Loading...

ECOS DE MI PLUMA

Juana Inés (Sor) de la Cruz  

0


Fragmento

Prólogo

PARA LEER A SOR JUANA

En la historia de la poesía hispánica, sor Juana Inés de la Cruz ocupa un lugar que quizá no se ha resaltado lo suficiente, opacado por la fascinación que ha ejercido (y sigue ejerciendo) su persona. Sor Juana trabajó, se aplicó, para demostrar que no era una especie de mujer “amaestrada” que escribía versos; sino ante todo, sobre todo y más que ninguna otra cosa, poeta: es en sus versos donde hay que buscarla. Antonio Alatorre (quien más aportó, junto con Alfonso Méndez Plancarte, al conocimiento de su obra) la considera “broche de oro del Barroco hispánico”: cerró brillantemente una etapa brillante (valga la redundancia); después de ella no volvió a haber gran poesía en español sino hasta ya entrado el siglo XX.

El objetivo principal de la antología que el lector tiene ante sus ojos es invitarlo a hacer un recorrido vital y artístico por el mundo poético de sor Juana. En sus versos podrá ir descubriendo sus pasiones, sufrimientos, alegrías, necesidades, obsesiones; las cuales además podrá corroborar en las dos cartas autobiográficas que figuran al final. Éstas le darán varias claves de la personalidad de la monja y le depararán una gran sorpresa: la muy elocuente viveza narrativa de la prosa sorjuanina.

¿QUÉ SE SABE DE SU VIDA?

Es natural que haya gran interés por conocer la biografía de una figura tan asombrosamente sugerente: mujer, monja, sabia, poeta, defensora de la mujer, teóloga amateur, etc.; sin embargo, la documentación para poder reconstruir su vida es muy escasa. Contamos con tres documentos biográficos, de los cuales dos son autobiográficos: la Carta al padre Núñez, de 1682, que sor Juana le escribió para “despedirlo” como confesor, y la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, nueve años posterior, carta dirigida al obispo de Puebla, y la biografía del padre Diego Calleja (jesuita español con el que la monja mantuvo correspondencia por aproximadamente veinte años), publicada como “Aprobación” en los preliminares del tercer tomo de sus obras (Fama y Obras póstumas, Madrid, 1700).

Según noticias de Calleja, sor Juana nació al pie de los volcanes, en San Miguel Nepantla, actual Estado de México, en “el año de mil seiscientos cincuenta y uno, el día doce de noviembre, viernes a las once de la noche”,1 de la “legítima unión” de Pedro Manuel de Asbaje e Isabel Ramírez de Santillana. Pero en 1952, Guillermo Ramírez España (supuesto descendiente de sor Juana) y Alberto G. Salceda (editor del t. 4 de las Obras completas) encontraron su acta de bautismo, que dice: “En 2 de diciembre de 1648 bauticé a Inés, hija de la Iglesia”.2 Todo parece indicar que no nació en 1651, sino en 1648, y era “hija de la Iglesia”, como se llamaba entonces a los hijos habidos fuera del matrimonio.

Ser “hijo de la Iglesia” no era una situación excepcional (había muchísimos); tampoco era un estigma que marcara para siempre a la persona al grado de impedirle llevar una vida “normal”. Es probable que Calleja no lo supiera; es seguro que sor Juana no lo anduvo contando a diestra y siniestra, pero es un hecho que tampoco guardó un púdico silencio al respecto. Alguna vez que alguien se metió con ella, echándole en cara su origen “bastardo”, la monja le contestó, en verso y con enorme desenfado e ironía:

El no ser de padre honrado

fuera defecto, a mi ver,

si como recibí el ser

de él, se lo hubiera yo dado.

Más piadosa fue tu madre,

que hizo que a muchos sucedas:

para que, entre tantos, puedas

tomar el que más te cuadre.

