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¿YOGA O CLONAZEPAM?

Jessica Vega Puch

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Fragmento

p29

Así empezaron las pastillas, los psicólogos, los psiquiatras. Probé muchos y ni uno me servía..., hasta que llegué donde Paolo. Con él empezaron mis estudios de la mente, del yoga, de la alimentación, de las emociones, de los pensamientos, de las conductas autodestructivas, de los hábitos mentales, de entender y saber cómo cambiar, y querer hacerlo. Fue el inicio de una exploración profunda por varios caminos. Ensayos de prueba y error. Error, acierto, error, acierto, error, acierto, error, acierto, progreso, progreso, retroceso, avance, progreso, error y acierto... me llevaron aquí y ahora.

              Descubrí el yoga,

                         la meditación,

Recibe antes que nadie historias como ésta

                        la respiración,

                       el budismo,

                      los mantras,

                     el ayurveda,

                    la terapia dialéctica,

                   el mindfulness,

                  la alimentación desinflamatoria,

                 el poder de la naturaleza (sobre todo del mar),

                 los superfoods,

                las megadosis de vitamina C,

               la importancia del sueño,

              el Vipassana,

              la aromaterapia,

             las flores de Bach,

            la alineación de chakras,

           el reiki,

          las plantas medicinales,

         la alimentación alcalina,

        vegetariana,

       el omega 3,

      la medicina integrativa

     y a Andrew Weil.

p30

Apenas pisé Lima, de regreso de Nueva York, era evidente que necesitaba ayuda profesional a gritos. Era evidente para mí y era evidente para mis papás. Comencé a ir dos veces por semana donde una psicoanalista llamada María Paz. Era bastante reconocida y bastante cara, pero poco pudo hacer para ayudarme. Eso no significaba que no hiciera bien su trabajo. Eso solo comprobó que existe un tipo de terapia psicológica para cada caso.

También empecé a ir donde una psiquiatra llamada

Jennifer

(probablemente la más cara de Lima),

que poco pudo hacer para ayudarme.

Me trató con bastante insensibilidad y me recetó

Prozac

(una pastilla antidepresiva),

que no me ayudó a sentirme mejor.

Este es un ejemplo de algo que pasa muy seguido. Uno va a un psiquiatra y te receta una pastilla que no te sirve o que tiene horribles efectos secundarios. Ella me hizo sentir más patológica de lo que ya me sentía y le dijo a mi papá (en mi presencia) que yo no tenía solución. Hasta ahora no entiendo cómo puede seguir ejerciendo y cobrando tanto en su lindo consultorio barranquino con vista al mar.

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Después de un año de no ver ningún progreso, comencé a ir donde otra psicóloga (llamada Gisela) más orientada al enfoque cognitivo-conductual, que a la vez era psiquiatra. Ella fue bastante más empática y cálida que Jennifer.

Me recetó

escitalopram

clonazepam.

y

(una pastilla antidepresiva)

Esa fue la primera vez que me recetaron clonazepam. Pero ninguna pastilla hizo nada por mí en ese momento. Y terminé tomando clonazepam todos los días, varias veces al día. Empecé con una de 0,5 miligramos y luego me comía las de 2 miligramos como caramelos. En mi cartera siempre había un blíster. Para mí, representaban ese botón de emergencia que podía apretar cuando la realidad se empezara a sentir triste e insoportable, cuando los primeros pensamientos comenzaban a susurrarme que yo era un desastre y que nada nunca iba a mejorar. Era bastante difícil soportar esos pensamientos porque nunca se callaban. Al contrario, venían en manadas y eran imposibles de parar. Me ahogaban. Parecían multiplicarse y eran extremadamente poderosos, ya que me convencían de que la vida era horrible y que yo me iba a quedar eternamente sola, porque nadie vería nada bueno en mí. Me hacían sentir un dolor, un vacío, una soledad tan, pero tan intensa, que solo el clonazepam la desaparecía. Y en ese momento de mi vida aprendí lo que era una crisis, palabra que me acompañaría por muchos años.

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Nadie mejor que yo entiende lo que es entrar en uno de estos estados y no poder salir de él.

Me sentía atrapada,

                      frustrada,

                              desesperada.

Esa desesperación es la que lleva a muchos

a meterse un

  clonazepam,

  alprazolam o

  diazepam a la boca

     (o cualquier otra droga que desaparece
      instantáneamente cualquier sensación
      desagradable de la mente).

Yo lo hice por muchos años y por eso entiendo tanto a los que lo hacen. Ahora las pastillas no representan ninguna tentación porque ando bien, pero sé que en los momentos de crisis, cuando nuestra vida se cae a pedazos y nuestro único mantra es “mierda, mierda, mierda, qué dolor el que siento, ya no puedo más, no soporto mi mente, esto es demasiado fuerte y no lo soporto”, sé que en esos momentos la idea de tomar un clonazepam suena excelente. Sé que en esos momentos necesitamos algo rápido, algo instantáneo que resuelva las cosas.

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La ansiedad me perseguía por todos lados. Podía desatarse en cualquier situación. Por ejemplo, en una reunión con mis amigas del colegio. También podía aparecer en una conversación casual en la calle. O incluso podía activarse mientras estaba sentada en la mesa comiendo con mi familia. En realidad, mi familia siempre me ha dado ansiedad. Y tengo la teoría de que esto le pasa a otros seres humanos. La obligación de “ser normal” y ser “como los demás” es un paradigma con el que nos crían a muchos de nosotros.

La realidad es que cuando un paciente tiene problemas de depresión, ansiedad o algún otro trastorno mental, la familia también lo tiene. Eso lo aprendí de los psicólogos. Por estas épocas yo andaba sin saber qué estudiar, ni qué hacer con mi vida, ni quién era, ni lo que me hacía feliz. Y el solo pensamiento de imaginar a mis amigas y amigos teniendo una vida perfectamente normal y siendo felices me daba más vértigo, porque me hacía sentir aún más rara y anormal, condenada a fracasar.

En estos momentos optaba por meterme un clonazepam, pero terminaba metiéndome varios más. De esta manera aprendí que esta pastilla puede tener serios efectos secundarios si es que la usas por mucho tiempo. En mi opinión, los psiquiatras recetan esta pastilla irresponsablemente en la mayoría de los casos.

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El clonazepam

       borró

días, semanas, meses y años ENTEROS de mi vida. No me acordaba de lo que había hecho las últimas 24 horas, con quién había hablado esa tarde, ni a quién le había dicho que era un imbécil esa noche.

Es una de las pastillas
más

              que existen.
Yo me volví adicta.

adictivas

Me desinhibía

Me volvía

  agresiva.

sin que me diera cuenta y terminaba diciendo cosas muy ofensivas, o contando partes muy íntimas de mi vida.

Agresiva e hiriente con personas que no me habían hecho nada.

Perdía la total noción del

peligro,

lo que hizo que pusiera mi vida en riesgo de muchas maneras estúpidas y ...