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EN APARENTE ESTADO DE EBRIEDAD

Jaime Bedoya

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Fragmento

LOS NEW KIDS DE ZÁRATE

LOS MISMOS, PERO DIFERENTES

“¿Zarati? ¿Where the fuck is that?”, se preguntó a sí mismo Brian Mercey, gerente ejecutivo de una casa discográfica norteamericana, al fijarse en el remitente de la breve carta redactada en pésimo inglés que tenía en la mano. La respuesta la encontró en la nota añadida por la eficiente Nancy, su secretaria pelirroja: (Zarate, Lima, Peru, South America). ¿Perú? Mercey recordaba haber probado alguna vez cocaína.

Según lo que podía entender, un grupo de muchachos que imitaba a las más grandes estrellas de su compañía manifestaba sus deseos de entablar correspondencia y recibir toda la información oficial acerca de las últimas actividades del grupo. Inicialmente, en gesto instintivo, pensó en un memo destinado al departamento de promociones para que les enviasen un par de calcomanías. Pero, al detenerse en las faltas ortográficas y la pobre calidad del papel aéreo, Mercey empezó a pensar. Aún más. Orientando su sillón giratorio hacia la ventana que le permitía una formidable vista aérea de la ciudad de Boston, Mercey sintió un ligero escalofrío recorrer su saludable cuerpo de treinta y ocho años.

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¿Acaso tan fácil resultaba manipular las voluntades de jóvenes de cualquier rincón del mundo? ¿Serían sus hijos algún día víctimas del consumismo inducido por el cual él trabajaba? ¿Podía sentirse moralmente tranquilo sabiendo que el nuevo CD para su carro lo obtendría gracias a los ahorros de millones de jóvenes tercermundistas?

La lenta entrada felina de Nancy en su oficina lo rescató de sus divagaciones éticas, las segundas en cuatro años de exitosa carrera en el mundo del márketing empresarial.

- “Mr. Mercey, su esposa pregunta si lo espera a comer”, decía Nancy sentándose sobre el escritorio y cruzando atrevidamente las piernas.

- “Reunión de trabajo”, respondía el ejecutivo guiñando un ojo mientras la pelirroja le tocaba la corbata con la punta del zapato. En su mano derecha que iba cayendo hacia un lado, Mercey apretaba la carta de Zárate convirtiéndola en una masa amorfa que, sin duda, tendría como destino final un basurero negro de moderno diseño que se ubicaba bajo su escritorio.

Una suave brisa fluvial, proveniente de las orillas del Rímac, peculiariza el ambiente de Zárate. La convierte en una urbanización donde la vida es sinónimo de frescura, en permanente renovación y festejo. Por eso a nadie extraña, dada la abundante cantidad de fiestas –o tónicos, en travieso lenguaje juvenil– que ahí se celebran, así como el masivo y disciplinado consumo de videoclips y programas afines, que cada nuevo baile o moda musical que aparece –independientemente de su intrínseca naturaleza efímera– es inmediatamente asimilado por la juventud zaratina con un atavismo ejemplar. Fue de esa manera que pasaron por Zárate –sin dejar huella alguna– el fenómeno footloose, el breakdance, Chayanne, Magneto y Pablito Ruíz. Es más, un joven de Zárate llamado Beto Chira acabaría consagrándose en un concurso televisivo como “El Pablito Ruíz Peruano”. Es decir, era cuestión de tiempo el que la obsesión imitativa por las últimas mega estrellas internacionales –cinco mocosos anodinos de Boston, Massachusetts– se difundiera sobre Zárate con la misma naturalidad con la que la brisa fluvial desperdiga sobre sus calles y jardines los penetrantes aromas del Rímac.

Con total aplomo y exquisito profesionalismo, Rulito Pinasco realizó a través de la televisión la convocatoria nacional para iniciar la búsqueda de los mejores imitadores de los New Kids on the Block. La automática y sensata reacción de César, Walter, Andrés, Franklin y Gustavo, ex compañeros del colegio Antenor Orrego, no se hizo esperar. Ellos serían los New Kids de Zárate. Franklin sería el último en unirse, en reemplazo de otro integrante invitado a retirarse de la agrupación pues no demostraba la seriedad suficiente. Desde un principio, una férrea disciplina, no necesariamente reñida con una sana espontaneidad, fue considerada como indispensable a fin de poder responder con dignidad al reto de Pinasco.

Contaron con la solidaria y desinteresada colaboración del barrio. Unos vecinos les prestaron la sala de su casa para los maratónicos ensayos diarios. Otros amigos estilistas y maquilladores ofrecieron, voluntariamente, lo mejor de sus conocimientos. Además, Johnny, muchacho del barrio que trabajaba en un barco, acababa de regresar de los Estados Unidos trayendo en su memoria los más recientes pasos de los New Kids que había podido ver. Tras horas de estudio minucioso gracias al acceso a una videocasetera, llegó el día de la presentación. Estaban preparados. Fue un éxito. No solo pasaron a la final haciéndose acreedores del premio de cien dólares, sino que además entablaron franca amistad con el hijo de Rulito Pinasco. Inclusive se tomaron una foto con él.

Sin embargo, jamás imaginaron estos muchachos que el poder reproducir exactamente lo movimientos físicos de aquellos cinco imberbes y lejanos multimillonarios, cual mágico lenguaje de la modernidad más cosmopolita, cambiaría drásticamente sus hasta entonces apacibles existencias zaratinas. Un día se fueron a pasear al centro, y un policía los paró y les dijo:

- “Oigan, ustedes son los New Kids de Zárate, ¿no?”

- “Sí, jefe.”

- “Ya. Sigan circulando nomás.”

Además, empezaron a recibir oficios de diversas instituciones reclamando la demostración de su talento en varias actividades públicas. Habían logrado ese ansiado estado de gracia propio de las estrellas: captar las preferencias del público. Tal vez la más importante de estas solicitudes fuese la requerida por la senadora de la Nación doña Irma Bustamante a fin que los New Kids de Zárate se presentaran en un centro educativo para niños excepcionales, evento que debe haber sido único en su especie en todo el orbe.

Pero, precisamente como consecuencia de su vertiginosidad, el éxito también trae sus propias dudas. Como la que en algún momento se les planteó al escuchar un comentario acerca de las implicaciones ideológicas de su imitación. El grupo entró en cerrado silencio ante la interrogante y, curiosamente, Johnny –el amigo viajero que les trajo los últimos pasos– dio una respuesta tan simple como suficiente:

- “El hecho de ser andinos no significa que no podamos ser artistas.”