Dice Méndez Plancarte3 que este epigrama es “tan sangriento, que nos duele en sor Juana”. Juan León Mera, el único crítico (no mexicano, por cierto, sino colombiano) que, en el siglo XIX, dedicó un estudio serio y completo a sor Juana (Biografía de sor Juana Inés de la Cruz, poetisa mejicana del siglo XVII, y juicio crítico de sus obras, Quito, 1873), resalta la gracia y la buena factura del epigrama, pero le parece que “las ideas que encierra […] no [son] dignas de una monja, ni siquiera propias de una dama de la delicadeza y pulcritud de corazón de Juana Inés”.4 Yo creo que es admirable que la “monjita”, con toda desfachatez y violando el decoro de lo “políticamente correcto”, se defienda con tanta gracia y contundencia del “deslenguado” que la llamó bastarda, llamándolo, a su vez, ‘hijo de…’ (la madre tuvo varias parejas para que él pudiera escoger un padre). Sor Juana no sólo se atrevió a componer el epigrama, reconociendo abiertamente su bastardía, sino que lo publicó. Aquí está su espíritu libre en todo el esplendor de su genio.

En la Respuesta a sor Filotea (el lector tendrá ocasión de leerlo por sí mismo con todos los detalles) sor Juana habla de su precocidad intelectual: yendo como acompañante de su hermana con la maestra, aprendió a leer a los tres años de edad. Calleja abunda un poco más en este prodigio biográfico; refiere que desde sus más tiernos años fue admirable su capacidad para hacer versos; que todos los que la trataron de niña quedaban asombrados al “ver la facilidad con que salían de su boca o su pluma los consonantes y los números; así los producía, como si no los buscara en su cuidado, sino que se los hallase de balde en su memoria”.5 Evidentemente, el biógrafo adorna un poco la narración; lo importante es que si Calleja supo de esta facilidad, de esta proclividad hacia la poesía, fue porque la propia sor Juana se lo dijo; lo que significa que ella descubrió muy pronto no sólo su vocación, sino su genio, y que, sin arrobos de falsa modestia, lo reconoció.

Calleja nos cuenta otra anécdota, muy trivial, pero que dibuja muy claramente la personalidad de sor Juana. Todavía no llegaba a los ocho años, cuando la iglesia de su pueblo le pidió que compusiera una loa para la fiesta del Santísimo Sacramento; la niña aceptó el encargo porque le ofrecieron de premio un libro. No era ni siquiera adolescente, y ya codiciaba el conocimiento que podía adquirirse en los libros; era apenas una niña y ya corría la fama de su capacidad para hacer versos.

Se sabe que más o menos hacia 1659 se trasladó a la Ciudad de México, capital de Nueva España, ciudad con una efervescente vida cultural y literaria. Al parecer vivió con unos parientes, los Mata, hasta más o menos 1664, cuando, a los 16 años —según explica Calleja—, sus familiares se dieron cuenta del riesgo en que estaba la joven de ser perseguida por “discreta” (inteligente) y, desgracia no menor, por hermosa. La llevaron a la corte del virrey marqués de Mancera, adonde entró como criada de la virreina. Fue la corte el escenario de uno de los episodios más célebres de su vida. Lo cuenta, “con certitud no disputable”, Calleja, a quien se lo refirió (¡y “dos veces”!) un testigo de primera mano: el mismísimo virrey marqués de Mancera. La joven Juana se había hecho famosa en el palacio por la inmensidad y diversidad de sus conocimientos. El virrey no podía creer que alguien tan joven y de origen tan humilde supiera tanto. Para desengañarse, reunió a cuarenta sabios, especialistas en diversas disciplinas, con la tarea de examinarla. La muchachita demostró que todo aquello que se decía era cierto. Dice Calleja que el virrey narraba que “a la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, cada uno en su clase, la propusieron”. Luego, el jesuita preguntó a su amiga qué había sentido ante semejante triunfo; ella contestó que la misma satisfacción que cuando le chuleaban su costura en la escuela. ¿Falsa modestia? ¿Ante un amigo de tantos años? No lo creo: simplemente, sor Juana no ve por qué ha de sentirse orgullosa si lo único que ha hecho es seguir su “natural inclinación”, el genio que Dios le dio.6 Tan es así, que nada cuenta al respecto en la Respuest

Recibe antes que nadie historias como ésta