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SANTIAGO APóSTOL COMBATE A LOS MOROS EN EL PERú

Luis Millones / Renata Mayer

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Fragmento

Santiago, hijo de Zebedeo, no es el único nombre que aparece en el Nuevo Testamento. En Hechos de los Apóstoles 1:13, 15:13; y también como autor de la Carta de Santiago, surge Santiago, el Menor, luego del martirio de Santiago Apóstol, o el Mayor, en el año 42. Por Marcos 3:18 sabemos que Santiago, el Menor, es hijo de Alfeo, y en Marcos 15: 40 recibe el apelativo de el Menor. Lo cierto es que, algunos años después de Pentecostés, asume el rol de jefe (algunas veces se le llama “obispo”) de la comunidad de Jerusalén. Su presencia fue importante cuando Pablo desarrollaba su intensa campaña para la conversión al cristianismo. En Hechos de los Apóstoles (21:18) se menciona que en casa de Santiago, el Menor, “se habían reunido todos los presbíteros” para escuchar a Pablo.

Podrían ser incluso tres Santiagos los que se funden en el personaje que llega a América, luego de haberse superpuesto en el pensamiento español, sobre todo si separamos al que dirigió la comunidad de Santiago el Menor. Pero la discusión de ese problema está muy lejos del propósito de este libro (ver Beutler 1984: 18-19).

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En todo caso, el carácter militar del santo que llega a América está en relación estrecha con el constante juego de alianzas, traiciones y combates entre los “reinos” cristianos y los taifas musulmanes de la época en que se divulga la noticia del hallazgo del sepulcro de Iria Flavia (ahora parroquia de Patrón) en La Coruña. La consecuencia inmediata de este supuesto es que Santiago el Mayor, ¡había predicado en España, donde llegó milagrosamente gracias a sus discípulos Teodoro y Atanasio, desde Jerusalén! La noticia “comenzó a circular a mediados del siglo VII en cierto Breviarium Apostolorum de azaroso origen griego” (Márquez Villanueva 2004: 31).

Pero mucho antes el hallazgo del sepulcro era ya materia de fe para la región del milagro. “Luces y cantos de ángeles” habrían señalado a los mortales que el lugar era sagrado y el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, advertido, además, por el ermitaño Pelayo (que vio descender una estrella), no tardó en comunicar el suceso al rey de Asturias, que viajó a cerciorarse. “Pudo ser inspiración y favor de la Providencia apiadada de la cristiandad norteña duramente golpeada por los sarracenos. Ante la angustia de sus fieles hispanos, acaso sugirió a un clérigo la idea de que una vieja tumba olvidada en los bosques galaicos encerraba los restos de un Apóstol. Un clérigo visionario, influido por las doctrinas del Beato de Liébana, en sus Comentarios al apocalipsis había aceptado la cristianización de los hispanos por Santiago y que quizás le había contado como patrono de ella en el himno a Jacobeo dedicado a Mauregato [rey de Asturias de 783 a 789] que suele atribuírsele. Más cualquiera que fuera la chispa que provocó el gran incendio [de fe] fue en el periodo de paz que gozó el reino cristiano, cuando Alfonso II inició el culto oficial al discípulo de Cristo. Con los maiores de su palacio acudió a Compostela a adorar la sagrada reliquia [y] levantó sobre ella una iglesia” (Sánchez Albornoz 1985: 190).

Conviene aclarar que con excepciones, los “reinos” cristianos y musulmanes de esta época, y los que sucedieron hasta el siglo XV, estaban lejos de constituir entidades políticas estables, ni siquiera en el ámbito de la fe de sus habitantes. Eso no desmaya la pompa de quienes detentaron el poder, que mientras lo gozaron llevaban una vida de dispendio, ropas lujosas, artistas que los colmaban de elogios y un sacerdocio complaciente. Esta situación podría generalizarse por todo al-Andalus. Ibn Jaldún nos recuerda los versos de Ibn Abí Saref:

“Lo que me hace evitar la tierra de al-Andalus es que en ella encuentro nombres como Mutasim o Mutadid pomposos títulos reales fuera de lugar, porque son como si un gato, inflándose, quisiera convertirse en león”.

El prestigio del lugar alcanzó también a los musulmanes que, “en su apogeo en el año 997, bajo el impulso de Almanzor” no se atrevieron a destruir el pequeño edificio, a modo de templete o tabernáculo donde se guardaban los restos de Santiago. Líneas arriba, Claudio Sánchez Albornoz citó la influencia del himno “O Dei verbum”, atribuido al Beato ...