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LA BROMA INFINITA

David Foster Wallace

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Fragmento

AÑO DE GLAD

Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi postura es conscientemente congruente con la forma de mi dura silla. Es una fría habitación en la administración de la universidad con las paredes forradas de madera, con cuadros al estilo Remington, y ventanas dobles que la protegen de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos quedan aislados por la sala de recepción por la que acabamos de entrar el tío Charles, el señor DeLint y yo.

Yo estoy aquí dentro.

Tres rostros perentorios se sitúan encima de sendas americanas ligeras de verano y anchas corbatas de seda en la otra punta de una pulida mesa de conferencias de pino que brilla con la luz cual telaraña del atardecer de Arizona. Son tres decanos: el de admisiones, el de asuntos académicos y el de asuntos deportivos. No sé qué rostro pertenece a quién.

Creo estar dando una imagen neutra, quizá incluso agradable, aunque se me ha aconsejado que es preferible que ande por la senda de la neutralidad y que ni siquiera intente lo que a mí me parecería una expresión amable o una sonrisa.

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Me he decidido por cruzar las piernas, espero que cuidadosamente, el tobillo sobre la rodilla, las manos juntas sobre los pantalones. Tengo los dedos entrelazados en una sucesión especular de lo que a mí me parece una letra equis. El personal restante de la sala de entrevistas incluye a: el director de redacción de la universidad, el entrenador del primer equipo de tenis y A. DeLint, prorrector de mi academia. A mi lado está C.T.; los demás están respectivamente sentados, de pie y de pie en la periferia de mi visión. El entrenador de tenis juguetea con unas monedas. Hay algo vagamente estomacal en el olor de la habitación. La suela de alta tracción de mi maravillosa zapatilla Nike corre paralela al bamboleante zapatón deportivo del hermanastro de mi madre, presente en su condición de director de estudios de mi escuela, sentado en la que espero que sea la silla de mi derecha y también de cara a los decanos.

El decano de la izquierda, un hombre flaco y amarillento cuya sonrisa invariable tiene sin embargo la calidad inmanente de algo estampado en un material nada receptivo, es de un tipo de personalidad que últimamente he llegado a apreciar, del tipo que aplaza la necesidad de que yo responda o explique cualquier cosa porque él mismo se encarga de dar mi versión de la historia en mi nombre. Y me la cuenta a mí. El decano del medio, una especie de león en decadencia, le pasa una pila de hojas de ordenador y él parece hablarle al papel, con una sonrisa disimulada.

–Usted es Harold Incandenza, dieciocho años, fecha de graduación aproximadamente dentro de un mes, asiste a la Academia Enfield de Tenis, en Enfield, Massachusetts, un internado en el cual reside. –Sus gafas de lectura son rectangulares, con forma de cancha de tenis, con las líneas de banda de esa cancha por encima y por debajo–. Según el entrenador White y el decano (ilegible), es usted un jugador de tenis listado en los rankings junior locales, nacionales y continentales, un atleta con potencial suficiente para ser miembro de la ONANCAA, una promesa en bruto, reclutado por el entrenador White mediante correspondencia con el doctor Tavis… de febrero de este año. –Quita la primera página y la pone cuidadosamente al final de la pila–. Reside en la Academia Enfield de Tenis desde que tiene siete años.

No me atrevo a rascarme el lado derecho de la mandíbula, donde tengo un lobanillo.

–El entrenador White ha informado a nuestra oficina de que tiene en alta estima el programa y los logros de la Academia Enfield de Tenis y que el equipo de tenis de la Universidad de Arizona se ha beneficiado con la matriculación de varios ex alumnos de la AET, uno de los cuales fue el señor Aubrey F. DeLint, quien hoy está aquí, a su lado. El entrenador White y su equipo nos han proporcionado…

La forma de expresarse del amarillento administrador carece de toda distinción, aunque debo admitir que se hace comprender. El director de redacción parece tener una cantidad de cejas mayor de lo normal. El decano de la derecha me mira a la cara de una forma un tanto rara.

Tío Charles les está diciendo que aunque puede anticipar que acaso los decanos puedan estar predispuestos a considerar lo que él afirme como el discurso de una especie de cheerleader de la AET, él, de cualquier modo, no puede menos de asegurar a los decanos presentes en esta sala que lo que se acaba de afirmar es la pura verdad y que en este mismísimo momento la academia tiene como residentes a no menos de un tercio de los treinta primeros top juniors del continente y de todas las edades posibles, y que yo aquí presente, a quien se me llama normalmente «Hal», estoy «en la cima, entre la mismísima crema». Los decanos de la derecha y la izquierda sonríen con aire profesional; DeLint y el entrenador inclinan sus cabezas mientras el decano de la izquierda se aclara la garganta.

–… creo que usted bien podría hacer, incluso en su primer año, una sólida contribución al equipo de tenis de esta universidad. Nos congratulamos –dice o lee apartando una página– de que un torneo local le haya traído aquí y nos haya dado la oportunidad de reunirnos y hablar sobre su solicitud de ingreso, y su posible admisión, matriculación y beca.

–Se me ha pedido que añada que Hal, aquí presente, ha sido clasificado en singles como el tercer cabeza de serie en el prestigioso torneo WhataBurger Southwest Junior Invitational para menores de dieciocho años en el Randolph Tenis Center –dice quien imagino que es el de asuntos deportivos, uno de cabeza gacha con pecas en la calva.

–Sí, el que está en el parque Randolph, cerca del famoso El Con Marriott –inserta C.T.–, un club del que hasta la fecha todo el mundo ha coincidido en declarar de primerísima clase, y que…

–Bien dicho, Chuck, y también que, de acuerdo con Chuck, Hal ya ha justificado su clasificación al llegar esta mañana a las semifinales con una victoria al parecer impresionante, y que mañana volverá a jugar contra el ganador del partido de cuartos de final de esta noche; creo que será mañana a las ocho y media en punto…

–Trata de ponerte por delante antes de que te dé de lleno el maldito calorazo que hace por estos lares. Aunque, por supuesto, es un calor seco.

–… y parece que ya se ha clasificado para participar en el Continental Indoors del próximo invierno en Edmonton, según me ha dicho Kirk –dice inclinando el cuerpo hacia delante para levantar la mirada y dirigirse al entrenador que está a la izquierda, cuya sonrisa permite vislumbrar unos dientes relucientes sobre un violento bronceado de fondo–. Lo que no es moco de pavo, diría yo. –Sonríe y me dirige la mirada–. ¿Son correctos nuestros datos, Hal?

C. T. ha cruzado los brazos con gran naturalidad. Sus tríceps están salpicados de manchas a la luz de un sol de aire acondicionado.

–Sin la menor duda, Bill. –Sonríe. Las dos mitades de su bigote nunca están del todo simétricas–. Y permítaseme decir que Hal está entusiasmado, entusiasmado de que le hayan invitado al Invitational por tercer año consecutivo y de estar aquí, en una comunidad por la que siente verdadero afecto, y de conocer al alumnado y al equipo técnico y de haber justificado su alta clasificación en la competición nada fácil de esta semana, de estar aún allí sin haber bajado la guardia en ningún momento y, sobre todo, de haber tenido la oportunidad de conocerlos a ustedes, caballeros, y de visitar las instalaciones. Aquí todo parece del máximo nivel, por lo que ha visto.

Se produce un silencio. DeLint se rasca la espalda frotándola contra la pared y vuelve a equilibrar su peso. Mi tío sonríe y se inclina hacia delante como un fleje disparado. El sesenta y dos coma cinco por ciento de los rostros presentes se dirigen hacia mí, agradablemente expectantes. El pecho se me agita como una secadora llena de zapatos. Compongo lo que espero que les parecerá una sonrisa. Miro en una y otra dirección delicadamente, como intentando dirigir mi expresión sin olvidarme de nadie.

Nuevo silencio. Las cejas del decano amarillento se ponen circunflejas. Los otros dos decanos miran al director de redacción. El entrenador de tenis se ha trasladado hasta la ancha ventana rascándose la nuca. Tío Charles se toca el antebrazo por encima del reloj. Abruptas y curvilíneas sombras de palmeras avanzan lentamente por el brillo de la mesa; la cabeza de alguien es una sombra como de negra luna.

–¿Hal se encuentra bien, Chuck? –pregunta el de asuntos deportivos–. Parece… como si hiciera una mueca. ¿Le duele algo? ¿Sientes algún dolor, hijo?

–Hal está estupendamente –dice sonriente mi tío calmando el ambiente con un movimiento de la mano–. Solo se trata de lo que quizá podríamos llamar un tic facial, no gran cosa, debido a la adrenalina de estar aquí en un campus que impresiona a cualquiera, de haber justificado su ranking sin perder hasta ahora ni un solo set, de recibir por escrito del entrenador White una oferta oficial con membrete de la Pac-10 no solo de exclusiva sino también de pensión mensual completa y de estar pendiente de que con toda probabilidad hoy y aquí mismo firme una declaración de compromiso con la universidad, según me ha indicado. –C.T. me dirige una mirada espantosamente amable. Yo hago lo más seguro: relajo todos los músculos de mi cara y la vacío de toda expresión. Observo cuidadosamente el nudo a lo Kekulé de la corbata del decano que se sienta en medio.

Mi respuesta silenciosa al silencio expectante empieza a afectar al ambiente de la sala; el polvo y las hilachas de la ropa deportiva, agitados por las ráfagas del aire acondicionado, bailan en medio del sesgado rayo de luz que entra por la ventana; el aire sobre la mesa es un espacio burbujeante como un vaso de soda recién servida. El entrenador, con un acento que no acaba de ser ni británico ni australiano, le comunica a C.T. que todo el proceso de solicitud por interfaz, si bien por lo general es una mera y agradable formalidad, podría encaminarse mejor si se permite que el solicitante hable por sí mismo. Los decanos del centro y de la derecha se inclinan para conferenciar en voz baja formando una especie de tienda tribal de piel y pelos. Supongo que probablemente el entrenador quiso decir «ir mejor» en vez de «encaminarse mejor», aunque «acelerarse», si bien es más rebuscado que «ir mejor», sería más sensato como error desde un punto de vista fonético. El decano del chato rostro amarillento se inclina hacia delante enseñando las encías en lo que a mí me parece un gesto de preocupación. Junta las manos sobre la mesa de reuniones. Sus dedos parecen copular mientras mi propia serie de equis manual se disuelve cuando me aferro a los lados de mi silla.

Empieza a decir que habría cierta necesidad de que ellos y yo hablásemos francamente de algunos problemas potenciales de mi solicitud. Y hace una referencia al valor de la sinceridad.

–Los problemas que debe afrontar mi despacho en la documentación de tu solicitud, Hal, están relacionados con los resultados de tus exámenes. –Baja la mirada hasta una colorida página de resultados oficiales que esconde tras la trinchera de sus brazos–. El personal de admisiones está viendo que tus calificaciones, y estoy seguro de que lo sabes y de que lo puedes explicar, son… ¿cómo diríamos?… subnormales.

Les debo una explicación.

Resulta evidente que este tipo amarillento y bastante sincero de la izquierda es el decano de admisiones. Y no puede caber la menor duda, entonces, de que la pequeña figura de pajarraco de la derecha es el de deportes, porque las arrugas faciales del hirsuto decano del medio están fruncidas como ante una lejana afrenta, en una expresión de «Estoy comiendo algo que realmente me hace apreciar la bebida con que lo acompaño», que transmite reservas profesionalmente académicas. Por tanto, allí campea una inquebrantable lealtad a las normas. Mi tío mira perplejo al de deportes. Se mueve un poco en la silla.

La incongruencia entre la mano del de admisiones y el color de su rostro es algo bastante impresionante.

–… resultados orales que están demasiado próximos al cero como para poder sentirnos cómodos, y más si tenemos en cuenta el informe del colegio en el que tus padres son los administradores –dice leyendo directamente del papel escondido en la elipsis de sus brazos–… Que este último año, sí, ha bajado un poco, pero quiero decir que ha «bajado» a extraordinario después de tres años de francamente increíble.

–Más allá de lo imaginable.

–La mayoría de las instituciones ni siquiera tienen notas de «sobresaliente» con prefijos superlativos múltiples –dice el director de redacción con una expresión imposible de interpretar.

–Esta clase de… ¿cómo podríamos clasificarla?… de incongruencia –dice el de admisiones con expresión sincera y preocupada–, tengo que decirte que suscita una alerta roja de conflicto potencial durante el proceso de admisión.

–Por tanto, te invitamos a que expliques la aparición de estas incongruencias, para no decir auténticas tomaduras de pelo. –El de alumnado tiene una vocecita chillona; resulta ridículo que provenga de una cara tan grande como la suya.

–Seguramente por «increíble» usted quiso decir algo impresionante, muy impresionante como opuesto a un «increíble» literal –dice C.T. dando la impresión de observar al entrenador, que se masajea la nuca junto a la ventana. La ventana inmensa muestra únicamente un sol deslumbrante y la tierra agrietada y recubierta por un calor trémulo.

–Así que nos enfrentamos no con los dos ensayos obligatorios para ser admitido, sino con nueve ensayos distintos, algunos de los cuales son tan largos como monografías, y todos ellos sin excepción son… –Cambia de página– … el adjetivo que varios lectores han coincidido en usar es «estelar»…

–Yo hice uso deliberado de «lapidario» y «decadente» –precisa el de redacción.

–… y con unos temas y unos títulos que estoy seguro que recordarás perfectamente, Hal: «Conjeturas neoclásicas en gramática normativa contemporánea», «Las implicaciones de las transformaciones post-Fourier en el cine holográficamente mimético», «La aparición de la parálisis heroica en la comunicación radial»…

–«La gramática de Montague y la semántica de la modalidad física»,

–«Un hombre que empezó a sospechar que estaba hecho de cristal»,

–«El simbolismo terciario en el erotismo justiniano»… Baste señalar –dice mostrando grandes extensiones de chicle al fondo de la boca– que existe una preocupación sincera y honesta acerca del que ha recibido esas desafortunadas calificaciones, ya que es el único autor de estos ensayos.

–Dudo que Hal sea consciente de lo que aquí se está sugiriendo –dice mi tío. El decano del medio se toquetea las solapas mientras interpreta unos datos informáticos adversos.

–Lo que aquí está diciendo la universidad es que desde un punto de vista estrictamente académico existen problemas de admisión que Hal debe ayudarnos a resolver. El papel prioritario del solicitante a la universidad es y debe ser el de un estudiante. No podríamos admitir a un alumno del que tenemos muchas razones para sospechar que no tiene el nivel adecuado, por más campeón que pueda ser en el campo de juego.

–El decano Sawyer quiere decir la pista de tenis, Chuck –dice el de asuntos deportivos con la cabeza muy gacha de modo que su mensaje también llegue de algún modo a White, que está detrás de él–. Por no mencionar el reglamento de la ONANCAA y sus investigadores siempre al acecho para oler la más mínima pista de un comportamiento no conforme a las reglas.

El entrenador de tenis consulta el reloj.

–Suponiendo que en este caso las calificaciones del tribunal reflejan acertadamente la verdadera capacidad del solicitante –dice el de asuntos académicos con su voz aguda, seria y ronca mientras observa los documentos que tiene delante como si fueran un plato de algún comistrajo repugnante–, les digo ya mismo que mi opinión es que no sería justo. No sería justo para los demás candidatos. No sería justo para la comunidad universitaria. –Me mira–. Y sería especialmente injusto para el propio Hal. Admitir a un chico en quien solo vemos un valor deportivo significaría utilizarlo. Y a nosotros se nos vigila estrechamente para que no utilicemos a nadie. Los resultados de tus exámenes, hijo, indican que podríamos ser acusados de utilizarte.

Tío Charles le pide al entrenador White que pregunte al decano de deportes si la tormenta que se cierne por las notas sería tan virulenta si yo fuera, digamos, un prodigio del fútbol americano que diera montones de dinero. Aumenta el conocido pánico de sentirme rechazado y el pecho me sube y me baja. Concentro la energía en permanecer absolutamente en silencio en la silla, vacío, mis ojos son dos grandes y pálidos ceros. Así he arrancado promesas a más de uno.

Sin embargo, tío C.T. tiene el aspecto azorado de los arrinconados. Su voz adquiere un timbre extraño cuando lo acorralan como si gritara mientras retrocede.

