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EL MARTILLO DE THOR (MAGNUS CHASE Y LOS DIOSES DE ASGARD 2)

Rick Riordan

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Fragmento

1

¿Podrías hacer el favor de no matar a mi cabra?

Lección aprendida: si quedas con una valquiria para tomar café, te tocará cargar con la cuenta y con un muerto.

Hacía casi seis semanas que no veía a Samirah al-Abbas, así que cuando me llamó por sorpresa y me dijo que teníamos que hablar de un asunto de vida o muerte, acepté enseguida.

(Técnicamente, ya estoy muerto, y eso significa que las cuestiones de vida o muerte no me afectan, pero Sam parecía preocupada.)

Ella todavía no había aparecido cuando llegué al Thinking Cup, en Newbury Street. El local estaba abarrotado como siempre, de modo que me puse a la cola. Unos segundos más tarde, Sam entró volando —en sentido literal— por encima de las cabezas de los clientes del café.

Nadie se inmutó. Los simples mortales no están capacitados para procesar la magia, y es una suerte, porque si no los bostonianos se pasarían la mayor parte del tiempo huyendo despavoridos de gigantes, trolls, ogros y einherjar con hachas de guerra y cafés con leche.

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Sam aterrizó a mi lado vestida con su uniforme escolar: zapatillas blancas, pantalón caqui y camiseta de manga larga azul marino con el emblema de la Academia King. Llevaba el pelo tapado con un hiyab verde y un hacha colgada de su cinturón. Estaba seguro de que el hacha no era parte de su vestimenta reglamentaria.

A pesar de lo mucho que me alegraba de verla, me fijé en que tenía más ojeras de lo habitual. Se balanceaba de un lado a otro.

—Hola —dije—. Se te ve fatal.

—Yo también me alegro de verte, Magnus.

—No, o sea... no me refiero a «fatal» en plan «diferente de lo normal», sino en plan «agotada».

—¿Quieres que te traiga una pala para seguir hurgando un poco más?

Levanté las manos en señal de rendición.

—¿Dónde has estado el último mes y medio?

A Sam se le tensaron los hombros.

—Este semestre he estado muy liada. Cuando salgo del instituto, doy clases particulares. Y luego, como bien recordarás, me dedico a recoger almas de muertos y dirigir misiones de alto secreto para Odín.

—Los chicos de hoy día tenéis unas agendas muy apretadas.

—Y además... doy clases de vuelo.

—¿Clases de vuelo? —Avanzamos despacio en la cola—. ¿Para pilotar aviones?

Sabía que el objetivo de Sam era convertirse algún día en piloto profesional, pero no me había enterado de que estaba recibiendo clases.

—¿Te puedes matricular con dieciséis años?

A Sam le brillaron los ojos de emoción.

—Mis abuelos nunca habrían podido permitírselo, pero los Fadlan tienen un amigo que dirige una escuela de vuelo. Y al final convencieron a Jid y Bibi...

—Ah. —Sonreí—. Así que las clases son un regalo de Amir.

Sam se sonrojó. Es la única adolescente que conozco que tiene un prometido, y es enternecedor ver que se ruboriza cuando habla de Amir Fadlan.

—Las clases fueron todo un detalle... —Suspiró melancólicamente—. Pero ya está bien. No te he traído aquí para hablar de mi agenda. Tenemos que ver a un confidente.

—¿Un confidente?

—Podría ser la oportunidad que he estado esperando. Si la información es buena...

El teléfono de Sam vibró. Ella lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y soltó un juramento.

—Me tengo que ir.

—Pero si acabas de llegar.

—Cosas de valquirias. Un posible código tres-ocho-uno: muerte heroica en curso.

—Te lo estás inventando.

—No, es verdad.

—Entonces, ¿qué? Cuando alguien cree que la va a palmar, ¿te manda un mensaje que dice: «¡Me muero! ¡Necesito a una valquiria lo antes posible!», y un montón de emoticonos de caras tristes?

—Creo recordar que llevé tu alma al Valhalla y no me mandaste ningún mensaje.

—Pero yo soy especial.

—Busca una mesa en la terraza —dijo ella—. Reúnete con mi confidente. Volveré lo antes posible.

—Ni siquiera sé cómo es ese confidente.

—Lo reconocerás cuando lo veas —aseguró Sam—. Sé valiente. Y píllame un bollo.

Salió volando del café cual supermusulmana y dejó que yo pagara la cuenta.

Pedí dos cafés grandes y dos bollos y encontré una mesa en la terraza.

La primavera había llegado pronto a Boston. Todavía había restos de nieve sucia pegada a las aceras como placa dental, pero los cerezos lucían capullos blancos y rojos. En los escaparates de las tiendas de lujo había expuesta ropa color pastel con estampados de flores. Los turistas paseaban disfrutando del sol.

Sentado cómodamente en la terraza con mis vaqueros, mi camiseta y mi cazadora vaquera recién lavados, me di cuenta de que esa sería la primera primavera en tres años en la que viviría bajo techo.

En marzo del año pasado rebuscaba en los contenedores de basura, dormía bajo un puente del jardín público y andaba con mis colegas Hearth y Blitz, evitando a los polis y tratando de seguir con vida.

Y un buen día, hacía dos meses, morí luchando contra un gigante de fuego y luego me desperté en el Hotel Valhalla convertido en uno de los guerreros einherji de Odín.

Ahora tenía ropa limpia, me duchaba a diario, dormía en una cómoda cama todas las noches y podía sentarme a la mesa de ese café y comer algo que había pagado, sin preocuparme por cuándo me echarían los empleados.

Desde que había resucitado, me había acostumbrado a muchas cosas raras. Había viajado por los nueve mundos y había conocido a dioses nórdicos, elfos, enanos y un montón de monstruos con nombres impronunciables. Había conseguido una espada mágica que ahora llevaba colgada del cuello en forma de piedra rúnica. Incluso había mantenido una conversación flipante con mi prima Annabeth sobre los dioses griegos que vivían en Nueva York y que le hacían la vida imposible. Al parecer, Norteamérica estaba invadida por dioses antiguos. Teníamos una plaga a gran escala.

Había aprendido a aceptar todo eso.

