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ARMAS, GéRMENES Y ACERO

Jared Diamond  

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Fragmento

Prólogo

La pregunta de Yali

Todos sabemos que el curso de la historia ha sido muy diferente para los pueblos de las distintas regiones del planeta. En los 13.000 años transcurridos desde el fin del último período glacial, unas partes del mundo han desarrollado sociedades industriales alfabetizadas y poseedoras de útiles de metal, otras solo han desarrollado sociedades agrícolas no alfabetizadas, y otras han seguido albergando sociedades de cazadores-recolectores equipados con útiles de piedra. Estas desigualdades históricas han proyectado largas sombras sobre el mundo moderno, porque las sociedades alfabetizadas que disponían de útiles de metal han conquistado o exterminado a las otras sociedades. Aunque estas diferencias constituyen el hecho más fundamental de la historia universal, las razones que las explican siguen siendo inciertas y controvertidas. Esta desconcertante cuestión de sus orígenes me fue planteada hace veinticinco años de una forma sencilla y personal.

En julio de 1972, caminaba yo por una playa de la isla tropical de Nueva Guinea, donde en mi condición de biólogo estudiaba, y estudio, la evolución de las aves. Me habían hablado ya de un excepcional político local llamado Yali, que por aquellas fechas efectuaba una gira por el distrito. Dio la casualidad de que Yali y yo paseásemos en la misma dirección aquel día, hasta que él me alcanzó. Caminamos juntos durante una hora sin dejar de hablar en ningún momento.

Yali rebosaba carisma y energía. Sus ojos emitían un destello fascinante. Habló con seguridad acerca de sí mismo, pero también hizo innumerables e incisivas preguntas y escuchó atentamente. Nuestra conversación comenzó con un tema que estaba por aquel entonces en la mente de todos los habitantes de Nueva Guinea: el rápido ritmo de los acontecimientos políticos. Papúa Nueva Guinea, que es como hoy se llama la nación de Yali, estaba aún en aquellas fechas bajo la administración de Australia por mandato de las Naciones Unidas, pero la independencia flotaba en el ambiente. Yali me explicó su papel en la preparación de la población local para el autogobierno.

Al cabo de un rato, Yali cambió de conversación y comenzó a hacerme innumerables preguntas. Nunca había salido de Nueva Guinea y su nivel educativo no había pasado de la escuela secundaria, pero su curiosidad era insaciable. Primero quiso saber cosas de mi trabajo sobre las aves de Nueva Guinea (entre otras, cuánto me pagaban por desempeñarlo). Le expliqué cómo diferentes grupos de aves habían colonizado Nueva Guinea en el transcurso de millones de años. Me preguntó después cómo habían llegado a Nueva Guinea los antepasados de su pueblo en las últimas decenas de miles de años, y cómo los europeos blancos habían colonizado Nueva Guinea en los últimos doscientos años.

La conversación mantuvo un tono cordial, aunque ambos éramos conscientes de la tensión existente entre las dos sociedades que representábamos. Hace dos siglos, todos los pobladores de Nueva Guinea seguían viviendo en la Edad de Piedra. Es decir, usaban herramientas de piedra semejantes a las sustituidas en Europa por los útiles de metal hace miles de años, y habitaban en aldeas no organizadas bajo alguna autoridad política centralizadora. Los blancos llegaron, impusieron el gobierno centralizado y aportaron bienes materiales cuyo valor fue reconocido de inmediato por los neoguineanos, desde hachas de acero, cerillas y medicinas, hasta vestidos, bebidas no alcohólicas y paraguas. En Nueva Guinea todos estos artículos recibieron colectivamente el nombre de «cargamento».

Muchos colonizadores blancos desdeñaron abiertamente a los pobladores de Nueva Guinea por considerarlos «primitivos». Incluso el menos capaz de los «señores» blancos de Nueva Guinea, como se les seguía llamando en 1972, disfrutaba de un nivel de vida muy superior al de los nativos de Nueva Guinea, más alto incluso que el de políticos carismáticos como Yali. Pero Yali había hecho preguntas a muchos blancos como ahora me interrogaba a mí, y yo se las había formulado a muchos neoguineanos. Yali y yo sabíamos perfectamente que los neoguineanos son por término medio tan inteligentes al menos como los europeos. Estas cosas debían de estar presentes en la mente de Yali cuando, con otra mirada penetrante de sus ojos relampagueantes, me preguntó: «¿Por qué vosotros, los blancos, desarrollasteis tanto cargamento y lo trajisteis a Nueva Guinea, pero nosotros, los negros, teníamos tan poco cargamento propio?».

