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BOLíVAR

Marie Arana  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

EL CAMINO HACIA BOGOTÁ

Nosotros, tan buenos como ustedes,

lo hacemos nuestro señor y amo.

Confiamos en usted para defender nuestros derechos

y libertades. Y si no: No.

—Ceremonia de coronación, España, c. 1550[1]

Lo oyeron antes de verlo, el ruido de los cascos golpeando la tierra regular como el latir de un corazón, urgente como una revolución. Cuando surgió del bosque veteado por el sol, apenas pudieron distinguir la figura en el magnífico caballo[2]. Era pequeño, delgado[3]. Una capa negra ondeaba sobre sus hombros.

Los rebeldes lo observaron con desasosiego. Los cuatro habían estado cabalgando hacia el norte, esperando cruzarse con un realista que huía en la otra dirección, alejándose de la batalla de Boyacá. Tres días antes, los españoles habían sido sorprendidos por un ataque relámpago de los revolucionarios —descalzos, con ojos desorbitados— que bajaron de los Andes como un enjambre. Los españoles huían, dispersándose por el paisaje como un rebaño de ciervos asustados.

“Aquí viene uno de esos perdedores malnacidos”[4], dijo el general rebelde. Hermógenes Maza era un veterano de las guerras de independencia de la América española. Los realistas lo habían capturado y torturado[5] y estaba sediento de venganza. Espoleó su caballo y siguió cabalgando. “¡Alto! —gritó—. ¿Quién anda allí?”[6].

El jinete siguió a pleno galope.

El general Maza alzó la lanza y bramó su advertencia una vez más. Pero el extraño simplemente avanzó, ignorándolo. Cuando se acercó lo suficiente para mostrar nítida e inequívocamente sus rasgos, se volvió fríamente y le lanzó una mirada al general rebelde. “¡Soy yo![7] —gritó el hombre—. No seas tan tonto, hijo de puta”.

El general quedó boquiabierto. Bajó su lanza y dejó pasar al jinete.

Y así fue como Simón Bolívar cabalgó hacia Santa Fe de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, en la sofocante tarde[8] del 10 de agosto de 1819. Había pasado treinta y seis días recorriendo las llanuras inundadas de Venezuela y seis días marchando sobre las vertiginosas nieves de los Andes. Para el momento en que alcanzó el gélido paso, a tres mil novecientos metros, llamado páramo de Pisba, sus hombres a duras penas estaban vivos, iban mal vestidos[9] y se daban palmadas para recuperar su deficiente circulación. Había perdido a un tercio[10] de ellos a causa de las heladas o el hambre, la mayor parte de sus armas debido al óxido y hasta el último caballo por la hipotermia. Aun así, a medida que él y sus desaliñadas tropas bajaban tambaleándose por los peñascos, deteniéndose en los pueblos del camino, había reunido suficientes nuevos reclutas y provisiones para obtener una victoria contundente que, con el tiempo, vincularía su nombre a los de Napoleón y Aníbal. A medida que las noticias de su triunfo se propagaban, las esperanzas de los rebeldes se aceleraron y los españoles sintieron una fría punzada de miedo.

La capital del virreinato fue la primera en reaccionar. Al enterarse del avance de Bolívar, los agentes de la Corona abandonaron sus casas[11], posesiones y negocios. Familias enteras huyeron con poco más que las ropas que llevaban puestas. Maza y sus compañeros escucharon las ensordecedoras detonaciones[12] cuando los soldados españoles destruyeron sus arsenales y huyeron hacia los cerros. Incluso el cruel y malhumorado virrey, Juan José de Sámano, disfrazado de humilde indígena con una ruana y un sombrero sucio, abandonó la ciudad presa del pánico. Sabía que la venganza de Bolívar sería rápida y severa. “¡Guerra a muerte!”, había sido la consigna del Libertador; después de una batalla había exigido la ejecución a sangre fría[13] de ochocientos españoles. Sámano entendió que él también había sido despiadado[14] al ordenar la tortura y exterminio de miles de hombres a nombre del trono español. Desde luego, las represalias seguirían. Los partidarios del rey salieron de Santa Fe, como se llamaba Bogotá en ese entonces, inundando los caminos que conducían al sur, vaciando a Santa Fe hasta que sus calles quedaron en un espantoso silencio y los únicos residentes que quedaban estaban del lado de la independencia. Cuando Bolívar supo esto, saltó sobre su caballo, ordenó a sus edecanes que lo siguieran y avanzó prácticamente solo[15] hacia el palacio virreinal.

