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CONSPIRACIóN

Luke Harding  

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Fragmento

PRÓLOGO

Encuentro

Diciembre de 2016

Grosvenor Gardens, Londres, SW1

Sigan el sexo. Sigan el dinero.

CHRISTOPHER STEELE, al autor

Estación Victoria, Londres. Un lugar entre destartalado y elegante. Hay una terminal de ferrocarril, una estación de autobuses y —un poco más lejos— un parque de forma triangular. Allí se encuentra la escultura ecuestre de un héroe de la Primera Guerra Mundial, el mariscal francés Ferdinand Foch. Grabadas en el pedestal hay unas palabras suyas: «Soy consciente de haber servido a Inglaterra». Alguien ha añadido con rotulador negro: «Asesinando a miles».

Esta es una zona de partidas y llegadas. Alrededor de Foch hay varios bancos de madera salpicados de blanco por los excrementos de las palomas, y unos plátanos de sombra de gran altura. Hay turistas, personas que llegan al trabajo desde fuera de la ciudad y algún que otro vagabundo de pelo hirsuto, refunfuñando mientras sorbe una lata de cerveza. El hombre que posee esta tajada inmobiliaria de primera calidad es el duque de Westminster. El más rico de los aristócratas británicos.

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Si uno sigue avanzando, encuentra una hilera de casas neoclásicas construidas al estilo renacentista francés. Se trata de Grosvenor Gardens. La calle da a la parte trasera de una residencia mundialmente famosa, el palacio de Buckingham. Con algo de arrojo y una escalera larga se podría acceder directamente al jardín privado de Su Majestad. Los abetos resultan visibles a los transeúntes, recortándose contra la silueta gris de Londres. En cambio, el lago de la Reina queda oculto.

Algunos de los edificios anuncian quiénes los habitan: una empresa de relaciones públicas, un restaurante japonés, una escuela de idiomas… Pero en el número 9-11 de Grosvenor Gardens no se ve el menor indicio de quién o qué hay dentro. Dos columnas enmarcan una puerta negra y anónima. Un letrero advierte de la presencia de un circuito cerrado de televisión. No hay ningún nombre en el interfono. Arriba, tres pisos de oficinas.

Si uno entra y gira a la derecha, se encuentra en una modesta suite de la planta baja, un par de habitaciones desnudas pintadas de blanco marfil, con un mapa del mundo de tamaño mediano a color colgado en una pared, y persianas blancas justo por encima del nivel de la calle en unas ventanas altas. Hay ordenadores, y también algún periódico: en concreto un ejemplar del Times de Londres. Da la impresión de ser un despacho profesional pequeño y discreto.

La oficina es la sede de una empresa británica, Orbis Business Intelligence Limited. El sitio web de Orbis afirma que es «una destacada consultoría de inteligencia corporativa». Y añade, en términos difusos:

Proporcionamos a los altos responsables con poder de decisión perspectiva estratégica, información de inteligencia y servicios de investigación. Así pues, trabajamos con los clientes para implementar estrategias que protejan sus intereses en todo el mundo.

Traducido, significa que Orbis está en el negocio del espionaje no gubernamental. Espía para clientes comerciales, hurgando en los secretos de personas e instituciones, gobiernos y organizaciones internacionales. Londres es la capital global de la inteligencia privada. Un sector difícil, en palabras de un antiguo espía británico que trabajó en él durante un año antes de ocupar un cargo en una gran corporación. Hay más de una docena de empresas como esta, cuyo personal está integrado en su mayoría por antiguos agentes de inteligencia que se especializan en asuntos extranjeros. No es exactamente el mundo del espionaje clásico o de James Bond. Tampoco está lejos de serlo.

