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EL SOñADOR DESCONOCIDO

Laini Taylor

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Fragmento

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1

MISTERIOS DE WEEP

Los nombres pueden perderse u olvidarse. Nadie lo sabía mejor que Lazlo Strange. Anteriormente había tenido otro nombre, pero éste había muerto como una canción sin nadie que la cante. Tal vez fuera un viejo nombre familiar, con la pátina de varias generaciones. Tal vez se lo había dado alguien que lo amaba. Le gustaba pensarlo, aunque no tenía idea. Todo lo que tenía era Lazlo y Strange. Strange porque ése era el apellido dado a todos los niños expósitos en el reino de Zosma, y Lazlo, en honor a un viejo monje sin lengua.

—Se la cortaron en un calabozo —le dijo el hermano Argos cuando él tuvo edad suficiente para entender—. Era un hombre silencioso y escalofriante, y tú eras un bebé silencioso y escalofriante, así que se me ocurrió: Lazlo. Ese año tuve que nombrar a tantos niños que usaba cualquier cosa que se me viniera a la mente —como ocurrencia tardía, añadió—: de todos modos no creí que fueras a vivir.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ése fue el año en que Zosma se hundió hasta las rodillas y derramó hombres en una guerra infructuosa. La guerra, por supuesto, no se conformó con soldados. Ardieron campos, y las aldeas fueron saqueadas. Hordas de campesinos desplazados vagaban por la campiña arrasada disputando con los cuervos los restos de la cosecha. Murieron tantos que las carretas que se usaban para llevar a los ladrones al cadalso se emplearon para transportar huérfanos a los monasterios y conventos. A decir de los monjes, llegaban como cargamentos de corderos, y sin más información sobre su procedencia como si de verdad fueran corderos. Algunos al menos tenían edad para saber sus nombres, pero Lazlo sólo era un bebé, y uno enfermo.

—Eras gris como la lluvia —dijo el hermano Argos—. Pensé que seguramente morirías, pero comiste y dormiste y con el tiempo recuperaste el color. Jamás lloraste, ni una vez, y eso no era natural; pero nos agradabas por eso. Ninguno de nosotros se hizo monje para ser nana.

A esto, el niño Lazlo respondió, con fuego en el alma:

—Y ninguno de nosotros se hizo niño para ser huérfano.

Pero era huérfano, y un Strange, y aunque era propenso a la fantasía, nunca se engañó al respecto. Aun siendo un niño pequeño, entendía que no habría revelaciones. Nadie vendría por él, y jamás sabría su verdadero nombre.

Quizá fuera por eso que el misterio de la ciudad de Weep lo cautivaba por completo.

En realidad había dos misterios: uno viejo y uno nuevo. El viejo le abrió la mente, pero fue el nuevo el que entró, dio varias vueltas en círculo y se instaló con un gruñido, como un dragón satisfecho en una acogedora guarida nueva. Y ahí quedaría el misterio, en su mente, exhalando incógnitas en los años por venir.

El misterio tenía que ver con un nombre y el descubrimiento de que —además de perderse u olvidarse—, los nombres también podían ser robados.

Tenía cinco años cuando ocurrió; vivía de la caridad en la abadía de Zemonan, y había entrado a hurtadillas en el viejo huerto frecuentado por aves nocturnas y crisopas, para jugar solo. Eran principios de invierno. Los árboles estaban negros y desnudos. A cada paso, sus pies rompían una capa de escarcha endurecida, y la nube de su aliento lo acompañaba como un fantasma amistoso.

La campana del Ángelus sonó; su voz de bronce descendió por el aprisco y sobre los muros del huerto en olas lentas e intensas. Era una llamada a la oración. Si no acudía, haría falta, y si hacía falta lo azotarían.

No entró.

Lazlo siempre encontraba alguna manera de escaparse, y siempre tenía las piernas marcadas por la vara de avellano que colgaba de un gancho con su nombre escrito. Valía la pena escapar de los monjes, las reglas y las tareas, y la vida que le apretaba como un par de zapatos ajustados.

Para jugar.

—Aléjense ahora si saben lo que les conviene —les advirtió a sus enemigos imaginarios. En cada mano sujetaba una “espada”: negras ramas de manzano, con los extremos más gruesos atados para formar la empuñadura. Era un niño enclenque, desnutrido, con cortes en la cabeza, donde los monjes lo arañaban al raparlo contra los piojos; pero se erguía con exquisita dignidad, y no había duda de que en su mente, en ese momento, era un guerrero. Y no cualquier guerrero, sino un tizerkán, el más fiero de todos los tiempos—. Jamás ningún forastero ha posado sus ojos en la ciudad prohibida —dijo a sus adversarios—. Y mientras yo tenga aliento, ninguno lo hará.

—Entonces tenemos suerte —respondieron, y a la luz crepuscular éstos eran más reales para él que los monjes, cuyos cánticos flotaban colina abajo desde la abadía—. Porque no tendrás aliento por mucho tiempo.

Los ojos de Lazlo se entrecerraron.

—¿Creen que pueden derrotarme?

Los árboles negros danzaban. El fantasma de su aliento se esfumó con un soplo de viento, sólo para ser reemplazado por otro. Su sombra se extendía enorme ante él, y en su mente resplandecían guerras antiguas y seres alados, una montaña de huesos fundidos de demonios y la ciudad al otro lado: una ciudad que se había desvanecido en las brumas del tiempo.

Ése era el viejo misterio.

Le había llegado de un monje senil, el hermano Cyrus, que era inválido, y los niños que vivían de la caridad tenían que llevarle comida. No era la figura de un abuelo ni un mentor. Tenía un agarre terrible, y era famoso por sujetar a los niños por la muñeca durante horas obligándolos a repetir catecismos sin sentido y confesar toda suerte de iniquidades que a duras penas podían entender, y mucho menos haber cometido. Todos le temían a él y sus nudosas manos de ave rapaz; los niños mayores, antes que proteger a los menores, los enviaban a su guarida en su lugar. Lazlo le tenía tanto miedo como el resto, y sin embargo se ofrecía a llevarle todas las comidas.

¿Por qué?

Porque el hermano Cyrus contaba historias.

Las historias no eran bien vistas en la abadía. En el mejor de los casos, distraían de la contemplación espiritual. En el peor, honraban a falsos dioses y degeneraban en pecado. Pero el hermano Cyrus estaba más allá de tales restricciones. Su mente había soltado amarras. Nunca parecía entender dónde estaba, y su confusión lo enfurecía. Su rostro se contraía y enrojecía. Volaba saliva cuando despotricaba. Sin embargo, tenía sus momentos de calma: cuando cruzaba la puerta de algún desván en su memoria y volvía a su niñez, y a las historias que su abuela le contaba. No podía recordar los nombres de los otros monjes, ni siquiera las plegarias que habían sido su vocación durante décadas, pero las historias le salían como un torrente, y Lazlo escuchaba. Escuchaba como un cactus bebe la lluvia.

En el sur y el este del continente de Namaa —muy lejos de la norteña Zosma— había un vasto desierto llamado Elmuthaleth; cruzarlo era un arte que pocos dominaban y que resguardaban celosamente del resto del mundo. En algún lugar al otro lado de aquel páramo había una ciudad nunca antes vista. Era un rumor, una invención; pero era un rumor y una invención de donde salían maravillas transportadas por camellos a través del desierto para encender la imaginación de pueblos de todo el mundo.

La ciudad tenía nombre.

Los hombres que conducían los camellos y transportaban las maravillas decían el nombre y contaban historias, y el nombre y las historias se abrían camino, junto con las maravillas, hasta tierras distantes, donde evocaban visiones de cúpulas rutilantes y ciervos blancos domesticados, mujeres tan hermosas que derretían la mente y hombres cuyas cimitarras cegaban con su brillo.

