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EL VISITANTE

Stephen King  

0


Fragmento

1

Era un coche sin distintivos, un sedán estadounidense cualquiera con unos cuantos años encima, pero los neumáticos totalmente negros y los tres hombres que iban dentro no dejaban lugar a dudas. Los dos de los asientos delanteros vestían uniforme azul. El de atrás, grande como una casa, llevaba traje. En la acera, un par de adolescentes negros, uno con un pie en un monopatín naranja muy gastado, el otro con su tabla de color lima bajo el brazo, observaron el automóvil mientras entraba en el aparcamiento del estadio Estelle Barga y luego cruzaron una mirada.

—La pasma —dijo uno de ellos.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —contestó el otro.

Impulsando sus monopatines, se alejaron sin más conversación. Era una regla sencilla: cuando aparece la pasma, es hora de largarse. La vida de los negros es importante, les habían inculcado sus padres, pero para la pasma no siempre. En el campo de béisbol, el público empezó a animar y batir palmas rítmicamente cuando los Golden Dragons de Flint City, con una carrera de desventaja, salieron a batear en la segunda mitad de la novena entrada.

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Los chicos no se volvieron.

2

Declaración del señor Jonathan Ritz [10 de julio, 21.30 h, interrogatorio a cargo del inspector Ralph Anderson]

Inspector Anderson: Sé que está alterado, señor Ritz. Es comprensible. Pero necesito saber qué ha visto exactamente esta tarde, hace un rato.

Ritz: No se me borrará nunca de la cabeza. Nunca. Creo que no me vendría mal una pastilla. Un Valium, quizá. Nunca tomo cosas de esas, pero desde luego ahora no me vendría mal. Aún tengo el corazón encogido. Conviene que sus técnicos forenses sepan que si encuentran vómito en el lugar de los hechos, y supongo que lo encontrarán, es mío. Y no me avergüenzo. Cualquiera habría echado la papilla al ver una cosa así.

Inspector Anderson: Estoy seguro de que un médico le recetará algo para tranquilizarlo en cuanto acabemos. Ya me ocuparé yo de eso, pero ahora lo necesito con la cabeza despejada. Se hace cargo, ¿no?

Ritz: Sí. Por supuesto.

Inspector Anderson: Basta con que me diga qué ha visto y habremos terminado por esta noche. ¿Puede hacerme ese favor?

Ritz: De acuerdo. Esta tarde, a eso de las seis, he sacado a pasear a Dave. Dave es nuestro beagle. Cena a las cinco. Mi mujer y yo cenamos a las cinco y media. A las seis, Dave está a punto para hacer sus cosas, o sea, aguas menores y aguas mayores. Lo saco a pasear mientras Sandy, mi mujer, friega los platos. Es una división de tareas justa. Una división de tareas justa es muy importante en un matrimonio, sobre todo cuando los hijos ya son mayores, o así lo vemos nosotros. Me estoy yendo por las ramas, ¿verdad?

Inspector Anderson: No se preocupe, señor Ritz. Cuéntelo a su manera.

Ritz: Llámeme Jon, por favor. No soporto eso de «señor Ritz». Hace que me sienta como una galleta. Galleta Ritz: así me llamaban los niños en el colegio.

Inspector Anderson: Ajá. Bien, veamos, estaba usted paseando al perro...

Ritz: Exacto. Y en eso ha encontrado un rastro potente, el rastro de la muerte, supongo, y a pesar de que es un perro pequeño, he tenido que agarrar la correa con las dos manos. Quería llegar a lo que estaba oliendo. El...

Inspector Anderson: Un momento, retrocedamos. Ha salido usted de su casa, el número 249 de Mulberry Avenue, a las seis...

Ritz: Puede que un poco antes. Dave y yo hemos ido cuesta abajo hasta Gerald’s, esa tienda de alimentación de la esquina donde venden comida gourmet; allí hemos seguido por Barnum Street y hemos entrado en el Figgis Park, ese parque que los niños llaman Frikis Park. Se creen que los adultos no nos enteramos de nada, que no les prestamos atención, pero se equivocan. Al menos algunos sí lo hacemos.

Inspector Anderson: ¿Ese es su paseo habitual de todas las tardes?

Ritz: Bueno, a veces cambiamos un poco el recorrido, para no aburrirnos, pero casi siempre acabamos en el parque antes de volver a casa, porque ahí Dave encuentra muchos olores. Hay un aparcamiento, pero a esas horas de la tarde casi siempre está vacío, a menos que haya chavales del instituto jugando al tenis. Esta tarde no había nadie porque había llovido y las pistas son de tierra batida. Solo había aparcada una furgoneta blanca.

Inspector Anderson: ¿Diría que era una furgoneta comercial?

Ritz: Exacto. Sin ventanas, con doble puerta trasera. El tipo de furgoneta que utilizan las empresas pequeñas para el transporte. Puede que fuera una Econoline, pero no lo juraría.

Inspector Anderson: ¿Llevaba escrito el nombre de alguna empresa? ¿Como Aire Acondicionado Sam o Ventanas a Medida Bob? ¿Algo así?

Ritz: No, no. Nada de nada. Pero estaba sucia, eso sí se lo digo. Hacía mucho que no la lavaban. Y tenía los neumáticos embarrados, probablemente por la lluvia. Dave ha olfateado las ruedas y luego hemos continuado por uno de los caminos de grava entre los árboles. Al cabo de unos cuatrocientos metros, Dave ha empezado a ladrar y ha echado a correr entre los arbustos de la derecha. Ha sido cuando ha encontrado el rastro. Casi me arranca la correa de la mano. Yo intentaba obligarlo a volver a tirones, y él se resistía, no hacía más que sacudirse y escarbar en la tierra sin parar de ladrar. Así que lo he atado corto, uso una de esas correas retráctiles, van muy bien para eso, y he ido tras él. Ahora que ya no es un cachorro no hace mucho caso a las ardillas y las tamias, pero se me ha ocurrido que a lo mejor había olido un mapache. Me disponía a hacerlo volver quisiera o no, los perros tienen que saber quién manda, cuando he visto las primeras gotas de sangre. En la hoja de un abedul, a la altura del pecho, o sea, a un metro y medio del suelo más o menos, calculo. Había otra gota en otra hoja un poco más allá, y después, aún más allá, toda una salpicadura en unos arbustos. Todavía roja, reciente. Dave la ha olfateado, pero quería seguir adelante. Ah, antes de que me olvide, justo entonces he oído un motor detrás de mí. De no ser por lo ruidoso que era, como si tuviese el silenciador averiado, puede que ni me hubiera enterado. Retumbaba, no sé si me entiende.

Inspector Anderson: Ajá, sí.

Ritz: No puedo jurar que fuese la furgoneta blanca, y como no he vuelto por el mismo camino no sé si ya se había ido, pero casi seguro que sí. ¿Y sabe qué significa eso?

Inspector Anderson: Dígame qué cree usted que significa, Jon.

Ritz: Que es muy posible que ese hombre estuviera observándome. El asesino. Observándome entre los árboles. Se me pone la carne de gallina solo de pensarlo. Me refiero a ahora. En ese momento tenía toda la atención puesta en la sangre. Y en evitar que Dave me descoyuntara el brazo derecho de un tirón. Empezaba a estar asustado, y no me importa reconocerlo. No soy un hombretón y, aunque procuro mantenerme en forma, paso ya de los sesenta. Ni siquiera a los veinte era aficionado a las broncas. Pero tenía que ver qué pasaba allí. Podía haber alguien herido.

Inspector Anderson: Eso es muy loable. ¿Qué hora diría que era en el momento en que ha visto el rastro de sangre?

Ritz: No he mirado el reloj, pero calculo que las seis y veinte. Y veinticinco, puede. Me he dejado guiar por Dave, sin darle mucha cuerda para poder abrirme paso entre las ramas bajo las que él, con sus patitas cortas, pasaba sin mayor problema. Ya sabe lo que dicen de los beagles: pequeños pero matones. Ladraba como loco. Hemos salido a un claro, una especie de..., no sé, uno de esos rincones donde los amantes se sientan a besuquearse un rato. En medio había un banco de granito, y estaba todo manchado de sangre. Tanta sangre... Encima y debajo. El cuerpo yacía a un lado, en la hierba. Pobre niño. Tenía la cabeza vuelta hacia mí y los ojos abiertos, y donde debería haber estado la garganta solo había un boquete rojo. Tenía los vaqueros y los calzoncillos bajados, en los tobillos, y he visto algo..., una rama muerta, supongo..., asomar de... de..., bueno, ya me entiende.