–Las notas de Hal en la AET, institución de la que debo destacar su carácter «académico» y que no es un mero campo de deportes ni una vulgar fábrica, acreditada tanto por las autoridades de Massachusetts como por la Asociación Académica de Deportes de Estados Unidos, una institución, la AET, que está consagrada a las necesidades globales del deportista y del estudiante, fundada por una figura tan sobresaliente que ni siquiera es necesario mencionarla aquí, pero que la basó en el exigente modelo del plan de estudios Quadrivium-Trivium de Oxbridge, un colegio exquisitamente equipado y con un cuerpo docente perfectamente acreditado, todo ello tendría que ser más que suficiente para demostrar que mi sobrino aquí presente puede cumplir los requisitos de la Pac-10 sin despeinarse, y que…

DeLint se aproxima al entrenador de tenis, que sacude la cabeza.

–… Se podría detectar el aroma característico de prejuicios contra los deportes minoritarios en todo este asunto –prosigue C.T. cruzando y recruzando las piernas mientras yo soy todo oídos y estoy sereno y atento.

El silencio carbonatado de la sala ahora es hostil.

–Creo que ya es hora de que el solicitante hable por sí mismo –dice muy tranquilo el de asuntos académicos–. Y eso parece casi imposible con usted aquí presente.

–Tal vez nos excusas un momento y nos esperas fuera, Chuck. –El de asuntos deportivos sonríe con expresión fatigada por debajo de la mano con que se masajea el puente de la nariz.

–El entrenador White podría acompañar al señor Tavis a la recepción –dice el decano amarillento sonriendo ante mis ojos desenfocados.

–… uno llega a creer que todo esto ha sido preparado previamente, desde el… –va diciendo C.T. mientras él y DeLint marchan hacia la puerta. El entrenador de tenis extiende un brazo hipertrofiado.

–Aquí todos somos amigos y colegas –dice el de deportes.

Esto no funciona. Me doy cuenta de que el letrero de salida, EXIT, a un hablante de latín le parecería un letrero en rojo que dice ÉL SE VA. Cedería al deseo de salir corriendo hacia la puerta y adelantarlos por el camino si pudiera estar seguro de que los hombres que hay en esta sala verían que salgo corriendo hacia la puerta. DeLint dice algo al oído del entrenador. Cuando la puerta se abre por un momento, se oyen ruidos de máquinas de escribir y de la centralita telefónica. Ya estoy solo entre los altos cargos de la administración.

–… que nadie se sienta ofendido –dice el de deportes con su chaqueta marrón y la corbata estampada con motivos diminutos–, pero más allá de las capacidades físicas que están en juego, que, créaseme, nosotros respetamos y queremos de verdad…

–… de no ser por eso no estaríamos tan ansiosos por hablar contigo sin intermediarios, ¿te das cuenta?

–… al procesar varias solicitudes anteriores provenientes del despacho del entrenador White, nos hemos enterado de que la escuela Enfield está dirigida, y no importa que esté excelentemente dirigida, por gente muy cercana, en primer lugar, al hermano de usted, de quien aún recuerdo cuánto le mimaba Maury Klamkin, el predecesor de White, de modo que la objetividad de las credenciales aquí presentadas puede ser puesta en duda con cierta facilidad…

–… por quien se lo proponga, digamos la NAAUP, los programas de la Pac-10, que tienen tanta mala leche, la ONANCAA…

Los ensayos son viejos, pero son míos, à moi. Pero sí, son viejos y nada tienen que ver con La Experiencia Educativa Más Significativa De Tu Vida, que es el tema obligatorio de la solicitud. De haberles dado uno del año pasado, les habría parecido obra de un bebé tocando teclas al azar, y eso a ustedes, que usan habitualmente palabras como «quienesquiera». Y en esta compañía más reducida, el director de redacción da la sensación de haber sido accionado de pronto, porque ahora parece el macho dominante de la manada y ha empezado a actuar de un modo más afeminado que al principio, primero de pie y en pose y con una mano en la cintura, luego caminando con un movimiento de hombros, haciendo ruidos con monedas cuando se estira los pantalones y se desliza en la silla aún caliente de las nalgas de C.T., cruzando las piernas de un modo que lo hace entrar bien dentro de mi espacio personal de manera que puedo verle múltiples tics en las cejas y redes de capilares en las bolsas de debajo de los ojos y olerle el suavizante para la ropa y los restos de un caramelo contra el mal aliento que se ha agriado.

–… un muchacho brillante y sólido, pero muy tímido; sabemos que eres tímido. Kirk White nos ha contado lo que le ha contado tu otro instructor más joven provisto de una complexión atlética pero más bien estirado –dice en voz baja el director colocándome lo que me parece que es una mano sobre los bíceps a través de mi americana (no estoy muy seguro)–, que solo necesita respirar hondo y confiar y contar su versión de la historia a estos caballeros carentes de toda malicia, porque solo estamos haciendo nuestro trabajo e intentando cuidar los intereses de todos al mismo tiempo.

Me puedo imaginar a DeLint y White sentados con los codos sobre las rodillas en la postura defecatoria de los atletas en descanso, DeLint contemplándose los enormes pulgares mientras C.T. en la recepción da vueltas elípticas hablando por su teléfono móvil. Me han entrenado para esto como a un jefe mafioso antes de prestar declaración en el juzgado. Un silencio neutral, inexpresivo. El tipo de juego completamente defensivo con que me hacía jugar Schtitt, la mejor defensa: limítate a devolverlas todas, no hagas nada. Yo te diré todo lo que tú quieras, y más si los sonidos que hago son los únicos que tú oyes.

–… evitar procedimientos de admisión que puedan dar a entender que priorizamos el deporte. Podría montarse un jaleo, hijo –dice el de deportes con la cabeza bajo el ala.

–Bill se refiere a la imagen, no necesariamente a los hechos reales, que solo tú puedes explicar –dice el director de redacción.

–… la imagen que da un ranking deportivo tan alto, los resultados subnormales del examen oral, los ensayos superacadémicos, las notas increíbles emanando de lo que se puede interpretar como una situación de nepotismo.

El decano amarillento se ha inclinado tanto hacia delante que a su corbata le va a quedar una marca horizontal del borde de la mesa; tiene una expresión demacrada y bondadosa, pero también de que aquí no bromea nadie.

–Mire usted, señor Incandenza… Hal, explícame, por favor, ¿por qué no se nos podría acusar de utilizarte, hijo? ¿Por qué no podría venir alguien y decirnos: «Mirad, vosotros, los de la Universidad de Arizona, vosotros estáis utilizando a un chico nada más que por su físico, un muchacho tan tímido y apocado que es incapaz de hablar por sí mismo, un burro con notas de doctor y una documentación en la solicitud de ingreso comprada en alguna tienda»?

La luz que se refleja en un ángulo de Brewster sobre la superficie de la mesa aparece como un fulgor detrás de mis párpados cerrados. No puedo hacerme comprender.

–No soy un burro –digo lentamente. Nítidamente–. Acaso mis notas del año pasado fueron retocadas un poco, pero eso fue para evitarme dificultades. Las notas anteriores son à moi. –Mantengo los ojos cerrados; se ha hecho el silencio en la sala–. Ahora no puedo hacerme entender. –Hablo lenta y claramente–. Digamos que es algo que comí.

Es divertido lo que uno no recuerda. De nuestro primer hogar, en el suburbio de Weston, del que apenas me acuerdo, mi hermano mayor Orin dice que puede recordar haber estado allí a inicios de la primavera con mi madre en la parte de atrás ayudándola a arar un pedazo de tierra de aquel gélido lugar. Marzo o principios de abril. El terreno del huerto era un rectángulo irregular delimitado con palitos de piruleta y cordel. Orin quita piedras y terrones duros abriéndole paso al roturador alquilado que conduce Mami, una cosa con forma de carretilla con propulsión a gas que rugía y resonaba y retumbaba, y recuerda que parecía conducir a Mami y no viceversa; Mami, que era muy alta, tenía que esforzarse penosamente para seguir aferrada; sus pies dejaban huellas borrachas sobre la tierra recién arada. Recuerda que en medio de la faena llegué yo habiendo traspasado la puerta a toda velocidad y vestido con un jersey rojo y ligeramente peludo a lo Winnie the Pooh; iba llorando y portando en la palma de la mano algo que era realmente desagradable de ver. Dice que yo tenía unos cinco años y que se me veía vívidamente rojo en el frío aire de la primavera. Yo repetía algo una y otra vez que él no podía descifrar hasta que Mami me vio y apagó el motor, sus oídos resonando, y se acercó a ver lo que yo traía. Resultó ser un gran trozo de algo enmohecido y viscoso, Orin supone que provenía de algún rincón oscuro del sótano de la casa de Weston, que era caluroso debido al horno y que se inundaba cada primavera. Describe aquella cosa como algo horripilante: de un color verdusco oscuro, lustroso, vagamente hirsuto, manchado con puntos amarillentos, anaranjados y rojizos de hongos parasitarios. Y peor aún, la cosa tenía un aspecto vagamente incompleto, estaba mordida; y parte de aquella porquería nauseabunda me manchaba la boca abierta.

–Me he comido esto –repetía yo.

Se lo mostré a Mami, que se había quitado los lentes de contacto para hacer aquel trabajo sucio y que, al principio, al agacharse, solo vio a su criatura sollozante y con una mano ofreciendo algo y con el más maternal de los reflejos, ella, que temía y abominaba más que nada en el mundo la suciedad y la podredumbre, se acercó a coger lo que fuera que tenía en la mano su bebé como lo había hecho tantas veces con Kleenex muy usados, caramelos sucios o chicles ya mascados en tantos cines, aeropuertos, asientos de coche o de cines. Orin permaneció inmóvil, dice, con un frío terrón de tierra en la mano, jugueteando con el Velcro de su grueso abrigo viendo cómo Mami se me acercaba con una mano extendida, el rostro con los ojos bizcos y presbiopes y de repente se detenía, se quedaba congelada empezando a imaginarse qué era lo que yo tenía en la mano y sopesando las pruebas de un contacto bucal con aquello. Recuerda su cara como indescriptible. Su mano extendida, temblando aún por el roturador, colgaba en el espacio delante de la mía.

–Me he comido esto –dije yo.

–¿Qué?

Orin dice que solo puede recordar (sic) que dijo algo caústico mientras se sacudía un calambre de la espalda con un paso de limbo. Dice que debió de sentir la llegada de una ansiedad inminente y terrible. Mami hasta se negó a ir al húmedo sótano. Yo había dejado de llorar, recuerda, y permanecí allí con el tamaño y la forma de una boca de incendios y con un pijama rojo que me cubría hasta los pies, mostrando con solemnidad aquella porquería como el informe de alguna especie de auditoría.

Orin dice que en este punto se le redobla la memoria, quizá como resultado de la ansiedad. En su primer recuerdo, los pasos de Mami por el terreno describen un amplio círculo de histeria.

–¡Dios santo! –clama.

–¡Socorro! ¡Mi hijo se ha comido esto! –chilla en la segunda y más vívida versión mnemotécnica de mi hermano, y repite sus palabras cogiendo la porquería con la punta de los dedos mientras corre dando vueltas por el rectángulo y Orin se queda con la boca abierta ante esta su primera y auténtica visión de histeria adulta. Las cabezas de los vecinos del barrio aparecen en las ventanas y por encima de los setos observando la escena. Orin recuerda que yo me caí, al intentar seguirla, tropezando con el cordel y ensuciándome y llorando a gritos–. ¡Santo cielo! ¡Mi hijo se ha comido esto! –continúa chillando ella y corriendo dentro del rectángulo.

Y mi hermano Orin recuerda haber notado que, incluso presa de un trauma histérico, la dirección de su carrera era recta, sus huellas de nativa americana no se desviaban ni un milímetro y sus giros, dentro del ideograma de la alambrada, eran marciales y secos mientras clamaba «¡Mi hijo se ha comido esto!» y me daba dos bofetadas antes de que se acallasen los recuerdos de mi hermano.

–Mis documentos no han sido comprados –les digo dirigiéndome a la roja caverna que se abre ante mis ojos cerrados–. No soy un chico que solo juega al tenis. Tengo una historia intrincada. Experiencias y sentimientos. Soy un ser complejo.

»Yo leo –digo–. Leo y estudio. Apuesto a que he leído más que ustedes. No se crean que no lo he hecho. Devoro bibliotecas. Desgasto los lomos de los libros y los lectores de CD-ROM. Hago cosas como coger un taxi y decir: “A una biblioteca, y vamos ya”. Mis instintos sintácticos y mecánicos son mejores que los de ustedes, y esto lo digo con el debido respeto.

»Pero trascienden lo mecánico. Yo no soy una máquina. Siento y creo. Tengo opiniones. Algunas son interesantes. Podría, si ustedes me lo permiten, hablar y hablar. Hablemos de cualquier cosa. Creo que se ha minimizado la influencia de Kierkegaard en Camus. Creo que es muy posible que Dennis Gabor haya sido el Anticristo. Creo que Hobbes no es más que un Rousseau entrevisto en un espejo oscuro. Creo, con Hegel, que la trascendencia es absorción. Creo que les podría batir a ustedes, caballeros, sin el menor esfuerzo –digo–. No soy un creatus prefabricado, condicionado y criado para una sola función.

Abrí los ojos.

–Por favor, no crean que no me importa.

Miro en derredor. Miradas de horror en mi dirección. Me levanto de la silla. Veo mandíbulas colgantes, cejas arqueadas en frentes temblorosas, mejillas de un blanco brillante. Las sillas retroceden ante mi presencia.

–Virgen santa –murmura el director.

–Me siento bien –les digo de pie.

Por la expresión del decano amarillento, sopla un viento brutal desde donde estoy. La cara del de asuntos académicos ha envejecido en un abrir y cerrar de ojos. Son ocho los ojos que se han convertido en discos vacíos que miran a lo que sea que ven.

–Dios santo –susurra el de deportes.

–Por favor, no se preocupen –digo–. Puedo explicarlo. –Calmo el ambiente con un gesto despreocupado.

El director de redacción me coge por detrás con los dos brazos y me tumba con todo su peso. Saboreo el suelo.

–¿Cuál es el problema?

–No hay ningún problema –digo.

–¡Todo está bien! ¡Yo estoy aquí! –me susurra al oído el director de redacción.

–¡Buscad ayuda! –clama un decano.

Me aprietan la frente contra un parquet más frío de lo que nunca hubiera podido imaginar. Estoy arrestado. Intento que me perciban blando y sin ofrecer resistencia. Me aplastan la cara y el peso del de redacción me dificulta la respiración.

–Traten de escuchar –digo muy lentamente y amortiguado por el suelo.

–En nombre del Señor, ¿qué es eso…? –chilla frenético un decano–, ¿esos sonidos?

Se oyen los clics de una centralita telefónica, taconeos que van y vienen, una pila de papeles que se derrumba.

–Por Dios.

–¡Socorro!

La parte inferior de una puerta se abre en la periferia izquierda: de mi campo visual entran una corriente de luz halógena, unas zapatillas blancas y una sandalia Nunn Bush desgastada.

–¡Dejad que se levante! –Es DeLint.

–No pasa nada –digo lentamente desde el suelo–. Estoy aquí.

Me levantan por las axilas y me sacuden hasta dejarme en un estado que el director de cara rubicunda debe de considerar calmado.

–¡Reponte, hijo!

Y delante del rudo brazo del hombretón, DeLint dice:

–¡Basta ya!

–Yo no soy lo que ven y lo que oyen.

Sirenas a lo lejos. Una presa de antebrazo brutal me inmoviliza el cuello. Hay formas en la puerta. Una joven hispana se lleva las manos a la boca, mirando.

–No lo soy –digo.

Los viejos lavabos de hombres son dignos de amor: el aroma cítrico de los ambientadores sobre el largo lavamanos de porcelana; los armarios con puertas de madera y marcos de mármol frío; las hileras de lavamanos, apoyados sobre destartalados alfabetos de cañerías a la vista; espejos sobre anaqueles metálicos; más allá de todas las voces, el ligero sonido de un goteo interminable aumentado por el eco al chocar contra la porcelana húmeda y un frío suelo de azulejos cuya forma de mosaico parece casi islámica vista tan de cerca.

Gira en derredor el desorden que he causado. Me han arrastrado, aún inmovilizado, a través de un gentío de empleados administrativos; lo ha hecho el director de redacción, que parece haber pensado alternativamente que me ha dado un ataque de epilepsia (abriéndome la boca por la fuerza para ver si tengo la lengua en su sitio), que me estoy ahogando (ha sido una maniobra Heimlich de manual lo que me ha provocado una tos convulsa) y que estoy psicóticamente fuera de control (varias posturas y apretones diseñados para transferirse ese control a sí mismo), mientras DeLint da vueltas alrededor tratando de refrenar el refreno que me ha impuesto el director, el entrenador de tenis refrena a DeLint, el hermanastro de mi madre habla con una rápida combinación de polisílabos al trío de decanos, que se sofocan, se retuercen las manos, se desabrochan las corbatas, gesticulan ante la cara de C.T. y se hacen pases taurinos entre ellos con las páginas de una solicitud de ingreso ahora claramente superflua.

