremeció—. Dime si mirar a un viejo desnudo es una forma adecuada de empezar el día.

—Mejor que ser atacada por un vampiro —replicó Karou.

De hecho, a Karou no le importaba dibujar a Wiktor, por una razón concreta: era tan miope que nunca establecía contacto visual con los estudiantes, lo que suponía una ventaja. A pesar de los años que llevaba dibujando desnudos, todavía la perturbaba esbozar a un modelo joven y encontrar sus ojos clavados en ella al levantar la mirada después de realizar un estudio de su pene —un estudio necesario; no se podía dejar la zona en blanco sin más—. Muchas veces, al notar que las mejillas le ardían, Karou se había ocultado detrás del caballete.

Aunque aquellas situaciones no tardarían en quedar reducidas a insignificancias, comparadas con la mortificación que le aguardaba.

Estaba afilando el lápiz con una cuchilla de afeitar cuando Zuzana exclamó con voz extraña y disgustada:

—¡Dios mío, Karou!

Supo lo que ocurría antes incluso de alzar la vista.

Una exhibición, había dicho él. Qué inteligente. Levantó los ojos del lapicero y vio a Kaz, de pie junto a la profesora Fiala. Iba descalzo y vestido con una bata, y con su larga cabellera dorada, minutos antes revuelta por el viento y cubierta de brillantes copos de nieve, recogida en una coleta. Su rostro mostraba una perfecta combinación de rasgos eslavos y líneas sensuales: pómulos que parecían torneados por un cortador de diamantes, y labios que invitaban a rozarlos con la yema de los dedos para comprobar si tenían textura de terciopelo. Karou sabía que así era. Estúpidos labios.

Un aluvión de susurros invadió la estancia. Un modelo nuevo, Dios mío, qué guapo…

Un comentario destacó entre el resto:

—¿No es el novio de Karou?

Ex, deseó replicar ella con brusquedad. Absolutamente ex.

—Creo que sí. Míralo…

Karou estaba mirándolo, con la expresión congelada en lo que deseaba fuera una máscara de tranquilidad impenetrable. No te ruborices, se ordenó a sí misma. No te ruborices. Kaz le devolvió la mirada con ojos perezosos y divertidos, y una sonrisa que le dibujaba un hoyuelo en una de las mejillas. Y, cuando estuvo seguro de contar con su atención, le cerró un ojo con descaro.

Un estallido de risitas envolvió a Karou.

—Maldito bastardo… —musitó Zuzana.

Kaz se subió a la tarima del modelo, miró directamente a Karou mientras se desataba el cinturón y, sin retirar los ojos de ella, se quitó la bata. Entonces apareció, delante de toda la clase, el cuerpo de su ex novio, increíblemente bello y desnudo como el David de Miguel Ángel. Y sobre su pecho, justo encima del corazón, un nuevo tatuaje.

Una elaborada K en cursiva.

De nuevo se escucharon risas ahogadas. Los estudiantes no sabían a quién mirar, si a Karou o a Kazimir, y dirigían los ojos de uno a otro, esperando que alguno estallara.

—¡Silencio! —ordenó consternada la señora Fiala, sin dejar de dar palmadas hasta que se sofocaron las risitas.

En ese momento, Karou sintió cómo el rubor encendía su cara. No pudo evitarlo. El calor le invadió primero el pecho y el cuello, y luego todo el rostro. Kaz no dejaba de mirarla y, cuando percibió la reacción de Karou, la satisfacción marcó aún más el hoyuelo de su mejilla.

—Kazimir, por favor, posturas de un minuto —solicitó Fiala.

Kaz adoptó la primera postura y fue cambiándola, como correspondía a ese tipo de ejercicio dinámico: torso girado, músculos tensos, extremidades estiradas simulando acción. El objetivo de estos primeros bocetos era trabajar el movimiento y las líneas sueltas, y Kaz aprovechó la oportunidad para exhibirse. Karou pensó que no se escuchaban muchos lápices rascando el papel. ¿Estarían las demás chicas de la clase tan estúpidamente cautivadas como ella?

Bajó la cabeza, tomó el lápiz afilado —imaginando otros usos a los que le encantaría dedicarlo— y comenzó a dibujar. Líneas rápidas y fluidas y todos los bocetos en una sola página, traslapados para dar la sensación de una ilustración de danza.

