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COSAS QUE NO HAY QUE CONTAR

Renato Cisneros  

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Fragmento

Índice

Portadilla

I         Lunes, 23 de mayo

II        Sábado, 6 de junio

III       Martes, 13 de julio

IV       Jueves, 22 de ag

V        Domingo, 8 de setiembre

VI       Miércoles, 21 de setiembre

VII      Martes, 6 de noviembre

VIII     Viernes, 26 de noviembre

IX       Martes, 11 de diciembre

X        Domingo, 2 de enero

XI       Viernes, 7 de enero

XII      Sábado, 21 de enero

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XIII     Lunes, 30 de enero

XIV     Viernes, 3 de febre

XV      Miércoles, 15 de febrero

XVI     Lunes, 5 de marzo

XVII    Miércoles, 20 de marzo

XVIII   Domingo, 13 de abril

XIX     Viernes, 18 de abril

XX      Jueves, 24 de abril

XXI     Martes, 9 de mayo

XXII    Domingo, 21 de ma

XXIII   Jueves, 15 de junio

XXIV   Sábado, 28 de junio

XXV    Viernes, 12 de julio

XXVI   Lunes, 1 de agosto

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Sobre el autor

Créditos

I
Lunes, 23 de mayo

La otra noche que salí con Joanna su actuación me dejó menos perplejo que decepcionado. La conozco hace años. Seis, si no me falla el cálculo. En ese lapso nos hemos besado un par de veces, pero nunca ha ocurrido nada auténticamente serio entre nosotros. Joanna siempre me ha gustado, lo sabe, y creo que hay cosas de mí que le atraen pero le resultan, supongo, insuficientes. Es en nombre de esa suerte de eventual química que —a pesar de que es una engreída fatal y se computa la penúltima chupada del mango— la invito a salir de vez en cuando (y de vez en cuando ella accede). Me resulta guapísima, no lo puedo negar, y si no he roto el débil contacto que nos une es porque tengo la secreta expectativa de una futura coincidencia sentimental. Mejor dicho, tenía. Después de lo que sucedió el viernes Joanna es un capítulo cerrado, en el supuesto discutible de que haya estado abierto alguna vez.

La llamé con el pretexto de celebrar su reciente graduación. Ella es chef, prepara unos postres exquisitos y forma parte del staff de uno de los mejores restaurantes de Lima. Por teléfono, le dije para ir a tomar unos piscos a un bar de Miraflores. Aceptó, advirtiéndome que tendría que regresar temprano porque al día siguiente trabajaba desde las 8 a. m. Le aseguré que no habría inconvenientes.

Tal cual lo planeé, la recogí, fuimos al bar y nos tomamos uno, dos, tres, cuatro piscos sours. De sauco, granadilla, maracuyá. La conversación fluía animada: intercambiamos chismes sobre amigos en común, canjeamos un par de risas, por ahí hasta un guiño. De no haber sido por un par de bostezos que Joanna no supo disimular, diría que la estábamos pasando bastante bien. Tras el cuarto pisco —y con la espontánea finura por los efluvios alcohólicos provocada— la tenté para ir a bailar. Inesperadamente dijo que sí, olvidándose de sus responsabilidades laborales y alimentando mi ilusión acerca de las satisfacciones que la jornada podía depararme. «Hoy la hago», auguré en la recóndita oscuridad de mi laxada conciencia.

Después de pagar la cuenta —que asumí enteramente con los últimos estertores de mi tarjeta de crédito—, montamos en mi auto y manejé rumbo a la discoteca. Mientras caminábamos por el centro comercial, viéndome acompañado de una chica tan guapa, me sentí un tipo con suerte. Y fue con ese aire de bacanería que hice mi ingreso estelar por las escaleras del local. No me importaba haber tenido que pagar la entrada de los dos: esta es mi noche, pensé, y si tenía que invertir en ella pues lo haría sin remilgos de ningún tipo.

Una vez dentro, nos ubicamos junto a la barra principal y pedí dos cervezas. De pronto se le antojó fumar. Fue a partir de ese detalle en apariencia trivial que se desencadenó toda mi nocturna desgracia. Como no fumo, nunca cargo encendedor, así que encontré normal que ella buscara entre las personas cercanas a alguien que gentilmente quisiera prestarle fuego.

