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ROSA CUCHILLO

Óscar Colchado Lucio

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Fragmento

¿La muerte?

¿La muerte sería también como la vida? «Es más liviana, hija».

¿Habría sirguillitos cantando en las hojas gordas de agosto?

Había. «Y vacas pastando en inmensas llanuras».

Ahora subía yo la cuesta de Changa, ligera ligera como el viento.

¿Por aquí? ¿Por estos lugares se irían los muertos?

«Por allí, hija, por donde se despide uno para siempre de la vida».

Abajo, en la margen izquierda del río Pampas, bañado con las últimas luces del atardecer, quedaba Illaurocancha, mi pueblo, con sus casitas entejadas, sus paredes blancas, incendiadas por la luz roja del sol.

Aún traía impregnado en las narices el aroma tibio, dulzón, de los habales ondeando en la bajada
de los cerros, con sus florecitas blanquinegras acariciadas por el viento. Y llevaba en la mirada el vuelo apresurado de las perdices, rastreando, piando, en busca del nido oculto entre las frondas.

Pobre mi pueblo, dije, pobre mi tierra. Ahí te dejo (¿para siempre?). Y miré los molles de las lomas, las piedras de alaymosca rodando por la quebrada, los altos eucaliptos que bordeaban las huertas, los tunales con sus espinas erizadas y los magueyes estirándose sobre las cabuyas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Y me despedí poniendo mi mano en mi corazón, besando, amorosa, la tierra. ¡Adiós alegrías y penas, consuelos y pesares, adiós!

Suspiré hondo antes de alejarme, recordando mi mocedad, cuando alegre correteaba entre los maizales jugando con mi perro Wayra, haciéndolos espantar a los sirguillitos, esas menudas avecitas amarillas que entre una alborozada chillería venían a banquetearse con los choclos. Me llegó también el recuerdo lejano de las cosechas de junio, de mis juegos en las parvas alumbradas por la luna, de mis años de pastora tras el ganado, soportando a veces el ardiente sol de la cordillera o mojadita por las lluvias suaves o las mangadas.

¿Y ahora? ¿Ahora por dónde nomás tendría que seguir?, pensé llegando a la pampa llena de ichu de Kuriayvina.

«A Auquimarca, hija, la montaña nevada donde moran nuestros antepasados».

Volviéndome, miré por última vez mi pueblo; pero solo pude ver borrosamente la sombra de sus eucaliptos emergiendo en la oscuridad.

—¿Rosa? ¿Rosa Cuchillo?

Un perrito negro, con manchas blancas alrededor de su vista, como anteojos, era quien me hablaba. Sus palabras parecían ladridos, pero se entendían.

Un instante me quedé silenciosa, como pasmada, sin saber quién era ni qué hacía allí ese animalito.

—¿No me reconoces?

Me quedé observando el arco sobresalido de sus dientes superiores, propio de los perritos cashmis; sus ojos muy vivos, sus orejas gachas.

—¡Wayra! —dije de pronto, inclinándome a abrazarlo con harta alegría en mi corazón al haberlo reconocido. Él empezó a menear también su cola, alegroso.

Hacía tantos años que se había muerto, de un zarpazo que le dio un puma, me acuerdo, cuando defendía a ladridos el corral de ovejas. Y ve, pues, ahora lo encontraba a orillas de este río torrentoso, de aguas negras, el Wañuy Mayu, que separaba a los vivos de los muertos.

A la sombra de un chachacomo, que retemblaba al paso de las aguas furiosas, encontré a Wayra descansando.

—Wayra, ¿qué haces acá? ¿Cómo me has reconocido?

Bajo el blanco resplandor de la luna, observé mis ropas desgarradas por las zarzas de los montes, por los riscos, luego de avanzar penosamente por feas laderas y encañadas.

—Te esperaba, Rosa. Sabía que vendrías.

—¿Te lo dijo alguien?

—Liborio, tu hijo.

—¿Liborio?

Mi corazón saltó alborozado.

—Dímelo —dije abrazando nuevamente al perrito, acariciando su pelo crespo, lanoso—. ¿Dónde?, ¿dónde viste a mi hijo?

