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LA REVOLUCIóN RUSA

Richard Pipes

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Fragmento

Ilustraciones

    1. Lenin, marzo de 1919. VAAP, Moscú

    2. Nicolás II y su familia poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Brown Brothers

    3. Viacheslav Pleve

    4. Los restos de Pleve tras el atentado terrorista

    5. Príncipe Piotr Dmitriévich Sviátopolk-Mirski

    6. El gobernador Fullon visita al padre Gapón y su Asamblea de Trabajadores Rusos

    7. El Domingo Sangriento

    8. Pável Miliukov. Biblioteca del Congreso

    9. Serguéi Witte. Biblioteca del Congreso

  10. Una multitud celebra la proclamación del Manifiesto del 17 de octubre de 1905

  11. Tras un pogromo antijudío en Rostov del Don. Cortesía del profesor Abraham Ascher

  12. Miembros del Sóviet de San Petersburgo camino del destierro en Siberia, 1905

Recibe antes que nadie historias como ésta

  13. El futuro Nicolás II como zarévich. Cortesía del señor Marvin Lyons

  14. Clase de danza en el Instituto Smolni, hacia 1910. Cortesía del señor Marvin Lyons

  15. Campesinos rusos, finales del siglo XIX. Biblioteca del Congreso

  16. Asamblea aldeana. Cortesía del Consejo de Administración del Museo de Victoria y Alberto, Londres

  17. Campesinos con ropa de invierno

  18. Cultivo en franjas, tal como se practicaba en Rusia central hacia 1900

  19. L. Mártov y T. Dan

  20. Iván Goremikin

  21. Piotr A. Stolipin, 1909. Papeles de M. P. Bok, Archivo Bakhmeteff, Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos, Universidad de Columbia

  22. Diputados de derecha de la Duma

  23. General Vladímir A. Sujomlínov. The Illustrated London News

  24. Nicolás II en el cuartel general del ejército, septiembre de 1914

  25. Prisioneros de guerra rusos capturados por los alemanes en Polonia, primavera de 1915. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  26. General Alexis Polivánov. VAAP, Moscú

  27. Alejandra Fiódorovna y su confidente, Anna Vírubova

  28. Alexánder Protopópov

  29. Rasputín con niños en su aldea siberiana

  30. Día Internacional de la Mujer en Petrogrado, 23 de febrero de 1917. VAAP, Moscú

  31. Una multitud en la plaza Znamenski, Petrogrado. Biblioteca del Congreso

  32. Soldados amotinados en Petrogrado, febrero de 1917. VAAP, Moscú

  33. Manifestantes queman en Petrogrado emblemas del régimen imperial, febrero de 1917. The Illustrated London News

  34. Arresto de un informante de la policía. Cortesía del señor Marvin Lyons

  35. Obreros derribando la estatua de Alejandro III en Moscú, 1918

  36. Comité Provisional de la Duma. Biblioteca del Congreso

  37. Tropas de la guarnición de Petrogrado frente al Palacio de Invierno

  38. Un marinero despoja de sus charreteras a un oficial. VAAP, Moscú

  39. Kosma A. Gvózdev. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  40. Sección de soldados del Sóviet de Petrogrado. Biblioteca del Congreso

  41. Comité Ejecutivo (Ispolkom) del Sóviet de Petrogrado. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  42. Príncipe Gueorgui Yevguénievich Lvov

  43. Alexánder Kérenski

  44. Nikolái D. Sokólov redacta la Orden número 1, 1 de marzo de 1917

  45. Mitin político en el frente, verano de 1917. Niva, n.º 19 (1917)

  46. Gran duque Miguel

  47. Desfile de aspirantes a oficiales (iunkers) en Petrogrado, marzo de 1917

  48. El derrocado zar Nicolás en Tsárkoie Seló, marzo de 1917, bajo arresto domiciliario. Biblioteca del Congreso

  49. Leonid Krasin

  50. Lenin, París, 1910

  51. Kérenski visita el frente, verano de 1917. Cortesía del Archivo Bakhmeteff, Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos, Universidad de Columbia

  52. Soldados rusos huyendo de los alemanes, julio de 1917. The Daily Mirror, Londres

  53. Los acontecimientos de julio de 1917

  54. Pável N. Perevérzev. Niva, n.º 19 (1917)

  55. La plaza del Palacio, en Petrogrado, tras sofocarse el golpe bolchevique

  56. Soldados amotinados del Primer Regimiento de Ametralladoras, desarmados, 5 de julio de 1917. VAAP, Moscú

  57. León Trotski

  58. General Lavr Kornílov

  59. Kornílov llevado en volandas a su llegada a la Conferencia de Estado de Moscú

  60. Vladímir Lvov

  61. Nikolái Vissarionovich Nekrásov

  62. Soldados de la «División Salvaje» se reúnen con el Sóviet de Luga

  63. El Comité Militar Revolucionario (Milrevcom)

  64. Grigori Zinóviev. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  65. Lev Borisovich Kámenev. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  66. Nikolái Ilich Podvoiski

  67. Cadetes (iunkers) defendiendo el Palacio de Invierno, octubre de 1917

  68. El Palacio de Invierno, tras haber sido tomado y saqueado por los bolcheviques. VAAP, Moscú

  69. El salón de actos del Smolni

  70. Cadetes defendiendo el Kremlin de Moscú, noviembre de 1917. VAAP, Moscú

  71. Incendios en Moscú durante los combates entre las fuerzas leales y los bolcheviques, noviembre de 1917. VAAP, Moscú

  72. Yákov Sverdlov

  73. Letones custodiando el despacho de Lenin en el Smolni. Museo Estatal de la Gran Revolución Socialista de Octubre, Leningrado

  74. Lenin y miembros del secretariado del Consejo de Comisarios del Pueblo. VAAP, Moscú

  75. Una de las primeras reuniones del Consejo de Comisarios del Pueblo. VAAP, Moscú

  76. Votación para la Asamblea Constituyente

  77. Cartel de propaganda electoral de los demócratas constitucionales. Colección de carteles, Archivos del Instituto Hoover

  78. Fiódor M. Onipko. Niva, n.º 19 (1917)

  79. Víctor Chernov. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  80. La delegación rusa llega a Brest-Litovsk

  81. La firma del armisticio en Brest-Litovsk

  82. Tropas rusas y alemanas confraternizando, invierno de 1917-1918. Culver Pictures

  83. Kurt Riezler

  84. Adolf Yoffe

  85. Tren blindado de la Legión Checoslovaca en Siberia, junio de 1918. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  86. General Gadja, comandante de la Legión Checoslovaca. Archivos Nacionales, Washington D. C

  87. María Spiridónova. Colección Isaac N. Steinberg, Instituto Judío YIVO de Investigaciones, Nueva York

  88. Coronel Ioakim Vatsetis

  89. Borís Sávinkov

  90. Teniente coronel A. P. Perjúrov

  91. Un romance germano-ruso, viñeta rusa de la época

  92. Yuri Larin

  93. Una escena habitual en las calles de Moscú y Petrogrado en 1918-1921. Colección Borís Sokoloff de los Archivos del Instituto Hoover

  94. Un típico campesino «burgués-capitalista»

  95. Casa de Ipátiev, la «casa del propósito especial»

  96. Casa de Ipátiev rodeada por una empalizada. Archivos Nacionales, Washington D. C.

  97. Alexis y Olga a bordo del buque Rus

  98. El asesino de Nicolás II, Yurovski, con su familia

  99. Isaac Steinberg. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

100. Félix Dzerzhinski

101. Fanni Kaplán. Colección David King, Londres

102. Dzerzhinski y Stalin

Agradecimientos

En el transcurso del trabajo consagrado a este libro he disfrutado del generoso apoyo del Fondo Nacional para las Humanidades y la Fundación Smith Richardson, a los que quisiera expresar mi caluroso agradecimiento. También doy las gracias al Instituto Hoover de Stanford (California) por permitirme el acceso a sus incomparables colecciones.

Abreviaturas

AAR

Arjiv Russkoi Revoliutsi (Archivo de la Revolución Rusa)

BK

Borba Klassov (Lucha de Clases)

BM

Berliner Monatshefte (Cuadernos Mensuales de Berlín)

Brogkauz & Efron

Entsiklopedicheski Slovar Ob-va Brogkauz i Efron (Diccionario Enciclopédico Brockhaus y Efron), 41 vols.

BSE

Bolshaya Sovietskaya Entsiklopedia (Gran Enciclopedia Soviética), 65 vols.

Dekreti

Dekreti sovietskoi vlasti (Decretos del gobierno soviético), 11 vols., Moscú, 1957

DN

Dielo Naroda (Causa del Pueblo)

EV

Ekonomicheski Vestnik (Boletín Económico)

EZh

Ekonomicheskaya Zhizn (Vida Económica)

Forschungen

Forschungen zur Osteuropäischen Geschichte (Investigaciones acerca de la Historia de Europa del Este)

GM

Golos Minuvshego (Voz del Pasado)

Granat

Entsiklopedicheski Slovar Tov-va Granat (Diccionario Enciclopédico Cooperativa Granat), 55 vols.

IA

Istoricheski Arjiv (Archivo Histórico)

IM

Istorik Marksist (Historiador Marxista)

IR

Illustrirovannaya Rossia (Rusia en Ilustraciones)

ISSSR

Istoria SSSR (Historia de la URSS)

IV

Istoricheski Vestnik (Boletín Histórico)

IZ

Istoricheskie Zapiski (Memorias Históricas)

Jahrbücher

Jahrbücher Für Geschichte Osteuropas (Anuario de Historia de Europa del Este)

KA

Krasnyi Arjiv (Archivo Rojo)

KL

Krasnaya Letopis (Crónica Roja)

KN

Krasnaya Nov (Actualidad Roja)

Lenin, Jronika

V. I. Lenin, Biograficheskaya Jronika, 1870-1924 (Crónica biográfica, 1870-1924), 13 vols., Moscú, Editorial de Literatura Política, 1970-1985

Lenin, PSS

V. I. Lenin, Polnoye sobraniye sochineni (Obras completas), 5.ª ed., 55 vols., Moscú, Editorial Estatal de Literatura Política, 1958-1965

Lenin, Sochinenia

V. I. Lenin, Sochinenia (Obras), 3.ª ed., 30 vols., Moscú y Leningrado, Editorial Estatal, 1927-1933

LN

Literaturnoye Nasledstvo (Herencia Literaria)

LS

Leninski sbornik (Antología leniniana)

MG

Minuvshiye Godi (Años Pasados)

NChS

Na Chuzhoi Storonye (En Tierra Ajena)

ND

Novyi Den (Día Nuevo)

NJ

Narodnoye Joziaistvo (Editorial Popular)

NoV

Novoye Vremia (Tiempo Nuevo)

NS

Nashe Slovo (Nuestra Palabra)

NV

Nash Vek (Nuestro Siglo)

NVCh

Novyi Vechernyi Chas (Nuevo Vespertino)

NZ

Die Neue Zeit (Tiempo Moderno)

NZh

Novaya Zhizn (Vida Nueva)

OD

L. Mártov et al., eds., Obshchestvennoye dvizheniye v Rossi v nachale XX-go veka (El movimiento social en la Rusia de principios del siglo XX), 4 vols., San Petersburgo, Imprenta de la Cooperativa de Utilidad Pública, 1910-1914

Padeniye

P. E. Shcheglovítov, ed., Padeniye tsarskogo rezhima (La caída del régimen zarista), 7 vols., Leningrado, Editorial Estatal, 1924-1927

PN

Posledniye Novosti (Noticias de Última Hora)

PR

Proletarskaya Revoliutsia (Revolución Proletaria)

PRiP

Proletarskaya Revoliutsia i Pravo (Revolución Proletaria y Derecho)

Revoliutsia

N. Avdéiev et al., Revoliutsia 1917 goda. Jronika sobyti (Revolución de 1917. Crónica de acontecimientos), 6 vols., Moscú, Editorial Estatal, 1923-1930

RL

Russkaya Letopis (Crónica Rusa)

RM

Russkaya Mysl (Pensamiento Ruso)

RR

Russian Review (Revista Rusa)

RS

Russkoye Slovo (Palabra Rusa)

RV

Russkiye Vedomosti (Gaceta Rusa)

RZ

Russkiye Zapiski (Memorias Rusas)

SB

Staryi Bolshevik (Viejo Bolchevique)

SD

Sotsial-Demokrat (Socialdemócrata)

SiM

Strana i Mir (País y Mundo)

SR

Slavic Review (Revista Eslava)

SS

Soviet Studies (Estudios Soviéticos)

SUiR

Sobraniye uzakoneni i rasporiazheni (Recopilación de Leyes y Mandatos)

SV

Sotsialisticheski Vestnik (Boletín Socialista)

SZ

Sovremennye Zapiski (Memorias Contemporáneas)

VCh

Vechernyi Chas (Vespertino)

VE

Vestnik Evropi (Boletín de Europa)

VI

Voprosi Istori (Cuestiones de Historia)

VIKPSS

Voprosi Istori KPSS (Cuestiones de Historia del Partido Comunista de la URSS)

VO

Vechernye Ogni (Luces Vespertinas)

VS

Vlast Sovietov (Poder de los Sóviets)

VZ

Vierteljahreshefte für Zeitgeschichte (Cuadernos Trimestrales de Historia)

VZh

Vestnik Zhizni(Boletín de Actualidad)

ZhS

Zhivoye Slovo (Palabra Viva)

Introducción

Este libro es el primer intento, en cualquier lengua, de presentar un análisis exhaustivo de la Revolución rusa, posiblemente el acontecimiento histórico más importante del siglo XX. No faltan investigaciones sobre el tema, pero se centran en las luchas políticas y militares por el poder en Rusia entre 1917 y 1920. Sin embargo, vista desde la perspectiva que concede el tiempo, la Revolución rusa fue mucho más que una disputa por el poder en un solo país; lo que los vencedores de dicha disputa tenían en mente lo definió uno de sus principales protagonistas, León Trotski: nada menos que «volver el mundo del revés». Con ello se referían a una completa reconfiguración del Estado, la sociedad, la economía y la cultura en todo el mundo, con el objetivo último de crear un nuevo ser humano.

Estas consecuencias de largo alcance de la Revolución rusa no eran evidentes en 1917-1918, en parte porque Occidente consideraba que Rusia se encontraba en la periferia del mundo civilizado y, en parte, porque la revolución en dicho país se produjo en medio de una guerra mundial de una destructividad sin precedentes. En 1917-1918, casi todos los no rusos creían que lo que había ocurrido en Rusia era algo de importancia exclusivamente local, irrelevante para ellos y, en todo caso, destinado a aquietarse una vez que se hubiera restablecido la paz. Pero sucedió lo contrario. Las repercusiones de la Revolución rusa se sentirían en todos los rincones del planeta durante el resto del siglo.

Los acontecimientos de semejante magnitud no tienen ni un comienzo claro ni un final nítido. Al igual que los historiadores discuten desde hace mucho las fechas de finalización de la Edad Media, el Renacimiento y la Ilustración, no hay un modo indiscutible de determinar la extensión temporal de la Revolución rusa. Lo que puede decirse con certeza es que no comenzó con el derrumbe del zarismo en febrero-marzo de 1917 ni concluyó con la victoria bolchevique en la guerra civil tres años después. El movimiento revolucionario se había convertido en un elemento intrínseco de la historia rusa ya en la década de 1860. La primera fase de la Revolución rusa, en el sentido restringido de la palabra (equivalente a la fase constitucional de la Revolución francesa, 1789-1792), comenzó con la violencia desatada en 1905. Esta se logró controlar mediante una combinación de concesiones y represión, pero reapareció a una escala aún más imponente tras un hiato de doce años, en febrero de 1917, y culminó con el golpe de Estado bolchevique de octubre. Al cabo de tres años de lucha contra los opositores internos y externos, los bolcheviques consiguieron establecer un dominio indiscutido sobre la mayor parte de lo que había sido el Imperio ruso. Pero todavía eran demasiado débiles para llevar a término su ambicioso programa de transformación económica, social y cultural. Había que posponerlo varios años para que el devastado país tuviera tiempo de recuperarse. La revolución se reanudó en 1927-1928 y se consumó diez años más tarde, después de espantosos cataclismos que se cobraron la vida de millones de personas. Cabe decir que solo finalizó con la muerte de Stalin en 1953, cuando sus sucesores impulsaron y llevaron a cabo, a trompicones, una suerte de contrarrevolución desde arriba, que en 1990 parece haber conducido a un rechazo de buena parte del legado revolucionario.

Así pues, y definida en líneas generales, puede decirse que la Revolución rusa duró un siglo. En un país del tamaño y la población de Rusia, era inevitable que un proceso de esa duración fuera extremadamente complejo. La monarquía autocrática que había gobernado Rusia desde el siglo XIV ya no podía hacer frente a las demandas de modernidad y, poco a poco, cedió posiciones en beneficio de una intelligentsia radical en la que el compromiso con unas ideas utópicas de carácter extremo se conjugaba con un ilimitado apetito de poder. Sin embargo, como todos los procesos tan largos, la revolución tuvo su período culminante. A mi juicio, ese período fue el de los veinticinco años transcurridos entre febrero de 1899, con el estallido de los disturbios a gran escala en las universidades rusas, y la muerte de Lenin, acaecida en enero de 1924.

En vista del extremismo de las aspiraciones de los intelectuales que se hicieron cargo del gobierno en octubre de 1917, me ha parecido necesario abordar muchos otros aspectos más allá de la habitual lucha político-militar por el poder. Para los revolucionarios rusos, el poder era simplemente un medio para llegar a un fin, que consistía en la reconfiguración de la especie humana. Durante los primeros años tras su ascenso al poder carecieron de la fortaleza necesaria para alcanzar un objetivo tan contrario a los deseos del pueblo ruso, pero lo intentaron sentando las bases del régimen estalinista, que volvería a intentarlo con recursos mucho más grandes. Dedico una atención considerable a esos antecedentes sociales, económicos y culturales del estalinismo, que, aun cuando fueron impulsados solo de manera imperfecta bajo Lenin, estuvieron desde el inicio en el corazón mismo de la Revolución rusa.

Este volumen se divide en dos partes.

La primera, «La agonía del antiguo régimen», describe la decadencia del zarismo hasta el acontecimiento que marcó su caída, el motín de la guarnición militar de Petrogrado en febrero de 1917, que en un tiempo sorprendentemente breve no solo derrocó a la monarquía, sino que hizo trizas el tejido político y social del país. Se trata de una continuación de mi libro Russia under the Old Regime, que describía el desarrollo de la sociedad y el Estado rusos desde sus orígenes hasta finales del siglo XIX. La segunda parte, «Los bolcheviques conquistan Rusia», relata cómo el Partido Bolchevique se hizo con el poder, primero en Petrogrado y luego en las provincias habitadas por los gran-rusos,[*] e impuso en esta región un régimen de partido único con un aparato terrorista y un sistema económico centralizado. Ambas partes constituyen el presente volumen. Una secuela, Russia under the New Regime, se ocupará de la guerra civil, la separación y reintegración de las tierras fronterizas no rusas, las actividades internacionales de la Rusia soviética, las políticas culturales bolcheviques y el régimen comunista tal como cobró forma en el último año de la dictadura de Lenin.

Las dificultades a las que se enfrenta un historiador ante un tema de tanta complejidad y magnitud son formidables. Con todo, no tienen su causa, como suele creerse, en un déficit de fuentes; aunque algunas son, en efecto, inaccesibles (en especial los documentos relacionados con la toma de decisiones por parte de los bolcheviques), las fuentes primarias son más que suficientes y superan la capacidad de asimilación de cualquier persona. El problema del historiador radica más bien en el hecho de que la Revolución rusa, al formar parte de nuestro propio tiempo, es difícil de abordar de manera desapasionada. El gobierno soviético, que controla el grueso de las fuentes primarias y domina la historiografía, toma la revolución como el fundamento de su legitimidad y quiere que el tratamiento que se le dé implique un respaldo de sus afirmaciones. Al proponer obstinadamente una imagen única de la revolución en las décadas posteriores, logró determinar no solo cómo deben abordarse los acontecimientos, sino cuáles de ellos abordar. Entre los muchos temas que ha dejado en el limbo historiográfico se cuentan el papel de los liberales en las revoluciones de 1905 y 1917; el modo conspirativo en que los bolcheviques tomaron el poder en octubre; el abrumador rechazo por parte de todas las clases sociales, incluidos los trabajadores, de la dominación bolchevique seis meses después de ser instaurada; las relaciones comunistas con la Alemania imperial en 1917-1918; la campaña militar de 1918 contra la aldea rusa y la hambruna de 1921, que se cobró la vida de más de cinco millones de personas. En consecuencia, escribir una historia académica de la Revolución rusa exige, además de asimilar una inmensa cantidad de hechos, liberarse de la camisa de fuerza mental que setenta años de una historiografía políticamente dirigida han conseguido imponer a la profesión. Esta situación no solo se da en Rusia. También en Francia, durante mucho tiempo, la revolución fue sobre todo pasto para la polémica política. La primera cátedra académica consagrada a su historia no fue creada hasta la década de 1880 en la Sorbona, un siglo después del acontecimiento, durante la Tercera República, y cuando 1789 podía tratarse con algún grado de desapasionamiento. Y, aun así, la controversia nunca ha menguado.

Pero, aun abordada de manera académica, la historia de las revoluciones modernas no puede estar despojada de valores; hasta ahora jamás he logrado leer ninguna descripción de las revoluciones francesa o rusa que no revele, pese a la intención de la mayoría de los autores de mostrarse imparciales, hacia quién se decantan las simpatías de quien la ha escrito. No hace falta buscar mucho para encontrar la razón. Las revoluciones posteriores a 1789 han planteado las cuestiones éticas más fundamentales: si es apropiado destruir instituciones construidas por ensayo y error a lo largo de siglos en aras de sistemas ideales; si tenemos derecho a sacrificar el bienestar y aun la vida de nuestra generación en aras de generaciones que todavía no han nacido, y si es posible remodelar al hombre hasta hacer de él un ser perfectamente virtuoso. Ignorar estas cuestiones, ya planteadas por Edmund Burke dos siglos atrás, es hacer la vista gorda ante las pasiones que inspiraron a quienes hicieron las revoluciones y a quienes les opusieron resistencia. Y es que, en definitiva, las luchas revolucionarias posteriores a 1789 no tienen que ver con la política, sino con la teología.