El hombre que gestiona Orbis se llama Christopher Steele. Él y su socio Christopher Burrows son los directores de la empresa. Ambos son británicos. Steele tiene cincuenta y dos años; Burrows cincuenta y ocho. Sus nombres no aparecen en los registros públicos de Orbis. Tampoco existe referencia alguna de sus antiguas trayectorias profesionales. Junto con ellos trabaja un par de brillantes graduados más jóvenes. Forman un pequeño equipo.

El despacho de Steele da pocas pistas sobre la naturaleza de su trabajo secreto.

Solo hay un indicio.

Junto al escritorio del director puede verse una hilera de muñecas rusas o matrioskas. Un recuerdo de Moscú. Llevan los nombres de grandes escritores rusos del siglo XIX: Tolstói, Gógol, Lérmontov, Pushkin… Las muñecas están pintadas a mano, y los nombres de los autores aparecen escritos cerca de la base en floridos caracteres cirílicos. La «T» mayúscula de Tolstói parece una «Pi» retorcida.

En los turbulentos días de 2016 las muñecas eran una metáfora tan buena como cualquier otra de la inusual investigación secreta que recientemente le habían encargado a Steele. Era una tarea explosiva: descubrir los secretos más profundos del Kremlin en relación con Donald J. Trump, destaparlos uno a uno, como otras tantas muñecas, hasta que se revelara la verdad. Sus conclusiones sacudirían la inteligencia estadounidense y desencadenarían un seísmo político de una magnitud comparable con los oscuros días de Richard Nixon y el Watergate.

Las conclusiones de Steele eran sorprendentes, y el dossier resultante acusaría al presidente electo del más grave de los delitos: colusión con una potencia extranjera. Esa potencia era Rusia. El presunto delito —negado y rebatido con vehemencia y en ciertos aspectos clave improbable— era una traición. El nuevo presidente de Estados Unidos de América era —se rumoreaba— un traidor.

Para encontrar antecedentes de un complot tan descabellado había que acudir a la ficción. Por ejemplo, en El mensajero del miedo, de Richard Condon, que trata sobre una operación chino-soviética para hacerse con el control de la Casa Blanca. O el thriller largamente olvidado del escritor Ted Allbeury, The Twentieth Day of January, en el que, durante los disturbios estudiantiles de 1968 en París, Moscú recluta a un joven estadounidense para que se dedique a actividades de mayor calado. Como Steele, Allbeury era un antiguo agente de la inteligencia británica.

Hasta que su trabajo salió a la luz con total claridad, Steele era un personaje desconocido; es decir, desconocido más allá de un estrecho círculo de miembros de los servicios de inteligencia estadounidense y británicos expertos en Rusia. Él lo prefería así.

2016 representó un momento histórico extraordinario. Primero el Brexit, la traumática decisión británica de abandonar la Unión Europea. Luego, para sorpresa y consternación de muchos estadounidenses, por no hablar de muchísimos otros en todo el mundo, Donald J. Trump, de manera inesperada, resultó elegido en noviembre el 45.º presidente de Estados Unidos.

La campaña que le había llevado a la Casa Blanca había sido rencorosa, divisiva y malintencionada. Sobre ella planeaba esta única —y poco creíble— acusación: un líder extranjero tradicionalmente considerado enemigo de Estados Unidos había ayudado en secreto a Trump, contribuyendo a su victoria presidencial contra todo pronóstico; e incluso quizá, dándole un empujoncito a la hora de cruzar la meta. Se decía que Trump era el candidato del Kremlin; una marioneta de Putin, quien, para los principales republicanos, hasta entonces no había sido más que un villano de mirada glacial del KGB; «un matón y un asesino», en palabras de John McCain, el senador republicano por Arizona. Alguien que deseaba el mal a Estados Unidos.

En ese momento, la acusación de colusión con Moscú había cuajado por dos razones. Para empezar, estaba el curioso comportamiento del propio Trump durante la campaña electoral. Frente a las acusaciones de que Rusia estaba hackeando los correos electrónicos de los demócratas, y filtrándolos para perjudicar a su rival, Hillary Clinton, Trump instó públicamente a Moscú a seguir haciéndolo.