—Cálmate —me respondió lamiendo mi mano—, por ahora no lo verás todavía. Él está arriba, en el cielo, allí donde están guiñando las estrellas.

—¡En el Janaq Pacha! —dije alegrosa, doblando mis manos—. ¡Gracias, Dios mío! —me arrodillé—, gracias por tenerlo en tu gracia infinita.

Y me encomendé al dios Wari Wirakocha, nuestro creador.

—¿Y yo también podré ir hasta allí, Wayra? —le pregunté después, observando el gran río blanco, el Koyllur Mayu, que extendía su lechoso cauce entre estrellas y luceros.

—No lo sé —respondió—. Yo solo he venido a acompañarte hasta Auquimarca, según el mandato de los dioses.

Resignada suspiré, esperanzada que en el pueblo de las almas pudiera encontrar a mis padres, a mi esposo Domingo y a Simón, mi hijito, el último, que se murió cuando era solo una guagua.

—Wayra —le dije—, ¿y dónde has estado durante todo el tiempo que no te he visto?

—En todas partes —me dijo—: aquí, abajo y en las estrellas.

—¿De veras?

—De veras.

Bien abrazada a Wayra, que braceaba dificultosamente, pude llegar por fin a la otra orilla, sin dejar de pensar en mi Liborio, muerto ahora último nomás en los enfrentamientos de la guerra, y por quien de pena yo también me morí.

La luna hacía clarear esos feos lugares, escabrosos, sembrados de barrancos.

—¿Ves la cresta nevada de una montaña que blanquea allá lejos?

—Sí, la veo.

—Esa es Auquimarca. Allí tenemos que llegar.

Alentada alentada marché a su tras.

—¡Wayra, mira eso! —dije volviéndome repentinamente llena de susto, luego de tramontar la primera loma.

—¡Qué!, ¿dónde?

Wayra lo descubrió. De un brinco se situó en mi delante y se puso en guardia para protegerme.

Ligeramente flotando sobre el suelo, la figura de un hombre alto, esquelético, cubierto solo con piltrafas, avanzaba hacia nosotros, mirándonos mirándonos con sus ojos que llameaban como candelas.

—Sin duda, quiere apoderarse de ti para salvarse; pero no temas, lo disuadiré.

Con el susto, yo no podía dar un paso ni atrás ni adelante, solo temblaba.

—¿Quién eres, alma pecadora? —preguntó Wayra adelantándose a darle el encuentro—. ¿Por qué te acercas así?

El hombre se detuvo al ver que Wayra le cortaba el paso.

—Soy Fidencio Ccorahua, allko —respondió—, del pueblo de Soccos. Morí rodándome por una pendiente cuando sigueteaba a mis vacas en plena tormenta. Déjame apoderarme del espíritu de esa señora y me salvaré. En Auquimarca no me recibieron; ni siquiera pude llegar a las puertas.

Mientras hablaba, pude ver con espanto sus enormes colmillos que blanqueaban con la luna, los feos huecos de su nariz carcomida.

Tendiéndose en su delante, Wayra le dijo:

—Cuenta mis pelos primero si quieres apoderarte de ella. Si no, no permitiré que te acerques.

Hubo un breve silencio. En seguida, el condenado dijo:

—No puedo, allko; mira mis manos.

Sus dedos estaban mochados, como trozados con machete, aún sangrantes.

—¿Qué pasó?

—Se me desgastaron tratando de subir a Auquimarca.

—Te volverán a crecer —dijo Wayra incorporándose—, si los frotas con «años», esa plantita de fruto medio colorado que crece en las quebradas.

—Así me han asegurado; por eso estoy bajando justamente al río.

—Entonces, vete; ya sabes, no te dejaré acercarte si antes no haces lo que he dicho.

—¿Cómo que no? —el ánima botó candela por la boca.

Wayra le mostró sus colmillos.

—¡Wauuuuuuu! —gritó el condenado y, guapeando, dando patadas al aire, quiso acercárseme. Yo retrocedí asustada. Wayra saltó a morderlo; mas el otro, rápido, se hizo a un lado logrando que el allko se pasara en banda y, antes que volviera a atacarlo, escapó como un viento furioso, perdiéndose por esa bajada.

—¡Waaaaa…, waaaaa!