Así fue durante siglos. Alas enteras de los palacios se dedicaban a las maravillas, y estantes de bibliotecas, a las historias. Los comerciantes se enriquecían. Los aventureros se volvían audaces y salían a buscar la ciudad. Ninguno volvía. Estaba prohibida a los faranji —forasteros—, quienes, si sobrevivían al trayecto en el Elmuthaleth, eran ejecutados como espías. Pero esto no los disuadía de intentarlo. Si se le prohíbe algo a un hombre, lo anhelará como si fuera la salvación de su alma, sobre todo cuando ese algo es fuente de riquezas incomparables.

Muchos lo intentaron.

Ninguno volvió jamás.

El horizonte del desierto parió sol tras sol, y parecía que nada cambiaría jamás. Pero entonces, doscientos años atrás, las caravanas dejaron de llegar. En los puestos fronterizos del oeste del Elmuthaleth —Alkonost y otros— vigilaban en espera de que las siluetas, distorsionadas por el calor, de las caravanas de camellos emergieran del desierto como siempre lo habían hecho, pero no fue así.

Y no fue así.

Y no fue así.

No hubo más camellos, no más hombres, no más maravillas, no más historias. Nunca más. Eso fue lo último que se supo de la ciudad prohibida, la ciudad nunca vista, la ciudad perdida, y ése fue el misterio que abrió la mente de Lazlo como una puerta.

¿Qué había ocurrido? ¿Aún existía la ciudad? Lazlo quería saberlo todo. Así que aprendió a atraer al hermano Cyrus hacia ese lugar de ensueño, y coleccionó las historias como tesoros. Lazlo no poseía nada, ni un solo objeto, pero desde el principio, las historias le parecieron su propia reserva de oro.

Las cúpulas de la ciudad —decía el hermano Cyrus— estaban todas conectadas por listones de seda, y los niños se balanceaban sobre ellos como equilibristas corriendo de palacio en palacio con capas de plumas de colores. Ninguna puerta se les cerraba, y hasta las jaulas estaban abiertas para que los pájaros fueran y vinieran a placer, y por todas partes crecían frutos prodigiosos, listos para ser arrancados, y en los alféizares de las ventanas se dejaban pasteles para que la gente los tomara.

Lazlo nunca había visto un pastel, mucho menos lo había probado, y lo habían azotado por comer manzanas caídas de un árbol que eran más gusano que fruta. Así que aquellas visiones de libertad y abundancia lo embrujaron. Sin duda lo distraían de la contemplación espiritual, pero del mismo modo que ver una estrella fugaz distrae del dolor de un estómago vacío, marcaron la primera vez que consideró que podría haber modos de vida distintos del que conocía. Modos mejores, más dulces.

Las calles de la ciudad —narraba el hermano Cyrus— estaban empedradas de lapislázuli y se mantenían escrupulosamente limpias para no ensuciar las larguísimas cabelleras que las mujeres llevaban sueltas y arrastraban tras de sí como rollos de la más negra seda. Elegantes ciervos blancos recorrían las calles como ciudadanos, y reptiles tan grandes como hombres flotaban a la deriva en el río. Los primeros eran espectrales, y la materia de sus astas —spectralys o lys— era más preciada que el oro. Los segundos eran svytagors, cuya sangre rosada era un elixir de inmortalidad. También había ravids —grandes gatos con colmillos como guadañas— y pájaros que imitaban voces humanas, y escorpiones cuya picadura otorgaba fuerza sobrehumana.

Y luego estaban los guerreros tizerkán.

Blandían espadas llamadas hreshtek lo bastante afiladas para separar a un hombre de su sombra, y llevaban escorpiones en jaulas de latón enganchadas a sus cinturones. Antes de la batalla metían un dedo por una pequeña abertura para que los picaran, y bajo la influencia del veneno eran imparables.

—¿Creen que pueden derrotarme? —desafió Lazlo a sus adversarios del huerto.

—Hay un centenar de nosotros —respondieron—, y sólo estás tú. ¿Tú qué crees?

—¡Pienso que deberían creer todas las historias que han oído sobre los tizerkán, dar la vuelta y marcharse!

La risa de los enemigos sonó como el crujir de las ramas, y Lazlo no tuvo más opción que pelear. Metió el dedo en la pequeña jaula torcida de ramitas y cordel que pendía de su cinturón de cuerda. No había ningún escorpión, sólo un escarabajo atontado por el frío, pero Lazlo apretó los dientes ante una picadura imaginaria y sintió cómo el veneno engendraba poder en su sangre. Entonces levantó sus cuchillas, con los brazos alzados en V, y rugió.

Rugió el nombre de la ciudad. Como trueno, como una avalancha, como el grito de guerra de los serafines que habían llegado con alas de fuego para limpiar el mundo de demonios. Sus enemigos titubearon. Se quedaron boquiabiertos. El veneno cantaba en él, y ya era algo más que humano. Era un torbellino. Era un dios. Intentaron luchar, pero no eran rivales para él. Sus espadas destellaron como el relámpago mientras, de dos en dos, los desarmaba a todos.

En medio del juego, sus ensoñaciones eran tan vívidas que un atisbo de realidad lo habría aturdido. De haber podido estar a un lado y mirar al niño avanzar a tropezones entre los helechos tiesos de escarcha, agitando ramas, a duras penas se habría reconocido; tan profundamente habitaba al guerrero en el ojo de su mente, que acababa de desarmar a un centenar de enemigos y los había enviado renqueando a casa. Triunfante, echó atrás la cabeza y lanzó un grito…

Un grito… ¡Weep!

Se paralizó, confundido. La palabra había salido de su boca como una maldición dejando un sabor residual de lágrimas. Había buscado el nombre de la ciudad, como un momento antes lo había hecho, pero… ya no estaba. Intentó de nuevo, y de nuevo encontró Weep. Era como extender la mano en busca de una flor y regresar con una babosa o un pañuelo empapado. Su mente sintió repugnancia. Sin embargo, no pudo dejar de intentarlo, y cada vez fue peor que la anterior. Buscó a tientas lo que sabía que había estado ahí, y solamente logró extraer la espantosa palabra Weep, resbalosa de tan errónea, húmeda como las pesadillas y con un dejo de sal. Se le torció la boca por la amargura de la palabra. Una sensación de vértigo lo recorrió, junto con la insensata certeza de que el nombre correcto había sido extraído.

Había sido extraído de su mente.

Se sintió enfermo, robado. Subió corriendo la pendiente, trepó pequeños muros de piedra y corrió por el aprisco, el jardín y el claustro, con sus espadas de rama de manzano aún en las manos. No vio a nadie, aunque lo estaban viendo. Había una regla de no correr, y además tendría que haber estado en las vísperas. Corrió directo a la celda del hermano Cyrus y lo sacudió para despertarlo.

—El nombre —dijo, con la respiración entrecortada—. Falta el nombre. ¡La ciudad de las historias, dime su nombre!

En el fondo de su ser sabía que no lo había olvidado; que esto era algo distinto, algo oscuro y extraño, pero aún existía la posibilidad de que el hermano Cyrus lo recordara y todo estuviera bien.

Pero el hermano Cyrus dijo:

—¿Qué quieres decir, niño tonto? Es Weep… —y Lazlo tuvo el tiempo suficiente para ver el rostro del viejo retorcerse de confusión antes de que una mano se cerrara sobre su cuello y lo lanzara por la puerta.

