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LARGO PéTALO DE MAR

Isabel Allende  

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Fragmento

I

1938

Prepararse, muchachos,

para otra vez matar, morir de nuevo

y cubrir con flores la sangre.

PABLO NERUDA,

«Sangrienta fue toda tierra del hombre»,

El mar y las campanas

El soldadito era de la Quinta del Biberón, la leva de niños reclutados cuando ya no quedaban hombres jóvenes ni viejos para la guerra. Víctor Dalmau lo recibió junto a otros heridos que sacaron del vagón de carga sin mucha consideración, porque había prisa, y tendieron como leños en esterillas sobre el piso de cemento y piedra de la estación del Norte, en espera de otros vehículos para llevarlos a los centros hospitalarios del Ejército del Este. Estaba inerte, con la expresión tranquila de quien ha visto a los ángeles y ya nada teme. Quién sabe cuántos días llevaba zarandeado de una camilla a otra, de una posta de campaña a otra, de una ambulancia a otra, hasta llegar a Cataluña en ese tren. En la estación, varios médicos, sanitarios y enfermeras recibían a los soldados, mandaban de inmediato a los más graves al hospital y clasificaban al resto según dónde estaban heridos —grupo A los brazos, B las piernas, C la cabeza, y así seguía el alfabeto— y los enviaban con un cartel al cuello al lugar correspondiente. Los heridos llegaban por centenares; había que diagnosticar y decidir en cuestión de minutos, pero el tumulto y la confusión eran sólo aparentes. Nadie quedaba sin atención, nadie se perdía. Los de cirugía iban al antiguo edificio de Sant Andreu en Manresa, los que requerían tratamiento se mandaban a otros centros y a algunos más valía dejarlos donde estaban, porque nada se podía hacer para salvarlos. Las voluntarias les mojaban los labios, les hablaban bajito y los acunaban como si fueran sus hijos, sabiendo que en otra parte habría otra mujer sosteniendo a su hijo o a su hermano. Más tarde los camilleros se los llevarían al depósito de cadáveres. El soldadito tenía un agujero en el pecho y el médico, después de examinarlo someramente sin encontrarle el pulso, determinó que estaba más allá de cualquier socorro, que ya no necesitaba morfina ni consuelo. En el frente le habían tapado la herida con un trapo, se la habían protegido con un plato de latón invertido para evitar el roce y le habían envuelto el torso con un vendaje, pero de eso hacía varias horas o varios días o varios trenes, imposible saberlo.

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Dalmau estaba allí para secundar a los médicos; su deber era obedecer la orden de dejar al chico y dedicarse al siguiente, pero pensó que si ese niño había sobrevivido a la conmoción, la hemorragia y el traslado para llegar hasta ese andén de la estación, debía de tener muchas ganas de vivir y era una lástima que se hubiera rendido ante la muerte en el último momento. Retiró cuidadosamente los trapos y comprobó asombrado que la herida estaba abierta y tan limpia como si se la hubieran pintado en el pecho. No pudo explicarse cómo destrozó el impacto las costillas y parte del esternón sin pulverizar el corazón. En los casi tres años de práctica en la Guerra Civil de España, primero en los frentes de Madrid y Teruel, y después en el hospital de evacuación, en Manresa, Víctor Dalmau creía haber visto de todo y haberse inmunizado contra el sufrimiento ajeno, pero nunca había visto un corazón vivo. Fascinado, presenció los últimos latidos, cada vez más lentos y esporádicos, hasta que se detuvieron del todo y el soldadito terminó de expirar sin un suspiro. Por un breve instante Dalmau se quedó inmóvil, contemplando el hueco rojo donde ya nada latía. Entre todos los recuerdos de la guerra, ese sería el más pertinaz y recurrente: aquel niño de quince o dieciséis años, todavía imberbe, sucio de batalla y de sangre seca, tendido en una esterilla con el corazón al aire. Nunca pudo explicarse por qué introdujo tres dedos de la mano derecha en la espantosa herida, rodeó el órgano y apretó varias veces, rítmicamente, con la mayor calma y naturalidad, durante un tiempo imposible de recordar, tal vez treinta segundos, tal vez una eternidad. Y entonces sintió que el corazón revivía entre sus dedos, primero con un temblor casi imperceptible y pronto con vigor y regularidad.