Inspector Anderson: Lo entiendo, señor Ritz, pero necesito que lo diga para que conste en la declaración.

Ritz: Estaba tendido boca abajo, y la rama le asomaba del trasero. Ensangrentada también. La rama. Faltaba parte de la corteza, y tenía la huella de una mano. Ese detalle lo he visto claro como el agua. Dave ya no ladraba; aullaba, el pobre. No me explico quién puede haber hecho algo así. Tiene que haber sido un psicópata. ¿Lo cogerán, inspector Anderson?

Inspector Anderson: Sí, no le quepa duda de que lo cogeremos.

3

El aparcamiento del Estelle Barga era casi tan amplio como el del supermercado Kroger donde Ralph Anderson y su mujer hacían la compra los sábados por la tarde. Y ese día de julio estaba hasta los topes. Muchos vehículos lucían en los parachoques adhesivos de los Golden Dragons, y algunos llevaban en las lunas traseras entusiastas consignas escritas con jabón: OS MACHACAREMOS; LOS DRAGONES SE MERENDARÁN A LOS OSOS; CAP CITY, ALLÁ VAMOS; ESTE AÑO NOS TOCA A NOSOTROS. Desde el estadio, donde se habían encendido ya los focos (pese a que el sol tardaría aún un buen rato en ponerse), llegaron vítores y palmadas rítmicas.

Al volante del coche sin distintivos iba Troy Ramage, un veterano con veinte años de servicio. Tras recorrer una hilera completa y luego otra sin ver una sola plaza libre, dijo:

—Siempre que vengo aquí me pregunto quién demonios era Estelle Barga.

Ralph no contestó. Tenía los músculos tensos, la piel caliente y el pulso acelerado al límite. A lo largo de los años había detenido a muchos malhechores, pero aquello era distinto. Aquello era una atrocidad. Y una cuestión personal. Eso era lo peor: se trataba de una cuestión personal. No tenía por qué intervenir en la detención, y él lo sabía, pero después de la última ronda de recortes presupuestarios quedaban solo tres inspectores a jornada completa en la plantilla del cuerpo de policía de Flint City. Jack Hoskins estaba de vacaciones, pescando en algún lugar remoto, y por Ralph, si no volvía, tanto mejor. Betsy Riggins, quien debería haberse tomado ya la baja por maternidad, en esos momentos estaba colaborando con la Policía del Estado en otro aspecto de ese mismo caso.

Ralph esperaba con toda su alma no estar precipitándose. Había expresado esa preocupación a Bill Samuels, el fiscal del condado de Flint, esa tarde durante la reunión previa a la detención. Samuels, con solo treinta y cinco años, era un poco joven para el cargo, pero pertenecía al partido político oportuno y poseía una gran seguridad en sí mismo. Arrogante no era, eso no, pero desde luego ponía demasiado ardor en su trabajo.

—Aún quedan algunos cabos sueltos que me gustaría atar —había comentado Ralph—. No conocemos todas las circunstancias. Además, dirá que tiene coartada. A menos que se rinda sin más, hay que contar con eso.

—Si nos sale con una coartada —contestó Samuels—, se la tumbaremos, y tú lo sabes.

Eso Ralph lo daba por hecho, sabía que no se equivocaban de hombre, pero habría preferido ahondar un poco más en la investigación antes de apretar el gatillo. Encontrar las lagunas en la coartada de ese hijo de puta, agrandarlas a golpes, agrandarlas hasta que cupiera por ellas un camión, y después llevarlo a la comisaría. En la mayoría de los casos ese habría sido el procedimiento correcto. Pero no en este.

—Tres cuestiones —había dicho Samuels—, ¿estás preparado para oírlas?

Ralph asintió. Al fin y al cabo tenía que trabajar con ese hombre.

—Primera: la gente de esta ciudad, en especial los padres de niños pequeños, están aterrorizados y furiosos. Quieren una detención rápida para volver a sentirse seguros. Segunda: las pruebas no dejan lugar a dudas. Nunca he visto un caso tan incuestionable. ¿Estás de acuerdo?

—Sí.

—Bien, he aquí la tercera cuestión. La más importante. —Samuels se había inclinado hacia delante—. No podemos afirmar que ya lo hubiera hecho antes…, si es así, seguramente lo averiguaremos en cuanto empecemos a escarbar…, pero está claro que esta vez sí ha sido él. Se ha desmelenado. Ha perdido la virginidad. Y cuando pasa eso…

—Podría repetirlo —completó Ralph.

—Exacto. No es lo más probable tan poco tiempo después de lo de Peterson, pero no puede descartarse. Por Dios, está en compañía de niños a todas horas. Niños pequeños. Si matara a alguno..., lo de menos sería perder el trabajo, no nos lo perdonaríamos nunca.

A Ralph le costaba ya perdonarse por no haberlo visto venir. Era absurdo: uno no podía mirar a los ojos a un hombre durante una barbacoa en un jardín tras la última jornada de la liga infantil y adivinar que estaba concibiendo una acción inefable —acariciándola, alimentándola, viéndola crecer—, pero, por absurdo que fuese, era así como se sentía.

Ahora, inclinándose para señalar entre los dos policías que ocupaban los asientos delanteros, Ralph dijo:

—Por allí. Probad en las plazas para discapacitados.

—Eso son doscientos dólares de multa, jefe —observó el agente Tom Yates desde el asiento del copiloto.

—Creo que esta vez podemos tomarnos la licencia —contestó Ralph.

—Era broma.

Ralph, que no estaba de humor para comentarios ocurrentes de policías, calló.

—Plazas para inválidos a la vista —anunció Ramage—. Y hay dos vacías.

Ocupó una de ellas, y los tres se apearon. Ralph vio a Yates desabrochar la tirilla que sujetaba la empuñadura de su Glock y meneó la cabeza.

—¿Estás loco? Debe de haber mil quinientas personas viendo ese partido.

—¿Y si echa a correr?

—Entonces tendréis que atraparlo.

Ralph se apoyó en el capó del coche sin distintivos y observó a los dos agentes de Flint City encaminarse hacia los focos y las gradas a rebosar del estadio, donde las palmadas y los vítores seguían aumentando en volumen e intensidad. Detener al asesino de Peterson con celeridad era una decisión que habían tomado Samuels y él (aunque de mala gana). Detenerlo durante el partido había sido decisión de Ralph única y exclusivamente.

Ramage volvió la vista atrás.

—¿No viene?

—No. Ocupaos vosotros; leedle sus derechos en voz alta y clara y luego traedlo aquí. Tom, cuando nos pongamos en marcha, tú te sentarás con él detrás. Yo iré delante con Troy. Bill Samuels está a la espera de mi llamada y se reunirá con nosotros en la comisaría. Esto quedará en manos de los de arriba. Arrestarlo es cosa vuestra.

—Pero el caso es suyo —dijo Yates—. ¿Por qué no quiere ser usted quien trinque al cabronazo?

Todavía con los brazos cruzados, Ralph respondió:

—Porque el hombre que violó a Frankie Peterson con una rama de árbol y luego le abrió la garganta entrenó a mi hijo durante cuatro años, dos en alevines y dos en infantiles. Puso las manos encima de mi hijo para enseñarle cómo manejar el bate, y no me fío de mis propias reacciones.

—Entiendo, entiendo —dijo Troy Ramage.

Yates y él se dirigieron hacia el campo.

—Y otra cosa, a los dos.

Los agentes se volvieron.

—Esposadlo allí mismo. Y esposadlo por delante.

—Ese no es el protocolo, jefe —contestó Ramage.

—Lo sé y me da igual. Quiero que todo el mundo lo vea marcharse esposado. ¿Entendido?

Mientras se alejaban, Ralph soltó el teléfono móvil del cinturón. Tenía el número de Betsy Riggins en marcación rápida.

—¿Estás en posición?

—Claro que sí. Aparcada delante de su casa. Yo y cuatro agentes de la Policía del Estado.

—¿La orden de búsqueda?

—Aquí, bien sujeta en mi mano.

—Perfecto. —Se disponía a dar por concluida la llamada cuando otra duda acudió a su pensamiento—. Bets, ¿cuándo sales de cuentas?

—Ayer —contestó ella—. Así que acabemos cuanto antes con esta mierda. —Y cortó la comunicación ella misma.

4

Declaración de la señora Arlene Stanhope [12 de julio, 13 h, interrogatorio a cargo del inspector Ralph Anderson]

Stanhope: ¿Nos llevará mucho tiempo, inspector?