La luna escondiéndose tras una montaña. Y nosotros avanzando por una fea cuchilla.

—Rosa, ¿y de qué se murió Liborio?

—Lo mataron los tropakuna, Wayra, en la quebrada Balcón, cerca de Minas Canaria…

Conversando conversando entramos en una quebrada, alumbrada por estrellas muy pálidas.

Luego de internarnos por un montecito, salimos de nuevo al camino, impregnados del olor de ñujchus y molles.

Arriba, en la cumbre del cerro, hacia donde nos dirigíamos, vimos un ánima de albo vestido, acosada por un fiero chancho que daba vueltas y vueltas alrededor de un montículo de piedras donde aquella se hallaba trepada, buscando al parecer traerla abajo.

Venciendo nuestro temor, avanzamos.

El animal, al vernos, se dio vuelta, furioso, erizado el cuerpo, los colmillos amenazantes.

Wayra se lanzó a atacarlo. Yo me asusté pensando en que aquella fiera destrozaría a mi huallqui. Menos mal que para nuestro alivio, después de dudar un instante, prefirió huir por la vuelta del cerro.

El alma buena bajó de la apacheta y derechito se vino donde nosotros.

—Gracias por salvarme, allko, gracias también a usted, mamita señora —dijo llegando a nuestro delante—. Un poco más y me devoraba ese demonio.

—¿Quién eres, alma buena? —me atreví a preguntarle.

—En vida mi nombre fue Téodulo Huarca, mamita. Fui cargador en los mercados y en la estación del Cusco. Mucho me gustaba tomar mis traguitos. Morí alcoholizado.

—¿Y ya purgaste tus penas? —intervino Wayra.

—Ya casi. Solo me falta encontrar dos dientes que perdí peleando borracho durante la celebración del Inti Raymi.

—¿Vuelves a tu pueblo entonces?

—Sí, justamente para allá me estoy yendo.

Dio unos pasos para alejarse, pero una inquietud lo detuvo.

—¿Y ustedes, mamita, de dónde son?

—Del sur de Ayacucho —le respondí—, de un pueblo llamado Illaurocancha.

—Por ahí y por mi pueblo dizque hay guerras pues ¿no?

—Así es, don Téodulo —le dije—, en estos tiempos nuestros pueblos son campos de batalla donde a diario muere la gente. Ahora que va por allí lo va a comprobar usted con sus propios ojos.

—Así será, seguro —dijo, dio un suspiro y en seguida se despidió deseándonos buena suerte.

Ladera ladera nomás, nos encaminamos con Wayra por ese sitio rocoso, mientras en mi mente clarito aparecía la imagen de mi pobre hijo afanado en esa guerra con trazas de nunca acabar.

Al pie del Rasuhuilca, en las alturas de Iquicha, con los dedos agarrotados por el frío, accionabas el arma, Liborio, admirado de la facilidad de su manejo. En la montaña del frente estaba Julcamarca. ¿De allí? ¿De esos feos lugares desolados, llenos de quebradas, riachuelos y continuos deslizamientos provocados por los huaycos, era la camarada Angicha, la encargada de instruirles? Buenamoza la muchacha. No dejabas de admirarla, mientras el olor a pólvora te provocaba náuseas.

Ya se acostumbraría, compañero, después hasta tendrías que comerla para enrabiar la sangre.

No despegabas los ojos de sus trencitas al viento, de sus labios como moras del río, de sus ojos negros, medio achinaditos.

Ahora verían cómo se disparaba asentándola sobre la pierna cuando se estaba en posición de rodillas.

Recelosos miraban los morochucos y los huantinos recién reclutados cuando ella hacía las demostraciones.

Fabricar bombas también era sencillo, como amasar quesos nomás, compañeros.

Y sonreía, mientras ustedes a carcajadas la secundaban: Vaya, ocurrente era también la compañera.

Ayer nomás llegaste al campamento, y ve pues ya estabas aprendiendo a ser guerrillero. Toda la noche recordaste tu encuentro con el camarada Santos hace dos semanas en la quebrada de Ayahuarkuna, abajito del puente de piedra de los incas ubicado entre Huanta y Ayacucho.