Así las cosas, el saber académico exige al historiador abordar críticamente sus fuentes y transmitir con honestidad la información que obtiene de ellas. No invita al nihilismo ético, esto es, a aceptar que todo lo sucedido tenía que suceder y, por lo tanto, está más allá del bien y del mal (que era el sentir del filósofo ruso Nikolái Berdiaev, para quien no podemos juzgar la Revolución rusa por la misma razón que no podemos juzgar la aparición de las glaciaciones o la caída del Imperio romano). La revolución no fue obra ni de las fuerzas de la naturaleza ni de masas anónimas, sino de hombres identificables que buscaban su propio beneficio. Si bien tuvo aspectos espontáneos, en lo fundamental fue el resultado de actos deliberados. Como tal, está absolutamente abierta a los juicios de valor.

Hace poco, algunos historiadores franceses propusieron poner fin a la discusión de las causas y el significado de la Revolución francesa, que para ellos está «zanjada». Sin embargo, un suceso que plantea cuestiones filosóficas y morales tan fundamentales nunca puede tener fin. El debate, en efecto, no es solo acerca de lo ocurrido en el pasado, sino también de lo que pueda ocurrir en el futuro.

RICHARD PIPES

Chesham, New Hampshire,

mayo de 1989

 

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓN RUSA

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Imperio ruso, hacia 1900

Primera parte

La agonía del antiguo régimen

Los paralíticos del gobierno luchan de manera débil e irresoluta, como si carecieran de voluntad, contra los epilépticos de la revolución.

IVÁN SHCHEGLOVÍTOV,

ministro de Justicia, 1915



1

1905: la convulsión previa

En el prefacio a una novela autobiográfica, Somerset Maugham explica por qué prefiere escribir relatos de una manera más literaria que estrictamente fáctica:

Los hechos son malos narradores. Comienzan una historia al azar, en general mucho antes del principio, divagan intrascendentes y se apagan poco a poco, dejando cabos sueltos y sin aportar una conclusión [...] una historia necesita un esqueleto que la sostenga. El esqueleto de una historia es, por supuesto, su argumento. Ahora bien, un argumento tiene ciertas características de las que no se puede prescindir. Tiene un comienzo, un nudo y un desenlace. [...] Esto significa que la historia debe comenzar en un punto y terminar en otro.[1]

El historiador no puede permitirse el lujo de reconfigurar los acontecimientos para adaptarlos al esqueleto de un argumento, lo cual significa que la historia que cuenta no tiene ni un principio claro ni un final definido. Debe comenzar al azar y apagarse poco a poco, inconclusa.

¿Cuándo comenzó la Revolución rusa? En su análisis del naufragio de la Rusia imperial, Piotr Struve, un importante publicista liberal del cambio de siglo, llegó a la conclusión de que la suerte ya estaba echada en 1730, cuando la emperatriz Ana renegó de la promesa de acatar una serie de limitaciones constitucionales que la aristocracia le había impuesto como condición para dejarla subir al trono. También puede argumentarse que la revolución se inició en 1825, con el abortado levantamiento decembrista. Es indudable que en la década de 1870 había en Rusia un movimiento revolucionario con todas las de la ley; los hombres que lideraron la Revolución de 1917 consideraban a los radicales de esa época como sus precursores.

Sin embargo, si queremos identificar acontecimientos que no solo hayan presagiado 1917, sino que hayan llevado directamente a él, la elección tiene que recaer en los disturbios que estallaron en las universidades rusas en febrero de 1899. Si bien pronto fueron sofocados por la habitual combinación de concesiones y represión, estos disturbios pusieron en marcha un movimiento de protesta contra la autocracia que no menguó hasta el levantamiento revolucionario de 1905-1906. A la larga, esta primera revolución también fue aplastada, pero a costa de importantes concesiones políticas que debilitaron mortalmente a la monarquía rusa. Si es cierto que los acontecimientos históricos tienen un comienzo, el de la Revolución rusa bien pudo ser la huelga general universitaria de febrero de 1899.

Y fue, no cabe duda de ello, un comienzo azaroso. Desde la década de 1860, las instituciones rusas de enseñanza superior habían sido el principal centro de la oposición al régimen zarista; en su mayor parte, los revolucionarios eran, o bien estudiantes universitarios, o bien desertores de la universidad. Hacia finales de siglo había en Rusia diez universidades, así como unas cuantas escuelas especializadas que enseñaban teología, derecho, medicina e ingeniería. El alumnado lo integraban 35.000 estudiantes, en su inmensa mayoría pertenecientes a las clases bajas. En 1911, el contingente más grande estaba compuesto por hijos de sacerdotes, seguidos de los hijos de burócratas y campesinos; los integrantes de la nobleza hereditaria constituían menos del 10 por ciento, la misma proporción que los judíos.[2] El gobierno imperial necesitaba una élite instruida y promovía la educación superior, pero, con escaso realismo, deseaba limitarla estrictamente a la formación profesional y vocacional. Esa política satisfacía a la mayoría de los estudiantes, que, aunque fueran críticos con el régimen, no querían que la política se inmiscuyera en sus estudios; lo sabemos por encuestas realizadas en 1905, un año revolucionario. Pero cada vez que las autoridades reaccionaban exageradamente ante la minoría radical, algo que solían hacer, los estudiantes cerraban filas.

En 1884, en medio de las «contrarreformas» que siguieron al asesinato de Alejandro II, el gobierno revisó los liberales estatutos universitarios promulgados veintiún años antes. Las nuevas regulaciones despojaron a las universidades de gran parte de su autonomía y las pusieron bajo la supervisión directa del Ministerio de Educación. Sus cuerpos docentes ya no podían elegir a los rectores. La autoridad disciplinaria sobre los estudiantes fue puesta en manos de un inspector estatal externo, que ejercía funciones de policía. Se declararon ilegales las organizaciones estudiantiles, aun en la forma de zemliachestva, asociaciones formadas por estudiantes de la misma provincia con fines de asistencia mutua. Como es fácil de imaginar, esas nuevas regulaciones no fueron del agrado de los estudiantes, y su disgusto creció en 1897 con la designación, como ministro de Educación, de Nikolái P. Bogolépov, un profesor de derecho romano que, si bien fue el primer académico en ese cargo, era un conservador adusto e indiferente a quien aquellos apodaron «el convidado de piedra». Aun así, las décadas de 1880 y 1890 fueron un período de relativa calma en las instituciones de enseñanza superior.

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2. Nicolás II y su familia poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Al lado del zar, Alejandra Fiódorovna. Las hijas, de izquierda a derecha: María, Tatiana, Olga y Anastasia. En primera fila, el zarévich Alexis.

El acontecimiento que hizo añicos esa calma fue insignificante. Por tradición, la Universidad de San Petersburgo celebraba el 8 de febrero el aniversario de su fundación.[*] Era habitual que ese día, tras participar en los festejos formales organizados por el cuerpo docente, los estudiantes lo celebraran en el centro de la ciudad. Se trataba solo de divertirse, sin que la política desempeñara papel alguno en ello. Pero en la Rusia de esa época cualquier hecho público que no contara con la aprobación oficial era considerado un acto de insubordinación y, como tal, era político y subversivo. Resueltas a poner fin a esos alborotos, las autoridades solicitaron al rector, el conocido y popular profesor de derecho Vasili I. Serguéievich, que advirtiera a los estudiantes de que dichas celebraciones ya no serían toleradas. La advertencia, difundida en toda la universidad y publicada en la prensa, merece ser citada en su totalidad porque refleja de manera muy fiel la mentalidad policial del régimen:

No ha sido infrecuente que el 8 de febrero, aniversario de la fundación de la Universidad Imperial de San Petersburgo, los estudiantes perturbaran la paz y el orden tanto en las calles como en lugares públicos de la ciudad. Estos disturbios comienzan inmediatamente después de terminadas las celebraciones universitarias, cuando los estudiantes, al son de canciones y hurras, marchan en multitud hacia el puente del Palacio y toman luego la perspectiva [avenida] Nevski. Al anochecer se registran intrusiones ruidosas en restaurantes, lugares de esparcimiento, el circo y el Pequeño Teatro. Ya entrada la noche, las calles adyacentes a estos establecimientos son cortadas por una multitud excitada, que genera altercados lamentables y el enfado del público. Hace tiempo ya que la sociedad de San Petersburgo ha tomado nota de esos desórdenes; los considera indignantes y culpa a la universidad y a todo el alumnado, aunque solo una pequeña parte de este participa en ellos.

La ley ha tomado medidas preventivas para evitar estos desórdenes e impone a los culpables de violar el orden público una pena de 7 días de cárcel y multas de hasta 25 rublos. Cuando en los tumultos participa una vasta multitud que ignora las órdenes policiales de dispersarse, los participantes quedan sujetos a penas de cárcel de hasta un mes y multas de hasta 100 rublos. Y si es menester apelar a la fuerza para apaciguar el desorden, los culpables deben cumplir sentencias de cárcel de hasta tres meses y pagar multas de hasta 300 rublos.

El 8 de febrero, la policía está obligada a preservar la paz de la misma manera que cualquier otro día del año. En caso de alteraciones del orden, tiene la obligación de sofocarlas a cualquier precio. Además, la ley prevé el uso de la fuerza para poner fin a los desórdenes. Los resultados de ese choque con la policía pueden ser sumamente desafortunados. Los culpables serán objeto de arresto, pérdida de privilegios, despido y expulsión de la universidad, así como deportación de la capital. Me siento en la obligación de advertir al alumnado sobre ello. Los estudiantes deben respetar la ley a fin de defender el honor y la dignidad de la universidad.[3]

La imprudente admonición enfureció a los estudiantes. Cuando el 8 de febrero Serguéievich subió al estrado de los oradores, lo abuchearon y silbaron durante veinte minutos. Luego salieron en tropel al son de «Gaudeamus igitur» y La Marsellesa. La multitud intentó cruzar el puente del Palacio para entrar en la ciudad, pero, al encontrarlo bloqueado por la policía, se encaminó en cambio hacia el puente Nikoláiev. En él, más policías la esperaban. Los estudiantes declararon que en la refriega resultante habían recibido latigazos, mientras que la policía sostenía haber sido bombardeada con bolas de nieve y pedazos de hielo.

Muy enardecidos, los estudiantes celebraron durante los dos días siguientes asambleas en las que votaron a favor de hacer huelga hasta que el gobierno les garantizara que la policía respetaría sus derechos.[4] Hasta ese momento, las demandas eran bien específicas y de fácil solución.

Pero el movimiento de protesta no tardó en quedar bajo la dirección de radicales a cargo de un fondo de ayuda mutua ilegal (Kassa vzaimopomoshchi), que vieron en él una oportunidad de politizar al cuerpo estudiantil. Dirigían el fondo los socialistas, algunos de los cuales desempeñarían más adelante un papel protagonista en el movimiento revolucionario, entre ellos Borís Sávinkov, un futuro terrorista; Iván Kaliáiev, que en 1905 asesinaría al gran duque Sergio, gobernador general de Moscú, y Gueorgui Nosar (Jrustalev), que en octubre de 1905 presidiría el Sóviet de Petrogrado.[5] En un principio, los dirigentes del fondo desestimaron la huelga como un ejercicio «pueril», pero tomaron las riendas al comprender que el movimiento disfrutaba de un amplio respaldo. Crearon un comité organizador para dirigir la huelga y despacharon emisarios a las otras universidades con peticiones de apoyo. El 15 de febrero, la Universidad de Moscú se unió a la huelga; la siguió la de Kiev, el 17 del mismo mes, y no mucho después todas las grandes instituciones de enseñanza superior del Imperio estaban cerradas. Alrededor de 25.000 estudiantes boicotearon las clases. Los huelguistas llamaban a poner fin a la disciplina arbitraria y la brutalidad policial, sin plantear por el momento exigencias políticas.

Las autoridades respondieron con el arresto de los dirigentes de la huelga. Con todo, funcionarios más liberales se las ingeniaron para convencerlas de que las protestas no tenían una finalidad política y de que lo mejor para contenerlas era satisfacer las legítimas demandas estudiantiles. De hecho, los propios estudiantes huelguistas creían actuar en defensa de la ley y sin cuestionar al régimen zarista.[6] Se formó una comisión encabezada por Piotr S. Vannovski, un ex ministro de la Guerra y venerable general con impecables credenciales conservadoras. Mientras la comisión investigaba, los estudiantes volvieron a clase, ignorando las protestas del comité organizador. La Universidad de San Petersburgo decidió por votación poner fin a la huelga el 1 de marzo, y en Moscú se volvió a las aulas cuatro días después.[7]

Disgustados por el giro de los acontecimientos, los socialistas del comité organizador difundieron el 4 de marzo, en nombre del cuerpo estudiantil, un manifiesto según el cual los hechos del 8 de febrero de 1899 no eran sino «un episodio más del régimen que impera en Rusia, [un régimen] que se apoya en la arbitrariedad, el secreto [bezglasnost] y la más absoluta falta de seguridad, incluida la ausencia de los derechos más indispensables y, en rigor, más sagrados del desarrollo de la individualidad humana».

El manifiesto convocaba a los opositores rusos a «organizarse para la lucha venidera», que solo terminaría «con la consecución de su principal objetivo, el derrocamiento de la autocracia».[8] A juicio del oficial de policía que informaba de estos sucesos, el documento era no tanto la expresión de los desórdenes estudiantiles como un «preludio a la Revolución rusa».[9]

El episodio recién descrito es un microcosmos de la tragedia de la Rusia tardoimperial: demuestra hasta qué punto la revolución fue el resultado, no de condiciones intolerables, sino de actitudes irreconciliables. El gobierno decidió tratar una manifestación inofensiva de personas jóvenes como un acto sedicioso, y en respuesta los intelectuales radicales transformaron las denuncias estudiantiles sobre el maltrato policial en un rechazo general del «sistema». Era absurdo, desde luego, insinuar que las demandas de los estudiantes que dieron origen a la huelga universitaria no podían satisfacerse sin el derrocamiento del régimen político del país; el restablecimiento de los estatutos universitarios de 1863 habría contribuido en gran medida a dar respuesta a dichas demandas, como debieron de creerlo la mayoría de los estudiantes dado que regresaron a las aulas tras la designación de la comisión Vannovski. La técnica de traducir demandas específicas en exigencias políticas generales se convertiría en un procedimiento habitual de los liberales y radicales rusos. Excluía los acuerdos y las reformas parciales; nada, se alegaba, podría mejorar mientras el sistema existente siguiera en pie, lo cual significaba que la revolución era un requisito previo necesario de cualquier tipo de mejora.

En contra de lo esperado, la comisión Vannovski se puso del lado de los estudiantes y responsabilizó a la policía de los acontecimientos de febrero. La conclusión a la que llegó fue que las huelgas no tenían ni un origen conspirativo ni una intención política; solo eran una manifestación espontánea de la insatisfacción estudiantil a causa del trato recibido. Vannovski propuso un retorno a los estatutos universitarios de 1863, así como una serie de reformas específicas que incluían la legalización de las asambleas estudiantiles y las zemliachestva, la reducción del tiempo dedicado al estudio del latín y la abolición de la obligatoriedad del griego. Las autoridades decidieron rechazar estas recomendaciones y prefirieron recurrir a medidas punitivas.[10]

El 29 de julio de 1899, el gobierno promulgó «normas provisionales» por las cuales se disponía que los estudiantes culpables de mala conducta política perderían la prórroga militar. En el momento de su publicación, casi todo el mundo supuso que la medida pretendía atemorizar a los estudiantes y que no sería llevada a la práctica. Pero se equivocaban. En noviembre de 1900, tras un año y medio de calma, estallaron nuevos disturbios estudiantiles, esta vez en Kiev, en protesta por la expulsión de dos estudiantes. En varias universidades se celebraron mítines de protesta en apoyo de Kiev. El 11 de enero de 1901, invocando la ordenanza de julio de 1899, Bogolépov dispuso la incorporación al ejército de 183 estudiantes de esa ciudad. Cuando la Universidad de San Petersburgo fue a la huelga en solidaridad con ellos, 27 de sus estudiantes recibieron un castigo similar. Un mes después, un estudiante llamado Piotr A. Karpóvich mató a tiros a Bogolépov; el ministro fue la primera víctima de la nueva oleada de terrorismo que en los años siguientes se cobraría miles de ellas. Para sus contemporáneos, las medidas de Bogolépov contra los estudiantes y su asesinato marcaron el inicio de una nueva era revolucionaria.[11]

Se declararon más huelgas universitarias en Járkov, Moscú y Varsovia, y centenares de estudiantes fueron expulsados mediante procedimientos administrativos. En 1901, con la esperanza de calmar la situación, el gobierno designó a Vannovski, que por entonces tenía setenta y ocho años, como sustituto de Bogolépov. El nuevo ministro introdujo modificaciones en las normas universitarias, que autorizaban las reuniones estudiantiles y suavizaban las exigencias respecto de las lenguas antiguas. Pero las concesiones no lograron apaciguar a los estudiantes; en efecto, sus organizaciones las rechazaron con el argumento de que eran una muestra de debilidad y había que aprovecharlas con fines políticos.[12] Incapaz de sosegar a las universidades, Vannovski fue destituido.

En lo sucesivo, las instituciones rusas de enseñanza superior se convirtieron en la plataforma de lanzamiento de la oposición política. Viacheslav Pleve, el archiconservador director del Departamento de Policía, opinaba que «casi todos los regicidas y muchos de los involucrados en crímenes políticos» eran estudiantes.[13] Según el príncipe Yevgueni Nikoláievich Trubetskoi, un académico liberal, las universidades estaban completamente politizadas; los estudiantes se mostraban cada vez menos interesados en los derechos y libertades académicos y solo les importaba la política, lo cual hacía imposible una vida académica normal. En 1906 describió las huelgas universitarias de 1899 como el comienzo de la «crisis general del Estado».[14]

La agitación en las instituciones de enseñanza superior se producía contra el telón de fondo de un creciente sentimiento opositor en los zemstvos, órganos de autogobierno local creados en 1864. En 1890, durante la época de las «contrarreformas», se limitaron sus derechos, medida que suscitó entre sus representantes tanta insatisfacción como los estatutos universitarios de 1884 entre los estudiantes. A finales de la década de 1890, los zemtsi comenzaron a celebrar cónclaves nacionales semilegales de visos políticos.[15]

A esas alturas, el gobierno tenía dos alternativas: podía procurar aplacar con concesiones a la oposición, hasta el momento reducida en su mayor parte a los elementos instruidos, o recurrir a medidas represivas aún más duras. Las concesiones habrían sido, qué duda cabe, la elección más prudente, porque la oposición era una alianza poco firme de elementos diversos entre los cuales debería haber sido posible, con un coste relativamente bajo, satisfacer a los más moderados y apartarlos de los revolucionarios. La represión, por otra parte, lanzó a unos en brazos de otros y radicalizó a los moderados. El zar, Nicolás II, se aferraba al absolutismo, en parte porque en virtud de su juramento de coronación se creía obligado a sostener ese sistema y, en parte, porque estaba convencido de que los intelectuales eran incapaces de administrar el imperio. No contrario del todo a hacer algunas concesiones si con ellas se restablecía el orden, no tenía paciencia; cada vez que las concesiones no producían de inmediato el resultado deseado, las abandonaba y recurría a medidas policiales.

Cuando en abril de 1902 un estudiante radical mató al ministro del Interior, Dmitri S. Sipiaguin, se resolvió otorgar a la policía facultades prácticamente ilimitadas. La designación de Viacheslav Pleve como sucesor de Sipiaguin marcó el comienzo de una política de confrontación inflexible con la «sociedad», una declaración de guerra contra todos los que desafiaran el principio de autoridad. Durante los dos años de actuación de Pleve en ese cargo, Rusia estuvo cerca de convertirse en un Estado policial en el sentido moderno y «totalitario» de la expresión.

Para sus contemporáneos, Pleve era un hombre misterioso; se desconocían hasta la fecha y el lugar de su nacimiento. Su pasado solo salió a la luz recientemente a raíz de unas investigaciones en los archivos.[16] De origen alemán, se había criado en Varsovia. Estudió derecho y luego ejerció durante un tiempo como fiscal. El verdadero inicio de su carrera burocrática se sitúa en 1881, cuando fue nombrado director del recién creado Departamento de Policía, cuyo objetivo era combatir la sedición. Se dice que fingió ser liberal para aspirar al cargo, dependiente del ministerio relativamente ilustrado entonces en funciones.[17] En adelante vivió y trabajó en el fantasmagórico mundo de la contrainteligencia política. La técnica de la infiltración y la provocación le valió éxitos brillantes, ya que con ella logró penetrar en diversas organizaciones revolucionarias y destruirlas. Tenía una excelente comprensión de los problemas relacionados con la seguridad del Estado, una indómita capacidad de trabajo y una gran destreza para acomodarse a los vaivenes de la política de la corte. Personificación del conservadurismo burocrático, no estaba dispuesto a dar voz a la población en los asuntos del Estado. Los cambios que fueran necesarios —y en principio no se oponía a ellos— debían venir de arriba, de la Corona; en palabras de su biógrafo, «no se oponía tanto al cambio como a la pérdida del control».[18] Si bien intolerante con las iniciativas públicas, se avenía a que el gobierno se encargara directamente de todo lo que exigiera reformas del statu quo. A su modo de ver, la policía no tenía meramente una función negativa —a saber, impedir la sedición (kramola)—, sino también la misión positiva de actuar con energía en la dirección de las fuerzas que la vida llevaba a la superficie y que, libradas a sí mismas, podían socavar el monopolio político del gobierno. En esta extraordinaria ampliación de las funciones policiales al ámbito de la administración positiva de la sociedad está la semilla del totalitarismo moderno. Como Pleve se negaba a distinguir entre la oposición moderada (leal) y la radical, forjó sin advertirlo un frente unido que, bajo el nombre de Movimiento de Liberación (Osvoboditelnoye Dvizheniye), forzaría al gobierno, en 1904-1905, a dejar de lado sus prerrogativas autocráticas.

Al asumir el cargo, Pleve intentó granjearse el apoyo del ala más conservadora del movimiento de los zemstvos, pero siguió tratando a sus representantes como funcionarios gubernamentales y cualquier signo de independencia por su parte como una muestra de insubordinación. Sus esfuerzos por hacer de los zemstvos una rama del Ministerio del Interior no solo lo llevaron a perder las simpatías de los miembros conservadores de esos órganos, sino que también radicalizaron a sus constitucionalistas, y como consecuencia de ello hacia 1903 tuvo que abandonar su única iniciativa conciliadora.

