Loading...

MALEFICIO

Stephen King  

0


Fragmento

Capítulo I

111

«“Más delgado” susurró el viejo gitano de nariz macilenta a William Halleck, mientras éste y su mujer, Heidi, salían del juzgado.

»Sólo una palabra, emitida con su aliento dulzón y empalagoso.

»“Más delgado.”

»Y antes de que Halleck pudiera apartarse, el viejo gitano extendió la mano y acarició su mejilla con un dedo contrahecho. Sus labios abiertos parecían una herida, y mostraban unos pocos dientes que sobresalían de sus encías. Eran verdes y negruzcos. Su lengua se retorció entre ellos y luego se deslizó por sus sonrientes y amargos labios.

»“Más delgado.”»

Este recuerdo asaltó a Billy Halleck mientras se hallaba de pie en la báscula, a las siete de la mañana, con una toalla envuelta a la cintura. Desde el piso de abajo llegaba el olor de los huevos con bacon. Tuvo que inclinarse levemente hacia adelante para leer los números de la báscula. Bueno, en realidad tuvo que inclinarse hacia adelante algo más que levemente. De hecho se inclinó más de la cuenta. Era un hombre gordo. Demasiado grueso, como al doctor Houston le gustaba decir.

Recibe antes que nadie historias como ésta

«Pero si alguien no te lo dice, permíteme informarte –le había dicho Houston después de su último chequeo–. Un hombre de tu edad, ingresos y hábitos entra en el club del infarto más o menos a los treinta y ocho años. Tienes que perder algo de peso.»

Pero esa mañana las noticias eran buenas. Había bajado casi un kilo y medio, de 112 a 111.

En realidad el peso había dado 113 la última vez que había tenido el valor de ponerse allí y echar un vistazo, pero entonces llevaba los pantalones puestos, y algunas monedas sueltas en los bolsillos, sin mencionar su llavero y su cuchillo del Ejército suizo, y la báscula del cuarto de baño del piso de arriba tenía tendencia a pesar de más… Estaba moralmente seguro de ello.

«Más delgado.»

Y como buen muchacho criado en Nueva York, había oído que los gitanos tenían el don de la profecía. Tal vez ésa fuera la prueba. Trató de reírse y sólo pudo emitir una breve y no muy lograda sonrisa; aún era demasiado pronto para reírse de los gitanos. Una vez pasara el tiempo las cosas se verían en perspectiva; era lo suficientemente mayor para saberlo. Pero aún le ponía enfermo su barriga demasiado prominente al pensar en los gitanos, y deseaba de todo corazón no ver uno solo más en su vida. A partir de ese momento dejaría de lado la lectura de la mano en las fiestas y se mostraría partidario del tablero de espiritismo. Eso es…

–¿Billy?

La voz procedía del piso de abajo.

–¡Ya voy!

Se vistió, notando con un malestar subliminal que a pesar de haber adelgazado casi un kilo y medio, la cintura de sus pantalones le quedaba apretada de nuevo. Su cintura medía ahora 107 centímetros. Había dejado de fumar, exactamente, a las 12.01 del día de Año Nuevo, pero tuvo que pagarlo, y ¡de qué manera! Se dirigió al piso de abajo con el cuello desabrochado y la corbata colgando. Linda, su hija mayor, de catorce años, salía por la puerta con un revuelo de falda y el vaivén de su cola de caballo, atada aquella mañana con una cinta de terciopelo muy sexy. Llevaba los libros bajo el brazo. Dos llamativas borlas de animadora, púrpura y blancas, se balanceaban animadamente en su otra mano.

–¡Adiós, papá!

–Que lo pases bien, Lin.

Se sentó a la mesa y cogió el Wall Street Journal.

–Cariño… –lo saludó Heidi.

–Querida mía –respondió pomposamente, y dejó boca abajo el Journal al lado de la indolente Susan.

Ésta colocó el desayuno delante de él: un humeante montón de huevos revueltos, un panecillo inglés con pasas y cinco lonchas de crujiente bacon al estilo campestre. Buenos alimentos. La mujer se sentó en la silla enfrente de él, en el rincón de los desayunos, y encendió un Vantage 100. Enero y febrero habían sido tensos: demasiadas «discusiones» que sólo habían servido para disfrazar las disputas, demasiadas noches en que acabaron durmiendo de espaldas el uno al otro. Pero habían llegado a un modus vivendi: ella dejó de apremiarle con la cuestión del peso y él cesó de reprocharle su hábito de fumarse hasta el filtro el paquete y medio de tabaco al día. Eso contribuyó a que tuvieran una primavera bastante normal. Y además de su propia estabilidad, habían sucedido otras cosas buenas. En primer lugar Halleck había ascendido. Greely, Penschley y Kinder era en ese momento Greely, Penschley, Kinder y Halleck. La madre de Heidi había cumplido finalmente su tan anunciada amenaza de mudarse de nuevo a Virginia. Linda había conseguido ser animadora del instituto y para Billy aquello constituía una enorme bendición; hubo momentos en que estuvo seguro de que el histrionismo de Lin le llevaría a un colapso nervioso. Todo se había desarrollado a lo grande.

