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FLORES EN EL áTICO (SAGA DOLLANGANGER 1)

V.C. Andrews  

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Fragmento

ADIÓS, PAPÁ

Cuando era joven, al principio de los años cincuenta, creía que la vida entera iba a ser como un largo y esplendoroso día de verano. Después de todo, así fue como empezó. No puedo decir mucho sobre nuestra primera infancia, excepto que fue muy agradable, cosa por la cual debiera sentirme eternamente agradecida. No éramos ricos, pero tampoco pobres. Si nos faltó alguna cosa, no se me ocurre qué pudo haber sido; si teníamos lujos, tampoco podría decir cuáles fueron sin comparar nuestra vida con la de los demás, y en nuestro barrio de clase media nadie tenía ni más ni menos que nosotros. Es decir que, comparando unas cosas con otras, nuestra vida era la de unos niños corrientes, de tipo medio.

Nuestro padre se encargaba de las relaciones públicas de una gran empresa que fabricaba computadoras, con sede en Gladstone, estado de Pennsylvania, con una población de doce mil seiscientos dos habitantes. Nuestro padre tenía mucho éxito en su trabajo, porque su jefe venía con frecuencia a comer a casa y alababa mucho el trabajo que papá parecía realizar tan bien.

«Es ese rostro tuyo, tan norteamericano, sano, abrumadoramente guapo, y esos modales tan llenos de encanto lo que conquista a la gente. Santo cielo, Chris, ¿qué persona normal podría resistirse a un hombre como tú?»

Y yo le daba la razón, con todo entusiasmo. Nuestro padre era perfecto. Medía un metro noventa de estatura, pesaba ochenta y dos kilos, y su pelo era espeso y de un rubio intenso, y justamente lo bastante ondulado para resultar muy atractivo; sus ojos eran azul cielo y estaban llenos de vida y buen humor. Su nariz era recta, ni demasiado larga ni demasiado estrecha ni demasiado gruesa. Jugaba al tenis y al golf como un profesional, y nadaba con tanta frecuencia que se mantenía atezado durante todo el año. Siempre estaba viajando en avión a California, Florida, Arizona o Hawai, o incluso al extranjero, por motivos de trabajo, mientras nosotros nos quedábamos en casa, al cuidado de nuestra madre.

Cuando volvía a casa y entraba por la puerta principal, todos los viernes por la tarde (solía decir que le horrorizaba la idea de estar separado de nosotros más de cinco días seguidos), aunque estuviera lloviendo o nevando, el sol parecía brillar de nuevo en cuanto él nos dedicaba su gran sonrisa feliz.

Su sonoro saludo resonaba en cuanto dejaba la maleta y la cartera de negocios:

—¡Hala, venid a besarme, si me queréis de verdad!

Mi hermano y yo solíamos escondernos cerca de la puerta principal, y, en cuanto oíamos su saludo, salíamos corriendo de detrás de una silla o del sofá para lanzarnos en sus brazos abiertos de par en par, que nos recibían y nos levantaban inmediatamente. Nos apretaba con fuerza contra su pecho y nos calentaba los labios con sus besos. El viernes era el mejor de los días, porque nos devolvía a papá, para estar con nosotros. En los bolsillos de su traje encontrábamos pequeños regalos, pero en la maleta guardaba los regalos más grandes, que nos iba entregando uno a uno en cuanto saludaba a nuestra madre, que solía esperar pacientemente en el fondo, hasta que hubiera terminado con nosotros.

Después de recibir los regalos, Christopher y yo nos apartábamos a un lado para ver acercarse a mamá despacio, con una sonrisa de bienvenida que hacía brillar los ojos de papá, quien la tomaba en sus brazos y la miraba fijamente al rostro, como si por lo menos hiciera un año que no la veía.