Porque, en efecto, es ahí, en las tiranas y misteriosas exigencias del arte, que estos muchachos sienten enraizados los motivos que los impulsan a ser los New Kids de Zárate. Otros intereses, más rastreros y vulgares, no hay. No tendrían sentido. A los cien dólares que ganaron en la televisión hubieron de serle descontados los impuestos, resultando quince dólares por cabeza. Esto equivale aproximadamente a 3.3 pollos a la brasa por cabeza por ser un New Kid de Zárate. Y ellos dicen que un artista nunca debe esperar nada a cambio de su arte. Aunque confiesan que les hubiera gustado recibir una respuesta a la carta enviada a la casa disquera. La misma que a estas alturas debe estar desintegrándose en algún relleno sanitario de Boston, Massachusetts.

LA PEQUEÑA MARAVILLA

¿JEAN PIERRE ES UN GENIO, O SU MAMÁ LE HA ENSEÑADO DEMASIADO?

El pequeño Jean Pierre tenía un año y medio de vida cuando se convirtió en inopinada máquina de recitar poemas. En medio de sus comidas o interrumpiendo el más esforzado puje, clamaba unos versos en honor de la patria, la madre y la amistad. Estas alocuciones rimadas, coherentes y estructuradas, contrastaban marcadamente con el balbuceo ininteligible y los chillidos histéricos que conformaban su lenguaje habitual. Sus padres, lejos de incomodarse, interpretaron el hecho como una gracia de la criatura. Pero una noche despertó del sueño para repetir, por completo, la programación diaria de un canal de televisión.

Después se quedó dormido. La madre decidió ir hablar con su profesora del nido Caminito.

La profesora compartía el asombro materno. Jean Pierre era un aventajado para el aprendizaje. No solo aprendía las lecciones y poemas correspondientes a su sección, sino que escuchaba además las materias que se dictaban en las clases colindantes y también las aprendía. Estaba provocando el desconcierto y los primeros síntomas de complejo de inferioridad en sus compañeros. Su niño es privilegiado, le dijeron. Por eso durante los últimos años siempre lo escogían para interpretar el papel de San Martín en 28 de Julio. Se había aprendido la histórica proclamación de la Independencia de memoria. Los padres se llenaron de orgullo por esa criatura bautizada en homenaje al talento del saxofonista Jean Pierre Magnet. Sus padres lo vieron interpretando una melodía en televisión y les gustó su nombre.

Ya en casa sometieron al pequeño a una rápida y superficial revisión física. Al margen de evidenciar una comprensible prominencia craneal sobre el resto de su estructura ósea, se le veía sano y normal. Hasta que al pasarle la mano cariñosamente sobre la cabeza palparon un remolino de pelos que se le formaba sobre la corona del cráneo, formación capilar interpretada por la tradición como signo de inteligencia superior. Empezaron a darle diariamente generosas cucharadas de Sanustol y Vitacalcio, ambos productos vigorizantes ricos en vitaminas A, D, B y nicotinaminas, con esencias de bacalao, naranja y malta. A Jean Pierre inmediatamente le fascinó el fino sabor del Vitacalcio.

Su madre, con severas inclinaciones por el mundo del modelaje y del espectáculo televisivo, despreocupadamente empezó a preparar a Jean Pierre para eventuales presentaciones televisivas. La tarea fue más sencilla de lo que imaginaba. En solo dos horas el pequeño había memorizado las capitales de los países más importantes del planeta. Un par de horas más fueron suficientes para adquirir un panorama informativo general acerca de la autoría de obras literarias, musicales y pictóricas célebres, así como para manejar paralelamente un ágil y simpático cuestionario de preguntas capciosas. En total, aproximadamente 500 preguntas y respuestas eran las que el bebé había almacenado en sus tiernas neuronas.

Mas lo sorprendente de este rápido proceso de aprendizaje mnemotécnico fue la relación verbal que Jean Pierre estableció e interpretó mientras memorizaba Los Heraldos Negros del inmortal César Vallejo.

- “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!…”

Recitaba, cuando se detuvo de pronto y empezó a llorar. La madre lo estrechó fuertemente entre sus brazos, conmovida por esa microscópica hipersensibilidad que podía asumir de manera tan dolorosa una de las líneas más hondas de la literatura castellana. Lo calmaba acariciándole el remolino de su inteligencia a la vez que le preguntaba “¿por qué lloras, Jean Pierre?”

- “Lloro porque yo sí sé”, fue la sorprendente respuesta del infante.

Era hora de llevarlo a la televisión.

Jean Pierre compitió en Nubeluz por un trofeo llamado El Choclo de Oro. Su rival fue una niña de cuatro años de edad que recitó un poema de temática místico-religiosa intitulado Jesusito de mi Vida. Jean Pierre ya tenía dos años y absolvió con facilidad el cuestionario de cultura general que le fue planteado por las dos Dalinas de rodillas, para estar a su altura.

Pero ganó la niña. Luego la madre recortó de Teleguía y de la página de espectáculos de La República denuncias periodísticas alzando su voz de protesta por haber relegado de esa forma al Niño Prodigio, una verdadera promesa para la patria. De todas maneras, la Dalina Almendra dijo ante cámaras que Jean Pierre era un genio y le dio un cono.

Por Yola, Jean Pierre ya sentía una antelada admiración. Se lució ante ella, divulgando las capitales de los países orientales, la autoría de pinturas clásicas y la paternidad de descubrimientos que habían revolucionado la civilización humana tal cual la conocemos. Yola tuvo elogiosas palabras para él, calificándolo también de prodigio, y remarcando la diferencia entre el trato que ella les daba a los niños y el que les daban canales de la competencia.

- “¿Dónde murió Bolognesi?”, preguntó Luis Ángel Rulito Pinasco sentado junto a su inseparable compañera Sonia Oquendo y sosteniendo el micrófono con una toallita para evitar los malestares de la transpiración.

- “En el modo de Adica”, respondió Jean Pierre cosechando los aplausos de los asistentes al Triki Trak. Luego respondió que El Avaro había sido escrito por Molière. Rulito perdió la compostura y expresó:

- “¡Se pasó esta criatura!”

A continuación pidió aplausos para el niño genio, cómicamente le preguntó a la madre si no se trataba de un acto de ventriloquía, y después le regaló a ella Shoes Lion, una cocina General Electric y un vale para comer pollo a la brasa. A Jean Pierre le dio una pelota de básquetbol. Luego le dijo a la mamá que ella tenía un problema con esa criatura, ¿qué iba a hacer con él? Cuando ya pasaba a comerciales y la pregunta parecía irremediablemente perdida en el infinito, la madre apuntó que su hijo también sabía bailar Sopa de Caracol. Inmediatamente Rulito ordenó la melodía a su sonidista y Jean Pierre fue depositado en el suelo para que se bambolease mecánicamente. Mientras hacía esto Rulito comentaba entusiasmado que este niño no solo sabe capitales, pintores y músicos, sino también sabe bailar Sopa de Caracol.

