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EL PROFESOR DEL DESEO

Philip Roth  

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Fragmento

La tentación se me presenta por vez primera en la muy importante y llamativa persona de Herbie Bratasky, director social, director de banda, cantante melódico, cómico y maestro de ceremonias del hotel de montaña propiedad de mi familia. Cuando no está enfundado en el bañador elástico de forzudo que se coloca para impartir lecciones de rumba al borde de la piscina, está vestido para matar, por lo general con su chaqueta «esportiva» de dos tonalidades, crema y carmesí, y sus anchurosos pantalones amarillo canario, que se van estrechando hasta los tobillos, donde se convierten en argollas, justo por encima de los zapatos de velero, blancos y con agujeritos. Un trozo de repuesto de goma de mascar Black Jack espera turno en su bolsillo, mientras otro se ve sometido a una degustación lenta y desfachatada, en lo que mi madre llama, por irrisión, la «charleta» de Herbie. Por debajo del cinturón de aligátor, elegantemente estrecho, por debajo de la cadena de oro del llavero, dentro de los pantalones, está actuando una de las rodillas: así marca Herbie ese ritmo que solo él percibe, en el Congo que tiene por cerebro. Nuestro folleto (cuya composición viene siendo responsabilidad mía desde cuarto grado, en colaboración con el propietario) presenta a Herbie en términos de «nuestro Cugat judío, nuestro Krupa judío, ¡ambos en uno solo!». Más adelante se le califica de «segundo Danny Kaye» y, en conclusión, para que todo el mundo comprenda que este veinteañero de setenta kilos no es un don nadie y que el Hotel Hungarian Royale de los Kepesh no está exactamente en ninguna parte, «el nuevo Tony Martin».

A nuestros huéspedes parece hipnotizarles tanto como a mí el desvergonzado exhibicionismo de Herbie. Llega un cliente nuevo y apenas le ha dado tiempo de instalarse en una de las mecedoras de la galería cuando ya tiene al lado a uno de los veteranos de la semana pasada, procedente de la calurosa ciudad, pasándole un completo informe sobre la maravilla de nuestra tribu.

–Y verás el moreno que se gasta. Es de los que nunca se queman, que se ponen morenos directamente. Desde el primer día que toma el sol. Este chico tiene un cutis como sacado de los tiempos bíblicos.

A causa de una lesión en el tímpano, la alegría de nuestra casa –como el propio Herbie gusta de denominarse, más que nada para darle en los morros a mi madre– está pasando con nosotros la Segunda Guerra Mundial. Hay en marcha un debate, en las mecedoras y en las mesas de juego, sobre si la lesión es congénita o se la ha producido él mismo. La mera sugerencia de que no sea la propia Madre Naturaleza quien ha incapacitado a Herbie para luchar contra Tojo, Mussolini y Hitler es para mí una especie de insulto personal, una humillación. Y, sin embargo, qué tentador, imaginarse a Herbie con un alfiler de sombrero o un palillo de dientes en la mano –¡o un picador de hielo!–, mutilándose y dejando con un palmo de narices a los de la caja de reclutas.

–¡Tratándose de él, no lo descartaría! –dice el huésped llamado A-owitz–. ¡Con semejante pájaro, yo no descartaría nada! Menuda marcha lleva.

–Venga ya, ¿cómo va a haber hecho una cosa así? Es un chico tan patriota como el que más. Yo te diré cómo ha sido que se quedara así, medio sordo, y si no me crees no tienes más que llamar a un médico y preguntarle: por la batería esa –dice el huésped llamado B-owitz.

–¡Cómo toca el chico la batería! –dice el huésped llamado C-owitz–. Podría actuar directamente en el Roxy, sin más preparación. Y creo que la única razón de que no lo haga es, como tú dices, precisamente esa, que no oye bien, por la propia batería.

–Así y todo –dice el huésped llamado D-owitz–, lo cierto es que no te contesta ni sí ni no, cuando le preguntas si lo hizo con algún instrumento o lo que fuera.

–Eso es por lo numerero que es, que le encanta dejarte con el suspense. Su principal atractivo es ese, que está lo suficientemente loco como para hacer lo que sea. En eso consiste toda su gracia.

–Así y todo, ya el mero hecho de andar haciendo chistes sobre el asunto me parece mal. Los judíos sabemos mucho de estas cosas.