Luego llegaron los gitanos a la ciudad.

«“Más delgado” había dicho el viejo gitano.

»¿Qué diablos tenía en la nariz? ¿Sífilis? ¿Cáncer? ¿O algo aún más terrible, como la lepra?

»Y a propósito, ¿por qué no lo dejas? ¿Por qué no lo dejas en paz?»

–No te lo puedes quitar de la cabeza, ¿verdad? –le dijo de repente Heidi.

Tan de improviso que Halleck vaciló en su asiento.

–«Billy, no es culpa tuya.» El juez así lo dijo.

–No pensaba en eso.

–Entonces, ¿en qué pensabas?

–En el Journal –replicó–. Afirma que las viviendas están bajando este trimestre.

No era su culpa; era verdad, el juez lo había dicho. El juez Rossington. Cary para sus amigos.

«Amigos como yo –pensó Halleck–, he jugado muchas partidas de golf con el viejo Cary Rossington, como sabes muy bien, Heidi. En nuestra fiesta de Nochevieja de hace dos años, el año en que creí que dejaría de fumar, y no lo hice. ¿Quién te agarró tus tan agarrables tetas en el tradicional beso de Año Nuevo? ¿Adivina quién? ¿Por qué, cielos? Fue el bueno de Cary Rossington, tal como vivo y respiro.»

Sí. El bueno y viejo Cary Rossington, ante el que Billy había discutido más de una docena de casos municipales. El bueno y viejo Cary Rossington, con el que a veces Billy jugaba al póquer en el club. El bueno y viejo Cary Rossington que no se descalificó a sí mismo cuando su buen compinche del golf y del póquer, Billy Halleck (Cary que a veces le daba unas palmaditas en la espalda y le gritaba: «¿Cómo los tienes, Gran Bill?») se presentó ante su tribunal, no para discutir alguna cuestión de derecho municipal, sino por una acusación de homicidio involuntario en accidente de tráfico.

«Y cuando Cary Rossington no se recusó a sí mismo, ¿quién dijo ni mu, hijitos? ¿Quién se queja en esta tan justa ciudad de Fairview? Nadie, nadie dice una palabra. ¡Nadie dice ni pío! A fin de cuentas, ¿por qué iban a hacerlo? Por nada más que un montón de asquerosos gitanos. Cuanto antes salgan de Fairview y se encaminen por la carretera con sus breaks y sus pegatinas de la Agencia de Recuperación Nacional en los parachoques traseros, cuanto antes veamos la parte de atrás de sus caravanas y sus remolques de fabricación casera tanto mejor… Cuanto antes…

»“Más delgado.”»

Heidi aplastó su cigarrillo y exclamó:

–¡A la mierda con tus cuentos de las viviendas! Te conozco muy bien…

Billy también lo creía así. Y también supuso que ella pensaba lo mismo. Tenía el rostro demasiado pálido. Aparentaba su edad, 35, y eso era raro. Se habían casado muy jóvenes, y él aún recordaba al viajante que un día había llegado a su puerta vendiendo aspiradoras cuando llevaban ya tres años de casados. Se había quedado mirando a Heidi Halleck de 22 años y, con gran cortesía, le había preguntado: «¿Está tu madre en casa, encanto?»

–De todos modos no me quita el apetito –repuso, y eso era ciertamente verdad.

Angustiado o no, había dejado muy poco de los huevos revueltos y del bacon no quedaba ni rastro. Se bebió la mitad del zumo de naranja y brindó a su mujer una sonrisa a lo gran Billy Halleck. Ella también trató de sonreírle, pero había perdido la costumbre. Él se la imaginó con un letrero: MI MÁQUINA DE SONRISAS POR EL MOMENTO NO FUNCIONA.

Extendió la mano por encima de la mesa y cogió la de ella.

–Heidi, todo va bien. Y aunque no sea así, en realidad ya pasó.

–Lo sé. Lo sé…

–¿Está Linda…?

–No. Ya no. Dice, dice que sus amigos comienzan a mostrarse muy solidarios…

Durante casi una semana después de que aquello sucediera, su hija lo había pasado bastante mal. Llegaba a casa de la escuela llorando o muy cerca de las lágrimas. Dejó de comer. Su tez llameaba. Halleck, decidido a no pasarse, fue a ver a su tutor, el ayudante del director, y a Miss Norwalk, la preferida de Linda, que enseñaba educación física y formación de animadoras. Aseguró (con buenas palabras de leguleyo) que se trataba de sólo una broma, por ingrato y poco divertidas que llegaran a ser las bromas de la mayoría de los alumnos de primer curso del instituto y claro, carentes de tacto, dadas las circunstancias, pero ¿no era eso lo que cabía esperar de un grupo de edad que pensaba que las bromas rematadamente infantiles eran el no va más del carácter?

