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EL REY SIEMPRE ESTá POR ENCIMA DEL PUEBLO (EDICIóN AMPLIADA)

Daniel Alarcón

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Fragmento

Los Miles

No hubo luna aquella primera noche, y la pasamos haciendo lo mismo que durante el día: trabajar. Sus padres y madres han sobrevivido siempre gracias a la fuerza de sus brazos. Llegamos en camiones y despejamos el terreno de rocas y escombros. Trabajamos iluminados por las pálidas luces de los faros, y por su textura, olor y sabor supimos de inmediato que la tierra era buena. En este lugar criaríamos a nuestros hijos. En este lugar construiríamos nuestras vidas. Entiendan que hasta hace poco tiempo aquí no había nada. La tierra no tenía dueño, ni siquiera un nombre. Aquella primera noche la oscuridad que nos rodeaba parecía infinita, y mentiría si dijera que no teníamos miedo. Otros lo habían intentado antes y habían fracasado —en otros distritos, en otras tierras baldías—. Algunos cantábamos para mantenernos despiertos. Otros rezaban pidiendo fortaleza al cielo. Estábamos en una carrera, y todos lo sabíamos. La ley era muy clara: aunque lo que estábamos haciendo técnicamente no era legal, el gobierno no estaba autorizado a demoler viviendas.

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Teníamos solo hasta la mañana para construirlas. Las horas pasaban, y hacia el amanecer nuestro avance era innegable. Con un poco de imaginación se podía distinguir los contornos básicos de aquello que se convertiría en nuestro hogar. Había carpas hechas con lona y palos. Esteras de carrizo entrelazado que sostenían techos de sacos de arroz cosidos, y trozos de cartón prensado apoyados contra desvalijadas capotas de automóviles viejos. Habíamos pasado meses recolectando todo lo que la ciudad desechaba, preparándonos para esa primera noche.

Trabajamos sin descanso, y, por si acaso, dedicamos las últimas horas de esa larga noche a dibujar calles sobre el terreno, apenas unas líneas trazadas con tiza, pero imagínenselo, solo imagínenselo… Nosotros, y nadie más que nosotros, ya podíamos verlas —las avenidas que estos trazos ya anunciaban—. Al llegar la mañana todo estaba ahí, un conjunto destartalado de cachivaches y remiendos, y no pudimos dejar de sentirnos orgullosos. Cuando finalmente decidimos descansar, nos dimos cuenta de que hacía frío, y en la suave pendiente de la colina se encendieron docenas de fogatas. Nos calentamos reconfortados por ellas, por las tantas caras conocidas que nos acompañaban, por la tierra que habíamos elegido. La mañana era pálida, el cielo límpido y despejado. Qué bonito, dijimos, y es verdad, las montañas se veían muy hermosas aquel día.

Y aún lo son. El gobierno llegó antes del mediodía, y no supo cómo desalojarnos. Encendieron sus máquinas, y todos nos abrazamos formando un círculo alrededor de lo que habíamos construido. No nos movimos. Son nuestros hogares, dijimos, y el gobierno se rascó desconcertado su afiebrada cabeza. Nunca había visto casas como las nuestras —construcciones de alambre y calamina, de mantas y palos, de plástico y llantas—. Bajó de sus máquinas a inspeccionar estas obras de arte. Nosotros le mostramos lo que habíamos construido, y después de un tiempo el gobierno se marchó. Pueden quedarse con estas tierras, nos dijo. De todos modos no las queremos.

Los periódicos se preguntaban de dónde habían salido tantos miles de personas. Cómo lo habíamos logrado. Y luego la radio empezó a hacerse las mismas preguntas, y la televisión envió sus cámaras, y poco a poco pudimos contar nuestra historia. Pero no toda. Una buena parte nos la guardamos solo para nosotros, para ustedes, nuestros hijos, como las letras de nuestras canciones y el contenido de nuestras plegarias. En cierta ocasión, el gobierno quiso contar cuántos éramos, pero no pasó mucho antes de que alguien se diera cuenta de que hacerlo era una tarea imposible. Cuando trazaron los nuevos mapas de la ciudad, en el espacio originalmente en blanco hacia el extremo noreste, los cartógrafos escribieron Los Miles. Nos gustó mucho el nombre, porque nuestro número es lo único que siempre hemos tenido.