En ese instante apareció la diligente mano de un tipo equis que, no contento con prender el cigarro de Joanna, empezó a conversarle. No me pareció raro: quizá ella le resultaba conocida o tal vez la confundió con otra persona. No había que ser mal pensado. Además, estaba claro que Joanna había venido conmigo, así que esa charlita incipiente sería finiquitada en cualquier momento.

Pasaron cinco minutos y la situación no cambió. Evalué velozmente la posibilidad de insinuar mi incomodidad con alguna señal (un carraspeo, una tos compulsiva, un falso estornudo), pero justo me encontré con un amigo, Álamo, cuya presencia me ayudó a disimular lo que en ese instante era solo una circunstancia adversa pero que estaba en camino de convertirse en un papelón redondo. Improvisé con él un diálogo de lo más banal mientras con el rabillo del ojo vigilaba a Joanna, que a esas alturas parecía estar sumamente interesada en prolongar indefinidamente el encuentro con el simpatiquísimo y comedido dueño del encendedor.

Traté de aplacar mi iracunda desazón pensando que a lo mejor la pobre Joanna no sabía cómo quitarse de encima al fanfarrón ese, y que en el fondo esperaba que yo me acercara para rescatarla de ese trance. Con las mujeres nunca se sabe. Sin embargo, cuando vi que ella se reía como no se había reído en toda la noche y que le daba al invasor todita la cuerda y pelota que no me había dado a mí en los seis años que la conozco, enfurecí de rabia.

Ya sin la compañía de Álamo —que se evaporó tras encontrarse con una novia del pasado—, di un par de vueltas por el local para tomar el aire que la indignación me estaba quitando. Cuando regresé a la escena del crimen me percaté de una imagen que marcó el colmo de lo soportable: Míster Equis estaba tomándose, muy campante, la cerveza que yo, Don Pepelmas, le había comprado a Joanna ni bien llegamos. «Esto es humillante: le estoy financiando la juerga al maldito», desvarié.

Me sentí completamente ridiculizado. Lo peor, lo que más dolía, es que Joanna la estaba pasando genial, así que no tenía ningún sentido que yo interviniese. ¿Qué podía decir, además? ¿Recordarle que habíamos venido juntos? ¿Echarle en cara los varios piscos que le regalé, amén de la entrada a esa discoteca de la que ahora solo quería escapar? ¿Decirle que era una canalla, una chupasangre por consentir este maltrato? Si lo hacía, me hubiera coronado inmediatamente como el imbécil del siglo.

Me refugié en una esquina por un momento, soportando las arcadas que me producía el hecho de recordar que había sido precisamente yo quien insistió en que vayamos a bailar a ese lugar esnob, atorrante y caro. Sin valor para despedirme de Joanna, hui del local, atravesado por una trepidante sensación de estafa y una incurable sed de venganza. Sentía que había hecho todo el trabajo sucio y que otro se quedaba con los réditos. Sentía que había escrito el libro y que otro cobraba los cuantiosos derechos de autor. O que había corrido toda la cancha sudando la camiseta y que otro anotaba el gol del triunfo. Me costaba reconocerlo pero la verdad era una sola: era un perdedor en todo su baboso apogeo.

Irritado como estaba, hice lo único que queda hacer en estos casos: llamar a un amigo para vomitarle todo el despecho. Llamé a Ernesto, mi amigo no del alma sino del alba. Eran las tres de la mañana. Él me rescató, me invitó unas cervezas, se compadeció y me llevó a comer un restaurador salchipapas bajo la luz de neón del Glotons. Allí Ernesto me vio emborracharme, me oyó repetir una y otra vez la misma cantaleta, manejó mi auto y me hizo dormir en el sillón de la sala de su departamento. O sea, me salvó la vida.

Cuando desperté, recapitulé paso a paso cada uno de los eventos de la noche anterior y me encolericé por haber interpretado, tan soberbiamente, el papel de tarado. La culpable unánime era Joanna. La guapa. La tramposa.