Pero ¿estar otra vez en Boston un bonito día de primavera como un chico mortal cualquiera?

Eso me resultaba extraño.

Escudriñé a la multitud de peatones, buscando al confidente de Sam. «Lo reconocerás cuando lo veas», me había asegurado ella. Me preguntaba de qué información dispondría ese tipo y por qué Sam la consideraba de vida o muerte.

Fijé la mirada en una tienda al final de la manzana. Sobre la puerta, el letrero de latón y plata todavía brillaba orgullosamente: «LO MEJOR DE BLITZEN», pero la tienda tenía las persianas bajadas. El cristal de la puerta estaba empapelado por dentro, y tenía un mensaje garabateado apresuradamente con rotulador rojo: «Cerrado por reformas. ¡Volveremos pronto!».

Había albergado la esperanza de preguntarle a Sam por el asunto. No tenía ni idea de por qué mi viejo amigo Blitz había desaparecido tan repentinamente. Hacía unas semanas había pasado por delante de la tienda y la había encontrado cerrada. Desde entonces no había tenido noticias de Blitzen ni de Hearthstone, y eso no era propio de ellos.

Me quedé tan absorto pensando en el tema que casi no vi al confidente hasta que lo tuve justo encima. Sam estaba en lo cierto: destacaba bastante. Uno no ve una cabra con gabardina todos los días.

Llevaba un sombrero de copa baja encajado entre sus cuernos enroscados, unas gafas de sol apoyadas en el hocico y una gabardina que se le enredaba entre las patas traseras.

A pesar de su ingenioso disfraz, la reconocí. Había matado y me había comido a esa cabra en otro mundo, y eso era una experiencia que no se olvidaba.

—Otis —dije.

—Chisss —dijo él—. Voy de incógnito. Llámame... Otis.

—No estoy seguro de que eso sea ir de incógnito, pero vale.

Otis, alias Otis, se subió a la silla que le había reservado a Sam. Se sentó sobre las patas traseras y puso las pezuñas delanteras en la mesa.

—¿Dónde está la valquiria? ¿También va de incógnito?

Miró dentro de la bolsa del pastelito más cercano como si Sam pudiera estar escondida dentro.

—Samirah ha tenido que ir a recoger un alma —le expliqué—. Volverá pronto.

—Debe de estar bien tener un objetivo en la vida. —Otis suspiró—. Bueno, gracias por la comida...

—No es para...

Agarró de repente la bolsa del bollo de Sam y empezó a comérsela, con papel incluido.

En la mesa de al lado, una pareja mayor miraba a mi amigo caprino y sonreía. Tal vez sus sentidos mortales lo percibían como si fuese un niño adorable o un perro gracioso.

—Bueno... —Me costaba mirar cómo devoraba el pastelito y esparcía migas por las solapas de su gabardina—. ¿Tenías algo que contarnos?

Otis eructó.

—Es sobre mi amo.

—¿Thor?

Se sobresaltó.

—Sí, él.

Si yo trabajase para el dios del trueno, también me habría sobresaltado al oír el nombre de Thor. Otis y su hermano Marvin tiraban del carro del dios y le proporcionaban un suministro interminable de carne de cabra. Cada noche, Thor los mataba y se los comía de cena, y cada mañana los resucitaba. Por ese motivo debéis ir a la universidad, chicos: para que cuando os hagáis mayores no tengáis que aceptar un trabajo de cabra mágica.

—Por fin tengo una pista —dijo Otis— sobre cierto objeto que le ha desaparecido a mi amo.

—¿Te refieres a su mar...?

—¡No lo digas en voz alta! —me advirtió—. Pero sí, su «mar».

Me retrotraje al mes de enero, cuando había conocido al dios del trueno. Buenos momentos en torno a la fogata escuchándole tirarse pedos, hablar de sus series de televisión favoritas, tirarse pedos, quejarse de su martillo desaparecido, que utilizaba para matar gigantes y ver sus series favoritas, y tirarse más pedos.

—¿Sigue desaparecido? —pregunté.

Otis repiqueteó con las pezuñas delanteras sobre la mesa.

—Bueno, oficialmente no, claro. Si los gigantes supieran con certeza que Thor no tiene lo que tú ya sabes, invadirían los mundos de los mortales, lo destruirían todo y me daría un bajón terrible. Pero, extraoficialmente..., sí. Hemos estado buscando durante meses sin suerte. Los enemigos de mi amo son cada vez más atrevidos. Perciben debilidad. Le he contado a mi psicólogo que me recuerda cuando era una cría y estaba en el redil, y los abusones se dedicaban a ponerme a prueba. —Sus ojos amarillos de pupilas hendidas adoptaron una mirada distante—. Creo que fue entonces cuando empecé a sufrir estrés traumático.

A partir de ese momento debería haber pasado las siguientes horas hablando con él de sus sentimientos, pero me porté como una persona terrible y simplemente dije: «Lo siento», y cambié de tema.

—Otis, la última vez que te vimos, le dimos a Thor un bonito bastón de hierro para que lo usara como arma de repuesto. No está precisamente indefenso.

—Pero el bastón no es tan bueno como el... «mar». No inspira el mismo temor a los gigantes. Además, mi amo se pone de mal humor cuando intenta ver sus series en el bastón. La pantalla es diminuta, y la resolución terrible. No me gusta cuando Thor se pone de mal humor. Me cuesta encontrar mi espacio feliz.

Muchas de las cosas que decía no tenían sentido: por qué tendría Thor tantos problemas para localizar su martillo, cómo podía haber ocultado su pérdida a los gigantes durante tanto tiempo y qué era eso de que Otis, la cabra, tenía un espacio feliz.

—Así que Thor necesita nuestra ayuda —aventuré.

—No oficialmente.

—Claro que no. Todos tendremos que llevar gabardinas y gafas.

—Es una idea magnífica —dijo Otis—. En fin, le dije a la valquiria que la mantendría al tanto, ya que es la encargada de..., ya sabes, las misiones especiales de Odín. Esta es la primera pista buena que he conseguido sobre la ubicación de cierto objeto. Mi fuente es fiable. Una cabra que va al mismo psiquiatra que yo oyó una conversación en su corral.

