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ENLAZADOS

Rainbow Rowell  

0


Fragmento

1


De: Jennifer Scribner-Snyder

Enviado: Miércoles, 18 de agosto de 1999. 9:06

Para: Beth Fremont

Asunto: ¿Dónde estás?


¿Te morirías por llegar antes de mediodía aunque solo fuera una vez? Aquí estoy, sentada entre los escombros de mi vida tal como la conocía, y tú…, si no te han cambiado, acabas de levantarte. Seguro que estás desayunando cereales y mirando el programa de Sally Jessy Raphael. Envíame un correo en cuanto llegues, antes de hacer nada más. No te pongas a leer las tiras cómicas.

<<Beth a Jennifer>> Vale, te pongo por delante de las tiras, pero date prisa. Llevo varios días discutiendo con Derek si En lo bueno y en lo malo está ambientado en Canadá, y hoy se podría demostrar que llevo razón.

<<Jennifer a Beth>> Me parece que estoy embarazada.

<<Beth a Jennifer>> ¿Qué? ¿Y por qué te lo parece?

<<Jennifer a Beth>> El sábado pasado me tomé tres copas.

<<Beth a Jennifer>> Debería explicarte un par de cosas acerca de las flores y las abejitas. La cosa no funciona así exactamente.

<<Jennifer a Beth>> Cada vez que me paso con la bebida, tengo la sensación de estar embarazada. Debe de ser porque nunca bebo y es un clásico quedarse embarazada la única vez que te descuidas. Tres horas de debilidad y ahora tendré que bregar el resto de mi vida con las necesidades especiales de un alcohólico fetal.

<<Beth a Jennifer>> No creo que los llamen así.

<<Jennifer a Beth>> Tendrá los ojitos muy separados, y cuando vaya al supermercado todo el mundo me mirará y susurrará: «Mira a esa borrachuza. No fue capaz de renunciar a su clara ni nueve meses de nada. Es trágico».

<<Beth a Jennifer>> ¿Bebes clara?

<<Jennifer a Beth>> Es refrescante.

<<Beth a Jennifer>> No estás embarazada.

<<Jennifer a Beth>> Que sí.

Justo antes de que me venga la regla se me reseca la tez y un par de días antes sufro calambres premenstruales. Pero ahora mismo mi piel está tersa como el culito de un bebé. Y, en vez de calambres, siento algo raro en la zona del útero. Una especie de presencia.

<<Beth a Jennifer>> A ver si te atreves a llamar a urgencias diciendo que notas una presencia en el útero.

<<Jennifer a Beth>> Vale. Reconozco que no es la primera vez que me llevo un susto. Incluso estoy dispuesta a admitir que el miedo a estar embarazada forma parte de mi cuadro premenstrual. Pero esta vez es diferente, va en serio. Me noto diferente. Igual que si mi cuerpo me estuviera diciendo: «Esto solo es el principio».

Y no dejo de pensar en lo que me espera. Primero las náuseas. Luego engordar como una vaca. Y por último morir de un aneurisma en la sala de partos.

<<Beth a Jennifer>> O… y por último dar a luz a un niño precioso. (Al final has conseguido que participe en esta fantasía tuya del embarazo. ¿Contenta?)

<<Jennifer a Beth>> O… y por último dar a luz a un niño precioso, al que nunca veré porque se pasará el día en la guardería al cuidado de una esclava mal pagada a la que considerará su madre. Mitch y yo intentaremos cenar juntos cuando el bebé se duerma por fin, pero estaremos agotados. Caeré frita mientras me cuenta las novedades del día; y a él no le importará porque, de todos modos, no tendrá ganas de hablar. Se comerá el burrito en silencio y pensará en la profesora de economía doméstica que acaba de llegar al instituto. Una maciza con zapatos negros de tacón, medias color carne y una falda de rayón que le marca los muslos cada vez que se sienta.

<<Beth a Jennifer>> ¿Y qué dice Mitch? (Acerca de la presencia del útero. No de la profesora de economía doméstica.)

