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ADIóS A LA REVOLUCIóN

Francisco Ángeles  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Dedicatoria

Epígrafe


PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8

9


SEGUNDA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8


TERCERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8


(fin)


Sobre este libro

Sobre el autor

Créditos

A Jennifer, siempre

Lo que les propongo en esta plática hay que tomarlo con pinzas y de donde viene: de un hombre en la edad en que se es demasiado viejo para ser joven y demasiado joven para ser viejo.

RAFAEL SEBASTIÁN GUILLÉN VICENTE

(AKA SUBCOMANDANTE MARCOS)

PRIMERA PARTE

Todo espectador es un cobarde o un traidor.

FRANTZ FANON

1

Toda revolución política es en el fondo una revolución sexual, dije esa mañana en la clase, y la miré fijamente, a ella, a Sophia, sentada en la primera fila, la espalda recta, el pelo largo y rubio, el lapicero suspendido en el aire, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Un desborde del erotismo, seguí. La única transformación posible surge del propio cuerpo, se manifiesta en el contacto con otros cuerpos, y alcanza su máxima cumbre revolucionaria en el ejercicio de la sexualidad, sobre todo en la que se supone que estaba prohibida, dije, mirándola, como si quisiera convencerla de algo, aún no sabía exactamente de qué.

Tenía en esa época treinta y cinco años, y me había convertido en un radical de izquierda, pero en su mísera versión burocrática, guerrillero de biblioteca, revolucionario de escritorio, demasiadas palabras y ninguna acción. Tampoco era para autoflagelarse demasiado: a la mayoría de profesores de izquierda les pasaba lo mismo, sobre todo en la academia norteamericana, que era donde yo enseñaba, Departamento de Artes Visuales de una universidad de élite en Filadelfia, llena de entusiastas seguidores de la revolución que defendían con fervor a Hugo Chávez, a Evo Morales, algunos incluso a Fidel Castro, mientras saboreaban vinos de doscientos dólares con fondos universitarios y peroraban en contra del imperialismo. Aunque, como profesor relativamente nuevo, aún no llegaba el momento de beneficiarme con tales incoherencias, creo que en mis dos años de servicio ya iba por el mismo camino. Por eso, a pesar de que me habían contratado como profesor e investigador de arte latinoamericano contemporáneo, mis cursos habían terminado olvidando el arte para convertirse en clases de teoría política y, por ratos, en abierto proselitismo a favor de un partido que aún no existía ni podría existir jamás. Me movía por el salón y, con movimientos enérgicos, expresaba la necesidad de producir una verdadera izquierda, ya que Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa, todos los presidentes de la Marea Rosada, eran en realidad políticos de derecha disfrazados de socialistas por una retórica desgastada. Y mientras desplegaba mi propia retórica, miraba a Sophia, los ojos luminosos, el pelo cayéndole hasta la mitad de la espalda, para buscarle la fisura, el vacío, la oculta carencia que todos arrastramos en secreto, y atacarla por ese flanco. No me bajaba la moral que fuera tan guapa, elegante e inteligente: tenía claro que a todo el mundo le falta algo, y yo sería el encargado de entregarle a ella lo que le faltaba, pensé, lleno de ambición y deseo.

Esa era mi carta de presentación: un profesor joven, con ímpetu subversivo, que se presentaba a la primera clase dispuesto a dinamitar todas las certezas de sus nuevos alumnos. Un peruano de treinta y cinco años, egresado de Historia del Arte en San Marcos, doctorado en la misma disciplina con una beca de la Universidad de Michigan, que después consiguió un puesto de tenure track en una universidad de la Ivy League; un migrante clasemediero, casado con Laura, una peruana a la que conoció en Michigan, que trabajaba como asistente editorial de una revista de arte, con quien en seis años juntos había mantenido una relación extraordinaria desde todos los puntos de vista posibles, desde el sexual hasta el intelectual; un limeño crecido durante los noventa que, sin haberlo previsto, estaba asentado en Filadelfia y se había convertido en un profesor influyente y popular, lo que para él significaba estar capacitado para convencer a sus estudiantes de que terminaran haciendo algo distinto de lo que tenían planificado antes de tomar su curso, en todos los sentidos posibles.

De manera que las cosas no marchaban nada mal cuando, en el semestre de otoño de 2011, entré por primera vez a mi clase de Latin American Contemporary Art. El nombre del curso era engañoso: el arte me interesaba cada vez menos, y menos aún el latinoamericano contemporáneo, que siendo generoso juzgaba mediocre. Por eso cada vez incluía más textos sobre autonomía, leía, pensaba y discutía con creciente pasión sobre autonomía y ya no sobre revolución. Llegamos demasiado tarde a la fiesta: mi generación tenía asumido que todo intento guerrillero no solo hubiera sido nostálgico sino también suicida, lo habían marcado con sangre sucesivos gobiernos militares que, a lo largo del continente, aplastaron la insurgencia hasta reducirla a la nada. Despojados de toda esperanza por el advenimiento de la utopía, actuar al margen del Estado en lugar de combatirlo parecía la única opción razonable. Por eso restringí la importancia del arte latinoamericano en el syllabus y abrí espacio para la teoría política. Alteraba el enfoque del curso y sentía el poder de mi lado.

Pero no era cierto: en una de las sesiones informativas a las que debíamos someternos los profesores recién contratados, una correcta cincuentona de la oficina de administración, una de esas mujeres maduras que tienen todo en su sitio, todo menos las tetas y el culo, hay que decirlo, pero sí la ropa, la postura, el tono de voz, la manera de llevarse el vaso de agua a la boca, se las arregló para, sin ser demasiado explícita, comunicarnos a los nuevos profesores que por ningún motivo debíamos jamás llevarle la contra a nuestros alumnos. Hasta ese momento, yo estaba satisfecho por haber conseguido uno de los mejores trabajos posibles para quien decide entregarse a la vida universitaria, quizá no por convicción, no porque fuera la vida soñada, que hubiera sido convertirme en estrella de rock, ídolo deportivo, presidente de la república o como mínimo actor porno, pero que a falta de condiciones o decisión para embarcarme seriamente en ninguna de esas ligas mayores al menos había terminado en uno de los mejores lugares que existen para dedicarse a la más modesta profesión de profesor e investigador universitario. Pero ese día, recién contratado, al salir de la capacitación con la cincuentona administrativa, me quedó claro que suponer que en una universidad de élite podían persistir conceptos como justicia, mérito, igualdad, ideas borradas casi por completo del resto de la sociedad, habí

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