Gisela Valcárcel estaba vestida horriblemente, pero decidió profundizar preguntándole “¿qué es la inteligencia?” a una sicóloga que había invitado. Jean Pierre prestaba atención al diálogo entre las dos mujeres, en un sofá de terciopelo y sobre dos cojines. A la tercera pregunta de Gisela perdió el interés y se entretuvo con la alucinante chimenea eléctrica falsa que formaba parte medular del decorado del programa. Después absolvió decorosamente el cuestionario habitual, y la sicóloga intentó hacerle otro tipo de preguntas. El pequeño mostró su desconfianza y mayor interés en la chimenea, calló a gritos a su madre cuando esta quiso intervenir, y finalmente fracasó en reconocer una imagen de Superman. La sicóloga cumplió con felicitar a la madre por la paciencia y perseverancia puesta en enseñarle todas esas cosas a su hijo, así como alabó la prodigiosa memoria del niño. Pero explicó que a esa edad los seres humanos tienen mucho espacio disponible en la memoria y que cualquier niño con un entrenamiento intensivo podía aprender capitales, y que por eso los demás padres de familia no debían sentirse preocupados si sus hijos de dos años no sabían cuál era la capital de Turquía. No tenía mayor elemento de juicio para dictaminar si Jean Pierre era un niño genio o no. Nunca había sido evaluado.

Como si eso no fuera suficiente, arteramente Gisela comentó que si bien Jean Pierre sabía muchas cosas, aún no sabía pedir cuando quería ir al baño, dando a entender que algún incidente desagradable se había suscitado durante el corte comercial.

Jean Pierre se traumó. Él siempre había adorado a Gisela. Y anteriormente, dice la madre, ella les había prometido algún regalito a manera de estímulo para la criatura. Inclusive ella había visto apuntada en la pizarra del departamento de producción del programa la frase “buscar regalos para el niño prodigio”. Jean Pierre ya había sido puesto al tanto de esta recompensa. Por eso se traumó. Durante la semana no durmió, lloraba, y no quiso volver a ver a la platinada conductora de Aló Gisela.

Las repercusiones de las múltiples presentaciones televisivas fueron variadas. Unos amigos sugirieron a los padres ponerse en contacto con Felipe Carbonell e inscribir al pequeño en los Récord Guiness, con la esperanza de que esto produjese un atractivo pasaje Lima-Londres-Lima para ellos. Otra amiga, perteneciente al mundo del espectáculo, les tocó la puerta para hacerles una oferta más concreta: presentar a Jean Pierre en un circo.

“Nuestro hijo no es un negocio”, respondieron ellos abrazándolo con efusión y pensando que si bien de repente era información inútil toda esa que le habían hecho registrar en su memoria, igual ellos estaba felices con él. Jean Pierre, un tanto sofocado por las muestras de cariño, se zafó y se fue a jugar. Los padres siguieron en sus cavilaciones y comentarios acerca de la rotunda imposibilidad de un número circense cuando un golpe seco que sonó a hueso los liberó de cierta sensación de indignación. Jugando al hula hula, Jean Pierre, el Niño Prodigio, se había caído y abierto la cabeza. Ocho puntos de sutura, cinco internos, tres externos, cerraron su herida en la frente. Y una sabrosa cucharada de Vitacalcio le contentó el paladar y calmó las ansias vitamínicas de su cerebro.

LA ÓPERA DE ROSSINI

ESCULTOR Y MARMOLISTA QUE HABITA EN SU PROPIA OBRA DE ARTE

Ante la total ausencia de artefactos decorativos en la residencia de los Rossini, una pareja de moscas copula volando en círculos alrededor de una botella de Ceregen que hay en la cocina. Doña Jael María de Rossini no quiere ni necesita ningún adorno en su casa. Su hijo Óscar Renato, llamado cariñosamente Petete, toma Ceregen desde que constató los óptimos resultados del tónico cerebral en la inspiración de su padre.

Su padre fue muy claro. Dijo que no quería vivir en una casa igual a las demás. Y que tenía muchas cosas en la cabeza que algún día llevaría a la realidad. Fue entonces que hace unos años tomó un primer trago de Ceregen y esculpió un enorme escudo patrio con la leyenda “Familia Rossini” coronándolo sobre él. Dos escolares de ambos sexos, vistiendo el característico uniforme color gris rata, sujetaban el escudo de cada lado, en referencia al futuro del país. A su vez, un par de elefantes asiáticos escoltaban a los críos, al tiempo que representaban la tradición circense propia de las Fiestas Patrias. Y al centro del complejo escultórico, un imponente busto de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, prócer nacional descuartizado en Cusco. Colocó esta composición volumétrica en el techo de su casa, agregando sobre el dintel de la entrada dos leones más, cada uno con un ser humano de raza negra expirando dentro de sus fauces.

¿Es un museo?, ¿o un colegio?, se preguntaban los vecinos. Más bien un manicomio, respondió mayoritariamente el barrio. Se hicieron circular cartas rebosantes de firmas instando a Rossini a desmantelar su obra, al menos en lo que a la macabra muerte de los mulatos se refería, pues se venían sucediendo una serie de pesadillas en cadena entre los niños de la vecindad. Miguel Ángel Rossini respetó la opinión ajena. Sacó los cadáveres, pero dejó los leones con las fauces abiertas y amenazadoras, como si fuera su propio talento intimidando la pasmosa normalidad de los demás.

De niño, Óscar Renato Rossini vio al pequeño pingüino renacentista en la televisión y dijo “yo soy Petete”. Inútil fue intentar hacerle comprender lo erróneo de su razonamiento. “Yo soy Petete”, aseguraba con creciente convicción. Desde entonces aquel apelativo se impuso inclusive a su nombre.

Petete sorprendió a su familia cuando esculpió un busto de Víctor Raúl Haya de la Torre en un solo día, teniendo como modelo una foto. El Ceregen parece haber desempeñado un papel clave aquella vez. Aunque luego demostró gran habilidad natural para tallar las letras en las lápidas.

En cambio, Ulises Onassis Rossini destacaba por su facilidad para las matemáticas y la compostura casera de relojes. Ambos consideraban que mucho tiene que ver con sus talentos el haber crecido en una casa diferente.

En el patio sobresalen unos frisos en tres motivos que cubren íntegramente las paredes: un paisaje marino en el que Rossini evoca algunos años vividos en el litoral y en el que plasma su fascinación por el reino animal marino; una estampa serrana cariñosamente creada para aminorar la nostalgia de su esposa por Áncash, su tierra natal; y unos legionarios romanos honrando el origen itálico de su apellido.

Estas tres imágenes se repiten y confunden entre sí, generando una rápida visión caleidoscópica de los diversos aspectos de la idiosincrasia humana reunida en los conceptos mar, Áncash e Imperio romano. Todo el suelo está cubierto con mosaicos representando leones, animal totémico de Rossini por excelencia, según una imborrable imaginería cinematográfica infantil. Una pileta de tres metros de altura con patos de concreto adorna el recinto, y una escalera también empedrada con leones conduce hacia ninguna parte, porque la segunda planta aún se encuentra en construcción.