Había llevado a Linda a dar un paseo. Lantern Drive aparecía alineada de casas de muy buen gusto, cuya parte trasera daban a la calle, viviendas de entre 75.000 dólares hasta cerca de los 200.000 las que tenían sauna y piscina, que dejaban atrás la época en que había que ir al club de campo del final de la calle.

Linda tenía puestos sus viejos pantalones cortos de madrás, que estaban desgarrados por una costura; y, según observó Halleck, sus piernas ya habían crecido tanto y de manera tan inexperta que mostraban los costados de sus bragas amarillas de algodón. Sintió de nuevo una oleada de lástima y terror. Estaba creciendo. Supuso que sabía que los viejos pantalones cortos de madrás eran demasiado pequeños y estaban muy gastados, pero que se los había puesto porque eran un nexo con una infancia más confortante, una infancia en la que los padres no tenían que comparecer ante el tribunal, en el estrado de los acusados (sin importar para ello lo amañado que estuviera ese juicio, con tu viejo compinche del golf y borrachín toqueteador de las tetas de tu mujer, Cary Rossington, sosteniendo la maza), una infancia en la que los chicos no te persiguen en el campo de fútbol después de la cuarta clase, mientras te comes tu bocadillo y te preguntan cuántos puntos ha logrado tu papá por cargarse a la anciana.

«–Sabes que fue un accidente, ¿verdad, Linda?

»–Sí, papá –asiente ella sin mirarlo.

»–Salió entre dos coches sin mirar a un lado ni a otro. No me dio tiempo a frenar. No me dio tiempo en absoluto.

»–Papá, no quiero oír más.

»–Ya sé que no –dice él–. Y yo no quiero hablar de eso. Pero tú sí escuchas cosas. En la escuela.

»Ella lo mira temerosa.

»–Papá, tú no…

»–¿Si he ido a tu escuela? Sí. Lo hice. Pero fui a las tres y media de la tarde de ayer. No había chicos por ninguna parte, al menos ninguno visible. Nadie se enterará.

»Ella se relaja un poco.

»–Me he enterado de que lo estás pasando mal por culpa de los otros chicos. Lo siento mucho.

»–No ha sido tan malo –responde, cogiéndole la mano. Su rostro, esa reciente proliferación de granos de aspecto inflamado en su frente, cuenta una historia diferente. Los granos afirman que el trato ha sido más bien duro. El tener un padre detenido es una situación que ni siquiera soportaría Judy Blume (aunque algún día, probablemente, deberá hacerlo).

»–Y también he oído que te las arreglas muy bien –dice Billy Halleck–. Sin hacer de esto una cosa en exceso importante. Porque si se dan cuenta de que te fastidian…

»–Sí, lo sé –replica lúgubremente.

»–Miss Norwalk afirma que está especialmente orgullosa de ti –prosigue. Es una pequeña mentira. Miss Norwalk no dijo exactamente eso, pero sí habló bien de Linda, y eso significa casi tanto para Halleck como para su hija. Y eso obra el milagro. Los ojos de ella se iluminan y mira a Halleck por primera vez.

»–¿Lo hizo?

»–Así es –confirma Halleck. La mentira sale fácil y resulta convincente. ¿Por qué no? Últimamente ha dicho un montón de mentiras.

»Ella le aprieta la mano y le sonríe agradecida.

»–Lo olvidarán muy pronto, Lin. Encontrarán algún otro hueso que roer. Alguna chica se quedará embarazada o un maestro padecerá un ataque de nervios o empapelarán a algún chico por vender hierba o cocaína. Y tú te verás libre. ¿De acuerdo?

»La chica le echa de repente los brazos al cuello y lo abraza con fuerza. Decide que, a fin de cuentas, no está creciendo con tanta rapidez, y que no todas las mentiras son malas.

»–Te quiero, papá –le dice.

»–Yo también te quiero, Lin.

»La abraza y, de improviso, alguien pone en marcha un gran amplificador estéreo en la parte delantera de su cerebro y vuelve a oír el doble estruendo: el primero cuando el parachoques delantero del 98 golpea a la anciana gitana del brillante pañuelo rojo de paño sobre su cabello ralo, y el segundo cuando las grandes ruedas delanteras pasan por encima de su cuerpo.

»Heidi chilla.

»Su mano deja el regazo de Halleck.

»Halleck abraza con fuerza a su hija, sintiendo cómo la piel de gallina le sube por el cuerpo.»

–¿Más huevos? –preguntó Heidi, rompiendo su ensoñación.

–No. No, gracias.

Mira su plato limpio con cierta culpabilidad: sin importar lo mal que puedan ir las cosas, nunca han ido lo suficientemente mal para hacerle perder ni el sueño, ni el apetito.

–¿Seguro que estás…?

–¿Si estoy bien? –Sonrió–. Estoy bien, tú estás bien, Linda está bien. Como dicen en las series de televisión, la pesadilla ha acabado… ¿No podemos volver a nuestras vidas?

