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GRANDES MIRADAS

Alonso Cueto

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Fragmento

CONTRA LA AMNESIA

Por Mario Vargas Llosa

Han pasado apenas unos tres años y los peruanos comienzan a olvidarse ya de los horrores que vivieron los diez años que duró la dictadura de Fujimori y Montesinos. Connotados esbirros de corbata blanca y domésticos intelectuales del régimen de asesinos y cleptómanos que saqueó al país y envileció todas las instituciones, y que se salvaron de ir a la cárcel nadie sabe por qué, reflotan poco a poco en la vida pública, y las páginas sociales los retratan dando clases de gramática, y a veces de moral, o en los cócteles, el vaso de whisky en la mano y la sonrisa de oreja a oreja, proponiendo olvidar el pasado y la reconciliación de la familia peruana. En los medios, rara vez aparece una información sobre los crímenes, mentiras, estafas, robos, torturas, desapariciones que marcaron esa década, pero, en cambio, son frecuentes, y a menudo feroces, las diatribas contra los jueces, fiscales y procuradores que osan proseguir las investigaciones y los juicios contra los corruptos, traficantes y asesinos y sus cómplices, a quienes se acusa de ensañarse por una enfermiza sed de venganza contra aquellos infelices compatriotas. Si las encuestas no mienten, a uno de cada cinco peruanos le gustaría que el delincuente prófugo refugiado en el Japón, pero que tiene un programa de radio en el Perú, volviera al poder.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Es verdad que buena parte de este lastimoso espectáculo es un montaje fabricado por los fujimoristas presos, enjuiciados o huidos, que todavía poseen un gran poder económico a consecuencia de sus negociados y una inserción considerable en los medios de comunicación. Pero también lo es que, de acuerdo a una costumbre tan antigua como el Perú, una parte considerable de la ciudadanía, al verse frustrada en sus esperanzas de que la restauración de la democracia le diera empleo o mejorara sus niveles de vida, se ha puesto, contra toda razón, a hacer suya la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor y a echar de menos a Fujimori. Aquella peste del olvido que aquejó a Macondo empieza, una vez más en nuestra historia, a socavar, poquito a poco, la precaria y apenas renaciente democracia peruana.

Uno de los peruanos que se resiste a aceptar este degradante estado de cosas es Alonso Cueto, un escritor que, como un manifiesto contra la amnesia política, acaba de publicar una novela que resucita en páginas recorridas por una rabia fría y una indignación contagiosa los aspectos más sucios y sanguinarios de los años en que Fujimori y Montesinos fueron los amos del Perú: Grandes miradas. La historia está basada en un hecho real y un personaje que existió, una de las incontables salvajadas que se cometieron en aquellos años y que, debido a la humildad de la víctima y al nulo poder de su familia para desencadenar una protesta efectiva, permaneció desconocida del gran público y, por supuesto, impune. Un oscuro juez, un hombre del montón, en la novela llamado Guido Pazos (y en la vida real César Díaz Gutiérrez), se encontró de pronto convertido en un pequeño obstáculo para las constantes tropelías judiciales que perpetraba el Servicio Nacional de Inteligencia, instrumento de Montesinos, porque redactaba sus informes o dictaba sus fallos de acuerdo a su conciencia, sin obedecer las órdenes en contrario que le impartían sus superiores. El SIN lo hizo asesinar, después de torturarlo con una crueldad demencial, por tres de los forajidos que le servían para estas operaciones, y disfrazó el asesinato político de crimen común.

MÁS FUERTE QUE EL MIEDO

Guido Pazos no se sentía un héroe, ni mucho menos. Ni siquiera le interesaba la política. Le gustaba su oficio, impartir justicia, y trataba de hacerlo lo mejor posible, sabiendo muy bien que podía a veces errar. Era un católico practicante y su sentido del deber lo había heredado tal vez de sus padres, gentes sencillas, rectas y limpias a las que quería emular. Sabía muy bien que, negándose a redactar sus informes o sentencias como le ordenaban los rufianes que gobernaban el Perú, ponía en peligro su carrera, acaso su vida, y naturalmente que esto lo angustiaba y llenaba de pavor.

