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TARDE O TEMPRANO NOS ABRAZAREMOS

Antonio Dikele Distefano

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Fragmento

Somos consecuencias

Estabas allí y te distinguías perfectamente.

Aquel 15 de agosto te sorprendiste al verme, porque creías que me había quedado encerrado en casa.

Creías que estaba en mi habitación viendo una película, o en la cocina hablando con mi padre de lo distinto que soy a los otros chicos.

Él a mi edad era lo contrario de mí.

Rodeado de apretones de mano enérgicos, partidos de fútbol y bares donde se hacía cola para entrar.

Se enamoraba y olvidaba con la luz del sol.

El Sampdoria era su única pasión.

Cuando papá me contaba sus experiencias para compararse conmigo en la mesa, tú le dabas la razón y eso me molestaba.

No me gustaban esas bromas.

Delante de él, hablabas de mí como se habla de los chicos que no disfrutan de la vida.

Mi padre no te caía bien, pero le seguías el juego.

Yo hacía como que me reía cuando me regañabais. Papá siempre ha sido un hombre serio y severo conmigo, de pocas palabras, nunca un «Muy bien», nunca un «Te quiero», nunca un «El domingo no quedes con nadie, que saldremos tú y yo», siempre y solo «Puedes hacerlo mejor».

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Papá me debe infinidad de miradas, muchos «Me he equivocado yo», muchos «Por favor».

Nuestra convivencia siempre ha sido silenciosa, hecha de equilibrios precarios, de llegar a casa y acabar un tema igual que empezó.

No sé cómo debo comportarme con él, sus respuestas breves y su mirada, que no se aparta de la televisión mientras hablo, nunca me han ayudado a acercarme.

Es raro que le cueste tanto entenderte a quien te ha traído al mundo.

Los días de fiesta cambiaba un poco.

Con la complicidad del alcohol.

Insinuaba alguna sonrisa, alguna frase de afecto, alguna palmada en el hombro. Y yo me sentía incómodo, porque nuestra relación era incierta como las sonrisas en las fotos de clase.

No conozco el calor de su cuerpo.

Los hombres no se tocan.

Me ha educado así.

Con miradas de desaprobación y silencios que significaban «Vete a tu cuarto».

A pesar de todo, nunca he sentido rencor, solo afecto. Incluso cuando me pedía indirectamente que fuera mejor que él delante de los demás.

Incluso cuando creía que para hacer de padre bastaba con cortarme una manzana.

Hay que escuchar a las personas cuando están en silencio, hay que mirarlas cuando duermen, ayudarlas cuando se sienten invencibles.

En mi adolescencia nunca lo comprendí, nunca lo aprendí de ese hombre que me buscaba sin saber que yo fingía dormir.

Luego dejó de hacerlo.

Había crecido y, según sus esquemas, ya no necesitaba atenciones.

«Construir muros en tiempo de lluvia no ayuda al sol», decía mi tía.

Hay personas que son así a causa de otras, porque las montañas cambian de forma al perder trozos, el agua excava la roca en las estaciones, durante los inviernos lejos del mar.

La materia se convierte en más materia.

Somos consecuencias.

Hay personas que lloran por ti delante de nadie y que por nadie han llorado delante de ti, que te cambian la vida para siempre y ahora están.

Hay parques, balcones, edificios que solo vemos después de mirar alrededor y de pasar por allí durante mucho tiempo. Y mientras releo nuestros mensajes me doy cuenta de que nunca te he escuchado.

Creía que era tan arisco contigo porque me parecía a mi padre.

De tal palo...

Pero él quiso a mamá sin piedad mientras pudo.

Después llegué yo y no sé qué cambió, nunca me lo dijeron.

Nunca lo pregunté.

Como esa frase que dice «Para llegar a un corazón que ha sufrido, se necesita el doble del amor que has perdido». Yo creo que es mentira. Porque he encontrado muchas estaciones de autobús, provincias, manos y personas después de ti, y te juro que habría tenido suficiente con la mitad de lo que me diste y me quitaste. En cambio, desafío a cualquiera a amarte dos veces más que yo.