La reputación de Pleve entre la opinión pública sufrió un nuevo golpe con el estallido de un feroz pogromo antijudío el Domingo de Pascua (4 de abril) de 1903 en la ciudad de Kishinev, en Besarabia. El balance fue de unos cincuenta judíos muertos, otros muchos heridos y gran parte de sus bienes saqueados o destruidos. No era ningún secreto que a Pleve le disgustaban los judíos, actitud que justificaba por su presunta responsabilidad en la agitación revolucionaria (afirmaba que constituían el 40 por ciento de los revolucionarios). Aunque jamás ha salido a la luz prueba alguna de que hubiera instigado el pogromo de Kishinev, sus conocidos sentimientos antijudíos, así como su tolerancia con las publicaciones antisemitas, alentaron a las autoridades de Besarabia a creer que no pondría reparos a un hecho de esas características. Por eso, no hicieron nada por impedirlo y tampoco por detenerlo una vez desencadenado. Esta inercia, así como la pronta liberación de los fanáticos cristianos, fortalecieron la convicción, ampliamente compartida, de que él era el responsable. Pleve perdió aún más el favor de la opinión pública con sus políticas de rusificación en Finlandia y Armenia.

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3. Viacheslav Pleve.

El epítome de su régimen fue un singular experimento de creación de sindicatos manejados por la policía y conocidos como Zubatovshchina, nombre que aludía a Serguéi V. Zubátov, el jefe de la policía política de Moscú (la Ojrana). Se trataba de un audaz intento de alejar a los trabajad5ores rusos de la influencia de los revolucionarios mediante la satisfacción de sus demandas económicas. Los trabajadores rusos se habían estado movilizando desde la década de 1880. El naciente movimiento obrero era apolítico y limitaba sus demandas a mejoras en las condiciones de trabajo, los salarios y otras cuestiones propiamente sindicalistas. Pero como en la Rusia de esos tiempos toda actividad gremial organizada era ilegal, las acciones más inocuas (como la creación de círculos educativos o de ayuda mutua) adquirían automáticamente una connotación política y por lo tanto sediciosa. Este hecho fue aprovechado por intelectuales radicales que en la década de 1890 desarrollaron la técnica «de agitación» consistente en incitar a los trabajadores a hacer huelgas económicas, con la esperanza de que la inevitable represión policial los empujara a la política.[19]

Zubátov era un antiguo revolucionario convertido en acérrimo monárquico. Bajo las órdenes de Pleve, había llegado a dominar la técnica de «trabajar» psicológicamente a los jóvenes revolucionarios para inducirlos a cooperar con las autoridades. En esta tarea había aprendido mucho sobre las demandas obreras y concluido que eran políticamente inofensivas y que solo adquirían un carácter político debido a que las leyes en vigor las consideraban ilegales. Le parecía absurdo que el gobierno, al transformar las legítimas aspiraciones económicas de los trabajadores en delitos políticos, les siguiera el juego a los revolucionarios. En 1898 presentó un informe al jefe de policía de San Petersburgo, Dmitri F. Trépov, en el que sostenía que, para frustrar a los agitadores radicales, era preciso brindar a los trabajadores oportunidades lícitas de mejorar su suerte. Los intelectuales radicales no serían una amenaza seria para el sistema a menos que tuvieran acceso a las masas, y esto podía impedirse si se legitimaban las aspiraciones económicas y culturales de los trabajadores.[20] Zubátov persuadió a Trépov y otros funcionarios influyentes, incluido el gran duque Sergio Alexándrovich, el ultrarreaccionario gobernador general de Moscú, con cuya ayuda comenzó en 1900 a organizar sindicatos oficiales.[21] Esta innovación chocó con la oposición de quienes temían que las organizaciones sindicales auspiciadas por la policía no solo molestaran y confundieran a los empresarios, sino que, en caso de conflictos industriales, pusieran al gobierno en la muy incómoda posición de tener que respaldar a los obreros contra sus patronos. El propio Pleve se mostraba escéptico, pero Zubátov disfrutaba del poderoso apoyo de personas cercanas al zar. Se esperaban grandes cosas de su experimento. En agosto de 1902 fue ascendido a la dirección de la «Sección Especial» del Departamento de Policía, con lo cual quedaba a cargo de todas las oficinas de la Ojrana. Amplió la red de esta última más allá de sus tres sedes originales (San Petersburgo, Moscú y Varsovia) para establecerla en ciudades de provincia y le asignó muchas funciones antes ejercidas por otros grupos policiales. Exigía que los oficiales se dedicaran a tareas de contrainteligencia política para estar profundamente familiarizados con los escritos de los principales teóricos socialistas, así como con la historia de los partidos europeos de dicha tendencia.[22]

El plan de Zubátov pareció ser ratificado por la avidez con que los trabajadores se incorporaron a los sindicatos auspiciados por la policía. En febrero de 1903, Moscú fue el escenario de un espectáculo extraordinario: 50.000 obreros, encabezados por el gran duque Sergio, marcharon en procesión al monumento de Alejandro II. Trabajadores judíos de la Zona de Reasentamiento, que sufrían una doble desventaja a la hora de organizarse, se afiliaron en un número considerable a los sindicatos de Zubátov.

Sin embargo, el experimento estuvo al borde del fracaso en el verano de 1903, tras el estallido de una huelga general en Odesa. Cuando Pleve ordenó la intervención policial para sofocar el paro, el sindicato local auspiciado por la policía se derrumbó; al respaldar a los patronos, las autoridades revelaban la falsedad de toda la iniciativa. Un mes después, Pleve destituyó a Zubátov, aunque permitió la continuidad de algunos de sus sindicatos e incluso autorizó la creación de otros.[*]

En enero de 1904, Rusia entró en guerra con Japón. Durante mucho tiempo, los orígenes del conflicto ruso-japonés se malinterpretaron debido a las explicaciones interesadas de Serguéi Witte, el relativamente liberal ministro de Finanzas e implacable enemigo de Pleve, que atribuyó la responsabilidad en parte a reaccionarios que ansiaban desviar la atención de las dificultades internas («Necesitamos una pequeña guerra victoriosa para evitar la revolución» era la idea que él adjudicaba a Pleve) y en parte a aventureros inescrupulosos allegados a la corte. Hoy se sabe que Pleve no quería una guerra y que los aventureros desempeñaron un papel mucho más limitado de lo que Witte pretendía hacer creer a la posteridad. De hecho, el propio Witte cargó con gran parte de la responsabilidad por el conflicto.[23] Como principal arquitecto de la industrialización de Rusia, ansiaba conseguir mercados extranjeros para sus productos manufacturados. A su juicio, los destinos más prometedores para la exportación estaban en el Lejano Oriente y sobre todo en China. Witte también creía que Rusia podía ser una gran ruta de tránsito de mercancías y pasajeros de Europa occidental al Pacífico, un papel potencial del que la había privado la conclusión, en 1869, del canal de Suez. Con esos objetivos en mente, convenció a Alejandro III de autorizar la construcción de un ferrocarril a través de las inmensas extensiones siberianas. El Transiberiano, iniciado en 1886, iba a ser el ferrocarril más extenso del mundo. Nicolás, que simpatizaba con la idea de la misión de Rusia en el Lejano Oriente, apoyó la iniciativa y la llevó adelante. Las ambiciones rusas en esa región del mundo contaron con el caluroso estímulo del káiser Guillermo II, que procuraba apartar la atención de Rusia de los Balcanes, donde Austria, el principal aliado de Alemania, tenía sus propios planes. (En 1897, mientras navegaba por el Báltico, Guillermo envió un mensaje a Nicolás: «El almirante del Atlántico saluda al almirante del Pacífico».)

En las memorias que escribió tras retirarse de la vida pública, Witte afirmó que si bien había apoyado, en efecto, una vigorosa política rusa en el Lejano Oriente, solo lo había hecho con un objetivo de penetración económica, pero que generales y políticos irresponsables habían desbaratado sus planes. Esta tesis, sin embargo, no puede sostenerse si se contrasta con las pruebas halladas desde entonces en los archivos. Los planes de Witte para fomentar la penetración económica en el Lejano Oriente estaban impregnados del espíritu imperialista de la época; requerían una fuerte presencia militar que, sin duda, tarde o temprano violaría la soberanía de China y entraría en conflicto con las ambiciones imperiales de Japón. Esta conjetura se convirtió en un hecho cierto en 1895, cuando Witte tuvo la idea de acortar la ruta del Ferrocarril Transiberiano mediante un atajo por la Manchuria china. Por medio de sobornos al estadista Li Hung-chang y la promesa de una alianza defensiva, obtuvo el consentimiento de China. Un convenio en este sentido se firmó en junio de 1896, durante la visita de Li a Moscú para asistir a la coronación de Nicolás II. Los signatarios se comprometían a prestarse ayuda mutua en caso de un ataque a cualquiera de ellos o a Corea. China autorizaba a Rusia a construir una línea hasta Vladivostok a través de Manchuria, con la premisa del respeto de su soberanía en esta provincia.

Rusia violó de inmediato las condiciones del tratado al enviar numerosas unidades policiales y militares a Manchuria y establecer en Harbin una base de operaciones casi independiente. Se destinaron más tropas a esta provincia durante la rebelión de los bóxers contra Occidente (1900), y en 1898 los rusos habían obtenido de China la base naval de Port Arthur mediante un arrendamiento a largo plazo.

Con la adopción de estas medidas, y pese al deseo de Nicolás de mantener relaciones pacíficas y a las reservas de algunos ministros, Rusia se encaminó hacia un enfrentamiento con Japón. En noviembre de 1902, funcionarios rusos de alto rango celebraron una conferencia secreta en Yalta para debatir sobre las quejas de China acerca de las violaciones al tratado y los problemas causados por la renuencia de los extranjeros a invertir en las empresas rusas del Lejano Oriente. En la reunión se llegó a la conclusión de que Rusia solo podría alcanzar sus objetivos económicos en Manchuria por medio de una intensa colonización; pero, para que los rusos se asentaran allí, el gobierno debía consolidar su autoridad en la región. La opinión unánime de los participantes —Witte incluido— fue que Rusia tenía que anexionarse Manchuria o, como mínimo, controlarla de manera más rigurosa.[24] En los siguientes meses, el ministro de la Guerra, Alexéi N. Kuropatkin, instó a adoptar medidas enérgicas para proteger el Ferrocarril Transiberiano; a su entender, si Rusia no estaba dispuesta a anexionarse Manchuria tendría que retirarse de allí. En febrero de 1903, Nicolás aprobó la anexión.[25]

Los japoneses, que tenían sus propias ambiciones en la región, trataron de impedir un conflicto mediante un acuerdo sobre esferas de influencia; reconocerían los intereses rusos en Manchuria a cambio de que se reconocieran los suyos en Corea. Podría haberse llegado a un acuerdo de esa índole si Nicolás, en agosto de 1903, no hubiera prescindido de Witte como ministro de Finanzas; tras ello la diplomacia rusa en el Lejano Oriente, acéfala, quedó a la deriva. Fue entonces cuando especuladores de las altas esferas sociales, interesados en explotar los recursos madereros coreanos, agravaron las relaciones con Japón.[*] Convencidos de que Rusia no negociaría, a finales de 1903 los japoneses decidieron ir a la guerra. Aunque sabían de los preparativos de Japón, los rusos no hicieron nada, dispuestos a lograr que la responsabilidad por el inicio de las hostilidades recayera en ese país. Despreciaban por completo a los japoneses; Alejandro III los había calificado de «monos que se hacen los europeos», y el vulgo bromeaba con que asfixiaría a los makaki («macacos») con sus gorras.

El 8 de febrero de 1904, sin declarar la guerra, Japón atacó y sitió la base naval de Port Arthur. Tras hundir algunos buques de guerra rusos e inmovilizar el resto, aseguraron su dominio del mar y pudieron desembarcar tropas en la península de Corea. Las batallas ulteriores se libraron en suelo manchuriano a lo largo de la frontera coreana, muy lejos de los centros donde se concentraban la población y la industria de Rusia, lo cual implicó considerables dificultades logísticas para esta, agravadas además por el hecho de que, al estallar la guerra, el Transiberiano aún no estaba en pleno funcionamiento por no haber sido terminado aún un tramo en torno al lago Baikal. En todos los enfrentamientos, Japón demostró contar con un mando de mayor calidad y con mejor información.

La Organización de Combate Socialista Revolucionario, que dirigía las operaciones terroristas del Partido Socialista Revolucionario, tenía a Pleve a la cabeza de su lista de víctimas potenciales. El ministro tomaba todas las precauciones imaginables, pero creía ser más listo que los terroristas porque había hecho la proeza aparentemente imposible de infiltrar a uno de sus agentes, Yevno Azef, en dicha organización. Azef reveló a la policía un intento de asesinato de Pleve y esto condujo a la detención de Grigori A. Gershuni, el fanático terrorista que había fundado y dirigía el grupo. A petición del propio Gershuni, se designó a Azef como su sucesor. En 1903 y 1904 hubo varios otros intentos de asesinar a Pleve, pero por una razón u otra todos fracasaron. A esas alturas, algunos socialistas revolucionarios comenzaban a sospechar de la lealtad de Azef, por lo que este, para salvar su reputación y muy probablemente la vida, se vio por fin en la necesidad de planificar el asesinato. La operación, dirigida por Borís Sávinkov, tuvo éxito; el 15 de julio de 1904, Pleve voló en pedazos por causa de una bomba lanzada contra su carruaje.[*]

Cuando fue asesinado, Pleve era objeto de un odio universal. Hasta los liberales responsabilizaron de su asesinato al gobierno y no a los terroristas. Piotr Struve, que por entonces era el director en Alemania del principal órgano liberal, hablaba en nombre de buena parte de la opinión pública al escribir, inmediatamente después del asesinato:

Los cadáveres de Bogolépov, Sipiaguin, Bogdánovich, Bóbrikov y Von Pleve no son antojos melodramáticos o accidentes románticos de la historia rusa. Esos cuerpos marcan el desarrollo lógico de una autocracia moribunda. La autocracia rusa, en la persona de sus dos últimos emperadores y sus ministros, ha apartado y sigue apartando obstinadamente al país de todos los caminos de un desarrollo político legal y gradual. [...] Para el gobierno, lo terrible no es la liquidación física de los Sipiaguin y los Von Pleve, sino la atmósfera pública de resentimiento e indignación generada por estos exponentes de la autoridad, y que engendra en las filas de la sociedad rusa a un vengador tras otro. [...] [Pleve] creía posible tener una autocracia que infiltrara a la policía en todo —una autocracia que transformara la legislación, la administración, el saber, la Iglesia, la escuela y la familia en [órganos de la] policía—, y que un régimen de esas características podía dictar a una gran nación las leyes de su desarrollo histórico. Sin embargo, la policía de Von Pleve no fue siquiera capaz de detectar una bomba. ¡Qué lamentable idiota![26]

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4. Los restos de Pleve tras el atentado terrorista.

Struve y otros liberales llegarían a arrepentirse de estas palabras imprudentes, porque no tardaría en ser evidente que para los terroristas el terrorismo era un modo de vida, dirigido no solo contra la autocracia, sino también contra los propios «caminos de un desarrollo político legal y gradual». Pero en la excitada atmósfera de la época, con la política convertida en un espectáculo deportivo, los terroristas eran ampliamente admirados como heroicos paladines de la libertad.

La muerte de Pleve afectó profundamente a Nicolás; la emotiva entrada de su diario referida a este suceso contrasta de manera llamativa con la fría indiferencia con que registraría, siete años después, la defunción de Stolipin, un estadista de un calibre incomparablemente mayor, pero para quien Rusia ya no podía ser gobernada como una autocracia. En dos años, Nicolás había perdido a dos ministros del Interior por obra de las bombas. Una vez más tenía frente a sí la alternativa entre la conciliación y la represión. Sus inclinaciones personales lo empujaban a la represión, y bien podría haber elegido a otro conservador intransigente de no haber sido por la corriente ininterrumpida de malas noticias que llegaban del frente de guerra. El 17 de agosto de 1904, una fuerza japonesa en inferioridad numérica atacó al principal ejército ruso cerca de Liaoyang y lo obligó a retirarse a Mukden.

Esto sucedió el 24 de agosto, y al día siguiente Nicolás ofreció el Ministerio del Interior al príncipe Piotr Dmitriévich Sviátopolk-Mirski. En el espectro de la política burocrática, Mirski se situaba en el polo opuesto a Pleve; hombre de la máxima integridad y de temperamento liberal, creía que Rusia solo podría gobernarse con eficacia si el Estado y la sociedad se respetaban y confiaban el uno en la otra. La palabra favorita de su vocabulario era doveriye, «confianza». Oficial del Estado Mayor que había ejercido como gobernador en varias provincias y como viceministro del Interior —esto es, jefe de la policía—, representaba a un tipo de burócrata ilustrado más predominante de lo que suele creerse en la Rusia tardoimperial. Rechazaba por completo los métodos policiales de Sipiaguin y Pleve y, en vez de trabajar bajo su mando en el Ministerio del Interior, se había asignado a sí mismo el cargo de gobernador general de Vilna.

El ofrecimiento de Nicolás no alegró en exceso a Mirski. En su vacilación intervenían consideraciones sobre su seguridad personal; seis meses después, al retirarse, brindaría por su buena fortuna, que le había permitido sobrevivir a una misión tan peligrosa.[27] Pero, además, no creía que una persona con puntos de vista como los suyos pudiera trabajar con la corte. Para evitar malentendidos, expuso ante Nicolás su credo político:

Poco sabe usted de mí, y tal vez crea que comparto las opiniones de los dos ministros anteriores. No, al contrario: mis puntos de vista están exactamente en el polo opuesto. Después de todo, a pesar de mi amistad con Sipiaguin, tuve que renunciar al cargo de viceministro porque discrepaba de su política. La situación se ha agravado tanto que cabe considerar que el gobierno está en desacuerdo con Rusia. Es imperativo alcanzar la paz; de lo contrario, el país no tardará en dividirse entre quienes vigilan y quienes son vigilados, ¿y entonces qué?[28]

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5. Príncipe Piotr Dmitriévich Sviátopolk-Mirski.

Mirski le señaló a Nicolás la necesidad de instaurar la tolerancia religiosa, ampliar la competencia del autogobierno (hablaba de sí mismo como un «hombre de los zemstvos»), limitar el concepto de delito político a los actos terroristas y la incitación al terror, mejorar el trato dispensado a las minorías, moderar la censura y llamar a consultas a los representantes de los zemstvos. Nicolás, cuya educación excluía el desacuerdo explícito, pareció aprobar todo lo que Mirski le había dicho.[29]

La designación de este último para ocupar el cargo administrativo más importante de Rusia gozó de una acogida muy favorable. Como funcionario experimentado y con una amplia base de apoyo popular, Mirski parecía el hombre ideal para resolver la crisis política. Sus principales defectos eran su debilidad de carácter y una falta de decisión en virtud de la cual enviaba señales que inducían a la oposición a creer que el gobierno estaba dispuesto a hacer concesiones más amplias de lo que era realmente su intención.

Mirski se puso de inmediato a trabajar para granjearse el apoyo del público. Abolió los castigos corporales, relajó la censura y devolvió sus cargos a unos cuantos zemtsi prominentes deportados por Pleve. Manifestó asimismo su intención de eliminar las inhabilitaciones que afectaban a los viejos creyentes y mejorar la suerte de los judíos. Suscitó una fuerte impresión con un discurso a los funcionarios del Ministerio del Interior, publicado en la prensa, en el cual decía que la experiencia le había enseñado que el gobierno debía tener una «actitud auténticamente bienintencionada y de confianza hacia las instituciones cívicas y estamentales y hacia la población en general».[30]

Parecía estar naciendo una nueva era. Los zemtsi interpretaron en las observaciones de Mirski una invitación a celebrar un congreso nacional. Habían organizado una reunión de ese tipo en 1902, pero de manera clandestina porque era ilegal. La idea de un congreso público de los zemstvos se planteó a finales de agosto de 1904, inmediatamente después del nombramiento de Mirski, y obtuvo con rapidez la adhesión de los sectores liberal (constitucionalista) y conservador (eslavófilo) del movimiento. En un principio, los organizadores pretendieron limitar el orden del día a los asuntos de los zemstvos, pero, enterados de las observaciones de Mirski, llegaron a la conclusión de que el gobierno recibiría con beneplácito sus opiniones sobre los problemas nacionales y, en consecuencia, ampliaron el orden del día para incluirlos. Los zemtsi estimaban esencial institucionalizar los últimos cambios de las políticas gubernamentales; Mirski, después de todo, podía demostrar ser un mero instrumento de las «fuerzas oscuras» —en particular, las camarillas cortesanas— y quedar desplazado tan pronto como hubiera cumplido el objetivo de pacificar el país. En palabras de Dmitri Shípov, el más destacado de los zemtsi conservadores, muchos de sus aliados tenían la impresión de que

hasta ese momento, la confianza en la sociedad solo había sido la expresión del individuo puesto a la cabeza del Ministerio del Interior [...] era necesario que todo el gobierno asimilara el sentido de la confianza de ese único funcionario, le diese una forma legal y lo protegiera con salvaguardias, lo cual impediría que sus cambios de actitud ante la sociedad dependieran de circunstancias tan fortuitas como las modificaciones del personal al frente de los organismos gubernamentales. Se dijo, además, que era apremiante tomar las medidas pertinentes para la existencia de una actividad legislativa y otorgar participación en esta a un cuerpo representativo nacional.[31]

Según estas palabras, se aspiraba a una Constitución y un Parlamento que legislara. Algunos zemtsi conservadores consideraban que esto era ir demasiado lejos, pero, convencidos de que el gobierno quería escuchar todo el abanico de opiniones, aceptaron incluir las propuestas constitucionales en el orden del día del congreso, previsto para comienzos de noviembre.

Cuando tuvo noticia de que los zemtsi estaban organizando un congreso nacional, Mirski no solo lo aprobó, sino que pidió y recibió la bendición del zar para que se celebrara. Con ello obtuvo la impresión errónea de que la asamblea se limitaría —como, en los hechos, se habían previsto originalmente— a tratar los asuntos de los zemstvos; convencido de ello, confundió sin advertirlo al zar. Al tener noticia de la modificación del orden del día, solicitó a Shípov la postergación del congreso por varios meses. Este juzgó imposible que tuviera el tiempo necesario para ello, por lo cual el ministro le pidió que lo trasladara a Moscú. Como también en esto recibió una negativa, Mirski aceptó que el congreso se celebrara según lo programado, pero bajo la apariencia de una «consulta privada» (chastnoye soveshchaniye). Su aprobación daba la impresión engañosa de que el gobierno estaba dispuesto a considerar la posibilidad de un régimen constitucional y parlamentario.