II
Sábado, 6 de junio

Es sábado, no tengo planes. Estoy tirado como una cáscara en un sofá de mi casa, viendo televisión. Hago zapping de un canal a otro, sin estacionar en ningún programa. De Cinecanal paso a Frecuencia Latina. De E Entertainment a Canal N. De Fox Sports a Plus TV. Nadie me llama por teléfono. Todos los amigos con los que me provocaría salir o están casados o están con enamorada o están en inminente proceso de tenerla. Por eso ni les timbro. No quiero interferir en sus planes, ni acoplarme a ellos para terminar haciendo el típico papelón de violinista. Ya más de una vez he salido en grupo, con cuatro o cinco parejas. Es divertido si vamos a comer y tomar algo y el hecho de estar solo pasa completamente desapercibido. Pero es tétrico cuando proponen ir a bailar y una vez en la discoteca ves que tus amigos —en un gesto de tierna y silenciosa solidaridad— se van turnando para no dejarte solo. Es peor cuando sus novias se hacen las consideradas y te sacan a bailar para que tú, el soltero del clan, también te diviertas, como si fueras un lisiado al que hay que tratar de hacer sentir normal. Es más penoso aún cuando todos quieren bailar una canción de moda, y para no abandonarte al borde de la barra te arrastran a la pista, hacen un círculo alrededor de ti y te empujan dentro, creyendo que así te hacen un favor.

Aún repantingado en el sillón, mirando la tele sin mirarla, cojo el celular y empiezo a revisar mi agenda de contactos. Uno a uno, repaso los nombres de hombres y mujeres imaginando velozmente sus rostros. Por un rato me detengo en el nombre de Sandra, una chica linda de la que no sé nada hace tiempo. Hace cinco meses, más o menos. Qué será de su vida, pienso. Quizá le provoque salir. Vacilo entre llamarla o no. Al final, opto por mandarle un mensaje de texto.

Hola, Sandrita, qué haciendo. ¿Vamos a tomar algo?

Presiono el botón «enviar». Un minuto después llega su respuesta.

¿Quién eres?

Plop. La maldita me ha borrado de su agenda.

Ya son las 12. No hay señales de nadie. Creo que lo mejor será salir solo. No sería la primera vez. Conozco las ventajas y riesgos de ir a sentarme a un bar, tomar un trago y esperar confiado a que la noche y el azar conspiren a mi favor. Mientras me cambio y me abrocho la camisa sigo mirando la tele. En The Film Zone están dando una película erótica. Hay una pareja que se ha escondido en un almacén para hacer el amor. La escena me captura. Tengo la camisa a medio abotonar y la mirada clavada en las 22 pulgadas de mi monitor Sony. Descubro que la secuencia del almacén me ha excitado. El sujeto tiene una performance inverosímil y la mujer delira y gime extenuada. Inmediatamente pienso en la última relación sexual que tuve y me apeno cuando —hechas las sumas y restas— compruebo que hace tres meses que no tiro (o como diría mi amigo Gerardo Carvallo, que «no voy a Tarma»).

Me termino de cambiar, la película acaba, subo al auto y manejo reflexionando en lo complicado que es para un soltero de treinta años, que no tiene pareja ni vive solo, mantener una vida sexual estándar, saludable. Al menos en esta ciudad. Atravieso toda la avenida Benavides pensando en la limitada gama de opciones que le quedan a alguien como yo para calmar sus angustias instintivas. Una salida, la más digna, es el sexo ocasional con alguna chica liberal que consienta el amor al paso y no te llame a la mañana siguiente esperando una frase cordial. La segunda, la más desesperada, es apelar al mercado comercial: visitar un nightclub y propiciar una transacción con alguna de las putas que allí se ofrecen a cambio de un puñado de billetes. La tercera, la menos triunfal, es hacer acopio de tus mañas adolescentes, esconderte en un baño y abandonarte al ejercicio furtivo del onanismo (o como diría Gerardo Carvallo, «visitar Pajatén»).

Llego a un bar-discoteca de Barranco y me parapeto en la barra para divisar desde ahí el movimiento de la masa. Recibo un mensaje de texto de uno de mis amigos casados: «Estamos en la casa de Fabiola, ven». Me intriga saber a qu ...