Hoy, por supuesto, somos muchos más.

El rey siempre está por encima del pueblo

Ocurrió el año en que abandoné a mis padres, a unos cuantos amigos inútiles y a una chica a quien le gustaba decir a todos que estábamos casados, para mudarme doscientos kilómetros río abajo, a la capital. El verano había llegado a su triste final. Yo tenía diecinueve años y mi idea era trabajar en el puerto, pero, cuando me presenté, el hombre de detrás del escritorio dijo que me veía enclenque, que volviera cuando tuviera algunos músculos. Me esforcé por disimular mi decepción. Había soñado desde niño con irme de casa, desde que mi madre me enseñó que el río de nuestro pueblo llegaba hasta la ciudad. A pesar de las advertencias de mi padre, nunca imaginé que me rechazarían.

Alquilé una habitación en el barrio contiguo al puerto, en la casa del señor y la señora Patrice, una pareja de ancianos que habían puesto un anuncio solicitando un estudiante como inquilino. Era gente seria y formal, y me mostraron las habitaciones de su pulcra y ordenada casa como si se tratara de la exhibición privada de un diamante. Mi cuarto sería el del fondo, me dijeron. No tenía ventanas. Luego del breve recorrido, nos sentamos en la sala a tomar el té, bajo un retrato del antiguo dictador que colgaba sobre la chimenea. Me preguntaron qué estudiaba. En aquellos días yo solo pensaba en dinero, así que respondí que estudiaba Economía. Mi respuesta les agradó. Luego me preguntaron por mis padres, y cuando les dije que habían fallecido, que me hallaba solo en el mundo, vi cómo la mano arrugada de la señora Patrice rozaba el muslo de su esposo.

Él ofreció rebajarme el alquiler, y yo acepté.

Al día siguiente, el señor Patrice me recomendó a un conocido suyo que necesitaba un cajero para su tienda. Me dijo que era un buen trabajo a medio tiempo, perfecto para un estudiante. Me contrataron. La tienda no quedaba lejos del puerto, y cuando hacía calor podía sentarme afuera, y oler el río allí donde se abría a la amplia bahía. Me bastaba con oírlo y saber que estaba allí: el rumor y el estrépito de los barcos al ser cargados y descargados me recordaban por qué me había marchado, adónde había llegado, y todos los otros lugares que aún me esperaban. Trataba de no pensar en casa y, aunque había prometido escribir, por alguna razón nunca parecía ser el momento adecuado para hacerlo.

Vendíamos cigarrillos, licor y periódicos a los estibadores, y teníamos una fotocopiadora para quienes llegaban a presentar sus documentos a la aduana. Les cambiábamos sus billetes por sencillo y mi jefe, Nadal, les aconsejaba sobre cuál era la coima apropiada en cada caso, según el producto que estuvieran esperando y su procedencia. Nadal conocía bien el protocolo. Había trabajado en aduanas durante varios años, antes de la caída del dictador, pero no había tenido la previsión de unirse a un partido político cuando se restableció la democracia. En alguna ocasión me comentó que su único otro error en treinta años había sido no robar lo suficiente. Nunca tuvo prisa por hacerlo. Las autocracias suelen ser estables por naturaleza, y nadie pensó jamás que el antiguo régimen podría ser derrocado. Junto a la caja registradora estaban en venta postales de la ejecución en la horca: el cuerpo del dictador balanceándose en un patíbulo improvisado en la plaza principal. Es un día nublado, y todas las cabezas miran hacia arriba, hacia el rostro inexpresivo del cadáver. La inscripción debajo dice: «El rey siempre está por encima del pueblo», y uno tiene la impresión de que un silencio inviolable ha hecho presa de los espectadores. Yo tenía quince años cuando sucedió. Recuerdo a mi padre llorando al enterarse de la noticia. Él vivía en la ciudad cuando el dictador llegó al poder.