Habías ido a Huanta, a la feria del Señor de Maynay, a ofrecer en venta la tropita de carneros que con tanto trabajo compraste por diferentes lugares: Chuschi, Ocros, Cangallo, Quinua, Pacaycasa, Huamanguilla.

Ahí, en los puestos de comida de la feria, cuando acababas de servirte un buen plato de puka picante y tomabas chichita, contento de haber hecho tu negocio, fue que aparecieron esos dos uniformados de la Guardia Civil.

—¿Liborio? ¿Liborio Wanka?

—Sí, jefes, ¿en qué nomás puedo servirles?

Te pidieron tus papeles. Solo la boleta de tu libreta militar la tenías, bien dobladita en el bolsillo de tu camisa.

Después de mirarla fijamente, uno de ellos dijo:

—Nos acompañas. Estás con orden de detención.

—¿Yo, taitas?

—Sí, tú, por vender ganado robado.

No, papitos, tus recibos tenías, se los mostrarías.

Quisiste buscar la bolsita plástica que había en tu alforja. No te dejaron. Fueras nomás, ya en la detención verían.

Entonces tuviste que marchar delante de ellos, rezándole muy bajo al illa —el torillito de piedra que a manera de medalla lo llevabas ollcao en el cuello—, pidiéndole que te ayudara en caso de haber problemas.

Los uniformados te llevan derecho por una calle donde hay un carro esperándolos: un auto rojo algo viejito.

—¿Ya cumpas? —dice al verlos un hombre de aproximadamente treinta años que se halla al volante, fumando.

—Sí, vamos —le contestan los otros haciéndote subir.

El carro luego de arrancar a toda velocidad enrumba hacia la salida del pueblo por la carretera que va a Ayacucho. Te asustas.

—Cómo, taitas, ¿no me van a llevar a la detención?

—Sí, pero a la de Huamanga —te dicen—. No aquí.

Sin ánimo de replicar, solo das un suspiro de resignación, en tanto miras los altos y frondosos eucaliptos que orillan la carretera. Fugazmente ves también, a través del espejo retrovisor, las altas torres de la iglesia matriz que con sus ojos de campanario parecen estar siguiéndote.

Cerros pelados a la distancia. Tunales por aquí y por allá. Molles y retamas y, lejos de la carretera, una que otra chacra de trigo.

Después, huishqus volando volando bajo el cielo azulino y el carro deteniéndose en Ayahuarkuna, a menos de la mitad del camino a Huamanga. Te hacen bajar. El carro sigue de largo por la carretera orillada de cabuyas.

Estás pálido y silencioso. ¿Alguien te habrá acusado de terrorista? ¿Te iban a matar acaso? ¿Por qué te han hecho bajar en ese paraje desolado?

Y antes que fueras a preguntarles, uno de ellos, palmeándote el hombro, te dice:

—No te asustes, compañero, no vamos a hacerte nada. Somos guerrilleros del ejército popular y es el camarada Santos, tu paisano, quien quiere hablarte.

¿Camarada Santos? Te quedas pensando.

—Mejor dicho Nieves Collanqui —aclara el otro.

Por fin caes en la cuenta. Y comprendes ante quiénes estás. Sí, guerrilleros del Partido Comunista del Perú «Sendero Luminoso».

Abajo en el maizal que floreaba al canto del río los loros se desgañitaban chillando, meciéndose sobre las cañas que ondulaban con el travieso vientecillo que por allí se paseaba.

Arriba: el taita Intip, alegroso, riendo tal un girasol.

Te fijaras, Liborio, escuchas a Santos, el mando, hablando en ese círculo de hombres armados sentados en medio del maizal.