Estoy en posición supina sobre los mosaicos geométricos. Me concentro dócilmente en la cuestión de por qué los lavabos americanos siempre nos parecen enfermerías para la ansiedad pública, el sitio para recuperar el control. Tengo la cabeza apoyada sobre el blando regazo del director arrodillado; él me limpia el rostro con toallas de papel institucional de color marrón sucio que le ha entregado alguna mano de la muchedumbre que se agolpa en derredor; contemplo con toda la concentración que puedo los pequeños hoyuelos de sus carrillos, más hondos en la difuminada línea de su mandíbula, debidos seguramente a un antiquísimo acné. El tío Charles, que es un lanzador de mierda verdaderamente incomparable, está disparando andanadas de ella, tratando de calmar a unos hombres que parecen tener más necesidad que yo de un buen lavado de jeta.

–Pero si está bien –dice–. Miradlo, más tranquilo no puede estar, ahí echado.

–Usted no presenció lo que sucedió ahí dentro –le contesta un decano encorvado con la cara tapada por una maraña de dedos.

–Se excita, eso es todo, es un chico excitable que se impresiona…

–Pero los sonidos que hizo…

–Indescriptibles.

–Como un animal.

–Sonidos y ruidos subanimales.

–Y no nos olvidemos de los gestos.

–¿Alguna vez han sometido a tratamiento a este chico, doctor Tavis?

–Como una especie de animal con algo en la boca.

–Este chico está mal.

–Como un paquete de mantequilla machacado con un mazo.

–Como un animal retorcido con un cuchillo clavado en los ojos.

–¿Qué intentaba usted tratando de hacer ingresar a este…?

–Y los brazos.

–Usted no lo vio, Tavis. Sus brazos estaban…

–Aleteaban. Se agitaban de forma atroz como si tocaran unos tambores. Serpenteaban.

El grupo miró por un instante a alguien que estaba fuera de mi campo de visión tratando de demostrar algo.

–Como un lapso ultrasónico de tiempo, un revoloteo de algún tipo de movimiento… atroz.

–Sonaba más que nada como una cabra que se ahoga. Sí, una cabra ahogándose en algo viscoso.

–Una serie estrangulada de balidos y…

–Sí, serpenteaban.

–Entonces, ¿qué pasa? ¿Quién ha dicho de repente que es delito balar un poco?

–Usted, señor, se ha metido en un berenjenal. Tiene problemas.

–Su cara. Como si lo estuvieran estrangulando. Ardiendo. Creo que he tenido una visión del infierno.

–Tiene algún problema de comunicación. Nadie está negando que no le va mucho la comunicación.

–Ese chico necesita cuidados.

–En vez de cuidar a ese chico, ¿usted lo envía para que ingrese en la universidad y compita?

–¿Hal?

–Ni en sus más esperpénticas fantasías se ha imaginado usted la cantidad de problemas que esto le va a acarrear, doctor… presunto director de estudios. Docente.

–… se me aseguró que se trataba de una mera formalidad. Ustedes lo han asustado. Tímido como es…

–Y usted, White… ¡Usted intentó reclutarlo!

–… y terriblemente impresionado y asustado, allí solo, sin nosotros, que somos su sistema de apoyo, y ustedes mismos nos pidieron que saliésemos de la sala, que de haber…

–Yo solo lo había visto jugar. En la cancha es maravilloso. Posiblemente un genio. No teníamos ni idea. Su hermano está en la maldita liga nacional de fútbol americano, por todos los santos. He aquí un jugador de primera, pensamos, con raíces en el sudoeste. Sus estadísticas están fuera de lo común. El invierno pasado lo vimos jugar todos los partidos del WhataBurger. Ni un solo balido, ni un chillido. Allí veíamos ballet, algo excepcional.

–Maldita sea, claro que usted vio ballet, White. Este muchacho es un atleta digno del ballet, un verdadero jugador.

–Entonces se trata de una especie de idiot savant atlético. Lo del ballet compensa los profundos problemas que usted, señor, decidió ocultar para colarnos aquí al chaval… –Un par de alpargatas de esparto brasileñas de lujo pasan por la izquierda y entran en una cabina del lavabo; las sandalias dan la vuelta y se ponen delante de mí. El urinario recibe un fino chorro en medio de los ecos lejanos de las voces.

–Ya es hora de irnos –está diciendo C.T.

–Señor, usted ha puesto en peligro para siempre la integridad de mi sueño.

–¿… pensaba que podía hacer pasar a un candidato en malas condiciones, amañarle las credenciales y colárnoslo con una entrevista preparada para finalmente integrarlo en todos los rigores de la vida universitaria?

–Hal es funcional, cretino. Si tiene el apoyo adecuado. Está bien cuando se le deja en paz. Pues sí, tiene algún problema de excitación cuando se trata de conversar. ¿Acaso alguna vez me ha oído negarlo?

–Nosotros presenciamos algo solo marginalmente mamífero, señor.

–De ninguna manera. Mírelo. Cómo esa criatura excitable está ahí echada de lo más tranquila. Eh, Aubrey, ¿qué te parece a ti?

–Usted, señor, seguramente está enfermo. Este asunto no ha concluido.

–¿Qué ambulancia? ¿No pueden ustedes escuchar? Les estoy diciendo que hay…

–¿Hal? ¿Hal?

–Lo droga, intenta hablar en su nombre, mienta, y ahora él se queda ahí echado con esa mirada catatónica.

El crujido de las rodillas de DeLint.

–¿Hal?

–Ustedes lo exageran todo, lo distorsionan. La academia tiene ex alumnos distinguidos, juristas en los tribunales. Hal, aquí presente, es probablemente competente. Olvídate de las credenciales, Bill. Este chico se traga los libros. Digiere las cosas.

Yo me limito a seguir echado, oliendo el papel higiénico, viendo cómo pivota una sandalia.

–¡La vida es algo más que sentarse a consultar el ordenador! ¡A ver si se enteran ustedes de una puñetera vez!

¿Y quién no va a amar este estruendo especial y leonino de un baño público?

No por nada Orin dijo que la gente de aquí cuando sale al aire libre solo se mueve en vectores que van de un aire acondicionado a otro aire acondicionado. El sol es un martillo. Puedo sentir que un lado de mi cara empieza a cocerse. El cielo azul es lustroso y está henchido de calor, unos pocos y finos cirrocúmulos trasquilados desperdigan filamentos como cabellos. El tráfico no es el de Boston. La camilla es de un tipo especial con ligaduras a los lados. El mismísimo Aubrey DeLint, a quien durante años yo había considerado un martinete de las dos dimensiones, se arrodilla para cogerme una mano maniatada y decirme «Tranquilo, campeón» antes de volver a la refriega administrativa que se lleva a cabo al lado de la puerta de la ambulancia. Se trata de una ambulancia especial enviada desde mejor no saber dónde, no solo con enfermeros, sino también con un médico psiquiatra a bordo. Los enfermeros me han movido con suavidad y son expertos con las ligaduras. El psiquiatra, con la espalda contra el costado del vehículo, levanta las dos manos en una desapasionada mediación entre los decanos y C.T., que no para de blandir la antena de su móvil hacia el cielo como si fuera un sable, indignado de que se me meta sin ninguna necesidad en una ambulancia para llevarme a alguna sala de urgencias contra mi voluntad y contra mis legítimos intereses. La cuestión de si el enfermo tiene voluntad o intereses es despachada sin miramientos mientras un caza supersónico que vuela demasiado alto para que lo oigamos surca el cielo de sur a norte. El médico tiene las dos manos en el aire, al que da palmaditas que pretenden significar neutralidad. Tiene una gran mandíbula con sombra de barba. En la única otra sala de urgencias que he estado, hace casi exactamente un año, la camilla psiquiátrica entró rodando hasta que la aparcaron al lado de otras sillas en la sala de espera. Las sillas eran de plástico anaranjado; tres de ellas estaban ocupadas por diferentes personas, todas con frascos vacíos de medicinas recetadas y sudando la gota gorda. Esto ya era bastante malo, pero en la última silla, justo al lado de la parte superior llena de correas de mi camilla, había una mujer en camiseta con la piel morena como la madera y una gorra de camionero y gravemente escorada a estribor que me empezó a contar a mí, allí echado e inmovilizado, cómo había sufrido de la noche a la mañana una súbita y anómala elefantiasis en su pecho derecho, al que se refería como «tetita»; tenía un acento de Quebec casi paródico y me describió durante casi veinte minutos su «tetita» presentando la historia clínica y los diagnósticos posibles antes de que me sacaran rodando de allí. El avance y la estela del caza parecen producir una incisión, como si una carne blanca detrás del cielo azul estuviera expuesta y se abriera ante el avance de la hoja del cuchillo. Una vez vi la palabra CUCHILLO escrita con el dedo sobre el espejo cubierto de vapor de un lavabo privado. Me he convertido en un infantófilo. Me veo forzado a mover los ojos para arriba o para los lados para evitar que la caverna roja estalle en llamas debido a la luz del sol. El tráfico en la calle es constante y parece pasar diciendo «Poco a poco, poco a poco». El sol, cuando los ojos parpadeantes alcanzan a verlo aunque sea de soslayo, los enceguece de azul y rojo como un foco. «¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no «no» entonces, si el mejor razonamiento que puedes hacer es por qué no?» La voz de C.T. se aleja indignada. Ahora solo son visibles las gallardas estocadas de la antena de su teléfono móvil justo dentro del marco derecho de lo que alcanzo a visualizar. Me llevarán a algún tipo de sala de urgencias donde me retendrán mientras no responda a sus preguntas, y entonces, cuando responda a sus preguntas, me sedarán; de modo que será una inversión de un viaje normal, la ambulancia y la sala de urgencias: primero haré el viaje, luego me iré. Pienso un instante en el malogrado Cosgrove Watt. Pienso en el Terapeuta Hipofalangial del Dolor. Pienso en Mami alfabetizando latas de sopa en la alacena encima del microondas. En el paraguas de Él Mismo colgado del borde de la mesa de correos en el foyer de la casa del director de estudios. Hace ya todo un año que no me duele el tobillo lesionado. Pienso en John N.R. Wayne, que habría ganado este año el WhataBurger, montando guardia enmascarado mientras Donald Gately y yo desenterramos la cabeza de mi padre. Casi no cabe duda de que Wayne habría ganado. Y Venus Williams posee un rancho cerca del Green Valley; bien puede ser que participe en las finales de chicos y chicas de hasta dieciocho años. Mañana llegaré con mucho tiempo de antelación a la semifinal; confío en el tío Charles. Es casi seguro que el ganador de esta noche será Dymphna, de dieciséis, pero que cumple años a solo dos semanas de la fecha límite del 15 de abril; y Dymphna estará cansado para mañana a las ocho y media, mientras que yo, sedado, habré dormido como un bendito. Nunca me he enfrentado a Dymphna en un torneo ni he jugado con las pelotas sónicas que necesitan los ciegos, pero lo vi despachar con dificultades a Petropolis Kahn en el torneo de hasta dieciséis años, y sé que será mío.

Empezará en la sala de urgencias, en el mostrador de registros, si C.T. se retrasa al seguir la ambulancia. O en la sala de azulejos verdes tras la habitación con las abrumadoras máquinas digitales, o, dado que esta ambulancia especial está dotada de psiquiatra, acaso suceda durante el viaje: un médico sin afeitar y con un halo de brillo antiséptico, con su nombre escrito en cursivas sobre el bolsillo blanco de la bata y una pluma de escritorio de buena calidad, que llevará a cabo un cuestionario a pie de camilla, una etiología y emitirá su diagnóstico usando el método socrático, todo ordenado y punto por punto. Según el Diccionario enciclopédico Oxford, hay diecinueve sinónimos no arcaicos para «mudo, el que no contesta», de los cuales nueve provienen del latín y cuatro del sajón. En la final del domingo jugaré contra Stice o Polep. Tal vez contra Venus Williams. Aunque inevitablemente será alguien no cualificado y sin licencia –una ayudante de enfermera con las uñas comidas o un tipo de la seguridad del hospital o un ordenanza cubano y cansado– el que se dirigirá a mí con un «Eh, chico», interrumpiendo una tarea pesada y aburrida, verá lo que supone que es mi ojo y me preguntará: «Y tú, chico, ¿cuál es tu historia?».

AÑO DE LA ROPA INTERIOR PARA ADULTOS DEPEND

Dónde estaba la mujer que dijo que vendría. Porque dijo que vendría. Erdedy pensó que ya tendría que haber llegado. Tomó asiento y pensó. Estaba en la sala. Cuando empezó a esperar, una ventana irradiaba una luz amarillenta y proyectaba una sombra de luz en el suelo y él aún estaba allí sentado y esperando cuando la luz empezó a desaparecer y fue interceptada por la sombra brillante de la ventana de una otra pared. Había un insecto en la estantería metálica que ocupaba su equipo de audio. El insecto entraba y salía de uno de los agujeros de las viguetas que sostenían el estante. El insecto era oscuro y tenía un caparazón brillante. Siguió mirándolo. Una o dos veces estuvo a punto de levantarse para echarle una mirada más de cerca, pero temió que si se le acercaba y lo veía a corta distancia, lo mataría. Y tuvo miedo de matarlo. No usó el teléfono para llamar a la mujer que había prometido venir porque si ocupaba la línea y daba la casualidad de que ella estaba intentando llamarlo, temía que al oír la señal de comunicando ella pudiera pensar que él había perdido el interés y se enfadara y tal vez le llevara lo prometido a un tercero.

Le había prometido conseguirle poco menos de un cuarto de kilo de marihuana, unos 200 gramos de una marihuana especialmente buena por 1.250 dólares. Él ya había intentado dejar de fumar marihuana unas setenta u ochenta veces. Antes de conocer a esta mujer. Ella no sabía que él había tratado de dejar de fumar. Siempre aguantaba una o dos semanas, o tal vez dos días, y luego se lo pensaba y decidía tener un poco en su casa para una última vez. Por última vez, buscó a un camello nuevo, alguien a quien aún no le hubiera contado que tenía que dejar de fumar porros y que, por favor, bajo ninguna circunstancia le volviera a vender mercancía. Tenía que ser alguien nuevo porque ya le había ido con la misma cantinela a todos los vendedores conocidos. Y ese nuevo vendedor tenía que ser alguien completamente desconocido porque cada vez que compraba un poco, él sabía que aquella sería la última vez, de modo que se lo decía, le rogaba, como un favor, que nunca más le proporcionase nada de nada. Y jamás se lo pedía a alguien a quien ya se lo había dicho porque tenía su orgullo y era buena persona y no quería poner a nadie en un brete. Además, era consciente de que daba miedo cuando había drogas de por medio y no quería que los demás vieran que daba miedo. Permaneció sentado esperando en una equis desigual de luz reflejada desde dos ventanas distintas. Miró el teléfono una o dos veces. El insecto había desaparecido en el agujero de la vigueta metálica que sostenía un estante.