Los viernes, mamá se pasaba todo el día en el salón de belleza, arreglándose el pelo y las uñas; y luego volvía a casa y tomaba un largo baño de agua perfumada. Yo me introducía en su cuarto para verla salir del baño envuelta en un batín transparente; entonces, ella se sentaba ante su tocador a maquillarse cuidadosamente. Y yo, deseosa de aprender, iba absorbiendo todo cuanto la veía hacer para convertirse, de la mujer bonita que era, en un ser tan sorprendentemente bello que no parecía real. Lo más asombroso era que nuestro padre estaba convencido de que no se había maquillado, y pensaba que mamá era una impresionante belleza natural.

La palabra querer se derrochaba en nuestra casa: «¿Me queréis? Yo a vosotros os quiero muchísimo. ¿Me echasteis de menos? ¿Os alegráis de verme otra vez en casa? ¿Pensasteis en mí estos días?, ¿todas las noches? ¿Estuvisteis inquietos y desasosegados, deseando que volviera con vosotros? —Nos abrazaba—. Mira, Corrine, que si no fuese así a lo mejor preferiría morirme.»

Y mamá sabía contestar muy bien a estas preguntas: con sus ojos, con susurros llenos de suavidad, y con besos.

Un día, Christopher y yo volvíamos corriendo del colegio, mientras el viento invernal nos empujaba, haciéndonos entrar más rápidamente en la casa.

—¡Hala, quitaos las botas y dejadlas en el recibidor! —nos gritó mamá desde el cuarto de estar, donde la veía sentada ante la chimenea, haciendo un jersey de punto que parecía para una muñeca. Pensé que sería un regalo de Navidad para alguna de mis muñecas.

»Y quitaos los zapatos antes de entrar aquí —añadió.

Nos quitamos las botas, los abrigos de invierno y los gorros en el recibidor, y luego entramos corriendo, en calcetines, en el cuarto de estar, con su gruesa alfombra blanca. Aquel cuarto, de color pastel, decorado para acentuar la belleza suave de mi madre, nos estaba prohibido a nosotros casi siempre. Era nuestro cuarto de visitas, el cuarto de nuestra madre, y nunca nos sentimos verdaderamente cómodos en el sofá cubierto de brocado color albaricoque o en las sillas de terciopelo. Preferíamos el cuarto de papá, con sus paredes de artesonado oscuro y su sofá de resistente tela escocesa a cuadros, donde podíamos revolcarnos y jugar, sin preocuparnos nunca de estropear nada.

—¡Fuera hiela, mamá! —exclamé, sin aliento, echándome a sus pies y acercando las piernas al fuego—. Pero el trayecto hasta casa, en bicicleta, fue precioso, con los árboles resplandecientes de pedacitos de hielo que parecían diamantes, y prismas de cristal en las matas. Parece un paisaje de hadas, mamá no me gustaría nada vivir en el Sur, donde nunca nieva.

Christopher no hablaba del tiempo y de su congelada belleza. Tenía dos años y cinco meses más que yo, y era mucho más sensato que yo; eso lo sé ahora. Se calentaba los pies helados igual que yo, pero tenía la vista fija en el rostro de mamá y sus cejas oscuras se fruncían de inquietud.

También yo levanté la vista hacia ella, preguntándome qué vería Christopher para sentir tal preocupación. Mamá estaba haciendo punto con rapidez y seguridad, aunque de vez en cuando echaba una ojeada a las instrucciones.

—Mamá, ¿te encuentras bien? —preguntó Christopher.

—Sí, claro que sí —respondió ella con una sonrisa suave y dulce.

—Pues a mí me parece que estás cansada.

Dejó a un lado el diminuto jersey.

—Fui a ver al médico hoy —dijo, inclinándose hacia adelante para acariciar la mejilla sonrosada y fría de Christopher.

—Mamá —exclamó mi hermano—, ¿es que estás enferma?

Ella rió suavemente; luego pasó sus dedos largos y finos por entre los rizos revueltos y rubios y musitó:

—Christopher Dollanganger, no te hagas el tonto. Ya te he visto mirarme lleno de recelo.