—Chico, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, jamás lo creería —dijo en tono solemne uno de los médicos, que se había aproximado sin que Dalmau lo percibiera.

Llamó a los camilleros de dos gritazos y les ordenó que se llevaran de inmediato al herido a toda carrera, que era un caso especial.

—¿Dónde aprendió eso? —le preguntó a Dalmau, apenas los camilleros levantaron al soldadito, que seguía de color ceniza pero con pulso.

Víctor Dalmau, hombre de pocas palabras, le informó en dos frases de que había alcanzado a estudiar tres años de medicina en Barcelona antes de irse al frente como sanitario.

—¿Dónde lo aprendió? —repitió el médico.

—En ninguna parte, pero pensé que no había nada que perder…

—Veo que cojea.

—Fémur izquierdo. Teruel. Está sanando.

—Bien. Desde ahora va a trabajar conmigo, aquí está perdiendo el tiempo. ¿Cómo se llama?

—Víctor Dalmau, camarada.

—Nada de camarada conmigo. A mí me trata de doctor y no se le ocurra tutearme. ¿Estamos?

—Estamos, doctor. Que sea recíproco. Puede llamarme señor Dalmau, pero les va a sentar como un tiro a los otros camaradas.

El médico sonrió entre dientes. Al día siguiente Dalmau comenzó a entrenarse en el oficio que determinaría su suerte.

Víctor Dalmau supo, como supo todo el personal de Sant Andreu y de otros hospitales, que el equipo de cirujanos pasó dieciséis horas resucitando a un muerto y lo sacaron vivo del quirófano. Milagro, dijeron muchos. Avances de la ciencia y la constitución de caballo percherón del muchacho, rebatieron quienes habían abdicado de Dios y los santos. Víctor se hizo el propósito de visitarlo adondequiera que lo hubieran trasladado, pero con la prisa de esos tiempos le resultó imposible llevar la cuenta de los encuentros y desencuentros, de los presentes y los desaparecidos, de los vivos y los muertos. Por un tiempo pareció que había olvidado ese corazón que tuvo en la mano, porque se le complicó mucho la vida y otros asuntos urgentes lo mantuvieron ocupado, pero años más tarde, al otro lado del mundo, lo vio en sus pesadillas y desde entonces el chico lo visitaba de vez en cuando, pálido y triste, con su corazón inerte en una bandeja. Dalmau no recordaba o tal vez nunca supo su nombre y lo apodó Lázaro por razones obvias, pero el soldadito nunca olvidó el de su salvador. Apenas pudo sentarse y beber agua por sí mismo, le contaron la proeza de ese enfermero de la estación del Norte, un tal Víctor Dalmau, que lo trajo de vuelta del territorio de la muerte. Lo acosaron a preguntas; todos querían saber si acaso el cielo y el infierno existen de verdad o son inventos de los obispos para meter miedo. El muchacho se recuperó antes de que terminara la guerra y dos años más tarde, en Marsella, se hizo tatuar el nombre de Víctor Dalmau en el pecho, debajo de la cicatriz.