—Espere —imploró—. Por favor —fue inútil. Lo arrastraron hasta la oficina del abad, y esta vez no lo azotaron con la vara de avellano, que colgaba en una hilera con las del resto de niños, sino con una de sus ramas de manzano. Ya no era ningún tizerkán. Ni hablar de cien enemigos: un solo monje lo desarmó y lo golpeó con su propia espada. Vaya héroe. Renqueó por semanas, y se le prohibió ver al hermano Cyrus, que había quedado tan perturbado por su visita que tuvieron que sedarlo.

Después de eso no hubo más historias ni más escapes; al menos no hacia el huerto, ni hacia ningún lugar fuera de su mente. Los monjes lo mantenían bien vigilado, pues estaban decididos a mantenerlo libre de pecado… y de alegría, que, si no era explícitamente un pecado, al menos abría el camino hacia éste. Lo mantuvieron ocupado. Si no estaba trabajando, estaba orando. Si no estaba orando, estaba trabajando, siempre bajo “adecuada supervisión” para evitar que desapareciera entre los árboles como una criatura salvaje. Por la noche dormía, exhausto como un sepulturero, demasiado agotado para soñar siquiera. Parecía que el fuego en su interior hubiera sido sofocado: el trueno y la avalancha, el grito de guerra y el torbellino; todo pisoteado.

En cuanto al nombre de la ciudad desaparecida, también se desvaneció. Sin embargo, Lazlo siempre recordaría cómo se sentía tenerlo en la mente. Se sintió como caligrafía, si la caligrafía estuviera escrita con miel, y eso era lo más cerca que él, o cualquier otro, podía llegar. No sólo eran él y el hermano Cyrus. Dondequiera que el nombre hubiese estado —impreso en los lomos de los libros que contenían sus historias, en los viejos y amarillentos registros de los comerciantes que habían comprado sus bienes, y tejido en la memoria de todo aquel que lo hubiera escuchado—, simplemente se borró, y Weep quedó en su lugar.

Ése era el nuevo misterio.

Aquello, jamás lo dudó, era magia.

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2

EL SUEÑO ELIGE AL SOÑADOR

Lazlo creció.

Nadie lo llamaría afortunado, pero podría ser peor. Entre los monasterios que acogían niños expósitos, uno pertenecía a una orden flagelante. Otro criaba puercos. Pero la abadía de Zemonan era famosa por su sala de escritura. Los niños recibían instrucción temprana para copiar —aunque no para leer; eso Lazlo tuvo que aprenderlo solo—, y los que mostraban cierta habilidad eran reclutados como escribas. Él tenía habilidad, y podría haberse quedado ahí toda su vida encorvado sobre un escritorio, con el cuello creciendo hacia adelante y no hacia arriba, si los hermanos no se hubieran enfermado un día por comer pescado en mal estado. Eso sí que fue suerte, o quizá destino. La Gran Biblioteca de Zosma esperaba algunos manuscritos, y Lazlo fue el elegido para entregarlos.

Nunca volvió.

La Gran Biblioteca no era un simple lugar para guardar libros. Era una ciudad amurallada para poetas y astrónomos, y todos los tipos de pensadores. No sólo abarcaba los vastos archivos, sino también la universidad, con laboratorios e invernaderos, anfiteatros médicos y salas de conciertos, e incluso un observatorio celeste. Todo aquello ocupaba lo que había sido el palacio real antes de que el abuelo de la actual reina construyera uno mejor sobre el río Eder y regalara el anterior al gremio de los eruditos. El lugar se extendía a través de la cumbre de la Cresta Zosimos, que se proyectaba desde la ciudad de Zosma como una aleta de tiburón y era visible desde varios kilómetros.

Lazlo quedó pasmado desde el momento en que atravesó las puertas. Su boca se abrió de verdad cuando vio el Pabellón del Pensamiento. Ése era el grandilocuente nombre del salón de baile que ahora albergaba los textos de filosofía de la biblioteca. Los estantes se elevaban doce metros bajo un impresionante techo pintado, y los lomos de los libros brillaban en cuero a modo de joyas; el filo de oro destellaba a la luz de la glava como ojos de animales. Las glavas eran perfectas esferas pulidas, que colgaban por cientos y emitían una luz blanca más pura que la que había visto en las piedras bastas y rojizas que iluminaban la abadía. Hombres con mantos grises recorrían el espacio sobre escaleras con ruedas, y parecían flotar en el aire con pergaminos ondeando a sus espaldas como alas mientras rodaban de estante en estante.

Era imposible abandonar aquel lugar. Lazlo era como un viajero en un mundo encantado. Cada paso que lo adentraba, lo embrujaba más, y más profundo iba, de cuarto en cuarto, como guiado por su instinto, bajando escaleras secretas hasta un nivel subterráneo donde el polvo se acumulaba sobre libros que llevaban años sin alteración. Él los alteró, los perturbó. Le pareció haberlos despertado, y los libros lo despertaron a él.

Tenía trece años, y llevaba varios sin jugar a ser tizerkán. No había jugado nada, tampoco había desviado sus pasos. En la abadía, era otra figura vestida de gris que iba a donde le mandaban; trabajaba, oraba, cantaba, oraba, trabajaba, oraba, dormía. Pocos de los hermanos recordaban siquiera su rebeldía. Parecía haberla perdido por completo.

En realidad, sólo se fue al fondo. Las historias seguían ahí, cada palabra que el hermano Cyrus le había dicho la atesoraba como una pequeña reserva de oro en un rincón de su mente.

Ese día, la reserva creció. Creció mucho. Los libros bajo el polvo eran historias. Cuentos populares, cuentos de hadas, mitos y leyendas. Abarcaban el mundo entero. Se remontaban a siglos, y más, y estanterías enteras —hermosas estanterías— estaban dedicadas a historias sobre Weep. Tomó uno con más reverencia de la que había sentido jamás por los textos sagrados en la abadía, le sopló el polvo y comenzó a leer.

Días después lo encontró el jefe de los bibliotecarios, pero sólo porque lo buscaba con una carta del abad en el bolsillo de su manto. De otro modo, quién sabe por cuánto tiempo podría haber vivido Lazlo ahí, como un niño en una cueva. Podría haberse vuelto silvestre: el niño salvaje de la Gran Biblioteca, versado en tres lenguas muertas y todas las historias jamás escritas en ellas, aunque harapiento como un mendigo en los callejones de la Sonrisa.

En vez de eso, lo tomaron como aprendiz.

—La biblioteca sabe por qué hace las cosas —le dijo el viejo maestro Hyrrokkin mientras lo conducía por las escaleras secretas—. Cuando se roba a un muchacho, la dejamos quedárselo.

Lazlo no podría haber pertenecido todavía más a la biblioteca aunque fuera un libro. En los días que siguieron —y después meses y años, conforme se convertía en un hombre—, raras veces lo vieron sin un libro abierto frente a la cara. Leía mientras caminaba. Leía mientras comía. Los otros bibliotecarios sospechaban que de algún modo leía mientras dormía, o quizá no dormía en absoluto. Cuando llegaba a levantar la vista de la página, parecía estar despertando de un sueño. “Strange, el Soñador”, lo llamaban. “Ese soñador, Strange”. No era de mucha ayuda que a veces se topara con las paredes mientras leía, o que sus libros favoritos provinieran de aquel sótano polvoriento al que nadie más quería ir. Vagaba con la cabeza llena de mitos, siempre medio perdido en alguna tierra extraña de historias. Demonios y artífices de alas, serafines y espíritus; a todos los amaba. Creía en la magia, como un niño, y en los fantasmas, como un campesino. En su primer día de trabajo, un tomo de cuentos de hadas cayó y le rompió la nariz, y se afirmó que eso decía todo lo que había que saber sobre el extraño Lazlo Strange: la cabeza en las nubes, un mundo propio, cuentos de hadas y fantasía.