Cada semana vendíamos dos o tres de esas postales. Temprano en las mañanas solía vagar por la ciudad. Mientras caminaba por las calles, sazonaba mi forma de hablar con palabras y frases que había escuchado a mi alrededor, y a veces, luego de conversar con desconocidos, me daba cuenta de que mi único objetivo había sido pasar por alguien nacido y criado en la capital. Nunca lo logré. La jerga que había aprendido en la radio antes de mudarme sonaba decepcionantemente sosa. En la tienda, veía a la misma gente día tras día, y todos sabían mi historia, o, mejor dicho, la que les había contado: que era un estudiante solitario y huérfano. ¿A qué hora estudias?, me preguntaban, y yo respondía que estaba ahorrando dinero para la matrícula. Pasaba buena parte del tiempo leyendo, y este simple hecho era suficiente para convencerlos. Los encorvados burócratas de aduanas venían durante la hora del almuerzo, con sus trajes gastados, a recordar con Nadal los viejos buenos tiempos, y en ocasiones me daban dinero a escondidas. Para tus estudios, decían, con un guiño.

Venían también los estibadores que prometían siempre contarme el chiste más nuevo y más sucio si les vendía al fiado. Dos veces al mes, alguno de los cargueros más grandes atracaba y dejaba en el puerto a cerca de una docena de asustados filipinos con permiso de salida. Era inevitable que terminasen entrando a la tienda, desorientados, esperanzados, pero, sobre todo, emocionados de estar otra vez en tierra firme. Sonreían y murmuraban de manera incomprensible, y yo siempre los trataba con amabilidad. Ese podría ser yo, pensaba, en un año, quizás dos: saliendo a tropezones de las entrañas de un barco hacia las estrechas calles de una ciudad portuaria en cualquier país del mundo.

Una tarde me hallaba solo en la tienda cuando entró un hombre vestido con un uniforme marrón claro. Para entonces, yo llevaba ya tres meses en la ciudad. El hombre tenía el bigote recortado al estilo de la gente de provincias, y me cayó mal de inmediato. Con gran ceremonia, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una enorme hoja de papel doblada y la extendió sobre el mostrador. Era el blanco de un campo de tiro: el rudimentario contorno de un hombre en actitud vagamente amenazadora, atravesado por agujeros. El cliente miraba su obra con admiración.

—No está mal, ¿verdad?

—Depende —me incliné sobre la hoja y coloqué mi dedo índice sobre cada herida del papel, una a una. Había siete agujeros en el blanco—. ¿A qué distancia?

—A cualquier distancia, muchacho, ¿crees que tú lo harías mejor? —me preguntó.

Sin esperar mi respuesta, extrajo un formulario de apariencia oficial y lo colocó junto al hombre de papel acribillado por las balas.

—Necesito tres copias, hijo. Este blanco y mi certificado. Tres de cada uno.

—Va a demorar media hora —le dije.

Me miró entrecerrando los ojos mientras se acariciaba el bigote.

—¿Por qué tanto?

La razón, obviamente, era que me daba la gana hacerlo esperar. Y él lo sabía. Pero le dije que la máquina fotocopiadora tenía que calentarse. Incluso mientras se lo decía, sonaba ridículo. Esta máquina, le expliqué, era un equipo delicado y caro, recién importado de Japón.

Él no parecía convencido.

—Y no tenemos papel de este tamaño —añadí—. Voy a tener que reducir la imagen.

Sus labios se arrugaron en una especie de sonrisa.

—Pero gracias a Dios que tienes una máquina tan moderna que puede hacer todo eso. Eres de río arriba, ¿verdad?

No le respondí.

—¿De qué pueblo?

—No es un pueblo —dije, y le di el nombre.

—¿Has visto el puente nuevo? —me preguntó. Le dije que no, lo cual era mentira.

—Me fui antes de que lo construyeran —lanzó un suspiro.

—Es un hermoso puente —dijo, tomándose un momento para solazarse con la imagen: el ancho río atravesando ondulantes colinas verdes que parecían extenderse hasta el infinito.

Cuando terminó con sus reminiscencias, volteó hacia mí.