Aunque Maza había combatido al lado del Libertador años atrás, ahora difícilmente reconocía al hombre que pasaba frente a él. Estaba demacrado, sin camisa[16], con el pecho desnudo bajo una harapienta chaqueta azul. Debajo de la gastada gorra de cuero, la cabellera era larga y gris. La piel estaba áspera por el viento y bronceada por el sol. Los pantalones, antes de un escarlata oscuro, se habían desteñido a rosa mate; la capa, que le servía de cama, estaba manchada por el tiempo y el barro.

Tenía treinta y seis años y, aunque la enfermedad que le quitaría la vida ya circulaba por sus venas, parecía animado y fuerte, lleno de una energía ilimitada. Mientras atravesaba Santa Fe y bajaba por la Calle Real, una anciana corrió hacia él. “¡Dios me lo bendiga, fantasma!”[17], dijo, percibiendo —a pesar del aspecto desaliñado del Libertador— su singular grandeza. Casa por casa otros se arriesgaron a salir, primero tímidamente y luego en una creciente masa humana que lo siguió hasta la plaza. Desmontó con un ágil movimiento[18] y subió los escalones del palacio.

A pesar de su menguado físico —un metro con sesenta y siete[19] y apenas 59 kilos—, el hombre poseía una innegable intensidad. Sus ojos eran de un negro penetrante y su mirada inquietaba. La frente era profundamente arrugada, los pómulos altos, los dientes uniformes y blancos; la sonrisa, sorprendente y radiante. Los retratos oficiales presentan a un hombre menos imponente: pecho magro, piernas increíblemente delgadas, manos tan pequeñas y hermosas como las de una mujer. Pero cuando Bolívar entraba a una habitación su poder era palpable. Cuando hablaba, su voz motivaba. Tenía un magnetismo que parecía empequeñecer a los hombres más recios.

Disfrutaba de la buena cocina, pero podía aguantar días, incluso semanas de hambre severa. Pasaba jornadas agotadoras a lomos de su caballo: su resistencia como jinete era legendaria. Incluso los llaneros, domadores de caballos de las recias llanuras venezolanas, lo llamaban con admiración “Culo de Hierro”. Como ellos, prefería pasar las noches en una hamaca o envuelto en su capa sobre el suelo desnudo. Pero se sentía igualmente cómodo en un salón de baile o en la ópera. Era un soberbio bailarín de conversación ingeniosa, un cultivado hombre de mundo que había leído mucho y podía citar a Rousseau en francés y a Julio César en latín. Viudo y con juramento de soltería, también era un mujeriego insaciable.

Cuando Bolívar subió las escaleras del palacio virreinal en el bochorno de aquel día de agosto, su nombre ya se conocía en todo el mundo. En Washington, John Quincy Adams y James Monroe no lograban decidir si su incipiente nación, fundada en los principios de autonomía y libertad, debía apoyar la lucha de Bolívar por la independencia. En Londres, curtidos veteranos de la guerra de Inglaterra contra Napoleón se enrolaron para luchar por la causa de Bolívar. En Italia el poeta lord Byron puso a su bote el nombre de Bolívar y soñaba emigrar a Venezuela con su hija. Pero faltaban cinco años más de carnicería para expulsar a España de las costas latinoamericanas. Al final de aquella guerra salvaje y humillante, un solo hombre recibiría el crédito por concebir, organizar y liderar solo la liberación de seis naciones: una población un cincuenta por ciento mayor[20] que la de América del Norte, una masa del tamaño de la Europa moderna. Los obstáculos que superó —una formidable potencia mundial consolidada, vastas áreas de naturaleza inexplorada, las lealtades divididas de muchos pueblos— habrían desanimado a los generales más hábiles al mando de los ejércitos más poderosos. Pero Bolívar nunca había sido soldado. No había recibido entrenamiento militar formal. Sin embargo, con poco más que voluntad y genio de líder, liberó a gran parte de la América española y sembró el sueño de un continente unificado.