–Eso es una idea maravillosa.

En respuesta a la de él, le ofreció una auténtica sonrisa, de nuevo se la veía por debajo de la treintena, radiante.

–¿Quieres el resto del bacon? Quedan dos lonchas.

–No –respondió, pensando en cómo sus pantalones se adherían a su blanda cintura. («¿Qué cintura, ja, ja?», habla en su mente el pequeño y poco divertido Don Rickles, «la última vez que tuviste cintura fue hacia 1978»), en cómo había tenido que encoger el vientre para abrocharse el cinturón. Luego pensó en la báscula y dijo–: Me tomaré una. He perdido un kilo y medio.

Ella había vuelto a la cocina, a pesar de su original no.

«A veces me conoce tan bien que resulta deprimente», pensó.

Entonces ella lo miró.

–Así pues, sigues pensando en eso…

–En absoluto –respondió exasperado–. ¿No puede un hombre perder un kilo y medio en paz? Siempre me estás diciendo que te gustaría un poco…

«Más delgado.»

–… un poco menos fornido…

Eso le hizo pensar de nuevo en el gitano. «¡Maldita sea!» En la macilenta nariz del gitano y en la sensación escamosa de aquel dedo deslizándose por su mejilla en el momento anterior a que reaccionara y se apartara: de la manera en que uno huiría de una araña o de un montón de escarabajos amontonados debajo de un madero podrido.

Ella le llevó el bacon y le dio un beso en la sien.

–Lo siento. Debes seguir adelante y perder un poco de peso. Pero si no lo haces, recuerda lo que dice Mr. Rogers…

–«Me gustas como eres» –terminaron la frase al unísono.

Manoseó el Journal vuelto por la indolente Susan, pero aquello resultaba demasiado deprimente. Se levantó, salió y encontró el New York Times en el parterre. El chico siempre lo tiraba en el parterre, nunca le salían los números al terminar la semana y no podía recordar el apellido de Bill. Billy se había preguntado en más de una ocasión si sería posible que un muchacho de 12 años se convirtiera en víctima de la enfermedad de Alzheimer.

Entró con el periódico, lo abrió por la página de deportes y se comió el bacon. Estaba enfrascado en las apuestas cuando Heidi le llevó otro medio panecillo inglés, dorado por la mantequilla derretida.

Halleck lo comió casi sin darse cuenta de lo que hacía.

Capítulo II

110,5

En la ciudad, un maldito juicio que se había prolongado durante más de tres años –un juicio que había previsto arrastrar, de un modo u otro, durante los siguientes tres o cuatro años– llegó a una inesperada y gratificante conclusión al mediodía, con el acuerdo del demandante durante un descanso del tribunal, que lo dejó en una cantidad asombrosa. Halleck no perdió tiempo en decirle al demandante, un fabricante de pinturas de Schenectady, y a su cliente, que firmaran una carta de buenas intenciones en el antedespacho del juez. El abogado del demandante lo consideró con palpable decaimiento e incredulidad mientras su cliente, presidente de la Good Luck Paint Company garrapateaba su nombre en las seis copias de la carta y el agente del tribunal cuya cabeza calva brillaba suavemente, autentificaba ejemplar tras ejemplar. Billy permaneció sentado en silencio, con las manos en el regazo, sintiendo algo parecido a haber ganado la lotería de Nueva York. Para la hora del almuerzo todo había acabado, excepto los gritos.

Billy se fue con el cliente a O’Lunney’s, pidió Chivas en un vaso de agua para el cliente y un martini para él, y luego llamó a Heidi a casa.

–Mohonk –le dijo en cuanto ella descolgó el teléfono.

Se trataba de un establecimiento laberíntico en el interior de Nueva York, donde habían pasado su luna de miel –un regalo de los padres de Heidi–, hacía ya mucho, muchísimo tiempo. Ambos se habían enamorado del lugar y después habían pasado allí las vacaciones dos veces.

–¿Qué?

–Mohonk –repitió–. Si no quieres ir, se lo pediré a Jillian de la oficina.

–¡No lo harás! Billy, ¿de qué me hablas?

–¿Quieres ir o no?

–Claro que sí. ¿Este fin de semana?

–Mañana, si consigues que Mrs. Bean vaya y se ponga de acuerdo con Linda para que se haga la colada y no haya orgías ante la tele en el salón de la familia. Y si…

Pero el grito de Heidi lo interrumpió.

–¡Tu caso, Billy! Los humos de la pintura y el colapso nervioso, el episodio psicótico y…

–Canley llegará a un acuerdo. En realidad, ya lo ha hecho. Después de 14 años de follones administrativos y larguísimas opiniones legales que nada significaban en absoluto, tu marido ha ganado al fin a uno de esos tipos estupendos. De una manera clara, decisiva y sin la menor duda. Canley ha llegado a un acuerdo, y yo me encuentro en el mejor de los mundos…

–¡Billy! ¡Dios mío! –gritó de nuevo, tan alto que el teléfono produjo una distorsión.