Inspector Anderson: No, qué va. Solo tiene que contarme qué vio la tarde del martes 10 de julio y habremos terminado.

Stanhope: De acuerdo. Yo salía de Gerald’s, la tienda de delicatessen. Los martes siempre hago la compra allí. En Gerald’s todo está más caro, pero no voy al Kroger desde que dejé de conducir. Renuncié al carnet al año de morir mi marido porque ya no me fiaba de mis reflejos. Tuve un par de accidentes. Solo toquecitos, no se piense, pero me bastó con eso. Gerald’s está a solo dos manzanas del piso donde vivo desde que vendí la casa, y el médico dice que me conviene caminar. Es bueno para el corazón, ya sabe. Salía yo con mis tres bolsas en el carrito, tres bolsas es lo máximo que puedo permitirme, los precios están por las nubes, sobre todo los de la carne, no sé cuánto hace que no como beicon..., y vi a ese niño, el hijo de los Peterson.

Inspector Anderson: ¿Está segura de que ese niño era Frank Peterson?

Stanhope: Oh, sí, era Frank. Pobrecillo, siento muchísimo lo que le pasó, pero ahora está en el cielo y su sufrimiento ha terminado. Ese es el consuelo. Los Peterson tienen dos hijos, ya sabe, los dos pelirrojos, de ese rojo zanahoria tan horrible, pero el mayor..., Oliver creo que se llama, tiene al menos cinco años más. Antes repartía el periódico que leíamos en casa. Frank tenía una bicicleta, una de esas con el manillar alto y el sillín estrecho...

Inspector Anderson: Sillín banana, así se llama.

Stanhope: Eso no lo sé, pero sí sé que era de color verde lima, un color espantoso, la verdad, y llevaba un adhesivo en el asiento. Ponía Instituto de Flint City. Aunque él no llegó a ir al instituto, ¿no? Pobrecillo, pobrecillo.

Inspector Anderson: Señora Stanhope, ¿quiere descansar un poco?

Stanhope: No, quiero terminar. Tengo que ir a casa a dar de comer a la gata. Siempre le doy de comer a las cuatro, estará hambrienta. Y preguntándose dónde me he metido. Pero si pudiera darme un clínex... Seguro que estoy que doy pena. Gracias.

Inspector Anderson: ¿Vio el adhesivo del sillín de la bicicleta de Frank Peterson porque...?

Stanhope: Ah, porque no iba montado. Cruzaba a pie el aparcamiento de Gerald’s. La cadena estaba rota y arrastraba por el suelo.

Inspector Anderson: ¿Se fijó en cómo iba vestido?

Stanhope: Llevaba una camiseta de algún grupo de rock. No sé del tema, así que no puedo decirle cuál era. Si es un detalle importante, lo siento. Y una gorra de los Rangers echada hacia atrás, con lo que se le veía todo ese pelo rojo. Los pelirrojos suelen quedarse calvos muy pronto. Él ya no tendrá que preocuparse por eso... Ay, qué triste. El caso es que al otro lado del aparcamiento había una furgoneta blanca, sucia, y un hombre salió y se acercó a Frank. Era...

Inspector Anderson: Ya llegaremos a eso, pero antes hábleme de la furgoneta. ¿Era de esas sin ventanas?

Stanhope: Sí.

Inspector Anderson: ¿Sin nada escrito? ¿Sin el nombre de una empresa o algo por el estilo?

Stanhope: Por lo que yo vi, no.

Inspector Anderson: Vale, hablemos del hombre a quien vio. ¿Lo reconoció, señora Stanhope?

Stanhope: Sí, claro. Era Terry Maitland. En el Lado Oeste todo el mundo conoce al Entrenador T. Incluso en el instituto lo llaman así. Allí da clases de literatura, ya sabe. Mi marido, también profesor, fue compañero suyo antes de jubilarse. Lo de Entrenador T es porque entrena en la liga infantil, y al equipo de béisbol de la liga interurbana cuando la liga infantil termina, y en otoño a los niños pequeños aficionados al fútbol. Esa liga también tiene un nombre, pero no lo recuerdo.

Inspector Anderson: Si pudiéramos volver a lo que vio el martes por la tarde...

Stanhope: No hay mucho más que contar. Frank habló con el Entrenador T y señaló la cadena rota. El Entrenador T asintió con la cabeza y abrió la parte de atrás de la furgoneta blanca, que no podía ser suya...

Inspector Anderson: ¿Por qué dice eso, señora Stanhope?

Stanhope: Porque la matrícula era de color naranja. No sé de qué estado sería, de lejos ya no veo tan bien como antes, pero sé que nuestras matrículas, aquí en Oklahoma, son azules y blancas. El caso es que no vi nada en la parte de atrás de la furgoneta, salvo un objeto largo y verde que parecía una caja de herramientas. ¿Era una caja de herramientas, inspector?

Inspector Anderson: ¿Qué pasó entonces?

Stanhope: Verá, el Entrenador T metió la bicicleta de Frank en la parte de atrás y cerró las puertas. Dio una palmada a Frank en la espalda. Luego se fue al asiento del conductor y Frank se fue al asiento del acompañante. Subieron y la furgoneta se marchó por Mulberry Avenue. Pensé que el Entrenador T llevaba al niño a casa. Claro. ¿Qué otra cosa iba a pensar? Terry Maitland vive en el Lado Oeste desde hace unos veinte años, tiene una familia encantadora, mujer y dos hijas... ¿Podría darme otro pañuelo, por favor? Gracias. ¿Ya casi hemos terminado?

Inspector Anderson: Sí, y ha sido usted de gran ayuda. Me parece que antes de empezar a grabar ha dicho usted que eso ocurrió alrededor de las tres, ¿es así?

Stanhope: A las tres en punto. Oí las campanadas del reloj del ayuntamiento justo cuando salía con mi carrito.

Inspector Anderson: El niño al que vio, el pelirrojo, era Frank Peterson.

Stanhope: Sí. Los Peterson viven a la vuelta de la esquina. Antes Ollie repartía el periódico. Veo a esos chicos a todas horas.

Inspector Anderson: Y el hombre, el que metió la bicicleta en la parte de atrás de la furgoneta blanca y se fue con Frank Peterson, era Terence Maitland, también conocido como Entrenador Terry o Entrenador T.

Stanhope: Sí.

Inspector Anderson: Está segura de eso.

Stanhope: Sí, claro que sí.

Inspector Anderson: Gracias, señora Stanhope.

Stanhope: ¿Quién iba a imaginar que Terry haría una cosa así? ¿Cree que ha habido otros?

Inspector Anderson: Seguramente lo averiguaremos en el transcurso de la investigación.

5

Como todos los partidos de la liga interurbana se jugaban en el estadio Estelle Barga —el mejor campo de béisbol del condado y el único con luz para los encuentros nocturnos—, se decidía a quién correspondía la ventaja de equipo local mediante el lanzamiento de una moneda. Terry Maitland había elegido cruz, como de costumbre —era una superstición heredada de su propio entrenador en la liga interurbana, hacía ya tiempo—, y salió cruz. «Me da igual jugar en un sitio o en otro, lo que yo quiero es estar al bate en las segundas mitades», decía siempre a sus chicos.

Y esa noche iba a necesitarlo. Era la segunda mitad de la novena entrada, y los Bears iban una carrera por delante en esa semifinal de la liga. A los Golden Dragons les quedaba ya un solo turno al bate, pero tenían todas las bases cargadas. Una base por bolas, un lanzamiento descontrolado, un error o un sencillo sin salir la pelota del cuadro representaría el empate; un tiro al hueco les valdría la victoria. El público batía palmas, pateaba en las gradas metálicas y jaleaba cuando el pequeño Trevor Michaels entró en la caja del bateador zurdo. Llevaba puesto el casco más pequeño que habían encontrado, pero aun así le tapaba los ojos y tenía que echárselo hacia atrás una y otra vez. Blandió el bate con vaivenes nerviosos.

Terry se había planteado sustituirlo, pero el chico, con poco más de un metro y medio de estatura, conseguía muchas bases por bolas. Y si bien no era bateador de jonrones, a veces era capaz de darle a la pelota. No muy a menudo, pero sí a veces. Si Terry lo cambiaba, el pobre tendría que vivir con esa humillación durante todo el curso siguiente en secundaria. Si, por el contrario, lograba un sencillo, hablaría de ello el resto de su vida, en los bares ante unas cervezas y en las barbacoas. Terry lo sabía. También él había pasado por eso hacía mucho, en un tiempo lejano en que aún no se jugaba con bates de aluminio.

