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ENTRE MUJERES SOLAS. POESíA REUNIDA

Giovanna Pollarolo  

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Fragmento

1

Llegué a Turín bajo la última nieve de enero, como sucede con los saltimbanquis y los vendedores de turrón. Recordé que era carnaval al ver bajo los soportales los puestos y los mecheros incandescentes del acetileno, pero aún no había oscurecido y fui andando de la estación al hotel, atisbando fuera de los soportales por encima de las cabezas de la gente. El aire crudo me mordía las piernas y, cansada como estaba, me demoraba ante los escaparates, dejaba que la gente me empujara, y miraba a mi alrededor ajustándome el abrigo de pieles. Pensaba que ahora los días se alargaban, y que pronto un poco de sol disolvería aquel barrillo y abriría la primavera.

Así volví a ver Turín, en la penumbra de los soportales. Cuando entré en el hotel no soñaba sino con un baño caliente y tumbarme y una noche larga. Total, en Turín debía quedarme una temporada.

No llamé a nadie y nadie sabía que me alojaba en aquel hotel. Ni siquiera un ramo de flores me esperaba. La camarera que me preparó el baño me habló inclinada sobre la bañera, mientras yo daba vueltas por la habitación. Son cosas que un hombre, un camarero, no haría. Le dije que se fuera, que me las arreglaría sola. La muchacha balbució algo, mirándome de cara, agitando las manos. Entonces le pregunté de dónde era. Se ruborizó intensamente y me respondió que era veneciana.

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—Se nota —le dije—. Yo soy turinesa. ¿Te gustaría volver a casa?

Asintió con una mirada socarrona.
—Pues hazte cargo de que yo aquí vuelvo a casa —le dije—, no me estropees el placer.

—Usted disculpe —me dijo—. ¿Puedo irme?

Cuando estuve sola, dentro del agua tibia, cerré los ojos irritada porque había hablado de más y no merecía la pena. Cuanto más me convenzo de que hablar sin necesidad no sirve de nada, más hablo. Especialmente entre mujeres. Pero el cansancio y aquel poco de fiebre se diluyeron pronto en el agua y evoqué la última vez que había estado en Turín —durante la guerra—, al día siguiente de una incursión. Todas las cañerías habían saltado, ni pensar en un baño. Lo recordé con gratitud; mientras en la vida hubiera un baño, valía la pena vivirla.

Un baño y un cigarrillo. Mientras fumaba con la mano a flor de agua, comparé el chapoteo que me mecía con los días agitados que había vivido, con el tumulto de tantas palabras, con mis desasosiegos, con los proyectos que siempre había realizado y sin embargo esa noche se reducían a aquella bañera y aquella tibieza. ¿Había sido ambiciosa? Volví a ver las caras ambiciosas: caras pálidas, marcadas, convulsas —¿había alguna que se hubiera distendido en un instante de paz?—. Ni siquiera al morir esa pasión se mitigaba. A mí me parecía que jamás me había relajado un momento. Acaso veinte años antes, cuando era aún una niña, cuando jugaba por las calles y esperaba con ansia la temporada de los confeti, de los barracones y las máscaras, tal vez entonces me hubiera abandonado. Pero en aquellos años, para mí carnaval no significaba más que tiovivos, turrón y narices postizas. Después tuvo que ver con la manía de salir, de ver, de correr por Turín, con las primeras escapadas por las callejas con Carlotta y las otras, con la emoción de sentirnos seguidas por primera vez. También esa inocencia había acabado. Extraña cosa. La tarde del jueves de carnaval, cuando papá se agravó, para después morir, lloré de rabia y lo odié pensando en la fiesta que me perdía. Solamente mamá me entendió aquella tarde, y me tomó el pelo y me dijo que me quitara de en medio, que fuera a llorar al patio de Carlotta. Pero yo lloraba porque el que papá estuviese a punto de morir me asustaba y me impedía por dentro abandonarme al carnaval.

Sonó el teléfono. No me moví de la bañera porque estaba feliz con mi cigarrillo y pensaba que probablemente aquella tarde remota me había dicho por primera vez que si quería hacer algo, obtener algo de la vida, no debía ligarme a nadie, depender de nadie, como estaba ligada a aquel inoportuno papá. Y lo había logrado, y ahora todo mi placer era diluirme en aquella agua y no contestar al teléfono.

El sonido insistió, al cabo de un rato, y parecía irritado. No acudí, pero salí del agua. Me sequé lentamente, sentada en la toalla, y estaba untándome una crema alrededor de la boca cuando llamaron.

—¿Quién es?

—Una nota para la señora.
—He dicho que no estoy.
—El señor insiste.

Tuve que levantarme y girar la llave. La veneciana impertinente me tendió la nota. Le eché un vistazo y le dije a la chica:

—No quiero verlo. Que vuelva mañana.
—¿La señora no baja?

Me sentía la cara embadurnada, ni siquiera podía hacerle una mueca. Dije:

—No bajo. Quiero un té. Dile que mañana a mediodía. Cuando estuve sola, descolgué el auricular, pero enseguida contestaron de recepción. La voz rascaba sobre la mesita, impotente como un pez fuera del agua. Entonces grité algo al teléfono, debí de decir que era yo, que quería dormir. Me desearon buenas noches.