Una joven miliciana, con la gorra ladeada en un intento de compensar la fealdad del uniforme, esperó a Víctor Dalmau en la puerta del quirófano y cuando este salió, con una barba de tres días y la bata manchada, le pasó un papel doblado con un mensaje de las telefonistas. Dalmau llevaba muchas horas de pie, le dolía la pierna y acababa de darse cuenta, por el ruido de caverna en el estómago, de que no había comido desde el amanecer. El trabajo era de mula, pero agradecía la oportunidad de aprender en el aura magnífica de los mejores cirujanos de España. En otras circunstancias un estudiante como él no habría podido ni acercarse a ellos, pero a esas alturas de la guerra, los estudios y títulos valían menos que la experiencia y eso a él le sobraba, como opinó el director del hospital cuando le permitió ayudar en cirugía. Para entonces, Dalmau podía mantenerse trabajando cuarenta horas seguidas sin dormir, sostenido por tabaco y café de achicoria, sin prestarle atención al inconveniente de su pierna. Esa pierna lo había liberado del frente; gracias a ella podía hacer la guerra desde la retaguardia. Ingresó en el Ejército republicano en 1936, como casi todos los jóvenes de su edad, y partió con su regimiento a la defensa de Madrid, ocupada en parte por los nacionales, como se autodenominaron las tropas sublevadas contra el gobierno, donde recogía a los caídos, porque con sus estudios de medicina así era más útil que con un fusil en las trincheras. Después lo destinaron a otros frentes.

En diciembre de 1937 durante la batalla de Teruel, con un frío glacial, Víctor Dalmau se movía en una ambulancia heroica prestando primeros auxilios a los heridos, mientras el chófer, Aitor Ibarra, un vasco inmortal que canturreaba sin cesar y se reía con estrépito para burlar a la muerte, se las arreglaba para conducir por senderos de ruina. Dalmau confiaba en que la buena suerte del vasco, quien había sobrevivido intacto a mil peripecias, alcanzaría para los dos. Para eludir el bombardeo, a menudo viajaban de noche; si no había luna, alguien marchaba por delante con una linterna señalándole el camino a Aitor, en caso de que hubiera camino, mientras Víctor socorría a los hombres dentro del vehículo con muy pocos recursos, a la luz de otra linterna. Desafiaban el terreno sembrado de obstáculos y la temperatura de muchos grados bajo cero, avanzando con lentitud de gusanos en el hielo, hundiéndose en la nieve, empujando la ambulancia para remontar las cuestas o sacarla de zanjas y cráteres de explosiones, sorteando hierros retorcidos y cadáveres petrificados de mulas, bajo el ametrallamiento del bando nacional y las bombas de la Legión Cóndor, que pasaba rasando. Nada distraía a Víctor Dalmau, concentrado en mantener vivos a los hombres a su cargo, que se desangraban a ojos vista, contagiado del estoicismo demente de Aitor Ibarra, que conducía sin alterarse con un chiste para cada ocasión.

De la ambulancia, Dalmau pasó al hospital de campaña instalado en unas cuevas de Teruel, para protegerlo de las bombas, donde trabajaban alumbrados con velas, chinchones impregnados de aceite de motor y lámparas de queroseno. Lidiaban con el frío mediante braseros colocados bajo las mesas de cirugía, pero eso no evitaba que los instrumentos congelados se quedaran pegados en las manos. Los médicos operaban deprisa a quienes podían remendar un poco antes de despacharlos a los centros hospitalarios, sabiendo que muchos morirían por el camino. Los otros, los que estaban más allá de toda ayuda, esperaban la muerte con morfina, cuando la había, pero siempre racionada; también el éter se racionaba. Si no había otra cosa para ayudar a los hombres con heridas atroces que bramaban de dolor, Víctor les daba aspirina y les decía que era una portentosa droga americana. Las vendas se lavaban con hielo y nieve derretidos para volver a usarlas. La tarea más ingrata era disponer las piras para piernas y brazos amputados; Víctor nunca pudo acostumbrarse al olor de la carne quemada.