Ella había prometido llegar a cierta hora, y esa hora ya había pasado. Finalmente cedió y marcó su número de teléfono; usó solo el audio y sonó varias veces y temió estar ocupando demasiado tiempo la línea y, por último, dio con el servicio automático de mensajes; el mensaje consistía en una ráfaga de música pop irónica y la voz de ella, y la de un hombre, decían que nosotros te devolveremos la llamada, y el «nosotros» les hizo sonar como una pareja, el hombre era un negro apuesto que estudiaba derecho, ella diseñaba decorados, y él no le dejó ningún mensaje porque temía que ella se percatara de cuán necesitado estaba. Él había tratado todo aquello con despreocupación. Ella le dijo que conocía a un tipo en Allston cruzando el río que vendía una maría de resina concentrada en cantidades moderadas y él bostezó y dijo: Bueno, tal vez, bueno, eh, por qué no, una ocasión especial, no he comprado desde hace no sé cuánto tiempo. Ella dijo que el tipo vivía en una rulot y tenía un labio leporino y unas serpientes, no tenía teléfono, básicamente no era lo que se puede decir una persona agradable o atractiva lo mirases por donde lo mirases, pero ese tipo de Allston vendía con frecuencia droga a la gente de teatro en Cambridge y tenía una parroquia que le era fiel. Él le dijo que intentaba acordarse de cuándo había sido la última vez que había comprado, pero que había pasado mucho tiempo. Dijo que suponía que tenía que comprarle una cantidad decente y le dijo que hacía poco unos amigos le habían llamado para preguntarle si podría conseguirles un poco. Tenía una tendencia a decir casi siempre que compraba sobre todo para los amigos. Entonces si la mujer no la tenía para cuando le había dicho que la tendría y él se empezaba a poner ansioso, siempre le podía decir que quienes se ponían ansiosos eran sus amigos y que él lamentaba tener que molestar a la mujer por una minucia semejante pero sus amigos estaban ansiosos y lo molestaban y él solo quería saber qué les podía decir. Estaba entre dos fuegos, así es como lo expresaba. Podía decir que sus amigos le habían entregado el dinero y ahora estaban ansiosos y le presionaban, llamándolo y molestándolo. Esta táctica no era posible con la mujer que le había dicho que vendría porque él aún no le había dado los 1.250 dólares. Ella no se lo permitió. Tenía dinero. Su familia tenía dinero, ella le había explicado lo espléndido que era su apartamento ya que trabajaba diseñando decorados para una compañía teatral de Cambridge que parecía montar nada más que obras alemanas y eran unos decorados oscuros y lúgubres. No le importaba el dinero, dijo que ella misma cubriría el coste cuando fuera a Allston Spur para ver si el tipo estaba en casa en la caravana ya que estaba segura de que estaría allí esta tarde y que él ya le pagaría cuando se lo entregara. Este acuerdo, tan informal, lo ponía ansioso, de modo que se hizo el indiferente y le dijo que bien, estupendo, como quisiera. Al pensarlo, estuvo seguro de que había dicho como quisiera, lo cual en retrospectiva le preocupó porque le parecía que sonaba como si a él no le importase nada, o tan poco que no tenía la más mínima importancia si ella se olvidaba de buscar la droga o de llamarlo. Todo lo contrario, una vez que había tomado la decisión de tener marihuana en su casa, claro que importaba. Importaba muchísimo. Se había comportado de modo demasiado informal, tendría que haberla obligado a coger los 1.250 dólares en el acto aparentando buenas maneras, manifestándole que no la quería perjudicar financieramente por algo tan sencillo y de tan poca monta. El dinero creaba una sensación de obligación y él tendría que haber querido que la mujer se sintiera obligada a cumplir con lo prometido, ya que lo que ella había dicho que le traería había despertado su apetito. Y una vez que su apetito estaba despierto, ya era tan importante para él que le daba miedo que se notara lo importante que era. Después de pedirle que se la consiguiera, él tenía por delante varios cursos posibles de acción. El insecto del estante había regresado. No parecía hacer nada. Simplemente salió del agujero de la vigueta hasta el borde del estante metálico y se sentó allí. Al cabo de un rato, volvió a desaparecer en el agujero y él estaba seguro de que allí dentro tampoco hacía nada. Se sintió semejante al insecto dentro de la vigueta que soportaba su estante, pero no estaba seguro de hasta qué punto se parecían. Después de haber decidido poseer marihuana por última vez, tenía por delante varios cursos posibles de acción. Tenía que avisar por módem a la agencia y decir que se había producido una emergencia y que estaba enviando un mensaje por teleordenador para que una colega le cubriera sus llamadas durante el resto de la semana porque estaría fuera de contacto varios días debido a la susodicha emergencia. Tenía que grabar un mensaje en su contestador automático diciendo que a partir de esa tarde estaría ilocalizable durante varios días. Tenía que limpiar el dormitorio porque una vez que tuviera la maría no lo abandonaría salvo para ir a la nevera y al lavabo y aun entonces estos viajes serían muy rápidos. Tenía que tirar a la basura todo el licor y la cerveza porque si bebía alcohol y fumaba maría al mismo tiempo, se pondría enfermo y mareado. Y si tenía alcohol en casa no podía confiar en no bebérselo una vez que empezara a fumar. Tenía que hacer compras. Tenía que traer comestibles. Justo ahora asomó del agujero de la vigueta una antena del insecto. Se asomó, pero no se movió más. Tenía que comprar agua tónica, galletas Oreo, pan, embutidos para hacer bocadillos, mayonesa, tomates, M&M’s, galletas Almost Home, helado, una tarta helada de chocolate Pepperidge Farm y cuatro latas de virutas de chocolate para comérselas con una cuchara sopera. Tenía que hacer un pedido para alquilar cartuchos de películas en la tienda de entretenimientos InterLace. Tenía que comprar píldoras para combatir la acidez que le produciría a altas horas de la noche el haberse comido todo eso. Tenía que comprar una nueva pipa de agua porque cada vez que acababa lo que simplemente tenía que ser su último paquete de marihuana, decidía que ya estaba bien, que sanseacabó, ya ni siquiera le gustaba, era el fin, basta de ocultarse, basta de engañar a los colegas y de grabar distintos mensajes en el contestador automático y dejar el coche bien lejos de su edificio y cerrar las ventanas y cortinas y persianas y vivir en vectores rapidísimos entre las películas de InterLace en el teleordenador y la nevera y el lavabo, y entonces cogía la pipa que había usado y la tiraba envuelta en varias bolsas de plástico. Su nevera hacía hielo en pequeños cubos azulados y a él le encantaban. Cuando tenía droga en casa siempre bebía una gran cantidad de agua tónica y de agua muy fría. Se le hinchaba la lengua con solo pensarlo. Miró el teléfono y el reloj. Miró las ventanas, pero no las ramas y el sendero asfaltado que había debajo de las ventanas. Ya había pasado el aspirador por las persianas y las cortinas, todo estaba listo para ser cerrado. Una vez que viniera la mujer que había dicho que vendría, cerraría todo el sistema. Se le ocurrió que podía desaparecer por un agujero de una vigueta en su interior que sostenía todo lo demás que tenía dentro. No estaba seguro de qué era eso que tenía dentro ni se sentía preparado para lanzarse al curso de acción que requeriría explorar esa cuestión. Ya habían pasado más de tres horas de la hora en que la mujer dijo que llegaría. Un orientador, Randi, con una i y con un bigote de policía montado, le había dicho en el programa de tratamiento para pacientes no internados por el que había pasado hacía dos años que no parecía lo bastante preparado para el curso de acción necesario para eliminar las sustancias de su estilo de vida. Había tenido que comprarse una nueva pipa de agua en el Bogart de Porter Square, Cambridge, ya que una vez que acababa la última de las sustancias a mano, siempre tiraba sus pipas, tubos y papel de liar y tenacillas, mecheros y Visine y Pepto-Bismol y galletas y tartas, para eliminar cualquier futura tentación. Siempre tenía una sensación de optimismo y de firme convicción después de descartar esos materiales. Había comprado la nueva pipa y traído comestibles frescos esa mañana cuando llegó a casa mucho antes de la hora en que dijo la mujer que llegaría. Pensó en la nueva pipa y en el nuevo paquete de tubos de hojalata que había en la bolsa sobre la mesa de su cocina iluminada por el sol y no pudo recordar de qué color era su nueva pipa. La última había sido anaranjada, la anterior de un rosado oscuro que se había vuelto enlodado en el fondo por la resina depositada durante cuatro días. Ahora no podía recordar el color de esta nueva y última pipa definitiva. Pensó levantarse para ver el color, pero decidió que las comprobaciones obsesivas y los movimientos convulsivos podrían poner en peligro la atmósfera de calma informal que necesitaba mantener mientras aguardaba, asomando por el agujero pero inmóvil, a la mujer que había conocido en la sesión de trabajo para la pequeña campaña que haría su agencia del nuevo festival Wedekind que organizaba la pequeña compañía teatral de la mujer; y, mientras tanto, esperaba a esa mujer con quien se había acostado en dos ocasiones para agradecerle su promesa informal. Trató de decidir si la mujer era bonita. Otra cosa que debía comprar para sus últimas vacaciones de marihuana era un bote de parafina. Cuando fumaba marihuana, tendía a masturbarse mucho hubiera o no ocasión de copular porque cuando fumaba prefería la masturbación, y la parafina evitaba que se sintiese dolorido y blando cuando regresaba a la actividad sexual normal. También vacilaba en levantarse a verificar el color de la pipa de agua porque para ir a la cocina tendría que pasar al lado del teléfono y no quería caer en la tentación de llamar a la mujer que había dicho que vendría porque se sentiría rastrero si volvía a molestarla con algo que él había hecho ver que no tenía la menor importancia; y temía que tres llamadas sin palabras en el contestador automático de la mujer quedarían todavía más rastreros y también le ponía ansioso que él pudiese usar la línea justo en el instante en que ella llamara, como sin duda sucedería. Decidió añadir la Llamada en Espera a su servicio telefónico por un cargo extra nominal, pero entonces recordó que esta era sin duda la última vez que se permitiría o que se podía permitir caer en lo que Randi, con una i, había denominado una adicción tan fuerte y dura como la del alcoholismo más puro y duro y que, por tanto, no habría ninguna necesidad de Llamada en Espera, ya que una situación como esta no volvería a repetirse jamás. Esta línea de pensamiento casi le hizo enojarse. Para asegurar la compostura con que esperaba sentado en la silla, dirigió sus sentidos al entorno. No estaba visible ninguna porción del insecto que había visto. El tictac de su reloj portátil en realidad se componía de tres tictacs más breves, dando a entender, en su opinión, preparación, movimiento y reajuste. Empezó a disgustarse consigo mismo por esperar con tanta impaciencia la prometida llegada de algo que, de cualquier modo, había dejado de ser divertido. Ni siquiera sabía por qué le seguía gustando. Le resecaba la boca y le enrojecía los ojos y se le demacraba la cara, algo que él odiaba. Era como si toda la integridad de sus músculos faciales resultase erosionada por la marihuana; a él le producía una gran vergüenza verse tan demacrado y hacía mucho tiempo que se había prohibido fumar marihuana delante de nadie. Ya ni siquiera sabía por qué le atraía. El día que fumaba marihuana no podía estar con nadie más; le daba vergüenza. Y a menudo la droga le producía un doloroso episodio de pleuresía si la fumaba durante dos días seguidos de consumo continuo delante de la pantalla de InterLace en su dormitorio. Hacía que sus pensamientos se disparasen alocados en abruptas direcciones y hacía que se quedase mirando embobado como un niño subnormal una película tras otra. Cuando traía películas para unas vacaciones con marihuana, prefería aquellas en las que un montón de cosas explotaban por los aires y chocaban entre sí; algo sobre lo cual un especialista en hechos desagradables como Randi señalaría que tenía implicaciones negativas. Se aflojó la corbata suavemente mientras apelaba a su intelecto, a su voluntad, a su autoconocimiento, a sus convicciones para determinar que cuando la mujer llegase, como seguramente sucedería, esta sería su última debacle con marihuana. Simplemente fumaría tal cantidad y tan deprisa que sería algo desagradable cuyo recuerdo le resultaría tan repulsivo que una vez que la hubiera consumido y echado de su casa y de su vida lo más pronto posible, jamás querría volver a probarla. Se concentraría en crear en su cabeza un conjunto verdaderamente negativo de asociaciones siniestras con esta droga. La droga lo asustaba. La temía. No se trata de que la temiera; era el fumarla lo que le hacía temer a todo. Hacía tiempo que había dejado de ser una liberación o un alivio o una diversión. Esta última vez se fumaría los 200 gramos enteros –120 gramos limpios y sin tallitos– en cuatro días, 50 gramos por día, todo en caladas intensas y económicas a una pipa virgen de calidad, una cantidad increíble y demencial. Y él se encargaría de convertir la experiencia en una misión, tratándola como una penitencia y, al mismo tiempo, como un régimen de modificación de la conducta; la llevaría a cabo fumando 30 gramos de alta calidad al día empezando en el instante que se despertara y usara agua muy fría para despegarse la lengua del paladar y se tomara un antiácido; haría un promedio de doscientas a trescientas caladas profundas al día, una cantidad excesiva y deliberadamente desagradable; y se proponía fumar sin parar, aunque si la marihuana era tan buena como decía la mujer, tras cinco caladas seguidas, no se sentiría con ganas de volver a preparar la pipa al menos durante una hora. Pero él se obligaría a hacerlo pese a todo. Se la fumaría toda aunque no quisiera. Aunque lo marease y enfermase. Utilizaría toda su disciplina, persistencia y voluntad y haría que toda la experiencia fuera tan desagradable, tan degradante y corrompida y despreciable que a partir de entonces se le modificaría el comportamiento; jamás querría repetirla porque el recuerdo de los cuatro días demenciales por venir quedaría firmemente grabado en su memoria de un modo atroz. Se curaría por exceso. Predijo que la mujer, cuando llegase, podría querer fumar algo de los 200 gramos en su compañía, quedarse un rato, estar a gusto, escuchar algunos discos de su impresionante colección de Tito Puente y, probablemente, hacer el amor. Ni una sola vez había hecho el amor con marihuana. Francamente, la idea le repugnaba. Dos bocas resecas chocando entre sí, tratando de besuquearse, sus pensamientos vergonzantes retorciéndose alrededor de ellos como una serpiente en una estaca mientras él galopa y jadea secamente encima de ella, sus ojos hinchados y enrojecidos y el rostro tan demacrado que le cuelga la piel en bolsas flojas, y las bolsas de la cara de ella se sacuden sobre su almohada y las bocas faenan en seco. La idea era repugnante. Decidió que ella le arrojara desde lejos lo prometido y que él, desde una distancia prudencial, le arrojaría los 1.250 dólares en billetes grandes y le diría que no dejara que la puerta le rozara el trasero al salir. Diría «culo» en vez de «trasero». Estaría tan grosero y desagradable con ella que el recuerdo de su propia carencia de un mínimo de decencia en su comportamiento y la expresión ofendida en el rostro de ella representarían un futuro desincentivador de arriesgarse a llamarla y repetir el curso de acción que ahora estaba comprometido a llevar a cabo.

