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SUEñOS ROJOS (CHASING RED 1)

Isabelle Ronin

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Fragmento

1

Caleb

En la pista de baile brillaban círculos de luz roja y verde, rayos que salían disparados de las bolas de discoteca que colgaban del techo. Era un viernes por la noche, y la discoteca estaba llena de gente que bailaba y saltaba al ritmo de la música vibrante del disc jockey. Me recordaban a los pingüinos que se apiñan para protegerse del frío, la diferencia es que ellos iban puestos de crac.

—¿Qué pasa contigo? —me gritó Cameron al oído, y me dio un puñetazo amistoso en el brazo—. Es la cuarta tía a la que le dices que no, y acabamos de llegar.

Me encogí de hombros. Me parecía patético admitir que estaba aburrido del sexo por el sexo y que tontear con tías empezaba a parecerme monótono y patético. Bueno, vale, el sexo no estaba mal, pero últimamente estaba buscando algo distinto. Un desafío, tal vez. La emoción de perseguir a una chica, de que te lo ponga difícil.

Di un buen trago de cerveza.

—Tú también te aburrirías de comerte la misma mierda todos los días —contesté.

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Justin soltó una carcajada y señaló a la pista de baile sin soltar la cerveza.

—Mira eso, tío. ¡Joder! —exclamó, emitiendo un silbido agudo.

En medio de la pista había una chica bailando —no, tacha eso—... ¡rotando! Y lo hacía de una forma tan sensual que no pude evitar quedarme mirándola. Se movía como... No sé, pero la palabra sexo se me pasaba por la mente. Yo no era el único al que había seducido; había otros muchos ojos puestos sobre ella. Tenía cintura de avispa y llevaba un vestido corto y ajustado al cuerpo como una segunda piel.

Y era de un color rojo que llamaba al pecado. Jo-der.

Creo que hasta babeé un poco cuando se inclinó e hizo un movimiento de ensueño con las caderas, de forma que su melena larga y negra como el ébano se meció alrededor de la estrecha cintura. Con aquellos tacones de aguja, sus piernas parecían medir un kilómetro.

—Madre mía. A esa tía me la tengo que llevar a casa —gritó Justin, excitado.

El comentario fue lo suficientemente rastrero y molesto para que desviara mi atención de la chica unos instantes. Justin tenía novia, y yo no soporto a la gente que va por ahí poniendo los cuernos.

Cameron negó con la cabeza y luego levantó la vista porque una pelirroja se le había acercado para sacarlo a bailar. Se echó a reír, ladeó la cabeza y le susurró algo al oído a la chica, que soltó una risita. Él me hizo un gesto y se marcharon.

—Hola, capitán.

Una figura escultural que apestaba a perfume de flores se me acercó casi sin que me diese cuenta. Bajé la vista hacia los maquilladísimos ojos de Claire Bentley. Valoraba la magia que el maquillaje puede hacer con la cara de una chica, pero no si parecía que le hubieran dado un puñetazo. Claire lucía un par de ojos negros de mapache.

—¿Qué tal, Claire? —le dirigí una media sonrisa, pero solo conseguí animarla a agarrarme del brazo.

Uf, no. Pero ¿por qué me habría acostado con ella?

—Pues ya ves, nada nuevo. —Pestañeó rápidamente y apretó sus pechos contra mi costado. No pude evitar echarle un vistazo al canalillo. Sus tetas me estaban mirando. En fin, supongo que en aquella noche de borrachera ese par de encantos debieron de ser suficientes.

El tirante del vestido se le resbaló por el hombro. Alzó la vista y me miró como desde debajo de las pestañas, y me pregunté si habría estado practicando ese gesto. Fuera como fuese, me pareció bastante sexi. Probablemente, si se hubiera tratado de otro rostro, me habría mostrado más interesado. Quizá.

—Me debes una copa, Caleb. La que me estaba bebiendo se me ha caído al suelo cuando te he visto pasar. —Sacó la punta de la lengua y se acarició la parte superior del labio.

Disimulé una mueca de disgusto. Sus intenciones eran demasiado obvias, y no quería que me apresara toda la noche entre sus garras. Me devané los sesos pensando en cómo rechazarla sin ofenderla mientras miraba a mi alrededor para encontrar a Justin y Cameron, pero ninguno de ellos andaba por ahí. Mamones.

—Hola, cariño.

Abrí unos ojos como platos. La chica de la pista de baile que me había comido con los ojos sin reparo alguno me abrazó por la cintura y se las arregló para librarme de las garras de Claire. Cuando sus ojos se posaron sobre los míos, me olvidé de cómo respirar.