Media hora después, la camarera no había regresado aún. «Esto sucede solo en Turín», pensé. Hice algo que nunca había hecho, como si fuera una niña tonta. Me puse la bata y entreabrí la puerta.

En el discreto pasillo, varias personas, camareros, señores, mi chica impertinente, se agolpaban ante una puerta. Alguien, en voz baja, exclamaba algo.

Después la puerta se abrió de par en par, y despacio, con muchos miramientos, dos batas blancas sacaron una camilla. Todos callaron y abrieron paso. En la camilla estaba tendida una muchacha —rostro hinchado y cabellos en desorden—, vestida de noche, de tul celeste, sin zapatos. Aunque tenía los párpados y los labios muertos, se adivinaba un mohín que había sido gracioso. Miré instintivamente bajo la camilla, por si goteaba sangre. Escudriñé las caras —eran las de costumbre, unos fruncían los labios, otros parecían reír malignos—. Capté la mirada de mi camarera, corriendo tras la camilla. Sobre las voces quedas del corrillo (había también una señora con abrigo de pieles y se retorcía las manos) se alzó la de un médico —salió por la puerta secándose las manos— y declaró que se había terminado, que despejaran el paso.

La camilla desapareció por las escaleras; oí exclamar: —Despacio. —Miré de nuevo a mi camarera. Había corrido ya hasta una silla al final del pasillo, y volvía con la bandeja del té.

—Se sintió mal, qué desgracia —dijo entrando en mi habitación. Pero le brillaban los ojos y no se contuvo. Me lo contó todo. La chica había entrado en el hotel por la mañana; venía sola de una fiesta, de un baile. Se había encerrado en la habitación; no se había movido en todo el día. Alguien había telefoneado, habían ido a llamarla, un policía había abierto. La chica estaba en la cama, moribunda.

La camarera continuaba:
—Envenenarse en carnaval, qué lástima. Y la familia es muy rica… Tienen un chalet precioso en la piazza d’Armi. Si se salva es un milagro…

Le dije que quería más agua para el té. Y que no volviera a entretenerse por las escaleras.

Pero esa noche no dormí como había esperado y mientras me revolvía en la cama me habría dado de puñetazos por haber metido las narices en el pasillo.

2

l día siguiente me trajeron un ramo de flores, los primeros narcisos. Sonreí pensando que en Turín nunca había recibido flores. Pero no era Turín quien me los mandaba. El encargo venía del bobo de Maurizio que había pensado en darme una sorpresa a mi llegada. Pero le había salido mal. «Ocurre también en Roma», pensé. Vi a Maurizio desconsolado callejear por via Veneto después del adiós, y entre el último café y el primer aperitivo rellenar el impreso de la Fleurop.

Me pregunté si la chica de ayer habría tenido flores en la habitación. ¿Hay gente que para morir se rodea de flores? Quizá sea un modo de infundirse valor. La camarera fue a buscarme un jarrón, y mientras me ayudaba a colocar los narcisos me contó que los periódicos no hablaban del intento de suicidio.

—Quién sabe cuánto habrán pagado para mantenerlo oculto. La han llevado a una clínica privada… Ayer por la noche estuvieron investigando. Debe de haber un hombre por medio… Merece la cárcel, quien induce a una muchacha…

Le dije que una chica que pasa la noche de baile en baile y en

A lugar de volver a su casa se va a un hotel, tiene la obligación de saber cuidarse.

—Ah, sí —dijo la otra, indignada—, la culpa es de las madres. ¿Por qué no acompañan a sus hijas?

—¿Qué madres? —dije—. Estas chicas siempre han estado con su madre, han crecido entre algodones, han visto el mundo desde detrás de los cristales. Cuando se trata de salir adelante frente a una dificultad, no saben y se derrumban.

Ahora Mariuccia se reía, como diciéndome que ella sabía apañárselas y salir adelante. Me la quité de encima y me vestí. Por las calles hacía frío y estaba despejado; durante la noche había llovido sobre el barrillo, y ahora el sol entraba bajo los soportales. Parecía una ciudad nueva, Turín, una ciudad recién terminada, y la gente corría, se encontraba casualmente como ocupada en darle los últimos toques y en reconocerse. Paseé bajo los edificios del centro, mirando los grandes comercios que esperaban al primer cliente. Ninguno de aquellos escaparates y muestras eran modestos y familiares, como los recordaba, ni los cafés, ni las cajeras, ni las caras. Solamente el sol oblicuo y el aire saturado de humedad no habían cambiado.

Y nadie estaba de paseo, todos parecían ocupados. Por la calle la gente no vivía, solo se escapaba. Y pensar que en tiempos aquellas calles del centro me habían parecido, al pasar por ellas con mi gran caja de modista bajo el brazo, un reino de gente de vacaciones y despreocupada, como entonces me imaginaba los centros de veraneo. Cuando se tienen ganas de una cosa, se la ve por todas partes. Y todo eso solo para sufrir, para darme patadas en los tobillos. «¿De qué tendría ganas —me pregunté—

esa estúpida que ayer se tomó el veronal?» Un ho ...