Pero, simplemente, la decencia que había en él era más fuerte que su miedo —una decencia visceral—, y, aunque esto lo tuviera desvelado en las noches y viviera en constante sobresalto, seguía actuando de acuerdo con sus principios, sabiendo muy bien que nadie se lo agradecería, que si le ocurría algo a nadie le importaría, y, sobre todo, que su sacrificio sería totalmente inútil, incapaz de hacer la menor mella en el todopoderoso régimen, y que sus propios colegas se limitarían ante su cadáver a sacar la inevitable conclusión: «Él se las buscó».

¿Hubo muchos Guido Pazos, es decir, muchos César Díaz Gutiérrez, en aquellos años de la desvergüenza? Es imposible saberlo, desde luego, porque gentes como ellos no salen en los periódicos ni en la televisión, y no asoman jamás en los libros de historia: viven y mueren en el anonimato. Pero son gentes así las que forjan, de esa manera discreta, con su conducta cotidiana y consecuente con un ideal y unos valores, la verdadera grandeza de un país, los que crean una cultura cívica, los que cargan de sustancia real a las ideas de libertad, de justicia, de coexistencia, los que hacen posible que una democracia funcione de verdad y los que vacunan a las sociedades contra las dictaduras.

Un Guido Pazos basta para salvar el honor de la institución a la que pertenecía, en la que tantos jueces por cobardía o venalidad legitimaron tantos atropellos, absolvieron a tantos delincuentes y cohonestaron los peores tráficos y enjuagues de la podredumbre fujimorista.

CORROMPE Y VENCERÁS

Buena parte de este testimonio retrospectivo de la claudicación de una sociedad ante una dictadura que es Grandes miradas ocurre en el mundo de las comunicaciones, los periódicos y la televisión, que todo régimen autoritario se apresura siempre a poner a su servicio porque ellos le permiten manipular a la opinión pública, haciendo pasar mentiras por verdades, verdades por mentiras, calumniar a sus críticos y ensalzar a sus sirvientes. La verdad es que el envilecimiento de buena parte de los medios de comunicación comenzó en el Perú mucho antes de Fujimori, en 1974, cuando la dictadura militar del general Velasco Alvarado expropió los diarios, las estaciones de radio y los canales de la televisión y los puso en manos de periodistas mercenarios —el dictador los llamaba sus mastines— cuya función consistía en bañar de incienso y loas todas las decisiones del poder, impedir las críticas y bañar en mugre a los silenciados adversarios. Al retornar la democracia, en 1980, Belaúnde Terry devolvió todos los medios a sus propietarios, pero el mal estaba hecho: el periodismo había adquirido unas costumbres y descendido a unos niveles de mediocridad y falta de ética de los que nunca ha podido sacudirse, aunque haya, claro está, aquellas excepciones que sirven para confirmar la regla.

La dictadura de Fujimori, por eso, no tuvo necesidad de apoderarse de los diarios, las radios y los canales (lo hizo solo con uno): le bastó corromper a sus dueños y a un puñado de periodistas, asustándolos o comprándolos, y de este modo, salvo unas publicaciones para las que sobraban los dedos de una mano, tuvo a una prensa dócil, ciega y sorda, o abyectamente servil. Con la excepción de una humilde redactora, Ángela, a la que un sobresalto ético semejante al del inolvidable personaje de la novela de Tabucchi Sostiene Pereira convierte en justiciera, todos los periodistas de diarios y televisión que circulan por el libro de Alonso Cueto producen náuseas.

Es muy difícil escribir una novela comprometida con una actualidad política tan cercana como Grandes miradas sin que ella parezca en muchas páginas más reportaje que ficción, aun en aquellos personajes o sucesos visiblemente inventados que, por vecindad y contaminación, tienden a imponerse al lector también como tomados de la historia reciente y apenas retocados. De otro lado, los grandes gerifaltes de la dictadura, Fujimori y Montesinos, están todavía demasiado próximos y con unas biografías aún haciéndose, lo que es un obstáculo mayor para convertirlos en personajes de ficción, es decir, para que un novelista los deshaga y rehaga con absoluta libertad, transformándolos de pies a cabeza en función de las necesidades exclusivas de la historia novelesca. Esto hace que, curiosamente, los dos personajes más reales de Grandes miradas resulten los menos realistas, los más desvaídos y abstractos. Pese a ello, uno de los episodios más vivaces del libro es el primer encuentro de Gabriela, la compañera del asesinado Guido Pazos, con Montesinos, en el hotel de Miraflores donde este celebraba sus orgías —whisky y putas a granel— con los generales adictos. El personaje adquiere allí, por un momento, una fuerza viscosa y un halo pestilencial que se graban en la memoria del lector como una pesadilla.