Era despampanante.

—Está conmigo —le dijo a Claire sin dejar de mirarme. El modo en que se movían sus labios me tenía cautivado. Eran prominentes y carnosos, y los llevaba pintados de un rojo muy, muy sexi—. ¿Verdad? —Su voz era grave y aterciopelada, y me hacía pensar en habitaciones oscuras y noches cálidas llenas de humo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco en un segundo trepidante. Aunque podría haber sido un minuto entero, o dos. No me importó. No era guapa, no en el sentido clásico de la palabra. Pero su rostro era muy llamativo, impresionante. Unos pómulos altos y marcados, unas cejas largas y oscuras que se alzaban sobre unos ojos de gato que escondían incontables secretos. Y yo quería conocer todos y cada uno de ellos.

Como me quedé mirándola en lugar de responder, frunció el ceño ligeramente, recelosa. Su piel morena y dorada resplandecía bajo la tenue luz. Hizo que me preguntara cómo se sentiría al tacto. La agarré de los brazos en un santiamén, antes de que le diera tiempo a irse, y me los puse alrededor del cuello. Tal como la imaginaba. Tenía la piel suave y aterciopelada. «Más» era lo único que acertaba a pensar.

Me acerqué más a ella y le arrimé los labios al oído, permitiendo que le acariciaran ligeramente el lóbulo de la oreja.

—¿Dónde has estado? —susurré, y esbocé una sonrisa engreída al notar que se estremecía—. Llevo toda la vida buscándote.

Sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo, deslicé la nariz hasta justo debajo de su oreja y seguí hasta el hueco de la clavícula, pero ella dio un paso atrás antes de que pudiese hacer nada más.

—Se ha ido, ya estás a salvo —dijo con una sonrisa de suficiencia—. Ahora me puedes invitar a una copa para darme las gracias.

Me metí las manos en los bolsillos para contenerme y no volver a tocarla. Ya echaba de menos el tacto de su cuerpo entre mis brazos.

—Claro, ¿qué te apetece?

Sacudió la cabeza para echarse el pelo hacia atrás y no pude evitar contemplarla otra vez. Me tenía hipnotizado.

—Algo fuerte. Esta noche quiero ser otra persona. Quiero... olvidar.

Era la señal que estaba esperando. Deslicé la mano hasta la parte baja de su espalda y la atraje hacia mí hasta que nuestros rostros quedaron separados por solo unos centímetros.

—Conmigo puedes ser quien tú quieras. —Su aroma viajó hasta mi nariz. Era adictivo—. ¿Qué tal si nos vamos a algún sitio donde pueda hacerte olvidar, Red? —le propuse, pensando en el rojo de su vestido y de sus labios.

De repente, su mirada se enfrió. Colocó las palmas de las manos contra mi pecho y me empujó.

—Encantada de conocerte, gilipollas.

Me dijo adiós con la mano y se marchó, y yo me quedé mirándola con ojos de cordero degollado.

¡¿Qué acababa de pasar, joder?¡ ¿Esa chica me había rechazado?

La sensación era tan nueva que me quedé observándola, sin poder hacer otra cosa, hasta que desapareció entre la gente. Se tambaleaba un poco, como si hubiese bebido demasiado. Estuve a punto de correr tras ella para asegurarme de que estuviera bien, pero probablemente me habría escupido a la cara. Ya se ocuparían de ella sus amigos.

Pero ¿qué narices había hecho mal? Me había dado muchas pistas de que estaba interesada en mí. ¿Acaso quería que la invitara antes a una copa? Había empezado la noche anhelando un desafío y lo había estropeado como un idiota en cuanto se me había puesto delante. Qué ironía.

—¡Caleb! —gritó otra chica detrás de mí, pero ya no estaba de humor para nada que no fuese mi cama.

Al salir de la discoteca, cerré los ojos e inhalé aire fresco. Había dejado el coche al final del aparcamiento, y me apresuré, temeroso de que alguien me viera y me arrastrara adentro de nuevo. Antes que volver allí, prefería arrancarme el brazo de un mordisco.

Me encaminé hacia el coche, pero vacilé al atisbar la silueta inconfundible de una mujer inclinándose contra las sucias paredes de ladrillo del estacionamiento. Probablemente, había bebido demasiado y estaba vomitando hasta la primera papilla. La habría dejado en paz sin darle más importancia, pero cuando volví a mirarla me di cuenta de que había un hombre pululando a poca distancia. Cuando vi que se incorporaba y empezaba a caminar hacia ella, se me despertó el instinto protector.

