Loading...

AQUELLOS AñOS DEL BOOM

Xaví Ayén  

0


Fragmento

1
La semilla

Aquellos años del boom

El día en que el boom llegó a mi ciudad yo todavía no había nacido. Un coche verde de alquiler conducido por un escritor colombiano de bigote fino y moreno entró por la carretera de Madrid una tarde de otoño de 1967. Tarareaba un vallenato y su mujer, Mercedes, en el asiento de al lado, miraba a través de la ventanilla mientras sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, armaban alboroto en la parte posterior. Viajaban con el deseo de huir de la fama recién adquirida en Argentina y una piel de caimán como amuleto.

Barcelona, mi ciudad, se llenaría de escritores latinoamericanos en poco tiempo. En ella vivirían los más importantes. Incluso los que tenían su residencia en otros países se impusieron como obligación el peregrinaje literario a sus calles con cierta periodicidad. Todo ello fue un fenómeno confuso y veloz que empezó, aproximadamente, en los dos años previos a mi nacimiento. Seguramente me crucé con alguno de aquellos escritores cuando mis padres me llevaban al pediatra, que tenía consulta en el barrio donde casi todos ellos vivían. Pero, por alguna razón, cuando empecé a ser un niño consciente, todos se habían marchado; se esfumaron de repente como el señuelo de un prestidigitador. Recuerdo bien el día de la muerte del general Franco porque en la tele suspendieron la programación infantil. Aquel 20 de noviembre de 1975 mucha gente descorchó botellas de champán pero ya no quedaba nadie del boom para celebrarlo. ¿Por qué se habían ido todos tan rápidamente? ¿Tendrían algo que ver con la muerte del dictador?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Se fueron a mediados de los setenta como temiendo que el tedio democrático los atrapase. Hacía menos de diez años que habían desembarcado con alegría juvenil y marinera frente a la estatua de Colón, en Barcelona, la segunda urbe española en importancia, siempre en pugna con Madrid por la supremacía editorial. Es la única ciudad real que aparece en el Quijote de Cervantes. Ahí, el caballero le dice a Álvaro Tarfe:

[...] así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto. (Segunda parte, cap. LXXII)

Los autores del boom no fueron los primeros latinoamericanos en llegar a la ciudad. El venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969), que da todavía nombre al premio literario más importante de América Latina y que fue presidente fugaz de su país durante menos de un año —nueve meses de 1948, que lo empujaron al exilio cubano y mexicano—, había recalado en la capital catalana, procedente de Nueva York, a comienzos de 1932. Quién sabe si llegó atraído por la sonoridad de un nombre que le evocaba su breve estancia en la Barcelona venezolana, donde dirigió el Colegio Federal de Varones y se había casado por poderes con Teotiste Arocha en 1912. Trabajó como jefe de ventas de la National Cash Register Company y en su piso de la calle Muntaner, 193, una placa recuerda en catalán su paso. Allí conspiró políticamente con la tranquilidad que le daba la barrera protectora del océano.

En 1933 se trasladó al barrio de Argüelles, en Madrid, muy cerca del chalé donde Benito Pérez Galdós acabó sus días. En esa estancia española escribió algunas de sus obras más importantes, las líricas Cantaclaro (1934) y Canaima (1935), en las que describe las costumbres y los conflictos sociales de los Llanos venezolanos, y que fueron publicadas en Barcelona, en la editorial Araluce. En diciembre de 1935, Gallegos cedió su apartamento de Madrid a Pablo Neruda y volvió a la capital catalana, donde se reencontró con sus amigos Isaac Pardo y Rafael Vegas, médicos ambos, quienes lo vieron tan fatigado y nervioso que le recetaron unos días de descanso en Mallorca, la isla de la calma. Gallegos llegó a subirse al barco como quien se dispone a tomar un medicamento agrio, pero, indeciso al extremo, lo abandonó antes de que zarpara y permaneció en la ciudad. Lo atormentaba el clima social que precedía a la inminente Guerra Civil española y también el ofrecimiento de ser el nuevo ministro de Instrucción Pública en su país, cargo que finalmente aceptó y que le hizo volver al continente americano. A su vuelta a Venezuela, consagrado a la actividad política, sus trabajos como escritor sufrieron un declive.

Gallegos ya había imaginado en sus años universitarios lo que, años después, el boom conseguirá materializar: una comunidad de escritores en español, independiente del país de origen de cada uno. Proyectó la Asociación Literaria Hispano-Americana Internacional, con el subtítulo de Gran Confederación Cervantina. Como un Bolívar de las letras, da hoy nombre al premio que se llevaron Mario Vargas Llosa (1967), Gabriel García Márquez (1972), Carlos Fuentes (1977) o Roberto Bolaño (1999). Ese mismo Rómulo Gallegos que, según Neruda, no obtuvo el Nobel a causa de tanto demandarlo y de escoger la vía del dinero para conseguirlo: cuenta el poeta chileno que Venezuela «designó un embajador en Suecia que se fijó como suprema meta la obtención del premio para Gallegos. Prodigaba las invitaciones a comer; publicaba las obras de los académicos suecos en español, en imprentas del propio Estocolmo. Todo lo cual ha debido parecer excesivo a los susceptibles y reservados académicos».1

Gallegos no fue el único escritor que visitó Barcelona y que acabó presidiendo su país. Véase el caso previo del argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), quien estuvo en la llamada Ciudad Condal en 1846, y su visión —vehemente y exagerada— de esta como una avanzadilla europea dentro de la atrasada y rural España anticipó una imagen que, muchos años después, con matices, compartirán bastantes autores del boom, aunque estos achaquen el atraso español a la dictadura franquista. Sarmiento, ante todo, fue autor de Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga y aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina, obra más conocida como «el Facundo».

Sarmiento reconocía sus objetivos nada más llegar a Madrid en 1846: «He venido a España con el santo propósito de levantarle el proceso verbal, para fundar una acusación que, como fiscal reconocido ya, tengo que hacerla ante el tribunal de la opinión de América». Todos los batacazos que reciben el País Vasco, Castilla-La Mancha o Andalucía en sus epístolas se tornaron elogios al llegar a Barcelona, aunque él se justificó diciendo que «estoy, por fin, fuera de España»,2 en «una ciudad enteramente europea», ya que «aquí hay ómnibus, gas, vapor, seguros, tejidos, imprenta, humo y ruido; hay, pues, un pueblo europeo».3 No resulta difícil imaginarse a Sarmiento en alguna de las gratas veladas que compartía con el cónsul francés Ferdinand de Lesseps, quien le hizo coincidir con otro escritor visitante, Prosper Mérimée, y con el apóstol del librecambismo mancuriano Richard Cobden. Sarmiento, con una taza de té en la mano, hablaba con ellos de sus viajes por Europa, de las nuevas ideas económicas que estaban cambiando el mundo, se enredaba en bizantinismos estéticos y creía que aquella cosmopolita atmósfera cultural que lo acogía era la predominante en una ciudad que parecía latir al ritmo del ajetreo de sus fábricas y comercios. El argentino estaba convencido de que el hombre catalán pertenecía a «otra sangre, otra estirpe, otro idioma»,4 y era capaz de múltiples proezas cotidianas: «De un quintal de lana, ellos sacan quinientas piezas de paño».5