Ya no recuerdas cómo te observaba mientras te mirabas al espejo, mientras intentaba mear en el lavabo del tren, con lo difícil que era mantener el equilibrio.

Y pensaba que ese lugar se parecía muchísimo a nuestras vidas.

Porque era para uno, pero lo ocupábamos dos.

—¿Por qué me miras? —le preguntaste a mi imagen reflejada en el espejo.

—Sería una lástima no verte —contesté.

Tenías grandes proyectos y las manos pequeñas

Aquella noche no esperabas encontrarme en la playa, porque detesto el mar, y siempre te lo repetía cuando me pedías que te acompañara para no quedarte sola.

Los novios de tus amigas las esperaban allí.

Me lo decías como si yo nunca te hubiera esperado.

Cuando no había hecho otra cosa antes de que aparecieras en mi vida.

Yo quería una historia diferente, nada más.

Donde nadie se espera.

Donde «¿Quedamos?» es «Quedamos».

Aquella noche me miraste un instante y luego seguiste hablando.

Volviéndote despacio.

Querías demostrar que vuestra conversación era más importante que yo.

Estabas distinta, pero las mentiras seguían siendo las mismas.

Yo enseguida sabía cuándo mentías e intentabas evitar a alguien.

Mi madre siempre decía que el mar es fascinante y está lleno de significados.

Cuando podía, ella siempre iba a verlo.

El olor a algas, las huellas de los pies en la arena, tú.

La primera vez que fuimos a la playa juntos, bajamos en la primera parada.

Tú llevabas el pelo tan corto que se te veían las orejas, nuestras mochilas eran demasiado grandes y nuestros pasos se hundían en la arena.

Corrías, al final acabaste en el suelo y soltaste una gran carcajada, con las manos en el estómago y tu corazón en el lugar del mío.

Hacía demasiado calor para estar en abril, eras tan feliz que mirabas hacia atrás para ver si dejabas marcas, porque te sentías liviana.

No fuimos a clase y cogimos el autobús, en verano no está tan desolado.

Nos sentamos al fondo. Detrás del cristal, los paisajes se comían los edificios. Te reías.

Tu sonrisa era lo bastante fuerte para protegerte.

Tenías grandes proyectos y las manos pequeñas.

Yo no sentía el peso de la ambición.

Cuando tienes lo que quieres ahora, el mañana no te importa.

Estábamos solos en aquella playa, a excepción de algún transeúnte con el perro y de unos operarios que reparaban los postes de la luz dañados por las ráfagas de viento.

El tiempo se había puesto en nuestra contra y nos parecía bien, porque no pasaba nunca.

—Volveremos, ¿a que sí? —me preguntaste antes de subir al autobús apartándote el cabello de la frente.

Teníamos que regresar a casa temprano para fingir que volvíamos del instituto.

—Sí. Si sacas más de un nueve, nos quedaremos a ver las estrellas.

Si dos quieren estar juntos, lo consiguen

—¿Diga? —contesté con una voz llena de sueño.

—Eh, ¿estás durmiendo?

Eran las nueve y media de una mañana de verano. Por teléfono parecías nerviosa, te costaba respirar.

—Son las nueve de la mañana, y sí, estoy durmiendo. Pero dime.

—Estoy en la puerta del instituto. He venido a ver las notas y he sacado un nueve con uno, Enri, he sacado un nueve con uno. No me lo puedo creer. He sacado un nueve con uno.

Estabas llorando, eras feliz, lo primero que hiciste fue llamarme a mí.

Y yo no lo olvido, siempre has sido tú la que me ha olvidado.

Como ahora, que estoy en el tren para ir a verte y tú no lo sabes. No estás pensando en mí, ni estás recordando esos momentos, por eso te los quiero ofrecer. Llevo nuestra historia escrita en la piel. La veo cada vez que me miro al espejo.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que me miraste de verdad?