A pesar de todo esto era un hombre muy imperfecto. Podía ser impulsivo, testarudo, lleno de contradicciones. Hablaba con elocuencia sobre la justicia pero no siempre fue capaz de impartirla en el caos de la revolución. Su vida sentimental encontraba la manera de desbordarse al dominio público. Tenía problemas para aceptar las críticas y le faltaba paciencia en las discrepancias. Era particularmente incapaz de perder con elegancia en las cartas. No sorprende que a lo largo de los años los latinoamericanos hayan aprendido a aceptar las imperfecciones humanas de sus líderes. Bolívar se lo enseñó.

Al crecer la fama de Bolívar, se le conoció como el George Washington de América del Sur[21]. Había buenas razones para ello: ambos provenían de familias adineradas e influyentes; ambos eran ardientes defensores de la libertad; ambos fueron héroes de guerra, pero aprensivos para dirigir la paz; ambos se negaron a convertirse en reyes; ambos afirmaron que querían regresar a la vida privada pero se les llamó a edificar gobiernos. A ambos se les acusó de ambición desmedida.

Allí terminan las semejanzas. La acción militar de Bolívar duró el doble de la de Washington. El territorio que cubrió era siete veces más grande y abarcaba una asombrosa diversidad geográfica: desde selvas infestadas de caimanes hasta los confines nevados de los Andes. Además, a diferencia de la guerra de Washington, Bolívar no habría podido ganar sin la ayuda de las tropas negras e indígenas. Su éxito para unir a todas las razas alrededor de la causa patriota fue el punto de inflexión en la guerra por la independencia. Es justo decir que dirigió tanto una revolución como una guerra civil.

Pero quizás lo que más distingue a estos hombres puede verse con mayor claridad en su obra escrita. Las palabras de Washington fueron medidas, eminentes, dignas, producto de una mente cautelosa y deliberada. Los discursos y la correspondencia de Bolívar, por el contrario, fueron ardientes y apasionados, y representan algunos de los mejores escritos de las letras latinoamericanas. Aunque casi siempre escribió con premura —en los campos de batalla y por los caminos—, su prosa es lírica y a la vez majestuosa, inteligente pero históricamente fundamentada, electrizante pero profundamente sabia. No es exagerado decir que la revolución de Bolívar cambió el idioma español, pues sus palabras marcaron el comienzo de una nueva era literaria. El viejo y polvoriento castellano de la época, con sus florituras y sus engorrosas locuciones, en su notable voz y pluma se convirtió íntegramente en otra lengua: imperiosa, vibrante y joven.

Hay otro contraste importante: a diferencia de la gloria de Washington, la de Bolívar no duró hasta la tumba. Con el tiempo, la política en los países que Bolívar creó se volvió cada vez más inmanejable, sus detractores cada vez más vehementes. Finalmente llegó a creer que los latinoamericanos no estaban preparados para un gobierno verdaderamente democrático: abyectos, ignorantes, recelosos, no comprendían cómo gobernarse a sí mismos, habiéndoles arrebatado sistemáticamente esa experiencia sus opresores españoles. Lo que necesitaban, según él, era la mano dura de un ejecutor estricto. Empezó a tomar decisiones unilaterales. Impuso un dictador en Venezuela y le anunció a Bolivia que tendría un presidente vitalicio.

Cuando tenía cuarenta y un años, los funcionarios de cada república que había liberado y fundado empezaron a dudar de su sabiduría. Sus asistentes —celosos y desconfiados de su extraordinario poder— declararon que ya no apoyaban su sueño de una América Latina unificada. Surgieron los regionalismos, siguieron las disputas fronterizas, las guerras civiles y, en los propios salones de Bolívar, las traiciones de capa y espada. Al final, vencido, no tuvo más remedio que renunciar al mando. Su cuadragésimo séptimo —y último— año terminó en la pobreza, la enfermedad y el exilio. Luego de entregar la totalidad de su fortuna personal a la revolución, murió pobre y devastado. Pocos héroes en la historia han recibido tanto honor, tanto poder y tanta ingratitud.