Antes de Rómulo Gallegos y después de Sarmiento, Rubén Darío (1867-1916) también se asentó en Barcelona. En 1892 había trabajado unos meses en Madrid, como parte de la delegación nicaragüense del cuarto centenario del descubrimiento de América y, desde entonces, sus viajes por la península fueron continuos. Enviado por el rotativo La Nación para informar de las consecuencias de la guerra entre España y Estados Unidos, entró por Barcelona en 1899 y se estableció en ella un tiempo después, en 1914. Hay en la calle Tiziano una placa que indica la casa donde vivió el nicaragüense, quien llegó habiendo ya modernizado la literatura en español con Azul (1888). Buen conocedor de Europa, y de Madrid, en Barcelona buscó la paz y, sin éxito, la desintoxicación alcohólica. Aquí una carta que le escribió al uruguayo Julio Piquet el 22 de mayo de 1914:

Muy querido:

En estilo telegráfico: «Torre» ideal, cerca del Tibidabo: jardín y huertos a un lado; tranvía cerca; baño, luz eléctrica, timbres, la mar de piezas, todo amueblado, todo listo; piano... ¡18 duros al mes! Yo no me muevo de aquí. Pagué tres meses. Me exigen, para dentro de otros tres, el resto del año. Y ya veré cómo lo arreglo, porque he aquí lo que yo necesitaba: esta soledad sana, con sol, y frutos, y flores, y pájaros, y... solo viéndolo se cree. [...] Que vaya progresando su mejoría. A mí se me han declarado ya, francamente, Panchos Villa, intestinos y riñones; pero han mejorado mucho los nervios, esto es, el ánimo. Mis recuerdos a su casa y quedo siempre su mismo,

RUBÉN DARÍO

Rubén en Barcelona, viviendo de sus escasos ingresos como colaborador de La Nación de Buenos Aires, solo encuentra alivio en su buen alojamiento de Tiziano, 16, junto a su compañera, la abulense Francisca Sánchez, y el hijo de ambos, Güicho. En el barrio de Penitentes, describe su «torre que tiene jardín y huerto, donde ver flores que alegran la vida y donde las gallinas y los cultivos me invitan a una vida de manso “payés”».6 Un «refugio grato a mi espíritu» donde evocaba sus pasados días en Mallorca, rastreando el paso por la isla de George Sand y Chopin. En la primavera de 1912, el editor Joaquim Montaner le presentó al escritor Josep Maria de Sagarra en la terraza del restaurante La Maison Dorée de la plaza Cataluña. El poeta comía lionesas de crema en una mesa junto al cónsul de Santo Domingo, Oswaldo Bazil, ingiriendo cada una de un inmenso bocado, por lo que se manchaba constantemente los labios, tras lo cual, «como si nada, se los lamía con la majestad de un buey que se lame el morro».7 Sagarra describe a Rubén como «hundido de hombros, de aire fatigado y de sosísimo aspecto, bajo el sombrerazo de color canela, muy ancho de alas, ostentaba un rostro de cacique destituido [...] Es decir, tenía el aspecto de un hombre venido a menos cuyos negocios no marchan bien»,8 a pesar de su potente mirada «con cualidades de ostra paradisíaca». Se integró en la vida cultural, en especial en los círculos modernistas, visitó asiduamente cafés como el Colón y Els Quatre Gats —donde pedía whisky con soda—, y admiró, como Sarmiento, el carácter industrioso de los catalanes, que «ha erizado su tierra de chimeneas», así como su síntesis entre el seny (la cordura) y la rauxa (el arrebato).

Por los mismos lugares deambulaba un amigo suyo, el también modernista José María Vargas Vila, que escribiría en la ciudad varias novelas que desentrañaban la hipocresía de la sociedad colombiana de la época. Vargas Vila había sido designado representante diplomático de Nicaragua en España en 1904 para negociar con Honduras temas fronterizos, pero pronto abandonó tal cometido. Tras pasar por París y Madrid, se asentó en Barcelona, donde moriría en 1933 y donde inició la publicación de sus obras completas en la editorial Sopena. Darío le dedicó dos poemas, uno de ellos, «Cleopompo y Heliodemo», sobre la amistad:

Cleopompo y Heliodemo, cuya filosofía

es idéntica, gustan dialogar bajo el verde

palio del platanar. Allí Cleopompo muerde

la manzana epicúrea y Heliodemo fía

al aire su confianza en la eterna armonía [...].

Eran varios los latinoamericanos que contaban con editorial catalana: en Maucci, además de Darío, Ricardo Palma, José Asunción Silva o José Santos Chocano. En los años treinta, César Vallejo publicará en Cénit y en la Abadía de Montserrat. El venezolano Rafael Bolívar Coronado escribió una antología de poetas bolivianos que le publicó Maucci, con la peculiaridad de que se inventó a todos los autores. No solo no le descubrieron sino que tuvo tanto éxito que le encargaron otro volumen, esta vez de poetas costarricenses.

Rubén paseará fascinado por los talleres tipográficos de su amigo Manuel Maucci y protagonizará en Barcelona algún que otro incidente, a causa de su adicción a la bebida, que Sagarra recuerda citando un episodio sucedido en Valldemossa:

En casa del matrimonio Sureda, agarró una cogorza como una casa y, borracho como estaba, se le ocurrió discutir temas religiosos, e iba gritando como un desesperado: «¡Que me traigan un teólogo! ¡Que me traigan un teólogo!». Es decir, reclamaba un teólogo como quien reclama un doble de cerveza.9

El nicaragüense, en fin, abandonará de Barcelona el 24 de octubre de 1914. Poeta cirrótico alejándose en su abismo, y habiendo conocido el mar Mediterráneo que le haría decir:

Aquí, junto al mar latino,

digo la verdad:

Siento en roca, aceite y vino

yo mi antigüedad.

¿Dónde detener el inventario de autores? Está el caso, también, del uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), bien conectado con españoles como Clarín y Unamuno, y que fue considerado «guía espiritual del mundo hispánico».10 En el verano de 1916, retrocediendo el camino que emprendieron un día sus abuelos, llegó a Barcelona. Callejeó por la ciudad medieval, se interesó por la fonética del catalán, por los obreros, por la burguesía y también por las mujeres. Discrepó con Unamuno acerca de si el esplendor de la descubierta urbe era superficial: «Veo yo, en la casa de los catalanes, el fondo: veo una artística sala, una copiosa biblioteca, un confortable comedor, unos frondosos y bien cultivados jardines».11 Entre sus contertulios figuraba Ventosa i Calvell, figura de la Lliga, el principal partido catalanista conservador, que debió de convencerlo de que Cataluña era «una unidad histórica, étnica, viviente». Rodó insiste, como hicieron otros visitantes, en ver una cesura espiritual —o económica— entre Cataluña y el resto de España, y anota que, procedente de Madrid y Lisboa, tiene «la impresión de haber pasado una frontera internacional».12 El guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura en 1967, visitó Barcelona en los años treinta. Eran los años de la república y se dirigía a su hotel en compañía de Francisco Soler cuando escuchó un noticiero en la radio, lo que a ambos les generó la idea de importar dicho género periodístico a su país: así nació el llamado Diario del Aire. Por aquellos años, entre ondas y refriegas, el mismísimo Pablo Neruda llegó como cónsul a Barcelona en 1934, aunque al poco fue destinado a Madrid. El poeta chileno recuerda que «los españoles de mi generación eran más fraternales, más solidarios y más alegres que mis compañeros de América Latina. Comprobé al mismo tiempo que nosotros éramos más universales, más metidos en otros lenguajes y otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban otro idioma fuera del castellano [...]».13

Rubén Darío, Vargas Vila, Rómulo Gallegos y muchos otros encontraron en Barcelona la paz y tranquilidad necesarias para escribir, y gustaron de la compañía de los modernistas o los «letraheridos» de cada momento histórico. Cuando hoy paseo por la ciudad me encuentro placas que indican su paso: en una finca señorial del Eixample, en una empinada cuesta de Vallcarca, pero no hay ningún rastro ni indicación de aquellos que siguieron su estela y llegaron entre los sesenta y los setenta. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards, Sergio Pitol, Nélida Piñon, Mauricio Wacquez... A diferencia de sus predecesores, ellos, casi sin darse cuenta, crearon algo muy parecido a un movimiento. Algo que llamaremos «boom».