El libro está escrito con gran economía, en una prosa rápida y arrolladora, que mezcla descripciones, diálogos, reflexiones y monólogos en una misma frase, y se compone de episodios ceñidos, breves como viñetas, que recuerdan a veces los crucigramas que eran las novelas de John Dos Passos. Se lee con un interés cargado de ira y de disgusto, y deja en el lector la impresión de que sería falso confinar esta historia en el estricto dominio de la literatura, porque es más o menos que ese quehacer que modifica la realidad y la embellece y eterniza con palabras, creando una realidad aparte, otra vida. No: Grandes miradas no sale de este mundo, es una inmersión brutal en una vida recientísima, que todavía colea e infecta la vida peruana, una vida hecha de muerte y mentira, de tráficos inmundos, de cobardía y vilezas inconmensurables, y de algunos heroísmos secretos de aquellos seres que Camus llamaba los justos, esos seres humanos que, según la tradición bíblica, son tan puros y tan íntegros que bastan para redimir los pecados de toda su sociedad.

El País, SL, 2004

UNA MUCHEDUMBRE EN LA NUCA

Por Alfredo Bryce Echenique

Llevaba varias horas sentado en el cómodo sillón de cuero en el que leo siempre y me estaba devorando Grandes miradas, la última y estupenda novela publicada por Alonso Cueto, cuando empecé a notar que algo empezaba a incomodarme; algo muy especial, algo que parecía emanar de la lectura misma del libro, como si el tufo de corrupción y de criminalidad que recorre siniestramente sus páginas empezara a hervir y a empañarme los anteojos con su fétido vapor, y a molestarme en los oídos con su creciente y maloliente murmullo de repugnante delación. Cuanto más leía, más fuertemente me iba apoyando en el espaldar de aquel cómodo sillón y más tenso y a la defensiva me iba poniendo, como si a medida que pasaba las páginas del libro algo me obligara a huir, a esconderme, a desaparecer de aquella atmósfera siniestra que con sus vicios y complejos y enanos delirios de grandeza van segregando los personajes centrales de la acción. La verdad es que estaba cada vez más incómodo, más tenso. ¿Cuánto podía durar esta sensación? ¿A qué se debía? No tenía respuestas. Tampoco quería tenerlas. El placer de mi lectura era lo suficientemente grande. Terminaría con tan extraña sensación.

Francamente creo que Grandes miradas acierta desde el primer momento, al escoger el tratamiento policial como el único capaz de darnos cumplida y eficaz cuenta literaria de las páginas inmundas que escribieron Fujimori y Montesinos en la pasada década. Sus «grandes miradas» son de tan corto alcance que al final ambos se nos aparecen como un par de vanidosos peleles incapaces de nadar en el muladar de sus actos y de sobrevivir a sus oscuros complejos. Una vergonzante fuga es su única salida del lodazal de soplones y cobardes y vendidos que construyeron con mentiras y miedos y chantajes.

Es muy impresionante comprobar la manera con que los cambios de puntos de vista y los saltos temporales contribuyen a una formidable economía de medios y cómo también la solidez casi parca de un estilo siempre sobrio se va apoderando de la novela a medida que esta avanza. La dosificación de los materiales intensifica la sensación de universo cerrado, claustrofóbico, sin salidas, la atmósfera de ciudad capturada por el crimen en la que se mueven los personajes y la intriga se abre hacia muchos desenlaces posibles, deseables, no deseables. Todas y cada una de estas virtudes literarias saltaban a la vista en cada página que leía, pero el agobio que se iba apoderando de mí era cada vez mayor y también el absurdo y nocturno rumor que parecía apoderarse del salón. La verdad, parecía que Fujimori y su carnal Montesinos —con la peinada esa de peluquero de pueblo de la que tanto se ocupa en la novela: hay momentos en que parece que al doctor Vladi se le fuera la vida entre peinarse or not to be y entre grabar otro video or not to be, tampoco—iban a entrar proyectados por el amplio balcón, vomitados por su propio historial y nada menos que sobre mi flamante alfombra de colores claros. Pero, en fin, había que leer, había que perseverar, había que sobrevivir a la atmósfera casi de dictadura que se iba apoderando de mi salón, que me aplastaba, se apoderaba también de mí.