El pícher de los Bears —el cerrador, un verdadero maestro de la bola rápida— ejecutó sus movimientos previos y lanzó la pelota por el eje central del plato. Trevor la vio pasar con cara de consternación. El árbitro concedió el primer strike. El público gimió.

Gavin Frick, el segundo de Terry, iba de aquí para allá por delante de los chicos sentados en el banquillo, con el cuaderno de puntuaciones enrollado en una mano (¿cuántas veces le había pedido Terry que no hiciera eso?) y la camiseta de los Golden Dragons, talla XXL, tirante en torno a la barriga, que al menos era XXXL.

—Espero que no haya sido un error dejar batear a Trevor, Ter —dijo. El sudor le empapaba las mejillas—. Parece muerto de miedo, y creo que no devolvería una bola rápida de ese chico ni con una raqueta de tenis.

—Ya veremos —contestó Terry—. Tengo buenos presentimientos. —No los tenía, en realidad no.

El pícher de los Bears realizó sus movimientos y lanzó otro trallazo, pero este dio en la tierra frente al plato. El público se puso en pie cuando Baibir Patel, el corredor de los Dragons situado en la tercera base, dio unos pasos a lo largo de la línea. Todos volvieron a sentarse con un gemido cuando la bola rebotó y fue a parar al guante del cácher. El cácher de los Bears se volvió hacia la tercera, y Terry interpretó su expresión aun a través de la careta: Vamos, muchacho, inténtalo. Baibir se abstuvo.

El siguiente lanzamiento fue muy abierto, pero Trevor trató de pegarle y marró el golpe.

—¡Elimínalo por strikes, Fritz! —animó un vozarrón desde lo alto de las gradas, casi con toda seguridad el padre de aquel maestro de la bola rápida, a juzgar por lo rápido que el chico volvió la cabeza en esa dirección—. ¡Elimínalo por striiikes!

En el siguiente lanzamiento, muy ajustado —demasiado ajustado para devolverla, de hecho—, Trevor la dejó pasar, pero el árbitro cantó «bola mala» y esta vez fueron los seguidores de los Bears los que gimieron. Alguien sugirió que el árbitro necesitaba graduarse las gafas. Otro hincha dijo algo sobre un perro guía.

Iban dos a dos, y Terry tenía la sensación de que la temporada de los Dragons dependía del siguiente lanzamiento. O jugarían contra los Panthers por el campeonato interurbano, y pasarían a competir en la liga estatal —partidos que incluso se televisaban—, o se marcharían a casa y se reunirían solo una vez más, con motivo de la barbacoa que tradicionalmente ponía fin a la temporada en el jardín de los Maitland.

Se volvió para mirar a Marcy y las niñas, sentadas, como siempre, en unas sillas plegables detrás de la tela metálica protectora de la zona de bateo. Sus hijas flanqueaban a su mujer como preciosos sujetalibros. Las tres alzaron los dedos cruzados en su dirección. Terry respondió con un guiño y una sonrisa y levantó los dos pulgares, aunque todavía no se sentía bien. Y no solo por el partido. Hacía tiempo que no se sentía bien. No del todo.

Entonces la sonrisa de Marcy cambió a una ceñuda expresión de perplejidad. Miraba a su izquierda, y señaló hacia allí con el pulgar. Terry, al volverse, vio a dos policías municipales avanzar en fila por la línea de la tercera base y dejar atrás a Barry Houlihan, el técnico que impartía instrucciones en esa zona.

—¡Tiempo, tiempo! —bramó el árbitro principal, y detuvo al lanzador de los Bears justo en el momento en que iniciaba sus movimientos.

Trevor Michaels salió de la caja del bateador; a Terry le pareció que su expresión era de alivio. El público, atento a los dos policías, guardaba silencio. Uno de ellos se había llevado una mano a la espalda; el otro la apoyaba en la empuñadura de su arma reglamentaria, enfundada.

—¡Salgan del campo! —vociferaba el árbitro—. ¡Salgan del campo!

Troy Ramage y Tom Yates desoyeron sus órdenes. Entraron en la caseta de los Dragons —una estructura improvisada que contenía un banco largo, tres cestas de material y un cubo lleno de pelotas de entrenamiento sucias— y fueron derechos hacia Terry, allí de pie. De atrás del cinturón, Ramage sacó unas esposas. El público las vio y se elevó un murmullo que era dos terceras partes desconcierto y una tercera parte conmoción: Uuuuu.

—¡Eh, oigan! —exclamó Gavin a la vez que se encaminaba hacia allí apresuradamente (casi tropezó con el guante tirado de Richie Gallant, el corredor en primera base)—. ¡Aquí se está jugando un partido y tenemos que acabarlo!

Yates negó con la cabeza y lo apartó de un empujón. El público se quedó mudo. Los Bears habían abandonado sus tensas posturas defensivas y se limitaban a observar, los guantes colgaban de sus manos. El cácher trotó hacia el pícher de su equipo, y se quedaron los dos a medio camino entre el montículo y el plato.

Terry conocía un poco al agente que sostenía las esposas; en otoño su hermano y él a veces iban a ver los partidos de fútbol de la liga infantil Pop Warner.

—¿Troy? ¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?

Ramage solo vio en el rostro de aquel hombre lo que parecía sincera perplejidad, pero era policía desde los noventa y sabía que los peores criminales perfeccionaban esa expresión de «¿Quién, yo?». Y ese individuo era de los peores. Recordando las instrucciones de Anderson (y sin el menor cargo de conciencia), levantó la voz para que lo oyera todo el público, que ascendía a 1.588 espectadores, como al día siguiente precisaría el periódico.

—Terence Maitland, queda usted detenido por el asesinato de Frank Peterson.

Otro Uuuuu desde las gradas, este más fuerte, el sonido del viento al arreciar.

Terry miró a Ramage con el entrecejo fruncido. Entendió la frase, una sencilla oración declarativa, sabía quién era Frankie Peterson y qué le había ocurrido, pero el significado escapaba a su comprensión. Solo fue capaz de decir «¿Qué? ¿Es una broma?», y en ese momento el fotógrafo deportivo del Call de Flint City tomó la instantánea, la que al día siguiente apareció en primera plana. Tenía la boca abierta, los ojos desorbitados, el cabello erizado en torno a los bordes de la gorra de los Golden Dragons. En esa foto se lo veía débil y culpable al mismo tiempo.

—¿Qué ha dicho?

—Tienda las muñecas.

Terry se volvió hacia Marcy y sus hijas, sentadas aún en sus sillas plegables detrás de la alambrada, mirándolo con idéntica expresión de helada sorpresa. El horror llegaría más tarde. Baibir Patel abandonó la tercera base y se dirigió hacia la caseta al tiempo que se quitaba el casco de bateo, dejando a la vista sus sudorosas greñas negras, y Terry advirtió que el niño empezaba a llorar.

—¡Vuelve a tu sitio! —le gritó Gavin—. El partido no ha terminado.

Pero Baibir se quedó inmóvil fuera del campo y, berreando, fijó los ojos en Terry. Terry también lo miró, convencido (casi convencido) de que todo aquello era un sueño, pero de pronto Tom Yates lo agarró y lo obligó a extender los brazos de un tirón con tal fuerza que Terry se tambaleó. Ramage le colocó las esposas. Auténticas, no de plástico, grandes y pesadas, relucientes bajo el sol vespertino. Con la misma voz vibrante, anunció:

—Tiene derecho a permanecer en silencio y negarse a contestar a cualquier pregunta, pero, si decide hablar, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a la presencia de un abogado durante los interrogatorios, ahora o en el futuro. ¿Lo entiende?

—¿Troy? —Terry apenas oía su propia voz. Se sentía como si hubiera recibido un puñetazo y le faltara el aire—. Por Dios, ¿qué está pasando?

Ramage no se dio por aludido.

—¿Lo entiende?

Marcy se acercó a la alambrada, coló los dedos en ella y la sacudió. A su espalda, Sarah y Grace lloraban. Grace estaba de rodillas junto a la silla de Sarah; la suya se había volcado.

—¿Qué hacen? —preguntó a gritos Marcy—. ¿Qué demonios hacen? ¿Y por qué lo hacen aquí?

—¿Lo entiende?