Billy tuvo que apartarse el auricular del oído, sonriendo.

–¿Cuánto te soltará tu chico?

Billy dijo la cifra y esa vez tuvo que apartarse el auricular durante casi cinco segundos.

–¿Crees que a Linda le importará que nos tomemos cinco días de vacaciones?

–¿Pudiendo quedarse hasta la una mirando las últimas emisiones de la noche de la tele, con Georgia Deeber, ambas hablando de chicos, atiborrándose de mis chocolatinas? ¿Bromeas? ¿Hará frío en esta época del año, Billy? ¿Quieres que te ponga en la maleta tu rebeca verde? ¿Quieres el anorak o tu chaqueta de mahón? ¿O las dos cosas? O…

Le respondió que hiciera lo que considerara mejor y regresó con su cliente. Éste llevaba ya bebida la mitad de su gran vaso de Chivas, y quería contar chistes de polacos. El cliente tenía el aspecto de haber sido golpeado con un martillo. Halleck bebió su martini y estuvo escuchando agudezas sobre carpinteros polacos y restaurantes de Polonia sin prestarle demasiada atención, con la mente aferrada a otros asuntos. El caso tendría implicaciones de largo alcance; era demasiado pronto para decir que aquello cambiaría el curso de su carrera, pero podría ser así. Era lo más probable. No era malo para aquellos casos que las grandes firmas lo tomaran como una obra de caridad… Y eso significaría que…

«El primer golpe lanzó a Heidi hacia adelante y durante un momento, se aferró a él, que fue apenas consciente del dolor de su entrepierna. El impacto fue lo suficientemente fuerte para cerrar el cinturón de seguridad de ella. Saltó la sangre: tres gotas del tamaño de una moneda de diez centavos, y se aplastó en el parabrisas como lluvia roja. Ella no tuvo tiempo ni de gritar; gritaría después. Él ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta del asunto. El principio de esta toma de conciencia llegaría con el segundo golpe. Y él…»

Bebió el resto de su martini de un trago. Las lágrimas acudieron a sus ojos.

–¿Está usted bien? –preguntó el cliente, que se llamaba David Duganfield.

–Estoy tan bien como no puede imaginarse –replicó Billy, y extendió la mano por encima de la mesa hacia su cliente–. Felicidades, David.

No pensaría en el accidente, ni en el gitano de la nariz macilenta. Ése era un buen tipo, y eso se apreció claramente en el fuerte apretón de manos de Duganfield y en su cansada y un poco abobada sonrisa.

–Gracias, tío –le dijo Duganfield–. Muchísimas gracias.

De repente se inclinó por encima de la mesa y abrazó torpemente a Billy Halleck. Billy también lo abrazó. Pero mientras los brazos de David Duganfield rodeaban su cuello, una palma se deslizó por el ángulo de su mejilla y pensó de nuevo en la rara caricia del viejo gitano.

«Me ha conmovido», pensó Halleck e incluso, mientras abrazaba a su cliente, se estremeció.

En el camino hacia casa trató de pensar en David Duganfield, Duganfield era algo bueno en que pensar; pero en vez de en Duganfield, se encontró pensando en Ginelli y en la época en que estaba en el Triborough Bridge.

Él y Duganfield habían pasado la mayor parte de la tarde en O’Lunney’s, pero el primer impulso de Billy había sido llevar a su cliente a Three Brothers, el restaurante donde Richard Ginelli tenía una participación informal y silenciosa. Realmente hacía años que no estaba en Brothers, con la reputación de Ginelli aquello no habría sido prudente, pero todavía pensaba en Brothers antes que nada. Billy había disfrutado allí de algunas buenas comidas y pasado buenos ratos, aunque Heidi nunca se hubiera preocupado mucho ni por aquel lugar ni por Ginelli. «Ginelli la asustaba», pensó Billy.

Estaba atravesando la salida de Gun Hill Road en la autopista de Nueva York cuando sus pensamientos volvieron al viejo gitano de una manera tan previsible como la de un caballo que regresa a su cuadra.

«Fue en Ginelli en quien pensaste primero. Cuando llegaste a casa aquel día y Heidi estaba sentada en la cocina, llorando, fue en Ginelli en quien pensaste primero. “Eh, Rich, hoy he matado a una vieja. ¿Puedo ir a la ciudad y hablar un momento contigo?”»

Pero Heidi estaba en el cuarto de al lado, y no lo habría comprendido. Billy tendió la mano hacia el teléfono y luego la alejó. Se le ocurrió con repentina claridad que era un abogado acaudalado de Connecticut y que cuando las cosas se ponían espinosas, sólo podía pensar en una persona a la que llamar: a un matón de Nueva York que, al parecer, en el transcurso de los años había desarrollado el hábito de pegarle un tiro a la competencia.