2
Gabriel García Márquez, el gran estallido

El boom llegó a Barcelona en un coche de alquiler, en noviembre de 1967. Nadie sospechaba, en el desierto aragonés de Los Monegros, que aquel viejo Seat que lo atravesaba, con las ventanas bajadas y una familia dentro, llevaba en su maletero un movimiento que quebraría los cimientos de la literatura en español. Hacía muy poco que el conductor del vehículo había hecho estallar la primera bomba en Buenos Aires, donde solo se quedó unos días. Aquella tarde de otoño hacía sol y, cuando, junto con su mujer y sus dos hijos, entró a Barcelona por la entonces avenida del Generalísimo Franco, ya estaba pensando en su próximo golpe. Intuía el mar y lucía sonrisa de pionero.

El éxito de ventas de su quinto libro, Cien años de soledad, desde su aparición ese mismo año, catapultaría el fenómeno, haciendo que una palabra que hasta entonces no había trascendido los círculos periodístico-académicos adquiriera entidad de marca de prestigio. El boom es un marchamo comercial que cualquier escritor desearía lucir en su carne. Macondo se convertirá en algo más que un mundo literario. Algunos lo vivieron como un relato mitológico fundacional y llegará a hablarse, ditirámbicamente, de «una nueva conciencia de América Latina». Inaugura, a gran escala, el realismo mágico, lo pone en el mapa del mainstream.

Acceder a Gabriel García Márquez para comentar con él algunos episodios de este libro no fue tarea fácil. Aún me veo sentado en la redacción de mi diario, La Vanguardia de Barcelona, en una tarde de julio de 2005, poniendo el punto final a un breve que se titulaba «García Márquez abandona Barcelona» y que decía:

El escritor colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel 1982, abandona hoy Barcelona, ciudad en la que ha residido desde el pasado 24 de abril. Gabo vuelve a México —donde vive habitualmente— tras una temporada en la que se ha reencontrado con la ciudad que lo acogió a finales de los años sesenta y en la que escribió El otoño del patriarca. Redacción.

El colombiano había pasado casi tres meses en mi ciudad y yo —que consideraba su testimonio esencial para construir este libro— no había conseguido aproximarme a él. Resonaba en mi cabeza, no obstante, una enigmática frase que Carmen Balcells me había gritado —literalmente— el 20 de junio de aquel año, entre el bullicio de una concurrida celebración en el Palau de la Música («¡Estoy en deuda contigo!»).

Bastantes días después de que García Márquez volviera a México, abandonadas ya mis esperanzas, recibí la sorprendente invitación para tomar café en casa de Carmen Balcells, dos pisos por encima de su agencia. La «superagente» me mostró su satisfacción por que no hubiera adelantado en mi periódico la llegada de Gabo a Barcelona y me dijo que, así, había demostrado que era «antes persona que periodista». Reprimí el deseo de discutirle que fueran términos contrapuestos y, tras preguntarme determinadas cuestiones acerca de mi fecha y hora de nacimiento, así como de mi vida familiar y sentimental, de sopetón, como si hubiéramos sido amigos durante toda la vida, me realizó unas confidencias que excedían en mucho el ámbito de nuestra relación, recién iniciada. Abandoné su oficina casi en estado de trance, abrumado por aquella confianza inesperada y, unos meses después, obtuve mi aparente recompensa: diversas sesiones de entrevistas con ella acerca de los temas de los que se ocupa este libro, tras una de las cuales me miró fijamente y me dijo con una sonrisa:

—Xavi, ¿qué podría darte que te hiciera mucha ilusión? ¿Qué es lo que más te apetecería de las cosas que tengo a mi alcance?

Impostando sangre fría, respondí:

—Una entrevista con García Márquez.

—Ah, tú quieres entrevistar a Gabo, ¿eh? ¿Lo llamamos?

—Sí, sí, claro... —balbuceé.

García Márquez se encontraba en aquellos momentos en Cuba, en el taller de escritura cinematográfica de San Antonio de los Baños, al que seguía acudiendo cada año. Al no haber calculado la diferencia horaria, la llamada de Balcells lo despertó. Su respuesta fue furibunda: «¿Qué vainas me estás contando? ¡Ya sabes que no doy entrevistas! ¿Para eso me despiertas?». Balcells le respondió: «Ponme con Mercedes, que tú estás muy nervioso». Todo apuntaba pocas posibilidades de éxito.

Sin embargo, pasados unos días, el jueves antes de la Navidad de 2005, Balcells me comunicó que, aquel fin de semana, yo partiría hacia Ciudad de México «para llevarle a Gabo mis regalos de Navidad, así seguro que te abre la puerta. Él te dará una entrevista, la única que ha dado en los últimos años... y quién sabe si habrá más».

El día antes de la partida, fui a buscar la enorme maleta con los regalos. Pesaba como si contuviera un muerto (en el aeropuerto, después, descubrí que eran más de cuarenta kilos). Para trasladarla a mi casa fue necesario que me la trajera un fornido mozo —proveniente de algún subdepartamento de esa casa de los prodigios que es la agencia Balcells— en el taxi que la «superagente» tenía siempre a su disposición, con su fiel Dionisio al volante. Pero, antes, Balcells deslizó un sobre en mis manos y me dijo: «Esto es para la aduana...». Al abrirlo y descubrir que estaba lleno de billetes de cien dólares, solamente se me ocurrió preguntar: «¿Son tasas o “mordida”, Carmen?», con la intención de conocer las consecuencias —legales y morales— de lo que pudiera sucederme. «Lo que haga falta», respondió. Y continuó: «Con una maleta tan pesada, es posible que te interroguen los funcionarios de aduanas. Tú debes mirarlos con seguridad a la cara y decirles: “Son los regalos de Navidad para García Márquez”, ¿lo entiendes? Y, si quieren, que le llamen».

Para acabar de arreglarlo, en realidad no tenía ninguna cita con los García Márquez, sino solamente una semana reservada en un hotel, que corría a cargo de mi diario. «Ellos sabrán cuándo llegas y ya se pondrán en contacto contigo». En el taxi hacia mi casa, acompañado de aquella misteriosa maleta y con el sobre de fondos reservados en el bolsillo de la chaqueta, me sentía como James Bond a punto de emprender una de sus misiones.