El dormitorio principal está regido por un Cristo crucificado de tamaño natural esculpido en granito y fijo permanentemente a la pared, estando un televisor a colores situado a la altura de las canillas del Nazareno. Un estrecho aunque bien iluminado pasadizo cubierto con frisos otra vez de temática marina –bolicheras navegando y aves guaneras en vuelo– conduce hacia la cocina, verdadero deleite visual.

En los suelos están representadas varias especies comestibles del reino animal, a cada una correspondiéndole un generoso cuadrado de aproximadamente 1 metro por 1 metro. Los chanchos impresionan por su realismo y fino acabado. Mosaicos alusivos a la elaboración de viandas, tales como una quimbosa mujer de raza negra preparando anticuchos, cubren las paredes y crean una penetrante atmósfera alimenticia. Si a esto se le agrega la alegre presencia de Betty y Picapiedra, los dos pollos de los Rossini que, para preocupación de doña María, llevan años sin reproducirse, se puede asegurar que reina un plácido ambiente festivo en la cocina. Y en una esquina, de manera casi desapercibida, se puede apreciar una estampa que, aunque totalmente fuera de contexto, es sumamente ilustrativa a la hora de dilucidar los motivos de la obsesión de Rossini con los leones. Se trata de un mosaico que retrata a Tarzán, rey de los monos, en plena lucha cuerpo a cuerpo contra un soberbio felino. A Rossini le encantaban esas películas de pequeño.

Finalmente, se llega al comedor principal y sala de recibo, lugar estratégico de la casa. Esta vez son infinidad de sirenas, alternadas con corazones y toreros en trance de banderillear un toro, las imágenes que pueblan las paredes. Y al centro, se alza majestuosa una mesa fija al suelo, de concreto armado y decorada su superficie con un mosaico que no es sino un homenaje a las bondades de la vida en familia. Es una representación de la familia Rossini como si fueran todos integrantes de un circo. Hay una inscripción que dice “Circo Rossini Tres Estrellas” sobre la mesa, que disipa toda duda al respecto. Lo peculiar de la mesa es que, dada su solidez e inmovilidad absoluta, cumple, además de funciones naturales, un propósito adicional. En caso de terremoto, o cualquier otro desastre natural, es un espléndido y seguro refugio. Cada vez que la tierra ha temblado, los Rossini se han metido debajo, y sus vidas estuvieron a salvo, protegidas por el arte.

Destapando la sexta cerveza de una tarde de domingo, Miguel Ángel Rossini se deja llevar por la nostalgia y recuerda con melancolía que a los catorce años de edad hizo su primera lápida. Luego se sumerge entre escombros y regresa con la figura de un deportista en cuclillas. Dice que es Tomasini. No lo incluyó en el mural conmemorativo de la tragedia que hay en la avenida México porque se decía que se había salvado. Deja a Tomasini y señala un grupo de esculturas de hombres tocando guitarras. Son Pinglos, dice. Nunca los recogieron porque Pinglo era zurdo y Rossini los había hecho diestros. Muestra algunas tumbas para perro que ha diseñado y luego pormenoriza acerca del funcionamiento del nuevo horno crematorio del cementerio que hay frente a su marmolería.

- “Te queman como a un pollo a la brasa. Después te muelen tipo sopa sustancia en una máquina como para hacer carne molida. Quedas del tamaño de la quinua. Meten un poco en una bolsita y eso les dan a los deudos. El resto es abono. Salen unas flores lindas.”

Si la ley lo permite, él quisiera que lo entierren en su casa, su propia obra de arte hecha en vida por él mismo. Así hacían los faraones, según pudo ver en una revista usada que una vez compró en La Parada.

PELEADOR CALLEJERO

ROBERT PUCH HA CONVERTIDO LA PELEA CRIOLLA EN ARTE MARCIAL

Cualquier ciudad te puede matar. Tú sabes que Lima lo haría con gusto. Por hambre, por miseria. Por su humedad, nada más. Su gente es dos razas, la buena y la mala. Y nadie sabe quién es quién. Para no ser de la mala raza tienes que proteger tu espíritu. Olvidar las ambiciones. No comer cadáveres. Evitar las mujeres fáciles. No botar tu semen. Y estar solo.

Una vez protegido tu espíritu, tienes que defender tu vida.

Lo leíste, lo fotocopiaste, lo enmarcaste:

Luchar y matar es malo, pero no estar preparado para ello es un error. Lao Tsé.

Camina por el jirón Moquegua con un machete a cuestas. Lo llamo, voltea, y dice llamarse Roberto Puch. Yo convertí la pelea criolla callejera en un arte marcial. En una filosofía de vida. Me llamo Roberto Puch y puedo leerte el pensamiento. Acá mismo.

Rodeado de cambistas, carretillas de cebiche y miradas de odio, cita a Lao Tsé.

Prende un espiral de incienso antes de empezar a hablar en su pequeño estudio en el jirón Moquegua. Ahí guarda su Ouija, sus libros de ocultismo y de defensa personal, y sus cuchillos. Tiene su álbum de fotos de cuando era comando. Además, estuvo en el servicio de inteligencia, y muestra un certificado que lo confirma, pero se aburría. Él había visto de niño duelos a patadas en los Barrios Altos. Luego en los templos del Barrio Chino aprendió a defenderse. Un maestro le enseñó que el cuerpo era solo una mortaja. Su maestro era chino, pero él no. Sin embargo lo entendía perfectamente. Ahí se dio cuenta de que la pelea criolla callejera podía ser también un arte marcial. La estudió y escribió un libro. Dice que el hombre tiene que hablar poco y actuar mucho. Ahora habla.

La violencia no puede medirse con cronómetro ni con ningún instrumento humano. Todos la llevamos dentro. Acá hay dos clases de raza: la buena y la mala. No tiene nada que ver con el color de piel. Por eso mira lo que dice Lao Tsé.

Todo es una mierda ahora. Un carro es más importante que una persona. La gente no sabe hacer el amor. No se puede desperdiciar el semen. La ambición ha corrompido todo. Por eso yo nunca voto. Lo vicio. No quiero involucrarme con ambiciones ajenas. La gente no piensa. Escuchan: “arte marcial”, y ya, dicen, combo y patada. No es así. Ahí tienes a Lao Tsé. Yo con una pregunta ocultista desconcierto a la gente y me doy cuenta a qué clase de raza pertenece.

Les pregunto: ¿Cuál es el color de tu sombra?

Y ahí veo, pe.