Ginelli era alto, no tenía una magnífica apariencia, pero sí un buen aspecto. Su voz era fuerte y amable, no la clase de voz que se asociaría con la droga, el vicio y el asesinato. Pero estaba relacionado con las tres cosas, al menos según su hoja de servicios. Pero fue la voz de Ginelli la que Billy habría querido oír aquella terrible tarde cuando Duncan Hopley, el jefe de policía de Fairview, lo había dejado marcharse.

–¿… o va a quedarse ahí sentado todo el día?

–¿Qué? –exclamó Billy, desconcertado.

Se dio cuenta de que estaba ante una de las pocas cabinas de peaje de Rye atendidas por un ser humano.

–Le he dicho si va a pagar o sólo…

–Está bien –replicó Billy, y le dio un dólar al empleado del peaje.

Recibió el cambio y siguió conduciendo. Casi hasta Connecticut, 19 salidas para ver a Heidi. Y luego a Mohonk. Duganfield no funcionaba; por lo tanto debía intentar con Mohonk. «Simplemente, olvida a la vieja y al viejo gitanos durante un rato ¿qué te parece?»

Pero sus pensamientos derivaron hacia Ginelli.

Billy le había conocido gracias al bufete, que siete años atrás: trabajos mercantiles había resuelto algunos asuntos legales para Ginelli: Billy, que entonces era un abogado joven de la firma, había recibido la misión. Ninguno de sus socios de más edad habría ni siquiera tocado aquello. Incluso entonces la reputación de Rich Ginelli era ya muy mala. Billy nunca había preguntado a Kirk Penschley cuál era el motivo real del bufete para aceptar a Ginelli como cliente; se le había dicho que cuidara de los documentos y dejara los asuntos de política a sus mayores. Supuso que Ginelli estaría enterado de algún secreto de alguien; era un hombre que siempre estaba al corriente de todo.

Billy empezó su tarea de tres meses a favor de Three Brothers Associates, Inc., esperando que le disgustara e incluso temer al hombre para quien trabajaba. En cambio, se sintió atraído por él. Ginelli tenía carisma y era divertido estar a su lado. Y más aún, trató a Billy con una dignidad y un respeto que Billy no encontraría en su propio bufete hasta cuatro años después.

Billy redujo la velocidad en los peajes de Norwalk, arrojó los 35 centavos en la cesta y se introdujo de nuevo en el tránsito. Sin pensarlo, se inclinó y abrió la guantera. Debajo de los mapas y del manual del propietario había dos paquetes de Twinkies. Abrió uno y empezó a comer con rapidez, algunas migajas le cayeron en el chaleco.

Todo su trabajo para Ginelli se completó mucho antes de que un tribunal de Nueva York procesara a aquel hombre por haber ordenado una oleada de ejecuciones al estilo de los gángsters tras una guerra de drogas. Las acusaciones se habían visto ante la Audiencia de Nueva York en el otoño de 1980. Las enterraron en la primavera de 1981, debido en gran parte al índice de mortalidad del 50 por ciento entre los testigos del estado. Uno de ellos había volado en su coche junto con tres detectives de la policía que le habían asignado para protegerlo. Otro había sido apuñalado en la garganta con el mango roto de un paraguas mientras se lustraba los zapatos en un puesto de limpiabotas de la estación Grand Central. Los otros dos testigos clave decidieron, sin sorprender a nadie, que ya no estaban seguros de que fuera Richie Martillo Ginelli al que habían oído mandar asesinar a un barón de las drogas de Brooklyn llamado Richovsky.

Westport. Southport. Ya casi estaba en casa. Se inclinó de nuevo hacia adelante y revolvió en la guantera… ¡Ajá! Allí había una bolsa sólo medio vacía de los cacahuetes ofrecidos por una línea aérea. Un poco rancios, pero aún comestibles. Billy Halleck empezó a masticarlos, pero sin paladearlos más de lo que había paladeado los Twinkies.

Él y Ginelli habían intercambiado felicitaciones por Navidad durante años y ocasionalmente habían almorzado juntos, por lo general en Three Brothers. Las comidas cesaron después de que Ginelli se refiriera impasiblemente a «mis problemas legales». Parte de ello fue obra de Heidi –pues adujo razones de tipo mundano cuando le ocurrió aquello a Ginelli–, pero parte principal del asunto fue culpa del propio Ginelli.

–Será mejor que dejes de venir por aquí durante algún tiempo –le había dicho a Billy.

–¿Qué? ¿Por qué? –había preguntado Billy inocentemente, como si él y Heidi no hubieran discutido acerca de eso la noche antes.

–Porque en lo que se refiere al mundo, soy un gángster –le había replicado Ginelli–. Y los abogados jóvenes que se asocian con gángsters no progresan, William, y esto es de lo que realmente se trata: debes mantenerte al margen y seguir adelante.

–Y eso es todo, ¿verdad?

Ginelli había sonreído de una manera extraña.

–Verás, hay algunas cosas más…

–¿Como cuáles?

