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LO QUE PIENSO DE...

Chiara Roggero

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Fragmento

PPK

Una tarde de enero de 2016 recibí la llamada de un exjefe. Me hizo la siguiente pregunta: “¿Estarías dispuesta a colaborar en la campaña política de un candidato a la presidencia?”. Y yo le respondí franca y directa: “Solo si ese candidato es PPK” (tus valores no son tus valores sino hasta que te cuesten dinero, decía Bernbach). Felizmente para mí (y para mi bolsillo), mi exjefe me estaba llamando para formar parte del equipo de publicistas que colaboraríamos con la campaña de PPK y yo acepté.

Pero acepté sabiendo que se trataría de un gran reto. No iban a ser unos meses sencillos y no iba a ser fácil hacer de PPK un candidato atractivo. Y es que probablemente una notificación de la Sunat tenía más carisma que Pedro Pablo. No era un orador que tú dijeras: “qué bruto, cómo habla este señor, debería conducir el Oscar”. Más bien sus declaraciones solían tener siempre la misma cadencia pausada, leeeeeenta, mmmuuuyy leeeeenta. Decían que cuando el traductor de lenguaje de señas del debate tenía que traducir a PPK, daba la impresión de estar haciendo taichí.

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Que tenía cara de gringo era una realidad. Que podía ser el logo de una marca de choclos americanos era indiscutible. Que si tallaban su rostro al lado de los demás presidentes yanquis en el monte Rushmore pasaba piola. A PPK no le quitabas la gringada ni con veinticinco ponchos ni con treinta porciones de chicharrones. PPK parecía tan americano como un donnut, como el Día de Acción de Gracias, como el estado de Utah. Hablaba mejor inglés que Stephen King, estaba casado con una americana, tuvo alguna vez la nacionalidad estadounidense, pero aun así nosotros teníamos que venderlo como el peruano más peruano. Era como ese animal que tiene cola de perro, patas de perro, orejas de perro, pero que no es perro (porque es perra).

Otra de nuestras dificultades como publicistas era que teníamos enfrente a un candidato chancón, con demasiada información y harto conocimiento. Eso hacía que su lenguaje fuera demasiado técnico, complejo y lejano. Los peruanos estábamos más acostumbrados a que los políticos carecieran de conocimiento, pero abundaran en verborragia, demagogia y criollismo. Unas clasecitas de oratoria con Jaime Lértora le habrían caído regio a PPK. Y si después de eso hubiera empalmado con unas clases de baile, ¡pues mucho mejor! Todos sabemos que, al lado de PPK, el Puma Carranza es Baryshnikov. Pero PPK no tenía tiempo, ni ganas, ni paciencia para lecciones de nada.

Que era un hombre adinerado era una realidad y eso perturbaba, y mucho. Estábamos habituados a tener presidentes que empezaban siendo pobres y terminan siendo ricos. Estábamos acostumbrados a presidentes que entraban para después escaparse con veinticinco maletas llenas de plata, con departamentos en París, con oficinas en El Derby y agenditas suculentas; si él entraba y no robaba nada, ¿de qué íbamos a hablar en las sobremesas? ¡El Twitter no tendría sentido! ¿Qué pasaría con Phillip Butters?

La idea de un presidente que no tuviera un propósito personal para gobernar parecía de ciencia ficción. En uno de los debates presidenciales en la campaña de 2016, PPK dijo que a su edad podría elegir quedarse en su casa y disfrutar de lo que había conseguido (incluso habló de una moto, ¿repartiría pizzas?), pero que decidía ser presidente porque realmente quería hacer un cambio por el Perú. Al parecer, PPK aspiraba a la presidencia por las razones correctas y eso a mí siempre me ilusionó, aunque confieso que durante la campaña lo odié un poco.