<<Jennifer a Beth>> Que debería hacerme una prueba de embarazo.

<<Beth a Jennifer>> Qué listo. Es muy posible que un tío tan sensato como Mitch estuviera mejor al lado de una profesora de economía doméstica. (Ella nunca le prepararía burritos para cenar.) Pero supongo que está condenado a seguir contigo, sobre todo ahora que un niño con necesidades especiales está en camino.

2

—Lincoln, qué mala cara tienes.

—Gracias, mamá.

Tendría que fiarse de la palabra de su madre. Hoy no se había mirado al espejo. Ni tampoco ayer. Lincoln se frotó los ojos e intentó alisarse el pelo con los dedos… o aplastarlo. Debería haberse peinado la noche anterior, cuando salió de la ducha.

—En serio, mírate. Y mira qué hora es. Son más de las doce. ¿Acabas de levantarte?

—Mamá, salgo de trabajar pasada la una de la madrugada.

Su madre frunció el ceño y, acto seguido, le tendió una cuchara como si fuera eso precisamente lo que su hijo necesitaba en ese momento.

—Toma —ordenó—. Remueve las judías. —Puso en marcha el robot de cocina y medio gritó por encima del ruido—. Aún no entiendo qué haces en ese sitio que no puedas hacer de día. No, cariño, así no, les estás haciendo cosquillas. Remuévelas con ganas.

Lincoln removió con más fuerza. La cocina olía a jamón con cebolla y a algo más, un aroma dulce. Le rugía el estómago.

—Ya te lo he dicho —repuso él a viva voz—, alguien se tiene que quedar de guardia. Por si se estropea un ordenador. Además…, no sé…

—¿No sabes qué? —Su madre apagó el robot y lo miró.

—Creo que me obligan a trabajar de noche para que no me relacione con los demás.

—¿Cómo?

—Bueno, si trabara amistad con los empleados —continuó Lincoln—, podría…

—Remueve. Habla y remueve.

—Si trabara amistad con los empleados —siguió removiendo—, tal vez no fuera tan imparcial a la hora de aplicar las normas.

—Sea como sea, no me gusta que leas mensajes ajenos. En particular que tengas que hacerlo de noche, en un edificio vacío. No deberían contratar a nadie para eso —probó con el dedo lo que sea que estuviera mezclando antes de tenderle el cuenco a su hijo—. Toma, prueba esto… ¿En qué clase de mundo vivimos, si algo así se considera un empleo?

Él pasó el dedo por el borde del cuenco y se lo lamió. Glaseado.

—¿Notas el sabor del sirope de arce?

Lincoln asintió.

—El edificio no está vacío —aclaró—. Hay gente trabajando en la redacción.

—¿Y hablas con ellos?

—No. Pero leo sus emails.

—No está bien. ¿Cómo quieren que la gente se exprese en un entorno tan represivo? ¿Sabiendo que hay alguien acechando sus pensamientos?

—Yo no acecho sus pensamientos sino sus ordenadores. Bueno, los ordenadores de la empresa. Todo el mundo está al corriente…

Era inútil tratar de explicarle las circunstancias a su madre. Ella no había visto un correo electrónico en su vida.

—Dame esa cuchara —suspiró ella—. Me vas a estropear toda la bandeja. —Lincoln le entregó la cuchara y se sentó a la mesa de la cocina, ante un plato de humeante maíz—. Hace tiempo venía un cartero por casa —prosiguió la mujer—, ¿lo recuerdas? ¿El que leía las postales? Y siempre se estaba haciendo el listillo. «Parece que su amigo se está divirtiendo en Carolina del Sur.» O: «Yo nunca he estado en el monte Rushmore. Debe de ser impresionante ver las cabezas de los presidentes talladas en piedra». Seguro que leen todas las postales, los carteros. Los empleados de correos. Es un trabajo monótono. Pero ese en concreto lo hacía casi con orgullo. Alardeaba. Creo que, cuando me su

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