La mujer se volvió y la luz mortecina de la farola le iluminó el rostro. Abrí los ojos, incrédulo, al reconocer a la chica de rojo de la discoteca. No me lo pensé dos veces: acudí en su ayuda disparado. El hombre todavía no me había visto, ya que estaba concentrado en ella. En su premio. Sin embargo, si no paraba y daba media vuelta, el único premio que iba a ganar esa noche era una nariz ensangrentada.

En cuanto la mano del hombre se posó sobre la cintura de la chica, estuve a punto de rugir. Me sorprendía sentir tanta ira, pero tenía que ignorarla o la noche acabaría de manera bastante desagradable para todos. Cuando se quedó congelado, supe que ya se había percatado de mi presencia.

—¡Eh, cariño! ¿Dónde te habías metido? —exclamé, suavizando mis pasos a propósito. Evité mirarla porque temía lo que pudiera ver. Si parecía un poco asustada, acabaría pegándole un puñetazo a aquel plasta de mierda en toda la cara—. Te he buscado por todas partes —le dije, y añadí dirigiéndome a aquel tipo—: Yo me ocupo.

Al ver que aquel desconocido no la soltaba, adopté una postura más desafiante. Estiré los músculos del cuello de un lado a otro, flexioné los brazos, bajé la vista y me quedé mirándolo. El pervertido dio un paso atrás, dos, tres, hasta que se dio la vuelta de un brinco y se fue corriendo en dirección contraria.

—Estúpido de mierda —mascullé por lo bajo.

—¿Qué... qué me has llamado?

Observé la cara de la chica, sorprendido de que me hubiese oído. Parecía estar bastante borracha.

—No te lo decía a ti. Aunque me parece que lo de estúpida es discutible. ¿Qué haces aquí sola? ¡Eh! —exclamé al ver que empezaba a tambalearse otra vez, y estiré los brazos rápidamente para sostenerla—. ¿Estás bien?

Dentro del local estaba demasiado oscuro y no había podido verla bien, pero en aquel momento advertí que tenía la cara pálida y los ojos vidriosos. La cogí en brazos sin esperar a que respondiera. Emitió un leve sonido de protesta.

—¿Tienes ganas de vomitar? —pregunté, y la sacudí un poco al ver que no contestaba.

Soltó un gemido de angustia y se tapó la boca con las manos. Lo de sacudirla no había sido muy inteligente por mi parte. Cuando me pareció que se le habían pasado las náuseas, la metí en el coche con cuidado.

—No vas a vomitar aquí, ¿verdad? El coche es nuevo. —Parecía que había perdido el conocimiento—. ¿Dónde vives? Te llevo.

—No tengo casa —gimoteó, y me sorprendió que me contestara—. Me han echado.

Me apoyé en el reposacabezas, suspiré y me froté los ojos. ¿Y ahora qué? Podía llevarla a algún hotel y pagarle algunas noches para que tuviera donde quedarse mientras buscaba otro piso, un trabajo o lo que le hiciera falta. Era bastante más de lo que haría un extraño. Pero entonces la miré y mis planes se esfumaron como por arte de magia.

Aunque tenía los ojos cerrados y respiraba de forma suave y acompasada, incluso dormida parecía atormentada. Esa chica, que tan salvaje se había mostrado en la pista de baile, tenía ahora un aspecto vulnerable. Su cara me sonaba, como si la hubiese visto en una foto mucho tiempo atrás, pero no acertaba a recordar de qué la conocía. Una cara como la suya era imposible de olvidar.

A mi hermano le encanta decir que me pierden las doncellas en apuros. Y cuando decidí llevármela a mi apartamento, llegué a la conclusión de que tenía razón. Me dije que no estaría segura en un hotel, especialmente en su estado. A saber qué habría pasado en el aparcamiento si no hubiese aparecido yo.

Puse el coche en marcha y el aire acondicionado al máximo. La chica tendría una resaca brutal al despertarse a la mañana siguiente. De repente, cuando ya estábamos a pocos minutos de mi piso, dio un salto en el asiento y se tapó la boca.

Mierda, no.

Me vomitó todo el coche.

Estuve a punto de echarme a llorar. ¡Mi coche nuevo! El ruido de las arcadas ya era lo bastante desagradable de por sí, pero el olor era tan asqueroso que casi me hizo vomitar a mí también. Bajé las ventanillas y abrí la capota a la desesperada, exhalé el aire que me estaba aguantando y respiré aire fresco de forma frenética.

—Joder, tía. Para una buena acción que hago y...

Vomitó otra vez.

—¡Tíiia!