Sí, te fijaras, hombre, la guerra popular había empezado hacía rato. ¿Sabías que Medardo, Mallga, Damián y otros jóvenes que asistieron contigo a la escuela popular de Illaurocancha ya se habían incorporado a la lucha? Claro que lo sabías, hombre. Solo faltabas tú. ¿Qué esperabas? El Partido necesitaba urgente en esta coyuntura el concurso voluntario de los huajchas, sus hijos más preclaros, compañero… Te rascas la cabeza. Piensas. Tantas noches has luchado contigo mismo dudando si incorporarte o no a la guerrilla. Temes por tu madre, que ya está anciana y para enferma, y de quien tendrías que descuidarte u olvidarte si optabas por la revolución. Tus ausencias permanentes del pueblo por cuestiones de tu negocio siempre te dieron buen pretexto para eludir a veces las reuniones en la escuela popular dirigida por Mario Buitrón, el maestro. Mas ahora ya no puedes. Hay exigencias y amenazas por todos lados. Mira, oyes de nuevo la voz de Santos, mi taita era también como tú: negociante. Recorría los pueblos llevando y trayendo ganado. Hasta que por fin pudo comprarse unos terrenitos. Ahí surgió el lío con otro, poderoso, que era ya casi dueño de toda la región. Para defenderse judicialmente y evitar que le quitaran su pequeño fundo, tuvo que vender un toro. Sin embargo, ese toro fue a dar a manos de los jueces y perdió la chacra. Poco después moría de una manera extraña y oscura victimado de un balazo. Mi madre tuvo que vérselas entonces como sea para criarnos a mí y a mis hermanos… Pero basta, basta de historias tristes, camarada. El pasado debe ser barrido con la histórica lucha que nuestro pueblo ha decidido librar en el presente. ¿Era así o no era así, compañero Liborio? Tú te pones en apuros, te sobresaltas. Así será, seguro, compañero, respondes tímidamente. Sin embargo, los ojos de Santos y de los demás piden más contundencia. Entonces tú te apresuras y atropelladamente respondes poniendo cierta firmeza en tu voz. Sí, compañeros, así era, en de veras.

—¡Qar! ¡Qar! ¡qar! ¡qar! ¡qar!

Un bulto de animal grande, como de llama, pasó por mi lado rozando, casi tumbándome. Me hubiera lanzado al abismo si no era por Wayra que saltó bien alto dando un ladrido como cuando en vida intentaba coger una paloma en el aire. Botando candela, se perdió precipicio abajo.

Wayra se detuvo al borde.

—Ha querido desbarrancarte esa jarjacha —dijo regresando—, hay que andar con más cuidado.

Dejando atrás esa fea ladera, más allá salimos a una pampa por donde se desparramaba el agüita que discurría de las montañas. Parecía la pampa de Huinllurca de mi pueblo, donde los jóvenes iban a pelotear en tiempos de la fiesta del agua.

Un momento nos sentamos a descansar en el pasto verde, soportando un poco el frío intenso que hacía, oyendo el vientecito conversalón que zumbaba en nuestros oídos.

Un ave vino volando por el cielo en el momento en que reiniciábamos nuestro viaje. Wayra y yo nos quedamos observando en silencio. Después, cuando estuvo más cerca, pudimos reconocer a una paloma blanca, resplandeciente, que vino a posarse delante nuestro sobre una enorme roca.

—¡Wayra! —dijo—. Ya conseguí mi salvación a costa, discúlpame, de Téodulo Huarca, el ánima a quien libraste de mí en la apacheta. Yo soy el cuchi que lo estaba acosando, ¿recuerdas? Pues ya impregné mi espíritu pecador en el suyo. En adelante, será él quien ande buscando una víctima. Solo vine a agradecerte por lo de aquella vez que me ayudaste a cruzar el Wañuy Mayu cuando llorando entré al mundo de las sombras.

—¡Domingo! —exclamó Wayra—. ¡Vaya, eres tú! De veras, nos da pena lo que has hecho, pero qué vamos a hacer si es esa la permisión de nuestros dioses. Mira a esta señora que justamente me preguntaba por ti. ¿No la reconoces? Es Rosa, Rosa Cuchillo, la que fue tu mujer en vida.

La paloma quedó muda un instante, lo mismo me ocurrió a mí. Vaya, recién comprendía por qué esa voz me había sonado tan familiar. Era Domingo. Quién podía creerlo.

Por fin, reaccionando, el ave voló a posarse sobre mis hombros.

—¡Rosa! ¡Esposa mía! ¡Qué felicidad! ¡Te amo! Quisiera quedarme contigo hoy mismo, mas el Padre me apura. Debo volar a los cielos. Allí rogaré por ti, mi amor, para que entres tú también a la región azul, donde juntos vivamos para siempre.