—¿Quieres que sigamos una pista basada en unos cotilleos de corral que te contaron en la sala de espera de tu psiquiatra?

—Eso sería estupendo. —Se inclinó tanto hacia delante que temí que se cayera de la silla—. Pero tendréis que tener cuidado.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reír. Había jugado a atrapar una bola de lava con unos gigantes de fuego. Había sobrevolado las azoteas de Boston arrastrado por un águila. Había sacado a la Serpiente del Mundo de la bahía de Massachusetts y vencido al lobo Fenrir con un ovillo de hilo. Y ahora esa cabra me decía que tuviera cuidado.

—Bueno, ¿y dónde está el «mar»? —pregunté—. ¿En Jotunheim? ¿En Niflheim? ¿En Cuescodethorheim?

—Estás de guasa. —Las gafas de sol de Otis se ladearon sobre su hocico—. Pero el «mar» está en otro lugar peligroso. Está en Provincetown.

—Provincetown —repetí—. En el extremo de Cabo Cod.

Me acordaba vagamente del sitio. Mi madre me había llevado allí un fin de semana de verano cuando tenía unos ocho años. Recordaba playas, caramelos, sándwiches de langosta y un montón de galerías de arte. Lo más peligroso que me había encontrado había sido una gaviota con diarrea.

Otis bajó la voz.

—Hay un túmulo en Provincetown..., el túmulo de un espectro.

—¿Te refieres a un montón de cosas desordenadas?

—No, no. Eso es un cúmulo. Un túmulo... —La cabra se estremeció—. Un túmulo es la tumba de un tumulario, un poderoso no muerto al que le gusta coleccionar armas mágicas. Perdona, me cuesta hablar de esas criaturas. Me recuerdan a mi padre.

Eso planteaba otra serie de preguntas sobre la infancia de Otis, pero decidí dejárselas a su psicólogo.

—¿Hay muchas guaridas de vikingos no muertos en Provincetown? —pregunté.

—Solo una, que yo sepa. Pero con esa basta. Si cierto objeto está allí, será difícil de recuperar: estará bajo tierra y protegido por magia poderosa. Necesitarás a tus amigos: el enano y el elfo.

Habría sido una noticia genial si hubiera tenido la más mínima idea de dónde estaban mis amigos. Esperaba que Sam supiera más que yo.

—¿Por qué no va Thor a ver ese túmulo él mismo? —pregunté—. Espera..., a ver si lo adivino. Porque no quiere llamar la atención. O quiere que tengamos la oportunidad de ser unos héroes. O es un trabajo demasiado duro, y él tiene que ponerse al día con unas series.

—A decir verdad —reconoció Otis—, la nueva temporada de Jessica Jones acaba de empezar.

«La cabra no tiene la culpa —me dije—. No se merece un puñetazo.»

—Está bien. Cuando Sam llegue, hablaremos de estrategias.

—No sé si debería quedarme a esperarla contigo. —Se lamió una miga de la solapa—. Debería habértelo dicho antes, pero alguien... o algo... me ha estado vigilando.

Se me erizó el vello de la nuca.

—¿Crees que te ha seguido hasta aquí?

—No estoy seguro —contestó—. Con suerte, mi disfraz lo habrá despistado.

«Genial», pensé.

Escudriñé la calle, pero no vi a ningún merodeador.

—¿Has visto bien a ese alguien/algo?

—No. Pero Thor tiene toda clase de enemigos que querrían impedir que recuperásemos su... su «mar». Y no querrían que yo compartiese información contigo, sobre todo la última parte. Tienes que avisar a Samirah de que...

¡Zas!

Viviendo en el Valhalla, estaba acostumbrado a que aparecieran armas letales de la nada, pero aun así me sorprendió ver de repente salir un hacha del pecho peludo de Otis.

Me lancé a través de la mesa para ayudarle. Como hijo de Frey, dios de la fertilidad y la salud, puedo obrar una magia curativa de urgencia bastante alucinante si dispongo del tiempo suficiente. Pero en cuanto toqué a Otis, percibí que era demasiado tarde. El hacha le había perforado el corazón.

—Vaya por los dioses. —Otis escupió sangre—. Ahora... me... moriré.

La cabeza le colgó hacia atrás. Su sombrero se fue rodando a través de la acera. La señora sentada detrás de nosotros gritó como si acabara de percatarse de que Otis no era un adorable perrito. En realidad, era una cabra muerta.

Escudriñé las azoteas del otro lado de la calle. A juzgar por el ángulo del hacha, debían de haberla lanzado desde allí arriba..., sí. Por un momento, atisbé un movimiento cuando el agresor se agachaba: una figura vestida de negro con una suerte de yelmo metálico.

Adiós al café relajado. Tiré del colgante mágico que pendía de una cadena alrededor de mi cuello y eché a correr tras el asesino de cabras.

2

La típica escena de persecución por las azoteas con espadas parlantes y ninjas

Debería presentaros a mi espada.

Jack, esta es la peña. Peña, os presento a Jack.

Su verdadero nombre es Sumarbrander, la Espada del Verano, pero prefiere que la llamen Jack por varios motivos. Cuando a Jack le apetece roncar, que es la mayor parte del tiempo, se queda colgada de una cadena alrededor de mi cuello en forma de colgante con la inscripción de fehu, la runa de Frey:

imagen

Cuando necesito su ayuda, se transforma en espada y mata cosas. A veces lo hace mientras yo la empuño. Otras lo hace mientras vuela sola y canta crispantes canciones pop. Así de mágica es.

Mientras yo cruzaba Newbury Street, Jack cobró forma en mi mano. Su hoja —setenta y cinco centímetros de acero de hueso forjado con doble filo— tenía grabadas unas runas y empezaron a parpadear en distintos colores, como ocurría siempre que hablaba.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿A quién vamos a matar?

Jack asegura que no escucha mis conversaciones cuando adopta forma de colgante. Dice que normalmente tiene los auriculares puestos. Yo no me lo creo, porque no tiene auriculares. Ni orejas.

—Perseguimos asesino —le espeté, esquivando un taxi—. Matado cabra.

—Vale —dijo Jack—. Lo de siempre, entonces.