Cabreado, barajé la posibilidad de dejarla en un hotel. No la conocía de nada, y hasta mi complejo de salvador tenía un límite. Pero no fui capaz.

Resignado, aparqué en mi plaza y me acerqué con recelo al asiento del copiloto. Aguanté la respiración, la limpié todo lo que pude y la cogí en brazos. Apestaba lo indecible.

En el vestíbulo del edificio, uno de los guardias de seguridad tuvo que ayudarme a abrir las puertas del ascensor, porque yo tenía las manos ocupadas.

—¿Su novia ha bebido demasiado, señor?

—Paul, tú y yo sabemos que las novias no son lo mío. —Le guiñé un ojo y él sofocó una risita.

En cuanto las puertas del ascensor se abrieron en mi planta, me fui directo a la habitación de invitados. Cuando la coloqué sobre la cama, se ovilló como un gatito y gimoteó.

—Mamá... —sollozó.

Al llegar a la puerta, vacilé y me volví para mirarla. No sabía por qué estaría pasando esa chica, pero no parecía agradable. Tal vez debería lavarla y ponerle ropa limpia, aunque pensé que a la mañana siguiente no le haría demasiada gracia que un extraño la hubiese desnudado. Tal vez me costara un ojo o una mano, así que era mejor no arriesgarse. Su respiración se acompasó al fin, pero no sé cuánto rato me quedé allí mirando cómo dormía.

Veronica

Me despertó el calor de la luz del sol sobre mi piel. Me acurruqué en las sábanas blancas y limpias que me tapaban, pensando en lo amable que había sido mi madre al cambiarlas. Satisfecha, sonreí y oculté la cabeza debajo.

Mi madre. No podía ser. Mi madre estaba muerta.

Me incorporé en la cama, confundida. Parpadeé varias veces, miré a mi alrededor e intenté controlar el pánico que sentí trepar por mi garganta al verme en una habitación que no conocía. «¿Dónde narices estoy? ¿Y de dónde viene ese hedor?», pensé.

—Será mejor que no cunda el pánico —me susurré a mí misma, y di un respingo al notar el olor fétido que despedía mi aliento.

Cerré la boca y respiré profundamente varias veces para calmarme; el corazón me latía a cien por hora. Al menos todavía tenía la ropa puesta, aunque estaba manchada de... vómito seco. De ahí provenía el olor. De mí. «¡Madre mía!», pensé.

Me acordaba de todo lo que había sucedido el día anterior, excepto de la noche. Por mi cabeza flotaban imágenes borrosas, pero no había nada concreto que me diese pistas. Que me echaran de mi piso por no poder pagar el alquiler había sido un verdadero jarro de agua fría. Me había resultado fácil desprenderme de la mayoría de mis pertenencias, ya que casi todas ellas eran viejas y baratas, o las había encontrado en mercadillos de segunda mano. Solo me había llevado la ropa buena y los recuerdos de mi madre, y había guardado lo demás en la taquilla del campus.

Por primera vez en mi vida no había ido a la discoteca ni para servir copas ni para limpiar mesas; había ido a emborracharme. Era mi forma de hacerle un corte de mangas a la vida. Yo no pesaba mucho, así que el alcohol no había tardado demasiado en filtrarse en la sangre.

Como la paranoia era mi más fiel aliada, me miré los brazos y me sentí aliviada de tener aún todos los dedos. Todavía tenía las piernas debajo del edredón blanco, y me pregunté si seguirían unidas al cuerpo. Moví los dedos de los pies. Todavía funcionaban, ¡menos mal! Me levanté el vestido para asegurarme de no tener puntos ni dolores. Podían haberme robado el hígado, los riñones o cualquiera de mis valiosos órganos. Satisfecha porque todas las partes de mi cuerpo siguieran intactas, observé la habitación con más atención.

Llamarla habitación se quedaba corto. Era más grande que mi apartamento entero y estaba provista de muebles caros y elegantes. Había un enorme ventanal con cortinas blancas que ocupaba casi toda la pared de mi derecha a través del cual se veían unas vistas impresionantes de la ciudad. Debía de estar en un edificio alto, puesto que la ciudad se veía pequeña.

¿Había hecho algo más alocado que emborracharme la noche anterior? Tal vez..., ¡por favor, no!, ¿acostarme con un desconocido? Levanté el trasero e hice algunos ejercicios del suelo pélvico, como si eso fuera suficiente para saber si había perdido la virginidad. Bueno, no me dolía nada. Me estaba dejando llevar por el pánico otra vez.

—Respira hondo, Veronica. Respira hondo.