—Sí, Domingo —le dije muy emocionada—, anda nomás. Ya te alcanzaré.

En ese instante, algo como una fuerza superior pareció jalarlo hacia arriba. Resplandeciendo cual una estrella se perdió.

Conmovida, me tendí de rodillas sobre la hierba y elevé mis oraciones al Creador, para que lo recibiera en su santo reino, tal como había hecho con mi hijo.

—Ahora son dos almas benditas que rogarán por ti en el Janaq Pacha —comentó Wayra satisfecho.

Pensativa por lo que había visto, yo avanzaba al lado del buen allko. Iba recordando los años vividos junto a mi esposo. Lo comprensible que fue al comprometerse conmigo sabiendo que yo llevaba en mis entrañas una criatura que no era suya. De los trabajos que pasamos juntos sembrando, cosechando, criando nuestros animalitos.

En eso iba ocupada mi mente, cuando de pronto Wayra me volvió a la realidad.

—Mira atrás —me dijo—. Un alma chúcara nos viene siguiendo. Escondámonos antes de que nos dé alcance.

Cierto, al volverme vi que avanzaba a nuestro tras un ánima con figura de mujer, apurada apurada, como olfateándonos. De prisa, volteamos un recodo y saliéndonos del camino bajamos a escondernos entre las matas de puyó que más abajo crecían altitos formando un pequeño bosque.

El alma chúcara, luego de dejar atrás la curva, apareció ante nuestros ojos en lo alto del camino. Llevaba vestido negro y se envolvía con un rebozo del mismo color que le cubría hasta la mitad del rostro. La falda inclinada de su sombrero no debía dejarle ver de frente sino solo al suelo.

Como si hubiera sabido dónde nos hallábamos escondidos, derechito empezó a venirse en dirección nuestra.

Tuvimos que correr buen trecho entre los puyós para más allá trepar de nuevo al camino.

Cuando nos volvimos a mirar, el alma condenada ascendía también pero con mucha dificultad. El ala de su sombrero, al parecer, no le permitía tampoco mirar hacia arriba. Subía agachada tal si un enorme peso le curvara las espaldas.

—¡Oggg! ¡Oggg! —rugía.

Nosotros trepamos al sendero y nos ocultamos entre unos arbustitos espinosos que salpicaban la cuesta.

Después que a duras penas alcanzó de nuevo el camino, el condenado ávidamente miró a uno y otro lado tratando de localizarnos.

—¡Oggg! ¡Oggg!

En ningún momento intentó siquiera mirar hacia arriba, solo a los costados.

Al no vernos, pensando seguramente que nos habríamos alejado demasiado, rápido rápido siguió en la dirección por donde antes íbamos.

Aliviados sonreímos viéndolo alejarse, en tanto bajábamos de nuevo al camino.

—¡Pillik! ¡Pillik! —pasó un pillik volando a velocidad sobre nuestras cabezas después de largo rato de caminata.

—¡Shoooq! ¡Shoooq! —a su tras un chuseq pasó como siguiéndolo.

Sin duda, algo anunciaban esas aves nocturnas malagüeras.

—¡Mira! —me dijo Wayra, alarmado—. Viene una jarjacha, acaso la misma que intentó desbarrancarte. Quédate tranquila, no te va a pasar nada.

Entonces miré hacia donde me indicaba y vi que del alto de la montaña bajaba una llama de dos cabezas, bailando al compás de la música que tocaba en su violín un hombre que venía detrás ataviado con poncho, sombrero y llanques.

—Ese espíritu —me dijo Wayra refiriéndose al hombre— no es de muerto. Es el alma de alguna persona viva que está por morirse. No temas, no nos hará nada, menos aún el monstruo que está dominado por la música.

La jarjacha pasó por nuestro lado sin dejar de bailar. Vi su cuerpo llagoso, sarniento, entre lanas sucias que colgaban como estropajos.

El hombre, al llegar junto a nosotros, se detuvo haciendo una venia, sin parar la música. Alejándose, la bestia lo amenazó:

—Espérate nomás. Detrás de mí viene el alcalde, con él no podrás.

—Que venga —le respondió el espíritu del hombre vivo—, a él también lo haré bailar.

Cuando ...