Allí, en Teruel, volvió a ver a Elisabeth Eidenbenz, a la que había conocido en el frente de Madrid, adonde ella llegó de voluntaria con la Asociación de Ayuda a los Niños en la Guerra. Era una enfermera suiza de veinticuatro años con cara de virgen renacentista y coraje de guerrero curtido; estuvo medio enamorado de ella en Madrid y lo habría estado del todo si le hubiera dado la más leve oportunidad, pero nada desviaba a esa joven de su misión: mitigar el sufrimiento de los niños en esos tiempos brutales. En los meses que llevaba sin verla, la suiza había perdido la inocencia inicial, cuando acababa de llegar a España. Se le había endurecido el carácter luchando contra la burocracia militar y la estupidez de los hombres; reservaba su compasión y dulzura para las mujeres y los niños a su cargo. En una pausa entre dos ataques del enemigo, Víctor se encontró con ella ante uno de los camiones de abastecimiento de alimentos. «Hola, chico, ¿te acuerdas de mí?», lo saludó Elisabeth en su español enriquecido con sonidos guturales del alemán. Y cómo no iba a acordarse, pero al verla se le cortó el habla. Le pareció más madura y bella que antes. Se sentaron en un cascote de hormigón, él a fumar y ella a tomar té de una cantimplora.

—¿Qué hay de tu amigo Aitor? —le preguntó ella.

—Ahí sigue, siempre bajo metralla y sin un rasguño.

—No le tiene miedo a nada. Dale mis saludos.

—¿Qué planes tienes para cuando termine la guerra? —le preguntó Víctor.

—Irme a otra. Siempre hay guerra en alguna parte. ¿Y tú?

—Si te parece, nos podríamos casar —le sugirió él, atragantado de timidez.

Ella se rió y por un instante volvió a ser la doncella renacentista de otros tiempos.

—Ni loca, chico, no pienso casarme contigo ni con nadie. No tengo tiempo para el amor.

—Tal vez cambies de idea. ¿Crees que nos volveremos a ver?

—Seguramente, si es que sobrevivimos. Cuenta conmigo, Víctor. Cualquier cosa en que pudiera ayudarte…

—Lo mismo digo. ¿Puedo besarte?

—No.

En esas cuevas de Teruel acabaron de templársele los nervios a Víctor y adquirió el conocimiento médico que ninguna universidad podría haberle dado. Aprendió que uno se acostumbra a casi todo: a la sangre, ¡tanta sangre!, a la cirugía sin anestesia, al olor de la gangrena, a la mugre, al río interminable de soldados heridos y a veces mujeres y niños, a la fatiga de siglos carcomiendo la voluntad y, peor aún, a la sospecha insidiosa de que tanto sacrificio podía ser inútil. Y fue allí, extrayendo muertos y heridos de las ruinas de un bombardeo, donde un derrumbe tardío le cayó encima, partiéndole la pierna izquierda. Lo atendió un médico inglés de las Brigadas Internacionales. Otro habría optado por una rápida amputación, pero el inglés acababa de empezar su turno y había descansado algunas horas. Chapurreó una orden a la enfermera y se dispuso a poner los huesos en su lugar. «Tienes suerte, muchacho, ayer llegaron los suministros de la Cruz Roja y te vamos a dormir», le dijo la enfermera, acercándole la mascarilla de éter.

Víctor atribuyó el accidente al hecho de que Aitor Ibarra no estaba con él para protegerlo con su buena estrella. Fue Aitor quien lo condujo al tren que lo llevó a Valencia junto a docenas de otros heridos. Iba con la pierna inmovilizada por tablas amarradas con tiras, ya que no podían enyesarlo por las heridas, envuelto en una frazada, consumido de frío y de fiebre, torturado por cada estremecimiento del tren, pero agradecido, porque estaba en mejores condiciones que la mayoría de los hombres que yacían con él en el suelo del vagón. Aitor le había dado sus últimos cigarrillos y una dosis de morfina con instrucciones de usarla sólo en extrema necesidad, porque no iba a disponer de otra.