En una rueda de prensa celebrada en julio de 2016 en Florida, dijo:

Rusia, si estás escuchando, espero que seas capaz de encontrar los treinta mil correos electrónicos que faltan. Creo que probablemente serás recompensada con generosidad por nuestra prensa. Veamos si eso ocurre.

Como señaló un ayudante de Clinton, aquella era una invitación directa a una potencia extranjera a cometer espionaje contra un adversario político. ¿Era mero oportunismo por parte de Trump? ¿O algo más coordinado, más siniestro?

Pocos dudaban de que los correos electrónicos difundidos a través de WikiLeaks en junio y octubre de 2016 perjudicaban a la candidata demócrata. En sí mismos no eran especialmente escandalosos. Sin embargo, para un adversario sin escrúpulos como Trump, eran un auténtico regalo: una oportunidad para agarrar a los medios de comunicación por el cuello y hacerles tragar el mensaje de la «corrupta Hillary». También era relevante el hecho de que Moscú hubiera robado correos electrónicos del Comité Nacional Republicano, pero no los había hecho públicos.

En segundo lugar, ¿cómo explicar los constantes elogios que Trump había dedicado a Putin? En los meses febriles que desembocaron en los comicios del 8 de noviembre de 2016, Trump no solo había arremetido contra Clinton y Obama, sino también contra sus rivales del Partido Republicano, el programa Saturday Night Live, el «endeble» New York Times, los medios de comunicación estadounidenses en general —su enemigo favorito— y la actriz Meryl Streep. Y había más. La lista era larga.

Al presidente ruso, en cambio, le describía como a un ser «muy inteligente». Putin era prácticamente la única persona del planeta que escapaba a las invectivas generalizadas de Trump, proclamadas en un estilo exclamativo semianalfabeto vía Twitter, a unas horas en las que la mayoría de las personas sensatas ya estaban en la cama. Trump estaba dispuesto a atacar verbalmente a cualquiera que cuestionara su comportamiento; cualquiera, menos su amigo Putin.

La incipiente amistad entre Trump y Putin no podía explicarse por una simple cuestión de química personal; al parecer no se conocían. Sin duda compartían similitudes ideológicas: el desprecio por organismos internacionales como las Naciones Unidas y la aversión hacia la Unión Europea. Y —cabría añadir también— un nacionalismo blanco de tintes cristianos. Pero eso no bastaba. Era como si estuviera en juego una extraña lealtad, un factor desconocido, una mano invisible, como si faltara una pieza del rompecabezas. Trump no elogiaba a ningún otro líder extranjero de manera ni remotamente parecida. O con tanta frecuencia. Su reverencia a Putin se mantendría tras asumir el cargo.

Estas dos cuestiones —la promoción de los correos electrónicos hackeados por Rusia y las alabanzas a Putin— provocaban una insólita pregunta: ¿acaso Putin había estado chantajeando de algún modo al candidato? En caso negativo, ¿cómo explicar el encaprichamiento de Trump? Y en caso afirmativo, ¿chantajeándole cómo exactamente?

Por supuesto, corrían un montón de rumores. Algunos de ellos habían llegado a mi periódico, el Guardian. En el periodo previo a las elecciones presidenciales de 2016, y en los delirantes y desconcertantes días que siguieron, había reporteros de investigación a ambos lados del Atlántico siguiendo varias pistas. Era aquella una tarea tan difícil y frustrante como tentadora. Había dudas sobre las fuentes. Parte de los trapos sucios sobre Trump provenían de personas cercanas a la campaña de Clinton, gente que tenía intereses personales en el asunto.

Sin embargo, éramos conscientes de que aquella era probablemente la noticia política más importante de Estados Unidos para toda una generación. Si Trump había conspirado con Rusia no solo públicamente, sino quizá también de manera encubierta, a través de canales clandestinos no revelados, eso sonaba a traición. Era una reedición del Watergate.