Pero en la tarde del 10 de agosto de 1819, mientras se hallaba junto al espléndido escritorio virreinal en el palacio de Santa Fe de Bogotá, las posibilidades de la América de Bolívar no tenían límites. El déspota español había salido tan de prisa de la habitación que había olvidado llevarse la bolsa[22] de oro que estaba sobre la mesa. De hecho, cuando Bolívar reclamó la reserva en pesos[23] que quedaba en la hacienda del virreinato, comprendió que la suerte estaba a su favor: su revolución estaba en pie para heredar todas las riquezas abandonadas de un imperio en decadencia. También heredaba un torbellino de caos político y social. En el término de unos pocos años, el yugo español de tres siglos impuesto sobre las Américas se había roto y comenzaba el viaje realmente difícil hacia la libertad.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA DE SIMÓN BOLÍVAR había comenzado en 1783, un año plagado de acontecimientos. En un edificio, por lo demás anodino, de París, Benjamín Franklin y John Adams firmaban con el rey de Inglaterra un tratado que ponía fin a la revolución estadounidense. En el espléndido palacio de Versalles, la emocionalmente frágil María Antonieta perdía al ansiado hijo que había llevado en su vientre. En una austera academia militar del noreste de Francia, el entonces adolescente Napoleón desarrollaba gran interés por los juegos de guerra. En la antigua ciudad de Cuzco, el primo de Túpac Amaru II lideraba una violenta insurrección contra los españoles, por lo que fue torturado, asesinado y desmembrado. En un establecimiento de bebidas en Manhattan, George Washington daba por terminado su mando del ejército continental y se despedía calurosamente de sus oficiales.

Pero en la cálida ciudad de Caracas, aislada de las vicisitudes del Caribe por una cadena de verdes montañas, la vida era soñolienta. El 24 de julio de 1783, mientras el amanecer inundaba las ventanas de la majestuosa mansión de la familia Bolívar en el centro de la ciudad, el único sonido era el sereno goteo[24] del agua para beber filtrándose a través de la roca hacia una jarra en la despensa. Poco después cantaba el gallo, relinchaban los caballos y toda la casa, llena de niños y esclavos, estallaba en vivo alboroto mientras doña María de la Concepción Palacios y Blanco comenzaba a dar a luz.

Era una hermosa morena de cabello ondulado, cuya voluntad y fortaleza contradecían sus veintitrés años. Se había casado a los catorce con el coronel don Juan Vicente de Bolívar, un mozo rubio, alto y dueño de sí mismo, treinta y dos años mayor, cuyas depredadoras aventuras sexuales[25] lo habían llevado a menudo ante el obispo de Caracas[26]. Tanto él como ella habían aportado largas tradiciones de riqueza y poder al matrimonio: su elegante mansión en la calle San Jacinto y las extensas propiedades que habían heredado a lo largo de los años daban la medida de su posición en un mundo privilegiado. Aquel día de verano, mientras esperaban el nacimiento de su cuarto hijo, eran dueños de no menos de doce casas en Caracas y el puerto de La Guaira, una hacienda en expansión en el valle de Aragua, una mina de cobre, cultivos de caña de azúcar, huertos frutales, una destilería de ron, un negocio textil, plantaciones de cacao y añil, así como haciendas de ganado y cientos de esclavos. Estaban entre las familias más prósperas de Venezuela.

Según la costumbre latinoamericana, en un ritual que se remonta a quinientos años atrás, más tardó en conocerse la noticia de que doña Concepción estaba en trabajo de parto (el mensaje corrió de los sirvientes a los vecinos), que los amigos en reunirse en el salón de la casa[27] para esperar el nacimiento. A la hora en que nació el niño esa misma noche, una multitud festiva de simpatizantes brindaba por su salud: entre ellos se encontraban el obispo, el juez, los patriarcas de las familias de Caracas vestidos de terciopelo y un rico sacerdote que bautizaría al niño y en cuestión de meses le dejaría una fortuna. Se hallaban en la gran sala con los codos apoyados en pesados cofres y mesas de caoba tallada[28]. Las sillas estaban recubiertas de tapicería oscura; a los espejos les pesaba la decoración, las cortinas de damasco eran de color púrpura intenso y brillante y estaban coronadas con cornisas de oro bruñido. Los sirvientes ofrecían refrigerios en bandejas y bajo los brillantes candelabros la conversación era jovial y alegre. Uno a uno, los miembros de la familia entraron a la habitación contigua a la sala de estar[29], donde vieron a la pálida madre adornada con encaje blanco, sentada en la cama bajo un dosel de brocado. Junto a ella, en una cuna lujosa, dormía el niño.