Salté por el lateral del edificio de la Editorial Pearson. Me había pasado los dos últimos meses aprendiendo a utilizar mis poderes de einherji, de modo que llegué de un salto a un saliente situado tres pisos por encima de la entrada principal sin problemas, y eso que llevaba la espada en la mano. Luego trepé saltando de alféizares a cornisas por la fachada de mármol blanco, echando mano del Hulk que llevo dentro hasta que llegué a lo alto.

En el otro lado de la azotea, una oscura figura bípeda desaparecía tras una hilera de chimeneas. El asesino de cabras parecía humanoide, un dato que descartaba la posibilidad de un homicidio de cabra perpetrado por otra cabra, pero conocía lo bastante bien los nueve mundos para saber que «humanoide» no equivalía a «humano». Podía ser un elfo, un enano, un gigante pequeño o incluso un dios asesino. («Por favor, que no sea un dios asesino», pensé.)

Cuando llegué a las chimeneas, mi presa había saltado a la azotea del edificio de al lado. Puede que no parezca impresionante, pero el edificio era una mansión de piedra rojiza situada a quince metros al otro lado de un pequeño aparcamiento. El asesino de cabras ni siquiera tuvo la decencia de romperse los tobillos tras el impacto. Dio una voltereta sobre el alquitrán, se levantó y siguió corriendo. A continuación, saltó otra vez a través de Newbury Street y aterrizó en el campanario de la iglesia de la Alianza.

—Odio a ese tío —dije.

—¿Cómo sabes que es un tío? —preguntó Jack.

La espada era bastante aguda. (Lo siento, siempre caigo en ese juego de palabras.) La ropa negra holgada y el yelmo de guerra del asesino de cabras hacían imposible adivinar su género, pero decidí seguir pensando en él como varón. No sé por qué. Supongo que la idea de un tío que asesinaba cabras me daba más rabia.

Retrocedí, tomé carrerilla y salté hacia la iglesia.

Me gustaría decir que caí en el campanario, esposé al asesino y anuncié: «¡Quedas detenido por asesinato de ganado!».

Sin embargo, la iglesia de la Alianza tiene unas preciosas vidrieras de colores hechas por Tiffany en la década de 1890. En el lado izquierdo del presbiterio, una ventana tiene ahora un gran agujero en la parte superior. Culpa mía.

Caí en el tejado inclinado de la iglesia, resbalé hacia atrás y me agarré al canalón con la mano derecha. Unas punzadas de dolor me subieron por las uñas. Me quedé colgado de la cornisa agitando las piernas y di una patada a la bonita vidriera de colores justo a la altura del Niño Jesús.

Por otro lado, balancearme precariamente del tejado me salvó la vida. Mientras lo hacía, un hacha pasó volando desde arriba y me cortó los botones de la cazadora vaquera. Un centímetro más cerca, y me habría abierto el pecho.

—¡Eh! —grité.

Suelo quejarme cuando la gente intenta matarme. Cierto, en el Valhalla los einherjar nos matamos continuamente y resucitamos a tiempo para la cena. Pero fuera del Valhalla era muy fácil matarme. Si moría en Boston, no tendría una segunda oportunidad cósmica.

El asesino de cabras me miró desde la parte más alta del tejado. Gracias a los dioses, parecía haberse quedado sin hachas, pero, por desgracia, todavía le quedaba una espada. Las mallas y la túnica que llevaba eran de piel negra, y una cota de malla manchada de hollín le colgaba del pecho. Su yelmo de hierro negro tenía un velo de malla alrededor de la base —que en el mundo vikingo llamamos «gola»— que le tapaba completamente el cuello y la garganta. Sus facciones quedaban ocultas por una visera cuya forma hacía que pareciera un lobo gruñendo.

Un lobo, cómo no. En los nueve mundos, a todo quisqui le gustaban los lobos. Tenían escudos de lobos, cascos de lobos, salvapantallas de lobos, pijamas de lobos y fiestas de cumpleaños de temática lobuna.

A mí, en cambio, no me gustaban tanto.

—Acepta un consejo, Magnus Chase. —El asesino gorjeó y moduló la voz hasta que pasó de un tono de soprano a uno de barítono, como si hubiera sido tratada con una máquina de efectos de sonido—. No vayas a Provincetown.

Los dedos de mi mano izquierda apretaron la empuñadura de la espada.

—Jack, haz lo que sabes hacer.

—¿Estás seguro? —preguntó Jack.

El asesino siseó. Por algún motivo, la gente acostumbra a sorprenderse cuando se entera de que mi espada sabe hablar.

—Lo que quiero decir —continuó Jack— es que ya sé que ese tío ha matado a Otis, pero es que todo el mundo mata a Otis. Su trabajo consiste en que lo maten.

—¡Tú córtale la cabeza o lo que sea! —grité.

El asesino, que no era idiota, se volvió y huyó.

—¡A por él! —ordené a mi espada.

—¿Por qué siempre me toca a mí hacer todo el trabajo duro? —se quejó Jack.

—¡Porque yo estoy aquí colgado y a ti no te pueden matar!

—Que tengas razón no hace que mole más.

La lancé a lo alto y desapareció girando en espiral. Voló tras el asesino de cabras mientras cantaba su propia versión de «Shake It Off». (No he logrado convencerla de que el verso del estribillo no dice «La trucha cae en la red, red, red, red, red».)

Aun teniendo la mano izquierda libre, tardé unos segundos en subir a la azotea. En algún lugar al norte, un ruido metálico de espadas resonó en los edificios de ladrillo. Corrí en esa dirección, salté por encima de las torres de la iglesia y me lancé a través de Berkeley Street. Reboté de azotea en azotea hasta que oí a Jack gritar a lo lejos:

—¡Ay!

La mayoría de la gente no entraría en combate para comprobar el bienestar de su espada, pero yo sí lo hice. En la esquina de Boylston Street, trepé con dificultad por el lado de un garaje, llegué al nivel de la azotea y encontré a Jack luchando para salvar su... bueno, ya que no su vida, como mínimo su dignidad.