Lo policial como solución histórica colectiva o individual y el empecinamiento de unos ganadores que nada ganan en aquel mundo de moral ensuciada: son estos los turbios datos con los que avanzará la lectura paralelamente a la aventura de Guido, primero, de Gabriela, después, y de los demás personajes que cruzan su destino con ellos. El retrato puntillista y a la vez general de Montesinos es tan eficaz como lo son las pinceladas sutiles con que Fujimori sale de la pequeña miseria solo para convertirse imperceptiblemente en un fugitivo de su propia cárcel moral.

Lo moral, claro, es que tal como iban las cosas, ambos personajes no tardaban en aterrizar sobre mi alfombra. Si no, ¿a qué podía deberse ese rumor y esa especie de furia que me llegaban por los amplios cristales del balcón que tenía a mi espalda? No, no era nada cómodo leer en esas circunstancias, pero Grandes miradas se había apoderado de mí, yo sobreviviría para leerla hasta el fin. E incluso hasta que Montesinos, alias «El Peinado», y Fujimori, alias «Sinverponja», cumplieran con sus respectivas condenas literarias.

Tal vez esté aquí la mayor eficacia de la novela: en este cruzarse de destinos individuales de quienes pasarán indefectiblemente por los mismos caminos con muy diferentes miradas e intenciones. Una excelente novela sobre la ambición y el poder, sin duda alguna, pero nadie que la lea se sentirá atraído por lo que con la ambición corta y el efímero poder supieron y lograron hacer dos seres a los que la palabra historia les quedó siempre grande y cuyos delirios de grandeza de baja estofa no sobrepasaron jamás la frontera de un infiernillo delincuencial.

Eran las once de la noche en el salón ruidoso de mi casa y no pude más. No podía seguir sentado. Ese rumor cada vez más intenso se me venía encima. Era como tener una muchedumbre en la nuca. Me incorporé. ¿Qué pasaba? ¿Por qué ese rumor cada vez más intenso y fuerte? Abrí la cortina. Me asomé. ¡Diablos! Lo recordé todo. Ya caía en la cuenta. Aquel rumor. Aquel ruido de voces cada vez más intenso. Aquella manifestación que, según avanzaba mi lectura de Grandes miradas, muy bien podía venir del interior mismo de la novela, de su contenido, de su atmósfera. Fujimori y Montesinos habían sido descubiertos. Ambos preparaban su fuga. Abajo, en la calle, una manifestación clamaba contra la dictadura y la corrupción. Montesinos se peinaba por última vez en las oficinas del Servicio Nacional de Inteligencia mientras Fujimori buscaba su otro pasaporte. La novela de Alonso Cueto como un extraordinario punto de confluencia entre realidad y ficción.

Y abajo, en las calles que alcanza a ver mi mirada, decenas de miles de personas aplaudían y saludaban el paso de la Cabalgata de Reyes por las calles de Barcelona. Lo había visto anunciado en el portal del edificio en que vivo. Mañana era 6 de enero. Se acercaba ya la medianoche del día 5. ¡Qué tal despiste el mío!

Dice un proverbio chino que: «Es preferible soportar el gélido viento de las estepas que sentir en la nuca el cálido aliento de un elefante». Pues nada menos que una muchedumbre entera había tenido yo que soportar sobre la nuca, aquella noche, pero por nada había querido soltar aquel libro.

Recogí la espléndida novela que acababa de leer. Una estupenda historia policial acerca de la fugacidad del poder y lo rápido que este puede corromper paralelamente al enceguecimiento de sus actores. Y cómo Fujimori y Montesinos solo conocieron la luz para caer de ella al abismo de sus pequeñas tinieblas personales, sin grandeza y sin tragedia: a lo más como las dos caras de una misma moneda que además resultó falsa.

Un gran goce literario, como siempre con las novelas y los cuentos de Alonso Cueto. Aunque esta vez la eficacia de la escritura ha encajado como nunca, creo yo, con la sordidez de un mundo y unos destinos que aún asoman por las esquinas de nuestro querido país.