Se instala en la plaza San Martín con su machete. Al costado hay un tipo que vende yobimbina. También un payaso con niño. Y un especialista en venéreas. Empieza su discurso profundizando acerca del atarante, la boquilla, el escupitajo y la patada en los huevos, cuando detecta un ladrón infiltrado entre el grupo que lo escucha. Interrumpe su discurso para dirigirse al delincuente.

- “Ya te vi choro de mierda y no te voy a dar cortecito fácil en la pierna, no huevón, te voy a poner el machete ahí entre los ojos.”

Saca su machete y empieza a agitarlo violentamente.

- “¡¿Así que tú eres loco, no?! Ah, ya. ¡Yo soy un manicomio, conchetumadre!”

Lanza un machetazo, decapitando a su enemigo invisible.

Tomando una Inca Kola parece inofensivo. Está contando que hasta hace unos años tenía la costumbre de tirarse de los postes. Se trepaba, tocaba el foco y se tiraba. Le hacía sentirse bien. Una vez intervino en un asalto. Un sujeto con un solo zapato le arrancó la cartera a una señora en el jirón de la Unión. Corrió, lo derribó y lo estranguló hasta que le hizo perder el conocimiento. Y siguió apretando. Dos policías lo tuvieron que detener porque estaba matando al ladrón. A veces tiene ideas, ‘sensaciones’ las llama él, de ir por las calles de noche con su machete para poner orden en esta ciudad con su propia mano. Pero siente que antes tiene que prepararse más. Leer, estudiar, viciar su voto y observar cómo sobreviven las ratas. Todo hombre es como el acero, dice, tiene que pasar por el fuego para hacerse fuerte. Lima es ese fuego por el que tiene que pasar. No quiso decir si había matado alguna vez. Dijo que esa respuesta podría traerle problemas y él quiere una vida en paz para poder perfeccionar su golpe al esternón.

LA ENTREGA DEL CHOLO

Varios días de búsqueda para finalmente ir a despertarlo a su casa a las siete de la mañana un día antes de que se regresara a Pacasmayo. Encontrarlo en pijama con los pelos parados, me cambio y bajo, dijo con la resignación propia del que va a hablar de su pasado, y ahora tenerlo sentado en perfecto silencio en la solitaria y desordenada oficina del taller de tornos de un compadre suyo. La misma cara de cholo. El mismo peinado de cholo. El mismo silencio de cholo. Disculpa Cholo por despertarte.

- “Y Cholo, ¿cómo estás?”

- “Ahí, pues.”

Ahí. Lejos de esas 50 mil voces coreando tu gol. Lejos de ese país pendiente de un quiebre de tu cintura. Muy lejos de un Ferrari amarillo que manejabas con miedo por las calles de Barcelona. A salvo de esa morbosa curiosidad que quería verte hundido en el pastel. Ahí, lejos de todo eso. Qué queda. Recuerdos. Costumbres. Conservas la pose, pie derecho adelante, manos a la cintura, eternamente listo para la foto prepartido. Te queda un tobillo deformado por las patadas de aquellos que dudaron de tu total entrega al fútbol, a la locura del gol. Te queda la costumbre de vestir solo con buzos, como para que de alguna manera se sospeche que no fuiste, que no eres, una persona normal. Fuiste futbolista. Eres El Cholo Sotil.

- “¿Qué fue el fútbol para ti?”

- “Una diversión.”

Empezó en Ica jugando en campos desnivelados que sin querer fortalecían unas piernas que luego serían famosas. A los 12 años, ya en Lima, cuatro, cinco pichanguitas cada domingo en la cancha del padre Juan en El Porvenir. Al día siguiente el maldito lunes, volver a la promesa de la capital: vender canchita en los cines y cargar sacos de café.

- “¿Cómo explicarías, ahora, tu habilidad para jugar?”

- “Aún no me la explico. Salía sola. Si pensaba, perdía la bola.”

- “Todavía juegas, en el Porvenir.”

- “Por diversión. Como antes. Aunque antes me pagaba. Pero los muchachos de ahora creen que aún tengo 20 años y quieren ver las jugadas de antes. Y ya tengo 42 años.”

- “¿Ya no salen las jugadas de antes?”

- “No es eso, sino que no me dejan. Me patean. Ni a Sotil respetan.”

- “Siempre te patearon. ¿Nunca reaccionabas en la cancha?”

- “Mi única reacción consistía en hacer goles.”

El fútbol de Sotil hizo ascender al Municipal a la primera división. Entonces una gloria viviente del equipo –Tito Drago, El Maestro–, le entrega la camiseta número 10. Sotil tenía diecisiete años. Salvador Larrea, periodista deportivo de Ojo, interpreta el momento y ejerce el acto bautismal: Tito Drago era El Maestro; Hugo Sotil era El Maestrito. Sotil compró casa a sus padres. Se compró camisas de colores, tipo Ferrando. Tabas con taco. Colonia. Esclava plateada. Un Mustang turquesa que recorría El Porvenir lentamente. “El Príncipe de La Parada”, le decían.

A pedido de la afición, Sotil es llamado a la selección, ya clasificada para México 70. Como bautizo se rapa a coco. Su oportunidad: entra al segundo tiempo de un partido contra Bulgaria que se perdía 2 a 0, solo dos días después de un terremoto que había matado a miles de personas en el Perú. El partido acabó 3 a 2, triunfo peruano, último gol anotado tras infinitas paredes entre Teófilo Cubillas y Hugo Sotil. Los héroes aparecen en momentos difíciles.

- “¿Qué sentías al jugar por la blanquirroja?”

- “Piel de gallina.”

- “¿Qué tal era jugar con Cubillas?”

- “¡Fácil era jugar con mi compadre! Ni practicábamos. No era necesario. Pura inspiración.”

- “¿Cómo ves el fútbol actual?”

- “Todo se hace a la criolla. Además, solo se llama a jugadores de Lima. No van a provincias. Se necesita un entrenador de escuela europea. El fútbol pícaro ya no tiene sentido.”

- “A ustedes les funcionó en México.”

- “Esos eran otros tiempos. Además, nosotros nos inspirábamos.”

Otros tiempos, en los que españoles vinieron a ver a Cubillas. Fueron a un Alianza-Muni, vieron al Cholo y se olvidaron del Nene. De nuevo, se necesitaba un héroe. El Barcelona no campeonaba hacía 25 años. Llega el Cholo. Forma nueva dupla con Cruyff. Ganan los partidos por cinco, seis goles. Campeonan.

- “Jugar con Cruyff era distinto. Él era muy cerebral.”

Inmensos y duros defensas europeos masacraban al pequeño Cholo recio que les rompía la cintura y el cerebro.

- “A los defensas los miraba hacia arriba. Grandazos eran. Me daban duro. Yo les mentaba la madre. Ellos reían, felices; no entendían. Me sacaban la mugre, pero igual. Viví un sueño, y ese era su precio.”

El club le pone casa y carro. Un Ferrari amarillo.