En el hospital de Valencia lo felicitaron por el buen trabajo del médico inglés; si no se producían complicaciones, la pierna iba a quedarle como nueva, aunque algo más corta que la otra, le dijeron. Una vez que las heridas empezaron a cicatrizar y pudo ponerse de pie apoyado en una muleta, lo mandaron enyesado a Barcelona. Se quedó en la casa de sus padres jugando interminables partidas de ajedrez con su viejo, hasta que pudo moverse sin ayuda. Entonces volvió al trabajo en un hospital de la ciudad, que atendía a población civil. Era como estar de vacaciones, porque comparado con lo vivido en el frente aquello era un paraíso de pulcritud y eficiencia. Allí estuvo hasta la primavera, cuando lo mandaron a Sant Andreu, en Manresa. Se despidió de sus padres y de Roser Bruguera, una estudiante de música que los Dalmau habían acogido, y a la que llegó a querer como a una hermana durante las semanas de su convalecencia. Esa joven modesta y amable, que pasaba horas en interminables ejercicios de piano, era la compañía que Marcel Lluís y Carme Dalmau necesitaban desde que sus hijos se habían ido.

Víctor Dalmau desdobló el papel que le había entregado la miliciana y leyó el mensaje de Carme, su madre. No la había visto en siete semanas, aunque el hospital quedaba sólo a sesenta y cinco kilómetros de Barcelona, porque no había tenido ni un solo día libre para tomar el bus. Una vez por semana, siempre el domingo a la misma hora, ella lo llamaba y ese día también le mandaba algo de regalo, un chocolate de los brigadistas internacionales, un salchichón o un jabón del mercado negro y a veces cigarrillos, que para ella eran un tesoro, porque no podía vivir sin nicotina. Su hijo se preguntaba cómo los conseguía. El tabaco era tan apreciado que los aviones enemigos solían tirarlo del cielo junto a hogazas de pan, para burlarse del hambre de los republicanos y hacer alarde de la abundancia imperante entre los nacionales.

Un mensaje de su madre un jueves sólo podía anunciar una emergencia: «Estaré en la Telefónica. Llámame». Su hijo calculó que ella llevaba casi dos horas esperando, lo que él había demorado en el quirófano antes de recibir su mensaje. Bajó a las oficinas del sótano y le pidió a una de las telefonistas que lo conectara con la Telefónica de Barcelona.

Carme se puso en la línea y con la voz entrecortada por ataques de tos, le ordenó a su hijo mayor que fuera a casa, porque a su padre le quedaba poca vida.

—¿Qué le ha pasado? ¡Padre estaba bueno y sano! —exclamó Víctor.

—El corazón no le da para más. Avisa a tu hermano, para que venga también a despedirse, porque se nos puede ir en un abrir y cerrar de ojos.

Ubicar a Guillem en el frente de Madrid le tomó treinta horas. Cuando por fin pudieron comunicarse por radio, en medio de una algarabía de estática y chirridos siderales, su hermano le explicó que le era imposible obtener permiso para ir a Barcelona. Se le oía la voz tan remota y cansada, que Víctor no lo reconoció.

—Cualquiera capaz de disparar un arma es imprescindible, Víctor, lo sabes bien. Los fascistas nos aventajan en tropas y armamento, pero no pasarán —le dijo Guillem, repitiendo la consigna popularizada por Dolores Ibárruri, bien llamada la Pasionaria por su capacidad para encender entusiasmo fanático en los republicanos.

Los militares rebeldes habían ocupado la mayor parte de España, pero no habían logrado tomar Madrid, cuya defensa desesperada calle a calle, casa a casa, la había convertido en el símbolo de la guerra. Contaban con las tropas coloniales de Marruecos, los temidos moros, y la ayuda formidable de Mussolini y Hitler, pero la resistencia de los republicanos los había bloqueado ante la capital. Al comienzo de la guerra, Guillem Dalmau había luchado en Madrid en la columna Durruti. En esos momentos, ambos ejércitos se enfrentaban en la Ciudad Universitaria tan próximos el uno del otro, que en algunos lugares los separaba el ancho de una calle; podían verse las caras e insultarse sin gritar demasiado. Según Guillem, atrincherado en uno de los edificios, los impactos de obuses perforaban los muros de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Facultad de Medicina y de la Casa de Velázquez; no había forma de defenderse de los proyectiles, pero habían calculado que tres tomos de filosofía atajaban las balas. Le tocó estar cerca durante la muerte del legendario anarquista Buenaventura Durruti, que había llegado a dar batalla en Madrid con parte de su columna después de propagar y consolidar la revolución por las tierras de Aragón. Murió de un balazo a quemarropa en el pecho en circunstancias poco claras. La columna fue diezmada, perecieron más de mil milicianos y entre los que sobrevivieron, Guillem fue uno de los pocos que resultó ileso. Dos años más tarde, después de pelear en otros frentes, lo habían vuelto a destinar en Madrid.