El Dominical, 2003

Cubierta

A Ernesto De La Jara

 

 

En concordancia con su naturaleza novelesca, los hechos que se narran en este libro pertenecen al ámbito de la ficción, aun cuando estén inspirados en las duras realidades de nuestra historia reciente. En algunos casos, nacen de pasajes de la magnífica biografía Montesinos. Vida y tiempo de un corruptor, de Luis Jochamowitz. Finalmente, esta novela no hubiera sido posible sin las facilidades otorgadas por la UPC, el Instituto de Defensa Legal, Idéele, la Universidad Católica del Perú y la John Simon Guggenheim Memorial Foundation.

 

Taking a chance, I think

That’s where she must have gone:

Into the artifice of not forgetting

A name and what went on,

When the boys watched and owls

Heard the hammer come down.

CHRISTOPHER MIDDLETON

«A Forge in Darkness»

 

He had given himself to his Dead and it was good:

this time his Dead would keep him.

HENRY JAMES

«The Altar of the Dead»

I

La luz ámbar se acerca, parpadea, pasa por encima. La noche continúa. Gabriela mira de frente, a través de la neblina del vidrio. Postes encorvados, faros rojizos, una delgada línea blanca.

Junta las piernas. El chofer a su lado es una silueta vaga. Delante de ella el viento dobla las ramas, martiriza las hojas, fija una sombra en la vereda. El vértigo horizontal: paredes desolladas, dos hileras luminosas, Kola Real, Mirinda, bocaditos Chipy. El carro acelera, como marchando hacia un abismo.

El chofer frena junto a un microbús. «Trabaja y no envidies», las letras se inclinan hacia la derecha, apuntan al foco resquebrajado, forman una ola entre manchas color óxido. Más arriba, las caras en la ventana de relámpagos la observan desde una distancia congelada, un museo ambulante de la melancolía. Ella golpea el vidrio con la uña toc toc. El microbús avanza, la pista se abre, ¿vas a matar a Montesinos hoy, vas a poder?, ¿alguien sabe, te han descubierto, te están siguiendo? Toc.

No distingue la forma del zapato, mueve las piernas, se repliega en el asiento, lejos del hombre en el timón. Gabriela saca el espejo, se peina. El maquillaje le ha aclarado la piel, le ha fijado los ojos, la pintura cristaliza los labios toc toc.

El mundo va a detenerse. Va a llegar, falta poco para que ocurra, ¿falta poco para que ocurra? El grifo a la derecha, las paredes rendidas, agonizantes de mugre blanda, el poste con la luz más cruel de todas las calles del mundo: un resplandor que baja como una cuchilla, la sangre amarilla del cemento. Por fin un farol, una fila de tablas, una reja.

El chofer frena. Un guardia incierto se acerca, inclina la cabeza. La luz sesgada de lluvia, un murmullo de lija.

—Viene para el Doctor.

—¿Su nombre?

—Es la señorita Celaya.

Un músculo se aplasta en la cara. El guardia abre un espacio del ancho del carro. La fachada, el patio, la manija redonda como un puño. Pisa, endereza las rodillas, alza la cabeza, camina hacia la escalera. Entra en una masa de viento.

Llega a un salón con mesas, un estrado, una barra, una serie de columnas. Tres mozos de saco negro pululan entre las sillas. Gabriela se acerca. Un muchacho —cara triangular, pelo en forma de casco, ojos lánguidos como velas— le señala el corredor. La salsa vibra en un parlante. Hay dos parejas que bailan.

Las manos expeditivas de un tipo que le abre la cartera, tiene brazos de boxeador, le toca la ropa.

—Venga.

Lo sigue hasta otra puerta. Entra a una suite: paredes celestes, bustos blancos, una alfombra granate, vasijas plastificadas, una cama de barrotes amarillos, las hélices redondas de dos caños, una planta colgada.

Se sienta en la cama. Extiende las manos. Mira la puerta. ¿Se abriría pronto? ¿Entraría, la abrazaría, la besaría?

El breve tambor de pasos. La puerta se abre. No es él. No es él.