No obstante, entre 2015 y 2016 los «ladrones» no eran agentes de Nixon de bajo nivel. Ni siquiera eran estadounidenses. Según la CIA y el FBI, eran hackers que trabajaban para las agencias de espionaje de Putin. Los responsables estaban muy lejos. El dinero que pagaba sus nóminas era ruso; y posiblemente también estadounidense. No irrumpieron en el Comité Nacional Demócrata utilizando ganzúas, guantes de látex y equipo para implantar escuchas, como hicieran sus homólogos en 1972.

En lugar de ello, entraron en las redes informáticas de dicha organización, una irrupción llevada a cabo mediante el tosco método de utilizar correos electrónicos falsos como cebo, miles de ellos. El FBI llegaría a la conclusión de que había sido una operación sencilla y barata. Pero resultó de una eficacia devastadora. Y quizá también fue una prueba de que los sistemas políticos estadounidenses eran más vulnerables a las fuerzas oscuras electrónicas de lo que nadie había pensado.

Mientras tanto, no es que Trump contribuyera precisamente a nuestros esfuerzos por establecer la verdad. Quebrantando cualquier precedente, se había negado a hacer públicas sus declaraciones de renta. Su imperio inmobiliario global se ocultaba tras una red de varios cientos de empresas opacas. Visualizado en forma de gráfico, el consorcio empresarial de Trump parecía un gigantesco pedo de lobo a punto de explotar.

¿Era Trump un multimilmillonario, como él proclamaba ostentosamente? ¿O en realidad estaba en la ruina y sobreendeudado, y debía ingentes cantidades de dinero a bancos extranjeros? ¿Qué vínculos financieros —si los había— tenía con gobiernos de otros países? ¿Y qué podía decirse de su familia, en especial del poderoso yerno del futuro presidente, Jared Kushner?

En diciembre de 2016, Nick Hopkins —un colega del Guardian— y yo fuimos a ver a Christopher Steele para hacerle estas y otras preguntas. Hopkins es el redactor jefe de investigaciones del periódico. Él conocía a Steele de antes y sabía que era un experto en asuntos rusos. También yo lo era: de 2007 a 2011 estuve destinado en Rusia como jefe de la oficina del Guardian en Moscú, hasta que me encerraron en una celda en el aeropuerto y luego me deportaron. Estoy seguro de que esto último fue consecuencia de algunos de mis reportajes menos halagadores sobre Vladímir Putin.

Era un jueves por la tarde, dos semanas y media antes de Navidad. Las calles de Londres estaban abarrotadas y bullían de compradores. Viajamos en metro desde la oficina del Guardian, en las inmediaciones de King’s Cross. Salimos en la estación Victoria y recorrimos a pie la escasa distancia que nos separaba de Grosvenor Gardens, dejando atrás al mariscal Foch y su séquito de palomas.

Llamamos al timbre de la puerta de Orbis. Nos dejaron entrar y nos recibió Steele. Era un hombre de estatura media, vestido con un traje corriente, de cabello antaño negro pero ahora mayoritariamente gris, de maneras amables, aunque con cierto aire de reserva que resultaba por completo comprensible.

Los periodistas y los espías siempre se han mirado con recelo. En algunos aspectos ejercen el mismo oficio: cultivar fuentes, recopilar y examinar a fondo información y material, separando los hechos de la ficción. Los dos escriben para su propio público: el de un periódico es cualquiera que tenga conexión a internet; el de los espías es un pequeño círculo oficial, con acreditación para acceder a secretos. Imagino que con frecuencia el resultado es el mismo. Pero los espías tienen una ventaja: ellos reciben material procedente de escuchas oficiales y fuentes secretas.

Steele había aceptado charlar mientras tomábamos té a las cuatro de la tarde. En aquel moment ...