Jack solía jactarse de que era la espada más afilada de los nueve mundos. Podía atravesar cualquier cosa y luchar contra una docena de enemigos a la vez. Yo solía creerla porque la había visto cargarse a gigantes del tamaño de rascacielos con mis propios ojos. Sin embargo, al asesino de cabras no le estaba costando nada hacerla retroceder por la azotea. Puede que fuera menudo, pero era fuerte y rápido. Su espada de hierro oscura echaba chispas al entrechocar con la mía, y cada vez que las dos espadas chocaban, Jack gritaba:

—¡Ay! ¡Ay!

No sabía si corría peligro real, pero tenía que ayudarla. Como no contaba con más armas y no me apetecía luchar con las manos vacías, corrí hasta la farola más cercana y la arranqué del cemento.

Dicho así, parece que lo hiciera para fardar, pero, sinceramente, no era el caso. El poste era el objeto más parecido a un arma que encontré a mano, salvo un Lexus aparcado, y no era lo bastante fuerte para empuñar un automóvil de lujo.

Arremetí contra el asesino de cabras con mi lámpara de seis metros como una lanza de justa. Ese detalle captó su atención. Cuando se volvió hacia mí, Jack atacó y le hizo un corte profundo en el muslo. El asesino de cabras gruñó y se tambaleó.

Era mi oportunidad. Podría haberlo liquidado. Pero cuando estaba a tres metros, un aullido lejano hendió el aire y me detuvo en seco.

«Jo, Magnus —estaréis pensando—, solo fue un aullido lejano. ¿Cuál es el problema?»

Puede que ya haya dicho que no me gustan los lobos. Cuando tenía catorce años, dos lobos con brillantes ojos azules mataron a mi madre. Mi reciente encontronazo con Fenrir no había contribuido a potenciar mi aprecio por la especie.

Ese aullido en concreto era sin duda de un lobo. Venía de algún lugar al otro lado del parque de Common, reverberando en las torres de pisos, y me heló la sangre en las venas cual freón. Era el mismo sonido que había oído la noche de la muerte de mi madre: ávido y triunfal, el grito de un monstruo que había encontrado a su presa.

La farola me resbaló de la mano e hizo un gran estruendo contra el asfalto.

Jack se acercó a mí flotando.

—Señor, ¿seguimos luchando contra ese tío o qué?

El asesino retrocedió dando traspiés. La piel negra de sus mallas estaba manchada de sangre.

—Así empieza. —Su voz sonaba todavía más confusa—. Ten cuidado, Magnus. Si vas a Provincetown, favorecerás a tu enemigo.

Me quedé mirando la feroz visera. Me sentí como si volviera a tener catorce años, solo en el callejón de detrás de mi casa la noche de la muerte de mi madre. Recordaba haber mirado la escalera de incendios por la que acababa de bajar y haber oído a los lobos aullar en nuestra sala de estar. Entonces las llamas estallaron en las ventanas.

—¿Quién... quién eres? —logré preguntar.

El asesino dejó escapar una risa gutural.

—Eso no importa, la pregunta es: ¿estás dispuesto a perder a tus amigos? Si no lo estás, deberías dejar que el martillo de Thor siga perdido.

Retrocedió hasta el borde de la azotea y se tiró.

Corrí hasta la cornisa justo cuando una bandada de palomas ascendió en tropel, se elevó en una nube gris azulada y se alejó sobrevolando el bosque de chimeneas de Back Bay. Abajo, ni movimiento, ni cadáver, ni rastro del asesino.

Jack flotaba a mi lado.

—Podría haberlo matado. Me has pillado desprevenida. No me ha dado tiempo a hacer mis estiramientos.

—Las espadas no hacen estiramientos —dije.

—¡Oh, perdone usted, señor experto en técnicas de calentamiento!

Una pluma de paloma descendió dando vueltas hasta la cornisa y se quedó pegada en una mancha de sangre del asesino. Recogí la pequeña pluma y observé cómo el líquido rojo la empapaba.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó Jack—. ¿Y qué ha sido ese aullido de lobo?

Noté como si me cayese agua helada por las trompas de Eustaquio y me dejase un sabor frío y amargo en la boca.

—No lo sé —respondí—. Fuera lo que fuese, ha parado.

—¿Vamos a ver qué es?

—¡No! Quiero decir... que no vale la pena porque, cuando averiguásemos de dónde procedía el sonido, ya sería demasiado tarde. Además...

Observé la pluma de paloma manchada de sangre. Me preguntaba cómo el asesino de cabras había desaparecido sin dejar rastro y qué sabría del martillo desaparecido de Thor. Su voz distorsionada reverberaba en mi mente: «¿Estás dispuesto a perder a tus amigos?».

El asesino tenía algo que me había parecido muy raro... y al mismo tiempo muy familiar.

—Tenemos que volver con Sam.

Agarré la empuñadura de Jack, y me invadió el cansancio.

El inconveniente de tener una espada que lucha sola es que en cuanto vuelve a mi mano, yo pago el precio. Noté que los cardenales iban extendiéndose por mis brazos: uno por cada golpe que Jack había recibido. Me temblaban las piernas como si hubiera estado dando zancadas toda la mañana. Se me hizo un nudo en la garganta: la vergüenza de Jack por haberse dejado arrinconar por el asesino.

—Eh —le dije—, por lo menos le has herido. Es más de lo que yo he hecho.

—Sí, bueno... —parecía avergonzada. Sabía que no le gustaba compartir las cosas malas conmigo—. Tal vez deberías descansar un poco, señor. No estás en condiciones...

—Estoy bien. Gracias, Jack. Has estado bien.

Le ordené mentalmente que volviera a adoptar la forma de colgante y acto seguido enganché la piedra rúnica a mi cuello.

Jack tenía razón con respecto a una cosa: necesitaba descansar. Tenía ganas de subir a aquel bonito Lexus y echar una siesta, pero si el asesino decidía volver al Thinking Cup y pillaba a Sam desprevenida...

Salté de azotea en azotea con la esperanza de no llegar demasiado tarde.

3

Mis amigos me protegen no diciéndome ni pío. Gracias, amigos

Cuando volví al café, Sam estaba al lado del cadáver de Otis.