Le cogió la mano, y también una de las mías, y se llevó las dos a su vientre protuberante.

—¿No sentís nada? —preguntó, con aquella mirada secreta y feliz de nuevo en su rostro.

Rápidamente, Christopher apartó la mano, al tiempo que su rostro enrojecía. Pero yo dejé la mía donde estaba, sorprendida, esperando.

—¿Qué notas tú, Cathy?

Contra mi mano, bajo el vestido, sucedía algo extraño. Pequeños y leves movimientos agitaban su carne. Levanté la cabeza y la miré a la cara, y aún recuerdo lo bella que estaba, como una madonna de Rafael.

—Mamá, se te revuelve la comida, o es que tienes gases.

La risa hizo brillar sus ojos azules, y me instó a que adivinara otra vez.

Su voz era dulce y algo inquieta al anunciarnos la noticia.

—Queridos, voy a tener un niño a principios de mayo. La verdad es que, cuando me visitó hoy el médico, me dijo que él oía los latidos de dos corazones. Eso quiere decir que voy a tener gemelos... o quizá trillizos, Dios no lo quiera. Ni siquiera vuestro padre lo sabe todavía, de modo que no le digáis nada hasta que yo pueda hablar con él.

Desconcertada, miré de reojo a Christopher para ver cómo recibía la noticia. Parecía pensativo y todavía turbado. Miré de nuevo el bello rostro de mamá, iluminado por el fuego. De pronto, me levanté de un salto y salí corriendo del cuarto.

Me lancé de bruces en la cama y me puse a lanzar gritos, al mismo tiempo que lloraba a raudales. ¡Niños, dos o más! ¡Allí no había más niño que yo! No quería niños lloriqueando, gimoteando, ocupando mi lugar. Lloré, golpeando las almohadas, deseando dañar algo, o a alguien. Luego me incorporé y pensé en escapar de casa.

Alguien llamó suavemente a la puerta cerrada con llave.

—Cathy —dijo mamá—, ¿puedo entrar y hablar contigo de este asunto?

—¡Vete de aquí! —grité—. ¡Odio tus niños!

Sí, de sobra sabía lo que me esperaba; yo, la de en medio, la de quien los padres menos se cuidan. A mí me olvidarían y ya no habría más regalos de los viernes. Papá no pensaría más que en mamá, en Christopher, y en esos odiosos niños que me iban a apartar a un lado.

Papá vino a verme aquella tarde, poco después de regresar a casa. Yo había dejado la puerta abierta, por si acaso quería verme. Le miré la cara de reojo, porque le quería mucho. Parecía triste, y tenía en la mano una gran caja envuelta en papel de plata, coronada por un enorme lazo de satén rosa.

—¿Qué tal ha estado mi Cathy? —preguntó en voz baja, mientras le miraba por debajo del brazo—. No has acudido corriendo a saludarme cuando llegué. Ni me has preguntado qué tal estoy, ni siquiera me has mirado. Cathy, no sabes cuánto me duele cuando no sales corriendo a recibirme y darme besos.

No le contesté, y él entonces vino a sentarse al borde de la cama.

—¿Quieres que te diga una cosa? Pues que es la primera vez en tu vida que me has mirado de esta manera, echando fuego por los ojos. Éste es el primer viernes que no has acudido corriendo a saltar a mis brazos. Es posible que no me creas, pero no me siento revivir hasta que estoy en casa los fines de semana.

Haciendo pucheros, me negué a rendirme. A él ya no le hacía falta. Tenía a su hijo, y, encima, montones de niños llorones a punto de llegar. A mí me olvidaría en medio de la multitud.

—Te voy a decir algo más —añadió él, observándome fijamente—: Yo solía creer, quizá tontamente, que si venía a casa los viernes y no os traía regalos a ti ni a tu hermano..., bueno, pues, a pesar de todo, pensaba yo,

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