A eso se referían cuando lo llamaban soñador, y aunque no se equivocaban, erraron en el punto principal. Lazlo era un soñador de una manera más profunda de lo que ellos percibían; es decir, tenía un sueño, un sueño rector y persistente, que formaba parte de él a tal punto que era como una segunda alma dentro de su piel. El paisaje de su mente estaba entregado por completo a ese sueño. Era un paisaje profundo y arrebatador, y un sueño audaz y magnífico. Demasiado audaz, demasiado magnífico para alguien como él. Él lo sabía, pero el sueño elige al soñador y no a la inversa.

—¿Qué es eso que lees, Strange? —preguntó el maestro Hyrrokkin, renqueando a sus espaldas en el escritorio de consultas—. Una carta de amor, espero.

El viejo bibliotecario expresaba ese deseo más a menudo de lo que resultaba decoroso, y no lo arredraba que la respuesta siempre fuera no. Lazlo estaba a punto de dar su réplica habitual, pero se detuvo cavilando.

—En cierto modo —dijo y extendió el papel, que estaba amarillo y quebradizo por el tiempo.

Un resplandor iluminó los opacos ojos cafés del maestro Hyrrokkin, pero cuando ajustó sus anteojos y miró la página, el brillo se desvaneció.

—Esto parece ser un recibo —observó.

—Ah, pero ¿un recibo para qué?

Con escepticismo, el maestro entrecerró los ojos para leer, y luego soltó una risotada que hizo que se giraran las cabezas que estaban en la enorme y silenciosa sala. Estaban en el Pabellón del Pensamiento. Había eruditos de capa escarlata encorvados ante largas mesas, y todos alzaron la vista de sus pergaminos y volúmenes, con una expresión sombría de desaprobación en los ojos. El maestro Hyrrokkin asintió en señal de disculpa y le devolvió a Lazlo el papel, un viejo recibo por un gran cargamento de afrodisiacos para un rey largo tiempo difunto.

—Parece que no lo llamaban “el rey Amoroso” por su poesía, ¿eh? Pero ¿qué haces? Dime que esto no es lo que parece. Por dios, muchacho. Dime que no estás archivando recibos en tu día libre.

Lazlo ya no era un niño. No quedaba rastro —por fuera— del pequeño expósito rapado con cortes en la cabeza. Ahora era alto, y se había dejado el cabello largo una vez que estuvo libre de los monjes y sus navajas sin filo. Su cabello era oscuro y pesado; lo sujetaba con hilo de encuadernación y le ponía muy poca atención. Sus cejas también eran oscuras y densas, y sus rasgos fuertes y anchos. “Tosco”, dirían algunos, o incluso como “delincuente”, por su nariz rota, que de perfil marcaba un ángulo agudo y de frente se ladeaba hacia la izquierda. Tenía un aspecto crudo, duro, y así sonaba también: su voz era grave y masculina, para nada suave, como si la hubieran dejado a la intemperie. Entre todo eso, sus ojos de soñador resultaban una incongruencia: grises, amplios y sin malicia. En ese momento no estaban mirando a los del maestro Hyrrokkin.

—Por supuesto que no —dijo, de manera poco convincente—. ¿Qué clase de loco archivaría recibos en su día libre?

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

Se encogió de hombros.

—Un auxiliar encontró una vieja caja de recibos en un desván. Sólo estoy echando un vistazo.

—Bueno, eso es un gran desperdicio de juventud. ¿Cuántos años tienes? ¿Dieciocho?

—Veinte —le recordó Lazlo, aunque en realidad no lo sabía con certeza, pues había elegido una fecha de nacimiento al azar cuando era niño—. Y usted desperdició su juventud de la misma manera.

—¡Y soy una advertencia! Mírame —Lazlo lo miró, y vio a un hombrecillo blando y encorvado, cuyo cabello, barba y cejas como pelusa de diente de león invadían su rostro a tal grado que sólo eran visibles la pequeña nariz afilada y los anteojos redondos. Parece una cría de búho caída del nido, pensó Lazlo—. ¿Quieres terminar tus días como un troglodita medio ciego que renquea en las entrañas de la biblioteca? —preguntó el viejo—. Sal, Strange. Respira el aire, mira cosas. Un hombre debe tener arrugas en las comisuras de los ojos por contemplar el horizonte, no sólo por leer con débil luz.

—¿Qué es un horizonte? —preguntó Lazlo con el rostro serio—. ¿Es como el final de un pasillo de libros?

—No —dijo el maestro Hyrrokkin—. De ninguna manera.

Lazlo sonrió y volvió a los recibos. Bueno, esta palabra hacía que hasta a él le sonaran aburridos. Eran viejos registros de cargamentos, lo cual sonaba ligeramente más emocionante, de un tiempo en que el palacio era la residencia real y a la que llegaban bienes de cada rincón del mundo. No estaba archivándolos. Los ojeaba en busca de las florituras características de un raro alfabeto. Buscaba —como siempre lo hacía de algún modo— indicios de la Ciudad Oculta —así era como prefería llamarla— pues Weep aún le dejaba un regusto a lágrimas.

—Iré en un momento —le aseguró al maestro Hyrrokkin. Aunque no lo aparentara, tomaba en serio las palabras del viejo. En realidad no tenía ningún deseo de terminar su vida en la biblioteca medio ciego ni de ninguna otra manera, y sí muchas esperanzas de ganarse esas arrugas mirando al horizonte.

Sin embargo, el horizonte que quería contemplar era muy remoto.

Y además, daba la casualidad, prohibido.

El maestro Hyrrokkin señaló hacia una ventana.

—Espero que al menos estés consciente de que allá afuera es verano —como Lazlo no respondió, añadió—: gran esfera naranja en el cielo, escotes pronunciados en la dama más bella. ¿Algo de eso te suena? —nada aún—. ¿Strange?

—¿Qué? —Lazlo levantó la mirada. No había oído ni una palabra. Había encontrado lo que buscaba, un fajo de recibos de la Ciudad Oculta, y éste le había robado la atención.

El viejo bibliotecario lanzó un suspiro dramático.

—Haz lo que quieras —dijo, medio maldiciendo y medio resignado—. Sólo cuídate. Tal vez los libros sean inmortales, pero nosotros no. Una mañana bajas a las estanterías y, para cuando vuelves a subir, tienes la barba hasta el ombligo y jamás le has escrito un poema a la muchacha que conociste patinando sobre hielo en el Eder.

—¿Así es como se conocen muchachas? —preguntó Lazlo, bromeando sólo a medias—. Bueno, el río no se congelará en varios meses. Tengo tiempo para reunir coraje.

—¡Bah! Las chicas no son un fenómeno invernal. Ve ahora. Recoge algunas flores y encuentra alguien a quién dárselas. Así de simple es. Busca ojos bondadosos y caderas anchas, ¿me oyes? Caderas, muchacho. No has vivido hasta reposar la cabeza sobre un suave…

Afortunadamente, lo interrumpió un erudito que se acercaba.

A Lazlo le habría resultado tan fácil cambiar su color de piel a voluntad como aproximarse a una muchacha y hablarle, ya no digamos reposar la cabeza en un suave lo que fuera. Entre la abadía y la biblioteca, a duras penas había conocido a alguna mujer, mucho menos una mujer joven, y aun si hubiera tenido la menor idea de qué decirle a una, imaginaba que no muchas recibirían con agrado los cortejos de un bibliotecario subalterno pobre, con la nariz torcida y el ignominioso apellido Strange.

El erudito se fue y el maestro Hyrrokkin reanudó su sermón.