Los clientes entraban y salían del Thinking Cup describiendo un amplio arco alrededor de la cabra muerta. No parecían alarmados. Quizá veían a Otis como a un sintecho mareado. Algunos de mis mejores amigos eran sintechos mareados. Sabía lo bien que ahuyentaban a la gente.

Sam me miró frunciendo el ceño. Debajo de su ojo izquierdo había un nuevo cardenal anaranjado.

—¿Por qué está nuestro confidente muerto?

—Es una larga historia —dije—. ¿Quién te ha pegado?

—Es otra larga historia.

—Sam...

Ella rechazó mi preocupación con un gesto de la mano.

—Estoy bien. Dime que no has matado a Otis porque se comió mi bollo.

—No. Pero si se hubiera comido el mío...

—Ja, ja. ¿Qué ha pasado?

Seguía preocupado por su ojo, pero le expliqué lo ocurrido con el asesino de cabras lo mejor que pude. Mientras tanto, la silueta de Otis empezó a disolverse y se deshizo en volutas de vapor blanco como el hielo seco. Pronto no quedaban de él más que la gabardina, las gafas y el sombrero, además del hacha que lo había matado.

Sam recogió el arma del asesino. La hoja no era más grande que un teléfono móvil, pero el filo parecía agudo. El metal oscuro tenía grabadas unas runas negras como el hollín.

—Hierro forjado por gigantes —dijo—. Hechizado. Está equilibrada a la perfección. Es un arma valiosa.

—Qué bien. No me gustaría que hubieran matado a Otis con un arma chapucera.

Sam no me hizo caso. Se le daba muy bien.

—¿Dices que el asesino llevaba un yelmo de lobo?

—Eso reduce los sospechosos a la mitad de malos de los nueve mundos. —Señalé la chaqueta vacía de Otis—. ¿Adónde ha ido su cuerpo?

—¿El de Otis? No le pasará nada. Las criaturas mágicas se forman a partir de la niebla del Ginnungagap. Cuando mueren, sus cuerpos acaban deshaciéndose otra vez en esa niebla. Otis volverá a cobrar forma cerca de su amo, con suerte a tiempo para que Thor lo mate para la cena.

Me pareció un extraño deseo, pero no más extraño que la mañana que yo había vivido. Antes de que se me doblasen las rodillas, me senté y bebí un sorbo de mi café ya frío.

—El asesino de cabras sabía que el martillo ha desaparecido —dije—. Me dijo que si íbamos a Provincetown favoreceríamos a nuestro enemigo. No creerás que se refería a...

—¿Loki? —Sam se sentó frente a mí y dejó el hacha en la mesa—. Estoy segura de que está implicado de alguna forma. Siempre lo está.

Entendía perfectamente su amargura. No le gustaba hablar del dios del engaño y las malas artes porque, aparte de ser malvado, también era su padre.

—¿Has tenido noticias de él últimamente? —pregunté.

—Solo unos cuantos sueños. —Giró su taza de café hacia un lado y hacia el otro como si fuera el disco de una caja fuerte—. Susurros, advertencias... Sobre todo se ha interesado por... Da igual. No es nada.

—Pues a mí no me lo parece.

Sam tenía una mirada tan intensa y ardiente como los troncos de una chimenea justo antes de encenderse.

—Mi padre intenta arruinar mi vida personal —me explicó—. Nada nuevo. Quiere tenerme distraída. Mis abuelos, Amir... —Se le quebró la voz—. Podré con ello. No tiene nada que ver con el problema del martillo.

—¿Estás segura?

Su expresión me dijo que dejara de incordiarla. En el pasado, cuando me ponía pesado con algo, me estampaba contra una pared y me apretaba la garganta con el brazo. El hecho de que todavía no me hubiera ahogado hasta dejarme inconsciente era señal de que nuestra amistad se estaba estrechando.

—En fin, Loki no puede ser el asesino —concluyó—. No sabría manejar un hacha de esa forma.

—¿Por qué no? Ya sé que está encadenado en una cárcel de máxima seguridad asgardiana por asesinato o lo que sea, pero no parece que tenga problemas para aparecer delante de mis narices cuando le da la gana.

—Mi padre puede proyectar su imagen o aparecer en un sueño. Concentrándose mucho, por un tiempo limitado, incluso puede emitir suficiente energía para adoptar una forma física.

—Como cuando salió con tu madre.

Sam volvió a demostrar el afecto que me tenía no partiéndome la crisma. Estábamos celebrando una fiesta de exaltación de la amistad en el Thinking Cup.

—Sí —asintió—. Puede escapar de su encarcelamiento de esas maneras, pero no puede manifestarse de una forma lo bastante sólida como para manejar armas mágicas. Los dioses se aseguraron de eso cuando hechizaron sus ataduras. Si pudiera coger una espada encantada, podría liberarse.

Supuse que eso tenía algún sentido dentro de la absurda lógica de la mitología nórdica. Me imaginé a Loki despatarrado en una cueva, con las manos y los pies atados con unas cuerdas hechas —¡puaj!, me costaba solo pensarlo— con los intestinos de sus hijos asesinados, tal como habían ordenado los dioses. Supuestamente, también habían colocado una serpiente sobre la cabeza de Loki para que le echase gotas de veneno en la cara por toda la eternidad. La justicia asgardiana no se caracterizaba por su clemencia.

—Aun así, el asesino de cabras podría trabajar para tu padre —dije—. Podría ser un gigante. Podría ser...

—Podría ser cualquiera —me interrumpió Sam—. Por cómo describes su forma de luchar y de moverse, parece un einherji. Puede que incluso una valquiria.

Se me revolvió el estómago. Me lo imaginé rodando por el suelo y yendo a parar al lado del sombrero de Otis.

—Alguien del Valhalla. ¿Por qué querría alguien...?

—No lo sé —me interrumpió—. Sea quien sea, no quiere que sigamos esa pista para localizar el martillo de Thor. Pero no veo que tengamos otra opción. Tenemos que actuar rápido.

—¿Por qué tanta prisa? El martillo lleva meses desaparecido. Los gigantes todavía no han atacado.

Algo en sus ojos me recordó las redes de pesca de la diosa marina Ran, la forma en que se arremolinaban entre las olas y revolvían a los espíritus ahogados. No era un recuerdo alegre.