Jamás se había sentido tan ansioso por la llegada de una mujer a la que no quería ver. Recordaba con toda claridad a la última mujer que había utilizado para tratar de tener unas últimas vacaciones con droga y las persianas cerradas. La última había sido una a la que se podría describir como una artista de la apropiación, lo que significaba que copiaba y embellecía el arte de otros y luego lo vendía a una prestigiosa galería de la calle Marlborough. Tenía un manifiesto artístico basado en ideas feministas radicales. Él le aceptó una de sus pinturas de menor formato, que cubría la mitad de la pared de su dormitorio y representaba a una famosa actriz de cine cuyo nombre él casi nunca podía recordar y a un actor menos famoso, los dos entrelazados en una escena de una famosa película clásica, una escena romántica, un abrazo, copiada de un libro de texto de historia del cine y muy ampliada y retocada, y recubierta de obscenidades escritas con letras rojas chillonas. La última mujer había sido sexy pero no bonita, mientras que la mujer que ahora no quería ver pero que esperaba presa de ansiedad era bonita a la manera vagamente marchita de Cambridge, que la hacía parecer bonita pero no sexy. A la artista de la apropiación le había hecho creer que él era un ex adicto al speed, un adicto intravenoso al clorhidrato de metanfetamina,1 es lo que recordaba haberle dicho; incluso le había descrito el horrible sabor del clorhidrato en la boca del adicto inmediatamente después de la inyección. Él había hecho un serio estudio al respecto. La había convencido de que la marihuana evitaba que usara esa otra droga con la que realmente tenía un problema, de modo que si parecía ansioso después de que ella le ofreciera un poco solo se debía a que se estaba resistiendo heroicamente a unos apremios más oscuros e intensos y que precisaba su ayuda. No podía recordar bien cuándo o cómo la había podido convencer. No tomó asiento un buen día delante de ella y le mintió descaradamente; fue más bien una fantasía que él elaboró poco a poco hasta que cobró vida propia y fuerza propia. Ahora el insecto estaba del todo a la vista. En el estante de su ecualizador digital. En realidad, el insecto quizá no se retiró nunca hasta el fondo del agujero de la vigueta. Lo que parecía ser su reaparición podía haber sido solo un cambio de atención de su parte o la doble luz de las ventanas o el contexto visual de su entorno. La vigueta sobresalía de la pared y era un triángulo de metal con agujeros para encajar los estantes. Los estantes metálicos del equipo de sonido estaban pintados de verde oscuro y habían sido fabricados para guardar alimentos enlatados. Estaban diseñados como elementos auxiliares de cocina. El insecto se sentaba dentro de su brillante caparazón con una inmovilidad que parecía reunir fuerzas, depositado como un vehículo del que hubieran quitado el motor por unos momentos. Era oscuro, de caparazón brillante y antenas que sobresalían, pero no se movían. Tenía que ir al lavabo. La última ocasión de contacto con la artista de la apropiación, con quien él se había acostado y quien durante el acto había rociado el aire con alguna especie de perfume de ambientador con un rociador que sostenía en la mano izquierda mientras estaba debajo de él emitiendo una amplia gama de sonidos y rociando el aire con su ambientador, de modo que él sintió su fino rocío depositarse sobre su espalda y sus hombros y le dio frío y le produjo disgusto, la última ocasión de contacto con ella después de que se hubiera escondido con la marihuana que le había procurado, había sido una tarjeta postal que ella le envió y que era una fotopastiche de un felpudo de césped verde de plástico con BIENVENIDO escrito encima y al lado una favorecedora foto promocional de la artista de la apropiación en su galería de Back Bay, y entre las dos partes un signo de desigual, que era un signo de igual tachado en diagonal, y también una obscenidad que él creyó dirigida a él, en mayúsculas en la parte inferior y escrita con un lápiz blando de color rojo y rematada con múltiples signos de exclamación. Ella estaba ofendida porque él la había visto todos los días durante diez días, entonces cuando ella finalmente le consiguió los 50 gramos de marihuana hidropónica genéticamente reforzada, él le dijo que le había salvado la vida y que se sentía agradecido y que los amigos a quienes él había dicho que les pasaría algo también se sentían agradecidos y que ella debía irse ya mismo porque él tenía una cita y debía marcharse de inmediato, pero por supuesto la llamaría esa misma tarde, y ambos compartieron un beso húmedo y ella le dijo que sentía latir su pecho a través del abrigo y se marchó en su coche ruidoso y herrumbroso y él se fue a llevar su propio coche a un parking subterráneo a varias manzanas de su casa, y volvió deprisa y cerró las cortinas y las persianas y cambió el mensaje en el contestador automático por otro que anunciaba un viaje urgente fuera de la ciudad y sacó de la bolsa del Bogart la nueva pipa de agua de color rosado y no se le vio el pelo durante tres días e ignoró más de dos docenas de mensajes telefónicos y de correo electrónico expresando preocupación por su partida tan imprevista y nunca volvió a ponerse en contacto con ella. Esperaba que se hubiera creído que él había vuelto a sucumbir a su adicción al clorhidrato de metanfetamina y no quería que ella compartiera el dolor de su recaída en el infierno de la dependencia química. Lo que realmente sucedió fue que una vez más él había decidido que esos 50 gramos de mierda empapada en resina, que habían resultado tan potentes que al segundo día le habían producido un ataque de ansiedad tan paralizante que había hecho sus necesidades en una jarra de cerámica conmemorativa de la Tufts University para evitar salir de su dormitorio, representaban su última y definitiva degradación drogadicta y que él debía aislarse de todas las posibles futuras fuentes de tentación y aprovisionamiento, y ciertamente esta decisión incluía a la artista de la apropiación, que había llegado con la mercancía a la hora exacta en que había prometido hacerlo, según recordaba él. De la calle llegó el ruido de un contenedor que era vaciado en un camión de la basura de la DBE. Su vergüenza a causa de lo que ella podría haber percibido como una conducta babosamente falocéntrica hacia ella le facilitó evitarla. Aunque en realidad no se trataba de vergüenza. Era más bien que le incomodaba acordarse. Había tenido que lavar dos veces la ropa de cama para quitarle el olor de ambientador. Fue al lavabo para usarlo y con la firme intención de no mirar al insecto visible en el estante de la izquierda ni al teléfono sobre la estación de trabajo lacada a la derecha. Estaba decidido a no tocar el uno ni el otro. ¿Dónde estaba la mujer que dijo que vendría? La nueva pipa de agua en su bolsa de la tienda Bogart era anaranjada, lo cual significaba que tal vez se había equivocado al decir que la última había sido de ese color. Era de un exuberante anaranjado otoñal que se aclaró hasta un anaranjado suave cuando levantó el cilindro de plástico a la luz del atardecer que venía de la ventana que había sobre el lavamanos. El metal del pie de la pileta era acero inoxidable barato, del tipo granulado, nada fino y totalmente convencional. La pipa medía medio metro de alto y tenía una base pesada recubierta con un suave terciopelo falso. El plástico anaranjado era grueso y la asita del costado había sido cortada toscamente de modo que le sobresalían algunas filosas protuberancias que le podían lastimar el pulgar cuando fumara, pero él decidió considerar que eso también formaría parte de la penitencia a que se sometería una vez que llegara y se fuera la mujer. Dejó abierta la puerta del lavabo para asegurarse de que oiría el teléfono cuando llamara o el portero automático de la puerta de entrada del edificio de apartamentos cuando sonara. En el lavabo, de repente se le cerró abruptamente la garganta y sollozó dos o tres segundos antes de que se detuviera el llanto, y no lo pudo provocar otra vez. Ya habían pasado más de cuatro horas desde la hora en que la mujer se había comprometido a venir. ¿Estaba en el lavabo o sentado en la silla cerca de la ventana y del teléfono y del insecto y de la ventana que había dado paso al recto rayo rectangular de luz cuando empezó a esperar? La luz a través de esa ventana llegaba ahora en un ángulo cada vez más oblicuo. Su sombra se había convertido en un paralelogramo. Los rayos de luz entraban rectos y rojizos a través de la ventana del sudoeste. Había creído que tenía que usar el lavabo, pero ahora era incapaz. Trató de insertar toda una pila de cartuchos en el lector y luego encendió el inmenso teleordenador del dormitorio. Podía ver el cuadro apropiado en el espejo que había encima del teleordenador. Bajó el volumen a cero y apuntó al teleordenador con el mando a distancia como si fuera una especie de arma. Se sentó en el borde de la cama con los codos sobre las rodillas y empezó a escanear la pila de cartuchos. Cada cartucho del puerto de entrada caía obediente a su orden, entraba en el lector con un clic y un zumbido insectiles y él lo escaneaba. Pero le fue imposible distraerse con el teleordenador, porque era incapaz de seguir una de las películas más que unos pocos segundos. En el momento exacto en que reconocía lo que había en un cartucho, tenía una sensación de gran ansiedad de que había algo más entretenido en otra cinta y que él se lo estaba perdiendo potencialmente. Se dio cuenta de que ya tendría mucho tiempo para disfrutar de todas las películas y tomó conciencia intelectualmente de que no tenía sentido la sensación de pánico por perderse algo. La pantalla estaba sujeta a la pared, una vez y media tan grande como la obra de arte feminista. Se pasó un rato viendo lo que había en otras cintas. Durante ese intervalo de ansiosa búsqueda sonó el teléfono. Estaba de pie y en movimiento en dirección al aparato antes de que acabara la primera llamada, pletórico de excitación o alivio, con el mando a distancia aún en la mano, pero solo se trataba de un amigo y colega. Y cuando él oyó que la voz no era la de la mujer que había prometido traerle aquello a lo que él se había comprometido a dedicar los próximos días para erradicarlo definitivamente de su vida, casi enfermó de desilusión, y con una gran cantidad de equivocada adrenalina ahora titilando y resonando en su organismo, cortó tan en seco la llamada de su amigo para dejar libre la línea y mantenerla disponible para la mujer que no le quedó ninguna duda de que su colega pensó que estaba enfadado con él o que simplemente era un grosero. Le perturbó aún más pensar que el contestar el teléfono a hora tan tardía no cuadraba con el mensaje de urgencia de estar ilocalizable que figuraría en su contestador automático si el colega le volvía a llamar después de llegar e irse la mujer y de que él hubiera aislado por completo su sistema vital, y permaneció al lado del teléfono tratando de decidir si era suficiente el riesgo de que volviera a llamar el colega o cualquier otro de la agencia como para que estuviera justificado cambiar el mensaje del servicio de contestador automático para anunciar una partida de urgencia esa noche y no esa tarde, pero decidió que ya que la mujer se había comprometido sin la menor duda a venir, el dejar el mensaje tal cual estaba sería un gesto de fidelidad por su parte a ese compromiso y de alguna manera oblicua podría fortalecerlo. El camión de la basura vaciaba contenedores a lo largo y ancho de toda la calle. Volvió a la silla de la ventana. El reproductor de cartuchos y el teleordenador seguían funcionando en el dormitorio y a través del ángulo de la puerta del dormitorio él podía ver cómo las luces de la pantalla de alta definición parpadeaban y cambiaban de un color primario a otro en el cuarto a oscuras; durante un rato, mató el tiempo tratando de imaginarse qué escenas debían de corresponderse con aquellos cambios de colores e intensidades. La silla estaba orientada a la habitación y no a la ventana. Quedaba descartado leer cuando se esperaba marihuana. Pensó en masturbarse, pero no lo hizo. No porque rechazara la idea, sino porque no reaccionó y la vio pasar de largo. Pensó someramente en deseos e ideas que son observados, pero no llevados a la práctica; pensó en impulsos carentes de expresión o debilitándose y alejándose, y sintió que a algún nivel esto tenía algo que ver con él y sus circunstancias y que tal vez esta espantosa y definitiva degradación a la que se había comprometido no resolviese el problema, que con toda seguridad tendría que denominarse su problema, pero no pudo ni siquiera empezar a intentar ver cómo la imagen de impulsos disecados y resecos que pasaban flotando tenía alguna relación con él o con el insecto que había regresado a su agujero en la vigueta angular, porque en ese preciso instante sonaron al unísono el teléfono y el portero automático, ambos ruidosos y torturados, y tan abruptamente que parecieron penetrar a través de un agujero diminuto en el gran balón de silencio coloreado en que él estaba sentado esperando, y primero avanzó hacia el teléfono, luego hacia el portero automático, luego convulsivamente hacia el teléfono, y entonces intentó avanzar de algún modo en ambas direcciones a la vez y, finalmente, permaneció allí con las piernas separadas, los brazos agitados y frenéticos como si hubiera lanzado algo por el aire, sepultado entre los dos sonidos, sin un solo pensamiento en la cabeza.

1 DE ABRIL, AÑO DEL PARCHE TRANSDÉRMICO TUCKS

–Solo sé que mi padre me dijo que viniera.

–Entra. Verás una silla a tu izquierda.

–Ya estoy.

–Está bien. ¿Un Seven-Up? ¿Tal vez un poco de limonada?

–Creo que no, gracias. Estoy aquí, eso es todo, y me pregunto por qué me envió mi padre, ¿sabe? Su puerta no tiene ningún letrero y la semana pasada estuve en el dentista, de modo que me pregunto por qué estoy aquí. Eso es todo. Por eso todavía no me he sentado.

–¿Qué edad tienes, Hal? ¿Catorce?

–Cumpliré trece en junio. ¿Es usted dentista? ¿Es esto una consulta de dentista?

–Estás aquí para conversar.

–¿Conversar?

–Así es. Perdona que ahora te corrija la edad. Tu padre te había apuntado como de catorce por alguna razón.

–¿Conversar así como así y con usted?

–Estás aquí para conversar conmigo: así es, Hal. Casi voy a tener que implorarte que tomes una limonada. La boca te está haciendo unos sonidos pegajosos porque le falta saliva.

–El doctor Zegarelli dice que una razón de que tenga caries es que mi producción de saliva es deficitaria.

–Esos sonidos de falta de saliva, pegajosos y secos, pueden arruinar cualquier buena conversación.

–Pero entonces, ¿he hecho todo este camino en bicicleta con el viento en contra solo para conversar con usted? ¿Se supone que tengo que empezar la conversación preguntando por qué?

–Yo la empezaré preguntándote si conoces el significado de la palabra «implorar».

–Lo más probable entonces es que tome un Seven-Up, si usted me lo va a implorar.

–Te vuelvo a preguntar si sabes lo que quiere decir «implorar», señorito.

–¿Señorito?

–Después de todo, tienes puesta una corbata de lazo. ¿No es acaso una invitación a decirte «señorito»?

–«Implorar» es un verbo regular, transitivo: ‘suplicar, rogar, clamar, apelar, demandar, solicitar’. Sinónimo débil: ‘quejarse’; sinónimo fuerte: ‘rogar’. Etimología sin mezclas: del latín implorare, im significa ‘en’ y plorare en este contexto significa ‘llorar’. Diccionario enciclopédico Oxford condensado, volumen seis, página mil trescientas ochenta y siete, columna doce y un poquito de la trece.

–Dios santo… Parece que ella no exageraba.

–En la academia suelen pegarme por cosas así. ¿Tiene eso que ver con mi presencia aquí? ¿El hecho de que soy un jugador junior de tenis con una buena posición en el ranking nacional que también puede recitar de memoria largos párrafos del diccionario, verbatim, a voluntad, y a quien le suelen pegar y que usa corbata de lazo? ¿Es usted un especialista en chicos superdotados? ¿Significa que creen de verdad que soy un superdotado?

–SPFFT. Aquí tienes. Bebe.

–Gracias. SHULGSHULPSAHHH… Guau.

–Estabas sediento.

–Y si me siento, ¿me informará usted?

–… un conversador profesional tiene que conocer sus membranas mucosas, después de todo.

–En un segundo tal vez eructe por el refresco con gas. Le aviso antes de que ocurra.

–Hal, estás aquí porque soy un conversador profesional y tu padre ha concertado tu cita conmigo para que conversemos.

–MYURP. Lo siento.

Tap tap tap tap.

–SHULGSPAHHH.

Tap tap tap tap.

–¿Es usted un conversador profesional?

–Así es, creo que acabo de decirlo. Un conversador profesional.

–No empiece a mirar el reloj como si yo le fuera a robar su valioso tiempo. Si Él Mismo ha concertado la cita y la ha pagado, se supone que el tiempo me pertenece a mí, ¿verdad? No a usted. Y ahora bien, ¿qué se supone que significa un «conversador profesional»? Un conversador es alguien que conversa mucho. ¿Cobra usted una minuta por conversar mucho?

–Un conversador es también aquel, como tú seguramente recordarás, que «destaca en conversación».

–Eso es de la séptima edición del Webster, no del Oxford.

Tap tap.

–Soy hombre del Oxford, doctor. Si es eso lo que es usted. ¿Es usted médico? ¿Tiene un doctorado? He notado que la mayoría de la gente exagera sus diplomas cuando los tiene. Y la séptima del Webster ni siquiera está actualizada. La octava lo modifica diciendo «aquel que conversa con sumo entusiasmo».

–¿Otro Seven-Up?

–¿Está Él Mismo teniendo esa alucinación de que yo nunca hablo? ¿Por eso convenció a mamá de que me hiciera venir en bicicleta hasta aquí? Él Mismo con mayúsculas es mi padre. Le llamamos Él Mismo. Como si fuera el Hombre Mismo. A mamá la llamamos Mami. Mi hermano se inventó el término. Sé que es algo corriente. Sé que la mayoría de las familias más o menos normales en la intimidad se llaman entre sí con apodos y cosas similares. Ni se le ocurra preguntarme cuál es mi apodo en la intimidad.

Tap tap tap.

–Pero Él Mismo últimamente alucina un poco. Debo ponerle a usted sobre aviso. Me pregunto por qué Mami le permite enviarme pedaleando cuesta arriba y con el viento en contra cuando tengo que jugar un partido a las tres, y todo para que converse con un entusiasta que tiene una puerta en blanco y ningún diploma a la vista.

–Con toda humildad, a mí me gustaría pensar que eso tiene tanto que ver contigo como conmigo. Que mi reputación me precedió.

–¿No es esa una construcción habitualmente peyorativa?

–Es muy divertido hablar conmigo. Soy un profesional consumado. La gente se va de mi consulta en éxtasis. Tú estás aquí. Es la hora de conversación. ¿Hablamos sobre erotismo bizantino?

–¿Cómo sabe que me interesa el erotismo bizantino?

–Pareces confundirme una y otra vez con alguien que solo muestra un banderín con la palabra «Conversador» escrita encima y a esta profesión con algo indigno y cogido con alfileres. ¿Te crees que no cuento con un equipo de apoyo? ¿Con investigadores a mi disposición? ¿Piensas que no profundizamos en la psique de aquellos con quienes concertamos citas para conversar? ¿Te imaginas que esta sociedad limitada y totalmente acreditada no se ocupa de obtener información sobre lo que estimula e implica a nuestros interlocutores?

–Solo conozco a una persona capaz de usar la palabra «psique» en una conversación informal.

–No hay nada informal en un conversador profesional y su equipo. Nosotros profundizamos. Conseguimos resultados, señorito.