Era una pregunta sencilla que apuntaba al centro de la vida tal como Yali la experimentaba. Sí, seguía habiendo una enorme diferencia entre la forma de vida del neoguineano medio y la del europeo o estadounidense medio. Diferencias comparables separan también las formas de vida de otros pueblos del mundo. Esas enormes disparidades deben de tener causas poderosas que cabría suponer obvias.

Pero resulta difícil responder a la pregunta aparentemente sencilla de Yali. No tuve una respuesta que ofrecerle entonces. Los historiadores profesionales continúan discrepando acerca de la solución; la mayoría ni siquiera formulan ya la pregunta. En los años transcurridos desde que Yali y yo mantuvimos aquella conversación, he estudiado y escrito sobre otros aspectos de la evolución, la historia y el lenguaje humanos. Este libro, escrito veinticinco años después, intenta responder a Yali.

Aunque la pregunta de Yali se refería solo a las diferentes formas de vida de los neoguineanos y los blancos europeos, puede extenderse a un conjunto más amplio de contrastes en el mundo moderno. Los pueblos de origen euroasiático, especialmente los que continúan viviendo en Europa y Asia oriental, además de los trasplantados a América del Norte, dominan el mundo moderno en lo relativo a riqueza y poder. Otros pueblos, incluidos la mayoría de los africanos, se han desprendido de la dominación colonial europea pero continúan muy rezagados en lo que se refiere a riqueza y poder. Otros pueblos, como los habitantes autóctonos de Australia, América y el extremo meridional de África, han dejado de ser dueños incluso de sus propias tierras pero han sido diezmados, sometidos y, en algunos casos, exterminados por los colonizadores europeos.

Así pues, la pregunta sobre la desigualdad en el mundo moderno puede reformularse del modo siguiente: ¿por qué la riqueza y el poder se distribuyeron como lo están ahora, y no de otra manera?; por ejemplo, ¿por qué los indígenas americanos y africanos y los aborígenes australianos no fueron quienes diezmaron, sometieron y exterminaron a los europeos y los asiáticos?

Podemos llevar fácilmente esta pregunta un paso más atrás. Hacia 1500, al iniciarse la expansión colonial europea por el mundo, los pueblos de los distintos continentes presentaban ya grandes diferencias en cuanto a tecnología y organización política. Gran parte de Europa, Asia y el norte de África albergaban estados o imperios que poseían metales, algunos de ellos en el umbral de la industrialización. Dos pueblos indígenas americanos, los aztecas y los incas, gobernaban imperios que disponían de útiles de piedra. Algunas partes del África subsahariana estaban divididas en pequeños estados o jefaturas equipadas con útiles de hierro. La mayoría de los pueblos restantes —incluidos los de Australia y Nueva Guinea, muchas islas del Pacífico, gran parte de América y zonas reducidas del África subsahariana— vivían en tribus agrícolas o incluso en hordas de cazadores-recolectores que utilizaban herramientas de piedra.

Naturalmente, estas diferencias tecnológicas y políticas existentes hacia 1500 fueron la causa inmediata de las desigualdades del mundo moderno. Los imperios que disponían de armas de acero pudieron conquistar o exterminar a las tribus que tenían armas de piedra y madera. ¿Cómo, sin embargo, llegó el mundo a ser como era en 1500?

