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MI HERMANO PERSIGUE DINOSAURIOS

Giacomo Mazzariol

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Fragmento

Anunciación

Lo primero que quiero hacer es hablaros del aparcamiento, porque allí es donde todo empezó. Un aparcamiento vacío como pueden estar vacíos algunos aparcamientos los domingos por la tarde. No recuerdo de dónde estábamos volviendo, quizá de la casa de la abuela, pero recuerdo la sensación, la suave somnolencia, el estómago lleno. Mi madre y mi padre iban sentados delante. Alice, Chiara y yo, detrás. El sol jugaba con la copa de los árboles y yo miraba por la ventanilla, o al menos lo intentaba. Porque nuestro coche, un Passat burdeos con manchas de barro, de helado y de zumo de frutas, que había transportado maletas y sillines y millones de bolsas de la compra, pues eso, estaba tan sucio que no se podía ver nada por las ventanillas. Digamos que el mundo, fuera del Passat burdeos, había más bien que imaginárselo: era un sueño, uno de esos que se tienen al amanecer poco antes de despertar. Y me encantaba.

Yo tenía cinco años. Chiara, siete. Alice, dos.

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Estábamos volviendo de la casa de la abuela, decía, o a saber de dónde, y todo hacía presagiar que ese domingo acabaría como los otros domingos —ducha, sofá, dibujos animados—, cuando de repente, al pasar delante del aparcamiento vacío de una fábrica, mi padre viró como se vira en las películas para evitar una explosión, y entró en el aparcamiento. Cruzamos un vado dando tumbos. Mi madre se agarró a la manija de la puerta y lo miró de soslayo. Esperé que dijese algo, algo como: ¿Qué diablos te pasa, Davide? En cambio, sonrió y masculló:

—También podríamos haber llegado a casa…

Mi padre se hizo el sueco.

—¿Qué pasa? —preguntó Chiara.

—¿Qué pasa? —pregunté yo.

—¿…? —preguntó Alice con los ojos.

Mi madre soltó un resoplido raro y no respondió. Mi padre, tampoco.

Comenzamos a dar vueltas por el aparcamiento como si buscáramos un sitio, y eso que había, yo qué sé, unos dos mil quinientos. En todo el lugar solo se veía una vieja furgoneta, al fondo, debajo de los árboles, con dos gatos en el capó. Mi padre siguió conduciendo hasta que se decidió por una plaza en concreto; una donde, seguramente, había notado algo especial, porque frenó en seco, maniobró y lo encajó con precisión. Apagó el motor. Abrió la ventanilla. Un silencio cargado de misterio, con olor a musgo, penetró en el habitáculo. Uno de los gatos que había en la furgoneta abrió un ojo, bostezó y permaneció alerta.

—¿Por qué nos hemos parado? —preguntó Chiara. Luego miró alrededor con horror, y añadió—: ¿… aquí?

—¿Se ha averiado el coche? —pregunté yo.

—¿…? —preguntó Alice con los ojos.

Nuestros padres suspiraron y se dirigieron el uno al otro una mirada que no supe traducir; entre ellos fluía una energía extraña, un río de confetis luminosos.

Chiara se inclinó hacia delante, los ojos redondos como cerezas:

—¿Y bien?

Un cuervo se posó en el suelo, mi padre lo examinó, se quitó el cinturón y se volvió hacia nosotros, el volante clavado en la cadera. Mi madre, con una mueca, hizo lo mismo. Contuve el aliento. Los observé sin comprender. Para mis adentros, empecé a ponerme nervioso: ¿de qué iban esas rarezas?

—Díselo tú, Katia —dijo mi padre.

Mi madre abrió los labios, pero ni una sola palabra asomó.

Mi padre asintió para animarla.

Entonces, ella suspiró y:

—Dos a dos.

Mi padre clavó los ojos en los míos.

—¿Lo ves? —dijo con la mirada—. ¡Lo hemos conseguido!

Lo observé primero a él y luego a ella. Pensé: «Pero ¿qué diablos están diciendo?».