A mi vuelta de México y tras informar a Balcells de que su sobre rebosante de billetes no fue necesario en las aduanas, ella se resistió enormemente a aceptar de vuelta su propio dinero —«¡Habértelo gastado en tequilas!»—. Cuando, pese a sus protestas, se lo deposité encima de la mesa de su despacho y me fui sin darle otra opción, me gritó, estando yo ya en el umbral de su puerta: «¡Has pasado la prueba! Quería comprobar si eras honesto». El eco de sus carcajadas acompañó mi descenso por el ascensor.

En el vuelo, me acompañaban la biografía de Dasso Saldívar dedicada al escritor colombiano, el borrador en inglés de la escrita por el británico Gerald Martin, la entrevista que le concedió Gabo a Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, su autobiografía de juventud Vivir para contarla... Me recuerdo marcando en lápiz rojo, con signos de exclamación y notas de «no puede ser», decenas de contradicciones entre estas cuatro fuentes básicas, varias de ellas responsabilidad del mismo Gabo, aficionado a jugar al ratón y al gato con la prensa y los biógrafos. El padre de Gabo lo diría más brutamente en una entrevista: «Desde chiquitito, Gabito siempre ha sido un mentiroso. En toda su vida no ha hecho otra cosa que contar mentiras».

Los despistes son constantes y comienzan ya con su misma fecha de nacimiento. No fue hasta su muerte en el 2014 que la página web de la Academia Sueca —que le concedió el Nobel de Literatura en 1982— rectificó su año de nacimiento. Durante décadas había estado asegurando que García Márquez había nacido en Aracataca (Colombia) en 1928, cuando se sabe, primero gracias a su hermano Eligio, luego por sus biógrafos y finalmente confirmado por el propio Gabo,1 que en realidad nació el 6 de marzo de 1927. El escritor contribuyó al falseamiento, por ejemplo, celebrando su setenta cumpleaños en 1998.2

Las falsedades con que García Márquez ha despistado a la prensa y a sus mismos biógrafos durante décadas tienen, entre sus partidarios, una justificación entusiasta, alusiva al genio del creador. El criterio seguido en este libro, sin embargo, es el contrario, el de desbrozar esos matorrales memoriosos, en la medida de lo posible, de toda fantasía.

Sabido es que fue el mayor de siete hermanos y cuatro hermanas, aunque su padre tuvo además cuatro hijos con otras mujeres, dos de los cuales acabaron cuidados por la madre de García Márquez. Gabito fue dejado al cuidado de sus abuelos entre 1929 y 1937. «Eso eran cosas normales en la época, aquí en Colombia. Nuestro padre nos trató bien —me cuenta Aída García Márquez3—. No estoy de acuerdo con la mala fama que le han dado los biógrafos a papá por eso. Siempre se preocupó por que estudiáramos y tuviéramos un futuro, consiguiéndonos becas y ayudas. Murió en casa, con mi madre, a la que nunca abandonó. Cierto, tuvo un hijo fuera del matrimonio durante una excursión que hizo, pero todos podemos caer en una tentación ¿no?». Gabito no tuvo memoria de su madre hasta que esta fue a rescatarlo del regazo de sus abuelos maternos cuando él ya tenía casi cumplidos siete años. El coronel Nicolás Márquez —su abuelo, pero, para Gabo, su padre real— tiene mucho que ver con su fascinación por lo militar y la constante presencia de hijos ilegítimos en su literatura, pues el viejo militar tuvo unos diecisiete fuera del matrimonio —solo nueve, según Gabo—.

Jaime García Márquez nació cuando su hermano Gabriel ya tenía trece años. «Fui muy prematuro —cuenta—, me improvisaron una incubadora casera en la cesta de costura de mi mamá. Yo decía que era sietemesino, pero Gabito me hizo decir que seismesino, ya que, según una contabilidad que él manejaba, “de lo contrario, no eres hijo de papá” y acepté eso para salvar el honor de mi madre».

Jaime relata con orgullo hazañas realizadas por su padre homeópata, como la reposición de toda la piel de la cara de un hombre tras el ataque de un tigre. Pero el profesor Ariel Castillo dice que «propuso practicarle una trepanación a su propio hijo, Gabo, por problemas de salud, cuando este aún no había cumplido doce años, suerte que la madre se opuso, lo habría matado». Otros, como el veterano periodista Edgar García Ochoa, más conocido como Flash, recuerda que «al padre de Gabito lo llamaban el dulce 20 porque prestaba dinero a los viejitos, les adelantaba la paga y luego, cuando cobraban la pensión, debían darle a él el 20 por ciento»4.

En 1948, Gabo tuvo su primer contacto con una Barcelona idealizada en los recuerdos de un exiliado, el «sabio catalán» Ramon Vinyes, a quien conoció junto a su grupo de contertulios «letraheridos» en un viaje a Barranquilla, localidad en la que viviría desde el 15 de diciembre de 1949 hasta 1951. Primero en un cubículo inserto en un hotel de lance, donde las prostitutas ejercían su oficio y él el suyo, de escritor y columnista, y más tarde en el elegante barrio de El Prado. El grupo, además del sabio catalán y Gabo, lo componían Germán Vargas y Álvaro Cepeda Samudio, que trabajaban en El Nacional; el pintor Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor, que estaba, como él, en El Heraldo, y José Félix Fuenmayor, entre otros. Se veían en las redacciones, en la librería Mundo, de Jorge Rondón, en el café Colombia, el café Japi... y, más tarde, cuando Gabo ya había abandonado la ciudad, en La Cueva, una tienda de barrio —y consultorio dental— llamada realmente El Vaivén, en cuyas mesas se instalaban azarosamente tertulianos de diversa índole y que hoy se ha convertido, además de en un exitoso restaurante y activo centro cultural, en un santuario en memoria de todo el grupo. Fue Vinyes quien le dijo que no llamara Barranquilla a su territorio literario porque era un lugar demasiado reconocible y poco atractivo, lo que le haría ir buscando alternativas, hasta que vio el nombre de Macondo en una finca en 1952.

Gabito, en su primera etapa infantil en la ciudad, se sacaba un dinero con su habilidad con los lápices: pintaba rótulos, por ejemplo, en las paradas de autobuses y en las tiendas del Barrio Bajo, donde vivía, en una casa de azotea almenada que visitamos con el permiso de la familia de origen cubano que ahora la habita. «Hace unos veinte años —cuenta, divertido, Patricio García Caro, primo de García Márquez— entré junto a Luisa Santiaga, la madre nonagenaria de Gabito, y había dentro unos treinta muchachos consumiendo marihuana. Luisa Santiaga se paseaba por ahí, apartando la densa humareda».

Paseamos también frente a las antiguas Residencias Nueva York, donde García Márquez vivió compartiendo edificio con las prostitutas que allí ejercían sus labores. «En broma, Alfonso Fuenmayor lo bautizó como el Rascacielos, por lo neoyorquino, pero tenía solo dos pisos», aclara el escritor Joaquín Mattos Omar. Justo detrás, estaba la redacción de El Heraldo.