Y es que no les miento cuando digo que Pedro Pablo nunca fue mi persona favorita en ninguno de nuestros encuentros. Era bastante cascarrabias y berrinchudo. En el último comercial que grabamos, tuvimos que interrumpir una toma porque uno de sus asesores su cruzó frente a la cámara. Fue entonces que PPK golpeó con el puño cerrado el escritorio en el que estaba sentado, ni el profesor Jirafales en su peor día de furia. Se arrancó el micrófono que tenía en la solapa de la camisa y amenazó con irse, a pesar de que faltaba más de la mitad de tomas por grabar. En ese entonces Keiko estaba a más de cinco puntos por encima de él y nos quedaban menos de diez días para la elección; créanme que era importante terminar ese comercial. Felizmente se lo logró calmar y salimos al aire con el material completo. PPK era belicoso, pero al final, con un poco de english floro, siempre entraba en razón.

PPK odiaba grabar comerciales, posar para fotos, hacer locuciones de radio. No era tentado por el figuretismo, como la mayoría de políticos que persigue las luces y los flashes. PPK pensaba que invertir en tandas publicitarias era un desperdicio de plata, que los spots de TV que “lo obligábamos” a hacer, lo hacían perder su tiempo (no había vez que llegara al set de grabación y no dijera: “Hay que hacer esto rápido porque tengo que tomar un avión”). A PPK le parecían unos mamarrachos los guiones que le presentábamos. “¿Quién ha escrito esto?”, preguntaba el tío casi con asco, y todos hacíamos lo que cualquier publicista profesional y digno haría en una situación como esa: hacernos los huevones y patearnos la pelota. PPK sabía de economía, de política, de agricultura, pero de estrategias de comunicación me parece que muy poco.

Creo que lo más cómodo que se sentía PPK era cuando las cámaras se apagaban. Cuando no había que posar ni fingir ni seguir ningún libreto. Una vez lo citamos para grabar un comercial en la punta de un cerro, y cuando digo punta, me refiero al Everest de Chorrillos. PPK llegó furioso porque no entendía por qué lo habíamos llevado tan lejos un sábado por la mañana. Los ánimos ya estaban bastante caldeados, teníamos que ser muy cuidadosos para poder sacarle el mejor provecho al rodaje, para no molestar más al candidato. Pero, como siempre, cuando uno cree que nada más puede salir mal, algo sale peor.

En plena grabación, mientras que PPK hablaba a cámara, un perro de una casa vecina empezó a ladrar furioso. Ladraba y ladraba y no había quién lo parase. Era imposible seguir grabando hasta que no se calmara, porque el ladrido se iba a filtrar en el audio sin lugar a dudas. “La cagada —pensamos—, ahora sí que el tío se va a la mierda”. Pero para sorpresa de todos PPK empezó a reírse de lo que estaba pasando. Se paraba y con humor trataba de callar al can. No sé si yo me la imaginé, pero recuerdo que me dio una mirada como diciendo: “Está todo bien, ya se va a callar el perro y vamos a poder hacer tu comercial mamarrachento, chiquilla”. Le dimos pan al perro, galleta de soda, pero nada, seguía ladrando. Era sin duda un perro fujimorista. Tuvimos que esperar a que se durmiera y así PPK pudiera terminar de grabar.

El día que proclamaron a PPK como presidente del Perú y dio su primera entrevista en la tele, me di cuenta de que por primera vez estaba viendo al verdadero PPK. Creo que estaba aliviado de ya no tener que hacer más comerciales pesados, ni estar en posición de ataque, ni vivir el estrés de las encuestas. Y mientras miraba esa entrevista me acordé del PPK que se paró a calmar a ese perro bullicioso. Lo reconocí y, por unos segundos, olvidé al tío cascarrabias que tanto nos hizo patalear.

LA LLUVIA LIMEÑA

La lluvia limeña es como darle un beso a alguien que no te gusta. Es como una pelota de fútbol que choca contra el travesaño. Es como una ensalada de lechuga. Es como un llanto con poca lágrima. Es como bailar una canción lenta, separados.