Kaz se movía con elegancia y, como había dedicado tanto tiempo a contemplarse en el espejo, sabía utilizar su cuerpo para impresionar. Era una herramienta más del actor, como él mismo habría afirmado, igual que la voz. Kaz era un actor pésimo —por eso se ganaba la vida organizando visitas turísticas fantasmagóricas y participando en alguna producción de bajo presupuesto de Fausto—, pero resultaba un modelo magnífico. Karou lo sabía bien, ya que lo había dibujado en numerosas ocasiones.

Desde el primer momento en que lo vio… expuesto…, le había recordado una pintura de Miguel Ángel. Al contrario de algunos artistas renacentistas que preferían modelos delgados y amanerados, Miguel Ángel optó por mineros de hombros robustos a los que, de alguna manera, consiguió representar con sensualidad y elegancia. Así era Kaz: sensual y elegante.

Y embustero. Y narcisista. Y, sinceramente, algo tonto.

—¡Karou! —cuchicheó Helen, una estudiante británica, tratando de llamar su atención con insistencia—. ¿Es él?

Karou la ignoró y siguió dibujando como si no ocurriera nada excepcional. Otro día más de clase. ¿Y el hoyuelo insolente en la mejilla del modelo, que no le quitaba los ojos de encima? Trató de sobreponerse a ello lo mejor que pudo.

Cuando el timbre señaló el descanso de la clase, Kaz recogió con parsimonia la bata y se la puso. Karou esperaba que no se atreviera a pasear por el estudio a sus anchas. Quédate donde estás, le suplicó mentalmente. Pero no funcionó, y se dirigió hacia ella.

—Oye, zopenco —lo provocó Zuzana—. ¡Cuánta modestia!

Kaz ignoró el comentario y preguntó a Karou:

—¿Te gusta mi nuevo tatuaje?

Los demás compañeros se habían levantado para salir del aula, pero, en vez de dispersarse para fumar un cigarrillo o acudir al baño, se mantuvieron a una distancia que les permitiera escuchar la conversación.

—Claro —aseguró Karou con voz suave—. K de Kazimir, ¿no?

—Qué graciosa. Sabes de sobra lo que significa.

—Déjame que piense —caviló adoptando la postura de El pensador—. Existe una sola persona a la que quieres realmente, y su nombre empieza por K. Pero se me ocurre un lugar más adecuado que el corazón para colocar esa letra —cogió el lápiz y, en su último boceto de Kaz, escribió una K sobre su trasero de escultura clásica.

Zuzana soltó una carcajada y Kaz tensó la mandíbula. Como la mayoría de los vanidosos, odiaba convertirse en objeto de burla.

—Yo no soy el único que lleva un tatuaje, ¿verdad, Karou? —dijo él—. ¿Te lo ha enseñado? —le preguntó a Zuzana.

Esta dirigió a su amiga un suspicaz arqueo de cejas.

—No sé a cuál te refieres —mintió Karou sin inmutarse—. Tengo un montón de tatuajes.

Para demostrarlo no exhibió las palabras historia y real de sus muñecas, ni la serpiente enroscada en torno a su tobillo, ni ninguna de las otras obras de arte que se ocultaban en su cuerpo, sino que colocó las manos abiertas delante de su cara. En el centro de cada palma había un ojo perfilado con tinta color índigo, lo que convertía sus manos en hamsas, esos antiguos amuletos contra el mal de ojo. Los tatuajes en las palmas de las manos suelen perder intensidad con el tiempo, pero los de Karou se mantenían intactos. Estos ojos la acompañaban desde siempre y, por lo que sabía de su origen, podría haber nacido con ellos.

—Esos no —replicó Kaz—. Me refiero al que tienes justo encima del corazón, con la palabra Kazimir.

—Yo no tengo un tatuaje así —respondió con aparente contrariedad, y desabrochó los botones superiores de su suéter. Debajo llevaba una camiseta de tirantes, que bajó unos reveladores centímetros para demostrar que no había ningún tatuaje sobre su pecho. En esa parte del cuerpo su piel era blanquísima.

Kaz parpadeó sorprendido.

—Pero ¿cómo lo hiciste?

—Ven conmigo.

Zuzana cogió a Karou de la mano y la arrastró. Al pasar entre los caballetes, todos los ojos se clavaron en ella con curiosidad.

—Karou, ¿cortaron? —susurró Helen en inglés.

Zuzana levantó la mano con gesto imperioso y la obligó a callar, antes de sacar a Karou del estudio y empujarla hasta el baño de las chicas. Allí, con las cejas aún arqueadas, le preguntó:

—¿Qué demonios fue todo eso?

—¿A qué te refieres?