Lo que Terry entendía era que lo habían esposado y le estaban leyendo sus derechos delante de casi mil seiscientas personas atentas, entre ellas su mujer y sus dos hijas. No era un sueño, y no era una simple detención. Por razones que escapaban a su comprensión, era un escarnio público. Lo mejor era poner fin a aquello cuanto antes y aclarar las cosas. Aunque, incluso en ese estado de conmoción y desconcierto, sabía que su vida tardaría mucho en volver a la normalidad.

—Lo entiendo —contestó. Y a continuación dijo—: Entrenador Frick, retroceda.

Gavin, que se acercaba a los agentes con los puños apretados y su carnoso rostro enrojecido de pura agitación, bajó los brazos y reculó. Miró a Marcy a través de la alambrada, encogió los enormes hombros y abrió sus rollizas manos.

Con la misma entonación vibrante, como un pregonero voceando la gran noticia de la semana en la plaza de un pueblo de Nueva Inglaterra, Troy Ramage prosiguió. Ralph Anderson lo oía desde donde se hallaba, apoyado en el coche sin distintivos. Estaba haciendo un buen trabajo, Troy. Era un espectáculo deplorable; Ralph supuso que podía caerle una reprimenda, pero no serían los padres de Frankie Peterson quienes lo reprendieran. No, ellos no.

—Si no puede permitirse un abogado, se le facilitará uno antes de cualquier interrogatorio. ¿Lo entiende?

—Sí —respondió Terry—. También entiendo otra cosa. —Se volvió hacia el público—. ¡No tengo ni idea de por qué me detienen! ¡Gavin Frick se pondrá al frente del equipo hasta el final del partido! —Y acto seguido, como si acabara de ocurrírsele, ordenó—: Baibir, vuelve a la tercera, y recuerda que hay que correr por fuera del campo.

Se oyeron aplausos dispersos, pero pocos. El vozarrón de las gradas se hizo oír de nuevo:

—¿Qué dice que ha hecho?

Y el público, en respuesta, murmuró las dos palabras que pronto se repetirían por todo el Lado Oeste y en el resto de la ciudad: Frank Peterson.

Yates agarró a Terry por el brazo y lo apremió a dirigirse hacia el puesto de comida y el aparcamiento, más allá.

—Ya predicará a la multitud más tarde, Maitland. Ahora va directo al calabozo. ¿Y sabe qué? En este estado tenemos la aguja, y la usamos. Pero usted es profesor, ¿no? Seguramente ya lo sabía.

No habían recorrido ni veinte pasos desde la caseta improvisada cuando Marcy Maitland los alcanzó y agarró a Tom Yates del brazo.

—¿Qué demonios se ha creído?

Yates se la quitó de encima, y cuando Marcy intentó aferrarse al brazo de su marido, Troy Ramage la apartó, delicadamente pero con firmeza. Ella se resistió, aturdida, pero entonces vio a Ralph Anderson aproximarse a los agentes encargados de la detención. Lo conocía de cuando Derek Anderson jugaba en el equipo de Terry en la liga infantil, los Lions de Gerald’s, la tienda de delicatessen. Ralph, naturalmente, no podía asistir a todos los partidos, pero iba siempre que podía. Por aquel entonces vestía uniforme; cuando lo ascendieron a inspector, Terry le envió un mensaje de enhorabuena por correo electrónico. Marcy echó a correr hacia él, volaba sobre la hierba con sus viejas zapatillas de deporte; se las ponía siempre para los partidos de Terry porque decía que daban suerte.

—¡Ralph! —llamó—. ¿Qué pasa? ¡Aquí hay algún error!

—Me temo que no —contestó Ralph.

Esta parte no gustó a Ralph; Marcy le caía bien. Por otro lado, también Terry le había caído siempre bien; seguramente solo había influido un poco en la vida de Derek, proporcionándole una pizca de aplomo, pero cuando uno tenía once años un poco de aplomo era mucho. Y había otra cuestión. Cabía la posibilidad de que Marcy supiese qué era su marido aun cuando no se permitiera reconocerlo a nivel consciente. Los Maitland llevaban mucho tiempo casados, y horrores como el asesinato del pequeño Peterson no surgían de la nada. Para llegar a un acto así se precisaba una evolución previa.

—Ve a casa, Marcy. Enseguida. Más vale que dejes a las niñas con alguna amiga, la policía estará esperándote.

Ella se limitó a mirarlo con cara de incomprensión.

A sus espaldas se oyó el sólido impacto de un bate de aluminio contra una pelota, pero los vítores fueron escasos; los asistentes seguían atónitos, más interesados en lo que acababan de presenciar que en el partido. Y en cierto modo fue una lástima. Trevor Michaels acababa de pegarle a la bola con más fuerza que nunca en su vida, con más fuerza incluso que cuando el Entrenador T le lanzaba bolas fáciles en los entrenamientos. Por desgracia, el tiro fue directo al shortstop de los Bears, que ni siquiera tuvo que saltar para atraparla.

Fin del partido.

6

Declaración de June Morris [12 de julio, 17.45 h, interrogatorio a cargo del inspector Ralph Anderson en presencia de la señora Francine Morris]

Inspector Anderson: Gracias por traer a su hija a la comisaría, señora Morris. June, ¿qué tal ese refresco?

June Morris: Está bueno. ¿Me he metido en algún lío?

Inspector Anderson: Ni mucho menos. Solo quiero hacerte un par de preguntas sobre lo que viste hace dos tardes.

June Morris: ¿Cuando vi al Entrenador Terry?

Inspector Anderson: Exacto, cuando viste al Entrenador Terry.

Francine Morris: Desde que cumplió nueve años la dejamos ir sola a casa de su amiga Helen. Siempre y cuando sea de día. Lo de los padres helicóptero nos parece contraproducente. Y no lo seremos después de esto, se lo aseguro.

Inspector Anderson: ¿Lo viste después de la cena, June? ¿Es así?

June Morris: Sí. Cenamos pastel de carne. Anoche tocó pescado. No me gusta el pescado, pero es lo que hay.

Francine Morris: No tiene que cruzar la calle ni nada. Pensamos que no había ningún peligro porque vivimos en un buen barrio. O al menos eso creíamos.

Inspector Anderson: Siempre es difícil saber cuándo empezar a dejar que asuman responsabilidades. Veamos, June..., fuiste calle abajo y tuviste que pasar por delante del aparcamiento del Figgis Park, ¿no?

June Morris: Sí. Yo y Helen...

Francine Morris: Helen y yo...

June Morris: Helen y yo íbamos a terminar nuestro mapa de América del Sur. Es para el proyecto del taller de las colonias. Pintamos cada país de un color distinto, y casi estaba ya acabado, pero nos habíamos olvidado de Paraguay y teníamos que empezar de cero. Es lo que hay, también. Después íbamos a jugar a Angry Birds y Corgi Hop en el iPad de Helen hasta que mi papá viniera a recogerme. Porque entonces sería ya casi de noche.

Inspector Anderson: ¿Y a qué hora debió de ser eso, señora Morris?

Francine Morris: Cuando Junie se marchó, ponían en la tele el informativo local. Norm lo veía mientras yo fregaba los platos. O sea que... entre las seis y las seis y media. Probablemente y cuarto, porque me parece que en ese momento daban la previsión del tiempo.

Inspector Anderson: Cuéntame qué viste al pasar por delante del aparcamiento, June.

June Morris: Al Entrenador Terry, ya se lo he dicho. Vive en nuestra calle; una vez se perdió nuestro perro y el Entrenador T nos lo trajo. A veces juego con Gracie Maitland, pero no muy a menudo. Gracie tiene un año más y le gustan los chicos. Él iba muy manchado de sangre. De la nariz.

Inspector Anderson: Ajá. ¿Qué hacía cuando lo viste?

June Morris: Salía de entre los árboles. Me vio mirarlo y me saludó con la mano. Yo lo saludé también y dije: «Eh, Entrenador Terry, ¿qué le ha pasado?». Y él me contó que se había dado un golpe en la cara con una rama. «No te asustes», me dijo; «me sangra la nariz; me pasa mucho». Y yo le contesté: «No me asusto, pero ya no podrá volver a ponerse esa camisa, porque las manchas de sangre no se van, o eso dice mi madre». Él sonrió y dijo: «Menos mal que tengo muchas más camisas». Pero también tenía sangre en el pantalón. Y en las manos.

Francine Morris: Estuvo tan cerca de él... No puedo quitármelo de la cabeza.

June Morris: ¿Por qué? ¿Porque le salía sangre de la nariz? A Rolf Jacobs le pasó eso mismo en el patio el año pasado, cuando se cayó, y no me asusté. Iba a dejarle mi pañuelo, pero la señorita Grisha se lo llevó a la enfermería y no pude.