Entonces, mi madre se tocó la barriga, mi padre se inclinó hacia ella y puso la mano sobre la suya, y en ese instante Chiara se tapó la boca con las manos y estalló en un grito:

—¡No me lo creo!

—¿Qué? —dije yo, cada vez más nervioso porque no entendía—. ¿Qué es lo que no te crees?

—¿Estamos embarazados? —chilló ella, levantando los brazos y pegando puñetazos contra el techo.

—Bueno, técnicamente —dijo mi padre—, la única que está embarazada es mamá.

Fruncí la nariz y pensé: «¿Estamos embarazados? Caramba…». Luego la luz empezó a abrirse camino en mi cabeza, fue rodando pendiente abajo como un skateboard y levantando polvo y hojas y rebotando contra las piedras, y: dos a dos, había dicho mi madre, dos a dos. Embarazada. Hijo. Hermano. Dos chicos. Dos chicas. Dos a dos.

—¿Dos a dos? —grité. Abrí la puerta, bajé del coche y me arrodillé en el suelo, con los puños apretados como si acabase de marcar un gol de chilena. Me levanté y me puse a dar vueltas sobre mí mismo. Corrí alrededor del coche como un loco, me detuve al lado de mi padre y traté de abrazarlo metiéndome por la ventanilla, pero era demasiado bajo y solo conseguí tirarle de una oreja, tan fuerte que temí por un momento haberle hecho daño. Volví dentro, cerré la puerta. No podía respirar por la garganta—. ¿Tendré un hermanito? —dije, jadeando—. ¿De verdad tendré un hermanito? Cuando nazca como se llame ¿dónde dormirá? ¿Podemos inscribirlo en baloncesto? —Pero nadie me estaba escuchando porque Chiara se había echado sobre la palanca de cambios para abrazar a mi madre, Alice aplaudía y mi padre se estaba descoyuntando en un baile hecho de minúsculas oscilaciones de hombros. Si hubiésemos conectado un enchufe al coche en ese momento, pues eso, que en ese preciso instante habríamos podido iluminar el planeta entero.

—Entonces… ¿de verdad que es un chico? —grité para que me oyeran.

—Un chico —asintió mi padre.

—¿Seguro?

—Seguro.

Chiara estaba contentísima. Alice también, por supuesto. Pero yo era indudablemente el más contento de todos. Estaba a punto de comenzar una nueva era, un nuevo orden mundial: mi padre y yo dejaríamos de ser una minoría. Era algo… gigantesco. Tres chicos contra tres chicas. La justicia. Se acabaron las votaciones desequilibradas para el control del mando a distancia, se acabó el tiempo perdido en las tiendas, ya no habrá más triunfos fáciles sobre dónde ir cuando estamos en la playa o sobre qué comer.

Y además:

—El coche va a ser demasiado pequeño —dije—. Tenemos que comprar otro.

Chiara abrió mucho los ojos y dijo:

—¡Por eso nos vamos a mudar!

Hacía poco que nuestros padres habían empezado a hacer obras en un chalet: todo cuadraba.

Dije:

—Quiero un coche azul.

Chiara:

—Yo lo quiero rojo.

—¡Azul!

—¡Rojo!

—¡…! —dijo Alice con los ojos, y aplaudió sin comprender, arrastrada por la euforia. El sol era una yema de huevo a punto de derretirse, el gato bajó de la furgoneta y una bandada de pájaros salió volando de los árboles, dibujando en el cielo las más grandes figuras.

—¿Y cómo lo llamamos?

Fui el primero en plantear la cuestión mientras mi madre me secaba el pelo con el secador.

—Petronio —gritó mi padre desde el salón, masticando cacahuetes.

—Maurilio —repliqué yo; a saber por qué aquel nombre me había hecho siempre gracia. Pensé que si mi hermano no me caía simpático —lo cual era posible, ya que el cociente de simpatía de los hermanos no admite reservas—, pues eso, que con ese nombre al menos me habría divertido solamente llamándolo.

—De eso ni hablar —dijo Chiara—. Lo llamaremos Pietro si es chico, Angela si es chica.