—¿Que a qué me refiero? Prácticamente te has desnudado delante de él.

—No exageres.

—No importa. ¿Y qué era eso de un tatuaje sobre el corazón?

—Tú misma lo has visto, no tengo ningún tatuaje en el pecho.

Karou prefirió omitir que dicho tatuaje sí había existido; prefería fingir que nunca había sido tan estúpida. Además, habría resultado difícil explicar cómo se había deshecho de él.

—Bueno, mejor. Solo te faltaba tener el nombre de ese idiota escrito en el cuerpo. ¿Viste su comportamiento? ¿Piensa que pavoneándose de ese modo vas a salir corriendo detrás de él?

—Así es —afirmó Karou—. Esa es su idea de un gesto romántico.

—Lo único que tienes que hacer es comentarle a Fiala que es un acosador, y lo echará de una patada en el trasero.

Karou había considerado esa opción, pero negó con la cabeza. Estaba segura de que encontraría una forma más adecuada de sacar a Kaz de su clase y de su vida, ya que disponía de medios que la mayoría de la gente no poseía. Pensaría en algo.

—A pesar de todo, no resulta ningún sacrificio dibujarlo —Zuzana se acercó al espejo y retiró los mechones de pelo negro que caían sobre su frente—. Eso hay que admitirlo.

—Sí. Es una pena que sea tan imbécil.

—Un enorme y estúpido imbécil —añadió Zuzana.

—Un caraculo con boca y patas.

—Caraculo —rió Zuzana—. Me gusta.

De repente, una idea asaltó a Karou, y una sonrisa ligeramente maliciosa iluminó su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó Zuzana al percibir el gesto.

—Nada. Es mejor que volvamos.

—¿Estás segura? No tienes por qué hacerlo.

Karou asintió con la cabeza.

—Claro que sí.

Kaz disfrutaba de toda la satisfacción que obtendría de su pequeña jugarreta. Ahora le tocaba a Karou. De vuelta al estudio, acarició el collar multicolor de varias vueltas que rodeaba su cuello, elaborado con lo que parecían cuentas africanas. Sin embargo, eran más que eso, no mucho más, pero suficiente para los planes de Karou.

3
 CARACULO

La profesora Fiala pidió a Kaz que adoptara una postura reclinada para el resto de la clase, y él se tendió sobre el diván de un modo que, sin ser lujurioso, resultaba bastante sugerente, con las rodillas dobladas algo en exceso y una sonrisa sensual. Esta vez no surgieron risitas ahogadas, pero Karou imaginó una oleada de calor en el ambiente, como si las chicas de la clase —y al menos uno de los chicos— necesitaran abanicarse. Sin embargo, ella no sucumbió y, cuando Kaz la escrutó tras sus lánguidas pestañas, sostuvo su mirada sin vacilar.

Inició el boceto empleando su mejor técnica y pensó que como su relación había comenzado con un dibujo, resultaba adecuado que acabara con otro.

La primera vez que lo vio estaba sentado a dos mesas de la suya en el bar Mostachos. Lucía un retorcido bigote de truhán, algo que ahora parecía premonitorio, pero después de todo se trataba del bar Mostachos. Todos los clientes iban ataviados con un bigote —Karou llevaba uno de Fu Manchú que había sacado de una máquina expendedora—. Aquella noche, más tarde, pegó ambos bigotes en su cuaderno de bocetos —el número 90— y el bulto que formaban permitía localizar fácilmente la página exacta donde había comenzado su historia con Kaz.

Él estaba bebiendo con sus amigos y Karou, incapaz de alejar sus ojos de él, lo había retratado. Siempre estaba dibujando, no solo a Brimstone y las demás criaturas de su vida secreta, sino también escenas y personas de su entorno cotidiano. Halconeros y músicos callejeros, curas ortodoxos con barbas hasta la cintura, algún chico guapo.

Normalmente se alejaba con el dibujo sin que sus modelos se percataran, pero esta vez el chico guapo percibió su mirada, y lo siguiente que vio fue su sonrisa bajo el bigote postizo, mientras se acercaba. ¡Qué halagado se había sentido con aquel retrato! Mostró el dibujo a sus amigos, la tomó de la mano para animarla a sentarse con ellos y mantuvo sus dedos entrelazados con los de ella incluso después de que se acomodara en la mesa. Así comenzó todo: ella idolatrando su belleza, y él deleitándose con ello. Y así fue más o menos como continuó.