Aunque anteriormente había tenido tres hijos sanos —María Antonia, quien entonces tenía seis años; Juana, de cinco, y Juan Vicente, de dos—, doña Concepción era consciente de que estaba enferma[30]. Tan pronto como le contó a don Juan Vicente sobre su embarazo, este ordenó que una de sus preciadas esclavas[31] se casara, concibiera y diera a luz a un niño casi al mismo tiempo, para que relevara a su esposa de la responsabilidad de amamantar al recién nacido. Era una práctica bastante común en la época. La esclava negra, Hipólita, demostraría ser una devota cuidadora cuyas tiernas atenciones el niño luego recordaría vívidamente e incluso glorificaría, pero el 24 de julio aún no había dado a luz y no tenía leche que ofrecerle al hijo de su amo. Durante las primeras semanas de la vida de la criatura, doña Concepción tuvo que depender de una de sus amigas más cercanas, Inés Mancebo —la esposa cubana[32] de Fernando de Miyares, quien luego se convertiría en gobernador general de Venezuela— para amamantar al niño. Frágil pero decidida, doña Concepción sobrellevaba su situación de la mejor manera. Todavía no tenía la piel amarilla y cerosa que delata a las víctimas de la tuberculosis. El pequeño círculo de íntimos que se reunía en su dormitorio confiaba en que la madre y el niño saldrían adelante.

Aunque los vivaces ojos azules de don Juan Vicente[33] brillaban mientras conversaba con amigos y familiares en el salón, tenían la misma mirada febril que su esposa. La tisis, ya se sabía, era frecuente en el mundo de aquella época, pero en pocas partes cundía tanto como en los sofocantes trópicos suramericanos. El coronel se acercaba a los sesenta pero parecía mucho mayor[34]; sin embargo, cuando el sacerdote le preguntó qué nombre quería darle a su hijo, respondió con energía juvenil[35]. “Simón”, dijo, y señaló la imagen del hombre cuyo rostro audaz y confiado dominaba la habitación.

EL RETRATO DE ELABORADO MARCO DORADO[36] sobre el sofá de don Juan Vicente era de Simón de Bolívar, “el Viejo” quien, casi dos siglos antes, había sido el primer Bolívar en emigrar de España. El Viejo no era ni mucho menos el primero de los antepasados del Libertador en alcanzar el Nuevo Mundo. Por parte de doña Concepción, el recién nacido también descendía de los poderosos Xedler[37], una familia de nobles alemanes que se habían establecido en Almagro, España, y habían adquirido intereses en las Américas. En 1528, Carlos V le había otorgado a un selecto grupo de banqueros alemanes el derecho a conquistar y explotar la costa norte de América del Sur. Su llegada marcó el inicio de una era despiadada, dominada por la búsqueda incesante de riquezas y, especialmente, del legendario Dorado, la “ciudad perdida del oro”. Otro de los parientes lejanos de la familia, Lope de Aguirre —el infame conquistador vasco conocido como el Loco—, había sembrado un caos asesino por todo el continente en pos de las mismas quimeras deslumbrantes.

Pero Simón de Bolívar, vasco de la ciudad de Marquina, había venido en una misión muy diferente. Llegó a Santo Domingo[38] en la década de 1560 como miembro del servicio civil real de España, cuyo propósito expreso durante esos años era imponer alguna disciplina a la salvaje bonanza en que se había convertido la América española. Santo Domingo era la capital de la isla caribeña de La Española, hoy en día Haití y República Dominicana. Como primera sede del gobierno colonial en las Américas, Santo Domingo fue durante ese período el área de preparación de una nueva y temeraria iniciativa para domesticar la ingobernable costa de Venezuela, donde tribus de indígenas hostiles y piratas rapaces arruinaban los esfuerzos de colonización de España. Con ese propósito, en 1588, el rey Felipe II otorgó al gobernador de la isla, Diego Osorio, la responsabilidad adicional de gobernar la provincia de Venezuela. Osorio decidió llevar a De Bolívar, para entonces su ayudante y escriba de confianza, a Caracas, con el fin de satisfacer los deseos del rey. Acompañado por su esposa y su hijo, De Bolívar se instaló generosamente en la incipiente ciudad y adquirió enormes extensiones de tierra mientras hacía lo que el gobernador le había ordenado.