Como esperaba que el Congreso de los Zemstvos elaborara un proyecto constitucional, Mirski le pidió a Serguéi Krizhanovski, un funcionario de su ministerio, que redactara una contrapropuesta. Su intención era confeccionar un programa que incluyera la mayor cantidad posible de demandas de la oposición que resultaran aceptables para el zar.[32]

En este clima de grandes expectativas, los grupos opositores sintieron que había llegado el momento de aunar fuerzas. El 17 de septiembre, representantes de la Unión de Liberación, de tendencia constitucionalista, celebraron una reunión secreta en París con socialistas revolucionarios y con nacionalistas polacos y finlandeses, para forjar un frente unido contra la autocracia.[*]

La Conferencia de París fue un preludio al gran Congreso de los Zemstvos celebrado en San Petersburgo entre el 6 y el 9 de noviembre de 1904, un acontecimiento que desde el punto de vista de su importancia histórica puede compararse con los Estados Generales franceses de 1789. La analogía no pasó inadvertida para algunos de los contemporáneos.[33]

El congreso celebró las sesiones en residencias privadas, entre ellas el piso de Vladímir Nabókov (el padre del futuro novelista) en Bolshaya Morskaya, desde el que se veía el Palacio de Invierno.[34] Cuando los delegados llegaban a la capital, la policía les indicaba su punto de reunión.

En el congreso se sometieron a votación unas cuantas resoluciones, la más importante de las cuales —así como la más polémica— llamaba a constituir un Parlamento electo con voz en la elaboración del presupuesto y control sobre la burocracia. Los conservadores se opusieron a esta moción con el argumento de que la democracia política era ajena a las tradiciones históricas de Rusia; querían un cuerpo estrictamente consultivo a la manera de las Asambleas de la Tierra moscovitas, que pusiera en conocimiento del trono los deseos de sus súbditos pero no se inmiscuyera en la legislación. Fueron derrotados; la resolución a favor de un Parlamento legislativo se impuso por sesenta a treinta y ocho votos. Con todo, se aceptó de manera casi unánime la idea de que el nuevo cuerpo tuviera voz en la confección del presupuesto estatal y supervisara a la burocracia.[35] Era la primera vez en la historia de la Rusia moderna que un cuerpo reunido legalmente —aun cuando fuera bajo la apariencia de una «consulta privada»— emitía resoluciones a favor de una Constitución y un Parlamento, aunque estas palabras tabú no se mencionaran.

A lo largo de las semanas siguientes, el programa adoptado por el Congreso de los Zemstvos fue el texto utilizado por los numerosos cuerpos públicos y privados que se reunieron para pronunciarse sobre las cuestiones nacionales, entre ellos el Consejo Municipal de Moscú, varias asociaciones empresariales y los estudiantes de casi todas las instituciones de enseñanza superior.[36] Para difundir el mensaje lo más ampliamente posible, la Unión de Liberación organizó una campaña de banquetes en todo el país —según el modelo de Francia en 1848—, en los que los invitados brindaban por la libertad y la Constitución.[37] El primero se realizó en San Petersburgo el 20 de noviembre, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de la reforma judicial; 676 escritores y representantes de la intelligentsia firmaron una petición en la que se pedían una Constitución democrática y una Asamblea Constituyente. Banquetes similares tuvieron lugar en otras ciudades durante noviembre y diciembre de 1904. La intelligentsia socialista, que en un principio había dado rienda suelta a su desprecio por esos asuntos «burgueses», terminó por participar y radicalizar las resoluciones. De los cuarenta y siete banquetes sobre los que existe información, se sabe que treinta y seis se alinearon con el Congreso de los Zemstvos, mientras que los once restantes fueron más allá y exigieron una Asamblea Constituyente.[38] Las autoridades provinciales, confundidas por las señales contradictorias emitidas desde la capital, no se inmiscuyeron, aun cuando Mirski, en circulares secretas, les había ordenado que impidieran la celebración de los banquetes y los dispersaran si desafiaban las prohibiciones gubernamentales.[39]

Tras la finalización de las sesiones del Congreso de los Zemstvos, Shípov informó a Mirski de sus resoluciones; el ministro escuchó en actitud comprensiva. Más adelante, ese mismo mes, el príncipe Serguéi Trubetskoi, rector de la Universidad de Moscú, presentó a petición de Mirski una propuesta de reforma, que el ministro pasó a Krizhanovski y Lopujin, el director del Departamento de Policía, para que la revisaran con el fin de entregarla al zar.[40]

La propuesta de reforma de Trubetskoi, Krizhanovski y Lopujin que Mirski presentó a Nicolás a comienzos de diciembre de 1904 era una apelación inteligentemente redactada a los instintos conservadores del zar.[41] Los autores consiguieron que las concesiones constitucionales y parlamentarias propuestas parecieran un restablecimiento de viejas prácticas, y no la innovación revolucionaria que realmente eran. Las reformas de Alejandro II, escribían, habían terminado con el régimen «patrimonial» (votchinnyi) mediante la introducción de la idea de «interés público». Marcaban

el fin del viejo orden patrimonial y, con él, de las nociones personalizadas de gobierno. Rusia dejaba de ser la propiedad y el feudo personales de su gobernante. [...] [Los conceptos] de «interés público» y «opinión pública» indicaban el surgimiento del Estado impersonal [...] con su propio cuerpo político, separado de la persona del gobernante.[42]

Se describía la legalidad (zakonnost) como algo íntegramente compatible con la autocracia, porque el zar seguiría siendo la fuente exclusiva de las leyes, que podía derogar a voluntad. El órgano representativo propuesto —que se concebía limitado a una función consultiva— se presentaba como un retorno a los días de la «verdadera autocracia», cuando los zares escuchaban la voz del pueblo.

El 7 de diciembre, altos funcionarios, presididos por Nicolás, discutieron el borrador de Mirski. La cláusula más polémica requería la incorporación al Consejo de Estado, por entonces un cuerpo exclusivamente integrado por miembros designados, de diputados elegidos por los zemstvos. Se trataba de una medida muy modesta, pero lo cierto es que introducía el principio electivo en un sistema político en el que la legislación y la administración eran el coto cerrado del monarca y de funcionarios designados por él. En defensa de su adopción, Mirski sostenía que «garantizaría la tranquilidad interna de mejor manera que las más resueltas medidas policiales».[43] Según Witte, la reunión fue muy emotiva. La mayoría de los ministros se alinearon con Mirski. El principal adversario era Konstantin Pobedonóstsev, procurador del Santo Sínodo y el conservador más influyente del régimen, que veía en la incorporación de representantes elegidos a las instituciones estatales una ruptura funesta en el sistema político tradicional de Rusia. Tras escuchar a ambas partes, Nicolás aprobó todas las propuestas de Mirski. Los presentes se retiraron de la reunión con la sensación de haber sido testigos de un acontecimiento trascendental en la historia rusa.[44]

A solicitud del zar, Witte preparó un documento formal para su firma. Pero Nicolás se lo repensó; necesitaba que le dieran alguna garantía. Antes de firmar y convertir el documento en ley, consultó al gran duque Sergio y a Witte. Ambos aconsejaron no sumar representantes elegidos al Consejo de Estado; Sergio por convicción y Witte, más probablemente, por oportunismo. Nicolás no necesitaba mucho para que lo convencieran; aliviado, tachó esta medida. «Jamás, bajo ninguna circunstancia —le dijo a Witte—, aprobaré una forma representativa de gobierno, porque la considero perjudicial para el pueblo cuyo cuidado me ha confiado Dios.»[45]

Al enterarse del cambio de opinión del zar acerca de la principal medida de su borrador, Mirski se hundió en el desánimo. Convencido de que todo estaba perdido, ofreció su renuncia, pero Nicolás lo indujo a permanecer en el cargo.

El 12 de diciembre de 1904, el gobierno hizo pública una ley «concerniente a la mejora del orden político», que, pese a su título, anunciaba todo tipo de reformas, salvo en el ámbito de la política.[46] Un conjunto de medidas se referían a la condición del campesinado, «tan presente en NUESTRO corazón». Otras se ocupaban de los derechos jurídicos y civiles de la población. Los funcionarios gubernamentales deberían rendir cuentas de sus faltas. La esfera de actividad de los zemstvos se ampliaría y sus instituciones se incorporarían a unidades administrativas inferiores. Había promesas de un seguro estatal para los trabajadores, una justicia equitativa, tolerancia religiosa y una suavización de la censura. Se modificarían, además, las regulaciones de emergencia de 1881 que habilitaban la suspensión de los derechos civiles en zonas bajo protección.

Todas estas medidas tuvieron una acogida favorable, pero la completa ausencia de concesiones políticas fue considerada en general un rechazo de las demandas del Congreso de los Zemstvos de noviembre de 1904.[47] Por eso se estimó improbable que la ley del 12 de diciembre resolviera la crisis nacional, que era de naturaleza sobre todo política.

Se crearon comisiones para redactar leyes que aplicaran el edicto del 12 de diciembre, pero sin resultado porque ni Nicolás ni la corte querían cambios y preferían dar largas al asunto. Quizá esperaban algún milagro, acaso una victoria decisiva sobre los japoneses ahora que el ministro de la Guerra, Kuropatkin, había asumido personalmente el mando de los ejércitos rusos en el Lejano Oriente. El 2 de octubre la flota del Báltico zarpó para romper el cerco sobre Port Arthur.

Pero no hubo ningún milagro. Por el contrario, el 20 de diciembre de 1904/2 de enero de 1905, Port Arthur se rindió. Los japoneses capturaron 25.000 prisioneros y lo que quedaba de la flota rusa del Pacífico.

A lo largo de 1904, las masas de Rusia se mantuvieron en calma; las presiones revolucionarias sobre el gobierno procedían exclusivamente de la élite social, a saber, los estudiantes universitarios y el resto de la intelligentsia, así como de la nobleza de los zemstvos. La tendencia dominante era liberal y «burguesa». En esas circunstancias, los socialistas desempeñaron un papel secundario, como terroristas y agitadores. La población en general —tanto los campesinos como los obreros— observaba el conflicto desde fuera. Tal como Struve escribió el 2 de enero de 1905: «En Rusia no hay todavía un pueblo revolucionario».[48] La pasividad de las masas alentó al gobierno a librar un combate de retaguardia contra los opositores, con la esperanza de que, mientras las demandas de cambio político quedaran confinadas en la «sociedad», podría rechazarlas. Todo esto cambió dramáticamente el 9 de enero con la matanza de manifestantes obreros en San Petersburgo. El llamado Domingo Sangriento expandió la fiebre revolucionaria a todos los estratos de la población e hizo de la revolución un verdadero fenómeno de masas; si el Congreso de los Zemstvos de 1904 fue los Estados Generales rusos, el Domingo Sangriento fue su toma de la Bastilla.

Dicho esto, sería incorrecto situar el comienzo de la Revolución de 1905 el 9 de enero, porque para entonces hacía más de un año que el gobierno estaba sitiado. En rigor, el Domingo Sangriento no se habría producido de no haber sido por el clima de crisis política generado por el Congreso de los Zemstvos y la campaña de banquetes.

Se recordará que en 1903 Pleve había destituido a Zubátov sin abandonar, pese a todo, el experimento de los sindicatos puestos bajo los auspicios de la policía. Uno de los sindicatos que autorizó tras el cese de Zubátov era dirigido por un sacerdote, el padre Gueorgui Gapón.[49] Hijo de un campesino ucraniano, Gapón era una figura carismática que se identificaba de todo corazón con los trabajadores y sus aflicciones. Su inspiración era León Tolstói, y solo aceptó cooperar con las autoridades tras muchas vacilaciones. Con la bendición del gobernador general de la capital, I. A. Fullon, fundó la Asamblea de Trabajadores Rusos de Fábricas y Talleres para buscar la elevación moral y cultural de la clase obrera. (Hacía hincapié en la religión y no en los problemas económicos, y solo admitía a cristianos.) Pleve aprobó el sindicato de Gapón en febrero de 1904. La organización se volvió muy popular y abrió secciones en diferentes barrios de la ciudad; hacia finales de 1904 se decía que contaba con 11.000 miembros y 8.000 asociados,[50] por lo que empequeñecía a la organización socialdemócrata de San Petersburgo, para empezar numéricamente insignificante y, además, compuesta casi en su totalidad por estudiantes. La policía vigilaba las actividades de Gapón con sentimientos encontrados, puesto que, al prosperar, su organización comenzó a mostrar señales preocupantes de independencia, hasta el punto de intentar, sin autorización, establecer filiales en Moscú y Kiev. Es difícil decir qué tenía en mente Gapón, pero no hay razón alguna para considerarlo un «agente policial» en el sentido corriente de la expresión —es decir, un hombre que traicionaba a sus camaradas por dinero—, porque simpatizaba sin lugar a dudas con sus trabajadores y se identificaba con sus aspiraciones. A diferencia del agente provocador común y corriente, tampoco ocultaba sus conexiones con las autoridades; el gobernador Fullon participaba abiertamente en algunas de sus actividades.[51] En rigor, hacia finales de 1904 costaba decidir si la policía usaba a Gapón o este a aquella, porque para entonces el sacerdote se había convertido en el dirigente sindical más destacado de Rusia.

Al principio, la única preocupación de Gapón era el bienestar espiritual de su rebaño. Pero a finales de 1904, impresionado por el Congreso de los Zemstvos y la campaña de banquetes, y posiblemente temeroso de quedar aislado, llegó a la conclusión de que la Asamblea tenía que hacer política, codo con codo con los otros estamentos.[52] Trató de entablar contacto con los socialdemócratas y los socialistas revolucionarios, pero estos lo desdeñaron. En noviembre de 1904 se comunicó con la sección petersburguesa de la Unión de Liberación, que vio con alegría la posibilidad de hacerlo participar en su campaña. Según cuenta el propio Gapón en sus memorias:

Entretanto, en noviembre se celebró el gran Congreso de los Zemstvos, al que siguió la petición de los abogados rusos en el sentido de que se garantizaran la ley y la libertad. No pude sino sentir que estaba cerca el día en que arrebataríamos la libertad de manos de nuestros antiguos opresores, y al mismo tiempo temía con espanto que, por falta de apoyo de las masas, el esfuerzo fracasara. Me reuní con varios intelectuales liberales y les pedí su opinión sobre lo que podrían hacer los trabajadores para colaborar con el movimiento de liberación. Me aconsejaron que también nosotros redactáramos una petición y la presentáramos al gobierno. Pero no me pareció que tal petición fuera de mucho valor a menos que la acompañara una gran huelga industrial.[*]

El testimonio de Gapón no deja lugar a dudas sobre el hecho de que la petición obrera que terminó en el Domingo Sangriento la formularon sus asesores del Movimiento de Liberación como parte de la campaña de banquetes y reuniones profesionales. A finales de noviembre, Gapón aceptó incorporar a su Asamblea las resoluciones del Congreso de los Zemstvos y repartir entre sus miembros publicaciones de la Unión de Liberación.[53]

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6. El gobernador Fullon visita al padre Gapón y su Asamblea de Trabajadores Rusos.

La oportunidad de declarar una gran huelga se presentó el 20 de diciembre de 1904, a raíz del despido de Putílov, la empresa industrial más grande de la capital, de cuatro obreros que eran miembros de su Asamblea. Como la dirección de la fábrica había creado poco tiempo atrás un sindicato rival, los trabajadores consideraron los despidos como un ataque contra su Asamblea y se declararon en huelga. Otras fábricas pararon en solidaridad. El 7 de enero, los huelguistas se cifraban en 82.000; al día siguiente la cantidad llegaba a 120.000. Por entonces, San Petersburgo carecía de electricidad y diarios, y todos los centros públicos estaban cerrados.[54]

Imitando la campaña de banquetes, el 6 de enero Gapón programó para el domingo siguiente una procesión de trabajadores al Palacio de Invierno para entregar una petición al zar. Como sucedía con todos los documentos redactados por la Unión de Liberación o con su ayuda, dicha petición generalizaba y politizaba demandas específicas y apolíticas, con el argumento de que la condición de los obreros no podía mejorarse sin un cambio radical del sistema político. Escrita en un lenguaje poco natural que pretendía imitar el discurso obrero, instaba a convocar una Asamblea Constituyente y planteaba otras demandas tomadas del programa de la Unión de Liberación.[55] Gapón envió copias del documento a varios altos funcionarios. Los preparativos de la manifestación siguieron adelante a pesar de la oposición de los socialistas.

Como la Asamblea de Gapón contaba con la aprobación oficial, los trabajadores no tenían motivos para pensar que la manifestación programada pudiera no ser ordenada y pacífica. Pero el gobierno temía que una procesión de miles de obreros escapara a su control y generara una ruptura del orden público. A ojos de las autoridades, Gapón era menos un agente de la policía que un «socialista fanático» que explotaba la protección policial en beneficio de sus objetivos revolucionarios. Existía, además, el temor de que los socialistas aprovecharan la agitación para impulsar sus propios planes.[56] El 7 de enero, Fullon llamó a los trabajadores a mantenerse al margen y amenazó con utilizar la fuerza en caso necesario. Al día siguiente se emitió una orden de arresto contra Gapón, pero este logró ocultarse.

Esa misma noche (8 de enero) Mirski convocó a una reunión urgente a los ministros y los altos funcionarios que estuvieran disponibles, un encuentro improvisado para ocuparse de lo que corría el riesgo de convertirse en una crisis importante. Se decidió permitir la manifestación, pero con unos límites que esta no podría superar; el Palacio de Invierno no estaba dentro de ellos. Si la persuasión no conseguía disuadir a los trabajadores, las tropas desplegadas en los límites fijados abrirían fuego. La impresión general, no obstante, era que el uso de la fuerza no sería necesario. El zar despreció como un incidente trivial la huelga de ciento veinte mil obreros y la manifestación prevista; en vísperas de la matanza anotó en su diario: «Al frente del sindicato de trabajadores está Gapón, una especie de cura socialista». Con la certeza de que la situación estaba bajo control, partió hacia Tsárkoie Seló, su residencia campestre.

Si bien era un gendarme profesional, Fullon, que tenía a su cargo la seguridad de la ciudad, era una persona amable y culta que, según Witte, no miraba con buenos ojos los métodos policiales y habría sido más útil como director de un internado para niñas.[57] Para llevar a la práctica las decisiones tomadas la noche anterior, situó tropas armadas en varios puntos clave de la ciudad.

El domingo por la mañana, cuando los trabajadores de Gapón comenzaron a congregarse en los seis puntos señalados, ya resultaba evidente que el enfrentamiento sería inevitable. Los manifestantes estaban embargados de exaltación religiosa y preparados para el martirio; la noche anterior algunos habían escrito cartas de despedida. Las columnas en marcha parecían procesiones religiosas; los participantes llevaban iconos y entonaban himnos. Al paso de los grupos hacia el centro de la ciudad, los transeúntes se sacaban el sombrero y se persignaban; algunos se unían a las columnas. Tañían las campanas de las iglesias. Todo ello sin que la policía interviniera.

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7. El Domingo Sangriento.

Finalmente, los manifestantes se encontraron con los piquetes armados. En algunos lugares las tropas dispararon al aire en señal de advertencia, pero las masas, empujadas desde atrás, no detuvieron su avance. Los soldados, sin preparación para controlar multitudes, reaccionaron de la única manera que conocían: dispararon a quemarropa contra la muchedumbre. El incidente más grave se produjo en el puente de Narva, en el sudoeste de la ciudad, donde Gapón estaba a la cabeza de la multitud. Las tropas dispararon y los manifestantes comenzaron a caer; hubo 40 muertos. Gapón se puso de pie y gritó: «¡Ya no hay Dios, no hay zar!». También hubo matanzas en otras partes de la ciudad. Si bien los periodistas hablaron de 4.600 muertos y heridos, el cálculo más preciso indica 200 y 800, respectivamente.[*] De inmediato, los desórdenes se extendieron a todo San Petersburgo. Al anochecer hubo muchos saqueos, en especial de tiendas de bebidas alcohólicas y armerías.[58]

El Domingo Sangriento generó una oleada de horror que recorrió el país entero; entre las masas, infligió un daño irreparable a la imagen del «buen zar».

Mirski recibió la orden de destitución el 18 de enero sin una sola palabra de agradecimiento; desde la creación del cargo un siglo antes, era el primer ministro del Interior que se marchaba sin un título honorífico o siquiera una medalla.[59] Su sustituto, un burócrata insípido llamado Alexánder Buliguin, también resistió todo lo que decentemente pudo el honor de ser nombrado ministro. El poder real pasó a manos de Trépov, que sustituyó a Fullon como gobernador general de la capital. Trépov, un funcionario elegante, gozaba de la completa confianza de Nicolás, que apreciaba su sinceridad y su falta de ambiciones personales; en los siguientes meses ejercería una influencia bastante beneficiosa sobre el zar y lo convencería de hacer concesiones que este hubiera preferido evitar.[*]

Como consecuencia del Domingo Sangriento se celebraron mítines de protesta en toda Rusia; zemstvos, consejos municipales y organizaciones privadas condenaron en los términos más enérgicos la brutalidad del gobierno. Los trabajadores respondieron con huelgas. En enero de 1905, más de 400.000 obreros dejaron a un lado sus herramientas; se trató de la acción huelguística más grande de la historia rusa hasta ese momento.[60] Los estudiantes universitarios abandonaron las aulas; en algunas localidades, la agitación se extendió a las escuelas secundarias. El 18 de marzo de 1905, las autoridades ordenaron el cierre de todas las instituciones de enseñanza superior durante el resto del año académico. Los estudiantes liberados engrosaron las filas de los radicales. Los disturbios fueron especialmente violentos en las zonas fronterizas. El 13 de enero, mientras se desarrollaba una huelga general en Riga, tropas rusas mataron a 70 personas. Al día siguiente, en medio de una huelga en Varsovia, 93 personas perdieron la vida y otras 31 fallecieron durante las celebraciones del Día del Trabajo (18 de abril).[61] Las peores matanzas se produjeron a mediados de junio en Odesa, donde los huelguistas recibieron el respaldo de la tripulación amotinada del acorazado Potemkin. Los informes sobre lo ocurrido allí hablaban de 2.000 muertos y 3.000 heridos graves.[62] En muchas localidades, los delincuentes aprovecharon la ruptura del orden para hacer su agosto. En Varsovia, por ejemplo, gángsteres judíos disfrazados de «anarcocomunistas» irrumpieron en las residencias de los ricos para «expropiar» el dinero y todo lo que les viniera en gana.[63]

Rusia se encontraba al borde del abismo. El país parecía bullir de ira, envidia y todos los tipos imaginables de resentimiento, hasta entonces contenidos por el temor reverencial y el miedo. Perdido ya el respeto que la población sentía por el gobierno, nada mantenía unida a la sociedad, ni el sentido cívico ni el patriotismo. Y es que era el Estado el que hacía de Rusia un país, y no a la inversa. Para muchos rusos, era un espectáculo horroroso comprobar lo tenues que eran los lazos que unían al Imperio y lo poderosas que eran las pasiones que lo dividían.