- “Lo malogré por no correrlo. Yo iba despacio por la ciudad y ese era carro para correr en autopista.”

Un Cholo en Ferrari amarillo conquista España. Discotecas de lujo donde es tratado de señor. Cuentas pagadas con solo firmar. Ropa más bacán que la de Ferrando. Vida rápida. Fama.

- “Conocí a Raphael, Julio Iglesias, Joan Manuel Serrat –hincha a muerte del Barcelona– y al finadito Paquirri, que siempre me hablaba del Perú con cariño.”

Luego, Cruyff, muy cerebral, le hizo una mala jugada al llamar a su cuñado Neeskens. El Cholo fue sentado en la banca de suplentes. Un año sentado lo hizo despertar del sueño.

- “Regresé porque extrañaba a mi país. Gané mucho dinero. Ya no me acuerdo cuánto. Era en pesetas. Pude haber ganado mucho más…”

- “Lo gastaste…”

- “Me faltó orientación. Yo venía de jugar por un plato de comida en la cancha de un cura de El Porvenir. El cambio fue demasiado. ¿Qué otra cosa podría hacer? Lo hecho, hecho está.”

La diversión heroica aún no había terminado. En 1975 llega a Colombia en avión, se dirige a un estadio de fútbol, se pone la blanquirroja, se escarapela, hace un gol y Perú es campeón sudamericano. En 1977 Muñante centra una bola en paracaídas, Sotil –entre gigantes chilenos– pone la cabeza, 50 mil almas gritan gol, Perú se clasifica para Argentina 78.

Luego, la caída.

Inevitable, cuando la entrega se hace sin pensar en la retribución. Inevitable, cuando el héroe –eterno por definición– no le guarda respeto al futuro ni a la mesura. Inevitable, cuando un cholo hace vida de blanco tonto en Europa para acabar extrañando El Porvenir. El pastel, refugio tan ansiado como asquerosamente inútil, le quitó tiempo que no vale la pena recordar, menos aún escarbar. Sin embargo, porque así son los héroes, el 80 entra a Alianza y Alianza sale campeón. Entonces, la sutil desaparición. Se va al norte a jugar por el Espartanos, a vivir en un hotelito donde había que ir al baño con balde de agua para poder jalar el wáter.

- “Jugar ya no me llenaba. Me fui así como aparecí: calladito. Me dio pena. Me dolió.”

Ahí, sentado en el taller de tornos con su compadre, Hugo Sotil se va despertando esa mañana venciendo su natural timidez para hablar de sí mismo. Parecería que le diera vergüenza. Es que han escrito y dicho pestes de él. Han sancionado su vida privada, sus vicios y sus virtudes. Inevitable: siempre hay un imbécil que necesita leña para el fuego de su mezquindad. Como en el fútbol, Sotil aguanta la patada. Callado, pero con dolor. Si hasta los tobillos se hinchan. Cubillas cuenta que una vez el Cholo fue a verlo para decirle, con lágrimas en los ojos, que estaban orgullosos de él, que su nombre salía en todos lados como sinónimo de éxito, mientras que él, Hugo Sotil, era una mierda.

- “Quiero irme del país. Aquí hay mucha puñalada. Además, la situación es una porquería. Si hubiera sabido que se iba a poner así, nunca hubiera regresado de España.”

Así dijo. Luego trató de entusiasmarse, difícil, contando que en Pacasmayo está incursionando en negocios con un compadre; es rentable, dijo. Además, en Pacasmayo entrena niños en una academia gratuita. Le gusta estar con niños, dice, así ellos no sepan quién es él. En Lima, además de ver a su familia, ve a sus compadres y juega fulbito en El Porvenir. Ahí, aún es una deidad. Lo quieren y lo respetan. Acaba una pichanga y se le tiran encima para quitarle la camiseta, una media, tocarlo. Ahí, en el cruce de las calles Italia y América, en una cebichería llamada La Cataquense, su camiseta del Barcelona, aquella de la conquista española, está enmarcada y colgada en una pared, junto a un Cristo y una langosta de cerámica.

- “¿Qué sentías al hacer un gol? ”

- “No sé cómo explicarlo… todo el mundo gritaba. Yo corría a sur u oriente. Nunca occidente o norte. No podía. No sé por qué… Me sentía bien de poder darle una satisfacción a los demás.”

- “¿No sentías ninguna satisfacción personal? ”

- “Yo seguía jugando nomás.”

Ahí, en el taller, dice que le gusta andar en buzo. Sencillo, nomás. Le cuesta trabajo, pero finalmente confiesa creer que la afición aún lo quiere. Le ha dado vergüenza decirlo.

- “Tú has hecho del fútbol una entrega.”

- “Sí. Para ellos, para la afición.”

- “Y a ti, ¿qué te ha dado? ”

- “Vivo feliz con lo que tengo. Con lo poco que tengo. El cariño de la gente: eso es mucho más valioso que todo lo que gané o pude haber ganado.”

Con una sonrisa irónica pero tiernamente comprensiva cuenta que a veces señores con hijito de la mano lo paran en la calle mientras le dicen al hijito: “hijito, dale la mano al señor que él es el Cholo Sotil”, y el hijito en babas, dando la mano sin el menor interés, como si se la diera a un dentista, y el Cholo recibiendo esa manito blanda en nombre del pasado, con algo de ironía y mucho de orgullo, por qué no. Otra vez le ha dado vergüenza. Cómo es que, después de tanto tiempo, un cholo futbolista cualquiera puede despertar admiración y ternura, y sentirlo. Le gusta saber eso, aunque decirlo le ha dado vergüenza. Para disimular, sonríe, cruza las piernas, sonríe otra vez, se frota el tobillo derecho, aquel deformado a patadas, y repite otra vez que se quiere ir del país porque acá hay mucha puñalada.

EL OTRO JACKSON

SE LLAMA RICHARD BAHAMONDE, TIENE DIECISIETE AÑOS, Y ES DEL RÍMAC

Reina el aburrimiento un domingo por la tarde en un centro comercial limeño. Familias enteras de gordos en zapatillas blancas en pleno trance digestivo miran vitrinas por inercia. Burp, eruptan en coro disimulado. Una mujer de pelo rubio con raíces negras lleva orgullosa en su pecho el nombre de la norteamericana ciudad de Miami mientras sienta a su bebé por cuarta vez en un cohete que se agita y prende luces a cambio de unas monedas. Lacitos de encaje en las cabezas de los bebés. Señora cintura de huevo forrada en buzo turquesa. Varios rusos babean escépticos frente a una vitrina de relojes Casio con botoncitos. Burp. Viva la vida.