«No quedan ya los burdeles de las llamadas putas francesas, que era la razón que hacía a los miembros del grupo frecuentar el barrio chino —prosigue Mattos—. Se trataba de un grupo de prostitutas que llegaron huyendo de la II Guerra Mundial, las bautizaron así pero eran de varias nacionalidades: polacas, etc. Aparecen en el barco en la parte final de Cien años... Gabito y los otros también iban al burdel de la Negra Eufemia, que regentaba una señora del interior del país. En Cien años... lo llama el burdel zoológico, porque era un patio con las habitaciones alrededor, un jardín lleno de animales de todo tipo. Ahora es un colegio porque así lo estableció la propia Eufemia en su testamento».

Memoria de mis putas tristes es la única novela en que la acción se sitúa en una Barranquilla con nombre propio, aunque hay detalles clave en El otoño del patriarca. Además de los lugares reconocibles, explica Mattos, «aparece la típica labia caribeña. Habla, por ejemplo, del salchichón de hoyito —el miembro viril—, de la manta de bandera —papel de fumar—, cosas que solo se entienden aquí. Él decía que El otoño... es una novela que entienden perfectamente los taxistas de Barranquilla» pero no los intelectuales europeos.

El salto a Europa de García Márquez se produjo en 1955 y fue una consecuencia de su etapa como reportero de El Espectador en Bogotá entre 1954 y 1955, cuando publicó su célebre reportaje del náufrago y la novela La hojarasca. Fue enviado a Ginebra ese mismo año para cubrir como informador una importante reunión en la ONU: la cumbre de los Cuatro —Estados Unidos, la URSS, Reino Unido y Francia—. Permanecería en el viejo continente hasta diciembre de 1957.

Pasó por Roma, desde donde envió cinco reportajes sobre el Papa. De allí saltó a Venecia, para empaparse de cine, luego a Viena, y más tarde a Checoslovaquia y Polonia, sus primeras inmersiones en los países del Este. Pero al poco volvió a la capital italiana, donde recibió formación cinematográfica, muy breve, de apenas dos meses, en el Centro Sperimentale di Cinematografia, donde le dio clases Cesare Zavattini. Allí, en los estudios romanos de Cinecittà, se aburrió pero trabó amistad con el cineasta argentino Fernando Birri. A Roma fue a buscarlo un amigo colombiano, Guillermo Angulo, que iba a estudiar cine al mismo centro, pero no lo encontró:

Me mandó por carta unas instrucciones precisas: «En caso de que yo no esté, vas a la plaza Italia número 2; subes al segundo piso y otra vez en el número 2 tocas: saldrá una señora, con un turbante de toalla en la cabeza, cantando ópera. Preguntas por Fernando Birri, quien sabrá dónde estoy». Seguí con precisión sus instrucciones, y cuando salió la señora con la toalla amarrada en la cabeza cantando La donna è mobile, me puse a reír, lo que la indispuso contra mí.5

Birri, además, ya había regresado a Argentina, y Gabito se había marchado también, a París. Angulo lo encontrará después allí. Porque, en efecto, García Márquez vivió la bohemia parisina (1956 y 1957), pasó una breve estancia en Londres y volvió a América Latina a finales de 1957, a trabajar con Plinio Apuleyo Mendoza en la revista Momento, de Caracas. Permaneció en el continente americano a lo largo de un decenio.

En marzo de 1958 se casó en Barranquilla con Mercedes Barcha —la mujer que estuvo esperándolo pacientemente durante su «excursión» europea— y al poco acabó de redactor jefe del sensacionalista Venezuela Gráfica. Pero, tras el triunfo de Fidel Castro en Cuba en 1959, regresó a su país natal para incorporarse junto a Plinio Apuleyo Mendoza a la delegación en Bogotá de Prensa Latina, la nueva agencia de noticias cubana nacida tras una conversación entre Fidel y Pablo Neruda, que quería ser un contrapeso a la orientación imperialista de empresas como la estadounidense Associated Press. Por entonces nació su hijo Rodrigo, en Bogotá, futuro director de cine y realizador televisivo. Asimismo, terminó de escribir Los funerales de la Mamá Grande, que había empezado en Londres. Su trabajo periodístico al servicio de la revolución lo llevó a pasar períodos de formación en la isla caribeña y, en 1961, a trasladarse a Nueva York, de donde huyó a México.

Tras haber aterrizado yo en México D. F., sufrir dos días de espera en el hotel y dudar —infundadamente— de la palabra de Balcells («¿Me habrá gastado una broma?»), recibí al fin la esperada llamada de García Márquez. «¿Puede venir dentro de una hora?». El auricular del teléfono se quedó descolgado en la mesilla de noche y me planté, raudo, en su casa del barrio del Pedregal de San Ángel, muy iluminada por el sol, con vigas de madera del siglo XVIII y paredes de piedra rústica. Combinadas con unas líneas racionalistas, daban al conjunto un aire de rancho clásico con elementos de Le Corbusier. Tras atravesar un jardín de cuidado césped en compañía de una criada, llegué a una extensión de ladrillo blanco, de aires futuristas, que mi anfitrión se hizo construir como estudio. Lo encontré allí, concentrado ante el ordenador, mirando las noticias colombianas por internet. Tardé dos minutos en llegar hasta él, vislumbrándolo, en el tramo final, tras un ventanal al fondo.

En aquel refugio de blanco inmaculado me reveló que

[...] este año ha sido el primero en mi vida que no me he sentado ante la computadora. He dejado de escribir. Solía decir que escribía para mantener el brazo caliente, pero en realidad es que no sabía qué hacer por la mañana. Y he encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Se me acaba el año sabático y ya estoy buscando excusas para tomarme otro.

Un anuncio público —aunque limitado— de su dramática imposibilidad para escribir a causa de su progresiva demencia senil. El único que salió de su boca. El tiempo acabó por destruir los últimos vestigios de memoria y, en el momento de su muerte, en abril de 2014, prácticamente no reconocía a casi nadie.

La impresión que García Márquez me produjo fue agridulce. Aunque entonces perfectamente capaz de seguir una conversación y responder a mis preguntas, de vez en cuando la cabeza parecía írsele a visitar alguna región lejana. La agradable charla se extendió durante una mañana entera. Dos años después de aquel encuentro mexicano, en una nueva visita de García Márquez a Barcelona, tuve ocasión de comer con él en casa de su agente, y todos los presentes en aquella mesa constatamos la implacable evolución de la enfermedad. No estoy seguro siquiera de que me reconociera cuando Balcells le indicó quién era y su esposa, Mercedes Barcha, le preguntó: «¿Te acuerdas de él?». «¡Claro, si nos conocemos desde que éramos niños!», zanjó García Márquez, con una frase que luego le oí emplear con otras personas. A su lado, su íntimo amigo Luis Feduchi lo mantuvo atento y despierto recitando poemas clásicos en voz alta. Aquí García Márquez sí exhibió una memoria prodigiosa. Sobre el tratamiento de la enfermedad de su primo, el psiquiatra Patricio García Caro revela que ese trastorno neurocognitivo «no fue tratado precozmente, como se debía: acudió a uno de los mejores institutos médicos, en Cuba, y el director científico le dijo: “Más enfermo de la cabeza está quien le ha dicho que venga aquí, después del gran libro que acaba usted de publicar, maestro”»6.