–William, confío en que nunca tengas que averiguarlo. Y ven de vez en cuando a tomarte un exprés. Hablaremos y nos reiremos un poco. Lo que te estoy diciendo, es que nos mantengamos en contacto.

Se había mantenido en contacto con él y se había dejado caer por allí de vez en cuando (aunque, tuvo que admitirse a sí mismo mientras tomaba la rampa de salida de Fairview, los intervalos se habían ido distanciando cada vez más), y cuando se encontró con que debía enfrentarse a una acusación de homicidio involuntario por accidente de circulación, fue en Ginelli en quien primero pensó.

«Pero el bueno y viejo tocatetas de Cary Rossington se cuidó de eso –le susurró su mente–. Entonces ¿por qué estás pensando en Ginelli? Mohonk, en eso es en lo que deberías estar pensando. Y en David Duganfield, que demuestra que los buenos tipos no siempre terminan los últimos. Y en conseguir un poco más de pasta.»

Pero cuando giró hacia la entrada de coches, comprobó que pensaba en algo que Ginelli había dicho: «William, confío en que nunca tengas que averiguarlo.»

«Averiguar, ¿qué?», se preguntó Billy, pero Heidi ya salía corriendo por la puerta principal para darle un beso, y Billy se olvidó de todo durante un rato.

Capítulo III

MOHONK

Era ya su tercera noche en Mohonk, y acababan de hacer el amor. Era la sexta vez en tres días, un vertiginoso cambio en su habitual y calmoso índice de un par de veces a la semana. Billy estaba echado junto a ella, sintiendo su calor, el aroma de su perfume, Anaïs Anaïs, mezclado con el limpio sudor y el olor de sus sexos. Durante un momento su pensamiento hizo una horrible asociación y empezó a ver a la mujer gitana en el momento anterior a que el Olds la golpeara. Durante un instante oyó abrirse una botella de Perrier. Luego la visión desapareció.

Rodó hacia su mujer y le acarició el muslo.

Ella lo abrazó con un brazo y deslizó su mano libre por el muslo de su marido.

–Sabes –le dijo–, si sigo devanándome los sesos, no me quedará cerebro en absoluto.

–Eso es un mito –replicó Billy, sonriendo.

–¿El que se pierde cerebro?

–No. Eso es verdad. El mito es que pierdes esas células cerebrales para siempre, se reproducen.

–Sí, eso lo dices tú…

Ella se acomodó contra él. Su mano erró por su muslo, tocó leve y amorosamente su pene, jugó con la mata de su vello pubiano (el año anterior se había sorprendido con tristeza al ver los primeros pelos blancos allí en lo que su padre llamaba el bosquecillo de Adán) y luego subió por la colina de su vientre.

De repente ella se incorporó apoyándose en un codo, él se alarmó un poco. No había llegado a dormirse, pero estaba adormilado.

–¡Realmente has adelgazado!

–¿Qué?

–Billy Halleck, estás mucho más delgado…

Se dio unos golpecitos en el vientre, al que a veces llamaba «La casa que construyó ese jovencito», y se echó a reír:

–No demasiado… Aún sigo pareciendo el único hombre del mundo embarazado de siete meses…

–Aún estás robusto, pero no tanto como solías. Lo sé. Te lo puedo decir. ¿Cuándo te has pesado por última vez?

Trató de recordar. La mañana en que se había arreglado lo de Canley. Había bajado a 111.

–Te dije que había perdido un kilo y medio, ¿recuerdas?

–Pues mira, por la mañana lo primero que harás será pesarte –le dijo.

–No hay báscula en el cuarto de baño –respondió.

–Bromeas…

–¡Nanay! Mohonk es un lugar civilizado.

–Buscaremos una.

Empezaba a adormecerse de nuevo.

–Si quieres, claro que sí…

–Lo quiero…

Pensó que había sido una buena mujer. En algunos momentos, durante los últimos cinco años, desde que había empezado a engordar en serio, había anunciado dietas y/o programas de adecuación física adecuados. Las dietas habían quedado marcadas por un montón de bromas. Un perrito caliente o dos a primeras horas de la tarde como suplemento del almuerzo a base de yogur, o tal vez una hamburguesa engullida apresuradamente, o dos, la tarde del sábado, mientras Heidi salía a una subasta o a una venta de artículos domésticos usados en la vecindad. En una o dos ocasiones, incluso se había rebajado a comprar los horrendos bocadillos calientes que vendían en una pequeña tienda a un par de kilómetros de allí: por lo general la carne de esos bocadillos, una vez el horno de microondas se había encargado de ella, parecía tiras de piel tostada, y, sin embargo, no recordaba haber dejado ni una pizca. Sí, le gustaba la cerveza, por descontado, pero comer era lo que más le gustaba. Era algo increíble tomar un lenguado en uno de los mejores restaurantes de Nueva York, pero también lo era ver la tele con una bolsa de Doritos y alguna que otra almeja.