Una vez más, podemos llevar fácilmente esta cuestión un paso más atrás, recurriendo a historias escritas y descubrimientos arqueológicos. Hasta el final del último período glacial, hacia 11000 a. C., todos los pueblos de todos los continentes eran aún cazadores-recolectores. Los diferentes ritmos de desarrollo en distintos continentes, desde 11000 a. C. hasta 1500, fueron los que condujeron a las desigualdades tecnológicas y políticas de 1500. Mientras que los aborígenes australianos y muchos indígenas americanos seguían siendo cazadores-recolectores, la mayor parte de Eurasia y gran parte de América y el África subsahariana desarrollaron gradualmente la agricultura, la ganadería, la metalurgia y organizaciones políticas complejas. Algunas regiones de Eurasia y una zona de América también desarrollaron independientemente la escritura. Sin embargo, cada uno de estos nuevos avances apareció antes en Eurasia que en otros continentes. Por ejemplo, la producción masiva de utensilios de bronce, que apenas comenzaba en los Andes sudamericanos en los siglos anteriores a 1500, se había consolidado ya en algunas zonas de Eurasia a partir de más de cuatro mil años antes. La tecnología de la piedra de los tasmanos, cuando estos tuvieron su primer contacto con exploradores europeos en 1642, era más sencilla que la dominante en algunas zonas de la Europa del Paleolítico Superior, decenas de miles de años atrás.

Así pues, podemos reformular finalmente la pregunta sobre las desigualdades del mundo moderno del modo siguiente: ¿por qué el desarrollo humano se produjo a ritmos tan diferentes en los distintos continentes? Estos ritmos distintos constituyen la pauta más amplia de la historia y el tema objeto de este libro.

Aunque esta obra trata, pues, en última instancia de la historia y la prehistoria, su tema no es de interés únicamente académico, sino también de inmensa importancia práctica y política. La historia de las interacciones entre pueblos distintos es lo que configuró el mundo moderno mediante la conquista, las epidemias y el genocidio. Estas colisiones crearon reverberaciones que no se han apagado todavía al cabo de muchos siglos, y que continúan activamente en algunas de las zonas más turbulentas del mundo en nuestros días.

Por ejemplo, gran parte de África continúa luchando con su legado del colonialismo reciente. En otras regiones —entre ellas gran parte de América Central, México, Perú, Nueva Caledonia, la antigua Unión Soviética y algunas zonas de Indonesia—, los disturbios civiles o las guerras de guerrillas enfrentan a las aún numerosas poblaciones indígenas con gobiernos dominados por descendientes de los conquistadores invasores. Muchas otras poblaciones indígenas —como las de Hawai, los aborígenes australianos, los indígenas siberianos y los indios de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina y Chile— quedaron tan reducidas en número por el genocidio y las enfermedades que actualmente son superadas abrumadoramente en número por los descendientes de los invasores. Aunque son incapaces, por tanto, de emprender una guerra civil, están afirmando gradualmente sus derechos.

Además de estas reverberaciones políticas y económicas actuales de las colisiones del pasado entre los pueblos, hay reverberaciones lingüísticas actuales entre los pueblos, en particular la inminente desaparición de la mayoría de las 6.000 lenguas que sobreviven en el mundo moderno, que están siendo sustituidas por el inglés, el chino, el ruso y algunas otras lenguas cuyo número de hablantes ha aumentado enormemente en los últimos siglos. Todos estos problemas del mundo moderno son resultado de las trayectorias históricas implícitas en la pregunta de Yali.

Antes de tratar de responder a la pregunta de Yali, deberíamos hacer una pausa para examinar algunas objeciones al hecho de considerarla. Algunas personas se ofenden ante el mero hecho de que se plantee la pregunta, y ello por varias razones.

Una de las objeciones es la siguiente. Si logramos explicar cómo algunas personas llegaron a dominar a otras personas, ¿no podría parecer que de este modo justificamos la dominación? ¿No parecería decirse que el resultado era inevitable, y que sería inútil, por tanto, tratar ahora de cambiar tal resultado? Esta objeción se basa en la tendencia habitual a confundir la explicación de las causas con la justificación o aceptación de los resultados. El uso que se hace de una explicación histórica es una cuestión independiente de la explicación propiamente dicha. La comprensión se utiliza con más frecuencia para tratar de alterar un resultado que para repetirlo o perpetuarlo. Por eso los psicólogos intentan comprender la mente de los asesinos y los violadores, por eso los historiadores sociales intentan comprender el genocidio, y también por eso los médicos intentan comprender las causas de las enfermedades humanas. Estos investigadores no intentan justificar el asesinato, la violación, el genocidio y la enfermedad. En cambio, intentan utilizar su comprensión de una cadena de causas para interrumpir la cadena.