Inspector Anderson: ¿Cómo estuvisteis de cerca?

June Morris: Jopé, no sé. Él estaba en el aparcamiento y yo en la acera. ¿Eso es muy cerca?

Inspector Anderson: Tampoco yo lo sé, pero seguro que lo averiguaré. ¿Está bueno el refresco?

June Morris: Ya me lo ha preguntado.

Inspector Anderson: Ah, sí, es verdad.

June Morris: Las personas mayores se olvidan de todo, eso dice mi abuelo.

Francine Morris: Junie, eso es de mala educación.

Inspector Anderson: No se preocupe. Parece que tu abuelo es un hombre sabio, June. ¿Qué pasó después?

June Morris: Nada. El Entrenador Terry se subió a su furgoneta y se marchó.

Inspector Anderson: ¿De qué color era la furgoneta?

June Morris: Bueno, habría sido blanca si hubiese estado limpia, supongo, pero estaba muy sucia. Además, hacía mucho ruido y echaba un humo azul. Uf.

Inspector Anderson: ¿Llevaba algo escrito a los lados? ¿El nombre de una empresa o algo así?

June Morris: No. Era toda blanca.

Inspector Anderson: ¿Viste la matrícula?

June Morris: No.

Inspector Anderson: ¿En qué dirección se fue la furgoneta?

June Morris: Por Barnum Street.

Inspector Anderson: ¿Y estás segura de que ese hombre, ese que te dijo que le sangraba la nariz, era Terry Maitland?

June Morris: Segurísima. Era el Entrenador Terry, el Entrenador T. Lo veo a todas horas. ¿Está bien? ¿Ha hecho algo malo? Mamá no me deja ver el periódico ni las noticias en la tele, pero estoy casi segura de que en el parque pasó algo malo. Si en el colegio se hubiera enterado alguien, lo sabría; son todos unos cotillas. ¿Se peleó el Entrenador Terry con una mala persona? ¿Por eso sangraba?

Francine Morris: ¿Vamos terminando, inspector? Sé que necesita información, pero recuerde que soy yo quien ha de acostarla esta noche.

June Morris: ¡Me acuesto yo sola!

Inspector Anderson: De acuerdo, casi hemos acabado. Pero, June, antes de que te vayas voy a proponerte un juego. ¿Te gustan los juegos?

June Morris: Supongo, si no son aburridos.

Inspector Anderson: Voy a poner en la mesa seis fotografías de seis personas distintas..., como esta..., pero que se parecen un poco al Entrenador Terry. Quiero que me digas...

June Morris: Ese. El número cuatro. Ese es el Entrenador Terry.

7

Troy Ramage abrió una de las puertas traseras del coche sin distintivos. Terry miró por encima del hombro y vio a Marcy detrás de ellos, inmóvil en el límite del aparcamiento, su rostro la viva imagen de la perplejidad agónica. Por detrás de ella, el fotógrafo del Call disparaba la cámara a la vez que trotaba por el césped. Esas van a quedar de pena, pensó Terry con cierta satisfacción.

—¡Llama a Howie Gold! —gritó a Marcy—. ¡Dile que me han detenido! ¡Dile…!

En ese momento Yates colocó la mano en la cabeza de Terry para obligarlo a agacharla y entrar.

—Suba, suba. Y mantenga las manos en el regazo mientras le abrocho el cinturón de seguridad.

Terry subió. Mantuvo las manos en el regazo. A través del parabrisas vio el gran marcador electrónico del campo de béisbol. Su mujer había organizado la recaudación de fondos para comprarlo hacía dos años. Allí estaba ella ahora, y Terry nunca olvidaría su expresión. Era el semblante de una mujer de un país tercermundista viendo su aldea en llamas.

Segundos después Ramage estaba sentado al volante y Ralph Anderson ocupaba ya el asiento contiguo; antes de que este cerrara la puerta, el coche sin distintivos echó marcha atrás con un chirrido de neumáticos y abandonó la plaza para discapacitados. Girando el volante con la base de la mano, Ramage realizó un viraje cerrado y enfiló Tinsley Avenue. Circularon sin sirena, pero una baliza estroboscópica azul adherida al salpicadero empezó a rotar y destellar. Terry advirtió que el coche olía a comida mexicana. Resultaba curioso que uno se fijara en esos detalles cuando de pronto el día —la vida— caía por un precipicio cuya existencia ni siquiera conocía. Se inclinó hacia delante.

—Ralph, escúchame.

Ralph miraba al frente. Tenía las manos firmemente entrelazadas.

—En la comisaría podrás hablar cuanto quieras.

—Vamos, deje que lo cuente —pidió Ramage—. Nos ahorrará tiempo a todos.

—Cállate, Troy —ordenó Ralph, la vista fija en la calle que se desplegaba ante ellos.

Terry se fijó en los dos tendones que se le marcaban en la nuca formando un número 11.

—Ralph, no sé qué os ha traído hasta mí ni por qué habéis decidido detenerme delante de media ciudad, pero vais muy desencaminados.

—Lo que dicen todos —comentó Tom Yates, a su lado, como quien habla del tiempo—. Mantenga las manos en el regazo, Maitland. Ni se rasque la nariz.

A Terry empezaba a aclarársele la cabeza —no mucho, pero sí un poco— y se guardó de desobedecer las instrucciones del agente Yates (llevaba el nombre prendido de la camisa del uniforme). Daba la impresión de que esperaba una excusa para asestarle una trompada al detenido, con o sin esposas.

Alguien había comido enchiladas en ese coche, de eso a Terry no le cabía la menor duda. Seguramente de Señor Joe. Era uno de los sitios preferidos de sus hijas, que siempre se reían mucho durante la comida —bueno, todos se reían— y de camino a casa se acusaban mutuamente de echarse pedos.

—Escúchame, Ralph. Por favor.

—Vale, escucho.

—Todos escuchamos —dijo Ramage—. Somos todo oídos, amigo, todo oídos.

—Frank Peterson fue asesinado el martes. El martes por la tarde. Salió en los diarios, salió en las noticias. El martes, la noche del martes y casi todo el miércoles, yo estuve en Cap City. No volví hasta las nueve o nueve y media de la noche del miércoles. Esos dos días entrenaron a los chicos Gavin Frick, Barry Houlihan y Lukesh Patel, el padre de Baibir.

Por un instante en el coche reinó el silencio, ni siquiera la radio lo interrumpió, pues la habían apagado. Terry, en un arranque de optimismo, creyó —sí, lo creyó plenamente— que Ralph ordenaría al poli corpulento sentado al volante que parara. Después se volvería hacia Terry con los ojos muy abiertos y expresión de bochorno y diría: «Dios mío, qué metedura de pata, ¿no?».

Pero lo que Ralph dijo, sin volverse todavía, fue:

—Ah. Ahora viene la famosa coartada.

—¿Qué? No entiendo qué qui…

—Eres una persona inteligente, Terry. Eso lo supe nada más conocerte, cuando entrenabas a Derek en la liga infantil. Si no admitías tu delito, cosa que esperaba pero con la que en realidad no contaba, estaba casi seguro de que saldrías con alguna coartada. —Por fin se volvió, y la cara que Terry vio era la de un total desconocido—. Y estoy igual de seguro de que te la tumbaremos. Porque vas a pagar por esto. Dalo por hecho.

—¿Qué hacía en Cap City, Entrenador? —preguntó Yates, y de pronto el hombre que había ordenado a Terry que ni siquiera se rascara la nariz se le antojó cordial, interesado.

Terry estuvo a punto de contarle qué había ido a hacer allí, pero lo descartó. La reflexión empezaba a imponerse a la reacción, y comprendió que ese coche, con su tenue aroma a enchilada, era territorio enemigo. Debía callar hasta que Howie Gold llegara a la comisaría. Los dos juntos podrían aclarar ese lío. No tenía por qué llevarles mucho tiempo.

También se dio cuenta de otra cosa. Estaba enfadado, quizá más enfadado que nunca en toda su vida, y cuando doblaron por Main Street camino de la comisaría de Flint City se hizo una promesa: en otoño, quizá incluso antes, el hombre que iba sentado delante, aquel a quien había considerado un amigo, estaría buscando trabajo. Posiblemente como guardia jurado en un banco de Tulsa o Amarillo.