–De acuerdo. ¿Alejandrino o constantiniano?

–¿Piensas que no hemos investigado a fondo tu conexión con toda la actual crisis interna del sur de Quebec?

–¿Qué es eso de la crisis interna del sur de Quebec? Pensé que quería hablar de mosaicos guarros.

–Hal, este es un distrito de alto nivel de una activa metrópoli norteamericana. Aquí los estándares son altos. Un conversador profesional debe profundizar en la psique. ¿Te imaginas siquiera por un momento que un profesional en ejercicio del sector de la conversación no hurgaría fehacientemente en la sórdida conexión de tu familia con el notorio M. DuPlessis de la Resistencia Pancanadiense y su malévola aunque supuestamente irresistible amanuense y agente, Luria P…?

–Escuche, ¿se siente bien?

–¿Y tú?

–Tengo doce años, por Dios. A lo mejor su agenda de citas no es del todo fiable. Soy el mismo probable niño prodigio del tenis y la lexicografía de doce años cuya mamá es como un terremoto continental en el ámbito de la gramática académica y cuyo padre es una figura capital en óptica y en el ámbito del cine de vanguardia y él solito fundó la Academia Enfield de Tenis, pero empieza a beber Wild Turkey a las cinco de la mañana y algunos días anda a tropezones por las pistas de tenis durante los entrenamientos de primera hora; otros días sufre alucinaciones sobre gente que mueve la boca y no dice nada. Ni siquiera he llegado a la jota del Oxford condensado, mucho menos a Quebec o a las malévolas Lurias.

–… el hecho de que fotos de la mencionada… relación filtradas a Der Spiegel dieran como resultado las extrañas muertes de un paparazzo de Ottawa y un editor bávaro de asuntos internacionales, el uno con un bastón de montañismo clavado en el estómago, el otro por culpa de una cebolla de cóctel que no pudo tragar. Y de eso, ¿qué me dices?

–He llegado a «judaísmo». Y estoy empezando a leer sobre el arpa judía y la teoría general de la lírica oral hebrea. Ni siquiera he llegado al montañismo.

–¿Acaso eres siquiera capaz de imaginarte que no contrarrestamos en la conversación ciertas atribuciones… digamos maternales para cierto fagot anónimo y bisexual de la unidad táctica de la Guardia Secreta Albertana?

–Eh, ¿esa puerta que veo es la de salida?

–… ¿que tu alegre falta de atención a las cabriolas gramaticales de tu propia y amante madre no con uno ni dos, sino con más de treinta agregados médicos de Oriente Medio…?

–¿Sería una grosería por mi parte decirle que se le está cayendo el bigote?

–… ¿que su introducción de esteroides esotéricos y mnemónicos, nada diferentes desde el punto de vista estereoquímico al cotidiano e hipodérmico suplemento vitamínico de tu padre derivado de cierto compuesto orgánico de regeneración de testosterona destilado por los chamanes jíbaros de la cuenca sur-central de Los Ángeles, en tu inocente bol matutino de Ralstom…?

–De hecho, lo mejor será que le diga que la cara se le está como derritiendo, voy a mirar si quiere. Ya tiene la nariz apuntando a las piernas.

–… ¿que el material resultante de la composición con fórmulas ultrasecretas de resina polibutilena y policarbonada reforzada con grafito de alta modulación de tus raquetas, entre comillas, de regalo, Dunlop de tenis es orgánicamente idéntico, y repito, idéntico, al del sensor de equilibrio giroscópico y tarjeta de apropiación de mise-en-scène y cartucho de entretenimiento priapístico implantados en el mismísimo cerebro anaplástico de tu propio y formidable progenitor tras la cruel serie de desintoxicaciones y convulsiones tranquilizantes y gastrectomía y prostatectomía y pancreatomía y faluctomía…?

Tap tap.

–SHULGSPAHHH.

–… ¿podía de algún modo escaparse al combinado escrutinio investigador de…?

–Y estoy seguro de que he visto antes ese chaleco a rombos. Es el chaleco a rombos que usa Él Mismo para la especial cena conmemorativa del Día de la Interdependencia y del que se jacta de no haberlo limpiado jamás. Conozco esas manchas. Yo estaba allí cuando cayó ese lamparón de salsa de ternera. ¿Esta cita está relacionada con el calendario? ¿Es el día de los inocentes, papá? ¿O será necesario que llame a Mami y a C.T.?

–… ¿quien solo exige pruebas cotidianas de que tú hablas? ¿De que ves el paisaje ocasional más allá de la punta generosa y carnosa de tu propia nariz mondragonoide?

–¿Has alquilado este despacho y la máscara para esto, pero te has dejado puesto ese viejo y famoso chaleco? ¿Y cómo pudiste llegar aquí antes que yo con el Mercury en el taller de reparaciones después de que tú…? ¿Engañaste a C.T. para que te diera las llaves de un coche en buen estado?

–¿Quien rezaba a diario para que llegara el día en que su propio, querido y malogrado padre se sentara, tosiera, abriera su condenado ejemplar del Tucson Citizen y no lo convirtiera en la quinta pared de la habitación? ¿Y quien tras todo este ruido y esta furia al parecer solo ha logrado el mismo silencio?

–…

–… ¿que siempre ha vivido toda esta vida dura, atroz e impía en habitaciones de cinco paredes?

–Papá, en unos doce minutos tengo el compromiso ineludible de un partido contra Schacht, tenga o no el viento a favor. Tengo también a ese especialista en lírica oral hebrea que estará esperándome en la puerta del banco Brighton Best Savings con una corbata predeterminada a las cinco sin falta. A cambio de la entrevista que me hará tengo que cortarle el césped de su jardín un mes entero. No puedo quedarme aquí viendo que piensas que soy mudo mientras esa nariz falsa se te cae al suelo. ¿Me oyes hablar, papá? Hablo. Acepto refrescos, defino «implorar» y converso contigo.

–… rogando por nada más que una conversación aunque sea entre aficionados y que no termine en terror? ¿Que no termine como las anteriores: tú mirando y yo tragando saliva?

–…

–¿Hijo?

–…

–¿Hijo?

9 DE MAYO, AÑO DE LA ROPA INTERIOR PARA ADULTOS DEPEND

Otra forma en que los padres influyen en sus hijos varones cuando estos cambian la voz en la pubertad es que invariablemente contestan el teléfono con las mismas expresiones y entonaciones que sus padres. Esto es así aunque los padres hayan muerto.

Debido a que salía de su habitación de la residencia de estudiantes antes de las seis para ir a entrenar y que no volvía allí hasta después de la cena, a Hal le llevaba algún tiempo preparar la bolsa de los libros, la mochila y la bolsa de deporte, además de seleccionar las raquetas con el cordaje adecuado. Asimismo, por lo general buscaba, recogía y seleccionaba sus cosas en la oscuridad; y con sigilo, ya que por lo general su hermano Mario aún dormía en la otra cama. Mario no entrenaba ni podía jugar y necesitaba dormir el máximo posible.

Hal estaba preparando la bolsa de deporte complementaria y acercándose a la cara varios pares de pantalones de chándal tratando de encontrar el más limpio por el olor, cuando sonó el teléfono. Mario se agitó y se enderezó en la cama; era una pequeña figura gibosa coronada por una gran cabeza a la luz grisácea de la ventana. Hal se acercó al teléfono al segundo tono y ya tenía en las manos la antena del teléfono transparente cuando sonó el tercero.

Su modo de contestar el teléfono sonaba como «Hummm… hola».

–Quiero decirte –dijo la voz del teléfono–. Que tengo la cabeza llena de cosas por decir.

Hal tenía tres pares de pantalones de chándal de la AET en la mano que no sostenía el aparato. Vio que su hermano sucumbía a la gravedad y volvía a caer inerte sobre la cama. A menudo Mario se sentaba y volvía a echarse sin despertarse en ningún momento.

–No me importa –dijo Hal en voz baja–. Podría esperar todo el tiempo que hiciera falta.

–Eso es lo que tú crees –dijo la voz. Se cortó la conexión. Había sido Orin.

–Eh, Hal.

La luz del dormitorio era de un gris apagado, una especie de no luz. A veces Hal podía oír a Brandt al otro lado del pasillo riéndose de algo que había dicho Kenkle y el ruido de los cubos de los porteros. La persona del teléfono había sido O.

–Eh, Hal. –Mario estaba despierto. Se necesitaban cuatro almohadas para sostenerle la inmensa cabezota. Su voz salió de entre las mantas revueltas–. ¿Aún está oscuro o soy yo?

–Vuelve a dormir. No son ni siquiera las seis. –Hal metió primero la pierna buena en el pantalón de chándal.

–¿Quién era?

Guardó en la bolsa de deporte tres raquetas Dunlop, cerró la cremallera hasta la mitad para que los mangos quedasen fáciles de coger y, acarreando las tres bolsas, fue hasta el teléfono, desactivó el timbre y dijo:

–Nadie que tú conozcas, creo.

AÑO DE LA ROPA INTERIOR PARA ADULTOS DEPEND

Aunque solo medio árabe y canadiense de nacimiento y residencia, el médico agregado vuelve a disfrutar de la inmunidad saudí, esta vez como asesor especial otorrinolaringológico del médico personal del príncipe Q., ministro saudí de Entretenimientos para el Hogar, hoy aquí, en el nordeste de Estados Unidos, al frente de una delegación cuyo cometido es el de hacer otro trato mastodóntico con la compañía InterLace TelEntertainment. El agregado médico cumple treinta y seis años mañana, jueves, 2 de abril en el año lunar norteamericano del ARIAD. La delegación opina que el subsidio promocional del calendario norteamericano es hilarantemente vulgar. Por no mencionar la imagen impresionante del ídolo idólatra más famoso y autocomplaciente de Occidente, la colosal estatua Libertina vestida con una especie de inmenso pañal para adultos, una imagen hilarantemente oportuna muy popular en las fotos de varios periódicos internacionales.

Al tener su consulta médica normalmente dividida entre Montreal y el Rub’al Khali, este es el primer viaje a Estados Unidos del agregado médico desde que completara su período de prácticas hace ocho años. Sus deberes aquí consisten en desplazarse junto con el príncipe y su séquito entre las dos plantas de fabricación y distribución de InterLace en Phoenix, Arizona, Estados Unidos, y Boston, Massachusetts, Estados Unidos, respectivamente, ofreciendo su experta asistencia otorrinolaringológica al médico personal del príncipe Q. La especialidad concreta del agregado médico son las secuelas maxilofaciales de los desequilibrios en la flora intestinal. El príncipe Q., como cualquier hijo de vecino que se niega a ingerir casi nada más que Toblerone, sufre crónicamente de Candida albicans con la consiguiente propensión a la sinusitis monilial y a la ubrera, las llagas fermentadas e impacciones sinales de la cual requieren drenajes casi a diario en el clima frío y húmedo de principios de la primavera de Boston, Estados Unidos. Al médico agregado, un verdadero artista poseedor de una destreza sin paralelo en limpiezas con algodón e hipoevacuaciones, se le conoce entre las decadentes clases altas de las naciones petroárabes como el DeBakey del fermento maxilofacial y sus vertiginosos horarios se consideran absolutamente ad valorem.

Los honorarios saudíes, en especial para las consultas médicas, se disparan allende lo obsceno, pero los deberes del agregado médico durante este viaje los justifican, ya que son personalmente agotadores y un tanto nauseabundos, y cuando regresa a los lujosos aposentos que le hace subalquilar a su mujer en barrios distantes de los usuales antros de la delegación en Back Bay y Scottsdale, necesita relajarse a toda costa. El médico agregado, un seguidor más que entusiasta del sufismo norteamericano promulgado en su infancia por Pir Valayat, no frecuenta el kif ni las bebidas destiladas y debe relajarse sin la menor ayuda química. Cuando llega a su casa tras las oraciones vespertinas, quiere contemplar sobre su bandeja individual una cena especiada y totalmente shari’a-halal, burbujeante de puro picante, bien dispuesta y humeando agradablemente en su bandeja acoplable, quiere el babero planchado, listo para la acción y colocado a un lado de la bandeja y quiere que el teleordenador de la sala de estar esté encendido, listo, y que el cargador contenga una pila de cartuchos de entretenimiento vespertino ya seleccionados, dispuestos y en fila para su inserción con el mando a distancia en el lector de la pantalla. Se inclina ante la pantalla en su asiento de especial reclinación electrónica; lo atiende en silencio su esposa étnicamente árabe y ataviada con velo negro; le desabrocha cualquier vestimenta constrictiva, ajusta la iluminación de la sala, instala la bandeja complejamente moldeada sobre su cabeza de modo que pueda apoyarla sobre sus hombros y le permita proyectarla en el espacio justo debajo de su mentón de modo que él pueda disfrutar de la cena picante sin tener que desviar la mirada del espectáculo que en ese instante se desarrolla en la pantalla. Luce una fina barba de tipo imperial que su esposa también cuida manteniéndola libre de los detritos de la bandeja. El agregado médico permanece sentado y mira y deglute y mira y mira relajándose a ojos vista hasta que los ángulos de su cuerpo en el asiento y de su cabeza sobre el cuello indican que se ha quedado dormido; en ese preciso instante, su poltrona electrónica reclinable especial se reclina automáticamente aún más hasta alcanzar una completa posición horizontal; de anchas ranuras a los lados emergen con fluidez lujosas ropas de cama de seda y, a menos que su mujer sea lo bastante desconsiderada y torpe con los mandos a distancia de la poltrona, al agregado médico le es posible descansar sin esfuerzo alguno pasando de una expectación sin relajación a una noche de sueño absolutamente relajado allí mismo, en la poltrona reclinable y con el teleordenador programado para emitir un bucle continuo de olas a bajo volumen y de lluvia cayendo sobre anchas hojas verdes.

Con la excepción de los miércoles por la noche, que en Boston es la noche de la Liga Superior de Tenis de Mujeres Árabes y su esposa se reúne con las esposas y compañeras de la delegación en el lujoso club Mount Auburn en West Waterdown, o sea, noches en que ella no está para atenderle en silencio, ya que el miércoles es también el día de la semana en Estados Unidos en que los Toblerone llegan a los estantes de los fabricantes/importadores de Newbury Street, Boston, Massachusetts, Estados Unidos, y la incapacidad para controlar el apetito del ministro saudí de Entretenimientos para el Hogar ante la llegada del Toblerone de los miércoles a menudo obliga a que el agregado médico deba quedarse personalmente toda la velada en el inmenso apartamento alquilado del piso catorce del Back Bay Hilton jugueteando con deprimidores de lengua y tapones de algodón, nistatina e ibuprofeno y estípticos y ungüentos antibióticos contra la ubrera a fin de rehabilitar las membranas mucosas del dispéptico y deprimido y a menudo (pero no siempre) penitente y agradecido príncipe saudí Q. Así que el 1 de abril del ARIAD, cuando el agregado médico no se muestra lo bastante diestro (o al menos se le supuso no haberlo estado) con un bastoncillo de algodón sobre una necrosis sinal ulcerada y es sometido a las 18.00 h en punto a un febril y excoriante enfado del floralmente desequilibrado ministro de Entretenimiento para el Hogar, y es reemplazado por estridente decreto de al lado del lecho real por el médico personal del príncipe, que ha sido convocado de urgencia con un busca cuando estaba en la sauna del Hilton, y cuando el empapado médico personal palmea el hombro del médico agregado y le dice que no preste atención al enfado, que son las llagas las que han hablado, sino que se vaya a casa a relajarse, que un miércoles con la noche libre es algo que se tiene bien merecido, entonces, cuando el agregado llega a casa a eso de las 18.40 h, sus espaciosos aposentos bostonianos están vacíos, las luces de la sala sin atenuar, la cena sin calentar, la bandeja aún en el lavaplatos y –lo peor de todo– no se han traído los cartuchos de entretenimiento de la tienda InterLace de la calle Boylston, donde la esposa del agregado médico, así como todas las veladas esposas y compañeras de los delegados principescos, tienen una cuenta de atención especial. E incluso aunque no fuera tan agotador y tan deprimente aventurarse en la húmeda noche urbana para recoger los cartuchos recreativos, el agregado médico se da cuenta de que su esposa, como siempre sucede los miércoles, se ha llevado el coche con la placa de matrícula de inmunidad diplomática, sin la cual este considerado extranjero ni siquiera soñaría con intentar aparcar por la noche en las calles de Boston, Massachusetts, Estados Unidos.