—Escúchame bien. Saca mis copias y tómate tu tiempo. Calienta la máquina, recítale unos versos, dale un masaje, hazle el amor. Haz todo lo que tengas que hacer. Tienes suerte. Hoy estoy contento. Mañana vuelvo a casa y tengo un empleo esperándome en el banco. Voy a ganar buen dinero y me casaré con la chica más linda del pueblo, mientras que tú seguirás aquí, respirando este maldito aire contaminado, rodeado por esta horrible gente de la ciudad —sonrió por un instante—. ¿Me entendiste?

—Claro —le dije.

—Ahora dime dónde puede un hombre tomarse un trago por aquí.

Había un bar a unas cuantas calles de allí, un antro de ventanas sucias frente al cual yo pasaba casi a diario. Era un lugar repleto de marineros, estibadores y hombres rudos cuya apariencia aún me asustaba. Nunca había entrado, pero en muchos aspectos era el bar en el que me había imaginado a mí mismo cuando aún vivía en casa tramando alguna forma de escapar: oscuro y desagradable, la clase de lugar que le disgustaría a mi pobre e inocente madre.

Tomé el blanco del hombre y lo coloqué detrás del mostrador.

—Claro que hay un bar —le dije—. Pero no es lugar para provincianos.

—Mocoso de mierda. Dime dónde queda.

Le señalé la dirección correcta.

—Media hora. Más te vale tener mis copias listas.

Se fijó en el estante de plástico del que colgaban las postales de la ejecución del dictador y frunció el ceño. Con el dedo índice, lo empujó suavemente hasta que todas las postales cayeron al piso.

No hice nada por evitarlo.

—Si fuera tu padre —dijo—, te molería a golpes por faltarme el respeto.

Salió sacudiendo la cabeza, y dejó que la puerta se cerrara de golpe tras él.

Nunca más lo volví a ver. Tal como se dieron las cosas, parece que yo tenía razón acerca de ese bar. Su aspecto debió de desagradarle a alguien, o quizás pensaron que era un policía por cómo vestía, o tal vez su acento atrajo demasiada atención. De cualquier forma, los periódicos informaron que fue todo un espectáculo. La pelea comenzó dentro del bar —quién sabe cómo empiezan estas cosas— y terminó en la calle. Fue allí donde murió, con la cabeza destrozada contra los adoquines del piso. Alguien llamó a una ambulancia, pero esta demoró mucho en atravesar las estrechas calles del puerto. Había cambio de turno en los muelles, y las calles estaban repletas de hombres.

Poco después de mi encuentro con el guardia de seguridad, escribí una carta a casa. Era apenas una nota, en realidad, algo breve para que mis padres supieran que estaba vivo, que no debían creer todo lo que se leía en los periódicos acerca de la capital. Mi padre había sobrevivido una temporada en la ciudad y, casi tres décadas después, seguía hablando del lugar con tono deslumbrado. Viajó para allá poco después de casarse con mi madre, y regresó al pueblo un año más tarde, con los ahorros suficientes para comprar la casa donde crecí. La ciudad pudo haber sido rentable, pero también era un lugar aterrador e inseguro. En doce meses allí, vio robos, disturbios y un golpe de Estado. Tan pronto como pudo reunir el dinero, regresó a casa y nunca más volvió a la ciudad. Mi madre jamás la visitó.

En mi nota les conté sobre los Patrice, describí a la agradable pareja de ancianos en forma tal que los tranquilizaría. Prometí visitarlos para Navidad, ya que aún faltaba medio año para entonces. En lo que respecta al blanco y al certificado del muerto, decidí quedarme con ellos. Me los llevé a casa al día siguiente, y luego de doblarlo con mucho cuidado, coloqué el certificado entre las páginas de un diccionario ilustrado que los Patrice tenían en su sala. Clavé el blanco, con tachuelas, en una de las paredes de mi cuarto, de modo que quedara frente a mí cuando me sentaba en la cama. Una noche se desató una tormenta, el primer aguacero de la temporada, y el tamborileo de la lluvia en el techo me hizo recordar mi casa. De pronto, me sentí solo, cerré el ojo izquierdo y dirigí el dedo índice hacia la pared, al hombre en el blanco. Apunté con cuidado, y le disparé. Eso me hizo sentir bien. Disparé nuevamente, esta vez imitando el ruido de un arma, y pasé varios minutos así. Soplaba el humo imaginario de la punta de mi dedo, como hacían los pistoleros que había visto en películas extranjeras. Debo haberlo matado al menos una docena de veces antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, y desde entonces sentí una fidelidad complicada hacia el hombre del blanco. Le disparaba todas las noches antes de dormir, y a veces también por las mañanas.