—Magnus, los acontecimientos se están precipitando. En mis últimas misiones en Jotunheim... Los gigantes están inquietos. Han invocado potentes glamures para ocultar lo que traman, pero estoy convencida de que hay ejércitos enteros avanzando. Se están preparando para la invasión.

—¿Invasión... dónde?

La brisa hizo ondear el hiyab alrededor de su cara.

—Aquí. Y si vienen a destruir Midgard...

Me invadió un escalofrío a pesar del cálido sol. Sam me había explicado que Boston se encontraba en el nexo de Yggdrasil, el Árbol de los Mundos. Era el lugar más fácil para moverse por los nueve mundos. Me imaginé las sombras de los gigantes posándose sobre Newbury Street y el suelo sacudiéndose bajo sus botas con suelas de hierro del tamaño de tanques de combate.

—Lo único que los frena —continuó— es su miedo a Thor. Ha sido así durante siglos. No emprenderán una invasión a gran escala a menos que estén completamente seguros de que él es vulnerable. Pero cada vez son más audaces. Están empezando a sospechar que ha llegado el momento...

—Thor solo es uno de los dioses —dije—. ¿Y Odín? ¿O Tyr? ¿O mi padre, Frey? ¿No pueden luchar ellos contra los gigantes?

Tan pronto como acabé de hacer la pregunta, me di cuenta de lo absurdo de mi sugerencia. Odín era impredecible. Cuando aparecía, mostraba más interés por hacer presentaciones motivacionales en PowerPoint que por luchar. No había coincidido nunca con Tyr, el dios de la valentía y la defensa personal. En cuanto a Frey..., mi padre era el dios del verano y la fertilidad. Si querías que brotasen flores, que crecieran cosechas o que un corte hecho con un papel se curase, era el dios indicado. Pero desde luego no lo era para ahuyentar a las hordas de Jotunheim.

—Tenemos que detener la invasión antes de que se produzca —dijo Sam—. Para eso tenemos que encontrar el martillo Mjolnir. ¿Estás seguro de que Otis dijo que fuéramos a Provincetown?

—Sí. A un túmulo. ¿Es peligroso?

—En una escala del uno al diez, yo le daría veintimuchos. Necesitaremos a Hearthstone y Blitzen.

A pesar de las circunstancias, la posibilidad de ver a mis viejos colegas me levantó el ánimo.

—¿Sabes dónde están?

Sam titubeó.

—Sé cómo ponerme en contacto con ellos. Han estado escondidos en uno de los refugios de Mimir.

Traté de asimilar esa información. Mimir, el dios incorpóreo que cambiaba tragos de la fuente del conocimiento por años de servidumbre, que había mandado a Blitz y Hearth que me vigilasen cuando vivía en la calle porque era «importante para el destino de los mundos», que dirigía un tinglado de pachinko que operaba en los nueve mundos y otras empresas turbias..., tenía una colección de refugios. Me preguntaba cuánto les cobraba de alquiler a mis amigos.

—¿Por qué están escondidos Blitz y Hearth?

—Prefiero que te lo expliquen ellos. No querían que te preocupases.

Tenía tan poca gracia que reí.

—¿Desaparecieron sin decir nada porque no querían que me preocupase?

—Mira, Magnus, necesitas tiempo para entrenarte, para adaptarte al Valhalla y acostumbrarte a tus poderes de einherji. Hearthstone y Blitzen vieron un mal augurio en las runas. Han estado tomando precauciones ocultándose. Pero para esta misión...

—Un mal augurio. Sam, el asesino dijo que debía estar dispuesto a perder a mis amigos.

—Lo sé. —Cogió su café. Le temblaban los dedos—. Tendremos cuidado. Pero para ir al túmulo, la magia rúnica y la habilidad subterránea podrían ser cruciales. Necesitaremos a Hearth y Blitz. Contactaré con ellos esta tarde. Te prometo que entonces te pondré al tanto de todo.

—¿Es que hay más?

De repente, me sentí como si hubiera estado sentado a la mesa de los niños en una celebración familiar durante las últimas seis semanas. Me había perdido todas las conversaciones importantes de los adultos. No me gustaba la mesa de los niños.

—No hace falta que me protejas, Sam —dije—. Ya estoy muerto. Soy un puñetero guerrero de Odín que vive en el Valhalla. Déjame ayudarte.

—Me ayudarás —prometió ella—. Pero necesitabas tiempo de adiestramiento, Magnus. Cuando fuimos a buscar la Espada del Verano, tuvimos suerte. Pero para lo que nos espera, necesitarás toda tu destreza.

Su tono de miedo me hizo temblar.

Yo no consideraba que hubiéramos tenido suerte al recuperar la Espada del Verano. Habíamos estado a punto de morir en múltiples ocasiones. Tres de nuestros compañeros habían sacrificado sus vidas. Habíamos conseguido impedir por los pelos que el lobo Fenrir y una horda de gigantes de fuego arrasaran los nueve mundos. Si eso era tener suerte, no quería saber lo que era no tenerla.

Sam alargó la mano a través de la mesa. Cogió mi bollo de naranja y arándanos y mordisqueó el borde. La cobertura era del mismo color que su ojo magullado.

—Debo volver al instituto. No puedo faltar a otra clase de física. Y esta tarde tengo que resolver unos asuntos en casa.

Recordé que había dicho que Loki intentaba arruinar su vida personal, y también recordé el asomo de duda que había mostrado cuando había pronunciado el nombre de Amir.

—¿Puedo ayudarte en algo? Podría pasar por El Faláfel de Fadlan para hablar con Amir, por ejemplo.

—¡No! —Se sonrojó—. No, te lo agradezco, pero definitivamente no. No.

—Pues no entonces.

—Sé que tus intenciones son buenas, Magnus. Tengo muchas cosas que hacer, pero puedo con todo. Te veré esta noche en el banquete por el... —Su expresión se avinagró—. Ya sabes, el recién llegado.

Se refería al alma que había ido a recoger. Como responsable suya, Sam tendría que estar presente en el banquete nocturno para presentar al einherji más nuevo.

Observé el cardenal de debajo de su ojo, y caí en la cuenta de una cosa.