Como era su costumbre en semejantes situaciones, la primera (y a menudo la última) reacción del gobierno a una crisis interna consistía en designar una comisión para investigar sus causas, que en este caso eran las demandas obreras. Presidida por el senador Nikolái V. Shidlovski, la comisión tomó la medida sin precedentes de invitar a los trabajadores fabriles a enviar representantes. En la segunda semana de febrero de 1905 se celebraron elecciones en las fábricas de San Petersburgo, con la participación de 145.000 obreros; los delegados elegidos por ellos designaron a su vez representantes para integrar la comisión. Pese a su espectacular comienzo, esta no consiguió nada porque los trabajadores plantearon condiciones consideradas inaceptables, y de resultas de ello fue disuelta. Aun así, tuvo una importancia histórica considerable. No solo habían tenido lugar las «primeras elecciones obreras libres jamás celebradas» en Rusia,[64] sino que «por primera vez en la historia rusa había una representación electa de un gran cuerpo de trabajadores [...], y no simplemente obreros de distintas fábricas».[65] Al reconocer a los obreros como un grupo social específico, con sus propios intereses, el gobierno sentó las bases de lo que ese mismo año, más adelante, se convertiría en el Sóviet de Diputados Obreros de San Petersburgo.

La tempestad, que ponía el país al borde de la guerra civil, confundió y paralizó a Nicolás. No podía entender bajo ningún concepto por qué la gente no estaba conforme con la suerte que el destino le había asignado, tal como él mismo lo estaba; después de todo, seguía adelante a pesar de que no disfrutaba en absoluto de sus responsabilidades, difíciles y a menudo tediosas. («Si mantengo la autocracia no es por placer —le dijo a Sviátopolk-Mirski—; solo actúo de acuerdo con su espíritu porque estoy convencido de que es necesaria para Rusia. Si por mí fuera, me liberaría de ella con mucho gusto.»)[66] Durante la primera década de su reinado había seguido fielmente los pasos de su padre; pero Alejandro no había tenido que vérselas con un país en rebelión. Aunque Nicolás era partidario de sofocar la agitación por la fuerza, la policía era incapaz de hacerlo, mientras que el grueso del ejército, formado por más de un millón de hombres, estaba a miles de kilómetros de distancia combatiendo contra los japoneses. Según Witte, el país estaba prácticamente vacío de fuerzas militares,[67] de modo que no había otra alternativa que las concesiones políticas; aun así, no resultaba claro hasta qué punto podía uno salirse con la suya. Nicolás y sus asesores de confianza estaban entre la espada y la pared, conscientes por un lado de que las cosas no podían seguir como hasta entonces y temerosos, por el otro, de que cualquier cambio no hiciera sino empeorarlas.

Algunos funcionarios instaban ahora al zar a ampliar las promesas hechas en el edicto del 12 de diciembre. Tenían de su lado a los industriales, preocupados por una paralización de la producción. Entre los acontecimientos que sirvieron para suavizar la oposición de Nicolás a hacer más concesiones hay que mencionar el asesinato de su tío, el gran duque Sergio Alexándrovich, amigo y confidente, cometido el 4 de febrero de 1905 a manos de un terrorista.

El 17 de enero, el zar se reunió con Alexéi S. Yermólov, ministro de Agricultura y Bienes del Estado, un funcionario experimentado y prudente. El consejo que le dio Yermólov, primero en persona y luego en un memorándum, causó una fuerte impresión en Nicolás y parece que fue la principal inspiración de los importantes actos legislativos del 18 de febrero.[68] El ministro describía Rusia como un país al borde de la revolución. Para impedir el desmoronamiento debían adoptarse cuanto antes dos medidas: había que crear un gabinete de ministros para dar al gobierno la unidad necesaria y la capacidad de coordinar la política frente a la oposición, y ninguna de las dos cosas era posible en el sistema existente.[*] Al mismo tiempo, había que convocar una Asamblea de la Tierra (de carácter consultivo) conformada por representantes de todos los súbditos del zar, sin distinción de jerarquía social, religión o nacionalidad. Solo un cuerpo de esas características permitiría al zar establecer un contacto directo con la nación; tras el Congreso de los Zemstvos celebrado en noviembre y dominado por la nobleza de servicio, la esperanza de apoyarse en esta clase, soporte tradicional de la monarquía, ya era improcedente. Yermólov le aseguró a Nicolás que podía confiar en su pueblo. «Sé», le escribió,

que Su Majestad también escucha diferentes opiniones de sus asesores más allegados. Sé que existe la idea de que es peligroso convocar a los representantes de la nación, sobre todo en los actuales momentos de zozobra y pasiones desatadas. Se teme que en una reunión de esos representantes puedan hacerse oír voces a favor de un cambio fundamental de los antiguos cimientos de nuestro sistema estatal, de una limitación de la autoridad zarista, de una Constitución; el temor de que la Asamblea de la Tierra se convierta en una Asamblea Constituyente, de que el campesinado plantee la cuestión de una Repartición Negra,[*] de que pueda impugnarse la unidad misma de la tierra rusa. No puede negarse la probabilidad de que esas voces se dejen oír en una asamblea semejante. Pero, por otro lado, no se puede más que confiar en que, en una asamblea donde todas las clases de la población estén representadas, donde las opiniones y el espíritu del pueblo encuentren un verdadero reflejo, esas voces individuales han de ser ahogadas por la vasta mayoría que sigue siendo fiel a las tradiciones nacionales y los fundamentos autóctonos del sistema estatal ruso. Después de todo, dichas voces también se hacen oír hoy, y son más peligrosas porque el silencio de las masas no las refuta. No, Su Majestad, no hay nada que temer de esos fenómenos, que no significan ningún peligro real.[69]

En efecto, Yermólov proponía incorporar la mayoría silenciosa al proceso político para aislar así a la intelligentsia. La alternativa, en su opinión, era un masivo levantamiento campesino como Rusia no había visto desde la rebelión de Pugachov durante el reinado de Catalina la Grande.

Impresionado por estos argumentos, al día siguiente Nicolás informó a Buliguin de que estaba dispuesto a considerar la creación de un cuerpo representativo que discutiera anteproyectos de leyes.

El 18 de febrero, el zar firmó tres documentos. El primero era un manifiesto en el que se urgía a la población a contribuir al restablecimiento del orden; el segundo era una invitación a los súbditos del zar a presentar «sugerencias» sobre «asuntos concernientes a la mejora del Estado y el bienestar de la nación», y el último era un «reescrito» a Buliguin en el que se le informaba de que el zar había decidido «involucrar a los hombres más valiosos, dotados de la confianza de la nación y elegidos por el pueblo, en la elaboración y evaluación preliminares de proyectos legislativos».[70]

Mientras un grupo de expertos redactaba la propuesta de creación de una asamblea consultiva (zakonosoveshchatelnaya) o Duma, a lo largo y ancho del país se celebraban centenares de reuniones para elaborar peticiones. La respuesta a su invitación superó cualquier previsión del gobierno:

El diario contenía descripciones de las reuniones y de ese modo daba publicidad a las reclamaciones y demandas que planteaban una cantidad creciente de personas. En vez de refrenar la agitación, el ucase del monarca demostró ser [el] catalizador para movilizar a masas de individuos que antes no se habían atrevido a manifestar sus opiniones sobre cuestiones políticas. Dominada por los liberales y sus demandas, la campaña de peticiones significó en los hechos la reiteración, de una forma más intensa, de la ofensiva liberal del otoño y el invierno de 1904-1905.[71]

Los liberales aprovecharon la oportunidad brindada por el edicto del 18 de febrero para impulsar su programa, y reanudaron así la campaña de banquetes bajo la apariencia de una «campaña de peticiones». Ahora era posible, no solo en reuniones privadas sino también en asambleas públicas, pedir una Constitución y un Parlamento con facultades legislativas. Los zemtsi celebraron su segundo congreso en Moscú, en abril de 1905; la mayoría de los delegados solo estarían satisfechos con una Asamblea Constituyente. Varias asociaciones profesionales se reunieron y aprobaron resoluciones que reflejaban el espíritu de la Unión de Liberación. Los burócratas, temerosos del efecto del manifiesto en las aldeas, trataron de que este documento no estuviera al alcance de los campesinos, pero los liberales frustraron sus planes al valerse de los zemstvos provinciales y de distrito para distribuir centenares de miles de copias. Como consecuencia de ello, en la primavera de 1905 60.000 campesinos inundaron con sus demandas San Petersburgo.[72] (Salvo un puñado, permanecen inéditos y no han sido estudiados.) La campaña de peticiones contribuyó de manera inadvertida a la politización de las aldeas, aun cuando los cahiers de los campesinos parecían ocuparse principalmente de la tierra y cuestiones económicas asociadas a esta.[*]

En el transcurso de esta campaña, los liberales crearon su tercera y más poderosa organización nacional, la Unión de Uniones, que iba a desempeñar un papel decisivo en la etapa culminante de la Revolución de 1905. La Unión de Uniones (Soiuz Soiuzov) fue la más radical de las organizaciones liberales y se situaba a la izquierda tanto del Congreso de los Zemstvos como de la Unión de Liberación. La decisión de crear este órgano se tomó en el congreso de la Unión de Liberación celebrado en octubre de 1904; su objetivo era difundir el mensaje liberal entre los numerosos votantes profesionales, así como entre los trabajadores manuales y administrativos, a fin de comprometerlos en la lucha política. La intención no era que las asociaciones profesionales y gremiales constituidas bajo el patrocinio de la Unión velaran por los intereses específicos de sus miembros, sino que participaran en la campaña por la libertad política. Vasili A. Maklákov, un destacado liberal, recordaba que la Unión de Abogados, a la cual pertenecía, no promovía los intereses colectivos de sus miembros ni la causa del derecho, sino que utilizaba el prestigio de la profesión jurídica para contribuir al clamor por un Parlamento y una Constitución.[73] Y lo mismo ocurría con las otras uniones. El movimiento por la creación de organizaciones de este tipo se aceleró de manera significativa tras la publicación del manifiesto del 18 de febrero. Además de la de abogados, se crearon uniones del personal médico, los ingenieros y técnicos, los profesores, los agrónomos y estadísticos, los ayudantes de farmacia, los empleados y contables, los periodistas y escritores, los veterinarios, los empleados gubernamentales, municipales y de los zemstvos, los activistas de los zemstvos y los maestros. Se formaron organizaciones independientes para trabajar por la igualdad de los judíos y las mujeres.[74] La Unión también organizó asociaciones de masas y cosechó su mayor éxito con la creación del Sindicato de Empleados y Obreros Ferroviarios de Todas las Rusias, la organización sindical más grande del país. Más adelante desempeñó un papel esencial en la formación de la Unión Campesina. Todas estas organizaciones se adhirieron a un programa de mínimos que proponía sustituir la autocracia por un régimen constitucional y la plena vigencia de los derechos civiles de la población. En otras cuestiones, como la de la Asamblea Constituyente, tenían notables divergencias.[75] El 8 de mayo de 1905, un congreso de catorce sindicatos organizado por la Unión de Liberación en Moscú se afilió a la Unión de Uniones bajo la presidencia de Pável Miliukov. Por entonces, este, la principal figura del movimiento liberal, solo era liberal de nombre, porque estaba dispuesto a utilizar cualquier medio, incluida la huelga general, para derrocar la autocracia. En los cinco meses siguientes, la Unión de Uniones fijó prácticamente el curso de la Revolución rusa.

En el Lejano Oriente, las cosas iban de mal en peor. En febrero de 1905, los rusos combatieron con los japoneses en defensa de Mukden, una ciudad de Manchuria que Kuropatkin se había comprometido a no rendir jamás. Fue un enfrentamiento feroz entre 330.000 rusos y 270.000 japoneses. Tras perder 89.000 hombres (frente a 71.000 del enemigo), Kuropatkin decidió abandonar la ciudad.

Como si esta humillación no hubiera bastado, en mayo llegó la noticia del peor desastre de la historia naval rusa. La flota del Báltico estaba navegando frente a la costa este de África cuando se conoció la rendición de Port Arthur. Como su misión era liberar esta ciudad, el comandante de la flota, el almirante Zinovi P. Rozhéstvenski, solicitó permiso para regresar a su base. La solicitud fue denegada. Junto con la flota del mar Negro, que había atravesado el canal de Suez, Rozhéstvenski llegó entonces al mar de la China y se dirigió hacia Vladivostok por el estrecho de Tsushima, entre Corea y el sur de Japón. Allí lo esperaba una flota japonesa al mando del almirante Togo. Los buques rusos tenían armamento más pesado, pero eran más lentos y menos maniobrables. Togo también contaba con una información más precisa. El enfrentamiento, ocurrido el 14/27 de mayo de 1905, fue un desastre en toda regla para los rusos. Todos sus buques de guerra y muchas naves auxiliares fueron hundidos, y la mayor parte del resto fueron capturados; solo unos pocos lograron escapar al amparo de la oscuridad. El propio Rozhéstvenski cayó prisionero. Tsushima terminó con cualquier esperanza que el gobierno imperial pudiese tener de mantener a raya las reformas constitucionales gracias a una gloriosa victoria militar.

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8. Pável Miliukov, líder del Partido Democrático Constitucional.

La reacción inmediata de Nicolás ante la derrota de Tsushima fue designar a Trépov viceministro del Interior con amplios poderes policiales, lo cual, según Witte, hacía de él un «dictador extraoficial».[76] El zar también resolvió buscar la paz, y asignó esta ardua misión a Witte, que en junio partió hacia Portsmouth (New Hampshire), donde iban a tener lugar las conversaciones de paz bajo el patrocinio del presidente estadounidense, Theodore Roosevelt.

Serguéi Witte era el político más destacado de la Rusia tardoimperial. Sería una exageración calificarlo de estadista, porque su visión política era bastante pobre. Pero sí tenía el talento —infrecuente en Rusia, donde el gobierno y la oposición eran igualmente propensos a encastillarse en posturas doctrinarias— de ejercer la política como el arte de lo posible, y se conformaba, cuando hacía recomendaciones en la materia, con decantarse por el menor de los males. Como muchos políticos de éxito, era un oportunista hábil en perseguir sus intereses privados bajo la apariencia de un servicio público. Nadie era más apto para guiar a Rusia a través de las tormentas revolucionarias; estaba dotado de un instinto político notablemente agudo y de energía de sobra. Por desdicha para él, y posiblemente para Rusia, Nicolás no lo quería y desconfiaba de él. El menudo zar, con sus modales exquisitos, no podía tolerar al grosero y dominante ministro, que se había casado con una divorciada de dudosa reputación, mascaba chicle y, según se rumoreaba (erróneamente), era masón.

Witte descendía de una familia sueca rusificada, y había comenzado su carrera en el Departamento de Ferrocarriles del Ministerio de Comercio. Sus posiciones políticas iniciales fueron nacionalistas y favorables a la autocracia; tras el asesinato de Alejandro II se incorporó a la derechista Santa Hermandad, que planeaba utilizar el arma del terrorismo contra los terroristas. A su juicio, Rusia debía tener una monarquía fuerte y sin límites, porque más de una tercera parte de su población estaba compuesta de «extranjeros».[77] Pero estaba dispuesto a llegar a un acuerdo con la oposición y siempre prefería la negociación a la represión. Tenía una capacidad de gestión poco común y ascendió con rapidez; en 1889 quedó a cargo de los Ferrocarriles del Estado y en 1892 fue designado ministro de Finanzas. Trazó y puso en práctica ambiciosos planes para el desarrollo industrial de Rusia y desempeñó un papel esencial en la obtención de préstamos del exterior, una buena parte de los cuales se destinaron a la construcción de ferrocarriles y la compra de compañías ferroviarias privadas. Su política de crecimiento industrial a marchas forzadas despertó la enemistad de distintos grupos, en particular de la nobleza terrateniente y los funcionarios del Ministerio del Interior, en cuya opinión Witte subvertía los fundamentos agrarios del país.

Destituido en 1903 y destinado al cargo puramente honorífico de presidente del Consejo de Ministros, ahora volvieron a convocar a Witte y lo enviaron a Estados Unidos. Sus instrucciones eran vagas. No debía aceptar bajo ningún concepto el pago de una indemnización ni entregar un solo metro del «antiguo suelo ruso».[78] En todo lo demás, la decisión era suya. Witte, que tenía una fina percepción de la «correlación de fuerzas», comprendió que a Rusia no le faltaban cartas ganadoras, ya que la guerra había tensado mucho la cuerda de la economía de su enemigo y hacía que este ansiara igualmente llegar a un acuerdo. Durante su estancia en Estados Unidos explotó los sentimientos antijaponeses de los norteamericanos y se hizo popular entre la opinión pública con gestos democráticos como estrechar la mano de maquinistas ferroviarios y posar para señoras con cámaras Kodak, actitudes que, según admitiría, no le resultaban fáciles dado que no estaba acostumbrado a actuar.

En Rusia, la noticia de Tsushima elevó aún más la tensión política. El 23 de mayo, el Consejo Municipal de San Petersburgo votó a favor de las reformas políticas, y un día después hizo lo propio el Consejo Municipal de Moscú. Estos hechos eran significativos, porque hasta ese momento las instituciones de autogobierno urbano tenían más limitaciones que los zemstvos y se mantenían apartadas del Movimiento de Liberación. Entre el 24 y el 25 de mayo, los zemtsi celebraron una reunión en Moscú con su propia gente y con representantes de la nobleza y los consejos municipales.[79] La resolución emanada del encuentro instaba a convocar un cuerpo representativo nacional elegido en una votación secreta, equitativa, universal y directa; entre los signatarios estaban los presidentes de veinte consejos municipales.[80] La reunión eligió una delegación para entrevistarse con el zar, que la recibió el 6 de junio. En nombre del grupo, el príncipe Serguéi Trubetskoi, rector de la Universidad de Moscú, urgió a Nicolás a permitir que los representantes públicos entablaran un diálogo directo con él. Señaló que las derrotas militares despertaban en el pueblo el espectro de la «traición» en las altas esferas. Sin aclarar si el cuerpo propuesto debía ser consultivo o legislativo, Trubetskoi pidió que fuera elegido, no por los estamentos, sino mediante el voto democrático. «Usted es el zar de Todas las Rusias», le recordó a Nicolás. En su respuesta, este le aseguró a la delegación que estaba decidido a convocar a representantes de la nación.[81] Dicho encuentro fijó un precedente histórico, toda vez que era la primera ocasión en la que un gobernante ruso se reunía con representantes de la oposición liberal para escuchar exhortaciones a favor de un cambio constitucional.

La amplitud que había alcanzado esta demanda de cambio después de Tsushima puede apreciarse en el hecho de que un congreso de los mariscales de la nobleza (12-15 de junio) llegó a la conclusión de que Rusia estaba a las puertas de la anarquía porque solo tenía un gobierno «fantasma». Para restablecer la autoridad estatal, el zar tenía que dejar de contar exclusivamente con el funcionariado y valerse de la asistencia de «representantes elegidos de todo el territorio».[82]

En esos momentos, la totalidad del movimiento opositor se encontraba bajo la dirección de liberales y liberal-conservadores, que veían en la Constitución y el Parlamento una manera de fortalecer el Estado e impedir la revolución.[83] Los revolucionarios seguían desempeñando un papel marginal e iban a remolque de los liberales. Así sería hasta octubre.

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9. Serguéi Witte en Portsmouth (New Hampshire), verano de 1905.

El 23 de junio, un diario publicó los primeros informes sobre las discusiones que tenían lugar en el gobierno en relación con la Duma, como iba a llamarse el nuevo órgano representativo. En julio se filtró más información sobre el tema a raíz de una reunión secreta en Peterhof. (Las filtraciones se debían a un profesor de historia rusa de la Universidad de Moscú, Vasili Kliuchevski, que participaba en la comisión redactora en calidad de asesor.)[84] Las disposiciones de lo que popularmente llegaría a ser conocida como «Constitución de Buliguin» se dieron a conocer de manera oficial el 6 de agosto.[85] Debido a las filtraciones, el público, aunque desilusionado, no se sintió sorprendido. Era la misma historia de siempre: demasiado poco y demasiado tarde. Una propuesta que seis meses atrás habría sido bien recibida, ahora no satisfacía a nadie; mientras que la oposición pedía un Parlamento legislativo y hasta una Asamblea Constituyente, el gobierno ofrecía un cuerpo consultivo sin poder. La nueva Duma Estatal iba a limitarse a deliberar sobre propuestas legislativas presentadas por el gobierno para su consideración, y luego debía enviarlas al Consejo de Estado para su redacción final. El gobierno ni siquiera estaba obligado a consultar a la Duma; el documento reafirmaba de forma explícita la «inviolabilidad del poder autocrático». Como concesión a las demandas liberales, el voto no se basaba en el estamento, sino en requisitos de propiedad, fijados en un nivel alto. Muchas de las regiones no rusas quedaban privadas de él, y tampoco podrían votar los obreros industriales. En San Petersburgo y Moscú, apenas entre el 5 y el 10 por ciento de los residentes podrían votar, mientras que en las ciudades de provincias esa proporción era del 1 por ciento e incluso menos.[86] El derecho al sufragio estaba deliberadamente sesgado en beneficio de los campesinos gran-rusos. Según Witte, durante las deliberaciones de la comisión Buliguin se dio por sentado

que el único [grupo] con el cual se podía contar en la situación turbulenta y revolucionaria de la Rusia de entonces era el campesinado, y que los campesinos eran el baluarte conservador del Estado, razón por la cual la ley electoral debía atenerse principalmente a ellos, esto es, que la Duma debía ser en lo fundamental campesina y expresar puntos de vista campesinos.[87]

El supuesto nunca había sido puesto a prueba y en definitiva demostró ser completamente erróneo, pero cuadraba con la profunda convicción de la corte en el sentido de que las presiones a favor del cambio político solo surgían de las ciudades y de los grupos étnicos no rusos.