—Padre entenderá si no puedes venir, Guillem. En casa estamos pendientes de ti. Ven cuando puedas. Aunque no veas al viejo con vida, tu presencia sería un gran consuelo para madre.

—Supongo que Roser está con ellos.

—Sí.

—Dale saludos. Dile que sus cartas me acompañan y que me perdone por no contestarle muy seguido.

—Te estaremos esperando, Guillem. Cuídate mucho.

Se despidieron con un breve adiós y Víctor se quedó con un puño en el estómago rogando para que su padre viviera un poco más, para que su hermano regresara entero, para que la guerra terminara de una vez y se salvara la República.

El padre de Víctor y Guillem, el profesor Marcel Lluís Dalmau, pasó cincuenta años enseñando música, formó a pulso y dirigió con pasión la orquesta sinfónica juvenil de Barcelona y compuso una docena de conciertos para piano, que nadie interpretaba desde los comienzos de la guerra, y varias canciones que en esos mismos años estaban entre las favoritas de los milicianos. Conoció a Carme, su mujer, cuando ella era una adolescente de quince años enfundada en el severo uniforme de su colegio, y él un joven maestro de música, doce años mayor que ella. Carme era hija de un cargador del muelle, alumna de caridad de las monjas, que la estaban preparando para el noviciado desde la niñez y que nunca le perdonaron que dejara el convento para irse a vivir en pecado con un holgazán ateo, anarquista y tal vez masón, que se burlaba del sagrado vínculo del matrimonio. Marcel Lluís y Carme vivieron en pecado varios años, hasta la llegada inminente de Víctor, su primer descendiente; entonces se casaron para evitarle al crío el estigma de la bastardía, que todavía en esos tiempos era una seria limitación en la vida. «De haber tenido a los hijos ahora, no nos habríamos casado, porque nadie es bastardo en la República», declaró Marcel Lluís Dalmau en un momento de inspiración a comienzos de la guerra. «En ese caso yo habría quedado preñada de vieja y tus hijos estarían todavía en pañales», le respondió Carme.

Víctor y Guillem Dalmau se educaron en una escuela laica y crecieron en una casa pequeña del Raval, en un hogar de clase media esforzada, donde la música del padre y los libros de la madre reemplazaron a la religión. Los Dalmau no militaban en ningún partido político, pero la desconfianza de ambos por la autoridad y cualquier tipo de gobierno los alineaba con el anarquismo. Además de la música en varias de sus formas, Marcel Lluís les inculcó a sus hijos curiosidad por la ciencia y pasión por la justicia social. La primera motivó a Víctor a estudiar medicina, y la segunda fue el ideal absoluto de Guillem, que desde niño andaba enojado con el mundo, predicando contra latifundistas, comerciantes, industriales, aristócratas y curas, sobre todo curas, con más fervor mesiánico que argumentos. Era alegre, ruidoso, macizo y atrevido, favorito de las muchachas, que se desvivían en vano por seducirlo, ya que a él le importaba poco el efecto que causaba en ellas, dedicado en cuerpo y alma a deportes, bares y amigos. Desafiando a sus padres, a los diecinueve años se alistó en las primeras milicias de obreros organizados en defensa del gobierno republicano contra los fascistas rebeldes. Tenía vocación de soldado, había nacido para empuñar armas y mandar a otros hombres menos decididos que él. Su hermano Víctor, en cambio, parecía poeta, con sus huesos largos, su pelo indomable y su cara de preocupación, siempre con un libro en las manos y callado. En la escuela Víctor soportaba el implacable hostigamiento de otros chicos, «a ver si te haces cura, marica»; entonces intervenía Guillem, tres años menor, pero más fornido y siempre listo para liarse a tortazos por una razón justa. Guillem abrazó la revolución como a una novia; había encontrado la causa por la que valía la pena dejar su vida.