Hasta que el payaso Rocotito, desde el patio central del lugar y como cada domingo, para felicidad total de los clientes, anuncia a Richard Bahamonde, el Michael Jackson peruano, y entonces la adrenalina fluye a chorros entre un círculo de madres en buzo sosteniendo bebés con lazo. Música. Richard, propiamente caracterizado como el cantante moreno, aparece bailando. Los rusos jamás olvidarán el Perú: relojes digitales y Michael Jackson el mismo día.

En la quinta San Antonio, del Rímac, hay un gatito atrapado en una ventana. Cada trece segundos maúlla dos veces seguidas. Insoportable. En esa quinta vive Richard. Su padre cuenta que él trabajaba en Cuvisa, pero que se equivocó porque se puso a trabajar demasiado y se enfermó de los nervios. Desde entonces no trabaja y Richard mantiene a su familia con su imitación de Michael Jackson.

Mueven los muebles para que Richard pueda bailar. Él, desde niño, era bien graciosito; en ese tiempo su madre creía que eso era una pérdida de tiempo. El adoraba tanto a Yola y le decía: “mamá, mamá, llévame”. Le compraron su mini LP de Yola a los seis años y él cómo sabía, bien bandido era, le encantaba la Yola. El vecindario hizo causa común para que llevasen al niño a la televisión. Le confeccionó ella misma un conjuntito. Richard tenía ocho años e imitó a Tin Tan en una pausa para comerciales. Los camarógrafos lo aplaudieron. Se presentó en el próximo programa de Yola, sin que esta lo hubiera visto actuar antes. Acabó el programa y Yola le dijo a la mamá que firmara las planillas. “¿Qué cosa es eso?”, le preguntó a una de las burbujitas.

“Es para que le paguen, señora”, le dijeron. No podía creerlo. Además de sacarlo en televisión, ¿le iban a pagar? Se tocó de nervios la señora y abrazó a su hijo con lágrimas en los ojos.

La señora abre un armario con llave que hay en la sala. En él guarda un video y fotos de Richard; recortes de Michael Jackson y del Puma, Joselito, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Raphael, los personajes que Richard imita.

- “A sacar a El Puma, por ejemplo, me ayudaron mucho mi padre y mi hermano. Sin ellos no hubiera podido hacerlo”, reconoce frente a una foto del ídolo venezolano.

El Ronco Gómez lo llevó a teatros y Richard entró de lleno al mundo del espectáculo. Su mamá muestra fotos de él con Alex Valle, Tribilín, Melcochita, la Gringa Inga, etc.; alguien se acerca a la puerta y pregunta por Richard.

- “Ta ocupado”, responde la madre sin soltar la foto de la Gringa Inga.

Richard se ha cambiado. Se ha puesto la ropa de “Bad”, último disco de Jackson, y se ha retocado con un poco de maquillaje. “¿Se parece, no?”, pregunta la madre. Jackson ha sido el personaje que le ha dado la fama, dice él. Afuera el gatito sigue maullando.

Con Jackson fue difícil. Semanas bailando frente al espejo y al televisor. Pero valió la pena. Hasta en la frontera con Ecuador lo conocen por haber salido de Michael Jackson en la televisión. Richard sale al patio, a dar unos pasos. Suena la música y Richard baila, y unas niñitas se le unen, el gatito maúlla, unos vecinos miran. La mamá cuenta que ella ya le ha hablado, él es muy maduro, igual le he dicho que cuando vaya de gira vigile lo que bebe, no le vayan a meter algo raro en su vaso. En poco rato Richard tiene que ir a sus clases de inglés. Es el único del colegio al que le consienten el pelo largo, ya que saben que él también es Michael Jackson.

El traje con el que ahora baila lleva 32 hebillas, contadas según la carátula del disco. El padre las hizo niquelar en un taller para que quedaran igualitas. Como ya no trabaja, dice que haciendo el vestuario a su hijo ya no se siente inútil. Los adornos de las botas los hizo con plomos para pescar. El padre enseña la carátula del disco para demostrar que quedó igualito. Luego la revisa para ver si sale la dirección del cantante. Llama a su otro hijo, este pertenece al ballet que acompaña a Richard en sus imitaciones, para que le ayude a buscar la dirección de Jackson en el disco. La mamá se les une en la búsqueda. Es que les han aconsejado que envíen un video del Richard a Jackson, por si acaso, pero ellos no saben a dónde. Mientras ellos buscan Richard, vestido como Michael, se trepa a una escalera y finalmente rescata al gato.

Luego de ver la actuación en el Centro Comercial compro unos chifles. Están fríos y tienen demasiada sal, pero es domingo. Richard se acerca y pregunta si me gustó su número. Unos rusos vestidos todos con el mismo terno lo miran incrédulos y se acercan a pedirle un autógrafo. Richard los complace saludándolos con unas frases ininteligibles. Casi en secreto, me dice que la gente cree que sabe inglés, pero él no sabe ni papa.

- “¿Cuándo actúo se nota, no?”

- “Para nada.”

Y continúa conversando en inglés con los rusos.

SOLO DE SAXO

JULIO MORI –EL POETA DEL SAXO– SE RETIRA DE LA VIDA ARTÍSTICA

Julio Mori jala una pita larga que va desde la chapa de la puerta hasta el fin de las escaleras, abriendo la puerta a dos periodistas que han ido a verlo. Mori vive en un cuarto de esa casa, un cuarto donde se puede dar seis pasos a lo largo, lo mismo a lo ancho. El techo es muy alto y las paredes están cubiertas por carátulas de sus discos, fotos o diplomas suyos, y su nombre, Julio Mori, escrito en varios tipos distintos de letra. Vive solo.

Mori –que está con guantes blancos– invita a tomar asiento en su sofá cubierto por una sábana blanca y dice “esperen”. Regresa trayendo tres folders azules donde se lee “Archivo periodístico de Julio Mori”, tres tomos que llegan al 87.

- “Infórmate”, dice. Y empieza a toser.

Una foto del cabo segundo Julio Mori de mil novecientos veintiocho, clarinetista de la Marina. Mi padre era músico, me enseñó a tocar. El murió de una úlcera –tú sabes que en esos tiempos la medicina no era como ahora, a mí ya me han sacado varias úlceras– un domingo siete (yo nunca salgo un domingo siete), y me quedé solo (yo era de Mollendo) y me metí a la Marina, ahí tocaba. Mira la foto. ¿Qué dice? Julio Mori, el mejor saxofonista del Perú. (Tose.) Y empecé con música clásica (“El Barbero de Sevilla”), luego estudié el método de Beni Gudman, Tomi Dorsei, y llegó el jazz, pues. Los tres tomos del Archivo periodístico de Julio Mori quedan sobre el sofá, los tres entran al cuarto. Enseña sus carátulas, sus diplomas: Mira este, ¿qué dice? Julio Mori el mejor saxofonista del Perú. Este es mi trofeo Guido, este es mi Circe, mi disco de Platino, mira: diploma del INC. El único aparato, un teléfono. Y mira, este era mi saxo que me robaron, bañado en oro. Espera, mira. Abre su clóset mientras va diciendo que él ha tocado en Panamá y en Nueva York, saca una pequeña caja fuerte, cerradura de combinación, la abre y enseña una factura.