Salí de la cama en silencio y hundí los pies en una lujosa alfombra. Quienquiera que fuese el propietario de aquel sitio debía de estar forrado, y yo no tenía ninguna intención de conocerlo. ¿Y si era un narcotraficante? ¿Qué otra cosa iba a ser alguien tan rico? ¿Y si lo que quería era engordarme antes de vender mis órganos?

«¡Cálmate, idiota!»

Antes de conseguir escabullirme, descubrí que la habitación tenía un baño privado, así que decidí aprovechar la ocasión. Cuando terminé de asearme, me dirigí con sigilo a la puerta y me asomé. Ni siquiera el pánico que sentía pudo evitar que advirtiera lo increíble que era aquel lugar. Solo había visto lugares así en las páginas satinadas de las revistas. Todo era moderno y elegante. Había cuadros carísimos estratégicamente colgados en las paredes blancas y un enorme televisor enfrente de un sofá en forma de ele de color crema. Bajo mis pies resplandecía un suelo de parquet.

Hice una mueca de desdén ante tanto lujo.

«Qué injusta es la vida», pensé mientras me dirigía de puntillas hacia la salida. De repente, reparé en que había alguien de pie en lo que parecía ser la cocina. Me quedé sin aliento. Al ver su espalda desnuda pude discernir que era alto, con la piel bronceada y unos músculos definidos que se movían cuando flexionaba el brazo.

Me quedé allí plantada como una imbécil, nerviosa y asustada. Y de repente, como si percibiera mi presencia, se volvió. Abrió los ojos al verme, sorprendido.

Conocía esa cara.

Caleb. ¡Caleb Lockhart!

No, ¡él no! Esto no podía estar pasando. Me había despertado en la guarida del tipo más ligón de la universidad.

Se le cayó un pedazo de pan de la boca mientras seguía mirándome embobado. Su pelo castaño y ondulado estaba alborotado, como si también acabara de despertarse. Tenía el pecho y el abdomen muy definidos y muy desnudos. Había una encimera por delante de él que le llegaba justo por debajo de la cintura, así que no podía saber si llevaba algo de ropa en la parte de abajo.

«Por favor, por favor, que lleve algo ahí abajo.»

Y entonces sonrió. Como si tuviera todo el tiempo del mundo, sus ojos oscilaron lentamente desde mi cabello hasta los pies, y entonces volvieron a posarse en mi cara. Sentí un cosquilleo en los dedos de los pies.

—Hola, nena. Tienes pinta de haber pasado una mala noche —dijo, alargando las palabras.

«Ay, Dios.»

—Nosotros... Tú... —tartamudeé, y crucé los brazos sobre mi pecho de forma defensiva, para ocultarlo de su mirada lasciva.

Levantó una de sus cejas oscuras mientras esperaba a que terminara de hacerle la pregunta. Tenía la boca seca, y me estaba empezando a dar vueltas la cabeza. Bajé la vista hacia mis pies descalzos y me pregunté qué habría hecho con los zapatos. Tonta, más que tonta.

—Dímelo de una vez.

—¿Que te diga qué exactamente?

Sus ojos parecían reírse de mí, y se le marcaban los hoyuelos en las mejillas. Sabía exactamente a qué me refería, pero parecía divertirse torturando a pobres inocentes. Capullo.

Cuando dio un paso al frente, yo di otro atrás y grité:

—¡No te acerques!

Frunció el ceño y alzó las manos.

—¿Qué narices te pasa?

Miré a mi alrededor desesperadamente, buscando algo que pudiese servirme de arma por si acaso decidía atacarme.

—¿Qué hago aquí?

—¿No te acuerdas?

De repente, sentí ganas de tirarme del pelo.

—¿Acordarme de qué?

Se le oscureció el rostro, como si estuviera pensando en algo desagradable.

—Anoche un cerdo estuvo a punto de llevarte con él y seguramente violarte. Yo te salvé.

Me quedé boquiabierta.

—Y vomitaste por todo mi coche. —Hizo una pausa—. Dos veces.

—¿Vi... violarme? —Mis recuerdos eran borrosos, pero sí que me acordaba de haberme resistido a los acercamientos de un tipo. Pero ¿y si era él?

Asintió, mirándome fijamente. El modo en que sus ojos verdes me observaban hizo que aflorara otro recuerdo. Una voz grave y masculina que murmuraba: «Llevo toda la vida buscándote...». Sacudí la cabeza para aclararme las ideas y le lancé una mirada furiosa:

—¿Y cómo sé que no eras tú el tipo que quería violarme?