Jaime García Márquez recuerda que, cuando en julio de 2012, explicó a un grupo de expedicionarios de la Ruta Quetzal en Cartagena de Indias que su hermano padecía demencia senil —una noticia que enseguida recogieron las agencias informativas de medio mundo— Mercedes Barcha se enfadó con él. «Hasta el punto de que luego vinieron a Cartagena sin decírmelo... pero su chófer me lo trajo sin decirle nada a su esposa, para que yo lo viera; paseamos por la ciudad los dos hermanos a escondidas, como unos enamorados, y le di un enorme abrazo. No sé hasta qué punto fue él consciente de nada. Unos días después, Mercedes ya sí me invitó y acabamos riéndonos juntos de mis desaforadas ganas de hablar».

Volvamos a México, a la Navidad de 2005. Los dos hijos de Gabo, Rodrigo y Gonzalo, así como algunos de sus nietos, andaban por ahí, entrando y saliendo de la casa. Gonzalo es muy distinto a su hermano cineasta de éxito en Hollywood. El pequeño de la familia prefiere una vida más bohemia: pinta en París, diseña libros y anda metido en la edición de lujosos volúmenes de arte. «Me gusta la tranquilidad y trabajar solo en casa», dice Gonzalo. La antítesis de esa placidez solitaria y selecta es Rodrigo, el mayor, que vive en Los Ángeles. Metido de lleno en la industria del cine, materializa el sueño profesional que tuvo un día su padre.

Gabo me recordó que en su etapa anterior en México, a pesar de momentos intensos y de diversiones esporádicas, se sentía frustrado. Vivió allí, en los años sesenta, las limitaciones creativas de todo guionista de cine, inmerso en un complejo proceso productivo y dependiendo a la vez de muchas otras personas, así como de cuestiones presupuestarias. La desazón que su experiencia cinematográfica le produjo fue una de las razones que lo condujeron a centrarse en la novela. Carmen Balcells lo visitó en México D. F. entre el 5 y el 8 de julio de 1965, «procedente de Nueva York», donde acababa de contratar con Roger Klein (Harper and Row) los cuatro libros escritos entonces por él (La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora) por un total de mil dólares. Balcells le entregó el talón y Gabo le respondió: «¡Eso es un contrato de mierda!».7 Acababan de conocerse en persona.

Balcells me explicó que «otras editoriales en inglés lo habían rechazado, yo estaba orgullosa de mi trabajo y él me lanzó ese jarro de agua fría en la cara», por lo que inicialmente lo encontró algo petulante. Balcells era solamente, desde 1962, la agente de Gabo para las traducciones, pero después de aquel encuentro cambió todo: firmó un nuevo contrato con el colombiano para representarlo también en español, unas cuartillas jocosas donde Gabo, en presencia de su amigo Luis Vicens, la autoriza a representarlo en todos los idiomas «durante ciento cincuenta años», o sea, hasta 2115.

El «contrato de mierda» tiene fecha. En el archivo de la agencia, se señala el 6 de agosto de 1965, un retraso de un mes en la formalización, atribuible a la lentitud de las comunicaciones. Antes, en 1962, Balcells ya había vendido El coronel no tiene quien le escriba a Julliard en Francia. El enorme salto cualitativo se produce en 1982, con el Nobel. Balcells lleva a la cima su estrategia de fragmentar contratos: por países, por años y, con García Márquez, llega incluso a vender el mismo libro en el mismo país a editoriales distintas, eliminando la cláusula de exclusividad.

¿Por qué razón Carmen Balcells, una agente sita en Barcelona, era la representante de un colombiano que vivía en México? El responsable de ello fue el escritor J. M. Caballero Bonald, que residía en Colombia. Leyó a García Márquez, le gustó y advirtió a la Mamá Grande de que tuviera en cuenta «a ese chico»:

Carmen me había escrito a Bogotá pidiéndome orientación sobre los últimos novelistas de relieve surgidos en Colombia. Yo le pasé enseguida la información, apuntándole tres nombres: Gabriel García Márquez, Pedro Gómez Valderrama y no sé si Álvaro Mutis o Álvaro Cepeda Samudio.8

García Márquez no era, ni mucho menos, el autor más destacado de Colombia. Estaba empezando y lo apoyaban solamente algunos críticos como Eduardo Zalamea Borda y Hernando Téllez. Caballero Bonald, con quien topé en una calle de Oviedo en marzo de 2006, me sonrió, pícaro y desinteresado: «¿Se imagina todo el dinero que le he hecho ganar a Carmen?».

Poco después de la visita de Balcells —una mujer supersticiosa, como Tranquilina, la abuela del propio Gabo, que «se imaginaba desgracias que tarde o temprano sucedían»—,9 García Márquez se encerró a escribir Cien años de soledad, «una salida literaria, integral, a todas las experiencias que de algún modo me hubieron afectado durante mi infancia». El origen son sus recuerdos o fantasías de niño: aquella casa familiar tan grande; su hermana Margot, que se comía la tierra húmeda del jardín y la cal de las paredes; su abuela, que adivinaba el futuro... Hay muchos ejemplos en ese libro procedentes directamente de la realidad: parientes con el mismo nombre; los guayabos con cuyos frutos su abuela hacía dulces; el castaño al que será atado José Arcadio Buendía en la ficción; las comunidades de gitanos que vendían todo tipo de cacharros; el día en que su abuelo lo lleva a la tienda a ver pescado congelado en hielo...

En febrero de 2011, en Cartagena de Indias, Jaime García Márquez, hermano del Nobel y vicepresidente de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, me hizo creer en el realismo mágico añadiéndome, en tono bromista, alguna experiencia temprana más: «Gabito se inició sexualmente con las mamaburras, como mucha gente de aquí, son estas mulas que resultan aptas para joder con humanos. Lo de la prostituta a los doce años, que dice él, fue en realidad más tarde».

El libro más importante de su vida lo escribió en el estudio de su residencia de México D. F., donde trabajaba desde las 8.30 hasta las 14.30, cuando sus hijos volvían del colegio. Comía entonces con ellos y, luego, volvía a encerrarse hasta las ocho, cuando llegaban sus amigos, sobre todo los Mutis y los Ascot-Elío, que contribuyeron a la gesta con comida, dinero y servicios de canguro. Los dos matrimonios (por un lado, Álvaro Mutis y Carmen Miracle; por el otro, María Luisa Elío y Jomí García Ascot, a los que está dedicado el libro), además, conversaban con él sobre los temas de la novela hasta la medianoche. García Ascot era hijo de un diplomático español exiliado en 1939.