Pongamos que mañana, cuando llegue a Milán y te vea, cogemos el tren y volvemos a la playa.

Vamos a Génova.

Pongamos que nos tomamos un descanso, como tú decías.

Una tregua sin dolor.

Pongamos que no te echo de menos y que tú piensas en mí sin que nadie te pregunte por mí.

Pongamos que duermo por las noches; que cuando vas, vuelves; que separamos los sentimientos del polvo, como hacemos al dejar los zapatos en la entrada para no estropear el parquet.

Al menos por una vez, pongamos que quien ama se queda, y no que quien ama se queda solo.

Que todavía estarás esperándome debajo de casa, con el cigarrillo en la mano, sin encenderlo porque sabes que me molesta.

Pongamos que, aunque todo parezca igual que siempre, tú estarás distinta, que mañana yo olvidaré tus errores y tú, mis defectos.

Cambiamos nuestros sistemas, no los sentimientos.

Pongamos que no tenemos que hacer las paces, porque nunca ha habido guerra.

Que nunca ha habido nada.

Pongamos que nos marchamos de esta ciudad como dos desconocidos, dos que no se conocen, encerrados en el mismo habitáculo, que si no te gusto y no soy lo que quieres, puedes mandarme a la mierda, total, yo no te amo.

Pongamos que todo es así, ¿vale?

Nunca hemos sido capaces de definirnos.

Un día amigos, al día siguiente novios.

Volvía a casa por la noche y me escribías que empezábamos de cero, que necesitabas tiempo.

De nuevo amigos.

Pero no había nada nuevo.

Yo trataba de soportarlo todo sin estallar en lágrimas.

A veces me armaba de valor y contestaba a esos mensajes pidiéndote que me dejaras en paz, sabiendo que sin ti no sabía existir y también que era necesario seguir adelante.

Que nadie se muere cuando deciden sustituirlo.

Ningún árbitro se metía en medio para separarnos cuando podíamos hacernos mucho daño.

Lo que se metía en medio era la vida, con los codos hacia arriba y los mañanas inciertos.

Hoy he dejado de creer en quien pide tiempo para pensar, en quien da a entender y no se expresa claramente.

En quien te quiere, pero también quiere estar solo.

No le permitiré nunca más a nadie que me deje de lado, como si yo fuera un objeto estropeado, para luego retomarme con besos a traición y mensajes a la una de la madrugada, porque solo hay una verdad: si dos quieren estar juntos, lo consiguen.

«Tengo miedo, miedo de no querer esto, simplemente porque no me quiero yo. No es culpa tuya, pero necesito tiempo para averiguar qué es lo mejor para mí. Perdóname, Enri. Nos escribimos pronto.»

 

2 DE OCTUBRE

 

Regional rápido 2122

Coche 2 plaza 64

Retraso: 5 min.

 

 

 

 

 

 

A primera hora de la tarde siempre íbamos al estanco. Comprabas cigarrillos por la mañana y después de comer te quedaban pocos. Decías que te llenaban el estómago.

—El día que lo deje, me habré curado.

Yo no entendía todo lo que me decías.

Winston Blue

El tren aún no ha salido.

Lleva unos minutos de retraso y está parado en las vías.

Seguramente se llenará, porque hay cola para subir y muchos, algo impacientes y con el billete en la mano, le están preguntando al revisor si es el tren que deben coger.

Como niños alrededor de la maestra el día de la excursión, antes de salir.

Cuando era niño, no me gustaban las excursiones.

Ponernos en fila, hacer esperar a los coches, nosotros en el paso de peatones.

No poder movernos.

Ver algo que te gusta y no poder pararte.

No poder tocarlo.

Como aquel 15 de agosto.

Creo que perder el tren es uno de los grandes miedos del ser humano. Reaccionamos como si no fueran a pasar más trenes, quizá por culpa de todas esas metáforas sobre la vida que, francamente, a mí también me condicionan mucho.

Alguien aprovecha el ret ...