—Chiara… —suspiré, paciente.

—¿Sí?

—Ya hemos dicho que es un chico.

Ella resopló, haciéndose la desentendida.

Pensé que yo tenía razón: las mujeres no estaban tan conformes con el empate, y quizá todavía esperaban darle la vuelta al marcador.

—Entonces, Pietro —repitió Chiara.

Pero Pietro no le gustaba a nadie, ni tampoco Marcelo, Fabrizio ni Alberto. Propuse Remo como alternativa a Maurilio, pero no coló. Lo intentamos con los nombres de los abuelos y con los de los tíos, pero nada. Con los de los parientes lejanos, y tampoco. Con los de actores y cantantes, y lo mismo. Así, el asunto quedó en el aire. Yo tenía mucho interés en elegirle el nombre adecuado: iba a ser el nombre de mi hermano. Además, debía combinar bien con Mazzariol, que en el Véneto, entre otras cosas, es el nombre de un duende con sombrero de punta y vestido de rojo que se mete con los que no respetan el entorno; uno de esos cuyas historias contaban los mayores en los pajares en las noches de invierno.

Pero, en la exuberancia de mis cinco años, pensé que sin duda no es solo el nombre lo que te marca. Pues no, otras cosas te convierten en lo que eres, en lo que serás. Los juguetes, por ejemplo. Por eso, incapaz de contener la emoción y con ganas de ser útil, al día siguiente le dije a mi padre que me llevase a comprarle un regalo: había decidido regalarle un peluche, su peluche de bienvenida. Mis padres no se opusieron; es más, mi madre pareció muy contenta de que me quitase de en medio: desde que nos habían dado la noticia, yo no había dejado de hablar un segundo. Así, fuimos a mi tienda preferida, una antigua juguetería que me gustaba porque entre todas las tiendas viejas era la única que olía a nueva.

Necesito un peluche fuerte, pensé, algo que cuando mi hermano lo vea sea como si estuviese mirándose al espejo. Mis padres me habían acostumbrado a fijarme en los precios, porque el dinero no se encuentra tirado en la calle, pero aquella era una ocasión especial, y me dije que a lo mejor podía, pues sí, que a lo mejor podía gastar un poco más: incluso más de diez euros. Un montón de dinero, pensé. Pero mi hermano, mi hermano se merecía un peluche de más de diez euros.

Me acerqué a la estantería. Me concentré en los animales. Había conejos, gatos, perritos. No, pensé, no va a ser de los que juega con un conejo, más bien será de los de león o de rinoceronte o de tigre o de…

Entonces lo vi…

—Ese —Se lo señalé a mi padre.

—¿Qué es? —preguntó, cogiéndolo con una mano.

Resoplé por la ignorancia y elevé los ojos al cielo.

—Un guepardo —dije. Y pensé: «¿Cómo se puede ser adulto y no reconocer un guepardo?».

—¿Estás seguro de que quieres esto?

—Es perfecto —contesté. Y lo era. El guepardo. El animal más ágil y veloz, majestuoso, regio. Ya me lo imaginaba: mi hermano, el guepardo. Nos perseguiríamos por las escaleras, nos tenderíamos emboscadas en las camas, lucharíamos por la supremacía en el baño y, lo que era más importante de todo, sellaríamos alianzas: él y yo por la conquista del lector de DVD, de las galletas de chocolate, de la cancha de baloncesto. Él y yo. A la conquista del mundo.

Aquella noche la pasé soñando en lo que haríamos juntos, Guepardo y yo. Me imaginaba el cuarto forrado de pósteres, las inscripciones en las paredes. Siempre tendría seis años más que él, durante toda la vida; lo haría todo con seis años de adelanto. Le enseñaría un montón de cosas: a montar en bicicleta; además: a saber cómo hay que llevarse con las chicas; además: a trepar a los árboles.

Los Mazzariol somos unos hachas trepando árboles. Desde hace generaciones.