Lo ve acercarse. El pelo encrespado, la barra sucia de un bigote, una arruga en la tela negra. Recorre el cuarto, toca las cortinas, entra al baño. Hace todo mientras habla por teléfono en voz baja, como un cura que confiesa.

El hombre apaga el celular. Se aparta. No la ha revisado. No la ha revisado. Gabriela lo ve salir.

Espera sentada, columpiando una rodilla. Él aparece. Terno azul, camisa granate, peinado redondo, una mueca risueña. Es él. Es Montesinos.

No puede apartar los ojos. El cráneo húmedo, las mejillas altas, los ojos secos de ofidio, la nariz afilada, la piel de escamas y puntos, el grosor de la sonrisa. Lo ve acercarse, tocarla en la mejilla, decirle mi amor, mi amor, mi amor, mi vida, viniste por fin, ahora sí, vidita. Una camisa con una abertura en forma de V que lo horada, una tela decorada por botones anchos, como medallas, un perfume azucarado. La rodea con los brazos y la besa.

Le insiste con la boca ahogada en la piel, qué linda eres, mi amor, por fin, mi amor, por fin. ¿Y qué hiciste estos días? Cosas del gobierno, siempre las cosas del gobierno, los viajes que me tienen esclavo, oye.

Él se aparta. Se abre el saco, se deshace la corbata. ¿Bailamos? Pone un CD. El piano lento. La voz sudorosa. Él se acerca, la sostiene, se mueve con ella. La música termina.

Gabriela lo toca: el placer viscoso de la tela, el abandono en el hombro, el buceo de la carne tibia. Rendirse, alzarse. Tocarlo en la lentitud, en el silencio. Esperar con la dureza de la repugnancia, de la nostalgia, besarlo con los ojos impunes. Una mano en el pecho contra el llanto y la otra aferrada en la otra piel. Igualar su energía, prolongar el pacto con su aliento, ponerse la corona de reina.

Baja el brazo. Siente el borde de la navaja.

II

CINCO MESES ANTES

—¿Vas a venir temprano? —dice Gabriela.

La pregunta ya se ha formado, cristalizada en el aire del teléfono; una frase culpable, un gesto de fuerza que la debilita. «No sé todavía», contesta Guido. Ella está a punto de agregar mejor cuídate, yo voy a tu casa, pero él agrega:

—No me siento muy bien. Estoy empezando con la gripe.

—Mejor vete a tu casa. Yo voy y te hago un té con limón.

—De todas maneras voy a verte un ratito, Gaby.

Gabriela cuelga. El susurro de Laura Pausini, la aparición de su madre desde el corredor, quieres que te ayude en algo, hijita, los pasos lentos, la bata de flores derretidas, su pelo, un torrente plateado de fantasma.

—¿Qué haces aquí? Acuéstate.

—Te ayudo.

—Déjame a mí. Yo voy a cocinar.

—Pero...

—Anda, vete a ver tu novela. Yo voy a hacer una sopita. No te preocupes.

Los susurros de la telenovela al otro lado de la pared. Gabriela tapa la olla, limpia y ordena los platos en la mesa, barre el piso. Se sienta a esperarlo.

Por fin, el ruido del timbre, un salto rápido, la salida hacia la puerta. Guido parado en su terno oscuro, la sonrisa disminuida de sonámbulo, el saco plegado, la palidez entera de sobreviviente.

—Aquí te caliento la sopa en un ratito.

—Me siento hasta la patas.

—Bueno, pero te va a hacer bien. Un ratito nomás y te sirvo.

—¿Nadie llamó?

—No.

—¿No hubo otras llamadas? ¿Nada raro?

—No, no. Nada.

Gabriela lo lleva a la mesa. El plato de sopa, un vaso con limonada caliente, una servilleta blanca y dos tabletas de aspirina. Una ofrenda en un altar.

—¿Y tu mamá?

—Adentro, viendo su novela.

Comen mientras ella le habla de su día en el colegio. «Los chicos están tan malcriados. Debe ser la recesión que está golpeando los nervios de sus padres. Todo el ambiente de las casas debe ser de lo más tenso. Además, con este gobierno...». Al fondo, la música infartada de la telenovela, las exclamaciones de su madre y de la enfermera, ay, qué hombre más canalla Juan Francisco, qué tal sinvergüenza.

—Tu mamá grita bien. Parece que está recuperándose.