—La vida no te sucederá así como así, muchacho —dijo—. Tú tienes que sucederle a ella. Recuerda: el espíritu se anquilosa cuando descuidas las pasiones.

—Mi espíritu está bien.

—Entonces estás tristemente equivocado. Eres joven. Tu espíritu no debe estar “bien”, debe estar en efervescencia.

El espíritu en cuestión no era el alma; nada así de abstracto. Era el espíritu del cuerpo, el diáfano fluido bombeado por el segundo corazón a través de su propia red de vasos, más sutil y misteriosa que el sistema vascular primario. La ciencia no entendía bien su función. Se podía vivir aun si el segundo corazón se detenía y el espíritu se solidificaba en las venas. Pero sin duda tenía alguna relación con la vitalidad o “pasión”, como decía el maestro Hyrrokkin, y aquellos que carecían de él eran apáticos, aletargados, sin espíritu.

—Preocúpese por su propio espíritu —dijo Lazlo—. No es demasiado tarde para usted. Estoy seguro de que a muchas viudas les encantaría que las sedujera un troglodita tan romántico.

—No seas impertinente.

—No sea mandón.

El maestro Hyrrokkin suspiró.

—Extraño los días en que me temías, por breves que hayan sido.

Lazlo rio.

—Agradezca eso a los monjes. Ellos me enseñaron a temer a mis mayores. Usted me enseñó a no hacerlo, y siempre se lo agradeceré —lo dijo con afecto, y luego, sin poder evitarlo, sus ojos volvieron a los papeles que tenía en la mano.

El viejo lo vio y lanzó un resoplido de exasperación.

—Bien, bien. Disfruta tus recibos. Pero aún no me doy por vencido contigo. ¿De qué sirve ser viejo si no puedes atosigar a los jóvenes con tus vastas reservas de sabiduría?

—¿Y de qué sirve ser joven si no puedes ignorar cualquier consejo?

El maestro Hyrrokkin gruñó y dirigió su atención a la pila de folios que alguien acababa de devolver al escritorio. Lazlo dirigió la suya a su pequeño hallazgo. En el Pabellón del Pensamiento reinaba el silencio, roto sólo por las ruedas de las escaleras y el susurro de las páginas al dar vuelta.

Y, después de un momento, se dejó oír un silbido bajo y lento de Lazlo, cuyo hallazgo resultó no ser tan pequeño después de todo.

El maestro Hyrrokkin se espabiló.

—¿Más pociones de amor?

—No —dijo Lazlo—. Mire.

El viejo se ajustó los anteojos como acostumbraba y miró el papel.

—Ah —exclamó, con el aire de quien ha sufrido largo tiempo—. Misterios de Weep. Debí imaginarlo.

Weep. El nombre impactó a Lazlo como una desagradable punzada detrás de los ojos. También la condescendencia lo impactó, aunque no lo sorprendió. Por lo general se guardaba su fascinación. Nadie la entendía, mucho menos la compartía. Tiempo atrás, había habido mucha curiosidad en torno a la ciudad desaparecida y su destino, pero tras dos siglos se había vuelto poco más que una fábula. En cuanto al insólito asunto del nombre, no había causado mucho revuelo en el mundo. Sólo Lazlo lo sintió ocurrir. Otros se enteraron después, por un lento flujo de rumores, y les pareció simplemente algo que habían olvidado. Algunos murmuraban sobre una conspiración o un engaño, pero la mayoría decidió —cerrando con firmeza una puerta en sus mentes— que siempre había sido Weep, y que cualquier afirmación contraria eran tonterías y polvo de hadas. Simplemente no había otra explicación que tuviera sentido.

Definitivamente no podía ser magia.

Lazlo sabía que al maestro Hyrrokkin no le interesaba, pero estaba demasiado emocionado para que eso le importara.

—Sólo léalo —dijo, y sostuvo el papel bajo la nariz del viejo.

El maestro lo leyó, y no quedó impresionado.

—Bueno, ¿y qué?

¿Y qué? Entre los artículos mencionados —especias y seda, y cosas así— había una mención sobre dulce de sangre de svytagor. Hasta entonces, Lazlo sólo lo había visto mencionado en cuentos. Se tomaba como una creencia popular que los monstruos de río existieran, no digamos que su sangre rosada se recolectara como elixir de inmortalidad. Sin embargo, ahí estaba, comprada por la casa real de Zosma. Bien podría haber una mención de escamas de dragón.

—Dulce de sangre, ¿no ve? Era real —dijo, señalando.

El maestro Hyrrokkin resopló.

—¿Esto lo hace real? Si fuera real, quien lo hubiera comido estaría vivo para contarlo.

—No es así —replicó Lazlo—. En las historias, uno sólo era inmortal mientras siguiera comiéndolo, y eso no habría sido posible una vez que los cargamentos dejaron de llegar —señaló la fecha del recibo—. Esto tiene doscientos años. Incluso podría provenir de la última caravana.

La última caravana en emerger del desierto de Elmuthaleth. Lazlo imaginó un desierto vacío, un sol poniente. Como siempre, todo lo relativo a los misterios ejercía un efecto estimulante en él, como un tamborileo en su pulso; en ambos pulsos, la sangre y el espíritu, con los ritmos de sus dos corazones entrelazados como la síncopa de dos manos que batieran tambores distintos.

La primera vez que llegó a la biblioteca pensó que ahí sin duda encontraría respuestas. Los libros de historias estaban en el sótano polvoriento, por supuesto, pero había mucho más que eso. Le parecía que la historia misma del mundo estaba encuadernada entre pastas o enrollada en pergaminos y archivada en los estantes de aquel lugar prodigioso. En su ingenuidad, incluso pensó que los secretos debían estar escondidos ahí, para aquellos con la voluntad y la paciencia de buscarlos. Él tenía ambas, y llevaba siete años buscando. Había indagado en viejos diarios y fardos de correspondencia, reportes de espías, mapas y tratados, libros contables de comercio y las minutas de secretarios reales, y cualquier otra cosa que encontrara. Y mientras más aprendía, más crecía su pequeño tesoro, hasta que desbordó su rincón para llenarle la mente por completo.

También se volcó al papel.

En su niñez en la abadía, las historias habían sido su única riqueza. Ahora era más acaudalado. Ahora tenía libros.

Sus libros eran sus libros: sus palabras, escritas por su propia mano y encuadernadas con sus pulcras puntadas. Nada de hoja de oro sobre cuero, como los libros del Pabellón del Pensamiento. Éstos eran humildes. Al principio sacaba papel de los cestos de basura, hojas medio usadas que los eruditos derrochadores habían tirado, y se las arreglaba con los cabos de hilo de encuadernar cortados en la sala de reparación de libros. Era difícil conseguir tinta, pero también en eso los eruditos ayudaban sin saberlo. Tiraban botellas que aún tenían un buen cuarto de pulgada en el fondo. Lazlo tenía que rebajarla con agua, de modo que sus primeros tomos estaban llenos de pálidas palabras fantasma, pero tras unos cuantos años comenzó a ganar un exiguo salario que al menos le permitía comprar tinta.

Tenía muchos libros, todos alineados en el alféizar de la ventana de su pequeña habitación. Contenían siete años de investigación, y hasta el último indicio y habladuría que pudiera encontrarse sobre Weep y su par de misterios.

No contenían respuestas a esos misterios.

En algún punto, Lazlo había aceptado que las respuestas no estaban ahí, en todos esos tomos de todas esas extensas estanterías. ¿Cómo podrían estar ahí? ¿Había imaginado que la biblioteca tenía hadas omniscientes que registraban cuanto ocurría en el mundo, sin importar cuán secreto o remoto fuese? No. Si las respuestas estaban en algún lugar, era en el sur y el este del continente de Namaa, al otro lado del desierto de Elmuthaleth, de donde nadie había vuelto jamás.