Por eso, unas semanas después, le dije a mi padre que quería ir a ver las obras de nuestra futura casa y me llevé una lata de semillas que había recogido meticulosamente en las comidas y en las cenas durante toda la primavera. Alguien me había dicho que si guardaba las semillas y los huesos de la fruta y los plantaba, crecerían árboles; y yo me había puesto a recogerlos de los platos. Aquel día los llevé conmigo. Eran un montón.

Mientras mi padre hablaba con los obreros, recorrí la casa sin que nadie me viera, quité la tapa de la lata y desparramé las semillas por lo que iba a ser el jardín; las aplasté y las cubrí de tierra, en fin, hice todo aquello que creía que debía hacerse para que prendiesen. Luego volví sobre mis pasos, me metí furtivamente en el asiento de atrás y me puse a esperar.

Sin embargo.

De pronto me entró el terrible pánico de que tal vez había plantado más de la cuenta y demasiado juntas, y que algún día los árboles crecerían los unos enroscados a los otros, contra la casa, incluso dentro, y que nos veríamos viviendo en una selva.

Cuando mi padre acabó de hacer lo que tenía que hacer y entró en el coche, encendió el motor y me echó una mirada por el retrovisor. Vio que arrugaba las cejas.

—¿Pasa algo?

Mi padre siempre ha tenido una especie de sexto sentido para mis líos.

Pero entonces la idea de los muros arrancados por las ramas había sido reemplazada por la de Guepardo y yo viviendo en la casa selva más fantasmal. Mejor dicho, en una casa sobre los árboles.

—No, no —respondí—. Todo está bien.

Me froté las manos en los muslos. Él arrancó y nos fuimos.

Esa noche, la idea de la casa sobre los árboles me la llevé a la cama; y me hizo compañía hasta el amanecer.

Luego llegó el nombre. Y llegó en el supermercado, porque así tenía que ser.

Habíamos ido a hacer la compra, los cinco juntos. Íbamos por los pasillos con los carritos. Fruta, cereales, detergentes. La radio transmitía una música exótica, y mientras Chiara y yo remedábamos un baile hawaiano que habíamos visto en la televisión, mi padre trataba de meter en el carrito, sin que mi madre se diese cuenta, tabletas de chocolate, almendras y galletas de mantequilla.

—¿Por qué no Giacomo jr.? —pregunté, interrumpiendo el baile.

—¿Perdona? —dijo mi madre.

—Quiero decir… el nombre del hermanito. Giacomo jr. Después de todo, soy su hermano mayor. Tendré algún derecho en ese sentido, ¿no?

—No.

—¿Cómo que no?

—No quiero nombres extranjeros.

—Giacomo no es extranjero.

Mi madre elevó los ojos al cielo.

—¿Giacomo Segundo, entonces? ¿Giacomo el Pequeño? ¿Giacomo el Joven?

—Para.

—Al menos, que empiece por g. ¿Es posible un nombre que comience por g? En fin, querría que se sepa que somos hermanos. El mío es un gesto de amor… —Junté las manos sobre el pecho y puse ojos de cachorro, boquita triste y todo eso. Chiara hizo como si vomitara en el carrito—. ¿Gualtiero? ¿Giancarlo, Gastone, Gilberto, Giuseppe, Girolamo…?

—Son espantosos —dijo Chiara.

—Sí —dijo mi madre.

—¡Guepardo, entonces! ¿Podemos llamarlo Guepardo?

Pero a esas alturas habían dejado de escucharme y se habían puesto a discutir sobre dónde habría podido meterse mi padre, que normalmente aprovechaba nuestros momentos de distracción para ir donde los degustadores de comida y, fingiendo que le interesaba comprar lo que ofrecían, arrasaba con todo lo que había en la bandeja, como si fuera un náufrago.

Llegamos a la vitrina de los quesos. Yo estaba empezando a sudar. Temía que no llegáramos a ponernos de acuerdo, que nos rindiéramos y que al final decidiéramos no llamarlo. Un niño sin nombre. Él, para las maestras. Tú sabes quién, para los compañeros, Oiga u oye tú, para su futuro jefe.