Mutis me explicó que coordinó el capítulo financiero, es decir, «ir vigilando cómo iba la situación de su cuenta bancaria y de actuar en consecuencia, apoyándolo en el momento en que lo necesitara». Además de aportar su propio capital, el entonces ejecutivo de empresas cinematográficas, ya considerado el mejor poeta del país, realizó colectas entre amigos, entre los que Gabo incluye hasta al carnicero, «un modesto comerciante instalado en la esquina de enfrente de casa» y que les fio: «Él sabía que yo estaba metido en una obra importante, y pensaba que si las cosas salían bien cobraría, y de lo contrario perdería sus ahorros».10 Mutis ha explicado que, al atardecer, Gabo salía de la soleada habitación de escribir «como acabado de terminar un combate de boxeo a doce asaltos, aquello era bestial». A pesar de los esfuerzos de Mutis, los García Barcha dejaron a deber varios meses de alquiler y empeñaron diversos electrodomésticos. Mercedes Barcha —la serpiente del Nilo de Cien años de soledad, una metáfora ganada a causa del físico heredado de su abuelo egipcio— gestionó como pudo los cinco mil dólares que se habían conseguido juntar para escribir el libro en seis meses... que al final fueron doce, trece, catorce, dieciocho o treinta, según las fuentes. Casado y con familia, García Márquez había realizado una apuesta importante al interrumpir su trabajo y su vida social. Según Vargas Llosa, la obra se empezó a escribir en enero de 1965; según el propio García Márquez, en octubre. Para Gerald Martin, fue en julio.11

García Márquez habló a Vargas Llosa de sus rutinas de trabajo:

[...] Mi neurosis va más lejos. Cuando estoy escribiendo no puedo trabajar en nada más, aunque mi esposa y mis hijos se mueran de hambre. Me siento a la máquina a las nueve de la mañana y escribo sin interrupción hasta las cuatro de la tarde. A esa hora, con la cabeza como un bombo no tanto por el cansancio como por el cigarrillo, almuerzo cualquier cosa y trato de dormir hasta las seis. Luego empiezo a pensar en el plan de trabajo del día siguiente, tomando notas, hasta después de la medianoche. Para no interrumpir el ritmo, he copiado capítulos enteros sin necesidad, cuando materialmente no me sale nada nuevo o tengo pereza de escribir. Más aún: siempre tengo que escribir en períodos de calor. Cuando llega el frío, se me bloquea el cerebro y todo se va al diablo. No he podido adquirir la cachaza de Fuentes, que es capaz de escribir sentado en una cuchilla de afeitar. De modo que entiendo muy bien lo que me dices. Sin embargo, tienes la suerte de estar ahora en una ciudad que, por razones misteriosas, es la mejor para escribir, aparte de ser, para mi gusto, la mejor del mundo. Yo llegué allí en plan turístico, y algo me obligó a encerrarme en un cuarto donde materialmente se levitaba en el humo del cigarrillo, y escribí en un mes casi todos los cuentos de la Mamá Grande. Perdí el viaje y me gané un libro, estoy seguro de que, una vez pasado el desconcierto inicial, te sucederá lo mismo. Mi problema en estos momentos es que tengo que acumular dinero para escribir el otro libro: El otoño del patriarca, que será el largo monólogo con el cual un dictador anciano, sordo y gagá trata de descargarse de sus culpas ante el tribunal revolucionario. El libro ya lo escribí una vez, hace dos años, y lo perdí todo, porque lo desarrollé con un método equivocado. Ahora que tengo la solución, tengo que reunir dinero para que mi familia viva seis meses. Lo más ridículo es que con cine y publicidad gano prácticamente lo que quiero, pero ese trabajo me produce una neuralgia enloquecedora, que no se alivia con ningún analgésico, y sin embargo se cura de inmediato cuando empiezo a trabajar mis libros. ¿Hasta cuándo estaremos en esta situación estúpida los escritores latinoamericanos? [...] El problema es más grave, en mi caso, porque tengo el principio, que no pienso violar, de que no acepto ninguna clase de subvenciones para escribir [...].12

Cien años de soledad fue escrito en México pero se publicó en 1967 en la editorial argentina Sudamericana, dirigida por Francisco Porrúa (1922-2014). El «culpable» de ello es un crítico literario, Luis Harss, quien, a finales de 1965, aterrizó en Buenos Aires tras haber conversado con García Márquez en México, una de las etapas de su travesía entrevistadora para escribir el libro Into the Mainstream, sobre los grandes autores vivos de la novela latinoamericana. Harss vio a Gabo a finales de junio de 1965: «Mientras yo estaba escribiendo la novela, habíamos hablado en Patzcuaro, donde se rodaba la película Tiempo de morir», recordaba García Márquez. Harss, después, se vio con Porrúa en Buenos Aires y le dio a leer dos libros de aquel colombiano desconocido para el editor: El coronel no tiene quien le escriba y, más tarde, Los funerales de la Mamá Grande. Porrúa, entusiasmado por la primera y también —aunque algo menos— por la segunda, fue ágil, escribió enseguida a Gabo solicitándole los derechos de toda su obra, pero este tuvo que responderle que no, que esos libros ya estaban comprometidos con la editorial mexicana Era, «con un yugo de contrato esclavizante, de por vida». Sin embargo, García Márquez, seducido por el aura mítica de Sudamericana y recordando que otro grande argentino, Losada, le había rechazado en su día La hojarasca —con una carta de su director, el crítico español exiliado Guillermo de Torre, sugiriéndole que se buscara otro oficio—, le reveló al editor argentino que estaba escribiendo una novela —Cien años..., aún sin título— que «con gusto la confiaré a Sudamericana». García Márquez quería resarcirse del rechazo de Losada, que en el momento le dolió, como refleja la carta que le envió a su amigo Gonzalo González:

Ya sabes que la editorial Losada echó para atrás La hojarasca. Aquí sí no tengo la menor duda de quién es el imbécil. ¿Tú crees que yo sería tan idiota para dedicarle a un libro un año entero [...] para salir a la postre con un esperpento? No, compadre, soy demasiado perezoso para cometer esa tontería. Te digo que la voy a editar por suscripción popular y que voy a ponerle como prólogo el ribeteado y andrajoso concepto del Consejo de la editorial.13

¿Qué hay de cierto en la legendaria historia y los novelescos detalles que rodean el proceso creativo y de difusión de Cien años de soledad? La versión vigente de los hechos cuenta que el hábil Porrúa, sin haber leído una sola línea, respondió a Gabo con una propuesta en firme de compra, un contrato y un talón de quinientos dólares. Como constata Eligio García Márquez, «la fecha del anticipo quedó registrada y conservada en la editorial: 17 de octubre de 1965».14 Eso significaría que Porrúa pagó cuando el autor llevaba solamente unos tres o cuatro meses escribiendo. ¿Por qué lo hizo? Porrúa me contó que «no necesitaba leer nada más, había visto sus libros anteriores, y una editorial literaria funciona de ese modo: eres muy selectivo para aceptar a un autor nuevo, pero, una vez dices sí, le publicas toda su obra, confías en él porque sabes que es imposible que te dé un libro malo». El hermano de Gabo explica que, a pesar de recibir dicho talón, el libro estaba comprometido con Era, aunque solamente de palabra. En realidad, el compromiso contractual era con la agencia de Carmen Balcells, que había empezado a sondear a Seix Barral. Según la versión oficial, García Márquez cobró el talón bonaerense y envió a cambio los dos primeros capítulos del libro, pero Porrúa me dijo que no fue así, que él no leyó ningún capítulo antes de recibir el manuscrito al completo. Sí obtuvo, en cambio, los derechos de La hojarasca. Balcells quería tiempo para negociar y conseguir un mejor contrato, pero no tenía una buena oferta concreta de nadie y Gabo apostó por lo seguro, y lo hizo por su cuenta.

Balcells ni siquiera pudo intervenir para forzar un contrato al alza. García Márquez y Sudamericana firmaron casi un año después del cobro del anticipo, el 10 de septiembre de 1966, con un acuerdo verbal muy anterior. La agente ya había iniciado conversaciones paralelas con Antoni López Llausàs, el exiliado catalán propietario de Sudamericana, para obtener mejores condiciones de esta editorial, pero Gabo le dijo, contundente, a su mánager: «No anden ahí discutiendo por quinientos dólares, que lo que quiero es que me publiquen y que me publiquen ya».15

He visto, en el archivo de la agencia, ese contrato de García Márquez con Sudamericana. Establece un anticipo de quinientos dólares, el 10 por ciento de las ventas y el compromiso de publicarlo en dieciocho meses. Y «el autor concede al editor una opción exclusiva para editar sus dos próximas obras». Y firman Gabo y López Llausàs. La agencia no interviene.