La lluvia limeña es como un chiste que no alcanza a la risa. Es como esos programas de TV contratados por inmobiliarias para vender lotes en Carabayllo. Es como una marcha pública con cinco gatos. Es como manejar sin música. Es como una minifalda demasiado larga. Es como una canción de Mijares. Es como el curso de Cívica en primer ciclo de la universidad.

La lluvia limeña es como ese amigo de tu amiga del que no recuerdas su nombre. Es como una típica película peruana. Es como un juego de sábanas en oferta. Es como el equipo nacional de matemáticas. Es como los zapatos de mi contador.

La lluvia limeña es como un auto al que le pones noventa de gasolina. Es como una ambulancia sin urgencia. Es como bañarse en agua tibia. Es como una faja trotadora sin trotador. Es como sacarse doce en el examen. Es como un premio de tómbola tipo tupper, cartuchera o libretita. Es como la señora que llama a la radio. Es como llamarte Claudia, Patricia o Carlos.

Algo así es la lluvia limeña.

Insulsa. Tímida. Insignificante.

Una lluvia que apenas moja, que casi no se siente.

Una lluvia miedosa, fútil, itinerante.

Una lluvia muy digna de los limeños.

LA LIGA DE MADRES LACTANTES

Les voy a confesar un secreto que, hasta el momento, jamás ha sido revelado.

Cuando una mujer le pregunta a otra mujer cuántos meses dio de lactar, siempre habrá un excedente de dos meses que supere la cifra original. Es decir, si la mujer en cuestión dijo que dio seis meses de lactar, en realidad fueron solo cuatro; y si dijo que le dio leche materna hasta que la criatura cumplió el año, en realidad eso significa que a los diez meses la pobre víctima le arrancó la teta al niño, sin mayor clemencia.

Las mujeres tenemos esta patética necesidad de mentirnos entre nosotras mismas: de agrandar nuestras miserias, de engordar nuestro patrimonio, de inflar la estadística sexual que una tiene con su marido; y cuando se trata de la lactancia, no es una excepción; todo lo contrario. Y en este caso la culpa la tienen las mujeres de la Liga de Madres Lactantes1.

¿Quiénes son esas? Pues las porristas de la leche materna. Las enemigas de la fórmula. Las evangelistas de la teta al aire. Las adversarias del biberón. Las que te miran con desprecio en el supermercado cuando te atreves a detenerte en el pasillo de las latas de leche en polvo. Porque todo lo que no sea leche materna es veneno, pecado, ponzoña, la evidencia máxima de que están frente a una madre dejada, floja, egoísta.

La Liga de las Madres Lactantes es aquella que reúne a las mujeres a defender bajo cualquier circunstancia el derecho de dar de lactar donde a una le plazca, sin importar que ese lugar pueda ser un ascensor abarrotado de gente, a quien una pueda salpicar con unas gotitas de leche; o a la salida de un colegio en donde abunden adolescentes en plena pubertad (o dicho en español: en pleno apogeo del pajerismo).

Ellas son las que te señalan de estafadora si se te ocurre decir la tan desafortunada frase: “No di de lactar porque no me salía leche”. ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NOOOO!!! Para ellas no existe una mujer a la que no le salga leche. “Todo está en la mente, no en la teta, en la mente”, diría el dogma de la Liga. Son ellas las embajadoras del pezón marrón, acharolado; de los sostenes que se abren como una flor, del sexo con senos lagrimosos, de la esclavitud femenina a dar de comer a un bebe que perfectamente podría estar comiendo una compota de espinaca o un sánguche de asado.

A ustedes quiero decirles algo. No todas las mujeres nacimos para ser una mártires, para ser proveedoras; no todas disfrutamos del acto “íntimo” y “placentero” de dar de lactar. Algunas lo encontramos doloroso, agotador, estresante. Si me preguntan a mí, di de lactar hasta que no aguanté más, di todo lo que pude y hubo mucho más sacrificio que placer en toda esa historia. Lo hice porque creí que era bueno para mis hijos y me correspondía; lo hice por presión, por culpa; lo hice por madres como ustedes que nos someten con sus miradas inquisidoras. Porque, claro, ustedes siguen dando de lactar a niños de dos años y quince dientes que bien podrían abrir con ellos una lata de leche Gloria.