Aun cuando la llamada Duma de Buliguin tenía poco que ofrecer, representaba una gran concesión, apreciada de manera inadecuada por sus contemporáneos: «El autócrata y su gobierno, que siempre habían afirmado ser los mejores y únicos jueces de los verdaderos intereses del pueblo, estaban ahora dispuestos, al menos, a consultar con este de manera permanente y exhaustiva».[88] Al hacerlo, el zar aceptaba el principio de la representación, algo que apenas ocho meses antes había afirmado que «jamás» haría. Witte, que también sabía que la propuesta no estaba a la altura de lo que se necesitaba, tenía no obstante la certeza de que la Duma pasaría en poco tiempo de ser una institución consultiva a convertirse en una institución legislativa con todas las de la ley; solo los «burócratas eunucos» podían haberse engañado con la idea de que Rusia se conformaría con un «Parlamento consultivo».[89]

Los liberales tenían que optar ahora por aceptar la Duma de Buliguin como un hecho consumado, pedir al zar que la modificara o apelar a la nación a fin de que presionara al gobierno. Un congreso conjunto de los zemstvos y los consejos municipales celebrado a comienzos de julio, momento en el cual ya se conocía lo más esencial de la propuesta del gobierno, debatió sobre dichas opciones. Los participantes más conservadores temían que un llamamiento directo a la población enardeciera a los campesinos, que ya empezaban a movilizarse, pero la opinión casi unánime era que carecía de sentido elevar una petición al zar. La mayoría decidió exhortar a la población a contribuir a la consecución de un «progreso pacífico»; una manera velada de animarla a la desobediencia civil.[90]

A pesar de esta deriva de la situación, en agosto y septiembre de 1905 el país pareció llamarse al sosiego; el anuncio del 6 de agosto, con la promesa de una Duma, y la perspectiva de paz con Japón tuvieron un efecto tranquilizador. Nicolás, convencido de que lo peor había pasado, reanudó la rutina de la vida de la corte e ignoró las advertencias de funcionarios bien informados, entre ellos Trépov, de que la calma era engañosa.

Tras conseguir negociar condiciones mucho más ventajosas de lo que nadie se había atrevido a esperar, Witte regresó triunfalmente a Rusia. En virtud del Tratado de Portsmouth, firmado el 5 de septiembre (NE), Rusia entregaba la mitad sur de la isla de Sajalín y aceptaba que Japón adquiriera la península de Liaotung, incluida Port Arthur, así como su hegemonía sobre Corea, que, al igual que la península, no eran anteriormente de propiedad rusa. No iba a haber ninguna indemnización. Si se consideraba la responsabilidad de Rusia por la guerra y su humillación militar, el precio era bajo.[*]

Las apariencias no engañaron a Witte. No solo el gobierno era incapaz de reafirmar su autoridad, sino que la sociedad rusa estaba bajo los efectos de una psicosis que la hacía convencerse de que «las cosas no pueden seguir así». Witte creía que toda Rusia estaba en huelga.[91]

Y, en efecto, una huelga de alcance nacional estaba en ciernes.

La idea de recurrir a una huelga general para poner de rodillas al gobierno había sido incluida en el orden del día de la Unión de Uniones poco después del desastre de Tsushima. En ese momento, el Buró Central de la organización había tomado en consideración las resoluciones de dos de sus afiliadas más radicales —el Sindicato de Empleados y Obreros Ferroviarios y la Unión de Ingenieros—, que proponían organizar una huelga política general. Se formó un comité para estudiar el asunto,[92] pero poco se hizo hasta comienzos de octubre, cuando el centro de la resistencia política volvió a desplazarse hacia las universidades.

Al acercarse la inauguración del nuevo año académico, el gobierno hizo concesiones inesperadamente generosas a las universidades. Por consejo de Trépov, el 27 de agosto se promulgó una normativa que permitía a los cuerpos docentes elegir a los rectores y a los estudiantes celebrar asambleas. Para evitar enfrentamientos con estos últimos, Trépov ordenó que la policía permaneciera fuera de los recintos universitarios; la responsabilidad de mantener el orden recayó en los consejos de profesores.[93] Estas medidas de liberalización eran una respuesta bastante avanzada a las objeciones planteadas a los impopulares estatutos universitarios de 1884. Pero su efecto fue el contrario del previsto: en vez de aplacar a los estudiantes, brindaron a su minoría radical la oportunidad de transformar las universidades en un espacio de agitación obrera.

Entre agosto y principios de septiembre de 1905, el debate estudiantil se centró en decidir si reanudar o no los estudios. Una abrumadora mayoría apoyaba la reapertura de las facultades; una votación en la Universidad de San Petersburgo mostró que los partidarios de esta medida superaban a quienes la rechazaban en una proporción de siete a uno.[94] Pero por ser jóvenes y por lo tanto sensibles a las acusaciones de egoísmo, los estudiantes llegaron a una solución de compromiso. En septiembre, un congreso estudiantil de ámbito nacional en el que estaban representadas veintitrés instituciones de enseñanza superior rechazó las mociones que propiciaban boicotear las clases. Sin embargo, como una concesión a los radicales y una prueba de conciencia política, aceptó abrir las universidades a quienes no eran estudiantes para realizar mítines políticos.[95]

El menchevique Fiódor [Theodore][*] Dan había planteado esta táctica el verano anterior en las páginas de Iskra, el órgano socialdemócrata, donde exhortaba a los estudiantes a regresar a las facultades, no para estudiar, sino para hacer la revolución:

La violación sistemática y sin tapujos de todos los puntos de las «regulaciones» [rasporiadok] policíaco-universitarias, la expulsión de toda clase de celadores, inspectores, supervisores y espías, la apertura de las aulas a todos los ciudadanos que quieran entrar, la transformación de las universidades e instituciones de enseñanza superior en lugares de reuniones populares y mítines políticos: tal debe ser el objetivo de los estudiantes cuando regresen a las aulas de las que se han marchado. La transformación de las universidades y academias en propiedad del pueblo revolucionario: tal es la manera de formular sucintamente la tarea del alumnado. [...] Esta transformación, como es obvio, hará de las universidades uno de los centros de concentración y organización de las masas de la nación.[96]

Sin que esta fuera su intención, las reglas de Trépov posibilitaban estas tácticas revolucionarias.

La minoría militante aprovechó sin tardanza la oportunidad de invitar a trabajadores y otros no estudiantes a reuniones políticas en los recintos de la universidad. Convertidas las instituciones de enseñanza superior en «clubes políticos», el trabajo académico se tornó imposible; los profesores y estudiantes que no se amoldaban a la nueva situación eran objeto de intimidaciones y hostigamiento.[97] Los trabajadores respondieron con lentitud a la invitación de los militantes estudiantiles, pero la curiosidad pudo más. Al circular el rumor de que los estudiantes los trataban con respeto, comenzó a aumentar la cantidad de asistentes obreros. Al principio, estos escuchaban los discursos, pero pronto empezaron a tomar la palabra.[98] Escenas similares se produjeron en otras ciudades universitarias, entre ellas Moscú. Era un espectáculo sin precedentes ver a estudiantes radicales incitar a los trabajadores a la huelga y la rebelión sin que interviniera la policía. La esperanza de Trépov de que sus reglas más laxas permitieran a los estudiantes «desahogarse» se había derrumbado por completo. En opinión de Witte, las regulaciones universitarias del 27 de agosto eran un desastre: «Fueron la primera brecha a través de la cual la revolución, que había madurado en la clandestinidad, irrumpió a plena luz».[99]

A finales de septiembre se desencadenó una nueva oleada de huelgas en el centro de Rusia. Si bien tenían una motivación económica, se politizaron con rapidez gracias a los esfuerzos de la Unión de Uniones y los estudiantes radicales que seguían su ejemplo.

Las huelgas que iban a culminar en la huelga general de mediados de octubre comenzaron el 17 de septiembre con el paro de los tipógrafos de Moscú. La disputa, que se inició pacíficamente, tenía que ver con los salarios, pero los estudiantes universitarios no tardaron en darle un color político. Los huelguistas se enfrentaron con la policía y los cosacos. Otros trabajadores se unieron a las protestas. El 3 de octubre, los tipógrafos de San Petersburgo se lanzaron a la huelga en solidaridad con sus colegas.[100] Hasta la formación del Sóviet de San Petersburgo, el 13 de octubre, las universidades funcionaron como los centros de coordinación del movimiento huelguístico, porque eran las únicas instituciones rusas donde era posible celebrar mítines políticos sin la intervención policial.[101] Sus aulas y otras instalaciones se utilizaron como ámbito de concentraciones políticas con miles de asistentes. Trubetskoi, el rector de la Universidad de Moscú, estaba resuelto a no permitir que su institución se transformara en un campo de batalla político y ordenó su cierre el 22 de septiembre. (Fue su última medida, porque murió repentinamente una semana después; su funeral en Moscú dio pie a una gigantesca manifestación política.) Pero la Universidad de San Petersburgo y el Instituto Tecnológico de dicha ciudad permanecieron abiertos, lo cual les permitió desempeñar un papel crucial en los acontecimientos que llevarían a la huelga general.

La agitación industrial en Moscú y San Petersburgo alcanzó dimensiones nacionales con la intervención de los trabajadores ferroviarios. Antes se ha señalado que el Sindicato de Empleados y Obreros Ferroviarios de Todas las Rusias, afiliado a la Unión de Uniones, había discutido desde el verano de 1905 la posibilidad de organizar una huelga general política. La acción de los ferroviarios comenzó con un incidente menor. A finales de septiembre, las autoridades convocaron una consulta para discutir con representantes de los trabajadores ferroviarios cuestiones relacionadas con su derecho a recibir una pensión. Entre el 4 y el 5 de octubre se difundieron falsos rumores sobre el arresto de los trabajadores asistentes a dicha reunión. El Sindicato de Empleados y Obreros Ferroviarios se valió de ello para llevar a cabo su plan. El 6 de octubre pararon los ferrocarriles de Moscú, dejando aislada la ciudad. La huelga se extendió a otras urbes y pronto se unieron a ella los trabajadores fabriles y de las comunicaciones y los empleados administrativos. En todos los casos, la Unión de Uniones y sus organizaciones afiliadas se cercioraban de que los huelguistas plantearan exigencias políticas, en particular la convocatoria de una Asamblea Constituyente elegida mediante una votación con cuatro características: universal, directa, secreta y equitativa. En parte espontáneo y en parte dirigido, el movimiento se encaminaba hacia una paralización total de las actividades. El 8 de octubre, la Unión de Uniones instó a sus miembros a respaldar a los trabajadores ferroviarios y crear comités de huelga en todo el país. El escenario estaba preparado para una huelga general.[*]

El 6 de octubre, mientras el movimiento cobraba impulso, Witte solicitó una audiencia con el zar, concedida tres días después. Inclinado en el pasado a decirle a Nicolás lo que este quería oír, Witte fue ahora brutalmente franco. El zar, dijo, tenía dos opciones: designar a un dictador militar o hacer grandes concesiones políticas. La justificación de esta segunda alternativa se esbozaba en un memorándum que Witte había llevado consigo.[*] Es casi indudable que Nicolás le contó a su esposa lo que había sucedido, porque se pidió a Witte que volviera a Peterhof al día siguiente, 10 de octubre, para repetir sus argumentos en presencia de la zarina. Alejandra no pronunció una sola palabra a lo largo del encuentro.

La lectura detenida del memorándum de Witte indica que estaba familiarizado con el programa de la Unión de Liberación y, en particular, con los escritos de Struve, su principal teórico. Sin decirlo en estos mismos términos, aquel proponía la adopción de la plataforma que Struve había propiciado en las páginas del órgano de la Unión, Liberación: «La consigna de “libertad” debe convertirse en el lema de la actividad gubernamental. No hay otra manera de salvar al Estado».[*] La situación era crítica. El país se había radicalizado peligrosamente y las masas, perdida ya su confianza en el gobierno, estaban dispuestas a destruir los cimientos mismos de la nación:

El avance del progreso humano es imposible de detener. La idea de la libertad humana triunfará, y si no es por la vía de la reforma será por la vía de la revolución. Pero en este último caso surgirá de las cenizas de la destrucción de un millar de años de historia. La bunt [rebelión] rusa, estúpida y despiadada, barrerá con todo, lo convertirá todo en polvo. El tipo de país que ha de surgir de esta prueba nunca vista supera la imaginación humana; los horrores de la bunt rusa quizá excedan todo lo conocido en la historia. Es posible que la intervención extranjera despedace el país. Los intentos de llevar a la práctica los ideales del socialismo teórico —fracasarán, pero se harán, no cabe duda de ello— destruirán la familia, la expresión de la fe religiosa, la propiedad, todos los fundamentos de la ley.[102]

Para impedir semejante catástrofe, Witte proponía satisfacer las demandas de los liberales y, de ese modo, apartarlos de los revolucionarios. Una vez roto el frente unido de la oposición, sería posible pacificar a los liberales y aislar a los radicales. Para el gobierno, el único curso realista de acción —y era preciso tomarlo de inmediato, no había tiempo que perder— consistía en «apoderarse audaz y abiertamente del Movimiento de Liberación». El gobierno debía adoptar el principio del constitucionalismo y democratizar el derecho restringido al voto utilizado para la Duma consultiva. Tenía que considerar la posibilidad de que la Duma escogiera a los ministros y estos fueran responsables ante ella o al menos gozaran de su confianza. Ni una Constitución ni un Parlamento con facultades legislativas, le aseguró Witte a Nicolás, debilitarían la autoridad del zar; antes bien, la fortalecerían. Otra de sus propuestas, como una manera de calmar la agitación social, era mejorar las condiciones de los trabajadores, los campesinos y las minorías étnicas, así como garantizar la libertad de expresión, de prensa y de reunión.

Era un programa revolucionario, fruto de la desesperación, porque Witte comprendía que el gobierno no disponía de los efectivos militares necesarios para restablecer el orden por la fuerza.[*] Aunque el 9 y 10 de octubre, así como en los días siguientes, mencionaría la represión militar como una alternativa, lo hizo para guardar las formas; sabía muy bien que la única opción realista era rendirse.

Sus propuestas fueron objeto de intensas discusiones en la corte y los altos círculos burocráticos. Nicolás, incapaz de decidirse acerca de los drásticos cambios sugeridos por Witte, solo aceptó en un principio tomar una medida burocrática que se le reclamaba desde mucho tiempo atrás, a saber, la creación de un gabinete de ministros. El 13 de octubre, Witte recibió un telegrama en el que se le comunicaba su designación como presidente del Consejo de Ministros «con la finalidad de unificar la actividad de todos los ministerios».[103] Convencido de que esto implicaba el rechazo de sus propuestas, solicitó ver al zar. Al encontrarse con este le dijo que no veía posibilidad alguna de ejercer como primer ministro a menos que se adoptara todo su programa. Pero el 14 de octubre se le invitó a volver a Peterhof a la mañana siguiente con el borrador de un manifiesto.

Mientras Nicolás sopesaba las sugerencias de Witte, el país se acercaba a la paralización. La semana siguiente a la primera visita de Witte a Peterhof (10-17 de octubre), decisiva en la historia de Rusia, es difícil de desentrañar debido a las afirmaciones contrapuestas de varios grupos de la oposición que las fuentes hoy a nuestro alcance no permiten poner en orden. A juicio de las autoridades policiales, bien informadas, la huelga general y el Sóviet de San Petersburgo eran obra de la Unión de Uniones. Trépov no dudó un instante en atribuir a esta última la creación del Sóviet de San Petersburgo y en sostener que era la «organización central» de este.[104] Esa era también la opinión del jefe de la Ojrana de la capital, el general Alexánder V. Gerásimov, para quien la influencia de que disfrutaba la Unión en octubre de 1905 se debía a que daba a los dispersos grupos opositores un programa común: «En las huelgas antes mencionadas, la iniciativa principal y el trabajo organizativo corresponden a la Unión de Uniones».[105] El 10 de noviembre, en un mensaje a su madre, Nicolás decía que «la famosa Unión de Uniones [...] ha dirigido todos los desórdenes».[106] En sus memorias, Miliukov corrobora este punto de vista, si bien prefiere atribuir dicho papel a la organización matriz, la Unión de Liberación. Sostiene que las reuniones iniciales de trabajadores de las que resultó la creación del sóviet se celebraron en casas de miembros de la Unión de Liberación y agrega que el primer llamamiento a su formación salió de la prensa de esta organización.[107] Los mencheviques rechazaron airadamente esta afirmación e insistieron en que eran ellos quienes pusieron en marcha el sóviet, pretensión que contó con el respaldo de algunos de los primeros historiadores comunistas.[108] Hay, en efecto, pruebas de que el 10 de octubre los mencheviques, en su mayoría estudiantes, convocaron a los trabajadores de San Petersburgo a elegir un comité que se encargara de la dirección de la huelga.[109] Pero también hay indicios de que los trabajadores, conforme al precedente establecido por la Comisión Shidlovski, eligieron en forma independiente a sus representantes, a quienes llamaron starosti, nombre que se daba a los funcionarios electos de las aldeas; algunos de estos habían participado en dicha comisión.[110] La explicación más verosímil es que la Unión de Uniones puso en marcha el sóviet y que los jóvenes mencheviques contribuyeron a reunir a los obreros fabriles en su apoyo. Esta era la conclusión a la que llegaba el general Gerásimov.[111]

El 10 de octubre, los trabajadores de las comunicaciones y los empleados de servicios de empresas públicas y privadas de San Petersburgo se declararon en huelga. La noche siguiente, más de 30.000 personas, en su mayor parte trabajadores y otros no estudiantes, llenaron los salones de actos y las aulas de la universidad. La multitud votó unirse a la huelga ferroviaria.[112] El día 13, todo el tráfico ferroviario ruso estaba prácticamente paralizado; tampoco funcionaban las líneas de telégrafos. Cada vez más obreros industriales, así como empleados administrativos, se unían a la huelga.

Ese mismo día, el sóviet celebró su primera sesión en el Instituto Tecnológico de San Petersburgo, en la que estaban presentes unos cuarenta intelectuales y representantes de los trabajadores. La reunión se había convocado para crear un centro que dirigiera la huelga. En un principio, el sóviet no fue más que eso, como lo reflejan los nombres utilizados en sus primeros cuatro días de existencia: Comité de Huelga (Stachenni komitet), Sóviet de los Trabajadores Unidos (Obshchi Rabochi Soviet) y Comité de los Trabajadores (Rabochi Komitet). Hubo que esperar hasta el 17 de octubre para que se adoptara el nombre de Sóviet de Diputados Obreros.[*] Quince de los representantes presentes se eligieron ese día, mientras que los restantes habían sido elegidos con anterioridad, ese mismo año, para participar en la Comisión Shidlovski.[113] La sesión inaugural se ocupó de la huelga. Se publicó un llamamiento a los trabajadores a mantener el paro a fin de forzar la convocatoria de una Asamblea Constituyente y la adopción de la jornada laboral de ocho horas.

En la segunda sesión del sóviet, el 14 de octubre, se eligió como presidente permanente al menchevique Gueorgui Nosar (Jrustalev). (En 1899, este había sido uno de los líderes de la huelga estudiantil en la Universidad de San Petersburgo.) A esas alturas, la vida pública de la capital estaba paralizada. La perspectiva Nevski se iluminaba con reflectores instalados en la cúspide del Almirantazgo.

En ese momento (14 de octubre), Trépov lanzó una advertencia ante la posibilidad de nuevos desórdenes y amenazó con recurrir a las armas de fuego.[114] Había hecho rodear por tropas la Universidad de San Petersburgo y a partir del 15 de octubre ya no permitió concentraciones en ella. Algunos días después cerró la universidad para el resto del año académico. Elementos derechistas empezaron a apalear a judíos, estudiantes y cualquier otra persona que pareciera un intelectual. Era peligroso usar gafas.[*] Ese fue el comienzo de la violencia por parte de masas incontroladas, que después de la proclamación del Manifiesto de Octubre adquiriría proporciones enormes, con cientos, si no millares, de muertos y una inmensa destrucción de bienes.

En su tercera sesión, el 15 de octubre, el sóviet adoptó una organización formal. Estaban presentes 226 delegados de 96 empresas industriales. Había también un buen número de socialistas, entre ellos los bolcheviques, que al principio habían boicoteado el sóviet porque se oponían a la formación de «órganos de autogobierno proletario antes de la toma del poder».[*]

En esta sesión del 15 de octubre se tomó una medida organizativa que, aunque apenas advertida en esos momentos, tendría las más graves consecuencias en febrero de 1917, cuando el Sóviet de San Petersburgo volvió a la vida. Ese día se constituyó un Comité Ejecutivo (Ispolnitenyi Komitet o, abreviado, Ispolkom) de treinta y un miembros, catorce de los distritos de la ciudad, ocho de los sindicatos y nueve (29 por ciento) de los partidos socialistas. Estos últimos asignaron tres escaños a cada una de las dos facciones del Partido Socialdemócrata, los mencheviques y los bolcheviques, y otros tres a los socialistas revolucionarios. Los intelectuales socialistas no fueron elegidos por el sóviet, sino designados por sus respectivos partidos. Aunque solo tenían un voto consultivo, su experiencia y sus aptitudes organizativas les aseguraban un papel dominante en el Ispolkom y, a través de él, en el sóviet en general. En 1917, el Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado estaría exclusivamente compuesto por intelectuales nombrados por los partidos socialistas.[115] La creciente influencia de la intelligentsia radical halló expresión en un llamamiento a los trabajadores lanzado por el sóviet el 15 de octubre con una amenaza explícita de coerción física contra los rompehuelgas. «Quienes no están con nosotros están contra nosotros, y a estos el sóviet ha decidido aplicarles métodos extremos: el uso de la fuerza.» El llamamiento instaba a los huelguistas a cerrar por la fuerza las tiendas que hicieran caso omiso de la huelga y a impedir la distribución de los periódicos gubernamentales.[116]

En la reunión del 17 de octubre, la organización adoptó el nombre de Sóviet de Diputados Obreros (Soviet Rabochij Deputatov) y amplió el Comité Ejecutivo a cincuenta miembros, con siete puestos para cada uno de los partidos socialistas, que alcanzaban entonces un total de veintiuno (42 por ciento). Se decidió, además, publicar Izvestia como órgano oficial del sóviet.