¿La Ciudad Oculta aún estaba en pie? ¿Su gente aún vivía? ¿Qué había ocurrido doscientos años atrás? ¿Qué había ocurrido quince años atrás? ¿Qué poder era capaz de borrar un nombre de las mentes del mundo?

Lazlo quería ir y averiguarlo. Ése era su sueño, audaz y magnífico: ir allá, a medio mundo de distancia, y resolver los misterios por sí mismo.

Era imposible, desde luego.

Pero ¿cuándo eso ha impedido que un soñador sueñe?

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3

LAS OBRAS COMPLETAS DE LAZLO STRANGE

El maestro Hyrrokkin era inmune al asombro de Lazlo.

—Son historias, muchacho. Fantasía. No hubo ningún elixir de inmortalidad. Si acaso, era sólo sangre azucarada.

—Pero mire el precio —insistió Lazlo—. ¿Habrían pagado eso por sangre azucarada?

—¿Qué sabemos de lo que los reyes están dispuestos a pagar? Eso no demuestra nada más que la credulidad de un hombre rico.

La emoción de Lazlo comenzó a menguar.

—Tiene razón —admitió. El recibo demostraba que se había comprado algo llamado dulce de sangre, pero nada más. Sin embargo, no estaba listo para darse por vencido—. Pero al menos sugiere que los svytagors existieron —hizo una pausa—. Tal vez.

—¿Y qué si existieron? —cuestionó el maestro Hyrrokkin—. Jamás lo sabremos —puso una mano en el hombro de Lazlo—. Ya no eres un niño. ¿No es momento de que dejes todo esto? —no tenía boca visible; su sonrisa sólo se distinguía como una onda donde su bigote de diente de león se sobreponía a su barba—. Tienes mucho trabajo por poca paga. ¿Por qué añadir más trabajo a cambio de nada? Nadie te lo agradecerá. Nuestro trabajo es encontrar libros. Deja la búsqueda de respuestas a los eruditos.

El hombre tenía buenas intenciones. Lazlo lo sabía. El viejo era una criatura de la biblioteca, de corazón. Para él, su sistema de castas era el gobierno justo de un mundo perfecto. Dentro de esos muros, los eruditos eran la aristocracia, y el resto sus sirvientes; en especial los bibliotecarios, cuya función era apoyarlos en su importante labor. Los eruditos eran egresados de las universidades. Los bibliotecarios, no. Quizá tuvieran la mente para el trabajo, pero ninguno tenía el oro. Su formación como aprendices era toda su educación y, dependiendo del bibliotecario, podía sobrepasar la de un erudito; pero un mayordomo podía sobrepasar a su amo en elegancia y aun así ser el mayordomo. Así era para los bibliotecarios. No tenían prohibido estudiar, siempre y cuando no interfiriera con sus deberes, pero se entendía que sólo era para su ilustración personal, y no significaba contribución alguna al conocimiento del mundo.

—¿Por qué permitir que los eruditos tengan toda la diversión? —preguntó Lazlo—. Además, nadie estudia a la ciudad de Weep.

—Eso es porque es un tema muerto —dijo el maestro Hyrrokkin—. Los eruditos ocupan sus mentes en asuntos importantes —puso un gentil énfasis en importantes.

Justo entonces, como para ilustrar lo que decía, las puertas se abrieron de golpe y un erudito entró a zancadas.

El Pabellón del Pensamiento había sido un salón de baile; sus puertas tenían el doble de la altura de las puertas normales, y más del doble de ancho. La mayoría de los eruditos que entraban y salían consideraban suficiente abrir una sola hoja y luego cerrarla en silencio, pero no aquel hombre que puso una mano en cada enorme hoja y empujó, y para cuando las puertas golpearon las paredes y temblaron, él ya estaba adentro; los tacones de sus botas resonaban en el piso de mármol, y el roce de un manto no obstaculizaba sus largas y seguras zancadas. Desdeñaba el atuendo completo, excepto en ocasiones ceremoniales, y prefería vestir impecables abrigos y pantalones, con altas botas negras de montar y una espada de duelo al costado. Su única concesión al atuendo escarlata de los eruditos era el pañuelo que llevaba al cuello, que siempre era de ese color. Aquel hombre no era un erudito ordinario, sino su apoteosis: el personaje más famoso de Zosma —salvo por la reina y el jerarca— y el más querido sin excepción. Era joven, glorioso y resplandeciente. Era Thyon Nero, el alquimista, segundo hijo del duque de Vaal, y ahijado de la reina.

Se levantaron todas las cabezas cuando las puertas se sacudieron, pero a diferencia de la irritación que reflejaron las caras cuando el maestro Hyrrokkin rio, esta vez mostraron sorpresa, seguida de adulación o envidia.

La reacción del maestro Hyrrokkin fue de adulación pura. Al ver al alquimista, se encendió como una glava. Tiempo atrás, Lazlo habría hecho lo mismo. No más, aunque nadie lo miraba para notar cómo se congeló como un animal cazado y pareció encogerse ante el avance del “Ahijado de Oro”, cuyo paso resuelto lo llevó directamente al escritorio de consultas.

La visita era algo fuera de lo ordinario. Thyon Nero tenía asistentes que hacían esas tareas por él.

—Mi señor —dijo el maestro Hyrrokkin, enderezándose tanto como se lo permitió su vieja espalda—. Es muy gentil de su parte visitarnos. Pero no necesitaba molestarse en venir en persona. Sabemos que tiene asuntos más importantes que hacer mandados —el bibliotecario le dirigió a Lazlo una mirada de reojo. Aquí, en caso de que Lazlo no captara, estaba el mejor ejemplo posible de un erudito ocupando su mente con “asuntos importantes”.

¿Y con qué importantes asuntos ocupaba su mente Thyon Nero?

Nada menos que con el principio impulsor del universo: el “azoth”, la esencia secreta que los alquimistas habían buscado durante siglos. Él había logrado destilarla a los dieciséis años de edad, lo que le permitió obrar milagros, entre ellos la más alta aspiración de aquel antiguo arte: la transmutación del plomo en oro.

—Es muy amable de tu parte, Hyrrokkin —dijo aquel hombre ejemplar, que tenía el rostro de un dios, además de la mente—; pero pensé que sería mejor venir yo mismo —sostuvo en alto una solicitud enrollada—, para que no hubiera duda sobre si la solicitud fuera un error.

—¿Un error? No había necesidad, mi señor —le aseguró el maestro Hyrrokkin—. No podría haber reparos con una solicitud de usted, sin importar quién la entregue. Estamos aquí para servir, no para cuestionar.

—Me alegra oírlo —dijo Nero, con una sonrisa que había dejado mudas y aturdidas a salas llenas de damas. Y luego miró a Lazlo.

Fue tan inesperado como una súbita inmersión en agua helada. Lazlo no se había movido desde que se abrieron las puertas. Esto era lo que hacía cuando Thyon Nero estaba cerca: se inmovilizaba y se sentía tan invisible como el alquimista fingía que era. Estaba acostumbrado al silencio cortante y a unos ojos fríos que pasaban de largo como si él no existiera, por lo que aquella mirada fue una sorpresa, y las palabras, cuando habló, aún más.

—¿Y tú, Strange? ¿Estás aquí para servir o para cuestionar? —aunque era cordial, sus ojos azules tenían un brillo que llenó a Lazlo de pavor.

—Para servir, mi señor —respondió con una voz tan frágil como los papeles que tenía en las manos.