Una tarde, poco después de que enviara la carta, llegué a casa y encontré a la chica —se llamaba Malena— con el rostro enrojecido y lloroso en la sala de los Patrice. Acababa de llegar de mi pueblo, y había apoyado su pequeño maletín contra la pared, junto a la puerta. La señora Patrice la estaba consolando, tenía una mano sobre el hombro de Malena, mientras el señor Patrice permanecía sentado, inmóvil, sin saber bien qué hacer. Tartamudeé algo a manera de saludo, y los tres levantaron la mirada hacia mí. Vi la expresión de sus rostros, y por la forma en que Malena me miraba, supe de inmediato lo que había ocurrido.

—Tus padres te mandan saludos —dijo la señora Patrice, con una voz que revelaba una profunda decepción.

—Vas a tener un hijo —añadió su esposo, como para disipar toda posible duda.

Me acerqué, tomé a Malena de la mano y la llevé hasta mi cuarto del fondo sin decir una palabra a los Patrice. Durante un largo rato nos quedamos sentados en silencio. Ninguna otra persona había entrado antes al cuarto, excepto aquella ocasión en que los Patrice me mostraron por primera vez el lugar. Malena no parecía particularmente triste, enojada o feliz de verme. Se sentó en la cama. Yo me quedé de pie. El cabello se le había soltado, y le caía sobre el rostro cada vez que agachaba la cabeza, lo que al inicio ocurrió con frecuencia.

—¿Me has extrañado? —preguntó.

Sí, la había extrañado —su cuerpo, su aliento, su risa—, pero solo me di cuenta de ello cuando la tuve al frente.

—Claro que sí —le dije.

—Podrías haber escrito.

—Escribí.

—Bien que nos hiciste esperar.

—¿Cuántos meses tienes? —le pregunté.

—Cuatro.

—Y es…

—Sí —dijo Malena con voz firme.

Lanzó un profundo suspiro, y yo le pedí disculpas.

Malena traía noticias: quién más se había marchado a la ciudad, quién se había ido al norte. Había bodas programadas para la primavera: gente a la que conocíamos, aunque no mucho. Un chico de mi barrio se había alistado en el Ejército, y corrían rumores de que había abandonado el entrenamiento básico para irse a vivir con una mujer que le doblaba en edad, a un pueblo joven en las afueras de la ciudad. Sonaba inverosímil, pero era lo que todos decían. Como lo sospechaba, el asesinato del guardia de seguridad había dado mucho que hablar. Malena me contó que le había sido imposible dormir, pensando en lo que yo estaría haciendo, si estaba bien. Fue a visitar a mis padres y ellos trataron de convencerla de que no viajara a la ciudad, o al menos que no lo hiciera sola.

—Tu padre iba a venir conmigo.

—¿Y por qué no vino? —le pregunté.

—Porque no lo esperé.

Me senté junto a ella en la cama; nuestros muslos se rozaban. No le conté que había conocido a la víctima, ni sobre mi pequeño papel en su desgracia, ni nada de eso. La dejé hablar: me describió los cambios cosméticos que habían ocurrido en nuestro pueblo en los pocos meses desde mi partida. Se acercaban las elecciones municipales, me dijo, y todos esperaban la campaña con la mezcla usual de ansiedad y desesperación. El dueño de la fábrica de cemento iba a postular. Lo más probable era que ganase. Se hablaba de volver a pintar el puente. Yo escuchaba y asentía. Su cuerpo mostraba ya una inconfundible redondez. Coloqué la palma de mi mano sobre su vientre y la atraje hacia mí. Ella dejó de hablar abruptamente, a la mitad de una frase.

—Te quedarás conmigo. Seremos felices —susurré. Pero Malena sacudió la cabeza, negándolo. Había algo duro en su forma de hablar.