Los conservadores y la Iglesia católica, que habían invertido dinero, propaganda y prédicas apocalípticas desde el púlpito, fueron derrotados en las elecciones generales de 1936 por el Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda. España, convulsionada desde el triunfo republicano cinco años antes, se dividió como si un violento hachazo la hubiese partido. Con el argumento de imponer orden en una situación que juzgaban caótica, aunque en verdad estaba lejos de serlo, la derecha comenzó de inmediato a conspirar con los militares para derrocar al gobierno legítimo, formado por liberales, socialistas, comunistas, sindicalistas y el apoyo eufórico de obreros, campesinos, trabajadores y la mayoría de los estudiantes e intelectuales. Guillem había terminado la secundaria a duras penas y según su padre, amante de las metáforas, tenía el físico de un atleta, el coraje de un torero y el cerebro de un mocoso de ocho años. El ambiente político era ideal para Guillem, que aprovechaba cualquier ocasión de batirse a puñetazos contra sus adversarios, aunque le costaba articular sus razones ideológicas y seguiría costándole hasta que entró en las milicias, donde el adoctrinamiento político era tan importante como el de las armas. La ciudad estaba dividida, los extremos sólo se juntaban para agredirse. Había bares, bailes, deportes y fiestas de izquierda, y otros de derecha. Antes de hacerse miliciano ya andaba peleando. Después de algún encontronazo con señoritos atrevidos, Guillem volvía a su casa machucado, pero feliz. Sus padres no sospecharon que salía a quemar cosechas y robar animales en las fincas de los terratenientes, a golpear, incendiar y cometer destrozos, hasta que apareció un día con un candelabro de plata. Su madre se lo arrebató de un zarpazo y se lo descargó encima; si ella hubiera sido más alta, le habría roto la cabeza, pero el candelabro le dio a Guillem en medio de la espalda. Carme lo obligó a confesar lo que otros sabían, pero que ella se había negado a admitir hasta ese momento: que su hijo andaba, entre otras barrabasadas, profanando iglesias y atacando a curas y monjas, es decir, cometiendo exactamente lo que sostenía la propaganda de los nacionales. «¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! ¡Me vas a matar de vergüenza, Guillem! Ahora mismo vas a ir a devolverlo, ¿me oyes?», gritó. Cabizbajo, Guillem salió con el candelabro envuelto en papel de periódico.

En julio de 1936 se alzaron los militares contra el gobierno democrático. Pronto la sublevación fue encabezada por el general Francisco Franco, cuyo aspecto insignificante ocultaba un temperamento frío, vengativo y brutal. Su sueño más ambicioso era devolver a España las glorias imperiales del pasado y su propósito inmediato acabar definitivamente con el desorden de la democracia y gobernar con mano de hierro mediante las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica. Los sublevados esperaban ocupar el país en una semana y se encontraron con la resistencia inesperada de los trabajadores, organizados en milicias y decididos a defender los derechos ganados con la República. Entonces comenzó la época del odio desatado, la venganza y el terror, que habría de costarle a España un millón de víctimas. La estrategia de los hombres al mando de Franco era verter el máximo de sangre y sembrar el miedo, única forma de extirpar cualquier ápice de resistencia en la población vencida. En ese momento Guillem Dalmau estaba listo para participar de lleno en la Guerra Civil. Ya no se trataba de robar candelabros sino de empuñar el fusil.

Si antes Guillem encontraba pretextos para hacer desmanes, con la guerra ya no los necesitaba. Se abstuvo de cometer atrocidades, porque los principios inculcados en su casa se lo impedían, pero tampoco defendió a las víctimas, a menudo inocentes, de las represalias de sus camaradas. Se perpetraron miles de asesinatos, sobre todo de sacerdotes y monjas; eso obligó a mucha gente de derechas a buscar refugio en Francia para escapar de las hordas rojas, como las llamaba la prensa. Pronto los partidos políticos de la República dieron orden de suspender esos actos de violencia por ser contrarios al ideal revolucionario, pero siguieron ocurriendo. Entre los soldados de Franco, en cambio, la orden era exactamente opuesta: dominar y castigar a fuego y sangre.