—Venga ya —resopló, poniendo los ojos en blanco—. No me hace falta forzar a ninguna chica a acostarse conmigo.

Se apoyó contra una encimera y cruzó los brazos por delante de su impresionante torso, mientras me observaba con la cabeza inclinada a un lado. Se le marcaban los bíceps, fuertes y bien definidos.

—Gracias —musité, pero todavía desconfiaba. Cuando te crías en una zona peligrosa, lo natural es desconfiar, y eso era lo que me pasaba a mí—. No me acuerdo de nada de lo que pasó anoche.

—Estabas borracha —me aclaró.

—Esa parte creo que sí la recuerdo.

—¿Y no tienes resaca?

Negué con un gesto de la cabeza.

—Increíble —dijo, impresionado.

—Mira, si no te importa devolverme los zapatos, puedo quitarme de en medio enseguida.

—No tan deprisa.

—¿Qué? —Sobre una mesa a metro y medio de distancia había una lámpara que podía usar para defenderme.

—Vomitaste en mi coche, y resulta que hace muy poco que me lo he comprado.

«Ah, ya», pensé, mordiéndome el labio.

—¿No tienes un padre rico? —Hice un gesto, señalando el lujo que nos rodeaba—. ¿No puedes pagar a alguien para que lo limpie?

Alzó las cejas de repente.

—¿Vas a hacer que sea otro quien limpie tu propio estropicio?

Apreté los dientes.

—¿Qué quieres de mí?

Se sentó en la encimera de un salto, mostrándome su cuerpo en toda su gloria. Tragué saliva. Al menos llevaba puestos unos pantalones de chándal.

—¿Tienes adónde ir cuando te vayas de mi apartamento? —preguntó.

Había una cesta llena de manzanas sobre la encimera, junto a él. Alargó la mano para coger una. Qué afortunado era por tener comida a su disposición siempre que quisiera. No tenía miedo de pasar hambre... ni de quedarse sin techo.

—¿Qué clase de pregunta es esa? Me voy a casa. —No tenía ni idea de dónde iba a ser mi casa, pero eso él no lo sabía.

Lanzó la manzana hacia arriba, la cogió y la volvió a lanzar.

—¿Y eso dónde está?

Sentí cómo el estómago me rugía silenciosamente de hambre.

—No es asunto tuyo.

—Bueno, anoche te salvé la vida. Creo en la conservación de la energía; solo quiero asegurarme de que no he malgastado la mía contigo. Anoche te pregunté dónde vivías y me dijiste que no tenías casa. Y, la verdad, ahora mismo tienes pinta de que te acaben de robar tu último dólar. —Me quedé boquiabierta—. Ya me has oído —insistió. Volvió a colocar la manzana en la cesta y a cruzar los brazos. ¿Estaba haciendo ejercicio mientras hablaba conmigo?

—¿Por qué te importa tanto? —pregunté.

Tardó un momento en responder.

—¿De verdad tienes adónde ir?

Y con el tono amable y compasivo de su voz tuve suficiente. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero, evidentemente, mi despliegue de emociones hizo que se sintiera incómodo, porque saltó de la encimera y abrió la puerta de la nevera.

—Toma —dijo en voz baja mientras me pasaba una botella de agua. Intenté darle las gracias, pero no me salía la voz. Cuando alcé la vista, se estaba alejando de mí—. Eres consciente de que apestas, ¿verdad?

Me eché a reír. Me reí con tantas ganas que tuve que sentarme en el suelo para no caerme de morros. Y entonces me eché a llorar. Debió de pensar que estaba loca.

—¿Por qué no te quedas durante unos días? O todo lo que necesites. Hasta que encuentres un apartamento.

Me quedé tan anonadada que no pude hacer otra cosa que mirarlo fijamente. Se encogió de hombros.

—Sé darme cuenta de cuándo una persona tiene la soga al cuello —dijo.

¿La soga al cuello? Levanté la vista hacia él. Odio tener que mirar hacia arriba mientras hablo con alguien, así que me puse de pie. Seguía siendo más alto que yo, y eso me irritó todavía más.

—Mira, tío, puede que sea una sin techo, pero no por eso voy a aceptar tu caridad.

—¿Y adónde irás? ¿A un centro de acogida? Escúchame... Número uno —alzó un dedo a la altura de mi cara—: vivo solo, así que tendrás el placer de disfrutar de mi única compañía. Número dos —levantó otro dedo—: aquí estarás más segura porque estoy yo para protegerte. Y número tres —alzó un dedo más—: espabila, por favor. ¡Es alojamiento gratis!