—Sí, parece que se puso bien solo para ver la novela.

Tiene los ojos líquidos, la frente rociada de sudor.

—Creo que mejor me voy a acostar.

—Una buena dormida es lo que te conviene, oye.

Lo ve pararse. Se para con él. Lo acompaña a la puerta. La luz blanca del poste, el beso, la cabeza contra el pecho.

*

Javier, periodista de la televisión, entra al gimnasio con una sonrisa prefabricada. Lanza un saludo general a los demás, piensa que es el salvoconducto para el olvido y se sube a la bicicleta, un trono temporal. Desde allí mira el museo de pesas, máquinas y bolsas de box. El ejercicio y la ducha de las cinco, las últimas escalas de la tarde, los trámites del cuerpo, un pretexto para la soledad. El trote y las pesas y la cortina de agua, barreras antes y contra el noticiero, contra los corredores del canal, contra su gesto de robot risueño frente a la cámara, su cara de emitir noticias.

Es así. Llegar, ponerse la corbata, aclimatar una cara de muñeco frente al ojo vibrante, decir buenas noches, amigos, hoy el presidente Fujimori anunció una donación de computadoras, y aquí nuestros principales titulares; monologar una hora, sonreír con inocencia, despedirse. Era una cuestión de poner el cuerpo, repetir las frases, estirar el cuello como un cisne de fierro hasta la negrura bienvenida de la medianoche (un Dormex a esa hora o los dos de madrugada).

Su vida, un campo de entrenamiento de caras felices, un payaso serio repitiendo bromas frente al ojo oscuro del mundo. Esa tarde, después del gimnasio (y de la sala vacía y de la cara de su esposa Marita: «Allí está tu sopa, gordi, ya te mandé a planchar tu camisa»), otra vez las paredes de manchas largas del canal, otra vez el polvo del maquillaje frente al espejo, ¿ponemos nuestra cara de cojudos o todavía? Ay, cállate, le decía Jimena que leía las noticias a su lado, pero si es la verdad, pues, mira, buenas noches, amigos, hoy es miércoles veinte de mayo del año 2000 y estas son las principales noticias cuando debería decir buenas noches, amigos, yo soy el mayordomo comisionado a la pantalla y vengo de parte de los cocineros de este canal que en coordinación con los delincuentes de terno y corbata del SIN le han preparado el siguiente buffet de comunicados oficiales. Aquí va la bola perfumada que les hemos empaquetado. El gobierno donó diez tractores y veinte carros policías, ñaca, ñaca, chúpense esa. El ministro anuncia donación de cien computadoras, jojolete, va por ustedes. Viva nuestra Fuerza Armada, viva el presidente Fujimori, viva el doctor Montesinos, arriba esas palmas, compañeros. Eso es lo que tenemos que decir, Jime, solo que no. Nunca la decencia de reírse mientras habla. Debía velar por su sueldo, por su hija, por su terno, por el brillo en sus zapatos, por su pijama sin huecos, por su esposa Marita que es la sobrina del dueño. Nunca ponerse la nariz de payaso frente a cámaras ni a dibujarse la boca roja ni a ponerse el traje a colores. Un payaso circunspecto, un bufón crispado, un malabarista paralítico. Ñaca, ñaca, jojolete. Buenas noches, señores, el más cómico de todos los saluda, les informa y se despide gritando que viva el circo.

Se levanta, entra al baño, se despide rápidamente de Marita, la cara de nueve años, la piel tibia de Paola («voy a verte, papi, no me duermo, voy a verte»), y se sube al Peugeot que el canal le acaba de regalar. La hilera de carros rabiosos, los casetes de Chico Buarque contra el ruido de afuera, hasta las escaleras de piedra plastificada, sube a toda velocidad, como huyendo de algo que sube con él.

Adentro, la rutina esperada. La reunión con Tato, el repaso de los papeles, las pastillas. La música rápida, el conteo. Javier está sentado. Las facciones profesionales, el esbozo risueño, el medicamento de las palabras: «Buenas noches, amigos, hoy es miércoles veinte de mayo y estas son las principales noticias de la jornada...»

*

Al amanecer, Guido se siente liberado del velo de la gripe. Se levanta, se ducha. Llama a Gabriela. Sale a la avenida San Jua ...