El 15 de mayo de 1972, con Balcells ya al mando de la operación, el royalty sube del 10 al 15 por ciento. Y una cláusula aclara que Sudamericana tiene ese libro en todo el mundo hispano, con excepción de España, «cuya publicación seguirá confiada a Edhasa», una filial propiedad también de López Llausàs que, desde el año 1971, dirigía Joan Merli, otro catalán que se había exiliado en Buenos Aires y que fue el «descubridor» de Cortázar, pues publicó su primer cuento en la revista Cabalgata.

Balcells no se duerme y multiplica la rentabilidad de la obra. El 7 de diciembre de 1977, firma con Sudamericana la renovación de todas las obras de Gabriel García Márquez con un royalty general del 15 por ciento y el compromiso de determinar las liquidaciones y ventas en una fecha concreta. «Con Gabo me di cuenta de que podía hacer algo hasta entonces inédito: ir mejorando las condiciones de un contrato todavía en vigor, revisiones constantes a las que el editor accedía a cambio de una prioridad en los libros futuros».

Cuenta la leyenda que, una vez escrita la obra, García Márquez y su esposa fueron a la oficina de Correos en México a enviar la novela a Sudamericana. Allí se dieron cuenta de que no les llegaba ni siquiera para pagar todo el paquete, dado su peso, «y entonces enviamos solo la mitad, y al día siguiente la otra mitad».16 La editora Gloria López Llovet —Rodrigué de casada—, nieta del fundador de Sudamericana, me dijo telefónicamente desde Buenos Aires que «Porrúa les envió el dinero para que mandaran la otra parte», pero el editor argentino no recordaba nada de eso: «Yo leí lo que llegó a mis manos, y fue un solo paquete». Gloria López Llovet, sin embargo, cuenta que, «con el apuro, los Gabo se equivocaron y nos mandaron la segunda parte».

García Márquez envió el texto a Sudamericana en septiembre de 1966, pero no sabía con certeza si este había llegado. Así, le dio a su amigo Álvaro Mutis, que trabajaba para la 20th Century Fox, una segunda copia con el fin de que se la hiciera llegar en mano a Porrúa, en un viaje que iba a realizar a Buenos Aires. Al llegar a Argentina, Mutis llamó por teléfono a Porrúa: «Te he traído el original». Porrúa respondió: «Cállate, yo ya lo recibí y es genial, no sé tú qué piensas». Mutis me aseguró que todavía conservaba esa copia.

¿Pudo haber ido esa novela a manos españolas, y no argentinas? García Márquez no nos ofreció ningún resquicio a la duda: «No. Porrúa fue el primero que leyó el manuscrito de Cien años... y quien me envió un adelanto, que yo necesitaba para pagar mi alquiler atrasado». El colombiano buscaba con ahínco quinientos dólares antes de dos semanas, para evitar el desahucio. Por eso le ofreció por esa cantidad los derechos «de por vida» de Los funerales de la Mamá Grande a un jovencito Willy Schavelzon, que trabajaba para el editor Jorge Álvarez y que en principio aceptó la oferta... pero al no producirse el pago, con las galeradas ya preparadas en esa editorial de Buenos Aires, García Márquez canceló la operación, pues había cobrado de Porrúa y cerrado el trato con él. Vargas Llosa recuerda que, cuando él conoció a García Márquez, «su sueño era que esa novela apareciera en Seix Barral».17 Carmen Balcells había ofrecido diversos libros previos a Barral, que fueron siempre devueltos con una respuesta negativa.18 Gabo ni siquiera llegó a ofrecerle el nuevo libro, a pesar de que su agente había iniciado gestiones.

García Márquez me mostró su indignación porque aún circulara la leyenda del rechazo de Barral, obviando que fue él uno de los principales propagadores del bulo:

Con Cien años..., escrita y enviada a Paco Porrúa, Carmen se enteró, pero ya no podíamos hacer nada por dársela. Y, a partir de ahí, todo ha pasado por ella. A Seix Barral nunca le envié nada, ni siquiera un telegrama. A Carlos Barral le ofrecieron antes mi obra previa y dijo que no, no le interesó para nada, a partir del éxito de Cien años... sí quiso publicarme, y encima él se inventó el mito de que había rechazado esa obra, lo decía él mismo, con todo lujo de detalles y a personas muy diversas, que lo han ido repitiendo «de buena fuente». Una vanidad suya, lo decía para darse pisto. Éramos muy amigos y le tomábamos el pelo con eso, empezamos a decirlo nosotros también, siguiéndole la broma. El culpable de que yo publicara en Sudamericana fue Luis Harss.

Montserrat Sabater, secretaria de Carlos Barral, es contundente: «Nunca tuvimos el manuscrito». Salvador Clotas, del consejo editorial, es también rotundo: «Jamás nadie del comité leyó Cien años..., ese libro no nos llegó».19

El primer contrato de Cien años... que pasa por la agencia Balcells es la traducción francesa para Seuil del 26 de abril de 1967, luego la italiana de Feltrinelli del 2 de octubre de 1967, y la norteamericana para Harper & Row del 9 de noviembre de 1967. Más tarde vendría Alemania, donde cosechó varios rechazos hasta que en 1968 contrató la novela Kiepenheuer. En 1969, Balcells consiguió nada menos que dieciséis contratos: Inglaterra, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, Holanda, Rusia, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia (dos versiones: serbocroata y esloveno), Japón, Portugal y Brasil. Cuando Balcells está negociando con Italia la venta de cuatro libros de Gabo (La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande), en Milán le dice a Valerio Riva, el editor de Feltrinelli, que «el autor está escribiendo un libro muy importante», y su interlocutor le responde: «¿Y qué pasa si sucede otra vez todo en Macondo? ¿Más de lo mismo?». Se produjeron incidentes con la versión rusa, como ha relatado Pablo Neruda:

Gabriel García Márquez me refirió, muy ofendido, cómo le habían suprimido en Moscú algunos pasajes eróticos a su maravilloso libro Cien años de soledad.

—Eso está muy mal —les dije yo a los editores.

—No pierde nada el libro —me contestaron, y yo me di cuenta de que lo habían podado sin mala voluntad. Pero lo podaron.20

Félix de Azúa, miembro activo de Seix Barral, matiza que

cuando yo llegué, a Cien años... ya se le había dado carpetazo y no puedo opinar sobre lo que sucedió. Pero es absolutamente cierto que Carlos se negó a leer esa novela, independientemente de si se la enviaron o no, pero es que no le interesaba nada la novela. Ninguna novela.

Lo corrobora el crítico Robert Saladrigas:

Barral no entendía de novelas, lo que le interesaba era la poesía y a ella dedicaba sus esfuerzos. Una vez se lo dije así y me respondió: «Es verdad, no tengo ni puta idea, a mí lo que me interesa es Cernuda». Lo bueno de narrativa lo publicó gra ...