Entorné los ojos. Parecía demasiado bueno para ser verdad.

—¿Por qué quieres ayudarme? —La vida me había dado palos suficientes para aprender que en este mundo nada era gratis.

Abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Entonces movió la cabeza a un lado y otro.

—No lo sé.

Vivir con Caleb Lockhart. En ese apartamento enorme. Gratis. Eso, o ir a un centro de acogida o vivir en la calle.

—No pienso ser tu prostituta.

Parecía sentirse insultado.

—Mira, tía, una prostituta es algo que no necesitaré nunca. ¿Es que no has visto este cuerpo? ¿De verdad crees que necesito una? Además —añadió sonriente—, cuando decidas acostarte conmigo, serás tú quien me pague a mí.

Guau. Un ego de ese tamaño debía de provocarle un dolor de cabeza constante. Lo miré con asco e hice como que bostezaba.

—Qué interesante es todo lo que sale de tu boca. No sé por qué bostezo todo el rato.

Abrió todavía más esos ojazos verdes y me miró fijamente. Pensé que esta vez le había molestado de verdad, pero entonces pasó algo de lo más inesperado. Se echó a reír.

—Me caes bien —dijo entre risas—. O sea, estás buenísima, pero no pensé que hubiera nada debajo.

¿Acababa de insultarme?

—Te estoy ofreciendo una salida a tu miseria. ¿Por qué no la aceptas? —continuó, y se tapó la nariz con los dedos—. ¿Y podrías ducharte, por favor? Eres muy guapa, pero no voy a pasar tiempo con una chica que huele como una alcantarilla.

Resoplé, aunque tenía razón. Debía de oler a rayos. Pero...

—Entonces, ¿qué quieres a cambio?

—No todo el mundo ofrece algo solo para conseguir algo a cambio —contestó, serio.

—¿Eso crees? —Solté una carcajada amarga—. Todo el mundo quiere algo a cambio, de una forma u otra. ¿Todavía no te lo han enseñado?

Inclinó la cabeza y observó mi rostro durante unos instantes. Me pregunté qué vería cuando me miraba. Por mi aspecto la gente pensaba que no buscaba más que «diversión». Poco se imaginaban que divertirme era lo último en mi lista de prioridades, si es que formaba parte de ella. Estaba demasiado ocupada manteniéndome con vida y trabajando para pagarme la siguiente comida como para pensar en nada más. La noche anterior había sido una excepción.

—Puedo limpiar —ofrecí.

¿De verdad iba a aceptar? ¿Y por qué no? Hacía mucho que la vida no me sorprendía con un golpe de suerte. Ya hacía tiempo que me lo debía.

—Ya tengo quien lo haga; viene tres veces por semana —contestó.

—Bueno. Sé cocinar.

Frunció el ceño.

—No intentes embaucarme con esas cosas, eso no está bien. —Puse los ojos en blanco—. ¿De verdad sabes cocinar? —preguntó. Parecía un niño pequeño que acababa de conseguir la última galleta que quedaba en el fondo del tarro.

—Sí.

—¡Hecho!

Demasiado fácil.

—Has dicho que vives solo, pero ¿cómo puedes permitirte un piso así?

Se mostró incómodo al oír mi pregunta. Esperaba que no pensase que intentaba adivinar cuánto dinero tenía en el banco. Que era una cazafortunas. Pero ¿por qué no lo iba a pensar? No me conocía de nada.

—Mira —dije en un siseo. Me molestaba mucho que la gente cuestionara mi moralidad. Tal vez fuera pobre, pero no era una gorrona. Mis manos eran la prueba de que trabajaba muy duro, y estaba orgullosa de ello. Un año más y conseguiría el diploma. Trabajaba como una loca para tener una vida digna. No necesitaba mucho: un trabajo estable, un apartamento sencillo y un coche que funcionara eran más que suficientes para hacerme feliz. Y jamás volvería a pasar hambre. Pensaba alcanzar mis objetivos sin ayuda de nadie—. Solo tenía curiosidad. Si crees que soy una cazafortunas...

Levantó una mano para pararme.

—¿Puedes dejar de poner en mi boca palabras que no he dicho? ¿Te crees que yo quiero este tipo de vida? ¿Esto? ¿Y esto? —dijo, señalando la habitación—. ¿Crees que esto me hace feliz? —Tenía la mandíbula tensa y las manos apretadas en puños.

Me quedé en silencio. Permanecimos allí plantados, incómodos, pero tras unos segundos, él abrió la boca de nuevo, moviendo las cejas como si nada hubiera pasado.