—El alma que has recogido, el nuevo einherji, ¿te ha dado un puñetazo?

Frunció el entrecejo.

—Es complicado.

Había conocido a algunos einherjar violentos, pero a ninguno que osara dar un puñetazo a una valquiria. Era una conducta suicida, incluso para alguien que ya estaba muerto.

—¿Qué clase de idiota...? Un momento. ¿Tiene algo que ver con el aullido de lobo que he oído al otro lado del parque de Common?

Sus ojos castaño oscuro ardían; casi quemaban.

—Lo sabrás en el banquete. —Se levantó y recogió el hacha del asesino—. Y ahora vuelve al Valhalla. Esta noche tendrás el placer de conocer a... —Hizo una pausa, meditando las palabras—. Mi hermano.

4

Un guepardo me atropella

A la hora de elegir una vida después de la muerte, es importante tener en cuenta el lugar.

Puede que las vidas de ultratumba en las afueras, en sitios como Fólkvangr y Niflheim, ofrezcan un coste de vida más bajo, pero la entrada de Midgard al Valhalla se encuentra en el centro mismo de la ciudad, en Beacon Street, enfrente del parque de Common. ¡A un paseo de las mejores tiendas y restaurantes, y a menos de un minuto de la estación de metro de Park Street!

Sí, el Valhalla. El paraíso que satisface todas tus necesidades de vikingo.

(Perdón. Le dije a la dirección del hotel que les haría publicidad encubierta. El caso es que era bastante fácil volver a casa.)

Después de comprar una bolsa de granos de café recubiertos de chocolate en la cafetería, crucé el jardín público y pasé por mi antiguo lugar de acampada debajo del puente peatonal. Había un par de tíos canosos sentados en un nido formado por sacos de dormir, compartiendo restos de cubos de basura con un pequeño rat terrier.

—Hola, chicos. —Les di la gabardina y el sombrero de Otis, junto con todo el dinero mortal que llevaba encima: unos veinticuatro pavos—. Que tengáis buen día.

Los tipos se quedaron demasiado sorprendidos para contestar. Seguí andando, sintiéndome como si tuviera un hacha sobresaliéndome del esternón.

Tenía la suerte de vivir rodeado de lujos solo porque un gigante de fuego me había matado hacía dos meses. Mientras tanto, esos tipos y su perro comían de los cubos de basura. No era justo.

Deseé poder juntar a todos los sintechos de Boston y decirles: «Hay una mansión aquí al lado con miles de cómodas habitaciones y comida gratis para siempre. ¡Seguidme!».

Pero no daría resultado.

No podías llevar mortales al Valhalla. Ni siquiera podías morirte a propósito para entrar. Tu muerte tenía que ser un acto desinteresado y no planeado, y tenías que confiar en que hubiera una valquiria que la presenciara.

Por supuesto, eso hacía que el Valhalla fuera mejor que las torres que se estaban levantando por todo el centro. La mayoría de ellas también estaban llenas de pisos de lujo vacíos: resplandecientes cuartas o quintas residencias para multimillonarios. Para entrar no necesitabas morir de forma valiente; solo un montón de pasta. Si los gigantes invadían realmente Boston, tal vez los convenciera para que pisotearan estratégicamente algunas de esas torres.

Por fin llegué a la fachada del Hotel Valhalla. Por fuera, parecía una mansión de piedra blanca y gris de ocho pisos; un inmueble superlujoso más en una hilera de residencias urbanas de estilo colonial. La única diferencia era que el jardín del hotel estaba totalmente rodeado por un muro de piedra caliza de cuatro metros y medio de alto sin entrada: la primera de muchas defensas para impedir que los que no eran einherjar entrasen sin autorización.

Salté por encima del muro al bosquecillo de Glasir.

Un par de valquirias flotaban entre las ramas del abedul blanco, recogiendo su follaje de oro de veinticuatro quilates. Me saludaron con la mano, pero no me paré a charlar. Subí los escalones de la entrada y abrí la pesada puerta de dos hojas.

En el vestíbulo de tamaño catedralicio se desarrollaba la escena habitual. Delante de la chimenea encendida, jóvenes einherjar pasaban el rato jugando a juegos de tablero o simplemente se relahachaban (que es como relajarse, solo que con hachas de combate). Otros einherjar cubiertos con mullidos albornoces verdes del hotel se perseguían unos a otros alrededor de las toscas columnas del recibidor jugando al escondite. Sus risas resonaban en el alto techo, en cuyas vigas brillaban las puntas de miles de lanzas clavadas.

Eché un vistazo a la recepción preguntándome si el misterioso hermano de Sam estaría registrándose. La única persona que había era el gerente, Helgi, que miraba con el ceño fruncido la pantalla de su ordenador. Le habían arrancado una manga de su traje verde, le habían mesado mechones de su barba de dimensiones épicas y su pelo parecía más que nunca un águila muerta.

—No te acerques —me advirtió una voz familiar.

Hunding, el botones, se aproximó furtivamente a mí, con su cara colorada y verrugosa llena de arañazos recientes. Su barba, al igual que la de Helgi, parecía haberse quedado enganchada en una desplumadora de pollos.

—El jefe está de mal humor —dijo—. Es capaz de arrearte con un palo.

—Tú tampoco pareces muy contento —observé—. ¿Qué ha pasado?

A Hunding le tembló la barba de la ira.

—Nuestro último huésped.

—¿El hermano de Samirah?

—Pfff, si quieres llamarlo así. No sé en qué estaba pensando Sam cuando decidió traer a ese monstruo al Valhalla.

—¿Monstruo?

Me acordé de X, el medio troll al que Samirah había dejado entrar en el Valhalla. Había recibido muchas críticas por ello, aunque luego X había resultado ser Odín disfrazado. (Una larga historia.)

—¿Quieres decir que el recién llegado es un monstruo de verdad, como Fenrir o...?

—Peor, en mi opinión. —Hunding se quitó un mechón de barba de la chapa identificativa de su uniforme—. Ese maldito argr casi me arranca la cara cuando ha visto su habitación. Y encima no me ha dado una propina en condiciones...

—¡Botones! —gritó el gerente desde la recepción—. ¡D ...