Bajo los patrocinios de Osorio, De Bolívar se convirtió en regente y procurador de Caracas y contador general de Venezuela, y en virtud de dichos cargos navegó a España para informar sobre el estado de la “Tierra Firma”, como se conocía en ese entonces a América del Sur, al propio rey Felipe II. De Bolívar resultó ser un líder con bastante conciencia cívica. Introdujo proyectos agrícolas a gran escala[39] —hasta entonces desconocidos en esa zona de América del Sur— y, con la colaboración de la Iglesia, estableció un sistema de educación pública. Con Osorio concibió y construyó el puerto de La Guaira[40], lo que catapultaría increíblemente hacia el futuro la prosperidad de Venezuela. En 1592 ayudó a fundar el seminario que finalmente se convirtió en la Universidad de Caracas. De Bolívar construyó haciendas y creó nuevas fuentes de comercio; le dio a la ciudad su primer escudo de armas. También reglamentó el envío anual de mercancías entre España y el puerto de La Guaira, incluso el transporte de cien toneladas de esclavos negros del África. De esta manera, el primer Bolívar de América entró en la agitada historia del continente, no como aventurero o colono sino como emisario de alto rango de la Corona española.

Sin embargo, junto a este avance de la historia estaba el fortalecimiento constante de una jerarquía racial que definiría a América del Sur en la era moderna. Comenzó cuando los hombres de Cristóbal Colón desembarcaron en La Española y les impusieron su voluntad a los taínos. Al principio la reina Isabel y la Iglesia[41] censuraron la captura y masacre de los indígenas. Los hombres de Colón habían cometido atrocidades horrendas, quemado y destruido las aldeas de tribus enteras, secuestrado a los nativos para convertirlos en esclavos, desatado plagas mortales de sífilis y viruela entre la población.

Los sacerdotes que acompañaron las “misiones civilizadoras” de la Corona insistieron en registrarlo todo. Como resultado, el Estado intentó adoptar una postura firme contra cualquier tipo de violencia institucionalizada. Introdujo el sistema de encomiendas, por el cual se les asignó a los soldados españoles lotes de indígenas y, a cambio de la tarea de instruirlos en la fe cristiana[42], se les daba el derecho de ponerlos a trabajar en la tierra o en las minas. Los soldados a menudo eran duros y corruptos: mataban a los nativos que no cumplían con sus brutales exigencias por lo que, finalmente, el sistema de encomiendas tuvo que abolirse. Pero la idea de animar a los soldados a trabajar la tierra en lugar de vivir del saqueo abrió el camino a una nueva era de vida dedicada a las plantaciones.

En todo momento el Estado tuvo dificultades para hacer cumplir las leyes que prohibían la esclavitud. Incluso la reina tuvo que aceptar que, sin el uso de la fuerza física, los indígenas se negarían a trabajar y las minas, tan necesarias para la economía de España, dejarían de funcionar. No podía haber oro, ni plata, ni azúcar sin la subyugación sistemática de los indígenas americanos. En 1503, apenas una década después de que Colón pisara América, la reina se retractó de su desaprobación inicial de la esclavitud y decretó:

En la medida en que mi Señor el Rey y yo hemos ordenado que los indígenas que viven en la isla de La Española sean considerados libres y no sujetos a la esclavitud (…) le ordeno, nuestro gobernador (…) obligar a los indígenas a cooperar con los colonos cristianos en dicha isla, a trabajar en sus edificios, a extraer y recolectar oro y otros metales, y a trabajar en sus casas y campos de cultivo.[43]

En otras palabras, matar era un pecado cristiano y no se toleraría el genocidio, pero “forzar” a los rebeldes nativos era un mal necesario. Los colonizadores españoles entendieron la aprobación tácita. A pesar de la condena oficial de la esclavitud, el Estado había admitido que haría la vista gorda. Los indígenas continuaron siendo una mercancía para ser poseída y comercializada. Y aunque los marineros españoles y las mujeres indígenas se habían mezclado libremente desde el principio, se estableció una psicología de superioridad e inferioridad. Lo mejor era ser español —y lo peor ser indígena— en el Nuevo Mundo creado por Europa.