—Bien —Nero le sostuvo la mirada, y Lazlo tuvo que combatir el impulso de mirar a otro lado. Se vieron fijamente, el alquimista y el bibliotecario. Entre ellos había un secreto, y ardía como fuego alquímico. Incluso el viejo maestro Hyrrokkin lo sintió, y llevó la mirada de un hombre a otro con intranquilidad. Nero lucía como un príncipe de alguna saga contada a la luz de la fogata, todo brillo y resplandor. La piel de Lazlo no había sido gris desde que era bebé, pero su manto de bibliotecario sí lo era, al igual que sus ojos, como si ese color fuera su destino. Era callado, y tenía el talento de una sombra para pasar desapercibido, mientras que Thyon atraía todas las miradas como una bengala. Todo en él era tan fresco y elegante como seda recién tejida. Un sirviente lo afeitaba con una navaja que afilaba a diario, y con los pagos a su sastre podría haber alimentado a una aldea entera.

En contraste, Lazlo era todo aristas: si Nero era seda, él era arpillera. Su manto ni siquiera había sido nuevo cuando se lo dieron, un año atrás. Tenía el borde deshilachado por arrastrarse sobre los escalones de piedra del depósito, y era tan amplio que la figura de Lazlo se perdía en su interior. Aunque ambos eran de la misma estatura, Nero estaba erguido como si posara para un escultor, mientras que los hombros de Lazlo se encorvaban en una postura de recelo. ¿Qué quería Nero?

Nero se volvió hacia el viejo. Mantenía la cabeza en alto, como si estuviera consciente de la perfección de su mandíbula, y cuando hablaba a alguien de menor estatura, bajaba sólo los ojos, no la cabeza. Le entregó la solicitud.

El maestro Hyrrokkin desenrolló el papel, se ajustó los anteojos y leyó. Y… se reajustó los anteojos y volvió a leer. Levantó la vista hacia Nero. Luego miró a Lazlo, y Lazlo lo supo. Sabía qué pedía en la solicitud. Un entumecimiento se esparció por su cuerpo. Sintió como si su sangre y su espíritu hubieran cesado de circular, así como el aliento en sus pulmones.

—Que los entreguen en mi palacio —ordenó Nero.

El maestro Hyrrokkin abrió la boca, perplejo, pero no salió sonido alguno. Miró de nuevo a Lazlo, y la luz se reflejó en sus anteojos, de modo que Lazlo no podía ver sus ojos.

—¿Necesitas escribir la dirección? —preguntó Nero. Su afabilidad era una farsa total. Todos conocían el palacio junto al río, de mármol rosa pálido, que le había regalado la reina, y él lo sabía. La dirección no era el problema.

—Mi señor, por supuesto que no —dijo el maestro Hyrrokkin—. Es sólo que, ah…

—¿Hay algún problema? —preguntó Nero, y la dureza de su mirada contradijo su tono amable.

Sí, pensó Lazlo. Sí hay un problema, pero el maestro se acobardó bajo aquella mirada.

—No, mi señor, estoy seguro… Estoy seguro de que es un honor —y sus palabras fueron un cuchillo en la espalda de Lazlo.

—Excelente —exclamó Nero—. Está hecho, entonces. Esperaré la entrega esta tarde —y se fue como había llegado, con los tacones de sus botas resonando en el piso de mármol y todos los ojos siguiéndolo.

Lazlo se volvió hacia el maestro Hyrrokkin. A fin de cuentas, sus corazones no habían dejado de latir. Eran rápidos e irregulares, como un par de polillas cautivas.

—Dígame que no es —suplicó.

Aún perplejo, el viejo bibliotecario simplemente le extendió la solicitud. Lazlo la tomó. La leyó. Le temblaron las manos. Era lo que pensaba.

En la caligrafía intensa y amplia de Nero, estaba escrito: Las obras completas de Lazlo Strange.

El maestro Hyrrokkin preguntó, absolutamente anonadado:

—¿Qué podría querer Thyon Nero con tus libros?

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4

EL DIOS BASTARDO DE LA FORTUNA

El alquimista y el bibliotecario no podían ser más diferentes, como si Shres, el dios bastardo de la fortuna, los hubiera puesto lado a lado y hubiera repartido entre ellos su cesta de dones: todos los dones para Thyon Nero, uno por uno, hasta llegar al último, que dejó caer en el suelo a los pies de Lazlo.

—Haz lo que puedas con eso —habría dicho, si semejante dios existiera y fuera malicioso.

Para Thyon Nero, nobleza, privilegio, apostura, encanto, una mente brillante.

Y para Lazlo Strange, lo único que sobró para que lo recogiera y le sacudiera el polvo: honor.

Quizá habría sido mejor para él si a Nero le hubiera tocado eso también.

Al igual que Lazlo, Thyon Nero nació durante la guerra, pero la guerra, como la fortuna, no toca a todos con la misma mano. Él creció en el castillo de su padre, lejos del panorama y el olor del sufrimiento, no se diga la experiencia. El mismo día que dejaban caer a un niño gris y sin nombre en una carreta con destino a la abadía de Zemonan, un niño dorado era bautizado como Thyon —en honor al santo guerrero que expulsó a los bárbaros de Zosma— en una suntuosa ceremonia a la que asistía la mitad de la Corte. Era un niño inteligente y bello, y aunque su hermano mayor heredaría el título y las tierras, él reclamaba todo lo demás —amor, atención, risa, alabanzas—, y lo reclamaba en voz alta. Si Lazlo era un bebé silencioso, criado con dureza por monjes resentidos, Thyon era un pequeño tirano encantador que exigía todo y recibía de más.

Lazlo dormía en barracas de muchachos, se iba a la cama hambriento y despertaba con frío.

La cama de la niñez de Thyon tenía la forma de un bergantín de guerra, con todo y velas y jarcias de verdad, y hasta cañones en miniatura, tan pesados que se necesitaba la fuerza de dos criadas para mecerlo. Su cabello era de un color tan extraordinario —como el sol en las pinturas al fresco, donde se le podía mirar fijamente sin quemarse los ojos— que le permitieron llevarlo largo, aunque ésa no era la moda para niños. Sólo se lo cortaron en su noveno cumpleaños, para tejer con él un elaborado collar para su madrina, la reina. Ella lo usó, y para consternación de los orfebres, puso en boga la joyería de cabello humano, aunque ninguna de las imitaciones podía compararse en brillantez con el original.

El apodo de Thyon, “el Ahijado de Oro”, lo acompañó desde su bautizo, y quizá determinó su camino. Los nombres tienen poder, y él estuvo asociado con el oro desde la infancia. Fue adecuado, entonces, que al entrar a la universidad se hiciera de un lugar en el colegio de alquimia.

¿Qué era la alquimia? Era metalurgia envuelta en misticismo. La búsqueda de lo espiritual por medio de lo material. El grandioso y noble esfuerzo por dominar los elementos a fin de alcanzar pureza, perfección y divinidad.

¡Ah!, y oro.

No olvidemos el oro. Los reyes lo deseaban. Los alquimistas lo prometían —llevaban siglos prometiéndolo—, y si alcanzaban alguna pureza y perfección, era la pureza y perfección de su fracaso para producirlo.

Thyon, a los trece años y con una mente aguda como la punta del colmillo de una víbora, había mirado en torno suyo los crípticos rituales y las filosofías, y todo aquello le parecía simple ofuscación para excusar el fracaso. “Miren qué complicado es esto”, decían los alquimistas mientras complicaban todo. Todo era estrafalario. Los iniciados tenían que pronunciar un juramento sobre una esmeralda que —se decía— había sido arrancada de la frente de un ángel caído, y Thyon rio cuando le presentaron ese artefacto. Se negó a jurar sobre él, y se rehusó categóricamente a estudiar los textos esotéricos, a los que denominaba “el consuelo de los aspirantes a magos condenados a vivir en un mundo sin magia”.