—Me voy a casa —dijo—, y tú te vienes conmigo. Todavía era temprano. Me puse de pie y di vueltas alrededor del diminuto cuarto; de una pared a la otra eran apenas diez pasos cortos. Me quedé mirando a mi amigo del blanco. Sugerí que saliéramos a ver el barrio antes de que oscureciera. Le podría mostrar el muelle o la aduana.

¿Acaso no quería verla?

—¿Qué hay para ver?

—El puerto. El río.

—Es el mismo río que tenemos en nuestro pueblo. ¿O ya te olvidaste?

De todos modos fuimos a verlo. Los Patrice no dijeron ni una palabra mientras salíamos, y cuando volvimos, poco después de que oscureciera, la puerta de su dormitorio estaba cerrada. El maletín de Malena seguía junto a la puerta, y aunque no era más que un maletín de mano con una sola muda de ropa, cuando lo tuve en mi habitación, esta pareció aún más diminuta. Hasta aquella noche, Malena y yo jamás habíamos dormido en la misma cama. Luego de apretujarnos y acomodarnos por un rato, quedamos cara a cara y muy cerca. Puse mi brazo alrededor de ella, pero mantuve los ojos cerrados y me dediqué a escuchar los sonidos apagados que venían del dormitorio de los Patrice, que parecían estar hablando con ansiedad.

—¿Son siempre tan conversadores? —preguntó Malena.

No podía distinguir lo que decían, pero, por supuesto, lo adivinaba.

—¿Te molesta?

Sentí que Malena se encogía de hombros entre mis brazos.

—No mucho —dijo—, pero tampoco importa. Como solo nos vamos a quedar esta noche…

Luego de este comentario, nos quedamos callados, y Malena durmió plácidamente.

A la mañana siguiente, cuando salimos a desayunar, mis caseros lucían sombríos y serios. La señora Patrice se aclaró la garganta varias veces, haciendo ademanes cada vez más apremiantes a su esposo, hasta que al fin este dejó su tenedor y empezó a hablar. Expresó su pesar, su frustración y decepción.

—Venimos de familias íntegras —dijo—. No somos del tipo de gente que cuenta mentiras por diversión. Junto con nuestros vecinos, fundamos esta parte de la ciudad. Somos personas respetables y no toleramos la falta de honradez.

—Somos gente de mucha fe, gente creyente —añadió la señora Patrice.

Su esposo asintió. Cada domingo lo había visto prepararse para ir a misa con una minuciosidad que solo podía provenir de una fe profunda e incuestionable. Un traje cuidadosamente cepillado, camisas del blanco más inmaculado. Se peinaba el cabello negro con una pomada espesa, de manera que a la luz del sol parecía tener una corona de brillo gelatinoso.

—Las mentiras que le habrás contado a esta jovencita no nos incumben. Eso deben resolverlo entre ustedes. Nosotros no tenemos hijos, pero pensamos en cómo nos sentiríamos si nuestro hijo fuera por ahí contando a todos que es huérfano.

Frunció el ceño.

—Destrozados —susurró la señora Patrice—. Traicionados.

—No dudamos que seas bueno en el fondo, hijo, ni de ti…

—Malena —dije—. Se llama Malena.

—… pues ambos son criaturas del único Dios verdadero, y el Señor no se equivoca al disponer los asuntos de los hombres. No estamos en posición de juzgar, solo de aceptar con humildad lo que Él nos ha encargado.

Su discurso empezaba a ganar ímpetu, y no teníamos más remedio que escucharlo. Por debajo de la mesa, Malena me tomó de la mano. Los dos asentimos.

—Y Él los ha traído a ambos aquí, así que debe ser Su voluntad que los cuidemos. No tenemos la intención de echarlos a la calle en un momento tan delicado como este, porque no sería correcto hacerlo. Pero sí estamos en la obligación de pedirles, de exigirles una explicación, y tú tienes que dárnosla, hijo, y lo harás, si esperas aprender lo que significa ser un ciudadano respetuoso y respetable, en esta ciudad o en cualquier otra. Dime: ¿has estado estudiando?

—No.

—Lo sospechaba —dijo el señor Patrice. Sacudió severamente la cabeza y luego prosiguió. N ...