Sóviets similares surgieron en unas cincuenta ciudades de provincia, así como en algunas zonas rurales y unas pocas unidades militares, pero el de San Petersburgo disfrutó desde el principio de una posición de primacía indiscutida.

El 14 de octubre, a última hora de la tarde, Witte recibió un telegrama de Peterhof en el que se le solicitaba presentarse a la mañana siguiente con el borrador de un manifiesto. Según afirma el propio Witte, no pudo escribirlo porque no se sentía bien, por lo cual encargó la tarea a Alexéi Obolenski, un miembro del Consejo de Estado que casualmente pasaba la noche en su casa.[117] Como es improbable que se le escapara la importancia de dicho documento, y dado que tanto antes como después del acontecimiento parecía gozar de buena salud, la explicación más verosímil de su renuencia a aprovechar la oportunidad única de hacer historia es que temía cargar con la responsabilidad de una medida que, lo sabía, el zar tomaba con el más profundo disgusto. Si le damos crédito, su primer contacto con el manifiesto se produjo a la mañana siguiente a bordo de un barco que lo llevaba, junto con Obolenski, a Peterhof (recuérdese que los ferrocarriles estaban en huelga).[118][*]

Para redactar a grandes líneas el texto, Obolenski se basó en las resoluciones del Congreso de los Zemstvos celebrado en Moscú entre el 12 y el 15 de septiembre. Los zemtsi habían rechazado la Duma de Buliguin por juzgarla completamente inadecuada, y exponían su propio programa:

1. Garantías en cuanto a los derechos personales, libertad de expresión y publicación, libertad de reunión y asociación.

2. Elecciones a la Duma sobre la base de un sufragio universal.

3. La Duma tendría una voz determinante tanto en la legislación como en el control del presupuesto del Estado y la administración.[119]

Obolenski tomó, para redactar el texto, no solo los contenidos, sino también el formato de las resoluciones del Congreso de los Zemstvos de septiembre. En consecuencia, la parte fundamental del Manifiesto de Octubre resultó ser poco más que una paráfrasis de las demandas de dichos órganos.

El zar pasó la mayor parte del 15 de octubre en compañía de Witte y otros dignatarios, discutiendo y corrigiendo el manifiesto. Entre los consultados estaba Trépov, en cuyo juicio y buena fe Nicolás seguía teniendo una confianza ilimitada, por lo que le envió el memorándum de Witte y el borrador del manifiesto y le pidió su opinión sincera. Aun cuando se aprestaba a firmar el documento, el zar debía de considerar la posibilidad de recurrir a la fuerza militar, porque también le preguntó a Trépov cuántos días creía posible mantener el orden en San Petersburgo sin derramamiento de sangre, y si era acaso factible reafirmar la autoridad sin que hubiera numerosas víctimas.[120]

En su respuesta del día siguiente (16 de octubre), Trépov coincidía en general con las propuestas de Witte, si bien recomendaba limitarse en las concesiones a los liberales. A la pregunta de si podía restablecer el orden en la capital sin correr el riesgo de provocar una matanza, respondía que «no podría dar una garantía semejante ni ahora ni en el futuro; la rebelión [kramola] ha alcanzado un nivel en el que es dudoso que pueda evitarse [el derramamiento de sangre]. Todo lo que nos queda es tener fe en la misericordia de Dios».[121]

Todavía sin estar convencido, Nicolás pidió al gran duque Nicolás Nikoláievich que asumiera poderes dictatoriales. Al parecer, el gran duque respondió que las fuerzas para ejercer una dictadura militar no existían y que, a menos que el zar firmara el manifiesto, él se pegaría un tiro.[122]

El 17 de octubre, Witte presentó al zar un informe (doklad) donde se sintetizaban los fundamentos del manifiesto, y que debía publicarse junto con este. En dicho informe, Witte volvía a plantear su convencimiento de que la agitación que afligía a Rusia no era el resultado de defectos específicos del sistema político del país ni de los excesos de los revolucionarios. Había que buscar la causa en un nivel más profundo, «el perturbado equilibrio entre los esfuerzos intelectuales de la sociedad pensante de Rusia y las formas externas de su vida». El restablecimiento del orden, por tanto, requería cambios fundamentales. En el margen Nicolás escribió: «Tómese como guía».[123]

Esa noche, tras persignarse, Nicolás firmó el manifiesto. Su parte operativa consistía en tres artículos paralelos a la resolución en tres partes del Congreso de los Zemstvos de septiembre de 1905:

Imponemos al gobierno la obligación de ejecutar nuestra voluntad inflexible:

1. de otorgar a la población fundamentos inviolables de libertad civil [basada] en los principios de la genuina inviolabilidad de la persona, las libertades de conciencia, expresión, reunión y asociación;

2. sin posponer en la medida de lo posible las elecciones programadas a la Duma del Estado, en vista del escaso tiempo que resta antes de la convocatoria de dicho cuerpo, de incluir en su labor las clases de la población que hasta ahora han estado completamente privadas del derecho al voto, y ampliar en el futuro, por medio de la nueva legislatura, el principio del sufragio universal, y,

3. de establecer en toda su pureza la regla de que ninguna ley entrará en vigor sin la aprobación de la Duma del Estado, y de que los representantes del pueblo tendrán la oportunidad concreta de participar en la supervisión de la legalidad de las acciones de las autoridades designadas por Nosotros.[*]

Antes de retirarse, Nicolás escribió en su diario: «Después de semejante día, la cabeza pesa y los pensamientos son confusos. Quiera el Señor ayudarnos a salvar y pacificar Rusia».

La proclamación del Manifiesto de Octubre, acompañado del informe de Witte del 17 de octubre, desató tumultuosas manifestaciones en todas las ciudades del imperio; nadie esperaba tamañas concesiones. En Moscú, una multitud formada por 50.000 personas se congregó frente al teatro Bolshói. También otros miles se reunieron espontáneamente en las otras ciudades, con vivas y cantos. El 19 de octubre, el Sóviet de San Petersburgo votó a favor de poner fin a la huelga general.[124] El paro también concluyó en Moscú y otros lugares.

Dos aspectos del Manifiesto de Octubre exigen una explicación, porque de lo contrario gran parte de la historia política de la última década del régimen imperial será incomprensible.

En primer lugar, el manifiesto se le arrancó a Nicolás bajo coacción, prácticamente a punta de pistola. Por esa razón, el zar nunca se sintió moralmente obligado a respetarlo.

En segundo lugar, en él no se mencionaba la palabra «Constitución». La omisión no era producto de un descuido. Aunque se ha afirmado que Nicolás no comprendió que se había comprometido a aceptar una Constitución,[125] las fuentes de la época no dejan lugar a dudas de que era consciente de lo que hacía. Así, el 19 de octubre le escribió a su madre que el otorgamiento de autoridad legislativa a la Duma significaba, «en esencia, una Constitución».[126] Aun así, quería evitar a toda costa la detestada palabra para mantener la ilusión de que seguía siendo un autócrata. Los partidarios de reformas liberales le habían asegurado que bajo un régimen constitucional él continuaría siendo la fuente exclusiva de las leyes, y que siempre podría derogar lo que hubiera concedido.[*] Nicolás creyó en esa explicación porque lo ayudaba a aliviar su conciencia, perturbada por la idea de la posible violación del juramento de coronación. Este autoengaño —el absurdo concepto de un autócrata constitucional— provocaría en los años venideros un sinfín de problemas en las relaciones entre la Corona y la Duma.

Pero al proclamarse el Manifiesto de Octubre, estos problemas no eran evidentes para los liberales y los liberal-conservadores, confiados en que estaban en los albores de una nueva era. Incluso los altos oficiales de la policía se decían unos a otros, solo a medias en broma, que pronto no tendrían nada que hacer.[127]

Witte aceptó asumir la presidencia del Consejo de Ministros con la condición innegociable de que se le permitiera actuar como un auténtico primer ministro y escoger su gabinete. Como Yermólov, Krizhanovski y otros funcionarios experimentados, pensaba que un ministerio unido y disciplinado era absolutamente necesario con vistas a la inminente confrontación del gobierno con un Parlamento electo.[128] Aunque no había motivos para que ese ministerio no estuviera integrado en exclusiva por burócratas, Witte creía que el gabinete sería mucho más eficaz si incluía a algunas figuras públicas respetadas.

El 19 de noviembre inició las conversaciones con Dmitri Shípov, Alexánder Guchkov —un industrial prominente—, el príncipe Yevgueni Nikoláievich Trubetskoi —profesor de filosofía y hermano del recientemente fallecido rector de la Universidad de Moscú— y otras figuras públicas.[129] Las personas a las que ofreció cargos en el gobierno eran de tendencia liberal-conservadora y mantenían una buena relación tanto con la oposición como con la burocracia. El mero hecho de que un ministro eligiera un gabinete carecía de precedentes (y de secuelas, cabría agregar). «Por primera vez en la historia zarista, una persona que no fuera el zar decidía por sí sola la identidad de la mayoría de los ministros.»[130]

Las negociaciones fracasaron al cabo de una semana. Las personas abordadas por Witte rechazaron el ofrecimiento con el argumento aparente de que no podían trabajar con Piotr Durnovó, a quien aquel había ofrecido el Ministerio del Interior. Durnovó había estado envuelto en un asunto sórdido que también involucraba a su amante y al embajador español. Se desconfiaba de él, además, por su vieja relación con la policía. Pero el país estaba sumido en el caos, al borde de una guerra civil, y para restablecer el orden hacía falta un administrador experimentado. Y daba la casualidad de que Durnovó tenía la experiencia y la inteligencia práctica imprescindibles para la tarea. Witte se negó a ceder ante quienes lo criticaban, porque comprendía que el destino de las reformas dependía de su capacidad de pacificar el país lo más rápidamente posible. Aun así, a juzgar por la suerte corrida por los ulteriores intentos de incorporar figuras públicas al gobierno, también fracasados en su totalidad, es incuestionable que Durnovó no era más que un pretexto. Hasta los líderes de la oposición moderada y liberal-conservadora temían ser acusados de traición por los liberales y socialistas, para quienes el Manifiesto de Octubre era solo un trampolín hacia la creación de una República rusa. Si entraban en el gobierno corrían el peligro de aislarse de la sociedad sin que aumentara su influencia sobre las políticas, dado que no tenían garantías de que la burocracia no los utilizara en su propio beneficio. Pero la preocupación por la seguridad personal también desempeñaba un papel importante. «No sería sincero», escribió Witte en retrospectiva,

si no señalara la impresión, tal vez plenamente infundada, de que en la época las figuras públicas estaban atemorizadas por las bombas y las Browning que eran de uso habitual contra los que estaban en el poder, y de que ese era uno de los motivos internos que susurraban a cada cual, en lo más recóndito de su alma: «Lo más lejos posible del peligro».[131]

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10. Una multitud celebra la proclamación del Manifiesto del 17 de octubre de 1905.

Witte se comportaba como un primer ministro occidental no solo en la elección de su gabinete, sino también al solicitar a los gobernadores y las autoridades militares, que en Rusia tenían responsabilidades administrativas, que presentaran informes diarios. Asimismo, creó una oficina de prensa para promover una cobertura informativa favorable a él.[132] Estas prácticas no eran del agrado de la corte, recelosa ante la posibilidad de que Witte se valiera de la crisis para acumular poder personal y erigirse en un «gran visir». Tenemos un testimonio de lo insegura que era la posición de Witte en una carta de Nicolás a su madre, en la que se aludía al primer ministro, que tenía que negociar con banqueros judíos del exterior a fin de obtener préstamos para Rusia, como un «camaleón» en quien solo confiaban «hebreos extranjeros».[133]

El Manifiesto de Octubre, y la ley de amnistía política que lo siguió, consiguieron en buena medida mitigar las huelgas y otras formas de agitación radical en las ciudades. Al mismo tiempo, desencadenaron desórdenes aún más violentos de elementos derechistas contra aquellos a quienes hacían responsables de obligar al zar a conceder algo tan poco ruso como una Constitución, así como de campesinos contra terratenientes. Sería fútil buscar alguna lógica en esos excesos, que arreciarían durante los dos años siguientes. Se trataba del estallido de rencores reprimidos, motivado por el derrumbe de la autoridad; irracionales e incluso antirracionales, sin un programa, representaban la bunt rusa que Witte temía y esperaba prevenir.

El día posterior a la proclamación del Manifiesto de Octubre estallaron pogromos antijudíos a lo largo y ancho del imperio, acompañados de ataques a estudiantes e intelectuales. El pánico embargó a los judíos de la Zona de Reasentamiento y de ciudades como Moscú, donde muchos de ellos vivían con permisos temporales; era un miedo que no sentían desde la Edad Media. Hubo apaleamientos y asesinatos, acompañados del saqueo y el incendio de propiedades judías. Odesa, que tenía un historial de violencia extrema, fue testigo del más salvaje de los pogromos, en el cual murieron alrededor de quinientos judíos. Era común que treinta, cuarenta o más de ellos perdieran la vida en una ciudad de tamaño mediano.[134]

Si bien sometía a los judíos a fuertes discriminaciones, en el pasado el gobierno ruso no había alentado los pogromos e incluso los había reprimido, temeroso de que la violencia antijudía se descontrolara y se dirigiera contra los propietarios y funcionarios rusos. En efecto, ambos tipos de violencia tenían una base psicológica común, ya que si bien los intelectuales radicales consideraban «reaccionarios» los pogromos antijudíos y «progresistas» los ataques a propietarios, sus perpetradores no hacían esa distinción. Ante el espectáculo de policías y cosacos de brazos cruzados mientras las turbas apaleaban y robaban a los judíos, los campesinos interpretaban que las autoridades hacían la vista gorda ante los ataques contra todos los bienes no comunales y sus propietarios. Entre 1905 y 1906, en muchas localidades los campesinos atacaron fincas de hacendados cristianos, movidos por la impresión de que el zar, que toleraba los pogromos antijudíos, no pondría objeciones a las agresiones contra terratenientes.[*] Así pues, al impedir la violencia antijudía, el establishment actuaba en defensa de sus propios intereses.

Sin embargo, frustrados por el curso de los acontecimientos, los monárquicos estaban perdiendo de vista esas realidades; no solo toleraban los excesos antijudíos sino que los promovían activamente. Tras asumir el cargo de primer ministro, Witte se enteró de que el Departamento de Policía, valiéndose de prensas que había confiscado a los revolucionarios, imprimía y repartía en secreto llamamientos a los pogromos antijudíos; Witte puso fin a esta práctica, pero no antes de que se hubiese cobrado muchas vidas.[135] Incapaces de explicar lo que había pasado con su idealizada Rusia como no fuera culpando a los presuntos villanos, entre quienes los judíos ocupaban el lugar preferente, los monárquicos ventilaban su furia de una manera que alentaba la violencia generalizada. Nicolás demostró haber caído también en este engaño autodestructivo cuando escribió a su madre, el 27 de octubre, que «nueve de cada diez revolucionarios son hebreos [zhidi]». Esto explicaba y presumiblemente justificaba la ira popular contra ellos y las otras «malas personas», entre las cuales el zar incluía a los «agitadores, ingenieros y abogados rusos».[136][*] En diciembre de 1905, Nicolás aceptó la insignia de la Unión del Pueblo Ruso (Soiuz Russkogo Naroda), una organización monárquica recién formada que aspiraba a restablecer la autocracia y propiciaba la persecución de los judíos.

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11. Tras un pogromo antijudío en Rostov del Don; el esqueleto incendiado de un templo y una residencia particular, octubre de 1905.

A la sazón, sin embargo, la causa principal de la agitación no eran los judíos y los intelectuales, sino los campesinos. El campesinado malinterpretó por completo el Manifiesto de Octubre al suponer que daba a las comunas la autorización de tomar el control del campo. En la primavera de 1905 hubo algunos desórdenes rurales, que aumentaron durante el verano y solo estallaron a partir del 17 de octubre.[137] Tras saber que las huelgas y los pogromos en las ciudades quedaban impunes, los campesinos sacaron sus propias conclusiones. A partir del 23 de octubre, cuando estallaron desórdenes a gran escala en la provincia de Chernígov, la oleada de disturbios rurales siguió creciendo hasta comienzos del invierno, para reaparecer en la primavera de 1906 y alcanzar unas dimensiones aún mayores. Solo se aquietaría por completo en 1908, tras las salvajes medidas represivas dictadas por el primer ministro Stolipin.

Sorprendentemente, en la revuelta agraria de 1905-1906 hubo poca violencia de índole personal; existe un solo caso confirmado de asesinato de un terrateniente, si bien se denunció la muerte de cincuenta campesinos no comunales que eran particularmente detestados.[138] En algunas localidades, los ataques a las fincas fueron acompañados de pogromos antijudíos. El objetivo principal de la jacquerie no era infligir daños físicos a personas ni apropiarse siquiera de tierras, sino privar a los terratenientes y otros propietarios no campesinos de la oportunidad de ganarse la vida en el campo; que «se esfumaran», como solían decir. En palabras de un observador: «El movimiento [campesino] se dirigía casi exclusivamente contra los bienes raíces y no contra los terratenientes; los campesinos no tenían interés alguno en estos, pero sí que necesitaban las tierras».[139] La idea era sencilla: obligar a los terratenientes a abandonar el campo y vender sus tierras a precio de ganga. Con este fin, los campesinos talaban los bosques del hacendado, enviaban el ganado a pastar en sus campos, destrozaban la maquinaria y se negaban a pagar el arriendo. En algunos lugares se prendió fuego a las casas solariegas. Las mayores violencias se produjeron en las provincias del centro de Rusia y en las zonas del Báltico; las menores, en las regiones del oeste y del sudoeste, antaño parte de Polonia. Los más propensos a embarcarse en ellas eran los jóvenes aldeanos y los soldados que regresaban del Lejano Oriente; en todas partes, la ciudad actuaba como un estímulo. En sus asaltos a las propiedades, los campesinos no discriminaban entre terratenientes «buenos» y «malos»; las fincas de intelectuales liberales y revolucionarios no quedaron al margen. Los propietarios conservadores que se defendían sufrieron menos que los liberales con conciencia de culpa.[140] Como veremos, los campesinos tuvieron un considerable éxito en su campaña para desalojar a los propietarios no campesinos.

En un esfuerzo por cortar de raíz la agitación agraria, a comienzos de noviembre el gobierno redujo las cuotas pendientes de las amortizaciones (pagos por la tierra entregada a los siervos emancipados en 1861) y prometió abolirlas por completo en enero de 1907, pero dichas medidas contribuyeron poco a llevar la calma a los distritos rurales.

En 1905 y 1906, los campesinos, por regla general, se abstuvieron de tomar las tierras que codiciaban por temor a que no se les permitiera quedarse con ellas. Aún esperaban un gran reparto nacional de todas las tierras no comunales, pero si bien antes contaban con que el zar lo ordenara, ahora depositaban sus esperanzas en la Duma. Cuanto antes expulsaran a los terratenientes, pensaban, más rápido se produciría el reparto.

Para gran decepción de Nicolás, el Manifiesto de Octubre no logró pacificar Rusia. El zar estaba impaciente con Witte; el 10 de noviembre se quejó de que este había prometido que no toleraría actos violentos tras la proclamación del Manifiesto, pero en realidad los desórdenes no habían hecho más que empeorar.[141]

El gobierno afrontaba una prueba de fuerza más, esta vez con la izquierda radical. En este conflicto no había cabida para soluciones de compromiso, porque los socialistas solo se conformarían con una revolución política y social.

Las autoridades toleraban el Sóviet de San Petersburgo, que seguía celebrando sesiones aunque ya no tenía un propósito claro. El 26 de noviembre se ordenó el arresto de Nosar, su presidente. El presídium de tres miembros (uno de los cuales era León Trotski) que lo reemplazó resolvió responder con un levantamiento armado. La primera acción, de la que se esperaba que causara un derrumbe financiero, fue un llamamiento al pueblo (el llamado Manifiesto Económico), dado a conocer el 2 de diciembre, en el que se le instaba a interrumpir los pagos al Tesoro, retirar el dinero de las cuentas y aceptar únicamente metálico o divisas. Al día siguiente, Durnovó allanó el sóviet y encarceló a alrededor de 260 diputados (cerca de la mitad de sus miembros).[142] Tras esas detenciones se reunió un nuevo sóviet bajo la presidencia de Alexánder Helphand (Parvus), el teórico de la «revolución permanente».[143] El 6 de diciembre, el Sóviet de San Petersburgo publicó un llamamiento a una huelga general que debía iniciarse dos días más tarde. A pesar de la bendición que le dio la Unión de Uniones, el llamamiento fue ignorado.[144]

Los socialistas tuvieron más éxito en Moscú. El sóviet de esta ciudad, formado tardíamente, el 21 de noviembre, por intelectuales de los tres principales partidos socialistas, decidió impulsar la revolución más allá de su etapa «burguesa». Sus seguidores eran trabajadores semicualificados, muchos de ellos obreros de la industria textil, profesional y culturalmente menos maduros que sus homólogos de la capital. La principal fuerza que sostenía dicha tentativa era el Comité Bolchevique de Moscú.[145] El levantamiento de Moscú fue, en la Revolución de 1905, el primero liderado por los socialistas. El 6 de diciembre, el sóviet decidió por votación desencadenar al día siguiente una insurrección armada con el propósito de derrocar al gobierno zarista, convocar una Asamblea Constituyente y proclamar una república democrática.[*]

El 7 de diciembre, la ciudad de Moscú quedó paralizada; la huelga fue impuesta por agentes del sóviet que amenazaban con recurrir a la violencia a quien se negara a cooperar. Dos días después, las fuerzas gubernamentales lanzaron un ataque contra los insurgentes, que respondieron con tácticas de guerrilla urbana. La llegada del regimiento Semiónovski, que utilizó artillería para dispersar a los insurrectos, zanjó la cuestión. El 18 de diciembre, el Comité Ejecutivo del Sóviet de Moscú capituló. En el levantamiento perdieron la vida más de 1.000 personas y zonas enteras de la antigua capital quedaron devastadas.

Lo que siguió fue una orgía de represalias en las que la policía identificaba a estudiantes para apalearlos. Una cantidad desconocida de personas involucradas en la insurrección o sospechosas de haber participado en ella fueron ejecutadas sumariamente, y se enviaron expediciones punitivas a las provincias.