—¿Sabes qué? Esta noche puedes hacerme los deberes mientras cocinas algo.

Qué poco había durado el momento solemne.

—Espera —continuó—. Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Veronica Strafford.

—Yo me llamo Caleb Lockhart.

No le devolví la sonrisa, ni le dije que ya sabía quién era. ¿Y quién no lo sabía? Estaba segura de que todo el mundo en la universidad había oído hablar de él.

—¿A qué universidad vas? —preguntó.

—Que dejes que me quede aquí no significa que tenga que vomitarlo todo, ¿no?

—Eso ya lo has hecho. En mi coche, ¿recuerdas? —apuntó secamente—. Dúchate, por favor. Puedes ponerte algo mío, si quieres. Incluso... —sonrió—, incluso mi ropa interior.

Resoplé. Ambos estábamos de pie, el uno frente al otro, inseguros, perdidos en nuestros pensamientos. ¿Estaba haciendo lo correcto quedándome allí? ¿Y adónde iba a ir si no?

—Puedes quedarte en la habitación en la que has dormido esta noche. Tiene su propio baño. —Se fue detrás de la encimera, alejándose de mí—. Me iré dentro de nada. Siéntete en tu casa.

Asentí, incómoda. ¿En serio era gratis? ¿Cómo podía dejarme sola en su casa sin ni siquiera conocerme? Podía desplumarle si quería, ¿qué sabía él?

—Gracias. Yo... —Hice una pausa, insegura—. Gracias —repetí. Y se lo agradecía de verdad.

Él sonrió. Me di la vuelta, mordiéndome el labio. ¿Dónde narices estaba esa habitación? Miré a la izquierda y luego a la derecha. El apartamento era enorme y yo había salido de la habitación presa del pánico.

—¿Algún problema? —me preguntó desde atrás.

Me volví de un salto.

—Esto... Me he olvidado de dónde está la habitación. Dímelo y no te molestaré más.

Noté perfectamente que me estaba ruborizando. Cuando no contestó, alcé la vista y me lo encontré mirándome sonriente.

—¿Qué? —le espeté.

—Dios, cuánta hostilidad. —Pasó por delante de mí—. Sígueme.

Eché a andar detrás de él, intentando no quedarme mirando embobada su cuerpo. Estuve a punto de chillar cuando se volvió de repente, me guiñó un ojo y me dijo:

—Bienvenida a mi piso, Red. Espero que disfrutes de tu estancia. 

2

Caleb

Las chicas eran mi debilidad. Yo ya lo sabía, claro, pero nunca antes había roto mis propias reglas por una chica.

Hasta la noche anterior.

El sudor me chorreaba por la cara. Agarré la pelota con las manos, levanté el brazo y la lancé. Maldije por lo bajo al fallar por segunda vez.

¿En qué coño estaba pensando?

Ya me había decidido a darle dinero para que alquilara un piso para ella, pero mis planes se habían desvanecido en una nube de humo en el mismísimo momento en el que la había visto aquella mañana. Había cambiado de idea en cuanto detecté el desafío que había en sus ojos oscuros, pero, sobre todo, cuando advertí esa tristeza que con tanto empeño intentaba ocultar.

Cogí la toalla limpia que Cameron me lanzó de camino a los vestuarios y me sequé la cara con ella. Estaba distraído, y el entrenamiento había sido un desastre.

Justin apareció delante de mí, corriendo hacia atrás.

—¿Es que tu madre se ha olvidado de darte la teta esta mañana, Lockhart? Has jugado de pena, tío.

Le tiré la toalla a la cara.

—¿Adónde fuiste anoche? —me preguntó Cameron, ignorando los quejidos de Justin.

—Eso. Te vi hablando con esa pedazo de tía en la disco. ¿Te la tiraste?

¿Por qué me apetecía tanto darle un puñetazo? Justin siempre hablaba como si acabara de sacar la boca de un vertedero, pero eso nunca me había molestado. Me di cuenta de que lo que no me gustaba nada era que hablara así de Red.

Me quité la camiseta empapada en sudor, hice una bola con ella y, sin sentir ni pizca de culpa, se la tiré a Justin a la cara.

—¿De qué coño vas, tío? —se quejó.

Cameron se echó a reír, pero se puso serio en cuanto se volvió para mirarme. Mi amigo tenía los ojos del azul más sobrecogedor que había visto nunca en un ser humano.

—¿Todo bien? —me preguntó.

Abrí la taquilla, cogí la mochila y me senté a horcajadas en el banco para buscar una camiseta y unos vaqueros limpios.

—Sí ...