Lo siento, pero no todas nacimos para eso. Yo di de lactar a mis hijos ocho meses (menos dos meses: seis) y me siento orgullosa de mí; pero por nada del mundo anhelo volver a hacerlo. No siento nostalgia, ni siquiera un poquito. Antes de sacar una teta en público para alimentar a un bebe, prefiero ver una película de Van Damme con doblaje en italiano en el cine Tacna. ¡Condénenme por eso! Pero déjenme en paz.

1. Me encanta echar la culpa a otros, me quita responsabilidades y me hace sentir más ligera, ¡yupi!

LAS EXPECTATIVAS

Cuando estudiaba en Buenos Aires, yo transitaba aquella edad en la que uno siente la obligación de asistir a todo evento social cohetero. Cada vez que tenía la oportunidad de enrumbarme en uno de esos “programas”, era la primera en llegar y la última en irme. Una soberana babosa. Una vez logré que me invitaran a una fiesta de CraveroLanis, una agencia de publicidad argentina, que para entonces era retop, refashion. La fiesta quedaba en un bar que se llamaba Kika, que en aquel tiempo era un bar retop, refashion y, si algo quería ser yo, era ser alguien retop, refashion.

Tardé tres horas en encontrar el outfit correcto para la fiesta de Cravero: ni muy casual ni muy formal; ni muy sporty ni muy sexy, ni muy too much ni muy too poco. Bien contenta me tomé un taxi hasta la fiesta, atravesé la valla de seguridad que separaba a los “mediocres” de los “súper archi recontra cool que estábamos en la lista” y entré a la fiesta de Cravero con la autoridad de una celebrity (Dios perdona el pecado pero no el escándalo). Y ahí estaba yo, rodeada de publicistas guapos que hablaban de los premios que habían ganado en Cannes (ellos lo pronuncian Cans) y vanagloriándose de las pelis2 que estaban por filmar.

Pero como en la mayoría de fiestas a las que uno le deposita demasiada expectativa, no me estaba pasando nada muy emocionante. Ningún director publicitario se me había acercado para proponerme unas prácticas en su boutique creativa y nadie me había ofrecido una cerveza o una disculpas por empujarme para avanzar (el lugar explotaba). Estaba sola, apoyada en el bar, mirando mi reloj como si esperara a alguien. Lo bien que me hubiera hecho un smartphone en esa noche de 2001 para solapear mi soledad.

Pasaban los minutos y mi dignidad se reducía como un borracho, así que hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: ir al baño para disimular mi desazón. Y basta con que uno vaya al baño y se encuentre con colas de personas necesitadas por un inodoro, para que a uno le den unas ganas desesperadas de desbeber las cervezas que consumió.

En esa época, el que un bar o una discoteca tuviera los baños mixtos significaba que uno estaba en un lugar retop, refashion y Kika no era la excepción. Era la primera vez en mi vida que yo hacía una cola con hombres y mujeres para entrar a un baño. Sentía que estaba viviendo en la vanguardia viste.

Llegaba un momento en la cola en el que uno debía elegir, como si se tratara de un programa concurso de televisión, frente a qué puerta pararse para esperar su ansiado turno. Y yo elegí (a priori) la puerta equivocada. Porque el bendito usuario no salía y no salía y no salía. Y mientras los minutos pasaban, mi vejiga se iba irritando y la posibilidad de mearme en mis pantalones de cuerina se hacía cada vez más real.

Yo le metía golpes excesivos a la puerta pidiendo apuro. Del otro lado solo había silencio. Veía cómo mis vecinos entraban y salían de los baños. Yo era una estatua. Me agaché a ver si efectivamente había alguien dentro y pude identificar un par de botas texanas que miraban en dirección a la pared y no a mí. Y cuando sen ...