Por supuesto, Kaz también le había dicho que era hermosa, sin parar. De hecho, si no hubiera sido atractiva, no se habría acercado a hablar con ella, pues no era exactamente de los que buscaban la belleza interior. Karou era, sencillamente, encantadora. Piel de nata, piernas preciosas, pelo largo y azulado, ojos de estrella de cine mudo, movimientos como versos de un poema y sonrisa de esfinge. Su rostro, además de bello, estaba lleno de vida, tenía la mirada luminosa y alegre, y ladeaba la cabeza igual que un pájaro, con los labios juntos y una danza en sus ojos negros que sugería algo secreto y misterioso.

Karou era misteriosa. Aparentemente no tenía familia, nunca hablaba de sí misma y era una experta en eludir preguntas —por lo que sus amigos sabían de su vida, podía haber surgido de la cabeza de Zeus—. Además, era una caja de sorpresas. Sus bolsillos estaban siempre repletos de objetos curiosos: antiguas monedas de bronce, dientes, tigres de jade del tamaño de la uña de un pulgar. Podía revelar, mientras regateaba por unos lentes de sol con un vendedor ambulante africano, que hablaba yoruba con fluidez. En cierta ocasión, Kaz descubrió al desnudarla que llevaba un cuchillo escondido en una bota. A todo esto había que añadir el hecho de que nada la asustaba y, por supuesto, las cicatrices de su abdomen: tres marcas brillantes que solo podían ser heridas de bala.

—¿Quién eres? —le había preguntado algunas veces Kaz, cautivado, y ella respondía con nostalgia:

—Realmente no lo sé.

Porque en verdad lo desconocía.

Ahora dibujaba con rapidez, sin rehuir los ojos de Kaz al pasear la mirada arriba y abajo, entre el modelo y el papel. Quería contemplar su cara.

Deseaba ver el momento en el que su expresión cambiara.

Solo cuando hubo capturado su postura levantó la mano izquierda hacia las cuentas del collar, y continuó dibujando con la derecha. Tomó una de las cuentas entre el pulgar y el índice, y lo mantuvo agarrado.

Luego pidió un deseo.

Fue un deseo muy pequeño, ya que aquellas cuentas no eran más que scuppies. Al igual que el dinero, los deseos tenían diversos valores, y los scuppies equivalían a simples centavos. Incluso menos valiosos que eso, pues, a diferencia de las monedas, los deseos no se podían acumular. Sumando centavos se conseguían dólares; sin embargo, los scuppies seguían siendo meros scuppies; una hilera de ellos, como su collar, no conseguía un deseo mayor, solamente un montón de deseos pequeños, casi inútiles.

Deseos para provocar, por ejemplo, comezón.

Karou deseó que Kaz tuviera escozor, y la cuenta se desvaneció entre sus dedos; una vez utilizadas, desaparecían. Nunca había pedido ese tipo de deseo, así que, para asegurarse de que funcionaba, comenzó con una parte del cuerpo que no resultara vergonzoso rascarse: el codo. Con seguridad e indiferencia, Kaz lo rozó contra un cojín, casi sin variar la postura. Karou sonrió para sus adentros y siguió dibujando.

Instantes después, tomó otra cuenta entre los dedos y deseó que esta vez le picara la nariz. La cuenta desapareció, el collar se acortó de manera imperceptible y el rostro de Kaz se estremeció. Permaneció inmóvil unos segundos, pero al final tuvo que rendirse para frotarse la nariz con el dorso de la mano, rápidamente, antes de recuperar la pose. Karou notó que el rostro de Kaz había perdido aquella expresión insinuante y se mordió el labio para evitar que su sonrisa se ampliara.

Querido Kazimir, pensó, no deberías haber venido. Habría sido mejor que te quedaras en la cama.

El siguiente ataque lo dirigió al oculto lugar de su malvado plan, y en el momento de lanzarlo fijó la mirada en los ojos de Kaz. Su frente adquirió una tensión repentina y ella ladeó ligeramente la cabeza, como preguntando «¿Sucede algo, cariño?».

Esa era la clase de comezón que no podía aliviarse en público. Kaz palideció, movió las caderas y luchó por mantenerse quieto. Karou le concedió un breve respiro y continuó dibujando. Pero tan pronto como él empezó a relajarse y… cuando estaba desprevenido… atacó de nuevo y, al ver cómo la cara de Kaz se tornaba rígida, tuvo que sofocar una carcajada. Otra cuenta se desvaneció entre sus dedos.

Y luego otra.

Esta, pensó, no es solo por l ...