Los programas de adecuación física habían durado tal vez una semana, luego se interpuso su plan de trabajo o, simplemente, perdió el interés. En el sótano, en un rincón, las pesas acumulaban telarañas y polvo. Parecían reprochárselo cada vez que bajaba, pero él intentaba no mirarlas.

Debería hundir la barriga más que de costumbre y anunciar palmariamente a Heidi que había perdido cinco kilos y medio y que ya había bajado a 108. Y ella asentiría y le diría que estaba muy contenta, que por supuesto, notaba la diferencia y que ya lo sabía porque veía vacías las bolsas de la basura. Y desde que Connecticut había adoptado una ley de botellas y latas retornables, los huecos de la despensa se habían convertido en una fuente de culpabilidad casi tan grande como las pesas inutilizadas.

Lo miraba cuando dormía; y lo que era peor, lo veía también cuando orinaba. No se puede hundir la barriga cuando uno hace pis. Lo había intentado, pero era imposible. Sabía que había perdido un kilo y medio, dos todo lo más. Puedes engañar a tu mujer respecto de otras mujeres, por lo menos durante algún tiempo, pero no en relación con tu peso. Una mujer que soporta tu peso de vez en cuando por la noche, sabe muy bien lo que pesas. Pero ella le diría con una sonrisa: «Naturalmente, cariño, tienes mucho mejor aspecto.» Parte de esto quizá no era tan admirable –lo mantenía en silencio respecto de los cigarrillos de ella–, pero no lo engañaba hasta creerse que eso era todo, o lo más importante. Era una manera de que él conservara el respeto por sí mismo.

–¿Billy?

–¿Qué?

Perturbado en su sueño por segunda vez, la miró fijo, entre divertido e irritado.

–¿Te sientes totalmente bien?

–Sí, muy bien. ¿Qué es eso de si me encuentro o no bien?

–Pues, dicen que a veces una pérdida de peso sin planificar puede ser indicio de algo.

–Me siento estupendamente. Y si no me dejas dormir, te lo demostraré saltando de nuevo sobre tus huesos…

–Adelante…

Él gruñó y ella se echó a reír. Un momento después los dos estaban dormidos. Y en su sueño, él y Heidi regresaban de Shop’n Save, a pesar de darse cuenta de que se trataba de un sueño, sabía que algo estaba a punto de suceder, y quería decirle que dejara aquello que estaba haciendo, que debía concentrar toda su atención en la conducción porque muy pronto una vieja gitana saldría corriendo de entre dos coches aparcados –un Subaru amarillo y un Firebird verde oscuro, para ser exactos– y que esa vieja llevaba un pasador de plástico de pacotilla en su entrecano cabello y no miraría a ninguna parte más que hacia adelante. Quería decirle a Heidi que ésa era su oportunidad de volver atrás, de cambiar lo sucedido, de hacerlo bien.

Pero no pudo hablar. El placer se despertó de nuevo y el roce de los dedos de ella, juguetones al principio y luego más en serio (su pene se endureció mientras dormía y volvió la cabeza levemente al clic metálico de su cremallera que se bajaba diente a diente); el placer se mezcló incómodamente con un sensación de algo terrible e inevitable. Entonces vio delante el Subaru amarillo, aparcado detrás del Firebird verde con la franja blanca de carreras. Y entre ellos el destello de un color más brillante y más vital que cualquier otra pintura de Detroit o de Toyota Village. Trató de gritar: «Déjalo, Heidi… ¡Es ella! Voy a matarla de nuevo si no la dejas… ¡Por favor, Dios mío, no! ¡Por favor, Cristo, no!»

Pero la figura salió de entre los dos coches. Halleck trató de quitar el pie del acelerador y ponerlo sobre el freno, pero parecía estar pegado, sujeto allí por una espantosa e irrevocable firmeza. «El pegamento Krazy de la inevitabilidad», trató de decirse salvajemente, intentando torcer el volante, pero el volante tampoco giró. Estaba trabado y bloqueado, así que intentó prepararse para el impacto y luego la cabeza de la gitana se volvió y ya no era la vieja, oh, no, oh…, era el gitano de la nariz macilenta. Sólo que entonces sus ojos habían desaparecido. En el instante previo a que el Olds lo golpeara y le pasara por encima, Halleck vio aquellas cuencas vacías y contemplativas. Los labios del viejo gitano se abrieron en una sonrisa obscena, una vieja media luna debajo del corroído horror de su nariz.

Luego: «Bum/bum…»

Una mano que caía inerte sobre el capó del Olds, muy arrugada, revestida de paganos anillos de tintineante metal. Tres gotas de sangre salpicaron el parabrisas. Halleck fue apenas consciente de que la mano de Heidi se había aferrado dolorosamente en su erección, reteniendo el orgasmo que el choque había hecho aflorar, originando un repentino y terrible placer-dolor…

Y oyó el susurro del gitano desde alguna parte por debajo de él, ...