Entretanto, absorto en sus estudios, Víctor cumplió veintitrés años viviendo en el hogar de sus padres, hasta que fue reclutado por el Ejército republicano. Mientras vivió con sus viejos, se levantaba de amanecida y antes de irse a la universidad les preparaba el desayuno, su única contribución a las tareas domésticas; regresaba muy tarde a comer lo que su madre le dejaba en la cocina —pan, sardinas, tomate y café— y seguir estudiando. Se mantenía al margen de la pasión política de sus padres y la exaltación de su hermano. «Estamos haciendo historia. Vamos a sacar a España del feudalismo de siglos, somos el ejemplo de Europa, la respuesta al fascismo de Hitler y Mussolini —predicaba Marcel Lluís Dalmau a sus hijos y a sus compinches del Rocinante, una tasca tenebrosa de aspecto y elevada en espíritu, donde se juntaban a diario los mismos clientes a jugar al dominó y beber vino peleón—. Vamos a acabar con los privilegios de la oligarquía, la Iglesia, los latifundistas y el resto de los explotadores del pueblo. Debemos defender la democracia, amigos; pero recuerden que no todo ha de ser política. Sin ciencia, industria y técnica no hay progreso posible, y sin música y arte no hay alma», sostenía. En principio, Víctor estaba de acuerdo con su padre, pero procuraba escapar de sus arengas, que con pocas variantes eran siempre las mismas. Con su madre tampoco hablaba de ese tema: se limitaban a alfabetizar juntos a milicianos en el sótano de una cervecería. Carme había sido maestra de preparatoria durante muchos años y creía que la educación era tan importante como el pan, y que cualquiera que supiera leer y escribir tenía la obligación de enseñar a otros. Para ella, las clases impartidas a los milicianos eran pura rutina, pero para Víctor solían ser un suplicio. «¡Son unos asnos!», concluía, frustrado después de pasar dos horas en la letra A. «De asnos, nada. Estos muchachos nunca han visto un silabario. A ver cómo te las arreglarías tú detrás de un arado», le respondía su madre.

Azuzado por ella, que temía verlo convertido en un ermitaño y le predicaba la necesidad de convivir con el resto de la humanidad, Víctor aprendió temprano a tocar canciones de moda con la guitarra. Tenía una voz acariciante de tenor, en contraste con su físico desmañado y su expresión adusta. Parapetado detrás de la guitarra disimulaba su timidez, evitaba las conversaciones banales, que lo irritaban, y daba la impresión de participar en el grupo. Las muchachas lo dejaban de lado hasta que lo oían cantar; entonces se le iban acercando y acababan canturreando con él. Después, entre cuchicheos, decidían que el mayor de los Dalmau era bastante bien parecido, aunque no podía compararse, claro, con su hermano Guillem.

La pianista más destacada entre los alumnos de música del profesor Dalmau era Roser Bruguera, una joven del pueblo de Santa Fe, que sin la generosa intervención de Santiago Guzmán, habría sido pastora de cabras. Guzmán era de una familia ilustre, pero empobrecida por generaciones de señoritos indolentes, que derrocharon fortuna y tierras. Pasaba sus últimos años retirado en su finca en un descampado de cerros y piedras, pero llena de recuerdos sentimentales. Se mantenía activo, aunque tenía mucha edad, dado que ya era catedrático de Historia de la Universidad Central en tiempos del rey Alfonso XII. Salía a diario, bajo el sol inclemente de agosto o el viento gélido de enero, a caminar durante horas con su bastón de peregrino, su gastado sombrero de cuero y su perro de caza. Su mujer estaba atrapada en los laberintos de la demencia y ...