—Tú, joven, tienes alma de herrero —le dijo un día el maestro de alquimia, con una furia fría.

—Mejor que el alma de un charlatán —replicó Thyon—. Preferiría jurar sobre un yunque y hacer trabajo honesto que embaucar al mundo con fantasías.

Y fue así que el Ahijado de Oro hizo su juramento sobre un yunque de herrero en vez de la esmeralda del ángel. A cualquier otro lo habrían expulsado, pero él gozaba del favor de la reina, de modo que la vieja guardia no tuvo más que hacerse a un lado y dejarlo trabajar a su manera. Sólo le importaba el lado material de las cosas: la naturaleza de los elementos, la esencia y mutabilidad de la materia. Era ambicioso, meticuloso e intuitivo. El fuego, el agua y el aire le entregaron sus secretos. Los minerales le revelaron sus propiedades ocultas. Y a los quince años, para consternación de los “aspirantes a magos”, realizó la primera transmutación en la historia occidental —por desgracia, no fue oro, sino de plomo a bismuto— y lo hizo, según dijo, sin recurrir a “espíritus o hechizos”. Fue un triunfo por el que su madrina lo recompensó con su propio laboratorio. Éste ocupó la vieja iglesia en la Gran Biblioteca, y no se reparó en gastos. La reina lo llamó “el Chrysopoesium” —de chrysopoeia, la transmutación de un metal innoble en oro—, y se puso el collar de cabello cuando acudió a entregárselo. Caminaron brazo con brazo, ambos con oro: él en la cabeza, ella en el cuello, y los soldados marchaban tras ellos, ataviados con sobrevestes doradas encargadas para la ocasión.

Ese día Lazlo estaba de pie entre la multitud, asombrado por el espectáculo y por el resplandeciente muchacho dorado que siempre le había parecido un personaje de cuento, un joven héroe bendecido por la fortuna y que se elevaba para tomar su lugar en el mundo. Eso era lo que todos veían, como el público en el teatro, despreocupadamente inconscientes de que, tras bambalinas, los actores desarrollaban un drama más oscuro.

Y Lazlo iba a descubrirlo.

Aproximadamente un año después —ya tenía dieciséis—, una tarde, él estaba tomando el atajo por las tumbas cuando escuchó una voz tan áspera y cortante como un hacha. Al principio no podía distinguir las palabras, así que se detuvo para buscar su origen.

El camino de las tumbas era una reliquia del viejo cementerio del palacio, aislado del resto de la propiedad por la construcción de la Torre de los astrónomos. La mayoría de los eruditos ni siquiera sabían que existía, pero los bibliotecarios sí, porque lo usaban como atajo entre los depósitos y las salas de lectura en la base de la torre. Eso hacía Lazlo, con los brazos cargados de manuscritos, cuando escuchó la voz. Tenía cierto ritmo, y un acompañamiento de golpes. Thwop. Thwop.

Hubo otro sonido, apenas audible. Creyó que era un animal, y cuando asomó por la esquina de un mausoleo, vio que un brazo se alzaba y caía, produciendo el golpeteo regular y violento. El brazo blandía un fuete de montar, y aunque la imagen era inconfundible, él siguió creyendo que la víctima de los golpes era un animal, pues estaba encorvado y encogido, y sus lloriqueos entrecortados no eran humanos.

Una ira ardiente lo colmó, rápida como un fósforo encendiéndose. Tomó aliento para gritar. Y lo contuvo.

Había un poco de luz, y en el instante que le tomó a su voz articular una sola palabra, Lazlo percibió la escena en su totalidad.

Una espalda arqueada. Un muchacho encogido. La luz de la glava sobre una cabellera dorada. Y el duque de Vaal azotando a su hijo como a un animal.

“¡Alto!”, estuvo a punto de decir Lazlo, pero contuvo la palabra como una bocanada de fuego.

—Descerebrado —thwop—. Imbécil —thwop—. Apático —thwop—. Patético.

Continuó, sin piedad, y Lazlo se encogía con cada golpe; una enorme confusión ahogaba su ira. Una vez que tuviera tiempo de pensar, la ira volvería a encenderse, más ardiente que antes, pero ante semejante visión, el sentimiento que lo sobrecogía era la conmoción. Él mismo conocía bien el castigo. Aún tenía leves cicatrices entrecruzadas en las piernas, por todos los azotes. Algunas veces lo habían encerrado toda la noche en la cripta, con los cráneos de monjes muertos por única compañía, y ni siquiera podía contar las veces que lo habían llamado estúpido o inútil o cosas peores. Pero era él. No le pertenecía a nadie, y nada poseía. Jamás había imaginado que Thyon Nero pudiera ser objeto de semejante tratamiento, y semejantes palabras. Había tropezado con una escena privada que contradecía cuanto creía saber sobre el Ahijado de Oro y su vida encantada, y algo en él se rompió al verlo rebajado de tal forma.

No eran amigos. Eso habría sido imposible. Nero era un aristócrata, y Lazlo no lo era en absoluto. Sin embargo, Lazlo había cumplido muchas veces las peticiones de búsquedas de Thyon, y una vez, hacía mucho, cuando descubrió un raro tratado de metalurgia que pensó que podría interesarle, Nero incluso le dijo “Gracias”.

Podía parecer una tontería, o peor, podía resultar chocante que solamente lo hubiera dicho una vez en todos estos años. Pero Lazlo sabía que muchachos como Thyon estaban educados para hablar sólo con órdenes, y cuando Thyon alzó la mirada del libro y pronunció esa simple palabra, con seriedad y sinceridad —“Gracias”—, brilló de orgullo.

Ahora su “¡Alto!” le quemaba la lengua; quería gritarlo, pero no podía. Se quedó inmóvil, apoyado contra el frío costado del mausoleo musgoso, temeroso de moverse. El fuete seguía cayendo. Thyon balanceaba la cabeza entre sus brazos, con el rostro oculto. Ya no hacía sonido alguno, pero Lazlo podía ver que sus hombros temblaban.

—Levántate —ladró el duque.

Thyon se enderezó, y Lazlo lo vio con claridad. Tenía la cara flácida y roja, y el cabello dorado se adhería a su frente en mechones húmedos de lágrimas. Se veía bastante menor a los dieciséis años.

—¿Sabes lo que gastó la reina en tu laboratorio? —preguntó el duque—. Sopladores de vidrio de Amaya. Un horno hecho a partir de tus planos. Una chimenea que es la estructura más alta de toda la ciudad. ¿Y qué tienes para mostrar a cambio? ¿Notas? ¿Medidas?

—La alquimia es notas y medidas —protestó Thyon. Su voz estaba anegada de lágrimas, aunque no despojada de rebeldía—. Tienes que conocer las propiedades de los metales antes de poder alterarlos.

El duque sacudió la cabeza con absoluto desprecio.

—El maestro Luzinay tenía razón, tienes alma de herrero. La alquimia es oro, ¿entiendes? Ahora el oro es tu vida. A menos que no logres producirlo, en cuyo caso tendrás suerte de tener media vida. ¿Me entiendes?

Thyon retrocedió, aturdido por la amenaza.

—Padre, por favor. Sólo ha pasado un año…

—¿Sólo un año? —la risa del duque sonó como algo muerto—. ¿Sabes lo que puede suceder en un año? Caen casas. Caen reinos. Mientras tú te sientas en tu laboratorio aprendiendo las propiedades del metal.

Eso hizo que Thyon reflexionara, y Lazlo también. ¿Caen reinos?

—Pero… No puedes esperar que haga en un año lo que nadie ha logrado antes.

...