En una tienda musical de la calle 42, Nueva York, Míster Julio Mori en 1971 compró un saxofón bañado en oro por mil trescientos noventa y…

- “Mil cuatrocientos dólares, sobrino”, redondea Mori. Y tose. Dice que a él lo han llamado el poeta del saxo, el mago del saxo, el poeta del clarinete, porque él toca como nadie, algo especial.

- “¿Y cuál es esa forma?”, le preguntan.

- “Esta.” Mori se saca los guantes.

Se dirige de nuevo al clóset y saca un maletín con llave. Este saxo me lo acabo de comprar: quince millones. Lo arma. Toma aire, infla las mejillas y suena el jazz. Con el pie derecho lleva el ritmo. Afuera están los tres tomos del “Archivo periodístico de Julio Mori”, y una vecina anciana que asoma una sonrisa sin dientes por su ventana y que al notar los flashes del fotógrafo dice esta no me la pierdo.

El fotógrafo interrumpe, descanse nomás, no se agite. Mori está agitado. No, si yo soy fuerte. Va al clóset y esta vez saca un platito de vidrio lleno de pastillas.

- “Sufro del bobo y por eso tengo que estar tomando estas pastillitas de mierda. Pero soy fuerte. Hasta ahora no me han abierto.”

Jadea y sigue llevando el ritmo con el pie.

Ese era jazz que tocaba en el Grill Bolívar, director de la orquesta, en el Country Club, 1941; saxo y clarinete, saco y corbata michi, pantalones anchos y gomina. Mori levanta las cejas, dice ahhh y se dirige al clóset. Saca una caja llena de fotos. Entre todas las fotos de él mismo que tiene pegadas en su cuarto, arriba del clóset se ve un par de una mujer en traje de novia: su hija. Una de sus hijas. Una de sus hijas de una de sus mujeres. Mori busca fotos. Mori se entretiene viendo fotos. Le preguntan por qué se retira. No, es que yo ya no quiero tocar; y eso que sigo tocando, ah, se levanta rumbo, otra vez, al clóset. Saca un talonario. Mira esto, fue por un contrato el mes pasado, yo toco un ratito, dirijo y mira cuánto gano, ¿qué dice? Siete mil intis. Mori sonríe y cuenta cómo hace cuando toca. Mueve el saxo de arriba abajo, ¡y dice así, familia! Además, es jubilado del Canal 5 y algo recibe del desgraciado que le robó el saxo, nada menos que un exbaterista de su grupo. No es que ya no quiera tocar, repite, pero el bobo jode, pues.

La viejita vecina que había dicho esta no me la pierdo ya estaba fuera en bata con un jabón en la mano como pretexto para ver. El fotógrafo le pide tocar en las escaleras, cosa que Mori nunca hace, pero que se va a ver tan bien y tan natural en una foto. El fotógrafo tiene que tener paciencia porque mientras le dice a Mori cómo y dónde tiene que ponerse para la foto, Mori se pone a tocar y nadie lo para, y la voz del fotógrafo no se escucha. No toques, haz como si tocaras, le indica. No hace caso. Mori termina con un vals a todo pulmón, sin desafinar, que hace que los periodistas se miren las caras, mitad asustados, mitad sorprendidos.

- “Yo he nadado con Daniel Carpio”, explica el porqué de su fortaleza pulmonar.

Empieza a guardar sus papeles y su archivo en el clóset. Tiene todo guardado. En la cabecera de su cama se ve un plato lleno de tarjetas de generales y personas influyentes a las que puede llamar si necesita ayuda. Después les toco gratis y quedamos parches, explica.

Toman lonche en una cafetería abajo, en la Manco Cápac, durante el cual Mori cuenta cómo en el sesentaitantos estaba en el hospital, y se escapó un día antes de que lo operaran y se tomó 18 cervezas negras. Luego llevó su saxo al hospital y hacía bailar a las enfermeras con los doctores. Cuenta que una de sus hijas le dice a cada rato que no está bien que viva solo, con tanta soledad, sin nadie. ¡Mejor!, dice él. Cuenta que él ya superó a su padre, que él ha tocado en Manhattan, que él gasta su plata en chupar cerveza helada, y que no hay tiempos mejores, porque todos son buenos. Al final se molestó cuando los periodistas intentaron pagar la cuenta.

MITSUYA, TORERO NIKKEI

RICARDO HIGA-MITSUYA, EL ÚNICO MATADOR DE TOROS NIKKEI DEL MUNDO

Mitsuya está solo. Lee la página deportiva de un diario y toma algo caliente en una cafetería frente al cine Alhambra. Unos lentes oscuros contribuyen a convertirlo en un nisei desapercibido, común, sin pasado. Y no es así.

Él fue el único matador de toros nikkei del mundo. Fue el último discípulo del Papa Negro del toreo. Una vez jugó béisbol con Charles Bronson. Hizo de mayordomo en una película de Orson Welles y de esclavo malayo en “Krakatoa”.

Periodistas japoneses iban a buscarlo hasta España para hacer artículos y documentales sobre el único torero oriental.

Pero eso es solo el pasado. Ahora el café se le enfría y lee con atención el resultado de un partido de fútbol, cuando es interrumpido.

- “Sí, yo soy Ricardo Higa Uyehara Mitsuya, matador de toros, mucho gusto.”

Acomoda sobre la mesa una bolsa con fotos y recortes antiguos, y sin quitarse los lentes empieza a contar una historia que empezó en el Callao. Mientras, el café se le empieza a enfriar.

Era el hijo de un japonés que tenía una lechería en el Callao. Una peña taurina se había instalado en la lechería. Mitsuya encontraba revistas taurinas y las guardaba debajo de su cama. No entendía nada, pero le gustaban las figuras. Un día su madre las encontró y las vendió todas a un carretillero. Mitsuya le robó plata y las volvió a comprar. Al día siguiente encontró una pila de cenizas en la calle: su madre había quemado las revistas. Muy japoneses, nunca hablaron directamente del tema. Era innecesario. Su padre hablaba muy poco español, además. Y Mitsuya no sabía japonés. Y su padre decía que matar toros era propio de gente marginal y despreciable. Igual Mitsuya, cada domingo, se iba a la plaza a caballo –dos horas de camino– llevado por un vecino que era mayoral de la plaza. Mitsuya regresaba tarde los domingos. Su padre lo recibía a golpes.

Para cumplir con los padres sacó un diploma de periodista y se convirtió en editor de una revista mensual que salía cada dos meses. Se enteró de qué quería decir su nombre japonés –Mitsuya ...