En segundo lugar, ¿no implica el hecho de ocuparse de la pregunta de Yali un enfoque eurocéntrico de la historia, una glorificación de los europeos occidentales y una obsesión por la preeminencia de Europa occidental y la América europeizada en el mundo moderno? ¿No es esa preeminencia solo un fenómeno efímero de los últimos siglos, que ya está desapareciendo detrás de la preeminencia de Japón y el sudeste asiático? De hecho, la mayor parte de este libro se ocupará de pueblos distintos de los europeos. En vez de centrarnos exclusivamente en las interacciones entre los europeos y los no europeos, examinaremos también las interacciones entre diferentes pueblos no europeos, en particular las que tuvieron lugar en el África subsahariana, el sudeste de Asia, Indonesia y Nueva Guinea, entre los pueblos indígenas de esas zonas. Lejos de ensalzar a los pueblos de origen europeo occidental, veremos que la mayoría de los elementos básicos de su civilización fueron desarrollados por otros pueblos que vivían en otros lugares y después fueron importados por Europa occidental.

En tercer lugar, ¿no transmiten palabras como «civilización» y frases como «nacimiento de la civilización» la falsa impresión de que la civilización es buena, los cazadores-recolectores son miserables y la historia de los últimos 13.000 años ha supuesto progreso hacia una mayor felicidad humana? De hecho, no damos por supuesto que los estados industrializados sean «mejores» que las tribus de cazadores-recolectores, ni que el abandono de la forma de vida basada en la caza y la recolección por el estadio basado en el hierro represente un «progreso», ni que haya conducido a un aumento de la felicidad humana. Mi impresión, basada en haber dividido mi vida entre ciudades de Estados Unidos y aldeas de Nueva Guinea, es que las llamadas «bendiciones de la civilización» tienen sus pros y sus contras. Por ejemplo, en comparación con los cazadores-recolectores, los ciudadanos de los estados industrializados modernos disfrutan de una asistencia médica mejor, un riesgo menor de muerte por homicidio y una vida más larga, pero reciben mucho menos apoyo social de las amistades y las familias extensas. Mi motivación para investigar estas diferencias geográficas en las sociedades humanas no es celebrar un tipo de sociedad sobre otro, sino sencillamente comprender qué sucedió en la historia.

¿Necesita realmente la pregunta de Yali otro libro para ser respondida? ¿No conocemos ya la respuesta? Si es así, ¿cuál es?

Probablemente, la explicación más habitual supone, explícita o implícitamente, dar por sentadas diferencias biológicas entre los pueblos. En los siglos posteriores a 1500, mientras los exploradores europeos adquirían conciencia de las amplias diferencias existentes entre los pueblos del mundo en cuanto a tecnología y organización política, dieron por supuesto que esas diferencias tenían su origen en diferencias en la capacidad innata. Con la aparición de la teoría darwiniana, las explicaciones se reformularon en términos de selección natural y origen evolutivo. Los pueblos tecnológicamente primitivos fueron considerados vestigios evolutivos de ascendencia humana de antepasados siniestros. El desplazamiento de esos pueblos por colonizadores de sociedades industrializadas ilustraba la supervivencia de los más aptos. Con la posterior aparición de la genética, fue necesario reformular de nuevo las explicaciones, y esta vez en términos genéticos. Se consideró a los europeos genéticamente más inteligentes que los africanos, y sobre todo más inteligentes que los aborígenes australianos.

Hoy en día, algunos segmentos de la sociedad occidental repudian públicamente el racismo. Sin embargo, muchos occidentales (quizá la mayoría) continúan aceptando explicaciones racistas en privado o subconscientemente. En Japón y muchos otros países, esas explicaciones continúan exponiéndose públicamente y sin pedir disculpas. Incluso estadounidenses, europeos y australianos cultos, cuando se plantea el tema de los aborígenes australianos, suponen que los propios aborígenes tienen algo de primitivo. Es indudable que su aspecto es diferente del de los blancos. Muchos de los descendientes vivos de aquellos aborígenes que sobrevivieron a la época de la colonización europea tienen ahora dificultades para triunfar económicamente en una sociedad australiana blanca.

Un razonamiento aparentemente convincente es el siguiente. Los inmigrantes blancos que llegaron a Australia construyeron un Estado alfabetizado, industrializado, políticamente centralizado y democrático basado en las herramientas metálicas y la producción de alimentos,

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