Las opciones de relajación a que se enfrenta el agregado médico están por tanto severamente limitadas. El munífico teleordenador del salón también recibe las diseminaciones espontáneas de la Matriz de Pulsaciones por Suscripción de InterLace, pero los procedimientos para encargar pulsaciones espontáneas específicas son tan tecnológica y criptográficamente complejos que el agregado siempre ha dejado todo este asunto en manos de su cónyuge. En esa noche de miércoles, al pulsar botones y abreviaturas casi al azar, el agregado solo logra convocar un canal de deportes profesionales norteamericanos en vivo y en directo –deportes que siempre ha considerado embrutecedores y repelentes–, otro de una ópera patrocinada por la compañía Texaco Oil, pero el agregado médico hoy ya ha visto suficientes úvulas humanas, así que no, muchísimas gracias, un episodio rediseminado del popular programa infantil de InterLace, Mr. Bouncety-Bounce, del que por un momento el agregado piensa que podría ser un documental sobre los desórdenes bipolares del humor hasta que lo entiende y teclea rápidamente en el panel, y una sesión rediseminada de En forma para siempre, el programa de aeróbic doméstico matinal de ropa ligera e impacto variable de la señorita Tawni Kondo, la gurú de aeróbic de InterLace, cuyo espectáculo de ropas ligeras y de piernas al aire en la pantalla amenaza al piadoso agregado médico con la posibilidad de pensamientos impuros.

Los únicos cartuchos de entretenimiento que hay en el piso, según revela la búsqueda marcada por un pésimo humor, son los que arribaron por el correo de Estados Unidos ese mismo miércoles y que están en el aparador de la sala junto a faxes y correo personal y profesional que el agregado médico se niega a leer hasta que los preescanee su esposa y le pase lo que podría ser de su interés. El aparador está contra la pared del lado opuesto de la poltrona electrónica, en la otra punta de la habitación, bajo un tríptico erótico bizantino de alta calidad. Los empaquetados cartuchos de vídeo con su peculiar forma rectangular están mezclados al azar con la correspondencia menos divertida. Al buscar algo con que relajarse, el agregado médico abre varios paquetes por la línea de perforaciones correspondientes. Hay una película del Servicio de Especialidades ONANMA sobre los antibióticos de clase actinomiceta y el síndrome de intestino irritable. Hay una película del 1 de abril del ARIAD de cuarenta minutos de duración con el resumen de noticias norteamericanas de CBC/PATHÉ, disponible a diario por medio de la suscripción a nombre de su esposa y transmitida al teleordenador por pulsaciones InterLace no reproducibles o enviada por correo urgente en un disco ROM que se borra automáticamente tras ser visto una vez. Está la edición en árabe y en vídeo del número de abril de la revista Self para la esposa del agregado, cuya modelo de portada de Nass está castamente arropada y velada. Hay un sobre acolchado de un marrón de lo más vulgar posible y fastidiosamente sin título y con un sello postal norteamericano de primera clase. El sobre acolchado está sellado en una zona suburbana de Phoenix, Arizona, Estados Unidos, y en el remitente solo figura un FELIZ ANIVERSARIO con una cara sonriente torpemente dibujada a mano y con bolígrafo en vez de las señas del remitente o de un logotipo incorporado. Aunque por nacimiento y residencia el médico agregado es un nativo de Quebec, donde la lengua de uso social no es el inglés, él sabe bastante bien que la palabra inglesa anniversary no significa lo mismo que cumpleaños. Y el médico agregado y su velada esposa fueron unidos a los ojos de Dios y del Profeta no en abril, sino en octubre, ya hace cuatro años, en el Rub’al Khali. A la confusión del sobre acolchado se le añade el hecho de que cualquier cosa proveniente de la delegación del príncipe Q. en Phoenix, Arizona, Estados Unidos, luciría el sello diplomático en vez del sello local y de rutina de ONAN. En suma, el médico agregado se siente profundamente ofendido y muy maltratado y está listo y predispuesto a irritarse aún más con el contenido del cartucho, que es un vulgar cartucho recreativo negro estándar, pero sin ningún título y carente de estuche de vivos colores, atrayente o informativo y solo tiene una de esas insulsas caras circulares sonrientes de tipo estadounidense que se usan en las circulares estampadas donde tendría que estar estampado el código de registro y de duración. El médico agregado está perplejo ante el críptico remitente y la caricatura y el empaquetado y el cartucho sin título y a priori irritado por la cantidad de tiempo que ha tenido que pasar de pie ante el aparador ocupándose de la correspondencia, una tarea que no le corresponde. La única razón por la que no arroja el cartucho sin título a la basura o lo deja a un lado para que lo pre-visione primero su esposa es la escasez lamentable de opciones recreativas esa noche en que la irritante y americanizada liga de tenis mantiene a su mujer lejos de su lugar en casa. El agregado insertará el cartucho y verá su contenido solo para determinar si es irritante o de una naturaleza irrelevante o de ningún modo divertido o interesante. Calentará el cordero halal y la salsa picante halal en el microondas hasta que esté bien caliente, lo colocará atractivamente sobre su bandeja, pre-visionará los momentos iniciales del peregrino y/o irritante o posiblemente misterioso cartucho sin señas ni título, luego se relajará con el resumen de las noticias, más tarde echará quizá una rápida y poco libidinosa mirada a la línea de primavera de ropa interior negra, piadosa y asexuada para mujeres de Nass, luego pondrá la grabación continua de olas y lluvia y pasará una merecida noche de miércoles con la esperanza de que su mujer no regrese de la liga de tenis con su conjunto negro de tenis hasta las rodillas empapado de transpiración y le quite la bandeja de la cena de encima de su cuello dormido de una manera torpe o poco diestra que potencialmente lo pueda despertar.

Cuando se aposenta con la bandeja y el vídeo, en la pantalla digital del teleordenador son las 19.27 h.

AÑO DE LA MUESTRA DEL SNACK DE CHOCOLATE DOVE

Wardine dice que su mamá no la trata bien. Reginald viene al patio de mi edificio, donde yo y Dolores Epps estamos saltando a la cuerda y me dice: Clenette, Wardine está en mi casa llorando y diciendo que su mamá no la trata bien, y yo voy con Reginald a su edificio, donde él vive, y Wardine está acurrucada en el fondo del armario del cuartito de Reginald y llora a mares. Reginald saca llorando a Wardine del armario y yo le restrego las lágrimas de la cara a Wardine y Reginald tiene cuidado cuando le quita las camisetas que lleva puestas y le dice a Wardine que me deje ver. Wardine tiene la espalda llena de golpes y rasguños. Largos cortes de arriba abajo en la espalda de Wardine, como navajazos rojos y a los lados la piel como la piel de los labios. Se me revuelven las tripas con solo mirar. Wardine llora. Reginald dice que Wardine dice que su mamá no la trata bien. Dice que su mamá le pegó con una percha. Dice Wardine que Roy Tony, el hombre de su mamá, quiso acostarse con ella. Le dio caramelos y cinco centavos. Se le pone en medio todo el tiempo y no la deja pasar sin toquetearla. Reginald dice que Wardine dice que de noche, cuando su mamá está trabajando, Roy Tony se acerca al colchón donde duermen Wardine, William, Shantell y Roy el bebé y se queda allí en la oscuridad, colocado, y le dice cosas en voz baja y jadea. La mamá de Wardine dice que Wardine ha tentado con el Pecado a Roy Tony. Wardine dice que su mamá dice que Wardine trata de conducir con su propia juventud a Roy Tony al Mal y al Pecado. Pegó a Wardine con las perchas del armario. Mi mamá dice que la mamá de Wardine no está bien de la cabeza. Mi mamá le tiene miedo a Roy Tony. Wardine sigue llorando. Reginald ruega que Wardine le cuente a la mamá de Reginald cómo trata la mamá de Wardine a Wardine. Reginald dice que ama a su Wardine. Dice que la ama pero dice que nunca antes se había explicado por qué Wardine no se acostaba con él como las demás chicas hacen con sus hombres. Dice que Wardine nunca le dejó quitarle las faldas hasta esa noche que llegó llorando a su casa y le dejó quitarle la ropa para que viera cómo la mamá de Wardine había pegado a Wardine por culpa de Roy Tony. Reginald ama a su Wardine. Wardine estaba muerta del susto. Dijo que no al ruego de Reginald. Dijo que si ella hablaba con la mamá de Reginald y si la mamá de Reginald hablaba con su mamá, esta entonces pensaría que Wardine se acostaba con Reginald. Wardine dice que su mamá le dice que si permite que un hombre se acueste con ella antes de cumplir los dieciséis, ella entonces la molerá a palos. Reginald dice que él de ninguna manera permitirá que nada de eso le suceda a Wardine.

Hace cuatro años Roy Tony mató al hermano de Dolores Epps, Columbus Epps, en los Brighton Projects. Roy Tony está en libertad condicional. Wardine dice que le mostró algo que lleva en el tobillo y que envía señales a los de la condicional de que aún está aquí en Brighton. Roy Tony no puede irse de Brighton. El hermano de Roy Tony es el padre de Wardine. Se fue. Reginald intenta que Wardine guarde silencio pero no logra que deje de llorar. Wardine parece una loca del miedo que siente. Dice que se matará si Reginald o yo les contamos algo a nuestras mamás. Me dice: Clenette, tú eres mi hermanastra, te ruego que no le cuentes a tu mamá lo de mi mamá y Roy Tony. Reginald le dice a Wardine que se calle y se quede echada y tranquila. Le pone Shedd Spread, que trae de la cocina, sobre los cortes en la espalda de Wardine. Pasa el dedo con la grasa con gran cuidado sobre las heridas rojas producidas por las perchas. Wardine dice que desde primavera no siente nada en la espalda. Está echada panza arriba sobre el suelo de Reginald y dice no sentir nada en la piel de la espalda. Cuando Reginald se va a buscar agua, ella me pide que le diga la verdad, cómo tiene la espalda cuando Reginald la mira. Aún es bonita, pregunta y llora.

No le diré nada a mi mamá de Wardine y Reginald ni de la mamá de Wardine y Roy Tony. Mi mamá le tiene miedo a Roy Tony. Mi mamá es la mujer por quien Roy Tony mató a Columbus Epps hace cuatro años en los Brighton Projects, por amor.

Pero sé que Reginald hablará. Reginald dice que se morirá antes de permitir que la mamá de Wardine le vuelva a pegar. Dice que le dirá a Roy Tony que no se meta más con Wardine ni le jadee de noche al lado del colchón. Dice que irá al patio de los Brighton Projects, donde Roy Tony hace sus negocios y entonces, de hombre a hombre, hará que Roy Tony se comporte bien.

Pero yo pienso que Roy Tony matará a Reginald si Reginald va a verlo. Pienso que Roy Tony matará a Reginald y entonces la mamá de Wardine le pegará a Wardine con las perchas hasta matarla. Y entonces nadie sabrá nada excepto yo. Y yo voy a tener un crío.

En el octavo curso del sistema educativo norteamericano, Bruce Green se enamoró perdidamente de una compañera de curso que tenía el improbable nombre de Mildred Bonk. El nombre era improbable porque si alguna vez una estudiante se ha parecido a Daphne Christianson o a Kimberley Saint-Simone o alguien por el estilo, esa era Mildred Bonk. Era una de esas chicas fatalmente bonitas y tenía una figura núbil y fantasmagórica que se deslizaba en todos los sudorosos vericuetos de las poluciones nocturnas de los miembros del instituto. Un cabello que Green había oído describir a un profesor exaltado como «blondo»; un cuerpo al que ya había visitado, besado y abandonado en el sexto curso el veleidoso ángel de la pubertad, el mismo ángel que al parecer ni siquiera sabía el código postal de Green; unas piernas que ni siquiera unas Keds naranja con purpurina en los cordones podían desmerecer. Era tímida, iridiscente, indómita, pélvicamente sinuosa, de busto exuberante, dada a unos tímidos movimientos de mano para quitarse el pelo blondo de delante de su frente de color crema, movimientos que enloquecían a tope a Bruce Green. Una aparición con vestido de playa y zapatos chillones Mildred L. Bonk.

Y entonces, en el décimo curso, en una de esas insólitas metamorfosis que suceden no se sabe cuándo, Mildred Bonk se convirtió en una imponente miembro de la aterradora banda del instituto Winchester que fumaba cigarrillos Marlboro en la callejuela entre los edificios de los cursos inferiores y superiores y que terminaba las clases al mediodía y se alejaba en coches de ruedas bajas con altavoces de sonoridad ilegal a beber cerveza y a fumar marihuana, usaba Visine y Clorets, etcétera. Era un miembro más de la banda. Mascaba chicles (o algo peor) en la cafetería, su amado y tímido rostro ahora era una máscara aburrida de Actitud, sus mechones blondos ahora estaban cardados y engelatinados formando algo que a todo el mundo le parecía el resultado de haber metido un dedo en un enchufe. Bruce Green ahorró para comprarse un coche antiguo de ruedas bajas y practicaba Actitud con la tía que lo acogía en su casa. Tomó una determinación.

Y en el año que habría sido el de su graduación, Bruce Green estaba incluso mucho más aburrido, imponente y aterrador que Mildred Bonk; y él y Mildred Bonk y la diminuta e incontinente Harriet Bonk Green moraban en las inmediaciones de Allston Spur en una brillante caravana con otra pareja aterradora y con Tommy Doocey, el infame traficante de hierba de labio leporino que tenía varias enormes serpientes en un acuario hediondo sin tapa, algo de lo que Tommy Doocey no se percataba, ya que su labio superior le cubría totalmente las fosas nasales y lo único que podía oler era su labio. Mildred Bonk se pegaba un colocón por las tardes y veía las series de cartuchos de entretenimiento. Bruce Green tenía un trabajo fijo en Leisure Time Ice, y por un tiempo la vida fue más o menos como una gran fiesta.

AÑO DE LA ROPA INTERIOR PARA ADULTOS DEPEND

–¿Hal?

–…

–Eh, Hal.

–Sí, Mario.

–¿Duermes?

–Bubú, ya hemos hablado de esto. Si hablamos, no puedo dormir.

–Es lo que pensaba.

–Me alegro.

–Chico, la que armaste hoy. Cómo lo llegaste a enfermar. Cuando metió esa pelota sobre la línea y se la devolviste con aquella dejada, Pemulis dijo que el tío estaba a punto de vomitar encima de la red.

–Bah, lo único que hice fue machacarlo, eso es todo. No creo que sea bueno regodearse cuando acabas de machacar a alguien. Es una cuestión de dignidad. Pienso que es mejor dejar las cosas en paz, ya que hablamos de esto.

–Eh, Hal.

–…

–Eh, Hal.

–Es tarde, Mario. Es hora de dormir. Cierra los ojos y piensa en cosas borrosas.

–Eso es lo que también siempre dice Mami.

–A mí siempre me funciona, Bu.

–Piensas que siempre estoy pensando en cosas borrosas. Dejas que comparta el cuarto contigo porque me tienes lástima.

–Bubú, ni siquiera me dignaré contestarte. Consideraré tus palabras como un aviso. Siempre te pones petulante cuando no duermes lo suficiente. Y yo aquí veo claras señales de petulancia en el horizonte occidental, aquí mismo.

–…

–…

–Cuando te pregunté si dormías, te iba a preguntar si te parecía que hoy creías en Dios cuando te lanzaste de ese modo e hiciste que ese tío pareciera enfermo.

–¿Otra vez con lo mismo?

–…

–¿Realmente crees que a medianoche y en una habitación totalmente a oscuras y sintiéndome tan cansado que me duele hasta el pelo y sabiendo que en menos de seis horas empieza el entrenamiento es el momento y el lugar adecuados para hablar de eso, Mario?

–…

–Me lo preguntas una vez por semana.

–Porque nunca me contestas, por eso.

–Esta noche y para callarte, Bubú, te diré que tengo que solucionar algunas disputas administrativas con Dios. Te diré que Dios parece tener un estilo de dirección técnica que a mí no me gusta nada. Yo soy bastante antimuerte. Y Dios da toda la impresión de ser bastante pro-muerte. No sé cómo nos vamos a poner de acuerdo al respecto él y yo, Bubú.

–Hablas de eso desde que murió Él Mismo.

–…

–¿Lo ves? Nunca me lo dices.

–Te lo digo. Acabo de hacerlo.

–…

–Pero resulta que no es lo que tú quieres oír, ¿eh, Bubú?

–…

–Hay una diferencia.

–No entiendo cómo hoy no has podido sentir que creías en Dios allí en la cancha. Fue algo que estaba allí. Te movías como si creyeras totalmente.

–…

–¿Cómo te sientes por dentro, que no?