–Por favor, un chico que se viste como él se viste, que no le falta ni la cadena del llavero, con un cuerpo como el que tiene, que se pasa el día y la noche trabajándoselo, y con la batería, ¿cómo podéis creer que va a infligirse algún daño físico grave, solo para ahorrarse el esfuerzo de ir a la guerra?

–Estoy de acuerdo, cien por cien de acuerdo. Gin, por cierto.

–Me has pillado en paños menores, hijo de mala madre. ¿Qué hacía yo con estas dos jotas en la mano, puede decírmelo alguien? Mirad, ¿sabéis lo más raro de todo? Lo más raro de todo es que un chico tan guapo pueda ser al mismo tiempo tan divertido. Ser tan guapo, y tan divertido, y enloquecer de esa manera con la batería, eso es algo especial en los anales del mundo del espectáculo.

–¿Y en la piscina? ¿Qué me decís del trampolín? Si lo viera Billy Rose, haciendo el payaso en el agua, de esa manera, a los cinco minutos lo mete en el Aquacade.

–Y ¿qué me decís de esa voz que tiene?

–¡Si se dejara de bromas con ella! ¡Si cantara en serio!

–Un chico como él, cantando en serio, ya estaría en la Metropolitan Opera.

–Jesús, es que si se lo tomara en serio, a cantor de sinagoga podría meterse, sin problema. Le rompería a uno el corazón. Imagina por un momento la pinta que tendría con su mantón blanco, con lo moreno que está.

Y en este punto, por fin, se enteran de que estoy aquí, en la otra punta de la galería, montando un modelo a escala de Spitfire de las RAF en la barandilla.

–Eh, pequeño Kepesh, ven aquí, pedazo de cotilla. ¿A quién quieres parecerte cuando seas mayor? Escuchad esto. Deja un segundo de barajar. ¿Quién es tu héroe, Kepaleh?

No es que no tenga que pensármelo dos veces, es que ni una tengo que pensármelo:

–Herbie –contesto, para gran regocijo de los hombres de la congregación. A las madres, en cambio, la cosa no les hace tanta gracia.

Y, sin embargo, señoras mías, ¿quién iba a ser? ¿Quién tiene tantísimo talento como para imitar el acento de Cugat, el sonido del shofar y, cuando yo se lo pido, el picado sobre Berchtesgaden de un caza de combate, y el Führer volviéndose loco, abajo, en el suelo? Tales son el brío y el virtuosismo de Herbie, que mi padre, a veces, no tiene más remedio que decirle que se guarde para él solo alguna de sus imitaciones, por muy únicas en el mundo que puedan ser.

–Pero es que el pedo me sale perfecto –protesta Herbie.

–Seguro que sí –le replica el jefe–, pero no cuando hay personas de ambos sexos delante.

–¡Pero si llevo meses ensayándolo! Escuche usted.

–No, no, Bratasky, haz el favor de ahorrármelo. No es exactamente lo que un cliente cansado espera oír en el casino después de cenar. Coges la idea, ¿verdad? ¿O no la coges? A veces no te entiendo bien, no sé dónde diablos tienes la sesera. Son personas que respetan el kósher, ¿te das cuenta? ¿Y te das cuenta de que hay mujeres y niños? Es muy sencillo, amigo mío: el shofar es para las Festividades Mayores, y lo otro es para el váter. Punto y aparte, Herbie. Y nada más.

De modo que empieza a hacer sus imitaciones para mí solo, su discípulo, que siente espanto reverencial en su presencia; para mí los bocinazos y los tamborileos, que mi mosaico padre le prohíbe en público. Resulta que no solo puede simular la panoplia entera de los sonidos –desde el más ligero brote de hierba primaveral a una salva de veintiún cañonazos- con que la humanidad emite sus gases, sino que también entra en sus capacidades hacer la «diarrea». No, se apresura a poner en mi conocimiento, la de cualquier pobre shlimazel presa de cagalera –eso ya lo dominaba en sus tiempos de instituto–, sino los compases wagnerianos de todo un Sturm und Drang fecal.

–Podría haber salido en lo de Ripley –me dice–. Tú lees a Ripley, ¿verdad? Pues juzga por ti mismo.

Oigo el áspero ruido de una cremallera al bajarse. Luego, un chorro la mar de envidiable estrellándose contra un

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