—Eh, vosotros, ¿qué preferís —preguntó mi madre—, mozzarella o queso de oveja?

—Queso de oveja —dijo Chiara—. Semicurado.

Fue entonces cuando:

—¡Giovanni! —grité. Mi madre y Chiara se volvieron—. ¡Mi hermano Joe!

Mi madre frunció la nariz.

—No, perdona, quería decir con g, no Joe. Giovanni. Mi hermano. ¿Qué decís?

—Giovanni me gusta —dijo Chiara, que para mí estaba de acuerdo solo porque había sido ella quien había elegido el queso de oveja.

—Sí, a mí también —asintió mi madre, y tenía una expresión con la que parecía decir: «Pero ¿cómo es que no se nos ha ocurrido antes?».

Así, en el pasillo de los quesos del supermercado, rodeado de quesos frescos y de quesos mantecosos, con una musiquilla en los oídos y nuestro padre desaparecido cazando comida, fue decidido el destino del nombre de Guepardo. El destino, en el queso de oveja.

Así las cosas, pensé que ya no había mucho más que hacer. En primer lugar, había comprado el guepardo peluche que le señalaría su verdadera naturaleza. Luego, había elegido el nombre. ¿Qué más quedaba? Nada. Esperar. El barrigón de mi madre crecía, la casa crecía, la selva en el jardín, todavía no, pero había tiempo. Me parecía que el mundo brindaba suficientes maravillas.

Y sin embargo.

Y sin embargo, un día, un domingo —de nuevo un domingo—, volviendo de no sé dónde —quizá otra vez de la casa de la abuela—, cuando pasábamos por el aparcamiento desierto de siempre, mi padre frenó en seco y nos metió allí en busca de una plaza que, como en la ocasión anterior, tuviese la cualidad indispensable de que cupiese el Passat burdeos y la de valer para anunciarnos de nuevo algo.

—¿De nuevo? —dijo Chiara.

—¿De nuevo? —dije yo.

—¿…? —dijo Alice con los ojos.

Durante un segundo, pensé: «Va a resultar que son gemelos. O bien…». Estiré los párpados. «No, no es posible…» Mi padre encontró la plaza, maniobró, apagó el motor. Se quitó el cinturón. Mi madre hizo lo mismo. Y, antes de que pudiera hablar, imploré:

—No. Por favor. No me digáis que os habéis equivocado. ¡No me digáis que es una chica!

—No —dijo mi madre, con una sonrisa especial que me animó—, no nos hemos equivocado.

Lancé un suspiro de alivio; ahora podían decir cualquier cosa, cualquier cosa.

—Entonces ¿por qué estamos de nuevo en este aparcamiento? —preguntó Chiara.

Mi madre y mi padre se miraron como la otra vez —pero no exactamente como la otra vez—, y entre ellos surgió aquella corriente, con los confetis de colores, etcétera, pero de colores diferentes. Era como si estuviesen ensayando de nuevo la escena. El director había dicho: «Bien, bien, pero quiero más emoción, ¿estamos? Quiero la vida, la de verdad. La rabia y la alegría. El pasado y el futuro. El calor y el frío. Dad todo lo que tengáis. Y lo opuesto de cada cosa».

Clac.

Y aquí estamos.

La furgoneta oxidada ya no estaba; en su lugar, un remolque azul tapado con una tela. Ningún gato en los alrededores; dos cuervos jugando al escondite. Era un día de verano, el sol se abría camino a través de una capa harinosa de nubes y en las ramas de los árboles temblaban las hojas. Pasó un coche, la radio a todo volumen, retumbando los bajos. Mi madre esperó a que pasase la música, y luego:

—Tenemos que contaros algo… Tiene que ver con vuestro hermano.

Mi padre le estrechó la mano.

—Vuestro hermano… —dijo, e hizo una pausa—. Bueno, vuestro hermano será… especial.

Chiara y yo nos escrutamos, moviendo solo los ojos.

—¿Especial? —dijo ella.

—¿Especial en qué sentido? —dije yo.

—En el sentido —dijo mi padre ...