8

Declaración del señor Carlton Scowcroft [12 de julio, 21.30 h, interrogatorio a cargo del inspector Ralph Anderson]

Scowcroft: ¿Va a alargarse mucho esto, inspector? Porque suelo acostarme temprano. Trabajo en el mantenimiento del ferrocarril, y si no ficho a las siete me la cargo.

Inspector Anderson: Aligeraré todo lo que pueda, señor Scowcroft, pero estamos ante un asunto grave.

Scowcroft: Lo sé. Y colaboraré tanto como me sea posible. Pero el caso es que no tengo mucho que contar y estoy deseando llegar a casa. Aunque no sé si dormiré bien. No ponía los pies en esta comisaría desde una juerga a los diecisiete años. Por entonces el jefe era Charlie Borton. Nuestros padres nos sacaron de aquí, pero yo estuve castigado en casa todo el verano.

Inspector Anderson: Bueno, le agradezco que haya venido. Dígame dónde estaba el 10 de julio a las siete de la tarde.

Scowcroft: Como le he dicho al llegar a la chica de la entrada, estaba en el Shorty’s Pub, y vi esa furgoneta blanca, y vi al hombre que entrena al béisbol y al equipo de fútbol de la liga Pop Warner en el Lado Oeste. No recuerdo cómo se llama, pero su foto sale muy a menudo en el diario porque este año tiene un buen equipo en la liga interurbana. Según el diario podrían ganarla. Moreland, ¿se llama así? Iba todo manchado de sangre.

Inspector Anderson: ¿En qué circunstancias lo vio?

Scowcroft: Verá, cuando salgo del trabajo sigo cierta rutina; no tengo a una mujer esperándome en casa ni soy un gran cocinero, no sé si me entiende. Los lunes y los miércoles como en el Flint City Diner; los viernes voy al Bonanza Steakhouse, y los martes y los jueves suelo cenar costillas con una cerveza en el Shorty’s. Ese martes llegué allí a... veamos... diría que a eso de las seis y cuarto. Para entonces el chico ya había muerto hacía rato, ¿no?

Inspector Anderson: Pero a eso de las siete usted estaba fuera, ¿correcto? En la parte de atrás del Shorty’s Pub.

Scowcroft: Sí, yo y Riley Franklin. Me lo encontré allí, y cenamos juntos. Fuera, detrás, es donde la gente va a fumar. Hay una puerta al final del pasillo donde están los servicios. Incluso ponen un cubo para la ceniza. Así que cenamos... Yo comí costillas, él una hamburguesa con queso. Luego pedimos el postre y, antes de que llegara, salimos atrás a fumar. Mientras estábamos allí, de palique, paró esa furgoneta blanca sucia. Tenía matrícula de Nueva York, eso lo recuerdo. Aparcó al lado de una pequeña ranchera Subaru..., creo que era Subaru, y salió ese individuo. Moreland, o como se llame.

Inspector Anderson: ¿Cómo iba vestido?

Scowcroft: Bueno, en cuanto al pantalón no sabría decirle, a lo mejor Riley sí se acuerda, puede que fueran unos chinos, pero la camisa era blanca. De eso me acuerdo porque tenía la pechera manchada de sangre, mucha sangre. El pantalón también, pero no tanto, solo alguna salpicadura. También tenía sangre en la cara. Debajo de la nariz, alrededor de la boca, en la barbilla. No vea qué sangrerío. Y Riley, que creo que antes de que yo llegara ya se había tomado un par de cervezas, yo solo me tomé una, en fin, Riley va y dice: «¿Cómo ha quedado el otro tío, Entrenador T?».

Inspector Anderson: Lo llamó Entrenador T.

Scowcroft: Como lo oye. Y el entrenador se ríe y dice: «No ha habido ningún otro tío. Algo se me ha aflojado en la nariz, solo eso, y ha empezado a manar como el Viejo Fiel, ese géiser de Yellowstone. ¿Hay algún ambulatorio por aquí cerca?».

Inspector Anderson: ¿Interpretaron eso como un centro médico de asistencia, tipo MedNOW o Quick Care?

Scowcroft: A eso se refería, sin duda, porque quería ver si era necesario cauterizar ahí dentro. Uf. Nos contó que ya le había pasado otra vez. Le aconsejé que fuera a Burrfield, a unos dos kilómetros; solo tenía que doblar a la izquierda en el segundo semáforo y vería el cartel. ¿Sabe aquel panel al lado de Coney Ford? Indica el tiempo de espera aproximado y todo. Luego preguntó si podía dejar la furgoneta en ese pequeño espacio de aparcamiento detrás del Shorty’s, que no es para los clientes, como indica el cartel de la parte de atrás del edificio, sino para empleados. Y yo le dije: «El aparcamiento no es mío, pero si no la deja demasiado tiempo no creo que haya problema». Entonces dice..., a los dos nos pareció raro con los tiempos que corren, que dejaría las llaves en el portavasos por si alguien tenía que moverla. Riley dijo: «Buena manera de que se la roben, Entrenador T». Pero él repitió que no tardaría y que a lo mejor alguien necesitaba moverla. ¿Sabe qué pienso? Pienso que a lo mejor quería que alguien se la robara, a lo mejor incluso Riley o yo. ¿Podría ser, inspector?

Inspector Anderson: ¿Qué pasó después?

Scowcroft: Se metió en aquella ranchera Subaru verde pequeña y se marchó. Eso también me pareció raro.

Inspector Anderson: ¿Qué tenía de raro?

Scowcroft: Preguntó si podía dejar la furgoneta un rato, como si pensara que la grúa podía llevársela o algo así, y sin embargo tenía ya allí el otro coche, sano y salvo. Raro, ¿no?

Inspector Anderson: Señor Scowcroft, voy a poner delante de usted seis fotografías de seis hombres distintos y quiero que elija la que corresponda al hombre que vio detrás del Shorty’s. Todos se parecen, así que tómese su tiempo. ¿Me hará ese favor?

Scowcroft: Por supuesto, pero no necesito tiempo. Es ese de ahí. Moreland, o como se llame. ¿Puedo irme ya a casa?

9

En el coche sin distintivos nadie volvió a hablar hasta que entraron en el aparcamiento de la comisaría y ocuparon una de las plazas con el rótulo RESERVADO PARA VEHÍCULOS OFICIALES. Allí Ralph se volvió y examinó al hombre que había entrenado a su hijo. Terry Maitland llevaba la gorra de los Dragons un poco torcida, un toque que le confería cierto aspecto de gánster. La camiseta de los Dragons se le había salido por un lado de la cintura e hilillos de sudor le corrían por la cara. En ese momento presentaba un aire de culpabilidad inequívoco. Salvo, tal vez, por los ojos, que fijó en los de Ralph. Muy abiertos, expresaban una muda acusación.

Ralph tenía una pregunta que no podía esperar.

—¿Por qué él, Terry? ¿Por qué Frankie Peterson? ¿Estaba este año en el equipo de los Lions de la liga infantil? ¿Le habías echado el ojo? ¿O sencillamente se te presentó la ocasión?

Terry abrió la boca para insistir en su inocencia, pero ¿de qué serviría? Ralph no iba a escucharlo, al menos todavía no. Tampoco los otros. Mejor esperar. Resultaba difícil, pero al final igual ahorraba tiempo.

—Vamos —dijo Ralph con voz suave y amable—. Antes querías hablar; habla. Cuéntamelo. Ayúdame a entenderlo. Aquí mismo, antes de salir del coche.

—Creo que esperaré a mi abogado —dijo Terry.

—Si es inocente, no lo necesita —intervino Yates—. Póngale fin a esto si puede. Incluso lo llevaremos a casa en coche.

Con la mirada fija todavía en los ojos de Ralph Anderson, Terry habló con voz casi inaudible.

—Este comportamiento es improcedente. Ni siquiera has comprobado dónde estaba el martes, ¿verdad? Nunca me habría esperado esto de ti. —Hizo una pausa, como si reflexionara, y a continuación añadió—: Menudo cabrón.

Ralph no tenía intención de informar a Terry de que había tratado de ese asunto con Samuels, aunque solo por encima. Aquella era una ciudad pequeña. Habían decidido no empezar a hacer preguntas por temor a que Maitland se enterara.

—Este es un caso poco común en el que no hacían falta comprobaciones. —Ralph abrió su puerta—. Vamos. Te tomaremos las huellas y te haremos la foto para la ficha antes de que llegue tu aboga…

—¡Terry! ¡Terry!

Desoyendo el consejo de Ralph, Marcy Maitland había seguido al coche de policía desde el campo de béisbol en su Toyota. Jamie Mattingly, una vecina, se había ofrecido a llevarse a Sarah y Grace a su casa. Había dejado a las dos niñas llorando, y a Jamie también.