El fraile dominico Bartolomé de las Casas se mostró en desacuerdo con todo esto, especialmente con la inconsistencia moral sobre los esclavos. Antiguo propietario de esclavos que había sufrido una dramática conversión, lo enfurecieron las brutalidades que los españoles habían cometido con el pueblo taíno y los cargamentos de esclavos indígenas que Colón transportaba regularmente a España. “Los esclavos son la principal fuente de ingresos del Almirante”, escribió De las Casas sobre el descubridor[44]. Finalmente, en un exaltado reclamo a Carlos V, alegó que la barbarie institucionalizada había diezmado cruelmente a la población indígena: “Los españoles aun actúan como bestias voraces, matan, aterrorizan, afligen, torturan y destruyen a los pueblos nativos”.[45] En La Española habían reducido tres millones de personas a “una población de apenas doscientas”;[46] en la parte continental de América del Sur habían robado más de un millón de castellanos de oro[47] y habían matado a unas ochocientas mil almas. Una “profunda y terrible tragedia americana —la llamó él—, ahogada en sangre indígena y violencia”.[48] Para mitigar el daño —para evitar el agotamiento de estos “nativos humildes, pacientes y pacíficos”[49]—, abogó por que España comenzara la importación de esclavos africanos.

De las Casas se dio cuenta con el tiempo de la hipocresía de esa propuesta, pero no antes de que las colonias se transformaran en un comercio vivaz. Para la época en que Simón de Bolívar había convertido a sus hijos y nietos sin duda en los más ricos aristócratas terratenientes de Caracas, había diez mil esclavos africanos trabajando en los campos y plantaciones de Venezuela.[50] Los indígenas, menos capaces de trabajar al sol y fácilmente afectados por los golpes de calor, fueron enviados a trabajar en las minas.

Tan pronto como la Corona pudo imponer cierta apariencia de control, impuso estrictas divisiones entre las razas. Se puso en marcha un implacable sistema de dominancia racial. En la cúspide estaban los supervisores nombrados por la Corona, nacidos en España, como Simón de Bolívar; debajo de ellos, los criollos —blancos nacidos en las colonias—, como el propio hijo de Bolívar. Después venían los pardos, población de mezcla racial en constante crecimiento que era mestiza, en parte blanca, en parte indígena; o los mulatos, mezcla de blancos y negros; o los zambos, combinación de negros e indígenas. Como en la mayoría de las sociedades de esclavos, las etiquetas se diseñaron para todos los colores de piel posibles: cuarterones, quinterones, octarones, moriscos, coyotes, chamizos, jíbaros, y así sucesivamente. Para cada nacimiento la Iglesia registraría meticulosamente la raza, ya que había ramificaciones concretas para el color de la piel de un niño. Si era indígena estaría sujeto al tributo español, un impuesto que aplicaba la Corona; si no podía pagar, se vería obligado a saldar su deuda mediante trabajos forzados. Los indígenas también estaban sujetos a la mita, período de trabajo obligatorio en las minas o los campos. Muchos de ellos no sobrevivieron. Encadenados, agrupados en bandas[51], separados de sus familias, a quienes servían la mita a menudo se les enviaba muy lejos para satisfacer las exigencias del virrey.

También se obligaba a los indígenas a comprar bienes según las leyes de repartimiento. Los gobernadores les vendían alimentos y suministros, esperando a cambio que les pagaran con oro o plata. A menudo el resultado era un infame tráfico de mulas enfermas, alimentos en mal estado o productos defectuosos vendidos al doble o al triple del precio normal. A veces estos artículos eran absolutamente inútiles: se obligaba a los hombres indígenas, que no tenían vello facial,[52] a comprar navajas de afeitar. Se obligaba a mujeres que vestían paños tribales a comprar medias de seda. Las ganancias se recolectaban y enviaban a las arcas reales de Madrid.

Para los negros, la vida en la América española era igualmente cruel. Separados de su familia, su país, su idioma, fueron traídos como pescadores, buzos de perlas, trabajadores de cultivos de cacao y de azúcar. Eran bantúes de Angola y del Congo, o mandingas de la Costa de Oro. En el transcurso de poco más de doscientos años, los portugueses, españoles e ingleses vendieron aproximadamente un millón de esclavos en Suramérica. Despreciados en general como el peldaño más bajo de la jerarquía humana, dejaron una huella indeleble en la cultura. Se abrieron paso desde el trabajo manual agrícola hasta convertirse en los artesanos más expertos, de esclavas domé

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