A mediados de abril de 1906, Witte renunció, sobre todo porque pensaba que el zar ya no confiaba en él. Antes de dejar el cargo, logró obtener un préstamo internacional de 844 millones de rublos para Rusia —el más grande otorgado hasta entonces a un país— con el que fue posible estabilizar su economía, perjudicada por la guerra y la revolución. Además, el préstamo liberó durante algún tiempo a la Corona de su dependencia de la Duma, cuya inauguración estaba prevista para poco después.[146] El sustituto de Witte fue Iván Goremikin, un burócrata adorado en la corte por su devoción eslava. Witte, designado para integrar el Consejo de Estado, la cámara alta del nuevo Parlamento, dedicó los años que le quedaban de vida (murió en 1915) a dictar sus memorias y odiar al sucesor de Goremikin, Piotr Stolipin.

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12. Miembros del Sóviet de San Petersburgo camino del destierro en Siberia, 1905. En la primera fila, a la izquierda, con abrigo oscuro, León Trotski.

El año 1905 marcó el apogeo del liberalismo ruso, el triunfo de su programa, su estrategia y sus tácticas. Fueron la Unión de Liberación y las organizaciones asociadas a ella, el movimiento de los zemstvos y la Unión de Uniones, las que empujaron a la monarquía a conceder un régimen constitucional y parlamentario. Aunque más adelante reclamarían el mérito, en esa campaña los socialistas en general y los bolcheviques en particular solo desempeñaron un papel auxiliar; su única iniciativa independiente, el levantamiento de Moscú, terminó en desastre.

El triunfo de los liberales, sin embargo, distaba de estar asegurado. Como pronto demostrarían los acontecimientos, eran una minoría atrapada en el fuego cruzado entre los extremismos conservador y radical. Decididos como los conservadores a impedir la revolución, los liberales estaban no obstante comprometidos con los radicales, dado que la amenaza revolucionaria era la única palanca que tenían para incitar a la Corona a hacer aún más concesiones. En última instancia, esta contradicción sería la causa de su desaparición.

La Revolución de 1905 modificó de manera sustancial las instituciones políticas rusas, pero dejó intactas las actitudes políticas. La monarquía siguió ignorando las implicaciones del Manifiesto de Octubre e insistiendo en que, en realidad, nada había cambiado. Sus partidarios de la derecha y las turbas inspiradas por ellos anhelaban castigar a quienes habían humillado al zar. La intelligentsia socialista, por su parte, estaba más resuelta que nunca a aprovechar la probada debilidad del gobierno e impulsar la siguiente etapa de la revolución, de carácter socialista. Las experiencias de 1905 la volvieron no menos, sino más radical. La extraordinaria debilidad de los lazos que mantenían unida a Rusia quedó a la vista de todos, pero mientras que para el gobierno ello implicaba la necesidad de una autoridad más firme, para los radicales era una fuente de oportunidades de destrucción del orden existente. No es de sorprender que tanto el gobierno como la oposición vieran la Duma no como un vehículo para alcanzar acuerdos, sino como una arena de combate, y la una y la otra parte se dedicaron a vilipendiar a las voces sensatas que abogaban por la cooperación.

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La Rusia europea.

Es justo decir, por consiguiente, que la Revolución de 1905 no solo no logró resolver el problema más acuciante de Rusia —el distanciamiento entre gobernantes y gobernados—, sino que lo agravó. Y, en la medida en que son las actitudes y no las instituciones o las realidades económicas y sociales «objetivas» las que determinan el rumbo de la política, solo los más optimistas podían mirar el futuro con alguna confianza. De hecho, Rusia solo había ganado un respiro.

2

La Rusia oficial

Los acontecimientos descritos ocurrieron en un país que en muchos aspectos era único. Gobernado (hasta 1905) por una monarquía absoluta, administrado por una burocracia todopoderosa y compuesto de castas sociales, Rusia se asemejaba a un despotismo oriental. Sus ambiciones internacionales, empero, y las políticas económicas y culturales necesarias para promoverlas, le inyectaban un dinamismo cuyo origen era occidental. La contradicción entre el carácter estático del orden político y social y el dinamismo de la economía y la vida cultural producía una situación de tensión endémica. Confería al país un halo de impermanencia, de expectativa; como dijo por entonces un visitante francés, Rusia parecía en cierto modo «inconclusa».[1]

Hasta el Manifiesto de Octubre, Rusia fue una autocracia (samoderzhaviye). Las viejas Leyes Fundamentales definían a su soberano, formalmente designado emperador (Gosudar Imperator), como «ilimitado» (neogranichennyi) y «autocrático» (samoderzhavnyi). El primer adjetivo significaba que no estaba sujeto a ninguna restricción constitucional y el segundo, que no estaba limitado institucionalmente.[2] La autoridad del emperador tuvo su definición original en el Reglamento Militar de 1716 dictado por Pedro el Grande (capítulo 3, artículo 20), que aún estaba en vigor en 1900: «Su Majestad es un monarca absoluto [samovlastnyi] que no está obligado a responder de sus actos ante nadie en el mundo, pero que tiene el poder y la autoridad para gobernar sus estados y sus tierras como un soberano cristiano, de acuerdo con su deseo y su voluntad [blagomneniye]».

El emperador era la fuente exclusiva de las leyes y ordenanzas. Según el artículo 51 de las viejas Leyes Fundamentales, «ningún cargo [mesto] o función [pravitelstvo] del reino puede, por propia iniciativa, sancionar una nueva ley, y ninguna ley puede entrar en vigor sin la sanción de la autoridad autocrática». En la práctica se reveló la imposibilidad de imponer un absolutismo tan rígido en un país con ciento veinticinco millones de habitantes y que era la quinta economía del mundo, y con el paso del tiempo se invistió al funcionariado de una creciente autoridad discrecional. No obstante, se hacía repetidamente hincapié en el principio autocrático, y cualquier cuestionamiento que se hiciera sobre este, de hecho o de palabra, propiciaba una persecución salvaje.

A primera vista, la autocracia no difería de las monarquías de la Europa del Ancien Régime y por ello era vista mayoritariamente, dentro y fuera de Rusia, como un anacronismo. Pero examinado más de cerca, en el contexto de su propio pasado, el absolutismo ruso poseía características singulares que lo distinguían del de los Borbones, los Estuardo o los Hohenzollern. Los viajeros europeos que visitaban Moscovia en los siglos XVI y XVII, cuando el absolutismo del Ancien Régime estaba en su apogeo, quedaban impresionados ante las diferencias entre lo que estaban acostumbrados a vivir en sus países y lo que veían en Rusia.[3] Los rasgos peculiares del absolutismo ruso en su forma inicial, que se extendió desde el siglo XIV hasta finales del XVIII, estaban marcados por la ausencia prácticamente de la institución de la propiedad privada, que en Occidente ponía límites concretos a la autoridad del poder real. En Rusia, el concepto mismo de propiedad (en el sentido romano de dominio absoluto sobre los objetos) fue desconocido hasta que Catalina II, de origen alemán, lo introdujo en la segunda mitad del siglo XVIII. La Rusia moscovita había sido administrada como una hacienda privada, y sus habitantes y territorios, con todo lo que contenían, eran tratados como una propiedad de la Corona.

Desde la época de Hobbes, este tipo de régimen ha recibido el nombre de «patriarcal» o «patrimonial».] Su rasgo distintivo es la fusión de la soberanía y la propiedad, de tal manera que el monarca se ve a sí mismo y es visto por sus súbditos como el gobernante del reino y, a la vez, como su propietario. En su momento de mayor desarrollo, el régimen patrimonial ruso descansaba sobre cuatro pilares:

1. El monopolio de la autoridad política.

2. El monopolio de los recursos económicos y el comercio mayorista.

3. El derecho del gobernante a exigir servicios ilimitados de sus súbditos; falta de derechos tanto individuales como colectivos (estamentales).

4. El monopolio de la información pública.

Tras afirmar a comienzos del siglo XVIII su pretensión de ser una potencia europea, Rusia había tenido que igualar a sus rivales occidentales en poderío militar, productividad económica y cultura. Esta exigencia forzó a la monarquía a desmantelar en parte las instituciones patrimoniales que tan útiles le habían sido cuando Rusia era en esencia una potencia oriental que competía con otras potencias de la zona. A mediados del siglo XVIII, la monarquía reconoció el derecho a la propiedad de la tierra y bajo sus otras formas; la palabra «propiedad» (sobstvennost, del alemán Eigentum) fue incorporada a la lengua rusa en esa época. Al mismo tiempo, la Corona comenzó a retirarse de las actividades manufactureras y comerciales. Aunque según los criterios occidentales, el Estado ruso de 1900 todavía era un actor importante en la economía nacional, por entonces el país tenía un próspero mercado libre y las instituciones capitalistas correspondientes. Aunque violara los derechos humanos, el zarismo respetaba la propiedad privada. El gobierno también abandonó poco a poco la pretensión de que sus súbditos lo sirvieran ilimitadamente, al liberar del servicio estatal obligatorio primero a la nobleza de servicio (dvorianstvo) (1762) y un siglo después (1861) a los siervos. Siguió insistiendo en su derecho a censurar las publicaciones, pero como su manera de ejercerlo no era estricta ni coherente, la circulación de ideas no se vio seriamente afectada, tanto más cuanto que había pocas restricciones a los viajes al extranjero.

Así, hacia 1900, y con una sola excepción, el régimen patrimonial era cosa del pasado; dicha excepción era el sistema político del país. Si bien había «manumitido» a la sociedad en los planos económico, social y cultural, la Corona persistía en su negativa a darle voz en materia de legislación y administración.[*] No dejaba de insistir en que tenía un derecho exclusivo a ejercer el poder legislativo y ejecutivo, que el zar era a la vez «autocrático» e «ilimitado» y que todas las leyes debían emanar de él. En esa época, la mayoría de los rusos instruidos veían claramente como una anomalía la incompatibilidad de la Constitución política de Rusia con sus realidades económica, social, cultural y hasta administrativa. En efecto, ¿cómo podía conciliarse el avanzado estado de la economía industrial y la cultura de Rusia con un sistema político que trataba a sus habitantes como seres incapaces de gobernarse a sí mismos? ¿Por qué un pueblo que había engendrado a Tolstói y a Chéjov, a Chaicovski y a Mendeléiev, tenía que ser gobernado por una casta de burócratas profesionales, la mayoría de los cuales carecían de educación superior y en la que muchos eran notoriamente corruptos? ¿Por qué podían los serbios, los finlandeses y los turcos tener una Constitución y un Parlamento y los rusos no?

A primera vista, estas preguntas parecen imposibles de contestar, y sin embargo tenían respuestas a las que, habida cuenta de lo sucedido después de 1917, merece prestar atención.

Los elementos educados y económicamente avanzados de la población rusa que reclamaban derechos políticos eran una minoría visible pero pequeña. La principal inquietud de la administración imperial eran los cincuenta millones de campesinos gran-rusos concentrados en las provincias centrales, porque la seguridad interna del imperio dependía en última instancia de su pasividad y lealtad.[*] El campesino tenía sus demandas, pero no de carácter político; era tan incapaz de imaginar otro sistema de gobierno como de imaginar otro clima. Se acomodaba bien al régimen porque podía entenderlo sobre la base de su experiencia personal en la casa campesina, que estaba organizada conforme al mismo modelo:

La autoridad del soberano es ilimitada, como la del padre. Esta autocracia es solo una prolongación de la autoridad paterna. [...] Desde la base hasta la cima, el inmenso Imperio del Norte se muestra, en todas sus partes y todos sus niveles, construido según un solo plan y un solo estilo; todas las piedras parecen provenir de la misma cantera y el edificio entero descansa sobre un solo cimiento, la autoridad patriarcal. Este aspecto que le es propio inclina a Rusia hacia las viejas monarquías de Oriente y la aparta decididamente de los modernos estados de Occidente, todos ellos basados en el feudalismo y el individualismo.[4]

El campesino gran-ruso, con siglos de servidumbre a sus espaldas, no solo no anhelaba derechos civiles y políticos, sino que, como se indicará más adelante, despreciaba dichas ideas. El gobierno tenía que ser voluntarioso y fuerte, es decir, capaz de exigir una obediencia indiscutida. Un gobierno limitado, sujeto a restricciones externas y tolerante con la crítica, era para el campesino una contradicción en los términos. Para los funcionarios encargados de administrar el país y familiarizados con estas actitudes campesinas, un orden constitucional de tipo occidental significaba una sola cosa: la anarquía. Los campesinos lo interpretarían como su liberación de todas las obligaciones con el Estado, que solo cumplían porque no tenían otra alternativa: no más impuestos, no más levas y, sobre todo, no más tolerancia con la propiedad privada de la tierra. Incluso los funcionarios relativamente liberales veían a los campesinos rusos como salvajes a quienes solo podía mantenerse a raya en la medida en que creyeran que sus gobernantes estaban hechos de otro «barro».[5] En muchos aspectos, la burocracia trataba a su población como las potencias europeas trataban a sus súbditos coloniales; algunos observadores, en efecto, trazaban un paralelismo entre la administración rusa y el servicio civil británico en la India.[6] Hasta los burócratas más conservadores comprendían que la seguridad interna no podría basarse para siempre en la coerción, y que tarde o temprano sería inevitable el establecimiento de un régimen constitucional, pero se conformaban con dejar esta cuestión a las generaciones futuras.

El otro obstáculo a la liberalización era la intelligentsia, definida en líneas generales como una categoría de ciudadanos, en su mayor parte de clase alta y media e instruidos, en permanente oposición al zarismo, que pedían en nombre de la nación que la Corona y la burocracia les entregaran las riendas del poder. Para la monarquía y los funcionarios, esta intelligentsia era inepta para gobernar. A decir verdad, como demostrarían los acontecimientos, la intelligentsia subestimaba en grado sumo las dificultades de administrar Rusia; veía la democracia no como el producto de una lenta evolución de las instituciones y los hábitos, sino como la condición natural del hombre, a la que solo el despotismo existente impedía ejercer su influencia benéfica. Como carecían de experiencia administrativa, tendían a confundir gobernar con legislar. A ojos de los burócratas, estos profesores, abogados y publicistas, en caso de tener acceso a los resortes del poder, no tardarían en dejar que se les fuera de las manos y desencadenarían la anarquía, cuyos únicos beneficiarios serían los extremistas radicales. Tal era la convicción de la corte y sus funcionarios. Entre los miembros de la intelligentsia había personas sensatas y pragmáticas, al corriente de las dificultades de democratizar Rusia y dispuestas a colaborar con el establishment, pero eran pocas y sufrían el embate constante de los liberales y socialistas que dominaban la opinión pública.

El establishment ruso de los primeros años del siglo XX creía que el país no podía, sencillamente, permitirse el lujo de la «política»; era demasiado vasto, demasiado heterogéneo étnicamente y demasiado primitivo en lo cultural para admitir el libre juego de los intereses y las opiniones. La política tenía que reducirse a la administración llevada adelante bajo la égida de un árbitro imparcial personificado en el gobernante absoluto.

Una autocracia exigía un autócrata; un autócrata no solo desde el punto de vista de las prerrogativas formales, sino también en virtud de su personalidad, o, de no haberlo, al menos un monarca ceremonial que estuviera conforme con reinar mientras la burocracia gobernaba. Sin embargo, quiso la genética que, en vísperas del siglo XX, Rusia no tuviera ni una ni otra cosa y sí un zar que carecía de la inteligencia y el carácter para gobernar a pesar de que insistía en ejercer de autócrata.

En el siglo XIX, los gobernantes fuertes sucedieron a los débiles y los débiles a los fuertes con una regularidad nada excepcional; al vacilante Alejandro I lo siguió el rigorista Nicolás I, cuyo sucesor, Alejandro II, tenía un carácter amable. Su hijo, Alejandro III, fue la personificación de la autocracia; era un gigantón que doblaba con las manos jarras de peltre, divertía a sus acompañantes derribando puertas cerradas con llave, amaba el circo y tocaba la tuba, y no tenía escrúpulos en recurrir a la fuerza. Crecido a la sombra de su padre, el futuro Nicolás II mostró pronto todos los rasgos de un zar «blando». No tenía ansias de poder ni amor por las ceremonias; su mayor fuente de placer eran las horas pasadas en compañía de su esposa y sus hijos y en los ejercicios al aire libre. Aunque puesto en el papel de un autócrata, en realidad habría sido perfecto en el de un monarca ceremonial. Tenía modales exquisitos y un gran encanto; Witte lo consideraba la persona más educada que había conocido.[7] Intelectualmente, empero, era más bien un simplón. Veía la autocracia como un deber sagrado y se consideraba el administrador del patrimonio que había heredado de su padre y que estaba obligado a legar a su sucesor. No disfrutaba con ninguno de los beneficios del cargo y una vez le confesó a un ministro que, de no creer que podía perjudicar a Rusia, se habría deshecho con mucho gusto de sus poderes autocráticos.[8] En efecto, nunca pareció tan feliz como después de haberse visto obligado a abdicar en marzo de 1917. Aprendió pronto a ocultar sus sentimientos detrás de una máscara helada. Si bien receloso y hasta vengativo, era en lo fundamental un hombre decente, sencillo en sus gustos, callado y tímido, al que le asqueaban las ambiciones de los políticos, las intrigas de los funcionarios y la moral general de la época. Le disgustaban las personalidades poderosas y mantenía a distancia a sus ministros más capaces, a quienes tarde o temprano destituía para reemplazarlos por nulidades amigables y deferentes.

Criado en un clima cortesano muy circunscrito, no tuvo oportunidades de madurar ni emocional ni intelectualmente. A los veintidós años impresionó a un alto funcionario como un

oficial [ofitserik] bastante atractivo. Luce bien en su uniforme blanco y forrado de piel de un húsar de la Guardia, pero en general su aspecto es tan corriente que cuesta distinguirlo en un grupo numeroso de gente. Su rostro carece de expresión. Sus modales son sencillos, pero no tiene ni elegancia ni refinamiento.[9]

Según el mismo funcionario, todavía a los veintitrés años, Alejandro III amedrentaba y trataba a Nicolás como si fuese un niño. En una ocasión en la que el zarévich se atrevió a desafiar a su padre poniéndose del lado de la oposición burocrática, Alejandro expresó su enojo arrojándole bolas de pan durante la cena.[10] Hablaba de su hijo con desdén y decía que era una «nena», con una personalidad y unas ideas pueriles, completamente inepto para los deberes que lo aguardaban.[11]

Como consecuencia de su educación, el futuro Nicolás II no estaba preparado para subir al trono. Tras el fallecimiento de su padre, le contó a un ministro que no tenía idea de lo que se esperaba de él: «No sé nada. El difunto soberano no previó su muerte y no me inició en nada».[*][12] Su instinto le decía que debía seguir fielmente a su padre en todos los asuntos, sobre todo en el mantenimiento de la ideología y las instituciones del absolutismo patrimonial, y así lo hizo mientras las circunstancias se lo permitieron.

Para empeorar aún más las cosas, a Nicolás lo perseguía la mala suerte desde el día de su nacimiento, que vino a coincidir con la onomástica de Job. Todo lo que intentaba se convertía en polvo, y pronto se granjeó la reputación de zar «desafortunado». Él mismo llegó a compartir esta creencia popular, que afectó mucho a su autoconfianza y fomentó en él un espíritu de resignación, interrumpido por arranques periódicos de obstinación.

Para reafirmar su independencia, Nicolás viajó entre 1890 y 1891 a Oriente Próximo y el Lejano Oriente. Algunos diplomáticos consideraban que esta última zona entraba dentro de la esfera de influencia de Rusia, una opinión compartida por él. El viaje casi terminó en tragedia cuando el futuro zar sufrió el ataque de un terrorista japonés trastornado.

El día de su coronación en 1894 se produjo un terrible accidente cuando una multitud cifrada en 500.000 personas, reunidas en el Campo de Jodinka, en las afueras de Moscú, para recibir obsequios del acontecimiento, fue presa del pánico; casi 1.400 de los asistentes murieron aplastados o asfixiados.[13] Ignorando la tragedia, la pareja imperial asistió esa noche al baile de coronación. Ambos hechos fueron considerados de mal agüero.

Tal vez porque se sabía lo mal que el despótico Alejandro III había tratado a su hijo, al subir al trono en 1894 Nicolás II disfrutó de la reputación de liberal. Rápidamente defraudó dichas expectativas. En un discurso frente a una delegación de zemstvos en enero de 1895, desestimó las menciones sobre la liberalización como «sueños insensatos» y se comprometió a «salvaguardar el principio de la autocracia tan firme y resueltamente» como había hecho su padre.[14] Esto puso fin a su breve luna de miel política. Aunque rara vez se pronunciaba sobre asuntos políticos, no ocultaba que Rusia era para él el «patrimonio» de la dinastía. Un ejemplo de esta actitud fue su decisión de entregar al príncipe de Montenegro tres millones de rublos pagados por Turquía a Rusia como parte de un acuerdo de paz, a solicitud de dos grandes duques rusos casados con las hijas del príncipe. Con grandes dificultades se logró disuadirlo de disponer de manera tan desenfadada del dinero perteneciente al Tesoro ruso.[15] Y no fue ese el único caso de patrimonialismo anacrónico en su reinado.

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13. El futuro Nicolás II como zarévich (en el centro, con uniforme blanco), agasajado por su tío, el gran duque Nicolás Nikoláievich (a su derecha).

Dada su personalidad apocada y su falta de apetito de poder, Nicolás tal vez se habría mostrado dispuesto a mantener buenas relaciones con la oposición de no haber sido por su esposa, que estaba destinada a desempeñar un papel importante y muy negativo en los años finales del antiguo régimen. Nieta por el lado materno de la reina Victoria, Alejandra Fiódorovna (Alix) había nacido en el principado alemán de Hesse, y en Rusia tanto la sociedad como las masas siempre la vieron como «la alemana».[*] Altiva y fría, en muy poco tiempo consiguió granjearse la enemistad de la sociedad de San Petersburgo; al aumentar su distanciamiento, su entorno terminó por limitarse a una confidente, Anna Vírubova, y más adelante a Rasputín. Rara vez se la veía sonreír y en las fotografías suele apartar la mirada de la cámara. Afectada por jaquecas y lo que creía un corazón débil, se volvió adicta a las píldoras. Tenía una fuerte inclinación al misticismo. El embaja ...