–Mario, tú y yo somos misteriosos el uno para el otro. Nos miramos desde lados opuestos de esta diferencia inabordable que ahora nos aflige. Dejemos el asunto en paz y pensémoslo.

–¿Hal?

–…

–Eh, Hal.

–Te propongo contarte un chiste ahora, Bubú, con la condición de que luego te calles y me dejes dormir.

–¿Uno bueno?

–Mario, ¿qué consigues cuando cruzas a un insomne, a un agnóstico involuntario y a un disléxico?

–Me rindo.

–Consigues a alguien que se pasa toda la noche torturándose mentalmente con la incógnita de si hay o no un perro.*

–¡Muy bueno!

–Silencio, calla.

–…

–…

–Eh, Hal, ¿qué significa insomne?

–Alguien que duerme en tu misma habitación, chico. Eso es seguro.

–Eh, Hal.

–…

–¿Por qué Mami no lloró cuando murió Él Mismo? Yo lloré y tú también, hasta C.T. lloró. Yo lo vi personalmente.

–…

–Tú escuchaste Tosca una y otra vez y lloraste y dijiste que estabas triste. Todos te vimos.

–…

–Eh, Hal, ¿te parece que Mami se puso más contenta después de la muerte de Él Mismo?

–…

–Parece como si estuviera más contenta. Hasta parece más alta. Dejó de viajar a todas partes por cualquier motivo. La cuestión de la gramática corporativa. La cuestión de las protestas en librerías.

–Ahora no va a ninguna parte, Bubú. Ahora tiene la residencia del director y su oficina y el túnel de en medio y nunca abandona el lugar. Es más adicta al trabajo que nunca. Y está más compulsiva y más obsesiva. ¿Hace cuánto que no ves una mota de polvo en esta casa?

–Eh, Hal.

–Ahora no es más que una adicta al trabajo agorafóbica y una obsesivo-compulsiva. ¿Acaso te suena todo eso como algo próximo a la felicidad?

–Le han mejorado los ojos. No parecen tan hundidos. Tienen mejor aspecto. Se ríe de C.T. más de lo que se reía de Él Mismo. Se ríe por dentro. Se ríe más. Los chistes que cuenta son mejores que los tuyos, a menudo, ¿sabes?

–…

–¿Por qué no se puso triste?

–Se puso triste, Bubú. Se entristeció a su manera en vez de a la tuya o a la mía. Se puso triste, estoy seguro.

–¿Hal?

–¿Recuerdas cómo el personal puso la bandera a media asta delante de la verja de hierro después de que sucedió? ¿Te acuerdas de eso? ¿Y que se pone a media asta cada año después de la Convocación? ¿Recuerdas la bandera, Bubú?

–Eh, Hal.

–No llores, Bubú. ¿Recuerdas la bandera a media asta? Solo hay dos maneras de ponerla a media asta, Bubú. ¿Me escuchas? Porque ahora de verdad tengo que estar durmiendo ya mismo. De modo que presta atención. Un modo de poner la bandera a media asta es arriándola. Pero hay otra manera. También puedes subir el mástil. Puedes subir el mástil casi hasta el doble de su altura original. ¿Me entiendes? ¿Entiendes lo que quiero decir, Mario?

–¿Hal?

–Mami está muy triste, apuesto a que sí.

A las 20.10 h del 1 de abril del ARIAD, el médico agregado todavía está mirando el cartucho recreativo sin título.

OCTUBRE, AÑO DE LA ROPA INTERIOR PARA ADULTOS DEPEND

Para Orin Incandenza, número 71, la mañana es la noche del alma. Psíquicamente, es el peor momento del día. De noche, él enciende a tope el aire acondicionado del apartamento, y aun así se despierta casi todas las mañanas empapado, encogido en posición fetal, sepultado en ese tipo de oscuridad psíquica en la que resulta aterradora cualquier cosa que a uno se le pase por la cabeza.

Orin, hermano de Hal Incandenza, se despierta solo a las 7.30 h en medio de un aroma húmedo de Emboscada; al otro lado de la almohada hundida hay una nota con un número de teléfono y datos biográficos escritos con letra florida de niña de escuela. La nota también huele a Emboscada. Su lado de la cama está empapado.

Orin prepara tostadas con miel de pie y descalzo ante la mesa de la cocina, en calzoncillos, con una vieja sudadera de la academia con las mangas cortadas, y saca miel de la cabeza de un osito de plástico. El suelo está tan frío que le duelen los pies, pero la ventana de doble cristal que hay sobre el fregadero está caliente al tacto: al otro lado se extiende el calor bestialmente metropolitano de Phoenix en octubre.

Cuando regresa a casa con el equipo, por más alto que ponga el aire acondicionado o por más finas que sean las sábanas, Orin se despierta con su propia estampa oscuramente impresa de sudor en el sitio donde ha dormido; la huella se seca lentamente durante el día hasta convertirse en una orla salada y blanca apenas separada del resto de siluetas secas y débiles de la semana, de modo que su imagen fosilizada en posición fetal se repite a lo ancho de la cama como una baraja de naipes apenas superpuestos, como una marca ácida o una exposición fotográfica.

La canícula que traspasa las puertas de cristal hace que le escueza el cuero cabelludo. Se lleva el desayuno hasta una blanca mesa de hierro al lado de la piscina central del edificio de apartamentos e intenta comer, al calor, el café sin humear o enfriándose. Se sienta allí sintiendo un sordo dolor animal. Tiene un bigote de sudor. Una brillante pelota de playa flota en el agua y golpetea contra un costado de la piscina. El sol es como una visión del infierno a través de una siniestra cerradura. No hay nadie más. El condominio describe un arco con la piscina, la terraza y el Jacuzzi en el centro. El calor reverbera en el suelo como humo de combustible. Hay un efecto de espejo cuando el extremo calor hace parecer que el suelo está empapado de gasolina. Orin puede oír el sonido de los cartuchos de teleordenador tras las ventanas cerradas, el programa de aeróbic todas las mañanas y también a alguien tocando el órgano, y a la mujer madura que ni siquiera le devuelve la sonrisa y que vive en el apartamento de al lado y que ahora practica escalas operísticas con el sonido amortiguado por los cortinajes y los dobles cristales. El Jacuzzi se agita y burbujea.

La nota de la Persona de anoche está escrita en una hoja doblada de papel de carta de color violeta que muestra un círculo violáceo más oscuro donde fue rociado por el pulverizador de perfume de la susodicha Persona. Lo único interesante de la caligrafía, pero también deprimente, es que cada círculo –las oes, las des, las pes, los 6 y los 8– están oscurecidos, mientras que las íes no llevan puntos sino unos diminutos corazones de San Valentín sin oscurecer. Orin lee la nota mientras se come las tostadas, que no son más que una excusa para la miel. Usa para comer y beber el brazo derecho, más pequeño. Su brazo y su pierna izquierdos, más desarrollados, permanecen inmóviles todo el tiempo por las mañanas.

Un golpe de brisa envía la pelota de playa rodando hasta el otro extremo de la piscina azul y Orin contempla su silencioso desplazamiento. Las mesas blancas de hierro no tienen parasoles, y uno sabe sin mirar por dónde pega el sol; lo puedes localizar perfectamente en tu propio cuerpo y proyectarlo desde allí. La pelota vuelve tímidamente hacia el centro de la piscina y allí se queda sin el menor movimiento. La misma brisa hace chasquear y crujir a las podridas palmeras a lo largo de los muros de piedra del condominio y un par de hojas se desgajan y caen en espiral golpeando en el suelo con un ruido como de bofetada. Allí todas las plantas son malévolas, pesadas y afiladas. Las copas de las palmeras por encima de las frondas tienen asquerosos penachos parecidos a las hebras que cubren los cocos. En los árboles viven cucarachas y otras cosas. Acaso ratas. Criaturas deleznables de todas clases en las alturas. Todas las plantas son espinosas o carnosas. Hay cactus con formas extrañas y torturadas. Las copas de las palmeras son como el pelo que llevaba Rod Stewart en los viejos tiempos.

Orin regresó hace dos noches con el equipo y los ojos enrojecidos tras el partido de Chicago. Sabe que él y el otro pateador son los únicos dos jugadores titulares que todavía no sufren un terrible dolor físico debido a la paliza recibida.

El día antes de partir –de eso hace unos cinco días–, Orin estaba a solas en el Jacuzzi a última hora del día, cuidándose la pierna, sentado bajo el calor radiante y la maldita y última luz del día con la pierna en el Jacuzzi apretando con aire ausente una pelota de tenis que todavía aprieta con aire ausente por la fuerza de la costumbre. Mirando cómo burbujeaba, borboteaba y borbolleaba el Jacuzzi alrededor de la pierna. Y de la nada, de repente un pájaro cayó en el Jacuzzi. Con un seco y simple plop. De la nada. Del inmenso cielo vacío. Lo único que había encima del Jacuzzi era el cielo. El pájaro debió de haber sufrido en pleno vuelo un ataque al corazón o algo así y murió y cayó del cielo despejado y aterrizó muerto en el Jacuzzi al lado de su pierna. Orin se alzó las gafas de sol con un dedo hasta el puente de la nariz y lo miró. Era un tipo de ave común. Un depredador, no. Como un carrizo, tal vez. De ninguna manera parecía un buen augurio. El pájaro muerto rodaba y saltaba en la espuma, se sumergía un segundo y reaparecía al siguiente creando una ilusión de vuelo continuo. Orin no había heredado ninguna de las fobias de Mami sobre el desorden o la higiene. (Aunque no le caían muy bien los insectos, y menos las cucarachas.) Pero se quedó allí apretando la pelota de tenis y mirando el cadáver sin ningún pensamiento consciente en la cabeza. A la mañana siguiente, al despertarse, encogido y sepultado, le dio la impresión de que se había tratado de un mal augurio.

Orin siempre se ducha ahora con el agua tan caliente como puede aguantar. El lavabo tiene unos azulejos de color amarillo verdoso, que él no eligió, pero acaso lo hizo el defensa libre que vivió aquí antes de que los Cardinals lo enviaran de regreso a Nueva Orleans junto con dos defensas de reserva y dinero en efectivo a cambio de Orin Incandenza, pateador.

Y por más veces que ha hecho venir a la gente de Terminex, no ha habido forma de erradicar las inmensas cucarachas que salen de la cañería del lavabo. Según los de Terminex, son cucarachas de cloaca, Blattaria implacabilis, o algo así. Unas cucarachas verdaderamente enormes. Unos bichos acorazados, renegridos con caparazones del tipo Kevlar, la hostia. E intrépidos, criados en esas cloacas hobbesianas. Ya eran una desgracia las pequeñas cucarachas marrones de Boston y Nueva Orleans, pero al menos uno podía entrar en casa y, al encender la luz, huían despavoridas. Estas cucarachas de cloacas del sudoeste, cuando enciendes las luces, te miran de abajo arriba como diciendo: «¿Tienes algún problema?». En una sola ocasión, Orin pisó una que había salido diabólicamente del desagüe de la ducha cuando él aún estaba allí; salió disparado desnudo, se calzó unos zapatos y volvió a intentar aplastarla convencionalmente; el resultado fue explosivo. De aquel incidente todavía quedan restos en las rendijas del azulejo. Imposible de limpiar. Tripas de cucaracha. Algo nauseabundo. Fue preferible tirar a la basura los zapatos que intentar lavar la suela. Ahora guarda grandes vasos de vidrio en el baño, y cuando enciende la luz y ve una cucaracha, le pone el vaso encima inmovilizándola. A los dos días, el vaso está empañado y la cucaracha se ha asfixiado sin ensuciar nada; Orin pone la cucaracha y el vaso en diferentes bolsas Ziplocs, y los tira en el basurero que hay en su calle, al lado de un campo de golf.

Con cierta frecuencia, el suelo de mosaicos amarillos parece una pista de carreras de obstáculos con los vasos y los bichos que allí están atrapados, inmóviles, agonizando estoicamente hasta que poco a poco los vasos se nublan con el dióxido cucarachil. Todo eso enferma a Orin. Ahora piensa que cuanto más caliente esté el agua de la ducha, menos probabilidades hay de que alguno de esos pequeños vehículos acorazados tenga interés en aparecer cuando él todavía está allí.

A veces se presentan a primera hora de la mañana en la taza del váter, nadando estilo perrito y tratando de escalar por los costados. Él tampoco siente precisamente un gran cariño por las arañas, aunque es menos consciente de ellas; no puede ni compararse con el horror consciente que de algún modo desarrolló Él Mismo por las viudas negras del sudoeste y sus caóticas telarañas. Las viudas están aquí y en Tucson por todas partes, visibles siempre salvo en las noches muy frías; sus telarañas polvorientas y sin ningún diseño cuelgan en casi cualquier rincón en ángulo recto que esté oscuro o alejado. Los venenos de Terminex son más efectivos con las viudas. En casa de Orin el servicio antibichos es mensual; tiene una especie de plan por suscripción con Terminex.

El horror especial y consciente de Orin, aparte de las alturas y las madrugadas, son las cucarachas. De chico, había barrios del Boston metropolitano, cerca de la bahía, a los que se negaba a ir. Las cucarachas le producían un aullido de horror. Los suburbios de Nueva Orleans sufrieron una plaga o invasión de cierta especie de origen latino de siniestras cucarachas tropicales y voladoras que eran pequeñas y tímidas, pero que podían volar, joder, y se las encontraba de noche aterrizando en manadas sobre los bebés de Nueva Orleans, sobre sus cunas, en especial sobre los bebés de los barrios bajos, y los bicharracos se alimentaban supuestamente de la mucosidad de los ojos de los bebés, un tipo especial de moco óptico (el material ideal para unas pesadillas de mierda: ágiles cucarachas voladoras que quieren meterse en tus ojos cuando eres niño), y los dejaban ciegos, los padres entraban con la fantasmagórica luz del alba de los barrios pobres y se encontraban con sus hijos ciegos; hubo como una docena de niños ciegos ese último verano; y fue durante esta plaga o avalancha de pesadilla, cuando además se produjo la inundación de julio que arrojó una docena de cadáveres alucinantes desde un cementerio en lo alto de una colina deslizándose todos azulados y grisáceos por la ladera en que Orin y dos compañeros de equipo tenían una casa de campo cerca de Chalmette, desparramando tripas y piernas a lo ancho y largo del barrizal, y una mañana uno de los numerosos cadáveres estaba reposando contra el poste del buzón de correo al salir Orin a buscar el periódico matinal, cuando Orin decidió que su agente debía traspasarlo. Y así fue como llegó a los cañones petrificados y a la luz inmisericorde de Phoenix, trazando una especie de círculo reseco, cerca del Tucson de la juventud reseca de su propio padre.

Cuando los sueños de arañas y de alturas han sido muy dolorosos, Orin necesita por la mañana al menos tres tazas de café y dos duchas y a veces salir a correr para aflojar el estrangulamiento que siente en el cuello de su alma; y estas mañanas que siguen a las pesadillas son aún peores si se despierta acompañado, si la Persona de la noche anterior aún está allí con ganas de charlotear o de mimos o de besuqueos, por ejemplo, o preguntando exactamente qué historia es esa de los vasos brumosos en el suelo del baño, o haciendo comentarios sobre sus sudores nocturnos, o ruidos en la cocina mientras prepara arenques o tocino o algo aún más horripilante y sin miel que se supone que él debe engullir con entusiasmo poscoital masculino; esa gente que tiene ese prurito que se denomina Alimentar A Mi Hombre, pretendiendo que alguien que apenas puede tragar una tostada con miel con entusiasmo masculino degluta con los codos bien abiertos sobre la mesa y haciendo ruiditos. Incluso cuando está solo y es capaz de desagarrotarse solo y sentarse lentamente y escurrir las sábanas e ir al baño, estas mañanas siniestras dan paso a días en los que durante horas Orin ni siquiera puede concentrarse en pensar cómo demonios pasará el día. Estas mañanas peores con suelos fríos y ventanas calientes y luz despiadada… con la certidumbre en el alma de que ese día no será atravesado sino más bien escalado verticalmente y que cuando al final vaya a dormir será otra vez como si cayera desde algún sitio alto y escarpado.

De modo que ahora en el desierto del sudoeste tiene a buen recaudo su moco óptico, pero los sueños han empeorado desde que lo ficharon para jugar en esta zona desolada de la que había escapado hacía muchísimo tiempo el mismo Él Mismo cuando era un joven desventurado.

Como un reconocimiento a la propia juventud desventurada de Orin, todos sus sueños parecen empezar con alguna suerte de situación competitiva de tenis. El de anoche dio comienzo con una volea alta de Orin en una pista de cement ...