—Terry, ¿qué están haciendo? ¿Qué debería hacer yo?

Terry, revolviéndose, se zafó momentáneamente de Yates, que lo sujetaba por el brazo.

—¡Llama a Howie!

No tuvo tiempo de más. Ramage abrió la puerta en que se leía SOLO PERSONAL DE LA POLICÍA y Yates plantó la mano en la espalda de Terry y lo empujó dentro sin muchas contemplaciones.

Ralph se quedó atrás aguantando la puerta.

—Vete a casa, Marcy —dijo—. Vete antes de que llegue allí la prensa.

Estuvo a punto de añadir «Siento mucho todo esto», pero se abstuvo. Porque no lo sentía. Betsy Riggins y la Policía del Estado estarían esperándola; aun así, era lo mejor que Marcy podía hacer. Lo único, a decir verdad. Y quizá él se lo debía. Por sus hijas, eso sin duda —ellas eran las auténticas inocentes en todo aquello—, pero también…

Este comportamiento es improcedente. Nunca me habría esperado esto de ti.

Ralph no tenía por qué sentirse culpable por el reproche de un hombre que había violado y asesinado a un niño, pero por un instante así fue. Luego recordó las imágenes de la escena del crimen, fotografías tan horrendas que uno casi deseaba estar ciego. Recordó la rama que asomaba del recto del niño. Recordó una huella de sangre en la madera lisa. Lisa porque la corteza se había desprendido, tal fue la violencia con que hincó la rama la mano a quien pertenecía esa huella.

Bill Samuels había esgrimido dos sencillos argumentos. Ralph había coincidido, y también el juez Carter, a quien Samuels había acudido en busca de las diversas órdenes judiciales. En primer lugar, era un golpe de efecto. Era absurdo esperar cuando ya tenían todo lo que necesitaban. En segundo lugar, si daban tiempo a Terry, tal vez huyera, y entonces tendrían que dar con él antes de que encontrara a otro Frank Peterson a quien violar y asesinar.

10

Declaración del señor Riley Franklin [13 de julio, 7.45 h, interrogatorio a cargo del inspector Ralph Anderson]

Inspector Anderson: Voy a enseñarle seis fotografías de seis hombres distintos, señor Franklin, y querría que eligiese la del hombre al que vio detrás del Shorty’s Pub la tarde del 10 de julio. Tómeselo con calma.

Franklin: No me hace falta. Es ese de ahí. El número dos. Ese es el Entrenador T. Parece mentira. Entrenó a mi hijo en infantiles.

Inspector Anderson: Casualmente también entrenó al mío. Gracias, señor Franklin.

Franklin: La inyección no es castigo suficiente. Tendrían que ahorcarlo lentamente.

11

Marcy entró en el aparcamiento del Burger King de Tinsley Avenue y sacó el móvil del bolso. Se le cayó al suelo de tanto como le temblaban las manos. Se agachó a recogerlo, se golpeó la cabeza con el volante y rompió a llorar otra vez. Deslizó la lista de contactos con el pulgar hasta que encontró el número de Howie Gold, allí guardado no porque los Maitland tuvieran motivos para incluir en su agenda el teléfono de un abogado sino porque Howie había entrenado con Terry en la liga de fútbol Pop Warner durante las dos últimas temporadas. Howie atendió la llamada a la segunda señal.

—¿Howie? Soy Marcy Maitland. La mujer de Terry, ¿sabes? —Como si no hubiesen cenado juntos algo así como una vez al mes desde 2016.

—¿Marcy? ¿Estás llorando? ¿Qué pasa?

Aquello era tan desmesurado que en un primer momento fue incapaz de explicarlo.

—¿Marcy? ¿Sigues ahí? ¿Has tenido un accidente, te ha pasado algo?

—Sigo aquí. A mí no, a Terry. Lo han detenido. Ralph Anderson ha detenido a Terry. Por el asesinato de ese niño. Eso han dicho. Por el asesinato de Frank Peterson.

—¿Cómo? ¿Te estás quedando conmigo?

—¡Ese día ni siquiera estaba en la ciudad! —respondió Marcy con voz lastimera. Al oírse, pensó que parecía una adolescente en plena rabieta, pero no pudo contenerse—. ¡Lo han detenido, y dicen que la policía me espera en casa!

—¿Dónde están Sarah y Grace?

—Las he dejado con Jamie Mattingly, una vecina de la calle de al lado. De momento están bien.

Aunque después de ver cómo detenían a su padre y se lo llevaban esposado, ¿hasta qué punto podían estar bien?

Frotándose la frente, se preguntó si el golpe contra el volante le habría dejado marca, y por qué le importaba. ¿Porque tal vez hubiera ya periodistas esperando? ¿Porque, si los había, podían ver la marca y pensar que Terry le había pegado?

—Howie, ¿me ayudarás? ¿Nos ayudarás?

—Claro que sí. ¿Se han llevado a Terry a la comisaría?

—¡Sí! ¡Esposado!

—Bien. Voy para allí. Vete a casa, Marce. A ver qué quiere la policía. Si tienen una orden de registro…, por eso deben de estar allí, no se me ocurre otra razón, léela, averigua qué buscan, déjalos entrar, pero no digas nada. ¿Entendido? No digas nada.

—Esto… sí.

—Ese niño, Peterson, fue asesinado el martes pasado, creo. Un momento… —Se oyeron murmullos de fondo, primero de Howie, después de una mujer, seguramente su esposa, Elaine. Luego volvió a la línea—. Sí, fue el martes. ¿Dónde estaba Terry el martes?

—¡En Cap City! Fue a…

—Ahora eso da igual. Puede que la policía te lo pregunte. Puede que te hagan todo tipo de preguntas. Diles que guardas silencio por consejo de tu abogado. ¿Entendido?

—S-Sí.

—No te dejes embaucar, coaccionar ni provocar. Se les dan muy bien las tres cosas.

—Vale. Vale, lo haré.

—¿Dónde estás ahora?

Lo sabía, había visto el cartel, pero tuvo que mirarlo otra vez para estar segura.

—En el Burger King. El de Tinsley. He parado para llamarte.

—¿Te encuentras en condiciones de conducir?

Marcy estuvo a punto de decirle que se había dado un golpe en la cabeza, pero se contuvo.

—Sí.

—Respira hondo. Tres veces. Luego ve a casa. Respeta el límite de velocidad durante todo el camino, pon el intermitente antes de cada giro. ¿Terry tiene ordenador?

—Claro. En su despacho. Y un iPad, aunque no lo usa mucho. Y los dos tenemos portátiles. Las niñas tienen sus propios iPad mini. Y teléfonos, por supuesto, todos tenemos teléfono. A Grace le regalamos el suyo para su cumpleaños hace tres meses.

—Te darán una lista con todo lo que pretendan llevarse.

—¿De verdad pueden hacerlo? —Ya no gimoteaba, pero poco le faltaba—. ¿Coger nuestras cosas así sin más? ¡Eso parece algo propio de Rusia o Corea del Norte!

—Pueden coger lo que ponga en la orden, pero quiero que tú hagas tu propia lista. ¿Las niñas llevan el móvil encima?

—¿Me tomas el pelo? Prácticamente lo tienen injertado en la mano.

—Bien. Puede que la policía te pida el tuyo. Niégate.

—¿Y si se lo llevan igualmente?

¿Tenía eso alguna importancia? ¿De verdad la tenía?

—No lo harán. Si a ti no te han acusado de nada, no pueden. Ahora ve. Pasaré a verte en cuanto me sea posible. Aclararemos la situación, te lo prometo.

—Gracias, Howie. —Se echó a llorar otra vez—. Muchísimas gracias.

—Faltaría más. Y recuerda: el límite de velocidad, los stops, los intermitentes. ¿Entendido?

—Sí.

—Salgo hacia la comisaría ahora mismo. —Y cortó.

Marcy puso primera, pero al cabo de un momento volvió a dejar la palanca en punto muerto. Respiró hondo. Luego otra vez. Y otra más. Esto es una pesadilla, pero al menos no durará mucho. Estuvo en Cap City. Lo comprobarán, y lo dejarán ir.

—Y después —dijo al coche (se le antojaba muy vacío sin las risas y las discusiones de las niñas en el asiento trasero)— los demandaremos; se les va a caer el pelo.

Irguió la espalda y volvió a centrar la atención en el mundo. Regres ...